Archivos Ocultos; historia sobre Daniel Radcliffe - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

El chico caminaba tranquilo, escuchando a Radiohead en su iPod, sin pensar en lo que le podría ocurrir. No prestaba atención a la calle, andaba sin destino por Londres, paseando por sus magníficas calles. Amaba Londres, le encantaba. Había crecido allí y la ciudad ya formaba parte de su vida.

Algo le llamó la atención. Se paró en seco en mitad de la calle y fijó sus azules ojos en una farola. Había un cartel bastante sucio y arrugado que estaba enganchado a la farola con cinta adhesiva. Se acercó y leyó:

CONCURSO DE POESÍA PARA JÓVENES ESCRITOES. INTERESADOS LLAMAR AL NÚMERO

Se apuntó el número de teléfono en el móvil y siguió caminando. No estaba bastante entusiasmado, pero le gustaría concursar. Pero no tenía tiempo y, dada su condición, no sabía si sería lo más conveniente. Ya tenía bastante con que los paparazzis le hicieran fotos descaradamente.

 

Cruzó King's Road y subió hasta Soho. No tenía intención de volver a casa pronto. No tenía ganas. Estaba estresado y quería pasar una tarde tranquila sin que nadie le dijera lo que debía hacer. Había sido diez años una persona, y estaba harto. Quería cambiar, quería que la gente lo viera como lo que era: un actor, llamado Daniel Radcliffe.

Miró a su alrededor, se estaba acercando a Picadilly Circus, pero no siguió. Si se adentraba en Soho crearía un caos de donde ni Dios lo podría sacar. Así que subió por una calle perpendicular a King's Road para llegar a Hyde Park.

La noche se apoderaba la ciudad. Le pidió la hora a un viandante que pasaba por allí (siempre se preguntó por qué nunca se compra un reloj) y le dijo que las cinco y media de la tarde. Debía llegar a casa a las seis porque si no la llamada que tanto ansiaba no la podría responder.

Volvió a casa en taxi, ya que no le daría tiempo si caminaba hasta su casa. Cuando llegó, el teléfono del salón sonó bruscamente. No le dio tiempo a quitarse la cazadora y la gorra verde, pero si a atender la llamada.

¿Mamá? preguntó, cuando descolgó el teléfono.

Hola contestó su madre, ¿qué tal te lo estás pasando?

Esta ciudad cada vez me sorprende menos, mamá respondió.

Volvemos mañana sobre las doce del mediodía le dijo su madre. Todavía no entiendo como no has querido venir con nosotros, Dan. Si te encanta Valencia.

Hacía unos años, los padres de Daniel se habían comprado un apartamento en la ciudad de Valencia, en España. Dan había ido muchas veces a esa ciudad y siempre le encantaba, pero esta vez no quiso acompañar a sus padres. Aunque no sabía exactamente por qué.

No tengo muchas ganas de viajes últimamente mintió.

Bueno prosiguió la madre, no pasa nada. Mañana nos vemos, adiós.

Adiós se despidió Dan.

Colgó y se sentó en el sofá. Se quitó al gorra, la cazadora y los zapatos. Suspiró y luego bostezó. Estaba cansado y hambriento. Encendió la televisión para no sentirse solo y puso cualquier canal. Luego se fue a la cocina y abrió la nevera. Hacia unas dos semanas que no se iba al supermercado a hacer la compra. Al ver que no tenía apenas nada, pidió una pizza a domicilio. El repartidor se quedó alucinado.

¿Me puedes firmar un autógrafo, por favor? pidió, casi a súplicas.

Dan no dijo nada y entró en casa para buscar un papel y un bolígrafo. Luego fue hasta el umbral.

 

¿Tu nombre? pidió.

Michael dijo el repartidor. A Daniel se le escapó una risita.

¿Qué? preguntó el tipo ¿Qué pasa?

Me acabo de acordar de Michael Jackson se excusó Dan. Lo siento si te he ofendido.

No pasa nada.

Acabó de firmarle el autógrafo y se lo entregó, junto con el dinero de la pizza y la propina. Entró en casa y se sentó en el sofá, con la pizza en la mano. Abrió a la caja y la mitad de su contenido estaba pegado en la tapa del cartón.

Que asco

Tenía hambre, así que se la comió igualmente. Pasó toda la noche en el sofá, mirando como un zombi la TV, esperando que algo le llamara la atención, hasta que cambió al canal Fox y vio a un hombre que recordaba.

De repente saltó del sofá y empezó a gritar.

¡Ese tipo estaba en lo de los premios Gypsy of the Year 2008! gritó, señalando con el dedo la televisión. Dios, ¿cómo no me había dado cuenta?

A lo que se refería Dan era a un actor que estaba en la serie Dexter y que se llamaba John Lithgow, uno de los presentadores del premio Gypsy of the Year. Aquel hombre interpretaba al "El asesino de la trinidad" (el nombre viene de que siempre cuenta sus victimas de tres en tres), en la cuarta temporada de la serie.

Pero claro, Dan no seguía la serie, no sabía quien era Dexter ni "El asesino de la trinidad" ni lo que hacían ni nada, así que se quedó algo confuso cuando el protagonista empezó a hablar de su pasado y de lo que hacía por las noches con gente que era igual que él: monstruos.

Daniel se quedó toda la noche mirando el programa ese, crispado de curiosidad. Quería saber que es lo que hacía ese tal asesino y el protagonista de la serie, Dexter. Aunque se le revolvió el estómago cuando vio como Dexter mataba y troceaba en partes a sus víctimas.

¡Dios! exclamó Dan, y cerró los ojos.

Cuando la escena acabó, volvió a abrirlos. Dexter ya no mataba, sólo hablaba con una chica de pelo rojizo llamada Debra.

El episodio de Dexter acabó y Daniel se quedó con ganas, muchas ganas. Corrió hasta su habitación del piso superior y encendió el ordenador.

Dexter, Dexter, Dexter
murmuraba, tecleando lo más deprisa que podía.

Encontró muchísima información en Internet y en Youtube. No le sorprendió demasiado lo que hacía aquel hombre por las noches: lo había experimentado ese mismo día, pero le gustó el argumento, aunque no era un verdadero freak de la televisión.

Sabiendo todo eso sobre Dexter y "El asesino de la trinidad", apagó el ordenador y se fue a ponerse el pijama. Se acostó en la cama y durmió el sueño de los incomprendidos.


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La mañana siguiente amaneció con lluvias. Aunque eso no fue excusa para que Daniel fuera al aeropuerto a esperar a sus padres. Tomó el metro e intentó pasar desapercibido. Llegó en media hora.

Esperó y esperó. Caminaba en círculos, se removía en el asiento, pero nada le hacía estarse quieto. Después de cuarenta minutos de dura espera, oyó la voz de Marcia Gresham y Alan Radcliffe.

¡Hola! saludó Daniel alegremente a sus padres. ¿Qué tal el viaje?

Muy bien, hijo respondió Alan.

Todavía no entendemos por qué no quisiste venir le dijo Marcia a Dan.

Éste ignoró la pregunta con un arqueo de cejas y subió el volumen de su iPod. No le interesaba que sus padres le interrogaran por una cosa tan sencilla: no quiso ir porque no tenía ganas. Pero los padres de Daniel eran bastante reacios a esas contestaciones sin fundamento, así que el hijo se mordió la lengua.

 

Los padres de Dan tenían el coche guardado en el parking del aeropuerto, así que fueron hasta allí y se montaron en él.

Daniel no dijo nada, se concentró en la música. Pero algo pasó: una imagen del Trinity Killer se le metió en la cabeza con total nitidez, como si fuera una foto.

Daniel no se pudo contener.

¡DEXTER! gritó, casi enloquecido.

Alan y Marcia se asustaron y fijaron sus exaltados ojos en el rostro de su hijo, que en ese momento jadeaba.

Da
Daniel balbuceó su madre.

Dan se inventó una mentira.

No pasa nada, mamá dijo. Estoy bien, es que

Pero no continuó, se calló y miró el suelo. ¿Qué le había pasado? ¿Por qué había gritado de esa manera? ¿Y por qué había dicho "Dexter"? Daniel estaba confuso y aturdido. ¿Se estaría volviendo un obsesivo con Dexter sólo por haberlo visto por la TV?

Marcia y Alan llegaron a casa.

¿Quieres que te lleve? le preguntó Alan a su hijo.

No respondió éste, ya vuelvo yo caminando.

Así que cogió el camino y recorrió todo Fulham para llegar a su casa. Desde que se fue a Broadway había vivido independizado de sus padres. Ahora poseía una casa parecida a la que tenía antes, pero en otro sitio. Vivía solo.

Llegó a su hogar y entró. Dejó sus cosas en el mueble del recibidor y se miró en un espejo que tenía por allí.

¿Por qué demonios has hecho eso, Dan? se dijo a sí mismo en voz alta. Si tú no eres impulsivo ni nada de eso.

No sabía que hacer, estaba desdichado.

Estúpido Dexter

Los rodajes de la última película de Harry Potter se hacían cada vez más intensos, pero para la satisfacción de todos, la Navidad se acercaba, así que los actores tendrían vacaciones. Cosa que Dan estaba deseando con muchísimas ganas.

En el camerino, Tom Felton y él se divertían mirando críquet, hasta que Daniel sacó el tema prohibido.

Oye Tom empezó, ¿a ti nunca te ha pasado que una cosa que has visto por la tele te ha llamado tanto la atención que de repente se te aparecen imágenes en la cabeza de eso?

Tom lo miró extrañado.

¿Por qué me preguntas eso?

Porque

¡Venga, dilo! insistió su amigo.

Dan se mordió el labio inferior. ¿Lo consideraría loco Tom si se lo contaba? No lo sabría si no se lo decía.

Porque a mi me ha pasado soltó, sin rodeos.

Tom no pudo evitar reírse.

Estás loco le dijo.

Dan lo miró serio y a la vez ofendido.

No me causa ninguna gracia, Tom replicó. Encima que te lo cuento

Fuiste tú quien sacó el tema.

Tom cogió una coca-cola y se la bebió.

Es que
nunca me había ocurrido, ¿sabes? siguió hablando Dan. ¿Tú conoces la serie Dexter?

Tom se atragantó y Dan esbozo una sonrisa. Le divertía ver como a Tom le daban probar de su propia medicina.

Sí contestó Tom, sí que la conozco. ¿Por qué lo preguntas?

¿Tú has visto la cuarta temporada?

No sigo la serie, Dan.

Bueno, déjalo siguió. El caso es que hace unos días vi un episodio y

 

Sí interrumpió su amigo. Impresiona ver como mata.

Ya
continuó Dan. El caso es que ayer, cuando fui a recoger a mis padres del aeropuerto

¡Ah, sí! le cortó Tom, ¿qué tal les fue?

¡No me interrumpas, maldita sea! replicó Dan enfadado. Fui a recogerlos y en un momento determinado vi en mi cabeza al Trinity Killer y grité "¡Dexter!".

Tom lo miraba desconcertado.

¿Y?

¡Qué lo grité como su fuera un loco! exclamó Daniel.

Tom se encogió de hombros, sin saber que decir.

Yo no sé nada de psicología dijo, no puedo ayudarte.

Vaya contestó amargado y con tono sarcástico Dan, gracias por tus palabras de apoyo.

Tom sonrió de forma provocadora y Daniel lo miró entrecerrando los ojos. Pero algo les asustó a los dos: el móvil de Dan empezó a sonar de forma estruendosa.

Dan lo cogió enseguida.

¿Qué pasa? preguntó.

Siento llamarte era Marcia, pero mañana viene a casa Carol, una ex colega de tu padre, con su marido.

¿Para qué?

Para pasar las Navidades prosiguió su madre. ¡Ah! Y se traen a su sobrina, que ha ganado un concurso literario y de premio viene a pasar las vacaciones en Londres.

Sí, sí interrumpió Dan. Todo eso está muy bien pero, ¿yo conozco a esa gente?

No te debes de acordar de Carol porque eras muy pequeño, pero ella sí de ti.

Vale, mamá dijo Dan. Bueno, adiós.

Y colgó.

¿No podrías cambiarte de tono? le preguntó Tom, después de un rato.

Es que sino no lo oigo respondió Dan.

Y entre susurros, Tom dijo:

Sordo


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Faltaba un día para Navidad y Daniel y sus padres ya estaban en la estación King Cross esperando a Carol, su esposo Harold y su sobrina. Los tres venían de Pool, una pequeña ciudad a las afueras de Londres.

Dan tenía muchas ganas de ver a Carol, ya que hacía muchos años que no tenía contacto con ella. La mujer había sido una ex colega de su padre en la agencia literaria donde trabajaban. Y obviamente, Daniel nunca se privaba de conocer a todos los compañeros de sus padres.

Y la happy family esperó a sus invitados. Aunque no con mucha paciencia por parte de Daniel, ya que, como en Londres llovía y caía algo de nieve, al chico le tocó probar el frío puro y duro. Se había resbalado por culpa de una calle con una capa de hielo por encima, lo que provocó que se pegara un buen golpe y se empapara de agua hasta los codos.

Espero no coger otro resfriado dijo en voz alta, mientras esperaba a Carol y los demás.

Sí le contestó su padre, que ya estuviste enfermo cuando estabas grabando en el set y no hiciste nada en una semana.

Dan estornudó y su madre lo miró con algo de preocupación, pero luego éste exclamó:

¡Mira, ya llegan!

Y así era. Una mujer algo rellenita avanzaba a paso rápido hacia la happy family. Llevaba una bufanda que le envolvía todo el cuello y un abrigo de color gris a juego. Su pelo era de color marrón claro y lo tenía recogido en un elegante moño. La mujer iba algo maquillada, pero discreta.

Detrás de ella apareció un hombre de pelo canoso y gafas, pero alto y con una buen pose. Tenía un anorak de color negro azabache y un gorro de lana. Transportaba en un carrito unas tres maletas y el hombre llevaba en su espalada una mochila algo grande.

 

Junto a él, una adolescente alta y estilizada, pelo rubio oscuro ondulado y ojos azules con tonos grises iba montada en otro carrito con más maletas. La muchacha llevaba un gorro de Navidad y una bufanda atada a la cintura. Encima del gorro, unos auriculares grandes de color azul brillante emitían un susurro de música R&B. El cuerpo de la joven estaba cubierto por un holgado abrigo verde y sus dedos salían de los guantes cortados. Tenía unos vaqueros campana, como los de los años setenta y unas All Star negras con la suela de las zapatillas pintarrajeadas con rotulador. Daniel pudo distinguir varios colores con los que la chica se había pintado las uñas: rojo, azul, amarillo, verde, negro y violeta. Un dedo de cada color.

Los tres se acercaron a la happy family.

¡Hola! saludó la mujer.

¿Cómo ha ido el viaje, Carol? le preguntó el padre de Dan, Alan.

Oh, muy bien contestó la mujer. Mira, os quiero presentar a mi marido, Harold.

Buenos días saludó el hombre y le estrechó la mano a Dan y a Alan y le dio un beso en la mejilla a Marcia.

Y a mi sobrina, Sabrina dijo Carol.

La chica, tímidamente soltó un "Hola" casi inaudible. Dan le sonrió cortésmente, al ver que la joven no se desinhibía.

Carol, Harold, Marcia y Alan empezaron a hablar y dejaron a Daniel y a Sabrina detrás, ignorados. Sabrina, al ver la reacción de sus tíos, se colocó bien los cascos (auriculares, audífonos) y puso gesto de burla. Daniel la observó, curioso.

¿Qué escuchas? le preguntó. Sabrina se quitó los cascos y lo miró. Luego sonrió y después empezó a desternillarse de risa. Dan, confuso, no supo que hacer.

¿Qué
que te pasa? preguntó, desconcertado.

Sabrina siguió riéndose hasta que pudo serenarse un poco.

¿Sabes lo que ocurre? empezó, que yo siempre te he querido conocer en persona porque, ¡Dios!, ¡eres Daniel Radcliffe!

Ah

Y bueno continuó, ahora que te tengo delante y que voy a pasar las Navidades con tus padres ya
ya no se que decir. Es que es tan
tan surrealista

Daniel sonrió.

Bueno, pues ya tienes tu deseo cumplido dijo, de forma amistosa.

Ya te digo contestó la chica.

Sabrina se serenó del todo y siguió a sus tíos. Pero Daniel no se conformaba con eso, quería saber más sobre la chica.

¿Qué música estás escuchando? preguntó, mientras subían las escaleras automáticas.

No te va a gustar contestó Sabrina. Se quitó los cascos y se los puso a Dan.

Sonaba una canción de Common: The Light. Después de que Daniel escuchara un poco, decidió por quitarse los cascos.

Nunca he oído esta canción dijo.

Obvio respondió Sabrina. Tú no escuchas R&B ni nada de eso.

¿"R&B"?


música negra.

Daniel y Sabrina salieron de la estación y llegaron al coche. Pero había un problema: no cabían los seis. Y aunque no lo pareciera, Alan y Marcia lo tenían todo planeado.

Daniel le dijo su padre, como no hay sitio para todos tú te llevarás a Sabrina e iréis en metro o autobús u os tomáis un taxi o algo así, ¿vale?

Va
vale contestó, no muy contento con la decisión.

 

Sabrina, alcánzame las maletas, por favor pidió Carol.

Sabrina obedeció y ayudó a meter todo el equipaje en el maletero del coche. Después se separó de ellos y se colocó junto a Dan, observando como todos se metían en el coche. Se sentía excluida, igual que Dan.

Los dos se despidieron de los adultos y vieron como el coche se alejaba. Se quedaron largo rato mirando la calle por donde había desaparecido el vehículo, hasta que Daniel reaccionó.

Vamos a buscar un taxi o algo, que hace frío.

Aunque Sabrina no compartía la misma opinión.

¿No me puedes mostrar Londres, por favor? preguntó, poniendo cara de pena.

No se
es que nos han dicho que fuéramos a casa dijo, y con un tono sarcástico añadió: ¿Es que no quieres ver mi casa?

Sabrina arqueó las cejas.

Primero, no es tu casa empezó, porque tú ya te has independizado. Y segundo: me interesa más Londres.

Dan se rió pero luego se puso serio.

Vale, te enseñaré la ciudad pero

¡Bien!

Pero primero debo preguntárselo a mi padre.

Sabrina asintió y Daniel llamó a su padre por el móvil.

¿Papá? Dice Sabrina si puede visitar Londres.

La chica intentó escuchar lo que decía Alan, pero Daniel se alejó.

¿Sí? Vale, volveremos sobre las ocho, ocho y media, más o menos. Adiós.

Dan se acercó a Sabrina.

¿Sí? preguntó la chica.

Sí, podemos respondió Dan.

Sabrina saltó de emoción y empezó a gritar. Dan intentó hacerse el loco, pero algunas miradas de los peatones se dirigían a él y no a Sabrina.

Cuando la chica cesó su espectáculo, los dos empezaron a caminar.

¿A dónde quieres que te lleve? preguntó Dan.

A Soho, si no está muy lejos respondió la chica.

Muy bien, a Soho.

Y empezaron a caminar. Sabrina no paraba de quedarse boquiabierta con todo lo que veía en las calles y las tiendas. Dan iba indicándole cada cosa que le parecía relevante, hasta que Sabrina desvió la conversación.

¿Qué tal te lo pasaste en Nueva York? preguntó.

Dan la miró. No sabía si responderle o no. Al final, lo hizo.

Bien, muy bien. New York es una genial ciudad contestó. ¿Cómo sabías que había estado allí?

La chica arqueó las cejas.

Venga, no me seas tonto. La gente se informa, entra en Internet, todo eso.

Ah, así que tú te enteraste de que

Estabas haciendo Equus en New York le cortó Sabrina.

¿Qué más cosas sabes de mí? preguntó Dan.

Oh, muchas, muchas respondió la chica. Además, he visto todas tus películas y todo lo que has hecho en la tele y todo eso.

Vaya, gracias agradeció Daniel.

Salvo Equus, que no pude ir a verte.

¿Por?

Porque Harold no me dejaba...

Después de resolverle las dudas a Daniel, siguieron caminando tranquilamente por las calles de Londres.

¿Quieres tomar algo? preguntó Dan, mientras se acercaban a un pub.

Vale, pero no me des ni vodka ni coca-cola ni té respondió Sabrina.

Entraron y buscaron mesa. Cuando se sentaron, Dan pidió una coca-cola y una naranjada.

¿No bebes cerveza? preguntó Sabrina. Pensaba que si.

No me paso el día bebiendo contestó Dan.

Una camarera les trajo a los dos los refrescos y los chicos bebieron encantados.

 

Gracias dijo Sabrina.

¿Cuántos años tienes? preguntó Dan, después de haberse bebido su coca-cola.

Quince respondió alegremente Sabrina. Me cae bien Voldemort y sonrió.


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¿Qué tiene que ver Voldemort con que te pregunte la edad? dijo Daniel.

La chica lo miró con una sonrisa sarcástica en los labios. Acabó de beberse la naranjada y se quitó el gorrito de Navidad.

¡Anda, si tienes mechas! exclamó Dan.

Efectivamente, Sabrina tenía mechones de su cabello de color azul, rojo y verde. Sonrió más y se arregló un poco el pelo.

Son falsas aclaró. No me quiero poner de verdad porque estropean un poco el pelo y así me las puedo cambiar de color.

Dan asintió y empezó a tocarle el pelo.

¿Me puedo poner una? preguntó.

Claro, ¿qué color quieres? dijo Sabrina, llevándose las manos a la cabeza.

Cualquiera.

La chica se quitó la mecha de color azul y se la puso a Daniel en el pelo.

¿Qué tal estoy? preguntó el chico.

Dan tenía la mecha al lado de la oreja izquierda y le bajaba por la cabeza hasta tocar el hombro.

Hermoso ironizó Sabrina. Dan le devolvió la mecha y la chica se la volvió a colocar.

Te dije lo de Voldemort para llamarte la atención explicó Sabrina.

Dan asintió y alzó las cejas.

Me la has llamado, ¿no la ves? dijo, de broma. Y señaló a la silla vacía de al lado.

Sabrina se rió.

En serio, ¿cómo te puede caer bien ese tipo? preguntó Dan. Si es malo

Por eso puntualizó.

Daniel la miró, sin todavía dar crédito a sus oídos.

¿Y que piensas de Harry Potter?

Qué debería haber muerto.

Dan se atragantó con su bebida. Miró a Sabrina con los ojos desorbitados. Después de haberse recuperado y que la chica dejara de reírse, reanudó la conversación.

¿Cómo puedes decir eso? preguntó Daniel, todavía sin creérselo.

Con la boca, articulando la lengua y todo eso respondió sarcástica Sabrina.

Dan la miró entrecerrando los ojos.

Sé como se habla dijo, serio. Lo que no entiendo es como puedes decir que Harry Potter debería haber muerto.

Sabrina volvió a sonreír, y esta vez era la primera que enseñaba los dientes. Eran blancos y perfectos.

Te lo explicaré empezó. La vida es injusta y, por tanto, aleatoria. Entonces, parece que J. K. Rowling no seguía esas normas básicas. Es de poca lógica que un mago inexperto le ganara a un mago con años de experiencia y una capacidad mucho más grande.

Bueno, en parte tienes razón, pero Harry Potter no es una democracia.

Yo no he dicho que lo fuera, Daniel. Sólo he dicho mi opinión, y es esa.

Que Harry debería morir.

Sabrina dio un aplauso y asintió con la cabeza.

¡Exacto!

No me has aclarado mi duda dijo Daniel. Sabrina suspiró.

El Bien y el Mal no existen explicó. Sólo existen las personas y cada una hace una cosa u otra. Porque el Bien y el Mal es algo subjetivo, porque una persona puede tener una opinión y otra una opinión diferente.

Sí.

Muchos mortífagos decían que Voldemort era bueno y los otros magos decían que eran malo. Entonces, ¿en qué quedamos? Por eso: no hay ni bondad ni maldad. Sólo personas. Porque la vida no es blanco y negro. También existe el gris, y creo que J. K. Rowling no lo reflejó demasiado en sus libros.

 

Ya
dijo Dan, sin estar convencido del todo. Eso que tú dices está muy bien argumentado, pero lo que Rowling quiso reflejar en sus novelas no es el Bien y el Mal, si no el hecho de que da igual el tipo de persona que seas, siempre puedes luchar por tus sueños.

Luchar es muy fácil. Pero conseguir lo que quieres es un poco más difícil.

Sabrina se recostó en su silla y esperó a que Daniel contestara. Pero no lo hizo, así que dio la conclusión de que el debate lo había ganado ella. Era muy buena participando en tertulias, ya que pensaba con la mente fría y exponía sus argumentos con calma y sin alterarse lo más mínimo.

¿No me vas a contradecir? preguntó, descaradamente.

Daniel la miró.

No, has dicho unos buenos argumentos dijo. Y debo admitir que yo a veces le he deseado cosas malas a Harry Potter.

Sabrina se rió.

¡Vaya! No soy la única.

¿Sabes? Me has sorprendido dijo Daniel. Para tener quince años razonas de forma muy madura.

Sabrina sonrió, intentado ser modesta, pero la humildad era una de sus materias pendientes.

Gracias agradeció.

Daniel miró un reloj que estaba colgado de la pared del pub. Eran las siete y media.

Debemos volver a casa informó. Es tarde.

Los dos se levantaron y pagaron la cuenta. Después salieron a la calle a pedir un taxi. Al cabo de cinco minutos, ya estaban acomodados en el asiento del coche, calentándose las manos con la calefacción del vehículo.

Te enseñaré Londres mañana, no te preocupes dijo Daniel.

Oh, no pasa nada, ya habrá tiempo respondió alegremente Sabrina. ¿Algún día me podrías explicar de qué trata exactamente Equus?

Eres muy pequeña contestó Dan.

¿Pequeña? replicó Sabrina, indignada. ¿No decías que era muy madura para mi edad?

Sí, pero no lo suficientemente grande como para comprender de que trata la obra en cuestión alegó Daniel.

Si supieras todo lo que yo sé, nunca dirías eso manifestó de mala gana Sabrina, y se limitó a mirar por la ventanilla del taxi. Daniel, al ver que su compañera se había ofendido, pensó que sería mejor pedir disculpas.

Te lo explicaré, pero más adelante, ¿vale? dijo.

Muy bien, haber si mis teorías de que Alan Strang padece esquizofrenia son ciertas soltó Sabrina, con una pícara sonrisa en los labios. Esos labios tan misteriosos que a Daniel le cautivaban.

¿Es
esquizofrenia? balbuceó.

Exactamente.

¿De dónde has sacado semejante burrada? exclamó Daniel. ¿Y tú que sabes qué es la esquizofrenia?

¿Te sorprendes? Sabrina miró a Dan con incredulidad. Pues no deberías. Sé lo que es la esquizofrenia, y mi teoría es tan válida como cualquier otra.

No es válida porque tú no has visto la obra de teatro le contradijo su compañero.

¿Y qué? De toda la información que he recopilado puedo elaborar un diagnóstico.

¿Has sido diez años psiquiatra? No puedes diagnosticarle a alguien una enfermedad mental sin ni siquiera haberla visto.

¿Por qué no? replicó Sabrina. Algunos psiquiatras hacen eso.

Sí, pero tú no eres psiquiatra.

Sabrina suspiró de nuevo y volvió a dirigir su mirada a la ventanilla. Las luces de los edificios inundaban el taxi y los toques navideños le daban un aspecto algo siniestro a los rostros de Dan y Sabrina.

 

De repente, a Sabrina se le ocurrió una pregunta muy indiscreta que hacerle a Daniel. Eso le haría callar, pensó.

¿Cómo llevas la dispraxia?

Dan volteó la cabeza y la miró totalmente serio y con la cara serena. Había algo extraño en su mirada, parecía triste, pero no lo aparentaba. Sabrina pensó que lo había ofendido o algo así, con lo que empezó a pedirle disculpas.

Lo
lo siento, Dan empezó. No quería ofenderte.

No, no me has ofendido respondió rápidamente el chico.

Sabrina se quedó algo confusa.

¿Ah
no?

No, ¿por qué iba a ofenderme?

No sé

La dispraxia la llevo bien dijo, si es eso lo que querías saber. Aunque de pequeño era terrible, era muy, muy torpe.

Pero no te puedes atar los cordones de los zapatos
manifestó Sabrina, y dirigió sus ojos a las sucias All Star de Daniel con velcro. El chico hizo lo mismo.

Bueno, obviamente no voy a estar bien siempre contestó. La enfermedad no se cura y te dura toda la vida.

Es un problema en el sistema nervioso central explicó Sabrina. Creo que tus neuronas no realizan bien las sinapsis.

Daniel no comprendió nada de lo que había dicho.

Sí, el problema está en el cerebro, pero en realidad es una percepción ojo-mano.

Sabrina se rió.

Es una explicación muy simple, ¿no crees?

Sí, pero es así. No lo de las sinapsis o lo que sea que dices tú.

Sabrina giró la cabeza bruscamente y golpeó el suelo con la pierna. El taxista fijó sus ojos en el retrovisor y examinó detenidamente a Sabrina. Ésta le devolvió la mirada de una forma muy grosera. Dan se quedó algo avergonzado por el comportamiento de Sabrina, así que bajó la cabeza en señal de disculpa.

¡Lo que digo es cierto! exclamó Sabrina.

Soy yo quién padece la enfermedad, ¿eh?

Sí, pero yo me he informado y he leído artículos médicos.

Daniel se encogió de hombros.

Sólo te digo lo que sé. Nada más dijo.

Sabrina bufó. Daniel suspiró. Faltaba poco para que entraran en Fulham y llegaran a la casa de Alan y Marcia, pero el tiempo se les hacía eterno para Daniel y Sabrina, así que mataron el rato quejándose del otro en silencio y mirando por la ventanilla. El taxista tenía muchas ganas de que los dos adolescentes se bajaran del coche, así que condujo deprisa.

Llegaron a la calle justo a tiempo. Daniel le pagó al taxista y junto a Sabrina, buscaron el domicilio por toda la calle.

¡Qué guay! Tú antes vivías aquí exclamó Sabrina, emocionada.

Sí respondió Daniel, sonriente. Pero hace tiempo que me mudé a otra casa.

Caminaron por la oscura calle. Estaba rodeada de casas adosadas unas a otras. Eran viviendas de estilo victoriano, con sus miradores y sus ventanales. Llegaron a una blanca, que tenía un pequeño patio donde había una planta mal regada. Sabrina la observó.

No eras muy aficionado a las plantas dijo, señalándola.

No, precisamente esa debía cuidarla yo comentó el chico. Pero al final no pude seguir. Es que soy muy perezoso para esas cosas.

Dan tocó timbre y esperó a que le abrieran. Las ventanas de la casa estaban iluminadas y se oían voces de dentro.

¿No tienes llaves? preguntó Sabrina.

No, ya no vivo aquí.

 

Sabrina asintió lentamente, hasta que Alan abrió la puerta y les dio paso.

¿Qué tal Londres? dijo, dirigiéndose a Sabrina.

Muy bien, pero no nos dio tiempo a ver mucha cosa, ¿verdad Daniel?

El chico se había quitado el abrigo, la gorra y se había ido directo al baño. Con lo que dejó la pregunta de Sabrina por el aire. Al ver Alan esa situación un tanto incómoda, cortó el silencio.

No te preocupes, tendrás todo el tiempo que quieras para visitar la ciudad dijo.

Sabrina sonrió. Quería moverse pero no sabía a donde ir, se había quedado bloqueada. Porque
¡estaba en la antigua casa de Daniel Radcliffe!

Sabrina creía que iba a ser una casa con todo tipo de lujos y excentricidades, pero era un hogar normal y corriente. No había nada inusual. No parecía que allí hubiera vivido una estrella de Hollywood.

Al fin y al cabo, Daniel era un chico normal y corriente.

¿Por qué no vas a ver dónde dormirás? le propuso Alan, que había detectado el shock de la chica.

Va
vale tartamudeó ella.

¿Podrás ir tú sola? No es tan difícil.

¡Cla
claro!

Tu habitación está en el piso superior. La segunda puerta a la derecha, ¿vale?

Va
vale.

Y casi sin respiración, Sabrina avanzó como un zombi por el pasillo hasta llegar a las escaleras. Subió y llegó al corredor que le había indicado el padre de Daniel.

La segunda puerta a la
derecha, sí

Sabrina murmuraba sola. Se dispuso a abrir la puerta, pero alguien lo hizo del otro lado. Dan se chocó contra el cuerpo de la chica y se dieron un cabezazo.

¡Au! se quejó Dan, eso duele.

Sabrina se frotó la cabeza y luego entró en la habitación.

¡Eh, eh, eh! le gritó Daniel, impidiéndole el paso. ¿Qué haces?

Entrar en el cuarto que me ha dicho tu padre explicó Sabrina, en tono imperativo.

Dan la miró de forma confusa.

¿Mi padre? dijo. ¿Qué dices? Si este cuarto es mío.

Es lo que me ha dicho, pregúntale tú, que por algo es tu padre, ¿no? le soltó enfadada Sabrina.

Lo haré respondió Daniel, y bajó las escaleras.

Mientras tanto, Sabrina empezó a examinar "la habitación de Daniel". Era un cuarto normal y corriente, con dos camas individuales y dos mesitas de noche y un armario empotrado. La ventana estaba entre las dos camas y el cristal estaba tapado con una cortina de color verde. Si antiguamente era la habitación de Dan, el chico se había llevado todas sus pertenencias a su nueva casa, porque allí no daba la impresión de que hubiera dormido alguien en muchos años.

Se oyeron pasos y Alan y su hijo entraron en la estancia.

Como veo que os estáis peleando empezó Alan, voy a aclarar las cosas: compartiréis habitación.

Sabrina y Daniel se quedaron atónitos.

¿Co
cómo? preguntó el chico.

Eso, Dan. Tendrás que compartir habitación. Nos prometiste a mí y a tu madre que pasarías las Navidades íntegras en esta casa, ya que las anteriores no te pudimos acompañar.

Sí, pero no sabía que vendrían invitados.

No te hagas el tonto, Daniel. Siempre sabes que o vamos a la casa de alguien o alguien viene a casa.

Sí, pero

Pero nada. Compartirás habitación y punto.

Y concluida la frase, Alan se marchó y cerró la puerta tras él. Sabrina se rió para sus adentros de la cara que había puesto Daniel.

 

Bueno, ¿qué cama quieres? preguntó éste.

La que tiene al lado mis maletas contestó Sabrina. Y se sentó en la cama que daba al lado izquierdo de la habitación.

Daniel hizo lo mismo y se tumbó boca arriba en la suya.

No me puedo creer que todavía discutas así con tu padre empezó Sabrina. Que tienes veinte años, por favor.

Daniel se rió y se tumbó de un costado, mirando a Sabrina.

Qué poco me conoces, ¿eh? dijo.

Bueno, ahora tendré la oportunidad de hacerlo mejor.

Daniel sacó un libro de un cajón de la mesita de noche, pero no empezó a leer.

¿Sabes? Antes de mudarme, esta era mi habitación.

Sabrina se quedó sorprendida y miró el cuarto de arriba abajo.

¿En serio? Qué curioso.

Daniel sonrió.

Echo mucho de menos este sitio. Era como un santuario para mí comentó.

Los dormitorios son santuarios para quienes dormitan en él soltó Sabrina, sin dejar de mirar a Daniel.

Dan se incorporó.

¿Esa frase es tuya?

Por supuesto. Viene de la reserva de Sabrina.

Daniel volvió a sonreír. Por una vez en toda la tarde, la chica lo había visto sonreír de verdad, como él lo hacía cuando estaba totalmente feliz.

Debemos bajar al salón dijo Daniel.

¿Por?

Creerán que estamos haciendo "cosas" contestó Dan, poniendo los dedos como comillas.

¡Venga ya! Sí tú tienes novia soltó Sabrina.

Tienes razón, lo siento.

Daniel y Sabrina compartieron risas y bajaron al salón. La noche se presentaba alegre y Sabrina la iba a disfrutar.


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Antes de asistir a la cena de "bienvenida", Sabrina se quitó su abrigo y todo lo que le producía calor. Al final, sólo se quedó con los vaqueros, las All Star, y una camiseta muy peculiar: una de A clockwork orange ("La naranja mecánica").

La camiseta era de color naranja, con un dibujo del protagonista, Alex, tomando la famosa bebida moloka, significa "leche plus": leche con alguna droga. Y abajo del protagonista, el título de la película.

Daniel se quedó a cuadros cuando vio la camiseta. Conocía la película, la había visto para entrenarse con Equus. Y era de extrañar que la película la hubiera visto una chavala de quince años.

¿Conoces A Clockwork Orange? preguntó Daniel.

Claro contestó alegremente Sabrina, ¿si no por qué crees que la llevo puesta?

Daniel pestañeó.

Es que
es una película algo polémica

¡Ya! Pero a mí me encantó. La vi con doce años y nunca me canso de ella.

Daniel asintió. Él la había visto con diecisiete o dieciocho años, y el film le había impresionado. No se podía creer que a una chica más joven que él no le hubiera impactado.

¿Pero la entendiste? preguntó.

Claro. Pero antes de ver la peli me leí el libro. Eso me ayudó contestó Sabrina.

Yo también la vi. Pero no me leí el libro.

Sabrina frunció el ceño.

¡Muy mal! exclamó. Porque Stanley Kubrick omitió el último capitulo. Así se dio a entender que Alex nunca cambia. ¡Pero sí que cambia!, porque en el último capitulo del libro Alex reflexiona y al final aborrece la violencia, por su propia voluntad. No con el Ludovico ese

 

Daniel prestó atención a las palabras que acabada de soltar Sabrina.

¿Cambia? preguntó, incrédulo. ¿Al final cambia?

Pues claro. Tengo el libro aquí, si quieres puedes leerlo le ofreció la chica.

Fue a su maleta y empezó a rebuscar. Encontró el libro y se lo entregó a Daniel. Éste lo examinó detenidamente.

Está en inglés, no te preocupes le tranquilizó Sabrina.

Daniel sonrió.

Gracias. Lo leeré, te lo prometo.

Sabrina reflejó una risita en su boca.

Bien y bien y bien dijo, con el acento en que hablaban en A clockwork orange. Hermano mío, oh. Drugo, los dos practicaremos el viejo uno-dos-uno-dos con una flacucha sacarra y pitcharemos tai.

Daniel alzó las cejas y sonrió abiertamente. Estaba sorprendido.

¡Te sabes el idioma nadstat! exclamó.

Sí, es que estoy muy metida en el papel contestó Sabrina. Inténtalo tú.

Daniel ojeó el glosario del nadstat y buscó algunas palabras.

Muy bien, allá voy empezó. Se levantó y empezó a caminar por la habitación. Mis druguitos y yo pilchearemos a cualquier cheloveco con nos encontremos por el barrio, y pitcharemos moloka y haremos el viejo mete-saca-mete-saca. ¡Joroschó!

Sabrina explotó de risa y Daniel también.

Lo has hecho muy bien, pero te falta práctica oh hermano mío comentó Sabrina, mientras bajaban hacia el salón.

Ya
es que todavía no he examinado bien al personaje dijo Daniel.

Llegaron al salón. Alan, Marcia, Carol y Harold los observaron detenidamente. Estaban sentados en el sofá, junto a la chimenea a gas.

Se han oído muchas risas ahí arriba, ¿eh? dijo Alan, que estaba dándole el último retoque al árbol de Navidad.

Era muy grande, media igual que Daniel y estaba lleno de adornos, luces y guirnaldas. El árbol estaba muy bien cuidado y decorado. Era bonito.

Oh sí, es que Sabrina me estaba enseñando el idioma nadstat aclaró Dan.

Marcia alzó las cejas.

¿Ella ha visto la película? preguntó.

¡Claro! Si hasta tiene una camiseta exclamó Daniel. Sabrina, enséñasela.

La chica obedeció y mostró su prenda de ropa. Todo el mundo se quedó observándola detenidamente.

¿Con cuántos años la viste? preguntó Alan.

Con doce respondió Sabrina.

Marcia y su esposo se quedaron de piedra.

Que
que joven
murmuró Alan.

Sabrina estaba algo incómoda, así que se retiró despacio. Daniel la siguió. Como Sabrina no sabía adonde ir, se quedó en el vestíbulo de la casa.

Siento que mis padres te hayan hecho sentir así se excusó Daniel.

No pasa nada, me sucede siempre dijo Sabrina.

Vaya, que pesadumbre, ¿no?

Oh, sí

Los se quedaron callados. Sabrina seguía incómoda. Daniel también.

¿Quieres hacer
algo? preguntó Dan.

Hum
lo que tú quieras

Podemos ver algo en Internet.

Sabrina sonrió y Daniel la llevó a una parte más apartada de la casa. Caminaron un pasillo algo oscuro y llegaron a un estudio. Entraron y se encontraron con una cantidad de libros repartidos en diversas estanterías. También había dos escritorios y dos ordenadores.

 

Es el despacho de mis padres dijo Daniel, así que no toques nada, por favor.

Sabrina se quedó en el umbral de la puerta, viendo como Dan buscaba por los cajones. Por fin lo encontró y lo sacó: era un ordenador portátil.

Éste no lo utilizan nunca y me lo dejan usar a mí dijo.

Así que los dos se fueron al comedor que estaba vacío y Dan conectó el ordenador y lo encendió. Cuando estaba todo preparado, Daniel se lo ofreció a Sabrina.

Vamos a buscar cosas tuyas en el Google dijo ella.

No, no, no, no, no, no pidió Daniel, desesperado. No lo hagas, por favor. No me gusta.

Pero no el dio tiempo. En la pantalla del ordenador empezaron a salir montones de resultados: Daniel Radcliffe es gay, Daniel Radcliffe quiere se padre, Nuevas imágenes de Daniel Radcliffe en One day in the life of
, y cosas así por el estilo.

Dan se quedó contemplando las barbaridades que salían de él en Internet.

¿Le damos a alguno? preguntó Sabrina.

¡No! ¡A ninguno! exclamó Daniel, y le quitó el ordenador.

Pero sin querer pulsó el ratón y le dio a una página web.

Déjame ver pidió Sabrina y se abalanzó sobre Dan.

No es nada, son fotos mías dijo Daniel de mala gana y se apartó para darle paso a Sabrina.

Lo que salía en la página web eran las imágenes del nuevo libro One day in the life of
Daniel se quedó mirando las fotos detenidamente. Sabrina también, pero no miraba las fotos, si no a Dan. Éste tenía los ojos brillantes y una pequeña sonrisa en los labios.

¿Te vas a poner a llorar? preguntó Sabrina.

Daniel pestañeó varias veces y luego la miró.

No
dijo. Me he emocionado un poco, lo siento

Y se pasó la mano por los ojos. Luego cerró la página web. Se giró hacia Sabrina y clavó sus azules ojos en los de la chica.

¿Sabes por qué hice las fotos? preguntó, extremadamente serio.

No.

Daniel asintió varias veces con la cabeza y luego respiró hondo.

Las hice para un acto benéfico.

Ya, ya lo sabía.

Daniel frunció el ceño.

¿Entonces por qué me antes me habías dicho que sí?

Sabrina rió de una forma siniestra. Luego se acercó a Dan y alzó las cejas.

Para ver qué contestabas.

Y con un sutil gesto, se levantó de la silla y salió del comedor. Daniel se quedó confuso y empezó a seguirla. Sabrina se dirigía hacia la puerta principal, y se disponía a salir, pero Daniel llegó antes y le cortó el paso.

Dan la acorraló en un rincón. Estaba serio y en sus ojos había algo de enfado. Pero Sabrina no le tenía miedo, ni mucho menos.

¿Qué demonios te pasa? preguntó el chico, de forma agresiva.

Sabrina sonrió y se apoyó en la pared.

Nada, ¿y a ti?

Daniel golpeó la pared con el puño. Sabrina se quedó perpleja.

No me mientas, niña. No intentes jugar conmigo soltó Daniel, de la forma más discreta posible, pero a la vez cargada de ira.

Sabrina estaba callada y quieta. Le había sorprendido la reacción de Dan.

Daniel

Pero el chico no contestaba. Estaba quieto, con la cabeza baja. De repente, salió disparado hacia el piso superior. Sabrina no consiguió alcanzarlo, pero supo que se había escondido en su cuarto.

 

La chica se quedó observando la escalera. Luego, silenciosamente, se acercó al salón, pero se escondió detrás de la pared. Los padres de Dan estaban hablando, así que escuchó.


estas Navidades serán muy duras para Daniel.

Su abuela murió este año y serán las primeras fiestas que las pase sin ella.

Será algo difícil para todos, sí. Pero para el chico aún más. Estaba muy unido a su abuela.

Sabrina se quedó algo sorprendida. Tenía conocimientos de que la abuela de Daniel había muerto, pero no tomó en cuenta las consecuencias de eso. Dan estaba triste, desanimado, no tenía ganas de nada
Por eso de la reacción desmesurada de antes.

Volvió a mirar la escalera. No sabía si subir. Pero antes de que pudiera hacer nada, llegó Alan.

¿Dónde está Daniel? preguntó.

Arriba contestó Sabrina.

¿Le puedes avisar de que ya está la cena, por favor? pidió Alan.

Sabrina obedeció. Fue con cautela por el pasillo superior y se quedó en la entrada del cuarto de Daniel. No quería entrar, pero pegó la oreja a la puerta, para ver si podía escuchar algo. No oyó nada, pero se quedó allí, esperando.

Pasaron diez minutos y ninguno de los dos se dignaba a moverse. Alan ya había pegado más de un grito y era hora de que Sabrina llamara a Daniel.

Así que tocó la puerta dos veces. Nadie le contestó, con lo que la abrió.

Esperaba que Daniel le pegara un puñetazo o algo así, pero lo que vio fue a un chico destrozado durmiendo en su cama.

Sabrina se dispuso a despertarle, pero antes disfrutó un poco de la escena. Dan estaba tumbado boca arriba y se le había caído el iPod al suelo. Sabrina lo recogió y lo puso encima de la mesita. El único ruido que había era la lenta y profunda respiración del chico. El abdomen de Daniel bajaba y subía lentamente. Era un movimiento que casi no se podía notar, pero se notaba.

Sabrina le acarició el pelo, y luego le sacudió el hombro. Pero Daniel no despertó. En cambio, soltó un gruñido y se colocó en posición fetal.

Sabrina renunció de seguir intentándolo y lo dejó solo, con su lenta y profunda respiración. Sabía que no debía molestarlo. Sus sueños eran prácticamente los únicos que podían consolarle en ese momento.


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¿Dónde está Daniel? preguntó Alan, cuando Sabrina bajó hacia el comedor.

Sabrina tragó saliva. No podía contarle que su hijo se estaba evadiendo de la realidad, así que prefirió mentir.

Me dijo que se encontraba mal y que se iba a la cama respondió

¿Qué le pasa?

Le duele el estómago o algo así dijo Sabrina. No me lo aclaró demasiado bien.

Alan se limitó a asentir con la cabeza.

Sabrina se sentó con los demás comensales y empezó a cenar. No quería hablar, así que se limitó en concentrarse en la comida. En algunas ocasiones, Carol o Marcia le comentaban o preguntaban algo y ella sólo se limitaba a asentir con la cabeza o soltar monosílabos.

Acabada la cena, Sabrina tuvo que sentarse junto a Harold en el salón y hablar sobre política y todas esas cosas. La chica escuchó atenta (le fascinaba la política), pero no intervenía, ya que la considerarían muy joven para participar.

Pasaron las horas, y Sabrina decidió subir ya a su cuarto para irse a dormir, así que se dirigió a la habitación y golpeó con los nudillos la puerta, por si cabía la posibilidad de que Daniel estuviera despierto. No le contestó nadie, así que entró.

 

La habitación estaba a oscuras, así que palpó toda la pared y el suelo hasta llegar a su cama y allí encender la lámpara de la mesita.

La tenue luz inundó toda la estancia. Daniel seguía acostado en su cama, pero se había puesto el pijama y no dormía. Estaba escuchando música en su iPod. El chico ignoraba a Sabrina, pero ella se sentía incómoda.

Lo siento mucho, Dan se disculpó.

Daniel no se movió ni dijo nada.

Lo siento, de verdad volvió a repetir Sabrina.

Y lo único que se oyó fue el silencio. Nada más que el silencio.

Harta, Sabrina se aproximó a Daniel y se sentó a los pies de su cama.

¡Escúchame! le pidió a Dan.

Éste se quitó los auriculares y miró a Sabrina a los ojos. La chica se sintió espiada, examinada. Desvió la mirada y la clavó en el suelo.

Perdóname.

Daniel se incorporó del todo y se quedó mirando a Sabrina. Pero la chica no desviaba los ojos del suelo. Luego oyó un sollozo.

La chica levantó la vista y se dio cuenta de que Daniel estaba llorando. El chico no escondía sus lágrimas. Sabrina no sabía que hacer. Pero la solución llegó antes de que ella abriera la boca.

Oye
siento haberme portado así contigo
sollozó Daniel.

Sabrina sonrió y se acercó más a Dan.

No pasa nada dijo.

Daniel se sorbió los mocos y se limpió las lágrimas con la punta de las sábanas. Sabrina nunca lo había visto tan débil
tan humano.

¿A ti nunca te ha pasado que empezó Dan te sientes sola en el mundo?

Sabrina abrió mucho los ojos. ¿A qué venía esa pregunta? ¿Por qué se la hacía Daniel?

Sí respondió, al fin.

Daniel la miró.

Bueno, pues eso me pasa ahora mismo a mi dijo Dan.

Sabrina se abalanzó sobre Daniel y le abrazó. El chico le devolvió el abrazo.

Si, Dan. Me siento sola continuamente.

Quedaron abrazados durante un largo rato, sin decir nada. Sólo se oía el sonido de las dos respiraciones. Pero un ruido estridente los despegó a los dos. Era el móvil de Daniel. Lo cogió.

Hola, Laura dijo, intentando que no se le notara la voz ronca que tenía a causa del llanto.

Sabrina se colocó la antena parabólica para escuchar lo que la novia de Daniel Radcliffe tenía que decirle, pero éste se alejó y salió de la habitación.

Sabrina se quedó sola, sentada en la cama, esperando a que el chico volviera. Pasaron unos minutos, y Daniel volvió a entrar en la habitación.

Era Laura se excusó, y volvió a tumbarse en su cama.

¿O'Toole? preguntó Sabrina.

Sí respondió Dan, de forma secante.

Se revolvió en su cama y se tapó con las sábanas. Sabrina seguía queriendo saber más.

¿Es tu novia?

Sí volvió a repetir Daniel.

¿Y por qué te llama a estas horas? preguntó Sabrina.

Daniel se dio la vuelta y la miró.

Está en Hong Kong, de vacaciones. Hay diferencia horaria.

Sabrina asintió.

Pensaba que habíais cortado.

Daniel arqueó las cejas.

Nunca cortamos. Mentimos a la prensa, nada más.

Entiendo

Daniel volvió a tumbarse de costado, dándole la espalda a Sabrina.

 

Pensaba que te sentías solo dijo ella.

Y así es respondió él.

Sabrina calló por un momento. No parecía que Dan tuviera ganas de hablar.

¿Por qué? Si a ti te quiere mucha gente replicó la chica.

Daniel soltó un sonido grosero.

No tiene nada que ver dijo. Se me ha muerto mi abuela, ¿cómo quieres que esté?

Pues normal. Hay que pasar página, ¿sabes?

Daniel se incorporó, estaba enfadado.

¿A ti nunca se te ha muerto nadie? preguntó de malos modos.

No respondió Sabrina, desafiante. Pero suponía que eras lo bastante fuerte como para superarlo.

¿Y tú que sabes?

Daniel se había levantado de la cama y estaba agresivo.

No lo sé empezó Sabrina, que también se había levantado. Pero lo que sí se es que por alguna extraña razón, no comprendo a la gente. Es como si no tuviera empatía.

Daniel se había quedado de piedra, blanco y quieto. Sabrina permanecía serena y tranquila.

¿No tienes empatía...? empezó él.

No.

Daniel se quedó más perplejo aún.

Eso es imposible. Si no tuvieras empatías erías una psicópata.

Sabrina asintió con la cabeza. Decidió cambiar de tema radicalmente

¿Por qué te sientes solo? preguntó. Daniel la miró.

No se
porque sí.

Siempre hay una razón replicó la chica.

No tiene por qué. Me siento solo y punto.

Sabrina bufó, en son de burla.

Entonces no tienes ni idea de lo que es sentirse solo soltó.

Daniel la miró, intrigado. Esa niña era una caja de sorpresas y él no iba a ser menos para descubrirlas.

Explícate pidió.

Sabrina sonrió, de forma provocadora.

Bueno, si tú crees que sentirse solo es que se te haya muerto alguien, estás muy equivocado empezó. Tuve una temporada donde nunca hablaba con nadie porque no tenía con quien hablar. Nadie me escuchaba y me sentía fatal. Entonces ves a toda esa gente riéndose y pasándoselo bien, y te quedas echa una -y perdón por la expresión- mierda.

Mi soledad es muy diferente a la tuya replicó Daniel. Para ti es que nadie te escucha, pues para mi es que se me ha muerto alguien muy importante en la vida.

Tienes dinero, trabajo, amigos, familia
enfureció Sabrina. Eso díselo a todos las personas sin techo que pasarán las Navidades en la calle.

Daniel la examinó con sus ojos azules.

A ti lo que te molesta es que me queje, ¿verdad? preguntó.

Sabrina tragó saliva y luego desvió la mirada.

Sí, porque no es justo que tengas una vida de perlas y te quejes de tonterías respondió.

Yo no puedo hacer nada dijo Daniel. Y tengo derecho a quejarme porque colaboro con cosas de la caridad y todo eso, ¡Demelza House!

Sabrina no podía rebatir tal argumento, así que se dio la vuelta e ignoró a Daniel. Pero éste no se conformaba con eso, quería más.

Escúchame, no tengo la culpa de que el mundo sea una caca dijo, cogiéndola del hombro a Sabrina. Pero intento que sea un poco mejor. No soy un niño malcriado como todo el mundo cree. Soy una persona normal y corriente, que tal vez no tenga un trabajo normal y corriente, pero no soy mimado, ayudo con todo lo que puedo y no me considero una persona millonaria y superior a los demás. ¿Me has entendido?

Sabrina asintió con la cabeza. Luego se dio la vuelta.

¿Sabes? Ahora ya no me siento tan solo soltó Dan.

 

¿Por qué?

Daniel esbozó una tímida sonrisa.

Porque me has escuchado.

Sabrina también sonrió.

¿Me firmas un autógrafo? pidió.

Daniel no pudo más que reírse. A Sabrina eso le sentó mal.

¿Un
autógrafo? preguntó él.

Sí dijo Sabrina, haciendo crujir los dientes.

Daniel se percató de que Sabrina se había ofendido. Así que, en son de disculpa, fue a por un papel y un bolígrafo y le hizo una dedicatoria. Cuando acabó, se la tendió a Sabrina. En papel rezaba:

Para Sabrina:

Eres una chica estupenda y una caja de sorpresas. Me has sorprendido muchísimo, y eso no lo consigue mucha gente. Gracias por hacerme sentir querido y ayudarme con mi "soledad". Espero que tú tampoco te sientas mal por mi culpa, y quiero que sepas que soy una persona totalmente normal.

Un beso y un abrazo,

Daniel Radcliffe


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Era tarde, y Daniel decidió irse a dormir definitivamente. Sabrina vio como cerraba los ojos poquito a poco y su respiración cada vez se hacía más lenta. Dan se hundía lentamente de nuevo en el planeta de los sueños. Un sitio donde nada ni nadie podía molestarlo. Su mundo ideal.

Pero Sabrina no tenía sueño. Consultó el reloj. Eran las 00:34 de la madrugada. Cuando Daniel se despertara por la mañana miraría contento el horizonte y diría "Es Nochebuena". Luego Sabrina escupiría en su cara.

La chica odiaba la Navidad y todo lo relacionado con ella. Nadie lo pensaría porque la chica siempre que podía lucía un estupendo gorro de Navidad en su cabeza.

Era hipócrita, falsa y manipuladora. Pero no conocía otra forma de vivir. Lo de la enfermedad de su padre era más que una mentira. ¿Trastorno bipolar? Sólo un estúpido podía creerse eso y el que cayó fue Daniel. Tampoco se sentía sola, ni mucho menos. Simplemente ella no sentía nada. "Consoló" a Daniel para otorgarle su confianza. Era todo un plan. No tenía nada contra él, pero para hacerse ver tendría que mentir. Ni siquiera era la sobrina de Carol y Harold: era una niña que a sus ocho años la sacaron de un Centro de Menores para, más tarde, meterla en una casa de acogida.

No era nada más que una chica que no conocía su pasado, un alma ambulante sin sitio a donde ir ni quedarse. Y por una vez que alguien la escuchaba, en este caso Dan, no quería perderlo, y para ello sólo le quedaba mentir.

Sabrina no tenía sueño, así que recorrió la casa de arriba abajo, intentando cansarse para entrar también en el mundo de los sueños, pero nada la adormecía. Pensó en buscar somníferos, pero no encontró ninguno en toda la casa.

Cansada, subió al cuarto para irse a dormir. Se quedó un rato contemplando a Daniel y contando los ronquidos que daba. Pasaron diez minutos y Sabrina se acostó.

¡Qué bien! Es Nochebuena.

Una voz despertó a Sabrina. Se incorporó deprisa y se frotó los ojos. La cama de Daniel estaba revuelta y no había nadie allí. En cambio, un chico con el torso desnudo la miraba, algo confuso. Sabrina enfocó la vista y un calorcillo le inundó toda la cara.

No era lo mismo ver a Daniel sin camiseta en una foto que en persona.

Ho
hola saludó ésta.

Daniel cogió una camiseta y se dispuso a ponérsela, pero Sabrina se lo impidió.

 

¿Qué pasa? preguntó el chico.

No te la pongas, estás mejor así respondió Sabrina.

Daniel se sonrojó y luego soltó una risita nerviosa.

Tengo frío dijo, tirando de la camiseta. Déjame vestirme.

¡No! exclamó la chica.

Sabrina escrutó cada centímetro del cuerpo desnudo del chico, pero a Daniel todo eso le hacía morirse de vergüenza y se tapaba con las manos todo lo que podía.

No me hagas pasar por esto
dijo, en un susurro.

Sabrina soltó una risa arrogante.

No me seas pudoroso, te desnudaste delante de 2000 personas en Equus.

No es lo mismo que alguien juzgue mi cuerpo, ¿sabes? replicó Daniel, nervioso.

Sabrina se levantó y se puso las pantuflas.

No te depiles el ombligo, quedas mejor así soltó, y salió de la habitación a paso a alegre.

Daniel se quedó algo confuso. Luego se miró en el espejo del armario y clavó sus ojos en su abdomen. No había entendido lo que le había dicho Sabrina hasta que se miró todo el vello que le cubría el ombligo y parte del abdomen y el pubis.

Estoy mejor al natural, sí
se dijo a sí mismo en voz alta.

Y sonriendo, se puso una camiseta y también bajó al comedor, dispuesto a desayunar. Se sentó junto a su padre. No quería estar muy cerca de Sabrina, ya que después de aquel comentario algo descarado se sentía algo acosado al lado de ella.

Tomó cereales y alguna que otra tostada con mermelada. Se fijó en el desayuno de Sabrina: una taza de café y un trozo de queso.

Al acabar de comer todos, Daniel fue al baño a ducharse, pero alguien lo estaba esperando dentro del baño. Era su madre. Le abordó y cerró la puerta de golpe.

¿Qué haces? preguntó Daniel, confuso.

Te tenía que decir una cosa muy importante, Dan le dijo Marcia. Se sentó en la tapa del váter y empezó. Lo que te hemos contado de Sabrina no es del todo cierto, ¿sabes?

Daniel frunció el ceño.

Explícate, mamá.

Bueno, lo primero es que
la chica no es sobrina de Carol y Harold.

¿Qué?

Es
es una niña adoptada.

¡¿Adoptada?! gritó Daniel. ¿Cuánto más es mentira?

Marcia bajó la mirada al suelo.

Sentimos haberte mentido, Dan. Pero
la vamos a adoptar nosotros.

Daniel se quedó boquiabierto. Sin más que decir, salió del baño y fue directo al cuarto. Marcia se quedó triste al ver como su hijo, el día de Nochebuena, la odiaba más que nunca. Y no sólo a ella, seguramente a Alan también.

Daniel salió de casa echando chispas. Estaba enfadadísimo porque sus padres le habían mentido sobre Sabrina, y ésta también.

Caminó a paso rápido por Fulham y salió a una calle principal. Pero alguien lo seguía corriendo.

¡Daniel! gritó una voz.

Éste empezó a correr, pero la voz era más rápida y empujó a Dan, provocando que éste se cayera al suelo.

¡Cuidado! exclamó Daniel, y se levantó rápidamente, sacudiéndose la ropa.

Sabrina también se había caído, y se estaba palpando la cabeza. Se había hecho daño.

¿Qué haces aquí? preguntó Daniel, perspicaz.

Los dos empezaron a caminar. Dan ignoraba a Sabrina pero ésta no le iba a dejar que se saliera con la suya.

No soy un monstruo dijo la chica, no hay razón para que huyas de mí.

 

Daniel ignoró aquel comentario. Ahora le tocaba al él discrepar.

Mis padres me han dicho que eres adoptada.

Sabrina se paró en seco. Se quedó quieta y miró fijamente a Daniel. Éste se dio la vuelta y se quedó observando a Sabrina.

¿Es cierto? preguntó Dan.

Sabrina asintió con la cabeza. Pero seguía quieta.

¿Por qué no me lo dijiste? dijo Dan. ¿Por qué me mentiste?

Sabrina comenzó a caminar. Cuando estuvo a la altura del chico, éste la siguió.

Contéstame ordenó Daniel.

Sabrina suspiró.

Muy bien, te lo contaré empezó. Los dos caminaban cerca de un parque y allí encontraron un banco. Se sentaron. Sí, soy adoptada. Y no, Carol y Harold no son mis tíos, son mis padres adoptivos. Cuando tenía ocho años me sacaron de un orfanato de Liverpool.

Sí, continúa.

Bueno, pues al final
tus padres han decidido tener mi custodia porque

¿Porque qué?

Porque
esto se supone que no lo puedes saber

¡Dímelo!

Sabrina tragó saliva. Esto era muy duro para él, no para ella

Bueno
Carol tiene cáncer cerebral terminal y
no le dan más de un año.

Daniel se quedó boquiabierto. Sabrina miró el suelo, esperando una respuesta.

Eso
eso no lo sabía

¡Claro que no! Se va morir y Harold es incapaz de criarme solo y por eso me regala como si fuera un objeto.

Daniel la miró con cara de asco.

¡Hija de puta! exclamó. Sabrina era la primera vez que lo oía decir un taco. ¡Te preocupas más por ti que por Carol!

¿Qué esperabas? Me tratan como un simple material dijo Sabrina.

Daniel se incorporó.

¡Eso no es cierto! Te proporcionaron un hogar cuando nadie te lo daba.

Sabrina, enfadada, escupió al suelo. Daniel atónito, le pegó una bofetada. Sabrina se quedó aturdida por un momento, y luego los ojos se le anegaron de lágrimas. Daniel, al ver la escena, se quedó perplejo consigo mismo y miró a Sabrina.

Lo siento
dijo.

Sabrina rompió a llorar.

¡No te acerques a mí! chilló.

Daniel le cogió el rostro lleno de lágrimas a Sabrina y le miró el golpe que le había hecho.

Tú si que eres un hijo de puta, hijo de puta le soltó Sabrina.

Daniel no sabía que hacer. ¿Desde cuando pegaba a la gente? Y más a una chica. ¡Nunca, en la vida!

Dios, yo
murmuró. Se cogió de los pelos y se arrodilló contra el suelo. No

podía creer lo que había hecho.

Sabrina se estaba limpiando las lágrimas. Miraba a Daniel con recelo y algo de desprecio. Era el primer ser humano que le pegaba de esa forma tan directa.

Tienes el perfil del psicópata maltratador soltó. Daniel alzó la vista.

¿Qué dices
?

Tu diagnóstico, imbécil replicó Sabrina.

Dejó que Daniel se consumiera en sus lamentos y echó andar hacia Hyde Park. Quería alejarse lo máximo de su propio reflejo. Porque, cuando Daniel le propinó aquella bofetada, ella vio su reflejo en los ojos de él.

Dos monstruos. Él era uno más.

Daniel se quedó largo rato arrodillado en el suelo del parque. Lo que lo sacó de su ensimismamiento fueron unas gotas de lluvia que le dieron en la cara. Rápidamente, se levantó y corrió hasta un sitio con techo.

El día de Nochebuena estaba casi todo cerrado, así que se escondió en un viejo y maloliente pub. Pidió una coca-cola y empezó a pensar.

 

¿Por qué le había pegado a Sabrina de aquella forma? Porque estaba enfadado, sí
Nunca había visto una postura tan egoísta, y Sabrina se la había demostrado. No
no era por eso exactamente.

A Daniel le costó mucho admitir esa razón. Había pegado a Sabrina, porque en los ojos de ella se había visto reflejado como un monstruo. Sabrina le había mostrado lo que verdaderamente era.

¡Imposible! Él era una buena persona, donaba dinero, era humilde
. Los monstruos no son así. ¿Y si todo eso era una máscara? Como la máscara de Dexter Morgan.

¿Eran iguales? ¿Dos monstruos esperando a su próxima presa?

Daniel sacudió la cabeza para quitarse esas horribles ideas de la mente y acabó de beberse su coca-cola.

Yo no soy un monstruo
se dijo en voz alta, con un susurro. Yo
yo no odio a la gente

Una camarera que pasaba por allí se le quedó mirando. Se acercó a él. Daniel intentó esconderse, pero ya era demasiado tarde. La muchacha se sentó enfrente de él.

Tú eres Daniel Radcliffe, ¿verdad? preguntó.

Éste alzó la cabeza y asintió.

¿No deberías estar con tu familia? dijo la camarera.

Daniel soltó un bufido.

No
le he hecho daño a alguien sin motivo aparente soltó. Se le cayeron unas lágrimas casi imperceptibles. La camarera se percató y le dio una servilleta. Gracias

A veces, hacemos daño sin querer dijo la chica. Pero debemos a aprender a aceptar los errores, Dan

Éste sonrió. Pagó la coca-cola y le dejó a la camarera una generosa propina. Luego, salió a la calle. Había parado de llover.

No estaba muy seguro de si volver a casa. Tal vez Sabrina ya estaba allí y les estaba contando a todos lo que había hecho. Sería una opción de peso, pero no sabía como pensaba exactamente Sabrina.

Así que, a paso lento, recorrió la ciudad. Se montó en varios autobuses, metros y taxis, hasta no saber a donde se dirigía exactamente. Comió en un McDonald's y sin saber como, acabó en el Greenwich Park. Se sentó en un banco y esperó a que la noche se apoderara de la ciudad.

Miró su móvil. Había un montón de llamadas perdidas de Alan, Marcia y alguna de Laura. No le apetecía hablar con nadie, así que ignoró todo eso.

Pasaron las horas. Un reloj marcaban las nueve en punto. Con el estómago rugiéndole, se dirigió a su casa. Tenía miedo de entrar, así que se quedó largo rato esperando en la puerta principal.

Oyó unos ruidos y se dio la vuelta. Pero la calle estaba totalmente vacía. Hasta que una figura de pelo castaño se hizo ver detrás de los cubos de basura.

¿Jade?

Una chica alta y estilizada se hizo ver. Era la novia de Tom Felton y una gran amiga de Dan.

¿No deberías estar dentro? preguntó la chica, señalando a la puerta.

Daniel la miró entrecerrando los ojos.

¿No deberías estar con Tom? le replicó, en son de burla.

Jade no pudo evitar reírse.

He visto como le pegabas a Sabrina empezó.

Daniel se quedó incrédulo.

¿Ahora todo el mundo se dedica a espiarme? exclamó, furioso.

Andaba por allí, no eres el centro del mundo prosiguió ella. He visto como le dabas aquella bofetada. ¿Por qué?

 

Daniel se la quedó mirando. No sabía que responder ante aquella pregunta.

Si lo supiera te lo diría, en serio

Jade sonrió.

Debo irme se despidió. Tom me está esperando en casa de sus padres.

Y con un sutil gesto de mano, se marchó, dejando a Daniel solo.

Éste miró la puerta. Tenía miedo de entrar. Pero no le quedaba alternativa. Se moría de hambre, su estómago estaba furioso con él porque sólo le había dado una rancia hamburguesa hecha de tripas de vaca muerta.

Acercó el dedo al timbre, pero alguien abrió la puerta antes de que él pudiera hacer nada.

¿Daniel? dijo Emma Watson. Pensaba que estabas en New York.

Éste se quedó perplejo. Luego, se alejó rápidamente de la casa y salió caminado hacia la calle. Emma empezó a seguirlo.

¿Por qué te vas? preguntó, y alcanzó al chico. Todo el mundo te espera.

Daniel no contestó. Se paró en seco. No sabía si contárselo todo a ella, pero necesitaba desahogarse.

Emma, yo
empezó.

Pero la chica le interrumpió.

Si es porque estaba en tu casa, es que sólo estaba tomando algo con tus padres.

No, no es eso

Pero alguien gritó muy fuerte el nombre de Dan. Éste se dio la vuelta. Emma había desaparecido. En cambio, su vecino de la casa de al lado, que estaba tirando la basura, lo miraba con curiosidad.

Daniel estaba perplejo. Se acercó al vecino.

Perdone, pero
empezó, ¿usted me ha visto hablando con Emma Watson?

El vecino se quedó perplejo.

No, sólo te veía hablar a ti solo respondió. Es como si tuvieras alucinaciones.

Daniel parpadeó un par de veces. Luego se cogió la cabeza con las dos manos.

¿Estoy alucinando
? preguntó. Luego, sin saber por qué, vomitó en la calle.

El vecino se apartó y agarró a Daniel por la cintura, porque casi se caía.

Chico
¿estás bien? preguntó el hombre.

Daniel se incorporó y se apoyó en la pared del contenedor de basura.

No
creo que no
dijo. Miró al vecino, al barrio, al mundo. Creo que me estoy volviendo loco


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El vecino miró preocupado a Daniel. Éste se había sentado en el borde de la calle. Tenía los ojos llorosos, pero no pensaba derramar ninguna lágrima más.

Deberías irte a casa, chico le recomendó el vecino.

Daniel giró la cabeza y lo miró. No sabía que hacer.

Estás enfermo dijo otra vez el vecino. Vete a casa, será lo mejor.

El chico volvió a negar con la cabeza.

No puedo respondió. Se cogió la cabeza con las manos y comenzó a jadear. ¿No podría usted llevarme al hospital?

El vecino lo miró, un poco escéptico. El final, se negó.

No, márchate a casa soltó, y cogió a Daniel por el brazo, obligando a que se levantase.

Lo arrastró hasta el portal de la casa de sus padres y tocó timbre. Antes de que abrieran, Dan le pidió al vecino:

Por favor, dígale a mis padres que estoy borracho.

El vecino negó con la cabeza y esperó, hasta que Alan apareció por la puerta. Se quedó asombrado.

Daniel
¿qué demonios
? murmuró.

El chico entró en casa y fue directo al baño. El vecino se quedó hablando con Alan.

Lo encontré en la calle, hablando solo explicó. Por un momento me pareció que estaba bebido, pero no era así.

 

¿Cómo que hablando solo? se apresuró a preguntar Alan.

Sí respondió el vecino, estaba gesticulando con la boca. Emitía sonido y todo eso, pero parecía que hablaba con una persona invisible. Luego me preguntó si yo había visto a Emma Watson, y le contesté que no.

Dios

Luego me dijo: "Creo que me estoy volviendo loco".

Alan le dio las gracias al vecino y luego se despidieron. Después, el padre se fue rápidamente a ver como se encontraba su hijo en el baño.

Tocó dos veces la puerta y luego entró. Daniel se encontraba arrodillado al lado de váter. Había vuelto a vomitar, tenía ojeras y estaba pálido.

Papá
empezó, llévame al hospital
por favor.

¿Qué te pasa? preguntó Alan, mientras se ponía a la altura de los ojos de su hijo.

No me encuentro bien respondió Daniel. Creo que
. Antes aluciné con Emma
. No se lo que me pasa

Alan acarició el pelo de su hijo. No le creía.

¿No estarás borracho? le preguntó.

Daniel lo miró, ofendido.

¡No! exclamó.

¿Y drogado?

Daniel dio un puñetazo a la pared.

¡Escúchame, papá! pidió, casi a gritos.

Alan se quedó asombrado.

¿Quieres que te lleve a Urgencias? preguntó.

Daniel asintió.

No es un buen plan para Nochebuena dijo Alan.

Daniel no articuló ninguna palabra. Se levantó y salió con su padre hacia el exterior. Fueron hasta el coche, y Daniel se desplomó en el asiento del copiloto. Conduciendo hasta llegar al Queen's Charlotte Hospital, Alan no paraba de mirar de reojo a su hijo, que éste permanecía recostado y con los ojos cerrados, murmurando cosas ininteligibles.

¿Qué se supone que le dirás al médico? le preguntó Alan a Dan.

Éste lo miró.

Que me duele mucho el estómago respondió.

Alan no pudo evitar reírse y a la vez enfadarse.

¿Vas a ir al hospital por un ridículo dolor de barriga? preguntó.

Daniel sonrió. Se le vieron los dientes.

Luego les diré que me estoy volviendo chiflado acabó.

Su padre arqueó una ceja.

¿Estás alucinando? preguntó.

Dan asintió. Luego cerró los ojos y empezó de nuevo con sus murmuros inaudibles. Alan se preocupó por el aspecto de su hijo. Temía que le pasara algo grave.

Por fin llegaron al hospital. Alan ayudó a Daniel a salir del coche y fueron directamente al ala de Urgencias. Allí, esperaron.

Para ser Nochebuena, había bastante gente. Personas con empacho, intoxicaciones etílicas, accidentados de tráficos, mujeres con secuelas de violencia doméstica, etc.

Daniel intentó pasar desapercibido, pero alguna que otra mirada se quedaba fija en su cuerpo. Pasó un rato, hasta que un médico les dijo que fueran a una habitación.

Buenas noches saludó el médico. Era de raza negra, alto, delgado y con la cabeza rapada. Llevaba una bonita perilla bien cuidada . Soy el doctor Shaffer.

Daniel asintió con la cabeza y se sentó en la camilla. El médico se acercó hacia él. Alan se quedó fuera de la habitación, esperando. Cerró la puerta y se sentó en un asiento vacío, esperando a que su hijo saliera.

El médico, lo primero que hizo, fue sonreír, al ver que un actor famoso era su paciente.

¿Qué te ocurre, Daniel Radcliffe? preguntó, alegre.

 

El chico sonrió, luego, buscando bien las palabras, empezó a explicarle al médico lo que le había pasado.

Bueno comenzó, en realidad he venido aquí porque
porque he tenido una alucinación y
no he bebido alcohol ni consumido drogas

Shaffer apuntó todo lo que Daniel iba diciendo.

Muy bien dijo, ¿algo más que debas contarme?

Bueno
estuve vomitando bastante antes de llegar aquí respondió Dan.

Shaffer asintió con la cabeza.

Puede que tengas algún problema de gastrointerits o algo así dijo. Necesito que te quites la camiseta.

Daniel obedeció y se tumbó boca arriba en la camilla. El médico empezó a pasarle el estetoscopio por todo el torso. Estaba helado, por lo que los pelos de Daniel se le erizaron. Shaffer también le miró la boca y la garganta, consiguiendo que casi el chico vomitara también en la consulta y luego le palpó el abdomen unas tres veces, apretando donde antes no había podido apretar.

Después, Shaffer apuntó más cosas en un bloc de notas. Daniel permanecía tumbado, observándolo.

Estás perfecto concluyó, al fin el médico. Los vómitos pueden deberse al nerviosismo, no es nada grave, no te preocupes.

Pero, ¿las alucinaciones? preguntó Daniel.

Eso no lo sé con certeza dijo Shaffer. Para asegurarnos, te podría hacer un examen de tóxicos y de alcoholemia.

Daniel dudó un momento. Luego accedió. Así que Shaffer le extrajo sangre y la mandó directamente al laboratorio.

Dentro de un rato sabremos los resultados informó el médico. Lo que puedes hacer ahora es quedarte en la sala de espera y
esperar.

Daniel se incorporó y se vistió. Salió algo aturdido de la consulta y buscó a su padre. Estaba sentado en un asiento.

¿Qué tal? le preguntó Alan.

Daniel se encogió de hombros.

Me ha dicho que estoy bien dijo, pero me ha sacado sangre para un examen de tóxicos y de alcoholemia, por lo de las alucinaciones. Me ha dicho que esperara aquí.

Y, mientras el chico esperaba, Alan se dedicó a llamar a Marcia para decirle que Daniel estaba el hospital. Le dijo también que tardarían un poco. La madre de Dan se preocupó, pero luego le dijo que le esperaría. Comentó también que Sabrina había llegado a casa con la marca de una bofetada en la cara. No soltó nada de lo ocurrido, pero Marcia dijo que Daniel tenía que ver algo en todo eso.

En resumen, todos estaban bien.

Pasó una hora, hasta que la sala de espera se fue despejando más y más. Más tarde, Shaffer le dijo a Daniel que pasara otra vez a su consulta. Allí, había dos médicos más.

Bueno empezó Shaffer. Tenemos los resultados.

Daniel prestó atención.

Dan negativo contestó al fin el médico. No has consumido alcohol ni drogas.

El chico sonrió. Pero Shaffer y el resto de médicos no.

Debemos hacerte un examen psiquiátrico dijo uno de los otros médicos.

Daniel se quedó serio. ¿Examen psiquiátrico?

Bue
bueno contestó.

Así que, los otros médicos se sentaron en la mesa de la consulta, en frente a Daniel, y empezaron a hacerle diversas preguntas.

Esto es un test psicológico. Debes responder "sí" o "no".

Vale.

Un médico sacó unas hojas y empezó a leer.

¿Te has sentido solo?

Sí.

¿Has cometido acciones impulsivas?

 


creo que sí respondió Daniel, y se acordó de la bofetada.

¿A menudo hablas solo, hacia ti mismo?

Sí.

¿Te has sentido desanimado o fatigado sin motivo alguno últimamente?

Sí.

¿Has tenido visiones o ves cosas que no están acordes con la realidad?


sólo una vez

El médico apuntó algo en una hoja y miró a Daniel. Luego le dijo:

Debemos trasladarte a la Unidad de Psiquiatría.

A Daniel se le cayó el alma a los pies. De pronto, sintió un pánico terrible y unas ganas enormes de marcharse de allí. A sí que se levantó de la silla y corrió hacia la puerta de la habitación. Shaffer lo agarró y lo tumbó en el suelo. Empezó a tranquilizar a Daniel.

No pasa nada le dijo, cálmate.

Por favor
jadeó Daniel, no me encierren en un manicomio

No, no vamos a hacer eso. Sólo te quedarás unos días en observación, nada más.

Levantó a Daniel del suelo.

Vamos dijo Shaffer, debemos avisar a tus padres.

Salieron de la habitación. Daniel estaba completamente asustado. Shaffer se acercó a Alan.

Vamos a llevarlo a la planta de Psiquiatría.

Alan se quedó confuso.

¿Qué le pasa? preguntó.

Los exámenes de tóxicos y alcoholemia dan negativo y le hemos hecho un test psicológico explicó Shaffer.

Alan miró de reojo a Daniel.

¿Podría hablar con él? pidió.

Shaffer asintió. Alan se acercó a su hijo. Éste estaba encogido al lado de la pared. Tenía la cabeza baja.

¿Daniel?

El chico levantó bruscamente la cabeza.

Me quedaré toda la noche en el hospital, ¿vale? dijo Alan.

Daniel asintió con la cabeza. Luego, Alan le cogió de la mano y siguió a Shaffer. Subieron por un ascensor hasta llegar a la última planta. Allí, los tres caminaron por un pasillo hasta llegar a unas enormes puertas metálicas de color blanco sucio. Estaban cerradas y encima de ellas, ponía: UNIDAD DE PSIQUIATRÍA DEL QUEEN'S CHARLOTTE HOSPITAL.

Daniel tragó saliva. Shaffer abrió las puertas con unas llaves y los tres entraron. Lo primero que vio Dan fue una sala donde allí había una ventanilla con un mostrador, totalmente vacío. En la sala había una entrada hacia un pasillo, de donde allí salían más pasillos.

El chico consiguió escuchar algún grito y otro lamento. Se mordió el labio inferior, muerto de miedo. Tenía el corazón un puño y sentía los latidos por todo el cuerpo.

De pronto, llegó un hombre vestido de blanco.

¡Celador! llamó Shaffer.

El hombre se acercó.

¿Es otro paciente? preguntó.

Shaffer asintió.

Necesito que lo lleves con el psiquiatra Smith, que fue él quién le hizo los test dijo.

El celador agarró a Daniel del brazo y lo empezó a arrastrar.

¿A dónde lo llevan? preguntó Alan.

A ver al doctor Smith respondió Shaffer. No se preocupe, luego hablará con usted, pero antes debe entrevistarse con su hijo.

Alan asintió y vio como el celador conducía a Daniel por un pasillo y se perdían de vista.

Daniel estaba completamente asustado. No decía nada y no miraba nadie a los ojos. Pasaron por un pasillo lleno de pacientes, la mayoría enfundados en sus pijamas. Entraron a una sala grande y el celador le pidió a Daniel que esperara allí. Éste se quedó quieto en mitad de la habitación. Mucha gente lo miraba y cuchicheaban sobre él.

 

La habitación donde se encontraba Dan era la sala de estar. Estaba decorada con adornos de Navidad y había un gigantesco árbol con lucecitas en un rincón. La sala constaba de mesa de ping pong, piano, televisión, mesas, sillas, sofás
Un montón de cosas, parecía el salón de juegos de una casa adinerada. Ese sitio no tenía nada de similar a un hospital. En una parte de la sala de estar había un mostrador con la ventanilla cerrada. Encima ponía: REPARTO DE LA MEDICACIÓN.

Parecía que allí los pacientes van a por las pastillas. No parecía un lugar tan horrible. Daniel tenía una imagen bastante desfasada de cómo eran los hospitales psiquiátricos. Creía que ataban a los pacientes a las camillas durante todo el día y les daban electroshock. Pero se equivocaba totalmente. Pero eso no quitaba que estuviera aterrado.

De repente, llegó el celador junto con un médico de cabellera rubia.

Soy el doctor Smith le dijo al chico, seré tu médico ahora, Daniel.

Éste asintió.

Bueno, ahora te asignaré tu habitación, ¿vale?

Daniel volvió a asentir, muerto de miedo. Junto con el celador, siguió al tal Smith por otro pasillo. Llegaron a una habitación con la puerta de madera color marrón. Entraron, y Daniel se encontró con dos camas normales y corrientes, y junto a ellas, una cómoda que actuaba de mesita de noche con dos lámparas en cada extremo. También había dos armarios.

Smith le explicó que esa sería su habitación mientras estuviera allí. Le entregó un pijama, compuesto por una camiseta, un pantalón y un albornoz blanco. También le dio unas pantuflas, un peine y un cepillo de dientes. No le dejaba afeitarse ni utilizar nada afilado. Daniel le dio las gracias. Luego, Smith fue a informarle a Alan que no podría quedarse a hacerle compañía a su hijo.

Después de que Alan se marchara a casa, algo decepcionado y a la vez preocupado, Smith fue a ver como se encontraba Daniel. Cuando llegó a la habitación, Dan ya se había cambiado de ropa, ya que el celador se lo pidió.

Smith le dijo que debería tomar una medicación especial.

¿Qué tipo de medicación? preguntó Daniel.

Unas pastillas para que puedas dormir, ¿vale? respondió Smith y le tendió un vasito pequeño de papel con tres píldoras de color blanco junto con una botella de agua.

¿Qué son? preguntó Dan, mirando las pastillas con aprensión.

Sedantes: diacepam, algún neuroléptico

Daniel siguió mirando a las pastillas con malos ojos. Pero luego se las tomó. De repente, le entraron unas ganas enormes de cerrar los ojos, así que se tumbó en la cama. Smith lo observó.

Mañana te despertarás a las nueve, ¿vale? le dijo.

Daniel asintió. El celador y Smith se marcharon de la habitación y cerraron la puerta tras ellos. Pero Daniel no se durmió. Se colocó boca arriba y miró el techo. La habitación estaba a oscuras, pero una débil luz entraba por la ventana. El chico estaba con un miedo terrible encima, y no sabía como quitárselo. Estaba asustado de lo que le podría ocurrir.

Y, durante todo el día, le dieron ganas de llorar, pero esta vez, llorar de verdad. Se sentía terriblemente solo y asustado. Tenía la sensación de que jamás saldría de ese sitio, que nunca pisaría otra vez la calle, que nunca podría seguir trabajando en la actuación

 

Daniel se limpió las lágrimas con la manga del pijama que le habían dado y se dio la vuelta. No quería que nadie le viera llorar.


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Sabrina estaba callada. No tenía ganas de comer, y menos de hablar. Había llegado a casa con la marca de la bofetada de Daniel en la cara. Marcia y el resto empezaron a acribillarle con preguntas que no quería responder.

Sencillamente, se encerró en su cuarto y esperó a que las cosas se calmaran. Alan le preguntó por qué Daniel no había vuelto con ella. Sabrina le respondió: "Se ha ido de putas, le di un condón". Alan le replicó aquel lenguaje recordándole que pronto sería su nuevo padre, pero Sabrina simplemente se encogió de hombros.

Pasó toda la tarde esquivando a todos los mortales que convivían con ella en la casa. Cuando llegó la hora de la gran cena, ella se sentó, callada, y empezó a picotear. La conversación se centró en Daniel y su repentina desaparición. Alan y Marcia no paraban de llamarle al móvil, pero Sabrina pensó que Daniel estaría ahogándose en una cajetilla de tabaco.

Sabrina empezó Marcia, ¿no sabes dónde está Daniel?

La chica se encogió de hombros y negó con la cabeza. Alan la miró de reojo y luego soltó la pregunta del millón:

¿Fue él quién te hizo eso en la cara?

Sabrina tragó saliva y desvió la mirada. No quería que la vieran mostrarse insegura. Pero Alan ya se había dado cuenta.

Fue él, ¿verdad? volvió a preguntar.

Sabrina no dijo nada.

¿Por qué te hizo eso? se interpuso Harold.

Todos miraban hacia Sabrina, pero ésta no iba a soltar ni mu. La discusión que había tenido con Daniel no la podía saber nadie. Así que pasó la cena evitando cualquier mirada. Alan y Marcia dejaron de desistir y dejaron que la chica comiera en paz, pero seguían preocupados.

Al cabo de un rato, alguien llamó a la puerta. Era el vecino y tenía a Daniel cogido de la cintura, para que no se cayera. Alan fue a abrir, luego, Dan entró en casa y se dirigió al baño. Alan se quedó hablando con el vecino, pero Sabrina siguió al chico y también se metió en el WC.

Daniel se giró y la miró.

¿Dónde has estado? preguntó Sabrina.

Daniel se acercó al váter y vació allí su inocente estómago. Luego, volvió a mirar a la chica.

Por ahí
respondió Dan.

Sabrina arqueó una ceja.

Estás fatal
menuda cara dijo, sonriendo.

Daniel alargó una mano y le tocó el rostro. Sabrina se sintió incómoda por un momento. Daniel la miraba con ojos llorosos. Le acariciaba la cara, en la parte donde le había pegado.

Lo siento
murmuró.

Sabrina esbozó una pequeña sonrisa. Oyó los pasos de Alan dirigiéndose al baño. Sabrina y Daniel, llenos de pánico, se miraron con cara preocupada. Luego, Daniel le dijo que se escondiera en la bañera. Sabrina obedeció, se arrodilló y se tapó con la cortina de baño. Luego, oyó la conversación entre padre e hijo.

Papá
empezó Daniel, llévame al hospital
por favor.

¿Qué te pasa? preguntó Alan.

Había entrado en el baño y cerrado la puerta. Sabrina escuchaba como podía.

No me encuentro bien respondió Daniel. Creo que
. Antes aluciné con Emma
. No se lo que me pasa

 

Hubo una pausa. Luego, Alan dijo:

¿No estarás borracho?

¡No! exclamó Daniel, rápidamente. Su tono expresaba indignación.

¿Y drogado? volvió a preguntar su padre.

De pronto, se oyó el golpe de un puñetazo contra la pared. Sabrina se alarmó: no sabía si lo había hecho Daniel o Alan.

¡Escúchame, papá! pidió luego Daniel, casi a gritos.

Otra pausa, un poco más larga.

¿Quieres que te lleve a Urgencias? preguntó Alan, al fin.

Más silencio. Al final, Alan dijo:

No es un buen plan para Nochebuena.

Daniel soltó un resoplido, pero luego Sabrina oyó el sonido de cómo se levantaba y salía del baño junto a su padre. Esperó a que los pasos se alejaran y los dos salieran por la puerta principal.

Sin pensárselo dos veces, Sabrina salió del baño y volvió al comedor. Se sentó junto a Harold y bajó la mirada, concentrándose en su pollo asado, que tan poco le gustaba.

¿Sabes que ha hecho Alan? preguntó Marcia.

Sabrina se sobresaltó y miró a Marcia.

No lo sé mintió. Yo estaba en el cuarto, buscando una cosa.

Y siguió con su comida. La conversación que había tenido Daniel y su padre la había sorprendido un montón. ¡Daniel había tenido alucinaciones! ¡Increíble! ¿Se estaba volviendo loco por sí solo?

Al acabar la cena, el teléfono de Marcia empezó a sonar. Ésta se excusó y salió a la cocina a hablar. Sabrina quería acercarse a escuchar, pero Harold la tenía entretenida hablando del cambio climático. Prefirió quedarse a debatir.

Después de unos minutos, Marcia entró al salón con cara preocupada.

Debo deciros una cosa empezó. Todo el mundo se calló y prestó atención. Daniel está ingresado en el hospital.

¿Por qué? se apresuró a preguntar Sabrina.

Alan ha dicho que lo han examinado unos psiquiatras y

¿Está chalado? interrumpió la chica, alzando las cejas.

Marcia el dedicó una mirada de indignación. Sabrina no hizo más que esbozar una sarcástica sonrisa.

Unos psiquiatras lo han examinado y lo han ingresado en la Unidad de Psiquiatría acabó Marcia.

¿Por qué?

Marcia volvió a mirar a Sabrina con desdén.

Alan dice que Daniel sufrió una alucinación respondió Marcia.

Sabrina no pudo evitar reírse. A Marcia no le sentó nada bien eso.

¿Cómo puedes burlarte? preguntó, indignada. Daniel lo está pasando mal.

Sabrina acabó de reírse.

Me río porque empezó la chica o es esquizofrénico, o bipolar, o neurótico, o boderline, o a saber

Marcia seguía mirando a Sabrina con malos ojos.

No creo que sea nada grave continuó la chica. Un ataque psicótico de esos normales que te llegan a los veinte años. Y si es un enfermo mental
bueno, tampoco es tanta carga. Es dispráxico y no necesita un asistente social.

Marcia se quedó asombrada por el comentario de Sabrina.

¿Cómo sabes todo eso de psiquiatría? preguntó.

Sabrina alzó una ceja.

Porque leo, me informo y me intereso respondió.

Nadie añadió nada más. Harold, para enfriar el ambiente, encendió la tele. Marcia y Carol se pusieron a charlar, y Harold cambió al canal de deportes para ver un partido de críquet retransmitido desde Australia. Sabrina se hundió en el mundo Millennium de Stieg Larsson y no le hizo caso a nadie.

 

Pasaron dos horas, cuando Alan entró por la puerta. Marcia se abalanzó hacia él y le acribilló a preguntas. Alan le pidió que se sentase.

Os lo explicaré a todos empezó Alan. Daniel ha sido ingresado en la Unidad de Psiquiatría por un ataque psicótico.

Lo sabía murmuró Sabrina por lo bajo.

Nadie le hizo caso, y Alan continuó:

Los médicos han dicho que deberá estar allí una semana en observación. También me han dicho que hay que traerle sus objetos de aseo personal y algo de ropa. Las cosas no deben tener cristal y no le permiten afeitarse, así que nada de maquinillas. También me dijeron que podemos traerle algún libro y su iPod.

Carol, Harold y Marcia empezaron a hablar como locos. Luego, sin que nadie se diera cuenta, Alan cogió a Sabrina por el brazo y le preguntó:

¿Me ayudas a hacerle la maleta a Dan?

Sabrina sonrió y subió al cuarto que compartía con Daniel. Ya allí, Alan trajo un maleta y empezó a abrir el armario donde el chico había dejado su ropa.

¿Por qué Daniel te pegó? le preguntó, de golpe.

Sabrina se le quedó mirando.

A mí me lo puedes contar dijo Alan, metiendo dos pares de calzoncillos a la maleta.

Sabrina entrecerró los ojos.

Utilizas el mismo tono y diálogo que un pederasta antes de follarse a su víctima soltó.

Alan se quedó completamente asombrado.

¡No soy un pederasta! respondió indignado.

Sabrina sonrió y buscó en el armario pantalones y camisetas. Sacó varias y se las expuso a Alan.

¿Crees que estas le gustaran? preguntó.

Alan asintió con la cabeza.

No me has respondido dijo.

Sabrina se sentó en la cama de Daniel y miró el suelo. Alan se sentó a su lado.

Cuéntamelo pidió el hombre.

Sabrina dudó un momento, pero luego desistió.

Bueno empezó, vi como Daniel salía enfadado de casa y fui a ver que le pasaba. Lo alcancé justo en un parque. Nos sentamos y Daniel me dijo que yo era adoptada. Le dije que sí y que pronto tú y Marcia tendríais mi custodia.

¿Sólo por eso te pegó? preguntó Alan.

No
continuó Sabrina. No fue sólo por eso
Hum
le dije que, como Carol se pudría de cáncer, Harold os cedería la custodia y

¿Le dijiste eso a Daniel? preguntó Alan, sorprendido y a la vez algo enfadado.

Sí, lo siento
respondió Sabrina, avergonzada. Sabía que Daniel no debía enterarse, pero bueno

Continúa con vuestra pelea pidió Alan.

Sabrina hizo caso.

Solté un comentario poco apropiado. Dije: "Harold es incapaz de criarme solo y por eso me regala como un objeto". Y bueno, Daniel se enfadó porque dijo que yo me preocupaba más por mí que por Carol. Me llamó hija de puta.

Alan miró a Sabrina, confuso.

No me lo creo

¡En serio! respondió Sabrina. Bueno, y luego yo continué discutiendo, hasta que él me pegó una bofetada.

Alan se quedó sorprendido.

¿En serio? preguntó.

Sabrina asintió con la cabeza varias veces.

Sí, pero no es culpa suya
en ese momento Daniel estaba muy alterado.

Alan miró el suelo y luego volvió a meterle cosas a la maleta. Sabrina hizo lo mismo. Al acabar, la maleta estaba provista de siete camisetas, siete vaqueros, cuatro camisas, cuatro suéteres, cuarto pantalones deportivos, siete pares de calcetines, siete calzoncillos, y cinco pijamas. También le habían puesto un albornoz, tres toallas de baño, un peine, su cepillo de dientes eléctrico (aunque Sabrina propuso de ponerle también uno normal por si no tenía donde enchufarlo), champú, gel de baño, unas chanclas y también unas pantuflas. Sabrina le metió otro par de zapatillas, por si acaso. Y también metieron cuatro libros de poesía del escritor favorito de Daniel, John Keats y su iPod.

 

Sabrina levantó la maleta y se dio cuenta de que pesaba considerablemente. Al final, Alan y Sabrina bajaron al salón y se quedaron mirando la TV.

Pasaron las horas, hasta que el reloj marcó las doce de la noche. Sabrina decidió irse a dormir. Subió hacia su cuarto y miró la cama de Daniel, ahora vacía. Pensó en lo mal que lo estaría pasando en la Unidad de Psiquiatría, asustado y solo.

De pronto, Sabrina se sintió vulnerable. Se quitó la ropa y se puso el pijama pero, en vez de acostarse en su cama, lo hizo en la de Daniel. Quería sentir su calor, pero no notó nada. Igualmente, se durmió allí.

Sonó el despertador. Sabrina lo apagó deprisa y miró la hora. Eran las ocho. Sin que nadie se despertara, la chica empezó a vestirse y se lavó un poco la cara y los dientes. Se peinó y bajó, junto con la maleta de Daniel.

Salió de la casa. Hacía bastante frío. Todo el barrio se encontraba en silencio y tranquilo. Caminó por la calle, con la maleta de Daniel siguiéndola detrás. Sabrina tenía pensado ir al hospital a visitar a Dan antes que nadie y poder hablar con él.

Técnicamente, se había escapado de casa.

Tomó el metro, curiosamente vacío, y se bajó en la estación que daba al Queen's Charlotte Hospital. Caminó unas calles más, hasta que consiguió llegar. Miró la hora: eran las nueve menos cuarto.

Entró en el hospital. Y para ser Navidad, el edificio se encontraba más vivo que nunca. Montones de personas con las secuelas de una desastrosa cena de Nochebuena se acumulaban en Urgencias o en las ventanillas de información de los alrededores.

Sabrina ignoró todo el espectáculo y fue hasta un mapa del hospital. La Unidad de Psiquiatría estaba en el último piso, así que cogió el ascensor.

Llegó a su destino y se encontró con unas enormes puertas metálicas de color blanco sucio. Estaban cerradas y encima de ellas, ponía: UNIDAD DE PSIQUIATRÍA DEL QUEEN'S CHARLOTTE HOSPITAL.

Se acercó a ellas y tocó el timbre que había allí. Por un telefonillo, sonó la voz de una mujer.

¿Sí? preguntó. ¿Qué quiere?

Vengo a visitar un paciente respondió apresuradamente Sabrina.

Hubo un minuto de silencio desde el otro lado de la línea.

¿Cómo se llama el paciente? preguntó la voz.

Daniel Radcliffe respondió la chica.

Otra pausa, hasta que la puerta metálica emitió un agudo sonido, indicando que estaba abierta. Sabrina accedió y se encontró una sala donde allí había una ventanilla con un mostrador y una vieja dentro. En la sala había una entrada hacia un pasillo, de donde allí salían más pasillos.

Sabrina caminó hacia la mujer.

¿A dónde debo ir ahora? preguntó.

Llamaré a un celador para que te acompañe, espera aquí respondió la vieja.

Sabrina dio las gracias y esperó a que el celador llegara.

 

Pasó un rato, hasta que un hombre entró en la sala. Imponía bastante, ya que era alto y robusto.

Hola saludó el hombre. Me llamo Omar.

Sabrina le sonrió.

Vengo a visitar a Daniel Radcliffe respondió. Y vengo a darle esto le enseñó la maleta.

Omar la cogió y se la dio a la vieja del mostrador. Sabrina iba a quejarse, pero luego la vieja le dijo:

Debemos examinar lo que tiene, para la propia seguridad del paciente.

Sabrina entrecerró los ojos.

Tengo todo contado respondió, sombría. No se le ocurra robar nada.

La vieja se quedó asombrada, y luego se metió dentro del mostrador. El celador se rió.

Aquí no robamos nada, niña dijo.

Dígaselo a Freud soltó Sabrina, sarcástica.

Omar se rió de nuevo y acompañó a Sabrina la sala de estar. Se quedaron en el umbral, y Omar vociferó:

¡Radcliffe, Daniel! Tienes visita.

Sabrina accedió a la sala. Observó como era. Estaba decorada con adornos de Navidad y había un gigantesco árbol con lucecitas en un rincón. La sala constaba de mesa de ping pong, piano, televisión, mesas, sillas, sofás
Un montón de cosas, parecía el salón de juegos de una casa adinerada. Ese sitio no tenía nada de similar a un hospital. En una parte de la sala de estar había un mostrador con la ventanilla cerrada. Encima ponía: REPARTO DE LA MEDICACIÓN.

Montones de pacientes vestidos con pijamas estaban abriendo los regalos de Navidad. Otra gente estaba desayunando. Sabrina buscó a Daniel con la mirada. Lo encontró sentado en la parte más oscura y solitaria de la sala de estar. En sus manos tenía un tazón de cereales con leche. Daniel masticaba despacio y con la mirada perdida.

Cuando Omar vociferó su nombre, Daniel alzó la vista, sobresaltado. Sabrina fue corriendo hacia él. El chico la miraba, confuso.

¡Wow! Ya te he destruido por completo. Qué poco aguante le saludó Sabrina, sentándose a su lado.

Daniel la miró.

¿Dónde están los demás? preguntó, con una voz extremadamente bajita y muy, muy lentamente.

Sabrina se sorprendió del aspecto que presentaba Daniel. Tenía ojeras y estaba pálido.

He venido yo sola respondió la chica. Nadie sabe que estoy aquí. Tus padres vendrán más tarde.

Daniel miró al horizonte, inexpresivo. Estaba atiborrado de sedantes. Era incapaz de mantener siquiera la boca cerrada. Tenía cara de bobo, como si estuviera drogado.

¿Cómo estás? volvió a preguntar Sabrina.

Daniel la miró. Luego se encogió de hombros.

Bien, supongo respondió, de forma lenta y bajita.

¿Has dormido bien?

Daniel no respondió, si no que se metió una buena cucharada de cereales con leche en la boca. Masticó de una forma irritantemente lenta. Cosa que ponía de los nervios a Sabrina. Cuando Daniel acabó de tragar, se dispuso a contestarle.

Bien.

Sabrina frunció los labios, decepcionada por las pocas disponibilidades de Daniel para hablar.

Te he traído tus cosas explicó Sabrina. Pero la vieja del mostrador me ha dicho que tiene que ver que es lo que te he traído.

Daniel asintió.

¿Me has traído algún libro? preguntó, de pronto.

Sí respondió sonriente Sabrina. Cuatro de John Keats. Y tú iPod.

Daniel esbozó una pequeña sonrisa. "¡Por fin algo de expresividad!", pensó Sabrina.

 

Gracias dijo Daniel. Gracias, en serio. Me siento muy solo aquí.

Aquellas palabras conmovieron totalmente a Sabrina. Lo miró fijamente, le quería dar un beso en la mejilla, pero no se atrevía y, cuando iba a hacerlo, una enfermera anunció:

¡Hora de la medicación!

Todos los pacientes de allí se pusieron enfrente del mostrador que rezaba: REPARTO DE LA MEDICACIÓN. Los pacientes hacían cola para recibir su dosis de pastillas. Sabrina observó como Daniel miraba a los pacientes, confuso.

¿Tú no tienes medicación? preguntó Sabrina.

Daniel asintió.

Es que no se si debo ir dijo.

Sabrina se levantó y alentó a Daniel a que hiciera lo mismo. Dan se incorporó y caminó a paso a lento hacia la cola. Sabrina se fijó en que sus pasos eran parkinsonianos, y el chico reflejaba una rigidez motora bastante importante. Estaba algo encorvado y se movía con dificultad. Arrastraba los pies.

La chica, al ver tal escena, cogió a Daniel de la mano y lo acompañó hacia la fila y esperó su turno. El chico le apretaba la mano a Sabrina, no quería despegarse de ella.

Los dos esperaron, hasta que les llegó el turno. La enfermera los miró con cara rara.

¿Nombre? pidió.

Radcliffe, Daniel respondió Sabrina.

La enfermera la miró, desconfiada.

No hace falta que hable por él, tiene boca protestó al mujer.

Sabrina se sintió avergonzada. Daniel avanzó un paso y dijo su nombre:

Me llamo Daniel Radcliffe.

La mujer asintió. Luego, le dio dos vasitos de plástico pequeñitos. Uno contenía agua y el otro, dos pastillas. Daniel se las tragó de golpe y luego se bebió el agua. Luego, se dirigió otra vez a su sitio. Sabrina se dispuso a seguirlo, pero la enfermera le chistó:

No lo trate como un bebé le dijo. Debe valerse por sí mismo. Es una fase de la terapia.

Sabrina asintió.

Lo siento, yo sólo quería ayudarle respondió.

No pasa nada le dijo la enfermera. Vuelva con el chico, que lo está esperando.

Sabrina hizo caso y se sentó de nuevo junto a Daniel. Hasta que Omar se les acercó. Estaba acompañado por el doctor Smith.

Buenos días saludó el médico.

¿Quién es usted? preguntó Sabrina, desconfiada.

El doctor Smith, el psiquiatra de tu novio respondió el tipo.

Daniel lo miró, extremadamente serio.

No es mi novia respondió.

Smith soltó una amarga risotada.

Era una broma, chico dijo.

Luego, cogió a Daniel del brazo y lo sentó en una silla de ruedas. El chico estaba asustado. Sabrina se levantó y adoptó una postura defensiva.

¿A dónde se lo llevan? preguntó, intentado no delatar su temor.

Le vamos a hacer otra evaluación psiquiátrica respondió Smith.

Omar tenía a Daniel cogido del hombro, por lo que el chico no podía levantarse.

¿Le darán electroshock? preguntó Sabrina, desafiante.

Smith volvió a reírse. Su risa sonaba falsa.

Eso ya no se utiliza más, niñita dijo.

Sabrina lo miró, agresiva.

¿Es que crees que soy uno de esos psiquiatras de antes que torturan a sus pacientes con electroshock y lo atan a una camilla las veinticuatro horas del día? preguntó Smith, esta vez más serio.

No, pero creo que es uno de esos psiquiatras que se creen mejor que sus pacientes y los trata de forma humillante respondió Sabrina, seria también.

Smith se quedó blanco. Daniel y Omar miraban el espectáculo sin saber que decir.

 

Niñita empezó, yo que tú tendría cuidado con lo que dices, porque te podrías meter en un lío.

Y sin más, con una señal, Smith ordenó a Omar que se llevara a Daniel. El médico los siguió. Sabrina quería seguirlos también, pero no le apetecía meterse en problemas, así que se sentó en un sofá y esperó.

De pronto, empezó a sonarle el móvil. Era Alan quien le llamaba. Sabrina le colgó la llamada, pero le escribió un mensaje, poniéndole:

ESTOY EN EL HOSPITAL CON DANIEL. TAMBIÉN ME LLEVÉ LA MALETA.

Después de eso, miró con preocupación la puerta por donde había salido Daniel. No se fiaba una pelo del tal ese Smith. Presentía que era malo, pero no sabía por qué.

Miró la hora en el reloj de pared. Marcaba las diez y cinco. Suponía que Daniel saldría a las once, después de la sesión con Smith, y que Alan y Marcia llegarían a las doce.

No lo sabía, pero no le apetecía verse las caras con sus futuros padres.

Así que la chica esperó y esperó. Recibió un mensaje de Alan confirmando su hipótesis: los padres de Daniel llegarían a las doce.

Al cabo de una hora, el chico llegó a la sala de estar, con el mismo semblante con que salió. Pero esta vez sólo lo acompañaba Omar, en la silla de ruedas. Se acercaron los dos a Sabrina.

¿Cómo estás? preguntó rápidamente la chica. ¿Qué te ha hecho?

Daniel se levantó de la silla de ruedas y se sentó junto a Sabrina.

Estoy bien y no me ha hecho nada respondió, viendo como Omar se alejaba de ellos.

Ese tipo me da mala espina
murmuró Sabrina.

Daniel la miró.

¿Por?

No lo sé exactamente. Me recuerda mucho a uno de los psiquiatras de Millennium.

Daniel la miró sin comprender. Luego dijo:

Vamos a mi cuarto, que Smith me ha dicho que ya me han dado la maleta.

Así que los dos se levantaron. Sabrina tuvo que caminar al paso lento de Daniel. El chico volvió a cogerle de la mano, y Sabrina sintió como un calor le rodeaba todo el cuerpo. Los dos chicos caminaron por varios pasillos, hasta llegar a la habitación de Daniel. Entraron, y se encontraron con una maleta encima de la cama.

El chico se apresuró a abrirla y a colocar sus cosas en el armario. Sabrina se sentó en la cama y miró a su alrededor.

¿No duerme nadie en la otra cama? preguntó la chica.

Daniel miró la cama y negó con la cabeza. Luego, siguió colocando sus cosas en las respectivas perchas y los cajones de la cómoda.

¿Por qué deshaces la maleta? preguntó de nuevo Sabrina.

Daniel se paró en seco. Luego giró el cuerpo y le contestó:

Porque Smith me ha dicho que me quedaré un mes entero.

Sabrina alzó las cejas, sorprendida.

¿En serio? ¿Por qué tanto?

Creen que estoy reprimiendo mis emociones y que soy una bomba de relojería.

Sabrina se incorporó, indignada.

¡Pero si sólo llevas un día aquí! ¡Y los sentimientos no tienen nada que ver con la psiquiatría! Ese Smith no tiene ni idea

Daniel se encogió de hombros y siguió guardando calcetines.

¿Quién ha escogido mi ropa? preguntó.

Tu padre y yo respondió Sabrina.

Daniel sonrió y miró una camiseta blanca machada en la parte de la espalda con algo verde.

Al menos podríais haberos fijado si la ropa estaba limpia o no.

Sabrina se rió, y luego ayudó a Daniel a guardar sus cosas. Cuando acabaron, Daniel dejó los libros y el iPod encima de la cómoda y se sentó en la cama. Sabrina hizo lo mismo.

Hubo un momento de incomodidad entre los dos. No sabían que decirse y los dos miraban al suelo. Luego, Sabrina le cogió una mano a Daniel. Éste la miró, sorprendido.

Siento haberme peleado contigo por el rollo de que si yo era adoptada o no
dijo Sabrina.

Daniel la miró, con una mueca en los labios. Sabrina clavó su mirada en los ojos azules de Daniel. Éste desvió la mirada.

Yo siento haberte pegado la
contestó el chico, pero dejó la frase en el aire.

Sabrina miró su móvil. Marcaba las doce menos cuarto.

Debo irme dijo, al final.

Daniel la miró, entristecido.

¿Por qué? preguntó, al ver que Sabrina se levantaba.

Tus papaítos vendrán dentro de quince minutos y no quiero encontrármelos respondió la chica.

Daniel se levantó y le cogió las dos manos a Sabrina. Se miraron a los ojos. Luego, Daniel le dio un beso en la mejilla a la chica. Sabrina lo miró, sorprendida. Y, sin previo aviso, los dos se envolvieron en un caluroso abrazo.

Te pondrás bien le dijo Sabrina.

Daniel la abrazaba con fuerza. Sabrina sentía la contracción del abdomen de Daniel en el suyo. El chico respiraba deprisa. No quería soltarse.

Debo irme repitió al chica.

Se separaron y se miraron de nuevo a los ojos.

¿Mañana volverás? preguntó Daniel.

Sabrina sonrió y asintió con la cabeza. Se dispuso a salir de la habitación, pero Dan la cogió de la mano y la acompañó a la salida. Un celador que estaba por allí no permitió que Daniel saliera del límite de las puertas metálicas de color blanco sucio, así que vio como Sabrina se metía dentro del ascensor y desaparecía.

Disgustado, Daniel volvió a su habitación y se tumbó en la cama. Otra vez lo invadía esa sensación de soledad y desamparo. Pero no quería llorar. No, porque vendrían sus padres y no quería mostrar signos de debilidad.

Cogió un libro de John Keats y se hundió en la poesía.


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Sabrina llegó a casa muy contenta, pero a la vez preocupada por la actitud de Smith. Daniel ni nadie sospechaba de él, pero Sabrina sabía perfectamente que algo raro escondía ese tipo.

Sin querer, la chica se había encontrado con Alan y Marcia en la entrada del hospital, pero se hizo la loca y los esquivó, ignorando que estuvieran allí. Cuando salió del edificio, se encontró con un cielo grisáceo y triste. Sabrina pensó si Dios se estaba burlando de ella. Pero la chica tenía clarísimo que Dios no existía, así que no tenía de que preocuparse. Nunca fue creyente. Se considera atea.

Cuando llegó por fin a casa, la encontró totalmente vacía. En la cocina encontró una nota de Harold que rezaba:

ME FUI AL MÉDICO CON CAROL. NO SÉ A QUE HORA VAMOS A VOLVER. NO OS PREOCUPÉIS, FAMILIA.

Sabrina tiró la nota a la basura y se sentó en la mesa, pensando. Se fijó en la nevera: tenía una foto pegada con un imán, dónde aparecía Daniel con diecisiete años, junto con el elenco de Equus.

Se levantó rápidamente y cogió la foto. Examinó meticulosamente a cada individuo que aparecía en ella. No encontró nada extraordinario, sólo rostros felices y radiantes de euforia. Sabrina no pensaba encontrar nada anormal en el gesto de Daniel, pero si él supiera que tres años después pasaría las Navidades en un psiquiátrico, hubiera cambiado de vida.

 

Al cabo de una hora, el timbre de la casa empezó a sonar. Sabrina desconfiaba de quién podría estar al otro lado de la puerta, así que se acercó y miró por el agujerillo.

Se encontró de frente con el rostro deformado de Rupert Grint.

Desilusionada, Sabrina abrió la puerta.

Hola saludó.

Rupert, que en ese momento lucía una barba pelirroja mal afeitada, llevaba un regalo en la mano. Sabrina pudo ver que en la tarjetita ponía:

PARA DANIEL R. MÍ MEJOR AMIGO. FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO.

¿Dónde está Dan? preguntó Rupert, mirando hacia el interior de la casa.

Está en el hospital respondió Sabrina, cerrando la puerta tras ella, impidiendo que Rupert mirara hacía dentro.

El chico se quedó algo confuso. Sabrina lo miraba de forma desconfiada.

¿Quién eres? preguntó Grint.

Sabrina soltó una amargada risotada.

Me llamo Sabrina respondió, tranquilamente. ¿Algo más que debas saber?

Rupert no sabía como reaccionar ni que hacer. Miraba a la chica con confusión.

¿Qué haces en la casa de los padres de Dan? preguntó, después de un rato.

Sabrina arqueó una ceja. Al ver que eso no llegaba a ninguna parte, abrió la puerta y dejó que Rupert entrara. Allí, se sentaron en el sofá. Rupert se sentía incómodo, pero Sabrina disfrutaba con ello. Le hacía sentir bien.

Te lo explicaré sin rodeos empezó. Dentro de unos días, seré la hermana política de tu amiguito Daniel Radcliffe. Sus padres me adoptarán por un tema que
bueno, ahora no viene al caso.

Rupert asintió varias veces.

La noche anterior, Daniel tuvo un problemilla en la cabeza y ahora está en el hospital siguió Sabrina.

Rupert la miró con desconfianza.

¿Cómo que "un problemilla en la cabeza"?

Sabrina no quería contestarle, ya que no sabía si debía hacerlo. Puede que por fuera despreciara a Dan, pero en el fondo lo quería mucho.

Tuvo un problema
No me preguntes que es porque no lo sé respondió ella.

Rupert siguió sin entender nada.

¿Cuándo volverá? preguntó. Me gustaría charlar un rato con él.

Se quedará unos días más en el hospital contestó Sabrina. Deberías hablar con los padres. A mí no me preguntes nada.

Rupert sonrió y se acomodó en el sofá.

¿Cuándo volverán?

Sabrina arqueó las dos cejas.

Dentro de un rato respondió, desconfiada. No creo que tengan ganas de hablar con pelirrojos.

Grint la miró, indignado.

No sé a que ha venido ese comentario tan estúpido
No creo que Marcia y Alan sean capaces de aguantarte, si es verdad que te van a adoptar.

Sabrina se rió, pero para sus adentros, una terrible rabia se resistía a salir.

Lo que tú digas, Ron Weasley soltó, sarcástica. Espéralos, ellos te dirán todo lo que debes saber
. O lo que te dejen.

Y sin más, Sabrina volvió a hundirse en el mundo Millennium, viviendo las aventuras de la hacker Lisbeth Salander y el periodista Mikael Blomkvist. En cambio, Rupert encendió la TV y, armado de paciencia, se tuvo que comer los episodios viejos de series de los años setenta y ochenta.

 

Toda una tortura.

Al cabo de dos horribles horas, los padres de Daniel llegaron. Se sorprendieron mucho al ver a Rupert allí. Encantados, le saludaron amablemente y le explicaron que le había ocurrido a Dan.

Sabrina se deleitó con todas las caras y gestos que ponía Rupert cuando Alan y Marcia le contaban todo lo que había pasado estas últimas veinticuatro horas. Al acabar, Rupert estaba boquiabierto.

Así que está
¿loco? murmuró.

Todos lo miraron con caras incrédulas.

No está
loco explicó Alan. Simplemente ha tenido un desliz
mental, por así decirlo.

Sabrina se dispuso a discrepar.

Eso no lo puedes saber dijo. No sabes si es un desliz o el comienzo de una enfermedad psiquiátrica.

Marcia suspiró.

Nos han dicho el diagnóstico, Sabrina empezó. La chica prestó atención. El doctor Smith nos lo comunicó en cuanto llegamos.

¿Qué es? preguntó.

Marcia tardó unos minutos en contestar. Se le hacía muy duro para ella admitir que su hijo

Daniel padece trastorno esquizoafectivo respondió Alan en su lugar.

Sabrina se quedó impresionada. Su primera teoría era el trastorno bipolar, y el segundo esquizofrenia, pero nunca pensó en ese trastorno.

Rupert también estaba alucinando.

¿Trastorno qué
?

Sabrina lo miró con desdén. Luego dijo:

¿Qué harán con él?

Seguirá un tratamiento con medicamentos y todo eso respondió Alan.

Marcia estaba callada. Quieta. Destrozada.

Para toda la vida, supongo
continuó Sabrina.

Alan asintió. Sí, la mayoría de las enfermedades psiquiátricas son crónicas e incurables, pero tratables con mejorías muy satisfactorias. Hay casos donde el paciente se recupera del todo, pero puede ser un diez por ciento. Y Daniel no aparentaba estar en esa porción.

La mañana pasó deprisa. Alan le pidió a Rupert que no comentara lo que le había ocurrido a Daniel. El chico prometió que no lo haría. Manifestó su preocupación por el hecho de que Dan no empezara a grabar a partir del tres de enero.

Lo más probable es que no pueda, Rup le explicó Alan. Daniel deberá estar como mínimo en el hospital un mes.

¿Puedo ir a visitarle? preguntó el chico, rápidamente.

Alan vaciló por un momento. Luego le dio el permiso.

Así que, contento, Rupert se dirigió al Queen's Charlotte Hospital con el regalo. Sabrina empezó a abrir los suyos, ya que no había tenido la oportunidad de hacerlo. Contentísima, desenvolvió el único paquete que había debajo del árbol con su nombre. Y lo que encontró fue un estupendo ordenador portátil.

Sabrina dio las gracias. Luego reparó en una cosa:

¿Dónde están los regalos de Daniel?

Se los dimos cuando fuimos al hospital respondió Alan.

Sabrina subió rápidamente a su habitación y conectó el PC. Funcionaba perfectamente. Como tenía banda ancha de Internet (pagado, como no, por Alan y Marcia), dedicó el resto del tiempo que le quedaba de la mañana para buscar información sobre el trastorno esquizoafectivo. Conocía la enfermedad, pero quería informarse aún más.

Encontró tratados psiquiátricos de doctores prestigiosos y otras webs que hablaban de la quimioterapia y la terapia con el psiquiatra. Todo muy interesante y constructivo. Sabrina descubrió que, el trastorno esquizoafectivo, era una combinación entre el trastorno bipolar y la esquizofrenia. Eso quería decir que Daniel era capaz de sufrir un ataque psicótico como también episodios maníacos y depresivos.

 

O sea, que Daniel Radcliffe sufría una de las peores enfermedades psiquiátricas que podían existir.

Sabrina sonrió. Le fascinaba la psiquiatría, pero nunca pensó que conviviría con un enfermo mental.

De repente, llegaron Alan y Marcia a la habitación.

Sabrina empezó el padre de Dan. Tenemos que hablar contigo.

¿Qué pasa? preguntó ésta.

Alan y Marcia se sentaron en la cama de Daniel. Sabrina los miraba, intrigada.

Tenemos ya los papeles para tu adopción explicó Marcia.

Sabrina continuaba inmutable.

A partir de mañana, serás nuestra hija oficial continuó Marcia.

Sabrina sonrió, pareciendo cortés.

Bueno
¿dónde viviré? preguntó, más tarde.

Alan extendió los brazos.

Aquí mismo, en este cuarto respondió.

Sabrina miró a su alrededor, fingiendo ser tonta.

Ah

Hoy mismo iremos a cambiar los muebles continuó Alan. En cuanto al colegio, te borraremos del colegio de Pool (dónde vivías antes) y te inscribiremos en uno de aquí antes de que empiecen de nuevo las clases.

Está bien respondió Sabrina. Su vida daría un cambio radical, pero no le importaba: no dejaba nada ni nadie atrás. Ella no tenía amigos y no pensaba tenerlos ahora.

Espero que seas una buena hija y
hermana respondió Marcia.

Sabrina se rió.

No te preocupes, lo haré bien respondió, alegre.

Dado el problema que ha surgido con Daniel
empezó Alan. Deberá vivir aquí mientras se adapte al ritmo normal. Eso es lo que nos ha dicho el doctor Smith.

O sea, que tendré que compartir habitación respondió Sabrina, con una ceja levantada.


y veo que Daniel y tú sois muy territoriales, pero, por favor, compórtate pidió Marcia.

Al final, los tres se fueron a una tienda de muebles y Sabrina empezó a elegir los más extravagantes: un armario con puertas corredizas, una cama doble, un escritorio equipado con todo tipo de cajones y estantes para colocar el PC y demás, una mesita de noche, una cómoda y dos estanterías para poner sus libros. También compraron una lámpara para escritorio, otra para la mesita de noche, una alfombra de 3x2 m. y dos cortinas, aparte de ropa de cama. Y Sabrina cogió una papelera y todo tipo de accesorios para oficinas, como carpetas, bolígrafos
etc.

Pasaron toda la tarde armando muebles y ordenado el cuarto de Sabrina. Al final, quedó espectacularmente acogedor, cómodo, moderno y único. Todo un santuario. Y en el único rincón que quedaba libre, colocaron una cama individual para Daniel.

Pasaban los días, y Harold y Carol no volvían a casa. Una tarde, Harold llamó por teléfono a Alan, diciendo que debían volver a Pool porque el estado de Carol empeoraba. Así que, con ayuda de Alan, Harold trajo todas las pertenencias de Sabrina a Londres, con lo que la chica ya no tenía más nada en Pool.

Empezaría una nueva vida en Londres que, seguramente, sería más interesante que la que llevaba en Pool.

De vez en cuando, iba a visitar a Daniel al hospital, pero cada visita se hacía más aburrida y estresante.

 

¡Sabrina! había exclamado Dan, cuando ella había llegado. Pensaba que no ibas a volver.

La chica se metió en la sala de estar de la Unidad de Psiquiatría y se sentó junto a Dan.

Papá dice que ahora me porte mejor contigo respondió ella.

Daniel se quedó confuso.

¿Papá
? empezó. No lo entiendo

Soy tu hermana política siguió Sabrina. Papá y mamá ya acabaron con los papeles de adopción.

¿Y por qué los llamas "papá y mamá"?

Porque me lo han pedido ellos, pero no creo que me adapte nunca.

Daniel le pasó un brazo por el hombro y le dio un beso en la mejilla. Sabrina se sintió un tanto incómoda. No le gustaba que la tocaran si ella no se lo permitía.

Así que ahora eres mi hermana
dijo Daniel sonriendo. Nunca he tenido una, no sé como me sentiré.

Pues como siempre, porque ahora tú vives en otra casa.

Ya
A Daniel no le gustaba tocar ese tema, ya que con su nueva enfermedad, perdía casi toda su independencia.

Tendrás que vivir bajo el mismo techo que yo dijo Sabrina.

Daniel asintió, serio, mirando el suelo. Sabrina examinó su aspecto: estaba algo más gordito y llevaba una barba terriblemente marcada, ya que no le tenían permitido afeitarse. Ya no tenía ojeras y no estaba tan pálido. Su pelo estaba muy despeinado. No parecía que prestara atención a su aspecto físico. Ese día iba vestido con unas zapatillas de velcro, unos vaqueros rotos por las rodillas y una camiseta roja con la tabla periódica dibujada.

En definitiva: su aspecto físico era casi perfecto, exceptuando la barriga que le sobraba y la barba. Su aspecto mental era otra historia.

Daniel se comportaba de forma paranoica y delirante. A veces se ponía nervioso por nada o se quedaba ensimismado con una uña o una mosca que pasaba por allí.

A Sabrina todo eso le ponía incómoda y no sabía como reaccionar cuando Daniel le decía, sacudiéndola, que Voldemort le estaba persiguiendo.

Por suerte, ese día estaba algo más calmado.

¿Qué haces aquí para matar el tiempo? le preguntó la chica.

No sé
A veces leo, o me pongo a escuchar música dijo Daniel. Durante la mañana, tenemos dos horas de terapia artística y otra de terapia grupal. Por la tarde tengo la sesión de una hora con el doctor Smith y cuando se acaba, nos dejan salir al patio del hospital a jugar a baloncesto o fútbol. Y también podemos ver la TV o jugar a las cartas o al parchís. Ayer le gané al ping-pong a Mario. Y señaló con el dedo a un hombre de treinta años que estaba durmiendo en un sofá, cerca de la ventanilla del reparto de la medicación.

Sabrina asintió y siguió con las preguntas.

¿Qué haces en la terapia artística?

Dibujos y cosas con plastilina contestó, animado. A mí me dejan escribir poemas. Pero nunca los lee nadie.

¿Por?

Daniel se sonrojó.

Me da vergüenza

Sabrina sonrió.

¿Has hecho amigos?

Daniel asintió enérgicamente.

A Mario, Kelly, Jordan
he conocido a mucha gente.

¿Saben que eres
bueno, eres famoso?

Daniel asintió otra vez.

Sí, pero eso es lo que menos le importa a la gente aquí. Me tratan como a un igual. Eso me gusta.

Y otra vez, él le volvió a dar un beso en la mejilla. Sabrina volvió a sentirse incómoda.

 

Estás muy cariñoso
¿Qué dirá Laura? bromeó la chica.

De repente, la cara de Daniel ensombreció. Sabrina se dio cuenta de que había cometido un error al formular la pregunta.

No ha venido a visitarme
susurró Dan. Ni siquiera me ha llamado

Eso no lo puedes saber interrumpió la chica. No te dejan usar el móvil. Y para llamar necesitas autorización del doctor Smith.

Todavía no me lo ha concedido, estoy en el nivel dos respondió Daniel.

¿Nivel dos?

El chico señaló una pizarra que estaba al lado de la ventanilla del reparto de medicación. Allí figuraban los nombres de todos los pacientes, y al lado, un número.

Es el comportamiento de cada uno explicó Daniel. El máximo es diez, y el mínimo
bueno, es cero, pero puedes tener menos veinte si te lo planteas. Como yo acabo de llegar, tengo que adaptarme a la rutina de aquí y por eso tengo tan pocos puntos. En cada nivel te dan unos privilegios. De momento yo no tengo ninguno, hasta tengo que escribir con lápiz

Sabrina se rió.

Cuando llegas a cinco, ya empiezas a conseguir premios continuó Dan.

Sabrina asintió.

¿Y cómo te puedes ganar los premios?

Haciendo todo lo que tu médico te pida.

A Sabrina esa frase le metió terribles ideas en la cabeza. "Haciendo todo lo que tu médico te pida". Se imaginaba a Smith utilizando a Daniel de Conejillo de Indias. Por un momento temió por la seguridad de su hermano político, pero luego pensó que eso sólo ocurría en las novelas de género negro.

Sabrina le dio unas palmaditas en la barriga a Daniel.

Estás gordo le dijo.

Daniel se miró el abdomen. Luego negó con la cabeza.

Te equivocas, estoy igual que siempre.

Sabrina soltó una risotada.

Te pasas el día sin hacer nada y comes todo el rato dijo. Antes ibas al gimnasio o salías a correr regularmente, pero ahora no haces nada. Estás encerrado.

¡Pero no estoy gordo! exclamó Dan.

Sabrina volvió a darle unas palmadas al vientre del chico. Éste no pudo evitar sonreír. Sentía que la chica le transmitía cariño, cosa que ni sus padres ni nadie habían podido transmitirle antes.

Sabrina preguntó por la visita que le hizo Rupert hace dos días.

Me miró con cara rara respondió Dan. Me tenía como
no sé
miedo.

Sabrina prestó atención.

¿No te dijo nada más?

Me comentó que Emma estaba en París y que Tom había viajado a Liverpool con Jade. Nada más. Pero también mencionó lo de los rodajes y que yo no podría estar.

Ya

Tengo miedo de que todo el mundo se ría de mí y me llamen "loco" o algo por el estilo soltó Daniel, preocupado. Miró el suelo.

No te dirán nada dijo Sabrina, para consolarle. Pero seguramente te traten de otra manera
como un bebé, por así decirlo.

¡No quiero que me traten como un mermado!

Lo harán, hasta que no presentes un mínimo de cordura.

¡No estoy loco, Sabrina! exclamó Daniel, algo enfadado. Sé sumar y restar y sé donde estoy y lo que pasa. No estoy loco.

Sabrina permaneció calmada.

Nunca he dicho que estuvieras loco

Pero lo has insinuado.

Sabrina negó con la cabeza. Luego se levantó. Daniel la miró, nervioso.

¿Te vas? preguntó. No me dejes solo, por favor.

 

Sabrina lo miró, preocupada por aquel comentario.

¿Qué pasa si te dejo solo?

Daniel miró hacia los lados, como si buscara algún espía con la mirada.

Me llevarán al cuarto oscuro susurró.

Sabrina se quedó perpleja. Luego, de forma bruta, cogió a Daniel por el brazo y lo arrastró hasta su habitación. Allí, lo tumbó en la cama y luego cerró la puerta. Dan se incorporó y miró a Sabrina confuso.

¿Qué es el cuarto oscuro? preguntó la chica.

Daniel puso los ojos en blanco.

Un sitio
¡No te lo puedo decir!

¿Por qué?

Daniel se tapó la boca con las manos. Sabrina se abalanzó hacia él.

¡Dímelo!

¡No puedo!

Sabrina soltó a Dan y lo dejó quieto en la cama. La chica sospechaba, pero Daniel no le quería decir ni mu. Eso complicaba mucho las cosas.

Ahora soy tu hermana, debes decírmelo pidió Sabrina.

Pero el chico no daba señales de colaborar. Sabrina se sentó en la cama, junto a Daniel. Ahora fue ella quién le dio un beso en la mejilla a él. El chico la miró, y luego le dio un abrazo tan fuerte que casi le rompe las costillas. Cuando se separaron, se quedaron largo rato mirándose, hasta que, un movimiento sutil, le proporcionó a Sabrina todo lo que debía saber: Daniel se palpó cuidadosamente el abdomen, como si le doliera.

¿Qué te pasa? le preguntó Sabrina.

Daniel se quitó rápidamente la mano y la puso en la cama. Pero Sabrina le levantó la camiseta y tumbó boca arriba al chico. Y encontró algo bastante feo: en el vientre de Daniel persistía un corte discreto al lado del ombligo.

¿Qué es eso? preguntó Sabrina. Daniel se levantó y se cubrió el torso con la camiseta y las manos.

Nada
es un corte que
Pero se calló la boca y miró el suelo.

Sabrina le agarró del brazo y se lo apretó, en forma de amenaza.

¿Te estás autolesionando? preguntó. Se lo diré al tu psiquiatra.

¡No! ¡No le digas nada! pidió Daniel desesperado.

Sabrina sospechó de lo peor.

¿Te has intentado suicidar?

Daniel se levantó, indignado.

¡No! Sabrina, no me pasa nada. Tuve un accidente, nada más.

La chica alzó las cejas.

Me voy dijo, al fin.

Daniel se quedó desconcertado, pero dejó que Sabrina se marchara. Se despidieron con un beso, pero Daniel se quedó en su cuarto.

Al salir de la habitación, Sabrina empezó a buscar al doctor Smith. Lo encontró charlando en la sala de estar con una enfermera.

Oiga empezó Sabrina.

Smith se dio la vuelta.

¡Anda! Pero si es la amiga de Harry Potter soltó.

Sabrina ignoró aquel cometario.

Quería decirle una cosa.

Smith asintió y la condujo a su despacho. Llegaron y Sabrina se sentó en una silla, delante del escritorio del doctor. Miró el despacho. Estaba decorado con muebles oscuros, pero modernos. Las paredes de la habitación estaban cubiertas de estanterías con libros de psiquiatría. También había un escritorio, dos sillas (donde en una estaba sentada Sabrina), un diván, dos sillones con una mesita de centro en el medio y algunos diplomas. Sabrina pensó en cuantos pacientes se tumbarían en ese diván a diario. Se imaginó a Daniel acostado y llorando sus penas.

Se quitó esas ideas de la cabeza y se centró en Smith.

¿Para qué me querías? le preguntó.

 

Quería comentarle que
bueno, no sé si se habrá dado cuenta pero

Ve al grano, niña.

Sabrina la miró, con odio en la sangre. No le caía bien ese tipo, pero era el psiquiatra de Daniel, y debía comentárselo.

Daniel se autolesiona dijo, al fin.

Smith pareció asombrarse.

Explícate bien.

Sabrina respiró hondo.

Le vi como se frotaba la barriga, cerca del ombligo. Luego lo examiné y tenía un corte feo. Pero era un corte extraño, no estaba hecho con un arma blanca, parecía hecho con un látigo o algo así. Pero puede que me equivoque.

Smith escuchó atentamente.

Gracias por comentármelo, Sabrina dijo, a modo de despido. Hablaré con él, no te preocupes.

Sabrina asintió y salió del despacho. Guardaba sus esperanzas en que el matasanos hiciera entrar en razón a Daniel. Salió del hospital y volvió al mundo real. Londres estaba nevado. Sabrina observó la escena, contenta.

Pasó la mañana recorriendo Londres a pie. No quería volver a casa pronto y contagiarse de la angustia de tener a un familiar en el punto de mira.


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Faltaba un día para Nochevieja y Sabrina, Alan y Marcia estaban pensando pasar las últimas fechas antes de Año Nuevo junto a Daniel en el hospital. Habían conseguido que Smith se ablandara para las fiestas.

Sabrina quería pillar al psiquiatra in fraganti en Nochevieja, para ver si sus sospechas eran confirmadas. Esperaba que sí.

El día antes de la fiesta, Harold llamó a casa diciendo que no podrían volver más a Londres, ya que Carol estaba ingresada en el hospital en estado crítico. Le mandó saludos a Sabrina y dijo que se portara bien.

El día de Nochevieja, Marcia preparó una de las exquisiteces de Dan: pescado con patatas al horno. Alan compró algunas bebidas (sin alcohol) y Sabrina metió en una mochila toda clase de objetos para aislarse del mundo, como también su PC.

Llegaron a las cuatro de la tarde, y Daniel los recibió con alegría. Sabrina se fijó en su aspecto: tenía más barba, más negra y más poblada. Le volvieron a aparecer ojeras y reaparecía su pelo enmarañado, graso y sucio. Había dejado de prestar atención a su aseo personal. Seguía igual de gordo y no se había cambiado de ropa desde la última vez que Sabrina la había visto.

Smith abordó a Alan y a Marcia, y Sabrina pudo interrogar a Daniel. Cuando éste se acercó a ella, se dio cuenta de que cojeaba igual que el doctor House.

¿Qué te pasa en la pierna? preguntó la chica.

Daniel rechazó la pregunta con evasivas, pero Sabrina no se dejaba engañar.

¿Otra vez intentado suicidarte?

Dan miró a Sabrina de la forma más siniestra que pudo, pero ésta no le tenía miedo. Sabía que su hermano la estaba engañando. "Mentiroso", pensó.

No me pasa nada contestó Daniel. Me caí jugando al fútbol.

Sabrina arqueó las cejas.

Si tú no juegas al fútbol

¡Deja de cuestionarme! gritó Dan.

Sabrina miró al chico con los ojos abiertos de par en par. ¿A qué venía esa reacción? ¿Por qué Daniel siempre desviaba el tema? Todo se estaba volviendo muy sospechoso. Y no lo gustaba.

Hablé con Smith empezó Sabrina, le dije lo de tu hobbie de autolesionarte.

Daniel se quedó helado.

¿Se lo comentaste?

 

Sabrina asintió.

Debo hacerlo; de momento estás psicológicamente incapacitado.

Y sin pensárselo dos veces, Daniel le pegó una bofetada en la cara a Sabrina. Esta vez, ella ni se inmutó, ya que no era la primera vez que lo hacía.

Todo el mundo se giró a ellos y miraron, expectantes. Alan y Marcia estaban de piedra. Smith permanecía serio. Luego, dio una señal y cuatro celadores se acercaron a Daniel.

Éste sabía lo que pasaría, así que salió corriendo por el pasillo, pero Omar, que pasaba por allí, detuvo al chico y lo agarró. Los cuatro celadores llegaron y, a gritos y patadas, por parte de Daniel, se lo llevaron fuera de la vista de todos.

Pero su voz se seguía oyendo. Todos escucharon, no había otro ruido salvo la voz humana y la desesperación.

¡SOLTÁDME, HIJOS DE PUTA! ¡SE LO MERECÍA, ERA UNA CABRONA! ¡DEJADME EN PAZ, MALDITA SEA!

Un portazo. Silencio. Susurros. Respiración.

Sabrina estaba de piedra. Había presenciado por primera vez en su vida un ataque psicótico. Un montón de voces sonaron dispersas por el cerebro de la chica, hasta que una mano le tocó el hombro y le habló una voz.

Sabrina, ¿estás bien? preguntó Alan, preocupado.

La chica salió de su ensimismamiento y asintió con la cabeza. Marcia le tocaba la cara, por donde le había pegado Daniel. Todo resultaba muy confuso.

¿Dónde se han llevado a Daniel? preguntó luego Alan a Smith.

Éste se acercó a él. Sabrina podía ver el deseo en su cara. Disfrutaba con esto.

Los celadores lo han trasladado a la Sala de Aislamiento explicó. Le han dado una dosis de Haloperidol.

¿Qué eso de aislamiento y Haloperidol? preguntó Marcia, desconfiada.

Es una habitación totalmente acolchada donde dejamos a los pacientes que tienen ataques psicóticos o mal comportamiento continuó Smith. En caso de su hijo, es lo primero

¿Y el Haloperidol? interrumpió Alan.

Es un antipsicótico respondió Sabrina.

Todos la miraron. Smith parecía intrigado.

¿Cómo lo sabes?

Porque me intereso, leo y me informo.

Otra vez silencio.

¿Cuánto tiempo pasará allí? volvió a preguntar Marcia.

Smith, al ver que las dudas seguían, se llevó a los padres de Daniel a su despacho. Pero Sabrina no fue con ellos. Quería ira ver a su hermano político. Así que se acercó al pasillo donde había visto marcharse a los celadores con Dan. Miró cada puerta, buscando la habitación donde lo habían encerrado.

Por fin la encontró. Era una puerta normal y corriente, con una ventanita en la parte superior. Tenía rejas, para que el cristal no se rompiera. Llevaba una cerradura, y estaba, obviamente, cerrada. Encima de la puerta había un cartel: SALA DE AISLAMIENTO.

Sabrina se puso de puntillas y miró hacia el interior. Lo primero que vio fue paredes acolchadas y blancas. En un rincón había una cama sin barrotes, también blanca. La habitación se parecía a esos cuartos que salen en las películas sobre manicomios.

Daniel estaba tumbado boca arriba en la cama. Tenía los ojos cerrados, pero Sabrina no sabía si era porque estaba durmiendo o por el medicamento que le habían suministrado. Su respiración era lenta, pero no presentaba el mismo aspecto relajado e inocente que cuando dormía en su casa.

Estaba asustado.

Esto no es un zoológico.

 

Sabrina se dio la vuelta. Y se encontró con la peor persona que se podía imaginar.

Soy Laura
Laura O'Toole respondió la chica.

Llevaba el pelo recogido en una coleta y estaba vestida con un abrigo de color azul y blanco y unos vaqueros. También llevaba bufanda y guantes. Tenía los ojos color miel. Para vista de Sabrina, era una chica normal y corriente. Pero para vista de otros podía ser: fea, guapa, inteligente, tonta

Seguramente para Daniel sea la mujer más guapa del mundo, ya que ella es su novia.

Yo soy Sabrina empezó. Soy su hermana política. La última palabra la había pronunciado con un tono desafiante.

Laura se acercó a la ventanilla y miró al psicótico que descansaba drogado en una cama blanca.

¿Qué le ha pasado? preguntó.

Sabrina se quedó un tanto sorprendida.

¿No has hablado con Smith?

Laura negó con la cabeza.

He venido aquí directamente. Bueno
te seguí.

Sabrina alzó una ceja.

Daniel ha tenido un ataque psicótico explicó, porque tiene trastorno esquizoafectivo.

Laura se quedó más aterrorizada que antes.

¡Dios
!

De repente, llegaron Omar y una enfermera. Se dieron cuenta de que Sabrina y Laura estaban allí, así que Omar les empezó a echar.

Vosotras no deberíais estar aquí dijo. Es acceso restringido.

Eso es problema suyo, a nosotras nadie nos negó el paso replicó Sabrina.

La enfermera abrió la puerta de la Sala de Aislamiento. Laura intentó colarse, pero Omar no se lo permitió.

No puedes pasar

¿Qué le va a hacer?

Sólo examinarlo. Nada más.

Laura observó desde fuera, como la enfermera le tomaba el pulso a su novio y le auscultaba el corazón. Después de cinco minutos, la mujer salió, informando de que todo era correcto.

La Nochevieja se convirtió en una ensalada de preguntas y respuestas. Laura estaba inquieta y no paraba de interrumpir cada vez que Alan, Marcia y Smith le decían algo. La chica no podía creerse lo que a Daniel le había ocurrido esas Navidades. Estaba incrédula.

Faltaba media hora para el Año Nuevo, y Sabrina estaba harta de la ignorancia de Laura, así que pasó ese tiempo recorriendo el hospital. Recorrió pasillos y encontró pacientes con ganas de contar las campanadas. Nunca hablaba con nadie y tampoco miraba a ninguna persona a los ojos. Presenció catatonías, psicosis, neurosis, trastornos alimenticios, depresiones y demás cosas.

Luego se volvió a acercar a la Sala de Aislamiento. Se puso de puntillas y miró por la ventanita. Primero no vio a nadie tumbado en la cama, y por un momento pensó que se habían llevado a Daniel, pero el rostro del chico apareció delante de Sabrina. Ésta se echó hacia atrás, asustada.

¡Dios
! murmuró.

Daniel no dijo nada, se quedó allí, con su rostro sombrío y el semblante con aspecto de drogado. Miraba a Sabrina fijamente a los ojos. Estaba inmutable. Sólo respiraba.

La chica lo miró, algo asustada. El aspecto de Dan era desastroso. Parecía un monstruo que acababa de salir de su cueva.

¿Estás bien? preguntó Sabrina.

El chico no dijo nada. Sabrina volvió a acercarse aún más a la puerta, mirando a Daniel a los ojos. Ella puso una mano sobre el cristal, tapando mitad de la cara del chico.

Vete susurró Dan.

Sabrina apartó la mano y lo miró.

 

¿Por qué?

Daniel negó con la cabeza. Sus ojos seguían en los de Sabrina.

Vete repitió. Sabry

La chica se sentía confusa. De todo lo que sabía de psiquiatría no había nada para ayudarla en esa situación tan extraña.

No me pienso ir replicó.

Vete.

Sabry no sabía como continuar. Intentó abrir la puerta. Pero estaba cerrada. Evitaba el contacto con los ojos de Dan. Le producían una sensación extraña.

Vete volvió a repetir.

La chica suspiró y se apoyó en la pared de enfrente. Daniel no cambió de posición.

Vete.

Sabrina no entendía por qué Dan repetía siempre la misma palabra. "Vete". Significaba que quería estar solo, o que quería que lo dejaran en paz. Cualquiera de las dos posibilidades valía. Pero habría muchas más. Intentó otra técnica.

¿Quieres que me vaya? preguntó.

Daniel asintió secamente con la cabeza.

¿Y que pasa si no me voy?

Daniel desvió la mirada y torció los labios. Su supuesta seguridad había sido rota por una simple pregunta.

Me harás daño
murmuró.

Sabrina examinó las palabras meticulosamente. Lo que acababa de decir Dan dejaba fuera muchas opciones. Siguió con su técnica. Seguramente Daniel reaccionaría como ella quería, ya que él se encontraba en un estado de psicosis total.

Así que Sabrina dio un golpe a la puerta que asustó a Dan, que se echó hacia atrás.

¡Te pegaré duro, Daniel! exclamó Sabry, intentando ser creíble.

Éste se asustó y empezó a ponerse nervioso.

No, por favor
susurró. Se movía rápido por el cuarto, dando vueltas.

¡Cállate, imbécil! Dime lo que sabes o te corto un dedo amenazó la chica.

Dan volvió a ponerse angustiado.

No me pegues, te lo suplico
empezó. Parecía desesperado y se comportaba como si Sabrina no estuviera allí. Alucinaba. No se lo volveré a decir
No me encierres en la jaula, por favor.

Y rompió a llorar.

Sabrina estaba asombrada. Había conseguido muchos progresos. Ahora sabía que le pegaban y lo encerraban en una jaula y que también le amenazaban.

¡Enséñame las heridas, rápido! pidió Sabrina, en tono amenazador.

Daniel obedeció, pensando que estaba solo. Seguía alucinando. Así que se levantó la camiseta y Sabrina presenció todo tipo de heridas: quemaduras, moratones, latigazos
La chica estaba a cuadros.

¡Repíteme por qué cojeas! pidió otra vez, en un tono todavía más imperativo.

Daniel vaciló. Volvió a ponerse la camiseta y se acercó a la ventanita.

El doctor Smith me
susurró, pero no supo continuar.

Sabrina estaba intrigada, así que siguió insistiendo.

¡Acaba la frase!

Daniel torció la boca y se escondió de la chica. Sabrina ahora ya no podía verle, porque Dan se había agachado. De repente, se oyeron ruidos de algo golpeando la puerta. Luego, Sabry se dio cuenta de que era Dan con su cabeza.

¡No! ¡Para! le pidió desesperada Sabrina. Al ver que no funcionaba, probó con otro método. ¡Radcliffe! Le ordeno que pare dijo, en tono imperativo.

Los ruidos cesaron, pero la chica seguía preocupada. Daniel se puso recto y volvió a mirar a la chica. Tenía una ceja rota.

Sabrina puso una mano en el cristal de la ventanita.

No te preocupes, te sacaré de aquí dijo.

 


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Año Nuevo. Pero no era tan nuevo en el psiquiátrico. Omar había pillado a Sabrina hablando con Daniel en la Sala de Aislamiento y la había trasladado al despacho de Smith para que éste hablara con ella sobre las normas del hospital.

Así que Sabrina se armó de paciencia.

¿Qué hacías charlando con Radcliffe? le preguntó Smith.

Sabrina pensó por un momento la respuesta.

Charlar soltó.

Smith la miró con un odio terrible. No le gustaba que le tomaran el pelo. Se levantó de su silla y empezó a caminar alrededor del despacho. Sabry lo seguía con la mirada. Se mantenía inmutable.

No sé por qué metes las narices donde no te llaman empezó Smith. Deja que los médicos hagan su trabajo. Le hablaba como si Sabrina fuera tonta. Tú no eres psiquiatra; no intentes salvar a tu hermanito.

Sabrina no dijo nada. Se limitó a escuchar. Smith se paró enfrente de la chica y clavó sus ojos en los de ella.

No sé que intentas hacer con ese niñato dijo, de forma repelente. Pero te advierto una cosa: no te metas en donde no te llaman, ¿me has oído?

Sabrina mantuvo la mirada durante unos segundos, y luego pestañeó. Smith parecía satisfecho.

No hago nada malo respondió Sabry.

Smith dio un golpe a la mesa.

¡Claro que haces! exclamó. Intento ayudar a Harry Potter, pero tú lo hechas todo a perder.

Sabrina arqueó una ceja.

Pues no veo ningún tipo de progreso espetó.

Smith se enfadó aún más. De forma impulsiva, le agarró el brazo a Sabrina y la obligó a mirarle a la cara. Ésta obedeció. Mantuvo su fría mirada.

Smith se acercó a ella y le agarró el rostro. Sabrina se sorprendió, pero continuó inmutable. Smith le pasó la mano desde el hombro hasta la altura de los pechos. Sutilmente, le agarró uno. Sabrina no hizo nada. Sólo se quedó fría, inmutable y sensata. Miró al psiquiatra a los ojos. No desvió la mirada.

Smith estuvo un buen rato con la mano en el pecho de Sabrina y agarrándole el rostro. La chica permaneció quieta y serena. Pero Sabry percibió un movimiento de la mano del medicucho hacia su pantalón. Se abrió la bragueta.

Sabrina permaneció alerta. Smith iba a bajarse los pantalones. ¿Qué pretendía hacer con eso?

Sé lo de tus problemas de adopción dijo Smith. Sabry lo miró. Como intentes hacer algo para ayudar a Harry Puto hablaré con tus padres de acogida y te meterás en un buen lío. ¿Me has oído, puta?

Sabrina siguió serena. Smith la cogió de los pelos y colocó su cabeza a la altura de sus genitales. La chica se esperaba lo peor. El hombre no se bajó los calzoncillos, pero chafó la cabeza de la chica contra ellos, haciendo que Sabrina oliera y sintiera sus genitales en su cara. Le desagradaba un montón.

Sabrina había cerrado los ojos, pero sentía la fuerte respiración de Smith y sus murmullos:

Eres buena
eres buena
eres buena

Siguió así durante unos minutos, hasta que por fin soltó a la chica.

Sabrina alzó la cabeza. Ésta vez si que estaba asustada. No sabía que podía pasar.

¿Has aprendido la lección? preguntó Smith, con voz repelente.

La chica asintió.

Muy bien respondió el hombre.

Se apartó y fue a la puerta del despacho. La abrió. Sabrina iba a marcharse, pero Smith le cogió del brazo.

 

Espero que nuestro juego no lo sepa nadie susurró.

Sabrina se zafó y salió del despacho. Smith observó como se marchaba. Tenía una mueca de deseo en los labios.

Esa niña le producía un deseo incontenible. Más que con sus otras personas. Era algo inexplicable. Pero debía tener cautela. La adolescente era muy hábil.

Sabrina se encontró con Alan, Marcia y Laura en la sala de estar. Los tres la miraban.

¿Dónde has estado? preguntó Alan.

Hablando con Dan respondió Sabry.

Marcia arqueó una ceja.

¿Dónde? peguntó. Si la Sala de Aislamiento es acceso restringido para las visitas

Sabrina esbozó una pequeña sonrisa. Miró el reloj. Eran las dos de la madrugada. Toda la sala de estar estaba abarrotada de familiares, pero no de pacientes. Todos se habían ido a sus respectivas habitaciones.

Tenemos que irnos anunció Alan.

Así que, cansados, los cuatro individuos enfilaron hacia el coche. Laura dijo que se iría sola, pero Marcia insistió en que se quedase en casa. La chica aceptó la oferta a regañadientes.

Llegaron a Fulham a las dos y media. Sabrina subió directamente a su cuarto sin despedirse de nadie, y conectó el ordenador. Cinco minutos después, Laura se estaba acomodando en la cama donde antes dormía Dan.

Se fijó en lo que estaba haciendo Sabrina. Se acercó a ella.

¿Qué haces? preguntó.

Sabry sacó un CD y lo metió dentro del ordenador. No se dio la vuelta pero respondió.

Piratearle el ordenador a Smith.

Laura se quedó asombrada.

¿Eres hacker?

Sabrina asintió enérgicamente y activó su programa Wasp.PC.

¿Wasp? preguntó Laura, señalando la pantalla.

Significa "avispa" en sueco respondió Sabrina, tecleando unas cosas en el ordenador. En honor a Lisbeth Salander.

Laura asintió, pero no se enteraba de nada. Observó como la chica clickaba y tecleaba sin cesar. En la pantalla ponía: SMITH.COMPUTER/HOSP

¿Qué significa eso? preguntó Laura, refiriéndose al nombre.

Es la dirección que le he puesto al ordenador de Smith, el que tiene en el hospital respondió Sabry. Necesito que esté conectado a Internet para piratearle el disco duro.

Clickó unas cosas más y por fin, pudo instalarle el Wasp.PC al ordenador de Smith. Inmediatamente, el programa hizo una copia de todo el disco duro del psiquiatra.

¿Cómo funciona? preguntó Laura.

Sabrina se dio la vuelta y sonrió.

Eso es secreto de sumario respondió.

Laura la miró por un momento.

¿Cuándo aprendiste a hackear?

Sabrina la miró, entrecerrando los ojos. Luego se dio la vuelta. No quería responderle. Eso es algo que siempre supo hacer. Nació sabiéndolo. Nunca tuvo que aprender. Pero eso no se lo había contado a nadie. No quería hacerlo. Le daba miedo que la gente pensara que ella fuera superdotada o algo así. Intentaba ser normal, pero no le salía bien.

Ignoró a Laura y continuó con el Wasp.PC. La chica, al ver que Sabry no lo hacía caso, se fue a su cama y comenzó a dormir.

Sabrina estuvo un rato más en el ordenador, mirando los archivos que tenía Smith. Encontró muchísimos historiales de pacientes. Pensó en buscar el de Dan, y lo encontró:

Ponía:

HISTORIAL CLÍNICO QUEEN'S CHARLOTTE HOSPITAL

 

-Nombre: Daniel Jacob Radcliffe Gresham

-Fecha de nacimiento: 23/07/89

-Sexo: Masculino

-Observaciones:

-Otras enfermedades: Dispraxia.

-Observaciones: Aparición en la infancia y regulación en la adolescencia. Conserva tics nerviosos en el habla y el pestañeo. Incapacidad para atar cualquier tipo de cordel. Pronóstico favorable.

HISTORIAL PSIQUIÁTRICO QUEEN'S CHARLOTTE HOSPITAL

-Nombre: Daniel Jacob Radcliffe Gresham

-Fecha de nacimiento: 23/07/89

-Sexo: Masculino

-Observaciones:

-Fecha de ingreso en la Unidad de Psiquiatría del Queen's Charlotte Hospital: 24/12/09

-Motivo: Alucinaciones psicóticas (confirmación por el Dr. Shaffer)

-Resultado de los test psicológicos: Positivo para psicosis

-Diagnóstico: Trastorno esquizoafectivo

-Tratamiento: Medicación y terapia

-Psiquiatra a cargo: Alexander Smith

-Observaciones: Radcliffe padece delirios débiles con actitud paranoica. Colabora en las terapias y participa. Es sociable. Se comporta de manera cívica. Pronóstico favorable.

Sabrina acabó de leer. No le parecía un documento con verdaderos detalles. Tal vez Smith tuviera el original en otro ordenador. Siguió cotilleando por su disco duro, hasta que encontró el historial de Internet.

Se metió y empezó a mirar. Smith solía visitar webs sobre psiquiatría. También miraba mucho el correo. Pero había una cosa que le llamaba la atención. Había una serie de páginas webs que no encajaban mucho con Smith: eran páginas de pornografía.

Sabrina no veía nada de malo en que una persona pasara su tiempo libre matándose a masturbaciones, pero no fue eso lo que le llamó la atención.

Las webs eran sobre el sadismo sexual y violaciones.

Sabry se sorprendió. Y ahora todo encajaba: su agresión a Sabrina, lo que había dicho Daniel sobre que le pegaba, sus marcas en el cuerpo, su comportamiento paranoico
Todo encajaba. Y se imaginó lo peor. Antes Dan estaba cojo, y a Sabrina se le ocurría la peor horrible idea de todas: Smith abusaba sexualmente de Daniel. Lo había violado.

Era una idea descabellada, pero podría ser verdad. Aunque existía un problema: ¿cómo probaba su teoría?

Miró a su alrededor, pensando. Laura dormía. Por un momento dudó de contarle su hallazgo, pero si lo hacía, podía arriesgarse a que Smith se enterara de que había pirateado su ordenador. Y ella no quería correr ese riesgo.

Siguió pensando. Miró su cámara web. Su cerebro comenzó a funcionar deprisa. Una idea empezó a correr por su cabeza.

Cuando Smith la trajo al despacho por primera vez, observó detenidamente la estancia donde se encontraba. Miró los diplomas, los libros, el escritorio, los sillones, el diván, las estanterías

¡Las estanterías! Sabrina sospechó que estaban colocadas de una forma especial. Como intentando tapar algo. Buscó en su memoria y revisó cada recoveco de ese recuerdo. Se percató de que cuando Sabrina se fijó en la parte baja de las estanterías, una de ellas tenía una punta desgastada, que en el suelo dibujaba un arco. Era como si la hubieran arrastrado más de una vez.

Allí había algo, una entrada a algún sitio. Sabrina pensó en todos los lugares dónde una persona podía violar a otra sin ser descubierto. Pensó en la habitación de Daniel, pero la gente sospecharía de los ruidos y que Smith tardaría mucho en salir. Y luego se acordó de lo que le había dicho su hermano: "No me encierres en la jaula, por favor".

 

Tendría que pensar en una habitación donde cupiera una jaula. También se acordó que una vez Daniel le había mencionado algo sobre un cuarto oscuro. Esos datos descartaban muchas cosas.

Estaba decidida: Smith tenía algo escondido detrás de las estanterías y Sabrina quería averiguar que había allí.

Ahora sólo tenía que pensar en un plan. Miró por un momento a Laura, y luego se le ocurrió comprar unas cámaras especiales de espionaje.

Miró el reloj: marcaban las cuatro menos cinco.

Bostezó y se metió en la cama. Pero antes, acabó de darle una repasada al Wasp.PC y mirar el disco duro de Smith.

Menudo sádico
susurró Sabry.

Se puso el pijama y durmió el sueño de los hackers.

A la mañana siguiente, fue la última en despertase. Bajó rápidamente a la cocina, cogió uno de los waffles que había preparado Marcia para Daniel y salió de casa. Alan miró la puerta por donde había desaparecido.

Voy a ir con ella anunció Laura.

Y también salió de casa. Empezó a seguir a Sabrina, pero ésta ya sabía que la tenía detrás. Se paró en un semáforo y se dio la vuelta. Contempló como Laura corría detrás de ella.

¿A dónde vas? preguntó.

No es asunto tuyo respondió Sabry, cruzando la calle.

Laura la alcanzó y caminó a su mismo ritmo.

¿Vas a visitar a Dan? preguntó.

Sabrina negó con la cabeza. Luego pensó en que Laura le podía ser útil. Caminaron juntas y en silencio a la boca del metro Fulham Broadway. Allí, Sabry le preguntó:

¿Conoces alguna tienda de electrónica dónde pueda conseguir cámaras de espionaje?

Laura soltó una risotada. Cuando volvió a mirar a Sabrina y se dio cuenta de que la había ofendido. Luego cambió de expresión y se puso seria.

¿Para qué quieres unas cámaras de espionaje? preguntó.

Eso no es asunto tuyo respondió Sabrina tajante. ¿Conoces una tienda o no?

Laura meditó por un momento y luego llevó a Sabry a un mapa de la ciudad que estaba expuesto en una vitrina, junto con la ruta de los viajes del metro y los horarios.

Hay una muy buena en Holborn respondió, señalándole con el dedo un barrio al nordeste de Londres.

No conozco ese sitio dijo Sabry.

Está en la calle Greville.

¿Se puede llegar en metro?

Laura asintió. Miró el mapa de las rutas.

Hay que tomar uno que pase por Chancery Lane.

Sabrina miró a Laura.

¿Cómo se que la tienda es lo suficientemente buena como para que tengan lo que busco?

Laura sonrió.

Allí puedes encontrar lo que quieras respondió. He comprado un montón de cosas en ese sitio, y también es allí donde los productores de Harry Potter compran algunas cosas para hacer los efectos especiales.

Sabrina arqueó una ceja.

¿Tienen buenos precios?

Laura asintió.

El director de Equus compró unos cacharros de iluminación allí. ¡Y a muy bien precio!

Sin decir nada más, Sabrina caminó hacia el andén correspondiente, ignorando totalmente a Laura, pero la chica la siguió. Sabrina tuvo que viajar con ella hasta Holborn. Aunque su compañía no la molestaba, hubiera preferido ir sola, ya que así evitaría desagradables preguntas.

 

Tomaron el primer metro que salió en esa dirección. Algún curioso miraba a Laura, pero parecía que ella no se enteraba de nada.

Tardaron veinte minutos en llegar. Cuando bajaron, el aguanieve se apoderó de las chicas. Sabrina disfrutaba con la estampa de un Londres totalmente nevado, pero parecía que Laura no compartía el mismo entusiasmo.

Caminaron por una calle peatonal, hasta llegar a Greville Street. La tienda de electrónica parecía un cuchitril de drogadictos. Por un momento Sabrina pensó que Laura la había engañado, pero luego se dio cuenta de que no.

La tienda estaba ubicada en el sótano de una casa deshabitada. Las dos chicas bajaron las escaleras y se encontraron con una estancia iluminada y pulcramente ordenada. Había un montón de estanterías con todo tipo de aparatos electrónicos.

Sonaba la canción Cousins de Vampire Weekend en el ambiente. Sabrina divisó a dos chicos en el mostrador del fondo. Tenían pinta de los típicos niños estudiosos perseguidos por los matones.

Los chicos estaban sentados detrás de un mostrador, enfrente de dos ordenadores, llenos de cables. Detrás de ellos había una entrada, tapada con una cortina de tiras. Seguramente sería el almacén.

Sabrina se acercó al mostrador.

Hola dijo. Busco cámaras de espionaje.

Uno de los chicos alzó la mirada. Llevaba unas gafas negras de estilo retro, y el pelo peinado con pinchos. Llevaba una camisa a cuadros de colores vistosos y unos vaqueros pitillos con unas All Star verdes. Era alto y delgado. Su pelo era de color negro, pero tenía unos bonitos ojos marrones. Estaba pulcramente afeitado y olía bien.

Se quedó asombrado cuando se dio cuenta de quién le hablaba.

¿Para qué quieres las cámaras? preguntó.

Sabrina alzó una ceja.

Eso no es asunto tuyo respondió, tajante.

El chico sonrió. Se incorporó y salió del mostrador.

¿Qué clase de cámara? preguntó.

Sabrina sacó de su bandolera una imagen de la cámara. Era pequeña y cabía en la palma de la mano.

Una Sony 56.8 de cinco gigas de memoria y con batería de cuarenta y ocho horas de duración respondió, tendiéndole la imagen.

El chico se quedó un rato contemplándola, hasta que se dirigió a una de las estanterías más apartadas. Sabrina se quedó mirando como buscaba entre las cajas. La banda sonora cambió a Horchata, también de Vampire Weekend. Laura contemplaba con fascinación los nuevos ordenadores portátiles que iban a salir al mercado dos meses después.

Pasados cinco minutos, el chico retro llegó con una caja del tamaño de la cabeza de un labrador. Se la tendió a Sabrina y ésta la puso encima del mostrador. La abrió cuidadosamente y contempló su contenido.

El chico cogió cada pieza y empezó a explicársela a su cliente.

Esta es la cámara empezó. Tiene un óptico de veinte megapíxeles y con zoom de veinte metros.

Sabrina asintió.

Estos son los cables, pero se pueden usar de forma inalámbrica continuó el chico.

Sabrina volvió a asentir.

Todo está muy bien dijo ella, ¿cuánto cuesta?

Esa era la pregunta del millón. No quería gastarse todo el dinero que tenía guardado en la cuenta del banco que le había abierto Harold en una ocasión. Nadie salvo él y Sabry sabían de la existencia de esa cuenta.

 

El chico buscó la etiqueta del precio.

200 libras contestó.

Sabrina hizo cuentas y pensó. Lo que quería grabar ella era una habitación, posiblemente en forma de cuadrilátero. Eso dejaba claro que tenía cuatro esquinas. Es decir, cuatro cámaras. Le añadiría una más por si acaso.

Me llevo cinco de esas respondió Sabry.

El chico arqueó una ceja.

Son 1000 libras, ¿podrás pagarlas?

Sabrina deslizó por el mostrador dos billetes de quinientos. El chico la miró, asombrado.

¿De dónde has sacado tanto dinero? preguntó.

Secreto de sumario respondió alegremente la chica.

El estudioso que estaba sentado dio un golpe a la mesa. Todos lo miraron.

¡Maldita sea! exclamó. Spider me ha pirateado el perfil.

Sabrina no pudo evitar reírse. El estudioso la miró.

¿Y tú de qué te ríes? preguntó.

Sabry se serenó.

¿Te llamas White, verdad? preguntó.

El estudioso se asombró. Laura no parecía comprender nada y el chico retro también se sorprendió.

¿Cómo lo sabes? preguntó el chico retro.

Sabrina esbozó una pícara sonrisa.

Soy Spider.

White y el chico retro se quedaron boquiabiertos. Después de un momento de confusión, los dos volvieron al mundo real.

¡Dios mío! exclamó White. ¡Eres Spider! ¡Increíble, la tenemos en nuestra propia tienda!

El chico retro y White empezaron a dar saltos de alegría. Después de que Sabry contestara a unas cuantas preguntas, consiguió llevarse las cinco cámaras por la mitad de su precio: 500 libras.

Salió contenta de la tienda, junto a Laura. Ésta también la acribilló a preguntas. Tomaron el metro de vuelta a casa, pero se pararon en Picadilly Circus para tomar algo. Comieron en un McDonald's.

Explícame eso de Spider y de White pidió Laura, por tercera vez.

Sabrina se acabó su hamburguesa.

En el mundo de Internet, yo me llamo Spider dijo. Sería una estupidez que navegara y hackeara con mi propio nombre. White es un compañero de Internet con quién intercambio datos y cosas de esas, pero nunca nos habíamos visto en persona. Hasta hoy.

Laura parecía seguir sin entenderlo, pero dejó de hacer preguntas. Las dos se acabaron las patatas y la bebida y salieron a la rotonda nevada. Sabrina probó las cámaras, que funcionaban estupendamente y luego volvieron a casa.

Tenía mucho por hacer.


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Daniel estaba tumbado boca arriba sobre el diván del despacho de Smith. Era la hora de la terapia. Estaba incómodo, inseguro, asustado. No le gustaba Smith. Le daba miedo. Pero
¿qué podía hacer? Sólo era un paciente más.

Smith se levantó de su silla y empezó a caminar alrededor del chico. Éste lo seguía con la mirada. De pronto, el psiquiatra agarró el rostro de Daniel de la misma forma que lo hizo con Sabrina.

La diferencia es que no era la primera vez que lo hacía con Dan.

He pillado a tu hermanita hablando contigo en la Sala de Aislamiento le espetó Smith.

Daniel asintió. Llevaba veinticuatro horas fuera de la Sala, pero lo habían medicado tan fuerte que apenas podía hablar. Por lo que no dijo nada y se limitó a escuchar. Deseaba fervientemente que la hora pasara deprisa.

 

No te estás portando muy bien últimamente, Harry Potter siguió Smith, de forma arrogante.

Daniel lo miró con odio en sus ojos. Nunca había sentido un odio tan intenso hacia una persona. Mantuvo firmemente la mirada, sin pestañar. Smith apretó aún más su rostro con la mano y se acercó tanto a su cara que Dan pudo oler su asqueroso aliento a tabaco.

Debemos tomar medidas, Harry Potter continuó calmado Smith, manteniendo el rostro de Daniel frente a él. Te aumentaré el triple la medicación y la terapia, ya que no avanzas nada.

El chico pestañeó. Smith lo consideró una muestra de sumisión. De pronto, Smith le pegó un puñetazo a Daniel en la cara. Éste se quedó mareado por un momento, ya que el golpe fue fuerte. Smith aprovechó la confusión para agarrar unas esposas de un cajón del escritorio cerrado con llave. Daniel se despertó del todo y se percató de la situación.

¡Noooooooooooo! gritó, e intentó levantarse del diván, pero Smith le había esposado una mano.

¡Calla, niño estúpido! le espetó Smith y volvió a pegarle, pero Daniel consiguió esquivar el golpe.

Smith le agarró del pelo y Dan gritó de dolor. Acto seguido, le tapó la boca con cinta americana. Más tarde, le esposó la otra mano y le ató los pies al diván. Al final, Daniel se encontraba tumbado boca arriba, vulnerable, indefenso, expuesto y muerto de miedo.

Smith sonrió maliciosamente y cerró la puerta de su despacho con pestillo. Luego se abalanzó hacia Daniel y empezó a tocarle delicadamente todo el torso. Dan sollozaba y intentaba soltarse haciendo movimientos frustrados, pero nada funcionaba.

¿Estás cómodo, Harry Potter? preguntó el psiquiatra.

Lo agarró del pelo y se lo estiró hacia atrás, dejando toda la garganta del actor al descubierto. Smith se agachó y le chupó el cuello con la lengua. Daniel volvió a retorcerse, gimiendo y jadeando. Derramaba lágrimas.

Smith empezó a levantarle la camiseta a Daniel y le acarició el vientre. Dan lo hundió, pero no consiguió nada, sólo asfixiarse. Smith volvió a pasar su lengua por todo el abdomen del chico. Éste se retorció por segunda vez.

No intentes soltarte, Harry Potter dijo, y bajó sus manos a los pantalones del chico.

Daniel se retorció aún más, moviendo todo su cuerpo. Smith lo miraba, disfrutando de su desesperación. Pero el chico lloraba desconsoladamente. Estaba desahuciado.

¡Nnmmooouuuhhh! ¡Nnnmmooouuuhhh! gimió. No podía gesticular palabra, pero no se callaba.

Smith volvió a reírse. Acto seguido, le desabrochó los vaqueros y se los quitó. Le dejó sólo los boxers. Daniel alzó la cabeza y lo miró con ojos suplicantes. Smith le acercó una mano y se la metió debajo de la ropa interior. El chico sintió las manos del hombre en sus genitales, tocándolos y manoseándolos.

Daniel siguió llorando mientras Smith le hacía todo tipo de cosas con su pene: lo apretaba, se lo masturbaba, lo movía de arriba abajo

Después de quince minutos, Smith sacó de su cajón cerrado con llave una pistola eléctrica de 75.000 voltios. Daniel miró ese objeto horrorizado. Empezó a moverse desesperadamente.

Smith se acercó al chico y bajó los voltios de la pistola a 300. Una descarga leve, dolorosa y que apenas deja marca. "El crimen perfecto", pensó Smith. Le puso la pistola a Daniel en la barriga y se la descargó.

 

El chico se retorció de dolor. Lloró aún más. Smith se reía de la rabia que desperdigaba Daniel por todos los poros de su piel. Luego, le descargó la pistola en el cuello, los genitales y las piernas. Por último, le dio un calambrazo en la cara.

Cuando la sesión acabó, Daniel salió mareado, sollozando y con dolores del despacho de Smith. Un celador que estaba por allí lo trasladó a su habitación.

En cuanto llegó, Daniel se tumbó boca abajo en su cama y se tapó con las sábanas. Lloró, pero no por pena, si no por dolor. Tenía marcas de quemaduras por todo el cuerpo que le escocían y permanecían hinchadas.

Pasó un buen rato reflexionando. No iba a levantarse de la cama durante, al menos, tres días. No le importaba si algún médico le obligaba a asistir a las distintas terapias o si alguien venía a visitarlo.

Otra cosa que temía era lo que sucedería con Smith. Habían pasado dos semanas desde que lo habían ingresado. Realmente lo estaba pasando mal. Lo torturaba y le hacía daño. Y lo peor es que tenía miedo y vergüenza contarlo. Era hasta incapaz de mencionarle nada a Sabrina, y eso que confiaba plenamente ella, ya que nada la asombraba.

Uno de los principales motivos por lo que no contaba nada a nadie eran las consecuencias que podrían ocurrir si alguien se enteraba. Smith lo había estado amenazando a diario de que lo que hacía en la terapia con él era sumo secreto. Si no cumplía con las normas, mandaría a unos neurólogos que le borraran la memoria con un simple electroshock de unas diez sesiones.

Daniel tenía mucha vida hecha, así que sería un riesgo perder sus recuerdos. Dudaba de que su futuro en el psiquiátrico cambiara, pero Smith le había dicho que para marcharse, debía hacer caso a todo lo que le dijera. Daniel lo obedecía como un esclavo. No le quedaba alternativa.

Dieron las ocho y anunciaron la cena, pero Daniel estaba durmiendo, así que no oyó nada. A la mañana siguiente, se despertó con el estómago rugiéndole. Se quedó mucho rato contemplando el techo de su habitación, desorientado.

Al final, se levantó con dolores. Smith le había electrocutado los genitales, por lo que cojeaba. También era incapaz de forzar los músculos abdominales. Le dolían al toser. Cuando movía la cabeza, sufría las quemaduras que tenía en el cuello.

Por lo que le costó muchísimo llegar al baño. Se metió en una cabina e hizo sus necesidades. Después, se lavó las heridas producidas por la pistola eléctrica, y bebió mucha agua para calmar el vacío del estómago. Luego, se volvió a la cama. Pero no se durmió.

Porque había alguien más en su habitación.

Un hombre a finales de los cuarenta lo miraba con ojos curiosos. Medía casi dos metros. Era delgado. Tenía el pelo de color oscuro y los ojos claros. Daniel estaba tan drogado por culpa de la fuerte medicación que apenas distinguía nada.

El hombre lo miró de nuevo, pero se concentró en colocar sus pertenencias en los muebles. Daniel se sentó dolorosamente es su cama y lo miró.

Hooolaaaa
murmuró. Alargaba las vocales porque apenas podía hablar. Se le caía la lengua.

El hombre se volvió y lo miró. Después, se acercó a Dan y le estrechó la mano. Daniel dejó que fuera él quién le agarraba la mano y la balanceaba.

 

El loquero me ha dicho que sea sociable ironizó.

Daniel enfocó la vista. Un hombre de cincuenta años, delgado, muy alto, de pelo negro cortado casi al rape, ojos azules y una terrible barba-lija lo miraba, sonriendo.

¿Dotoooor Houuuussse? volvió a murmurar Daniel.

El hombre sonrió aún más y se sentó en la cama. Dan pestañeó y empezó a hacer movimientos absurdos con la boca: la abría, la cerraba, sacaba la lengua, se la pasaba por las encías

Veo que estás muy loco, Harry Potter soltó el hombre.

Daniel oyó ese nombre y la rabia le subió del estómago a su cerebro. Odiaba que lo llamaran así, y aparte, le recordó a Smith.

Negó con la cabeza.

Noo
no me
me
llaaameesh
esho
murmuró. De repente, le entró un profundo sueño. Quiso tumbarse, pero permaneció despierto.

El hombre se acercó a Daniel y se sentó a su lado. "Para ser el Doctor House, es muy amable", pensó Dan.

No entiendo por qué no me conoces, ya que uno de mis hijos se presentó al casting de Harry Potter dijo el hombre. Y también trabajé con el actor que interpreta al padre de Ron Weasley.

Daniel asintió lentamente, pero todavía no captaba el mensaje que aquel hombre que se parecía a House le quería enseñar.

Mis hijos te admiran mucho, ¿sabes? siguió. Pero no saben que estoy aquí. No quiero que lo sepan. Mi hija te ama.

Daniel esbozó una tímida sonrisa.

Estás tan drogado que no te enteras de nada dijo el hombre, levantándose.

Daniel lo observó.

Soy Hugh Laurie, Daniel Radcliffe.

Sabrina tenía todo planeado. Lo único que le faltaba era cómo colocar las cámaras de espionaje sin que nadie se enterara, ni siquiera el propio Daniel.

Durante el primer fin de semana del año, Alan y Marcia se habían dedicado a buscar un instituto donde Sabrina podría estudiar. Le compraron todos los libros y el uniforme.

Hubo una pelea, ya que Sabry no quería estudiar en un instituto privado, pero Alan y Marcia insistían que sí. Al final, ganó Sabrina, así que, el lunes por la mañana la adolescente ya estaba sentadita en el pupitre más apartado de la clase 5º B.

Todo el mundo la miraba con cara rara. Uno de los motivos es que ella había salido junto a Daniel en una foto paparazzi que rondaba por todo Internet.

A primera hora tenía Historia, materia que Sabrina adoraba, así que, dedicó toda su atención a escuchar.

El profesor habló sobre la colonización de América. Cristóbal Colón llegó al continente junto con tres barcos. Llegaron a América Central y allí empezaron a conquistar toda la región. Esclavizaron y explotaron a los indígenas. Sabrina estaba indignadísima. Los españoles sólo causaron dolor en el continente americano.

Cuando el profesor hizo un comentario acerca de la tripulación de las tres embarcaciones, Sabrina discrepó.

La tripulación eran presos de la parte sur de España soltó Sabry.

Toda la clase la miró. El profesor se quedó atónito.

Por eso el dialecto de América se parece al andaluz siguió Sabry.

Montones de alumnos empezaron con el murmullo. El profesor le espetó que no interrumpiera la clase. Sabrina eso le pasó por un oído y salió por el otro.

Cuando era la hora del almuerzo, fue al comedor y sacó de su mochila un sándwich. Se apartó de todo el mundo intentando pasar desapercibida, pero todo el mundo la miraba y la señalaba con el dedo.

 

Sabrina odiaba la situación en que se había visto expuesta. Ser la hermana política de un famoso actor tenía sus pros y sus contras.

Mientras comía, un grupo de chicas se le acercó.

¿Tú eres la hermana de Daniel Radcliffe? preguntó la más rubia.

Sabrina le dedicó una fría mirada e ignoró al grupito. En cambio, bebió un trago de su coca-cola.

Hola, ¿hay alguien? le provocó otra en son de burla. Cogió la botellita de coca-cola y se la derramó a Sabrina en la cara.

Ésta se apartó rápidamente mientras el grupito de chicas se burlaba de ella, siendo el centro de atención. Sabrina, enfadada, salió del comedor sin decir ni pío, escuchando las palabras despectivas que le dedicaban sus compañeros.

Fue al baño masculino. Un chico la miró con cara rara y Sabrina le espetó una mirada de odio.

No hay nadie orinando en los urinales le espetó. No me mires con esa cara, imbécil.

El chico salió deprisa del baño. Sabrina se miró en el espejo. Tenía toda la parte superior de la camiseta manchada y el pelo húmedo y pegajoso. También su cara estaba mojada.

Se limpió la ropa y el rostro y se ató el pelo en un simple moño. Luego salió del baño y se marchó a la biblioteca, donde, allí, se escondió detrás de la estantería más apartada. Cogió su libro de Millennium y comenzó a leer.

Pasaron diez minutos, hasta que un chico algo bajito, de pelo marrón y ojos claros se acercó para coger un libro sobre astronomía. Vio a Sabrina sentada en el suelo y con la espalda apoyada en la pared leyendo el libro de Stieg Larsson. El chico se dio cuenta de que era la hermana política de Daniel Radcliffe.

¿Crees que Lisbeth Salander es inocente? preguntó de pronto el chico.

Sabrina alzó la vista.

Sí respondió, secamente.

El chico se acercó a ella.

Siento que esas niñatas te hayan tirado la coca-cola se excusó. El chico sacó de su mochila una botellita. Te he comprado otra.

Sabrina volvió a mirarlo con desconfianza.

¿Por qué? preguntó.

Porque me caes muy bien contestó el chico. Me gustó mucho tu argumento de la clase de Historia. El profesor Jackson es un inepto. No le hagas caso.

Sabrina sonrió y cogió la botella.

Gracias y bebió un trago.

El chico se sentó a su lado.

Me llamo Kevin.

Sabrina.

Los dos se miraron por un momento. Sabrina se fijó en el aspecto de Kevin. Tenía unos ojos verdes espectaculares y una cabellera oscura despeinada. Era delgado y media unos pocos centímetros más que Sabrina. Era guapo.

¿Cómo es Daniel Radcliffe? le preguntó Kevin.

"Un loco liberal-demócrata", pensó Sabrina, pero no podía contestarle eso.

Es muy simpático y honesto contestó. Y muy inteligente.

Me alegra que pienses eso dijo Kevin. ¿Y te gusta?

Sabrina lo miró sorprendida.

¡No! ¡Es mi hermano! respondió.

Ya, pero antes no lo era, ¿verdad? preguntó Kevin, perspicaz.

Sabrina asintió y puso un gesto de afirmación mezclada con arrogancia.

A mi sí siguió Kevin.

¿Y eso?

Es que soy gay.

Sabrina sonrió. "¡Por fin conozco a un homo!", pensó.

¡Qué guay! exclamó.

Kevin se sonrojó.

 

Eres la primera persona que dice eso respondió.

Sabrina volvió a quedarse sorprendida.

¿Qué?

Kevin asintió lentamente.

No toda la gente de Reino Unido es tan liberal como tú contestó. Es injusto, sí. Pero me tengo que aguantar. La verdad, los pocos amigos que tengo no están aquí. Te has metido en el peor instituto de Londres.

Sabrina suspiró.

¿Podrás ser mi ángel de la guarda hasta que me consiga adaptar? preguntó, en broma.

Kevin se rió.

Puedo ser tu amigo, que es mejor.

Sabrina sonrió y asintió.

Eres la primera alegría en dos semanas respondió.

¿Por?

Oh
Si supieras lo que yo sé

¿Qué sabes?

No lo puedo decir, son cosas de familia.

Kevin volvió a reírse.

¿Cuándo me presentarás a Daniel Radcliffe?

"Cuando recupere su juicio". Sabrina debía mentir.

Cuando tenga tiempo dijo, al fin. No te preocupes, se lo comentaré. Tendrá ganas de conocerte, supongo. Si no, le pego.

Sabrina sonrió y Kevin se rió.

Pasaron el resto del tiempo comentando sobre Millennium y otras cuestiones. Sabrina le caía muy bien Kevin y viceversa.


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¿Quién eres?

Tu reflejo en el espejo.

¿Estoy loco?

Es bastante probable.

Tienes que ayudarme

No puedo; sólo soy tu reflejo en el espejo.

El tema de la libertad es siempre cuestionable. Pero en algunos casos, la libertad es algo que se debe ganar. Para Daniel Radcliffe, la palabra libertad simboliza en hecho de irse de aquel hospital, de huir de Smith y de dejar de soportar los terribles malos tratos dados por su psiquiatra.

Tenía miedo. Estaba asustado y cada vez más sentía la idea de que nunca podría salir de aquel infierno. Tal vez su única esperanza fuera Sabrina.

De momento, sólo se podía conformar con la presencia de ese tal Dr. House. Pero su compañía no hacía más que agobiar a Dan, ya que éste parecía estar igual de mal que Radcliffe.

Te necesito

Sólo soy tu reflejo en el espejo.

Ayúdame.



¿Sigues ahí? ¡No me dejes!

Sabrina estaba ansiosa por llevar a cabo su plan. Lo tenía todo perfectamente calculado. Así que el sábado por la mañana, después de ver la terrible noticia del terremoto de Haití, cogió su mochila provista de los objetos que iba a utilizar para desenmascarar a Smith y se dirigió al hospital.

Tardó quince minutos en llegar. Cuando Daniel fue a saludarla, ésta la ignoró totalmente y caminó hacia la habitación de éste.

Daniel se molestó tanto que casi le pega un puñetazo a la pared.

¿Por qué no me saludas? preguntó.

Sabrina se sentó en la cama y dejó la mochila a su lado. Miró a Daniel.

No hablo con locos respondió la chica.

Dan se sentó también en la cama. Hugh le devolvía la mirada. Se reía de él. Daniel lo ignoró.

¿A qué vienes? le espetó. Nadie viene a visitarme después de Nochevieja. Mamá y papá dicen que lo mejor es que me vaya acostumbrando a estar aquí.

Sabry lo miró, incapaz de creerse lo que acababa de decir.

No pienses eso contestó. Ya verás como todo se solucionará.

"Con la grabación de un acto sexual".

 

Tengo miedo, Sabry

La chica le pasó una mano por el hombro y se lo apretó, dando una pequeña muestra de afecto. Eso era algo que no hacía todos los días.

Después de charlar un buen rato, Daniel escuchó los absurdos consejos que le proporcionaba Hugh. Parecía que Sabrina ignoraba totalmente al famosísimo Dr. House, pero a Dan no le importaba. Estaba bien con él.

Pasaron los minutos, cuando Sabry anunció que quería ir al baño. Por una extraña razón, se llevó consigo la mochila.

Sabrina llegó al baño emocionada y a la vez nerviosa. Lo tenía todo absolutamente calculado. Así que, de su mochila, sacó un mechero. Se metió en una cabina del baño y se subió a la taza. Acercó el mechero a la alarma de incendio y

¡FUEGO!

Todo el mundo corría desesperado bajo el agua que despedían las alarmas antiincendio. Daniel, acompañado por Hugh, buscaban desesperados a Sabrina entre la multitud de pacientes y médicos que corrían a las salidas de emergencia. Fueron al baño a buscarla, pero no encontraron a nadie.

Desesperado, Daniel pidió ayuda a médicos y pacientes, pero todos le dijeron lo mismo: "Sal de aquí". No tuvo más opciones. Empapado, siguió a la multitud y salió por una de las puertas de emergencia.

Sabrina estaba empapada. Sólo tuvo que esperar diez minutos encerrada en un armario para que la planta de psiquiatría estuviera totalmente vacía. Tuvo la suerte de que los despachos de todos los médicos estaban abiertos.

Se dirigió al de Smith y a tientas, buscó el arco dibujado en el suelo por culpa del movimiento de una pesada estantería. Estuvo palpando un buen rato el mojado suelo, hasta que por fin pudo encontrar lo que buscaba.

Antes de empezar a mover el mueble, se aseguró de que estaba totalmente sola. Salió del despacho y examinó con sus ojos todo lo que estaba a su alcance. Al ver que no había nadie, se encerró de nuevo en la oficina de Smith y comenzó su trabajo.

Disponía de poco tiempo, por lo que se dio prisa. Movió la estantería todo lo que pudo, y se encontró con un pequeño hueco en la pared, por donde podía pasar agachada una persona adulta.

Intrigada, Sabrina se metió dentro del hueco y salió a un pasillo oscuro y algo estrecho. Las paredes estaban llenas de tuberías y telarañas. Sabry caminó deprisa unos diez metros, hasta que dio con una puerta de metal blanco sucio, que se podía abrir mediante una llave.

Sabry utilizó todo su ingenio, mediante unos alfileres, para abrir la puerta. Cuando lo consiguió, se encontró con una habitación totalmente oscura. Encendió la luz y sus sospechas fueron confirmadas.

¿Dónde demonios está Sabrina?

Daniel gritaba desaforadamente. Estaba alteradísimo. Pensaba que su hermana política se había quedado encerrada allí arriba, en la planta de los locos perturbados y los psiquiatras de la Unión Soviética.

Los pacientes y el personal de la Unidad de Psiquiatría habían sido trasladados a la Unidad de Oncología del hospital, en el segundo pabellón, libre del fuego. Todos estaba sentados en camas y algunos médicos calmaban a los pacientes más inquietos.

Daniel estaba nervioso, así que uno de los enfermeros le dio una tila para que se calmase. El chico se la bebió de mala gana. Hugh siempre estaba a su lado, nunca se separaba de Dan. Parecía que sólo era un simple consuelo para los dos.

 

Nadie sabía cuanto iban a tardar los bomberos en inspeccionar toda la planta, así que el personal dispuso a los pacientes en distintas habitaciones para que no se quedaran vagabundeando desorientados por todo el hospital.

Sabrina observó con los ojos muy abiertos el sitio donde se encontraba. Era una habitación rectangular, llena de azulejos blancos, provista de una cama con correas, una jaula con la capacidad de meter a un adulto, y argollas dispuestas por todos lados. Una parte de la habitación estaba media tapada con una cortina que iba desde el techo hasta el suelo.

Sabry se acercó y descorrió la cortina. Había una bañera, un retrete y un lavabo. También se encontraba un armario, provisto de todo tipo de productos sanitarios, así como de limpieza y toallas.

La chica no podía dar crédito a sus ojos. Estaba viendo una especie de habitación de tortura. El cuarto oscuro, como decía Daniel. Seguramente Smith lo habría traído muchas veces.

Sabrina caminó por toda la habitación, buscando sitios donde colocar sus cámaras de espionaje. Encontró otro armario, lleno de juguetes sexuales de sadomasoquismo, como esposas, látigos, máscaras de látex, correas, cuchillos, navajas
. Encontró consoladores con formas bastante dolorosas y un montón de condones y espermicidas.

Después de pensar un momento, Sabrina comenzó con el trabajo de espionaje. Con un pequeño taladro, perforó las cuatro esquinas de la habitación y, dentro del hueco que había dejado, colocó las cámaras, conectadas a una batería de placas solares que había diseñado ella. Estuvo dos semanas cargándolas, lo que les dejaba una capacidad de energía de casi un mes. También conectó las cámaras a un cable de ADSL que transmitía, en directo, todo lo que las cámaras grababan al ordenador de Sabry.

Al acabar de instalar las cuatro cámaras, decidió colocar la última enfrente a la cama. Así tendría un enfoque más cercano a la acción. Dispuso la cámara en la pared que estaba pegada al respaldo de la cámara con correas. Hizo un agujero y colocó el aparato dentro. Conectó la batería y el cable ADSL y tapó lo que sobraba del hueco con una pasta blanca similar al cemento.

Cuando por fin consiguió acabar con todo, salió de aquella sala de tortura y cerró la puerta. Caminó deprisa por el oscuro pasillo y salió por el hueco de detrás de la estantería. Salió del despacho de Smith y bajó por las escaleras de emergencia.

Todo había sido demasiado sencillo para Sabrina. Había podido colocar las cámaras sin problemas y nadie había sospechado de ella.

La chica se quitó todas esas ideas de la cabeza y buscó a Daniel por la Unidad de Oncología. Lo encontró mordiéndose las uñas desesperadamente. Estaba igual de mojado que ella, pero a él le habían dado una toalla con que taparse. Cuando el chico la vio llegar, corrió hacia ella y la envolvió en la toalla.

¿Dónde has estado? preguntó.

Buscándote mintió Sabrina con facilidad. Estaba en el baño cuando sonó la alarma y fui a buscarte, pero todo el mundo me dijo que te habías ido.

Eso es mentira. Corrí al baño pero no te encontré.

Sabrina se encogió de hombros y se sentó en el suelo, junto a su hermano político. Los bomberos apenas habían tardado en examinar toda la planta de psiquiatría, por lo que en dos horas, todos los pacientes y el personal pudieron continuar como si nada.

 

Sabry se quedó un rato más, charlando amistosamente con Daniel, pero cuando dieron las cuatro de la tarde, decidió marcharse.

En cuanto llegó a casa, Sabrina encendió rápidamente el ordenador y puso en marcha las cámaras de espionaje y éstas comenzaron a grabar y retransmitir en directo.

Sabía que lo que se iba a encontrar no iba a ser muy agradable, pero era la única forma de pillar in fraganti a Smith. Si era un sádico violador, habría que denunciarlo, ¿no?

Daniel pasó un buen rato en las duchas del hospital. Quería estar solo y limpio antes de la sesión con Smith. El baño se encontraba vacío, así que el chico pasó el rato hablando con una persona muy especial.

Pensaba que no ibas a venir dijo Daniel.

La figura de Alan Strang lo miraba al otro lado del espejo. A la vista de una persona normal, se podría decir que Daniel no estaba mirando más que su cuerpo, pero éste creía que tenía delante a un Alan Strang vestido con unos vaqueros y un polo azul.

Daniel abrió la palma de su mano y la colocó en el espejo. Alan hizo lo mismo. Se miraron durante unos minutos, hasta que Alan abrió la boca.

Veo que te lo has pasado de pena en el simulacro de incendios dijo.

No era un simulacro respondió Dan. Alguien dio la alarma.

Alan asintió varias veces.

Estás loco dijo. Te crees que yo soy real. No pueden existir dos Daniels Radcliffes.

Dan se encogió de hombros y comenzó a secarse. Alan lo observaba tranquilamente al otro lado del espejo. Y, para sorpresa de Daniel, Alan se marchó sin despedirse.

En su lugar, llegó Hugh Laurie, provisto de un gran bote de Vicodin.

¿Qué es eso? preguntó Daniel.

Se llaman opiáceos y es lo que toma el Dr. House respondió.

Daniel observó el bote de pastillas. Pensó que si se tomaba unas cuantas, estaría lo suficiente drogado como para poder aguantar a Smith. Iba a coger un gran puñado de pastillas, cuando Mario, otro paciente de allí, le avisó a Dan que Smith lo estaba esperando. Así que, decepcionado, el chico acabó de vestirse y se dirigió al despacho del psiquiatra.


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Sabrina, ¿qué haces?

Kevin estaba manteniendo una larga conversación telefónica con la chica. En cuanto Sabrina llegó a casa y encendió las cámaras espía, su móvil empezó a sonar. Pero Kevin no llamaba por ella, si no por Daniel.

Radcliffe no está respondió Sabry.

¿Cuándo vuelve?

No lo sé, no soy su asistente personal

Pero sí su hermana interrumpió Kevin.

Política, no te confundas. Daniel no me cuenta toda su vida. Además, apenas nos conocemos y

Veo que no tienes muchas ganas de presentármelo, Sabry.

La chica hizo una pausa. Kevin estaba ansioso por conocer a Daniel, pero ésta sabía que no le podía contar lo que verdaderamente le ocurría. Seguramente la imagen de Daniel que debe tener Kevin puede ser muy distinta a la que Sabrina le pretende enseñar.

No sé donde está, supongo que en Escocia, grabando dijo la chica. No me preguntes más nada porque no te podré responder. Además, tampoco soy ninguna maldita informante de The Sun, así que no me insistas.

Vale, vale. No te enfades

 

Una lucecita empezó a parpadear en el monitor de Sabry. Ésta se giró y observó la pantalla. Las cámaras espía estaba grabando. Ansiosa, le colgó a Kevin sin despedirse y tecleó unas cuantas cosas en su ordenador. Se metió en el disco duro de Smith y empezó a cotillear los nuevos archivos de éste. Pero todo seguía igual: sadoquismo, historiales clínicos
Todo sobre plantas

Nada había cambiado.

Lo único emocionante era la actividad de las cámaras espía. Sabrina tenía miedo de lo que, según ella, se iba a encontrar. Pero la única forma de pillar a Smith era haciendo esto. Por alguna extraña razón, Smith le recordaba al asqueroso psiquiatra de Millennium, Peter Teleborian. Ese tipo le daba una rabia terrible. Mantuvo encerrada a Lisbeth Salander en un manicomio tres durísimos años, solamente por decir la verdad.

Y sí, a veces el mundo es terriblemente injusto.

Sabrina se centró en sus supercámaras, así que tomó el control de una. No vio más que una habitación oscura y vacía, y a la vez misteriosa y siniestra. A la chica le costó muchísimo imaginarse a Daniel encerrado en una jaula con marcas en el cuerpo de latigazos. Pensó en si podría ser portador del VIH.

Se pegó con un libro en la frente.

Smith tiene condones se dijo en voz alta. Tiene condones, no le puede haber contagiado nada a Daniel. No, no puede
no

Sabrina estaba asustada. Sin que ella pudiera hacer nada, montones de horribles ideas le venían a la cabeza. Casi estuvo a punto de llamar a Kevin para pedirle que viniera a ayudarla con el espionaje.

Recreó mil veces la violación que le produjo el abogado Nils Bjurman a Lisbeth Salander, pero sustituyendo el cuerpo de ésta por el de Dan.

Sabrina no pudo más, así que bajó a la cocina a por un vaso de coca-cola y salió al exterior para tomar el aire. Alan se acercó a ella a preguntarle el por qué de su excitación.

¿Qué te pasa? le preguntó.

Estoy desenmascarando a un violador en serie le respondió Sabrina, sin mirarle a la cara.

¿Qué? Alan estaba incrédulo.

Sabrina se acabó la coca-cola y volvió a subir a su cuarto. Se conectó a seriesyonkis.com y comenzó a ver episodios atrasados de Lost. Estaba harta de que la gente le hiciera preguntas estúpidas. ¿Es que no la podían dejar en paz, o qué?

Kevin volvió a llamar unas cuantas veces más a Sabrina, pero ésta había apagado el móvil. Esta era la noche de los violadores. Iba a ser la primera especie de película porno emitida en directo que iba a ver Sabry, y lo más ridículo es que tenía algo de temor enfocar sus ojos en la pantalla.

Daniel tardó más de lo habitual en llegar al despacho de Smith. Desde que éste le acosara sexualmente, ya no quería estar más con él. Así que se prometió a sí mismo no volver a hablar con él nunca más.

"Me quedaré mudo, no pienso dirigirle la palabra a ningún otro loquero".

Llegó a la puerta del despacho, pero dudó en entrar. Estuvo unos minutos vacilando, hasta que golpeó la puerta con los nudillos.

Pasa le dijo una voz de dentro.

Daniel obedeció y abrió la puerta. Vio a Smith sentado al otro lado de su escritorio, firmando unos documentos. Ni siquiera alzó la vista cuando Daniel se sentó en la silla.

Acabó de firmar todos esos papeles y miró a Dan. Éste permanecía callado y con la mirada perdida. Ya no escuchaba a Smith.

 

Buenos días, Radcliffe empezó. Veo que has estado muy nervioso durante la alarma de incendio Smith miró a Daniel, pero éste seguía con la mirada perdida. Los bomberos han dicho que la alarma fue accionada por un humano, ¿no sabes quién podría ser?

Smith esperó a que el chico le respondiera, pero no lo hizo, así que continuó hablando. Esperaba algún tipo de reacción, así que Smith atribuyó a esa falta de estímulos una ingesta muy grande de sedantes.

Ya llevas tres semanas aquí metido y no has presentado progresos. Eso está muy mal. ¿Qué pensarán tus fans si se enteran de que estás en un hospital psiquiátrico?

Daniel no dijo nada. Smith elevó un poco más el tono de voz, haciéndolo más provocativo y agresivo.

¿Por qué no me hablas? La base de la curación es la comunicación entre el psiquiatra y el paciente. Y tú te niegas a hablar. Así no progresamos, ¿eh?

Smith observó a Daniel. Le estaba tentando a hacerle entender. Pero ya le había hecho entender hace unos días, por lo que no podía arriesgarse a levantar sospechas.

Golpeó la mesa con el puño. Daniel dio un pequeño salto en la silla, giró la cabeza y miró a Smith con unos fríos y vacíos ojos azules.

¿Quieres enfadarme, niñato? Porque lo estás consiguiendo soltó Smith. Dibujo en su siniestro rostro una torcida sonrisa que estremeció por dentro a Daniel.

¿Qué te he hecho, Daniel?

El chico levantó la mirada y observó como Smith le sonreía, esta vez de forma cortés. Daniel iba a abrir la boca, pero se abstuvo. Una promesa era una promesa.

Smith, cansado de discutir, le pegó una bofetada al chico. Pero Dan ni se inmutó. Permaneció quieto y callado en la silla, aguantándose la rabia. Pero Smith tenía muy poca paciencia, así que decidió a actuar.

Levántate ordenó.

El joven no se movió, así que el psiquiatra le agarró del pelo y se lo estiró. A Daniel le saltaron unas lágrimas de dolor, pero mantuvo la boca cerrada y obedeció a Smith.

El hombre sacó de su cajón cerrado con llave unas esposas y una máscara de látex. Le obligó a Daniel a ponérsela.

¿Te niegas? preguntó Smith, apuntándole con su pistola eléctrica.

Daniel miró horrorizado aquel aparato, así que no replicó e hizo todo lo que Smith le pidió. Se colocó las esposas y la máscara, que le dejaba solamente un agujero en la boca y una obertura en la nariz.

El chico escuchó muchos ruidos, pero no sabían a donde se dirigían. Sólo sentía el frío contacto de la pistola eléctrica con su piel en la espalda. Temblando de miedo avanzó ciego y casi sordo por donde Smith le indicaba.

Tardaron bastante poco. Cuando Smith le dijo que se detuviese, Daniel se quitó la máscara y vio La Cámara de los Horrores.

Sabry estaba
no sabía como estar. Su cerebro se había paralizado. Cuando sus ojos miraron fijamente a la pantalla, su sistema nervioso central había quedado inutilizable. Sólo obedecía órdenes básicas, como coger una cosa, teclear otra, clickear esto

Sólo órdenes básicas. Nada más. Esto dejaba a la chica algo vulnerable. Por un momento quiso gritar, pero su boca no respondió. Quiso levantarse y correr, pero sus piernas no se movieron de la silla. Quiso matar a Smith
y su cerebro le dio la orden de hacerlo.

 

Por un momento Sabrina pensó que habían sido imaginaciones suyas, pero la sensación de total libertad para matar a Smith le invadía totalmente y le causaba un gozo extrañamente agradable.

"¿Qué extraño?", pensó. "No mato gente
"

Cerró el ordenador por un momento y tomó aire. Lo que le asustaba no era lo que estaban grabando las cámaras, si no lo que sentía al ver lo que tenía delante de sus ojos. Nunca pensó que podía disfrutar con el sufrimiento humano. O tal vez no fuera disfrute lo que estaba sintiendo, si no apatía.

La empatía no es que fuera su asignatura sobresaliente, pero intentaba más o menos manejarla. La apatía siempre estuvo en toda su vida, pero nunca se imaginó que viendo lo que estaba viendo, tuviera tan poca reacción.

Volvió a conectar el PC y una sonrisa torcida se le dibujó en el rostro.

Daniel miró con los ojos muy abiertos la habitación. Era una habitación rectangular, llena de azulejos blancos, provista de una cama con correas, una jaula con la capacidad de meter a un adulto, y argollas dispuestas por todos lados. Una parte de la habitación estaba media tapada con una cortina que iba desde el techo hasta el suelo. Pero Daniel no conseguía ver que había detrás de ella.

Se quedó paralizado y a la vez asustado de la cabeza a los pies. ¿Qué era ese sitio tan espantoso? ¿Otra sala de aislamiento?

Ven aquí le ordenó Smith, que se encontraba al lado de una argolla.

Daniel obedeció, caminando despacio. Cuando llegó, el hombre le cerró una argolla alrededor de su pie. El chico intentó zafarse, pero no consiguió nada.

Es para que no te escapes dijo Smith.

Daniel lo vio esconderse detrás de aquella larga cortina, y cuando volvió, tenía una jeringuilla en la mano. El chico intentó desesperadamente quitarse la argolla, pero Smith fue más rápido y le inyectó aquel líquido viscoso y transparente.

De repente, todos los músculos de Daniel se contrajeron, incapaces de moverse. Sus piernas no respondieron y su cuerpo cayó al suelo. Smith lo colocó boca arriba y observó como un montón de espuma salía de la boca del chico.

Dan intentaba gritar, pues se moría de dolor, pero sólo podía dejar que la espuma saliera de su boca abierta. Estaba ahogándose y a la vez la cara se le ponía roja y las venas del cuello se le hinchaban.

"Voy a morir
"

Smith se agachó y con sus dedos, le bajó los párpados a Daniel. Pero el chico seguía despierto y dolorido. Pudo escuchar lo que le decía el psiquiatra.

Es un paralizante nuevo, diseñado para enfermos perturbados como tú. He tenido mucha paciencia contigo, Radcliffe, pero no me dejas más remedio. De verdad, te juro que nunca jamás he querido llegar a estas circunstancias, pero no me das más opciones.

Daniel sentía sus extremidades inmóviles y su barriga chafada contra una superficie blanda. Quiso levantarse, pero tenía la cintura atada contra aquella superficie.

Cuando tomó conciencia de su estado, se percató de que estaba tumbado bocabajo en aquella cama provista de correas, que ahora rodeaban sus tobillos y muñecas y le atrapaban la cintura. También se dio cuenta de que se encontraba desnudo.

Toda una presa para el doctor Smith.

El campo de visión de Dan era bastante limitado. Así que alzó todo lo que pudo la cabeza y miró a su alrededor. No pudo ver más que baldosas y sábanas blancas.

 

Estiró de las correas y se retorció en la cama todo lo que pudo. Quiso gritar, pero dentro de la boca tenía sus propios calzoncillos, por lo que no conseguía emitir sonido alguno.

El miedo y el nerviosismo comenzaron a hacer mella en su cuerpo, así que empezó a temblar y a sollozar. Tenía muchísimas náuseas y se encontraba desprotegido y expuesto.

Tuvo un ataque de pánico. Así que empezó a respirar más fuerte y deprisa y a llorar y gritar desconsoladamente. Empezó a moverse, intentado quitarse todas las correas, pero Smith se había encargado muy bien de que no se pudiera soltar.

Se oyeron unos pasos y Daniel paró en seco. Giró la cabeza todo lo que pudo y vio a Smith avanzando hacia él, pero sin pantalones.

Al ver aquella imagen, Daniel ya se imaginaba lo peor. Empezó a retorcerse más aún y a gritar. Quería soltarse y huir de allí.

¡Cállate! le gritó Smith, y con un látigo le pegó en la espalda al chico.

Daniel dejó de moverse y se quedó expectante. Smith se acercó y agarró el pelo del chico, estirándole la cabeza hacia atrás.

Daniel lloró, gimoteó, chilló, gritó
pero parecía que nadie le oía. Estaba
atemorizado. Horrorizado. Si él tuviera que redactar lo que le estaba pasando, no podría. Porque no existen palabras para narrar un abuso sexual.

Smith se tumbó completamente encima de Daniel. Y éste sintió como algo duro, doloroso y largo penetraba en su ano.

Gritó de dolor y lloró profundamente. La cosa esa le estaba desgarrando el tracto rectal, haciendo que sangrara.

Daniel sintió la sangre salir por su recto. Pero parecía que a Smith no le importaba, porque seguía penetrando. Daniel se moría de dolor y se retorcía para poder soltarse. Pero nada hacía que Smith parase.

Por un momento Daniel quiso morir. Tenía un ataque de pánico. Le costaba respirar, en parte porque Smith apretaba su cabeza contra la cama. El chico estaba aterrorizado. No podía moverse y sentía un dolor atroz por todo el bajo vientre y el ano.

Daniel quiso morirse. Quiso coger una pistola y pegarse un tiro.

Sabrina observó la pantalla, expectante. Veía a Daniel retorcerse de dolor y llorar desconsoladamente. Sus extremidades iban de arriba abajo todo lo que le permitían las correas. Consiguió percibir hasta la sangre que le salía al chico desde su ano.

El rostro de Smith era indescriptible. Tenía una siniestra sonrisa y murmuraba cosas cuando penetraba a Daniel. Se notaba que estaba disfrutando con aquello.

"Es un puto cerdo, sádico y violador"

Después de aquella violación, Smith tuvo a Daniel una hora tumbado, retorciéndose de dolor. El chico no había parado de llorar, y ahora tenía todo el ano ensangrentado. Seguramente Smith le hubiera desgarrado el tracto rectal.

Sabrina dudó en si el psiquiatra se había colocado un condón. Un sentimiento de inseguridad la rodeó, así que respiró varias veces y luego volvió a posar sus ojos en la pantalla.

Smith desató a Daniel, quién enseguida se incorporó y, aguantando el terrible dolor, se alejó todo lo que pudo de Smith. Al chico le costaba caminar, ya que el dolor del ano no le dejaba flexionar las piernas como era debido.

No pasa nada, chico le dijo Smith, acercándose al él. Ya se había puesto los pantalones.

 

Por favor
no te acerques a mí
sollozó Daniel. Se sentía muy vulnerable sin ropa.

Smith se acercó otro poquito más a él, pero Daniel retrocedió y se puso detrás de la cortina. Allí encontró la pistola eléctrica. Apuntó con ella a Smith.

¡Aléjate, no te acerques! gritó Daniel.

Smith levantó las manos, en señal de paz, pero a Daniel eso no le bastaba.

¿Dónde coño está mi ropa? gritó, de nuevo. ¡Dámela, puto loco!

Smith esbozó una torcida sonrisa y le señaló la silla donde se encontraban los vaqueros de Daniel, su ropa interior, sus zapatillas y su camiseta. El chico se acercó a la silla y comenzó a vestirse.

Amenazó a Smith de que si no se alejaba, lo electrocutaría. Smith obedeció y se colocó en la parte más lejana de la habitación. Observó como Daniel se vestía, y un terrible deseo de dominación invadió todo su cuerpo.

Daniel intentaba atarse los cordones, así que no se percató de que Smith estaba acercándose a él. Smith tenía consigo una pistola.

Daniel alzó la cabeza y notó el cañón de la pistola en su frente. Muerto de miedo, se quedó quieto, observando a Smith.

Quiero que salgas conmigo de este cuarto y te vengas a mi coche, sin dilación ordenó el psiquiatra. Si no
¡pum!

Daniel tragó saliva y asintió lentamente con la cabeza. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Y parecía que volvía a derramar lágrimas de nuevo.

Despacio, se levantó de la silla y, cojeando, esposado y apuntado con una pistola, caminó delante de Smith. Salieron de la puerta blanca y avanzaron por aquel pasillo que anteriormente había recorrido Sabrina.

Llegaron al despacho de Smith y allí fue cuando el psiquiatra electrocutó a Daniel. Éste se cayó al suelo desmayado. Smith le rodeó la boca con cinta americana y lo tumbó en una camilla.

Salió del despacho y el pasillo donde se encontraba estaba desierto, por lo que pudo avanzar sin problemas. Bajó junto con el cuerpo inerte de Daniel por la salida de emergencias y llegó al parking.

Allí, cargó el cuerpo de Daniel en el maletero del coche y Smith arrancó. Salió del hospital sin mirar atrás.

"Este maldito niño me ha puesto las cosas difíciles. Se va a enterar
"

Sabry se alarmó cuando Smith apuntó a Daniel con la pistola y lo vio enfilar hacia la puerta blanca y desaparecer por aquel siniestro pasillo.

Miró la hora. Eran las cuarto y media de la madrugada. Sabrina temió por la vida de Daniel, así que sin importarle la hora y el resto de mortales, salió de la casa en busca de venganza. Antes, redactó una nota que luego dejó en la cocina para Alan y Marcia:

MIRA ESTE VÍDEO Y CÁMBIALE LA CARA DE LISBETH SALANDER POR LA DE TU HIJO Y VERÁS POR QUÉ ME HE IDO

https://www.youtube.com/watch?v=6vH2dHPiQ5g

NOTA PARA IGNORANTES: LISBETH SALANDER ES LA CHICA.

A la mañana siguiente, Alan y Marcia se despertaron. Al ver que Sabrina no estaba en casa, hicieron caso de la nota y observaron el horror de los horrores.

¿Qué es esto? preguntó Alan, indignado.

No sé como esa niña puede tomarnos el pelo dijo Marcia. Cuando venga tendrá un buen castigo. Esto no puede acabar así.

Alan y Marcia ignoraron la advertencia de Sabrina. Así que desayunaron tranquilos sin pensar en el peligro que podrían pasar sus hijos, sean biológicos o políticos.

 

Mientras tanto, Daniel veía su vida pasar. Su alma se había roto en varios y pequeños trocitos, y ahora se encontraba perdido y desorientado.

Había perdido hasta su propia identidad, porque no sabía quién era; no se sentía que fuera Daniel Radcliffe.

Porque Daniel Radcliffe había muerto en esa cama con correas.


EL VIDEO DE LISBETH SALANDER EXISTE, ASI QUE LO PUEDEN VER. DEBO DECIR QUE SI TIENES UN CORAZON DELICADO NO LO HAGAS, PERO SI QUIERES EXPERIMENTAR LO QUE SINTIO DANIEL EN AQUELLA CAMA CON CORREAS, TE LO RECOMIENDO.

DEJEN COMENTARIOS, PLEASE.

Sabrina llevaba un buen rato caminando. Se había llevado una mochila con su ordenador, dinero en efectivo, móvil con la batería cargada y otras provisiones para sobrevivir. También llevaba consigo ropa para cambiarse. Una estúpida idea de su cabeza le dijo que se vistiera con ropa de Daniel, así que se puso una camiseta roja a cuadros, unos vaqueros, aquella maloliente gorra marrón, la chupa de piel de vaca muerta y unas All Stars blancas pero extremadamente sucias.

Algo le decía que si iba vestida igual que el mago más famoso del mundo pasaría más desapercibida que vestida con su propia ropa. Y era algo que funcionó.

Nadie la miraba por la calle, cosa que Sabrina agradecía un montón.

Pero para ir a por aquella ropa, tuvo que allanar la casa de Daniel Radcliffe. Así que, buscando entre las maletas del chico, consiguió encontrar las llaves y mirar en todo el barrio una cerradura que encajara con ellas.

Tardó media hora, pero por fin pudo dar con la casa. Era una normal y corriente, adosada a otras dos más. La verdad es que se parecía mucho a la de sus padres.

Cuando Sabrina insertó la llave en la cerradura y abrió la puerta, se percató de que la casa no era más que otra casa normal y corriente de otra persona. Es decir, muy muy, muy normal.

Sabrina subió despacio las escaleras y fue al cuarto de Daniel. Allí buscó en su armario alguna prenda de ropa que le sentara bien y que le gustara.

Después de todo aquello, se dirigió al hospital.

La verdad es que la chica no sabía bien por donde empezar. Se sentía bastante perdida. Se había llevado consigo el USB dónde tenía guardado el archivo que contenía la violación infringida por Smith hacia Daniel.

No quería que nadie le quitara aquella prueba tan valiosa.

Así que, Sabrina, indecisa, caminó hacia el hospital, esperando conseguir alguna pista sobre el paradero del secuestrado y el secuestrador.

Cuando llegó al hospital, subió directamente a la planta de psiquiatría, ignorando las miradas indiscretas de aquellos que dicen que las chicas de quince años deben estar en un centro escolar un miércoles a las nueve de la mañana y no en un hospital.

Sabrina se acercó a un celador y preguntó por Daniel.

No ésta contestó. Nadie sabe donde están Daniel y Smith.

¿No saben donde podrían estar? preguntó Sabrina.

El celador negó con la cabeza.

Hemos llamado a su casa, pero nadie contesta continuó, y a su móvil.

Sabrina tragó saliva. Las cosas se estaban poniendo muy difíciles y puede que empeoren.

¿Me podrías dar su dirección? preguntó. Podría ir a su casa y comprobar si se encuentran allí.

 

El celador miró con malos ojos a la chica. Al final, le dijo que eso no era de su incumbencia. Rabiosa, Sabrina salió del hospital. Se sentó en un banco y encendió su ordenador.

Buscó entre todos los archivos de Smith su código postal y al final lo encontró. El psiquiatra vivía en una exclusiva casa en Chelsea. Entusiasmada, Sabrina fue a paso rápido a aquella dirección.

Suponía que tal vez encontraría pistas para encontrar a Daniel. De momento nada podía descartarse.

Es un asqueroso violador...

A Daniel le dolía mucho la cabeza. Tenía ganas de vomitar y se sentía mareado. Abrió los ojos y vio un techo de madera. Alzó la cabeza y miró a su alrededor. Se encontraba en una casita de pequeñas dimensiones, construida con madera. En aquella habitación había una cama, un proyector y una especie de silla de dentista.

Todo aquello le recordaba al Ludovico de La Naranja Mecánica.

Se incorporó del todo y se dio cuenta de que alguien le había atado las muñecas y los pies a la cama con unas correas de cuero. Otra vez la misma historia.

Daniel no podía más, estaba agotado, así que no luchó para soltarse. Sabía que era perfectamente inútil. En cambio, se concentró en aliviar el dolor de su ano y su bajo vientre.

En realidad fue aquello lo que le despertó.

Tomó conciencia de su estado. Comenzó a hablar en voz alta.

Estoy tumbado
boca arriba
dijo. Me duele mucho la barriga y el culo
tengo las muñecas y los pies atados
me duele mucho la cabeza

De pronto le entraron arcadas y giró la cabeza hacia un lado para poder vomitar sin ahogarse. Cuando vio lo que había caído al suelo, le entró un terrible pánico y comenzó a gritar desesperadamente.

¡Socorro! chilló, desesperado. ¡Sacarme de aquí! ¡Por favor!

Unas lágrimas transparentes anegaron sus azules ojos y empezó a respirar deprisa. Con el dolor del cuerpo y la desorientación se sentía muy indefenso. Pronto descubrió que tenía una quemadura en el cuello, producida por la pistola eléctrica de Smith.

Daniel estuvo una hora llorando, pero él había perdido la noción del tiempo. Parecía que la cabaña estaba deshabitada y habían dejado a Daniel allí a su suerte.

Eso era algo que al chico le aterraba.

Cuando consiguió recobrarse un poco, comenzó a delirar.

Estoy solo
sollozó. No se donde estoy y si
y si Smith está preparándose
para
para
tengo miedo
voy a morir
Smith me va a matar
Me violó
me hizo daño
por favor
necesito agua

Siguió llorando otra hora más.

Sabrina consiguió llegar a la casa de Smith, después de llamar a Kevin.

Nos encontraremos en la casa del psicópata a la salida del instituto, ¿vale? le dijo Sabrina.

La chica sintió que no podía hacer esto sola, así que requirió la ayuda de Kevin, cosa que no siempre pedía. Sabrina siempre hacía las cosas sola, pero nunca se había enfrentado a un violador.

Sabrina esperó a que Kevin llegara y forzaron la cerradura de Smith los dos juntos. Cuando lo consiguieron, pasaron a un vestíbulo normal y corriente. Sí, hasta los violadores viven en casas normales.

No había nada que le llamara la atención a la chica. Buscó en la habitación de Smith, pero tampoco encontró nada. De pronto, oyó un grito de Kevin.

 

¡Sabrina, ven aquí! Estoy en el desván.

La chica corrió hacia las escaleras que llevaban al desván y vio a su amigo observando un mural compuesto con un montón de fotos y apuntes. Luego se dio cuenta de todo.

¡Smith me espiaba! gritó Sabrina.

El mural estaba compuesto de fotos de Daniel y de la chica, con distintos tipos de apuntes. También aparecían Alan y Marcia, y el resto de personas que formaban el círculo de amistades y conocidos de Daniel.

Sabrina contempló aquel mural y lo examinó durante un largo rato. Leyó cada apunte y miró cada foto.

En una de ellas, donde aparecía el rostro de la chica, ponía: SÍNDROME DE ASPERGER. Sabry se quedó algo confusa.

Yo no tengo síndrome de Asperger dijo.

Kevin se acercó a la hoja que contenía aquella escritura y comenzó a leer.

"Sabrina Lewis padece el síndrome de Asperger. Una enfermedad que conlleva dificultades en las relaciones sociales y un coeficiente por encima de la media. Es posible que se aficione a ordenadores y temas como la física o la medicina".

Kevin acabó de leer y miró a Sabrina. Ésta le devolvía la mirada, incrédula.

¿Dificultades sociales? preguntó Kevin.

La chica se encogió de hombros.

Esto no tiene sentido. Yo no tengo
Se paró en seco un pensó un momento.

Puede que si que tuviera aquel síndrome, pero no tan desarrollado como en otras personas. Recordó todo lo que había leído sobre aquel síndrome.

Si sabía hackear ordenadores sin aprender era una buena pista.

¿Qué es toda esta mierda, Sabry?

Kevin la había sacado de su ensimismamiento. No le había contado nada sobre la violación y las sospechas que tenía de Smith.

Tengo muchas cosas que contarte, Kevin, pero no se por donde empezar
.

El chico alzó una ceja. Sabrina le esbozó una torcida sonrisa. No sabía porque ahora le costaba más mostrar emociones. ¿Será por el síndrome de Asperger?

Sabrina leyó todos los apuntes del mural, encontrando pistas, como por ejemplo, el supuesto diagnóstico psiquiátrico de Daniel trastorno esquizoafectivo y otros datos que Smith tenía recopilados de la familia Radcliffe y sus amistades y demás intereses.

La chica le hizo varias fotografías al mural y siguió inspeccionando la casa. No encontraron nada relevante, salvo un siniestro tarro de cenizas que rezaba: MARY SMITH 1965 - 2001.

Vaya, parece que el viejo tenía esposa dijo Kevin.

Sabrina se acercó al tarro y se fijó en la foto que contenía un hortera portarretratos. En ella se encontraban una mujer de espléndida belleza, abrazada al supuesto Smith, posando delante de una cabaña echa de madera.

Puede que Smith esté en esa chabola dijo Sabrina.

Kevin observó la foto. En la foto se podía ver una cabaña rodeada de árboles. No había más detalles que pudieran revelar su ubicación. Pero el chico consiguió ver una dirección: READING, CAMPING ROSE.

¡Tenemos una dirección, Sabry! gritó emocionado Kevin.

Pero la chica no miraba a su amigo, si no a un cajón abierto. Kevin se acercó y miró el contenido de aquel cajón.

¿Sabes manejar armas, Sabry?

La chica no dijo nada, salvo esto:

Necesitamos unos guantes de látex.

Daniel oyó unos pasos. Alguien se acercaba y abrió la puerta. Era Smith. Tenía unas ojeras terribles y llevaba consigo la pistola eléctrica.

 

¿Cómo estás, Radcliffe? preguntó, acercándose a él.

El chico no le respondió, sino que cerró los ojos y fingió que Smith no se encontraba allí. El psiquiatra le agarró del pelo y se lo estiró fuertemente, haciendo que Daniel llorara de dolor.

Por favor
sollozó, déjeme irme. No le diré nada a nadie
por favor
.

Daniel estaba al borde de la desesperación. Violado y secuestrado, lo más probable es que desarrollara el síndrome de Estocolmo.

Tienes que curarte, Dan le replicó Smith, ignorando los llantos de éste.

Déjeme

Smith no le hizo caso y desató a Daniel. Éste intentó levantarse, pero el dolor producido por la penetración le atravesó todo el abdomen y fue incapaz de levantarse. Smith, viendo lo sucedido, agarró a Daniel del pelo y se lo estiró tanto que le arrancó un buen mechón, produciéndole sangre.

¡Arriba, niñato! le gritó.

El chico, cojeando, dejó que Smith lo guiara y lo llevó a la silla de dentista. Cuando Daniel apoyó su trasero en él, un terrible dolor le atravesó todo el vientre y chilló.

Hizo fuerza y se levantó. Smith lo empujó para que se sentara, pero Daniel hizo más fuerza y empujó al psiquiatra, consiguiendo que se cayera.

No
no me obligue a sentarme, me duele sollozó Dan.

Smith se enfadó tanto que, con su pistola eléctrica, le dio un calambrazo a Daniel en el estómago. El dolor fue tal que el chico se retorció en el suelo y vomitó una buena cantidad de líquido.

Levántate le ordenó Smith.

Daniel estaba indefenso, así que dejó que el hombre lo sentara en aquella silla y lo atara. Le pasó unas correas por las muñecas y los tobillos, por la frente y por la cintura. Luego, con unos ganchos, le abrió los ojos para que Daniel no pudiera cerrarlos.

¿Has visto alguna vez La Naranja Mecánica? preguntó Smith.


Bueno, pues esto es lo mismo explicó el hombre. Te haré ver películas que harán que pierdas el juicio más de lo que estás. Y para reforzar su efecto, te suministraré una droga experimental.

En el pliegue del codo, Smith le introdujo una jeringuilla que iba unida a un gotero, donde dentro de él se encontraba un líquido transparente.

Daniel no podía mirar más que la pared blanca. Tampoco podía cerrar los ojos. Estaba atado e indefenso. Le dolía un montón la barriga y el tracto rectal y tenía unas terribles ganas de vomitar. Llevaba doce horas sin comer ni beber nada y aquello le daba la impresión de que se iba a desmayar.

Que disfrutes de la película.

Las luces se apagaron y el proyector comenzó a proyectar en la pared blanca una serie de imágenes que se movían.

Daniel tenía ganas de morir.

Explícate mejor, Sabry.

Kevin y la chica estaban sentados en un banco. Sabrina le había empezado a explicar a Kevin todo lo que había sucedido desde que Daniel le pegó una bofetada. Pero el chico la interrumpía cada dos por tres, por lo que a Sabrina le costaba mucho expresarse.

Decidió empezar de nuevo, armándose de paciencia. Sabía que esto no debería contárselo a Kevin, pero las circunstancias habían cambiado. Necesitaba la ayuda de Kevin, y para que éste se la prestase, Sabrina debía contarle la verdad.

 

Daniel fue diagnosticado por el psiquiatra Smith, que fue quién le violó explicó. Daniel padece trastorno esquizoafectivo.

¿Qué?

¡Cállate y escucha! replicó Sabrina. Le pirateé el ordenador a Smith y encontré archivos de sadismo sexual y violaciones. Luego vi a Daniel con cortes y latigazos en su cuerpo. Y luego pillé a Smith violando a Daniel. ¿Lo entiendes ahora?

Kevin asintió, boquiabierto.

Dios

Sí, Dios. Bueno, ahora que sabes todo, ¿jurarás que no debes decir nada?

Kevin asintió.

Menuda historia, no sé si creerte.

Sabrina alzó las dos cejas.

¿Quieres que te enseñe el vídeo de la violación?

Kevin se quedó sorprendido ante aquella pregunta.

¿Lo dices en serio? preguntó, incrédulo.

Sabrina asintió con la cabeza lentamente. Su rostro estaba extremadamente serio. Y sin esperar respuesta, sacó su ordenador y buscó el archivo. Le dio play y esperó a que los gritos de Daniel penetraran de tal forma en los oídos de Kevin que éste suplicara que quitara el vídeo.

Kevin estaba pálido y temblando.

¿Me crees ahora? preguntó Sabry.

Kevin asintió con la cabeza y luego respiro hondo. Sabrina se quedó satisfecha.

Después, idearon un plan para poder llegar a la cabaña de Reading y compraron unos guantes de látex, pero Kevin no sabía para que.

Me llevaré la pistola de Smith dijo Sabrina.

¡¿Qué?! gritó Kevin. ¿Quieres que te detengan por tendencia ilícita de armas?

Sabrina esbozó una sonrisa torcida y negó con la cabeza.

Smith tiene una pistola eléctrica. Tenemos derecho a defendernos, Kevin. Daniel nos necesita.

Fueron a la casa de Kevin, donde éste se cambió de ropa y se llevó provisiones. Tuvo que mentirle a sus padres y decirles que se iba con Sabrina a una excursión al Greenwich Park. Idearon un plan y decidieron ejecutarlo lo antes posible.

En Reading, Daniel Radcliffe gritaba desesperado pidiendo ayuda. Pero nadie le escuchaba, ni siquiera el mismo Smith.

Porque Daniel Radcliffe había muerto en aquella cama con correas.


DEJEN SUS COMENTARIOS, PLEASE. A LOS QUE HAYAN VISTO EL VÍDEO, GRACIAS :)

Voy a cambiarte la cinta.

Smith se acercó al ordenador donde tenía metido un CD y lo sustituyó por otro. En la pared blanca empezaron a aparecer una serie de imágenes que relataban como a un enfermo mental le trepanaban el cráneo con un taladrador.

Daniel observó la sangre y quedó embobado. Ya nada le impresionaba, todo lo contrario: lo aburría. Pero todo tenía una explicación.

Quien haya visto La Naranja Mecánica puede entender el efecto que producen esos vídeos en el cuerpo y el cerebro de Daniel. El chico estaba experimentado la tortura psíquica: método en el que a un individuo se le obliga a ver una serie de secuencias donde muestran violencia extrema, tortura, violaciones, sacrificios y muerte.

Cuando Daniel presenciaba todas aquellas horribles escenas, sentía un malestar general en el cuerpo similar al que sintió cuando Smith le violó. Aparte de la presión psicológica que tenía que aguantar.

Al no poder cerrar los ojos, a Daniel no le quedaba más opción que mirar aquellas películas y desear la muerte constantemente. Smith podría aprovecharse de esa posición de vulnerabilidad y conseguir que Daniel fuera un esclavo mental, una marioneta que controlar.

 

Sólo llevaba dos horas, y Daniel estaba en un estado casi anestésico. La droga que le había suministrado Smith producía un efecto contraproducente: dejaba a Daniel en un estado depresivo total. Es similar al efecto de un sedante o un antipsicótico, pero suministrado en formas excesivas.

Smith estaba muy contento con aquel resultado. Pronto tendría un esclavo sexual para toda la vida. Huiría con Daniel a Bangkok, allí donde nada ni nadie pudiera molestarlos.

Sabrina compró un paquete de guantes de látex y se puso un par. Kevin hizo lo mismo. Tenían pensado viajar a Reading e ir a aquella cabaña que tenía Smith. Sabían que era muy probable que Smith no estuviera allí; pero no tenían más pistas, así que por algo debían empezar.

Lo primero que debían hacer era buscar un medio de transporte.

Tus padres tienen una moto dijo Sabrina, mientras caminaban sin sentido por Hyde Park.

Sí, ¿ y qué? le contestó Kevin.

Podríamos utilizarla para ir a Reading.

Kevin no pudo evitar reírse.

Claro, como que tenemos edad para conducir, Sabrina.

La chica se sentó en un banco, a pensar.

Debemos ir rápido. A saber que le estará haciendo Smith a Dan.

A lo mejor está muerto ya.

Sabrina miró a Kevin con unos terribles ojos penetrantes. Éste retiró el comentario y también se sentó. Después de cinco minutos de silencio, Sabrina habló.

Me haré cargo yo de la conducción y te pagaré los daños que la moto sufra, ¿vale?

Kevin frunció el cejo.

Sabes que no puedo dejarte hacerlo. No puedes robar la moto de mis padres. Lo siento, pero esto no funciona. Debemos encontrar otra modo para ir al camping Rose.

Sabrina miró el suelo por un momento. Pensó en Laura O'Toole. Se levantó rápidamente y agarró a Kevin del brazo, arrastrándolo para andar.

¿Qué pasa? preguntó, confuso, mientras salían del parque y se dirigían al metro.

La novia de Daniel tiene una moto parecida a la del Dr. House dijo. Las llaves se las dejó en casa de Dan.

Kevin sonrió.

¿En serio?

Sabrina asintió con la cabeza.

¿Y dónde está la moto? preguntó Kevin.

No lo sé

Después del viaje en metro, los dos adolescentes llegaron a la casa de Daniel. Kevin tuvo un ataque de histeria cuando cruzó el umbral. Sabrina buscó las llaves y la encontró debajo de un montón de papeles y bolígrafos.

Llamó a Laura.

Necesito que me digas donde tienes estacionada tu moto, la policía está aquí le dijo Sabrina.

Laura, al otro lado del teléfono, se quedó algo confusa. Pero luego contestó.

Está en la esquina de la calle de la casa de Daniel. Es una de color negro y

¡Genial, gracias! interrumpió Sabrina.

Kevin la miraba, entre la confusión y la curiosidad. Sabry se dio la vuelta y balanceó las llaves.

Tenemos transporte.

Los padres de Daniel habían recibido las llamadas de: 1) el director del colegio de Sabry, y 2) el director del hospital donde estaba internado Daniel.

Y las dos llamadas contenían malas noticias. "Sabrina no ha asistido al colegio". "El doctor Smith y su hijo Daniel Radcliffe han desaparecido, no se encuentran en el hospital".

Después de haber oído eso, Alan y Marcia se quedaron casi sin palabras.

 

¿Qué vamos a hacer ahora? se preguntaba la madre.

Alan daba círculos en el salón de su casa.

Debemos llamar a la policía. Lo de Sabrina ya lo arreglaremos más tarde. No te preocupes, ya verás como todo se soluciona.

Smith había cambiado las cintas unas cuatro veces y había ajustado las correas de la silla de dentista otras cuatro veces más. Su experimento estaba funcionando. Dejó que Daniel mirara otra película más y salió al exterior de la cabaña.

Necesitaba aire.

En el exterior reinaba un auténtico silencio. Sólo se oía la naturaleza, rodeada de árboles, arbustos y hierba. La cabaña más cercana estaba a casi un kilómetro de distancia. Smith estaba totalmente aislado del resto del mundo.

Había escogido ese sitio porque así tendría total libertad para realizar su experimento sin que nadie le molestara.

Volvió a entrar en la cabaña y le tomó el pulso a Daniel. Todo correcto.

Te voy a cambiar de cinta.

Daniel no respondió. De su boca le salía un hilillo de baba. Tenía la mirada perdida. Pero tampoco Smith esperaba alguna reacción por parte del chico.

"Mejor, cuanto menos diera de sí, más fácil será adiestrarlo".

Sabrina arrancó la moto sin mirar atrás. Había conseguido dos cascos olvidados en un parque, y se los habían puesto sin problemas ni remordimientos.

Sabrina iba delante y Kevin detrás. Éste tenía ciertas dudas sobre la seguridad, pero no le quedaba más alternativa que fiarse de Sabrina.

Así que sin más miramientos, salieron a la carretera principal y fueron a Reading. Era la primera vez que Sabrina conducía un vehículo y se sentía extremadamente libre. La velocidad, el viento contra su cara, el ruido
todo eso la hacía sentirse viva y tener el control total de la moto también.

Recorrieron la carretera en silencio. Parecía que nadie se daba cuenta de que una quinceañera estaba conduciendo, cosa que favorecía a Sabry y a Kevin.

Los dos estuvieron callados. A veces llegaban a gritar de alegría y emoción, y hasta Sabrina se arriesgaba haciendo sándwiches entre los coches.

Tardaron una hora en llegar al campamento, y en el camino el cielo se tornó negro. Aparcaron y se bajaron de la moto. Dejaron los cascos enganchados a una cadena junto a la moto.

Bueno, ¿a dónde vamos? preguntó Kevin.

Tardaron cinco minutos en despejarse del todo. El viaje en moto había sido una experiencia única y a la vez aterradora. Habían violado la ley y puesto en peligro sus vidas. Pero los chicos se sentían renovados y llenos de energía, preparados para lo que vendrían después, que seguramente sería peor y más difícil que lo anterior.

Caminaron un buen rato y encontraron una oficina de información, la oficina de bienvenida del Camping Rose de Reading.

Entraron y pidieron información.

Buscamos la cabaña de Alexander Smith dijo Sabrina, acercándose a un mostrador, donde les atendió una chica.

Éste tecleó algo en su ordenador.

Es la número
empezó Kevin. Luego miró a Sabrina y ésta respondió enseguida.

La cabaña número 136.

La chica del mostrador asintió.

Se encuentra en el camino decimosexto, a dirección sur. No se puede acceder caminando.

Sabrina y Kevin se miraron.

¿Se puede ir en moto? preguntó el chico.

 

La chica del mostrador asintió.

Sabrina alzó las cejas y sin decir las gracias salió de aquella oficina de información. Kevin la siguió y fueron juntos al parking.

¿Vamos a ir con la moto por el bosque? preguntó Kevin, algo temeroso.

Sabrina asintió secamente y se montó en la moto con el casco.

¿Vienes o no?

Kevin tragó saliva.

Smith ya había desatado a Daniel para poder probarlo. Lo violó otras dos veces más y le obligó a hacerle una felación.

Daniel fue astuto, así que, cuando tenía dentro de su boca el pene de Smith, le mordió el glande tan fuertemente que le provocó una pequeña hemorragia.

¡Hijo de puta! gritó Smith, mientras se retorcía de dolor.

Daniel aprovechó la confusión para correr, aguantando los terribles dolores producidos por los anteriores abusos sexuales. Salió de la cabaña y recorrió cien metros, cuando sintió que algo le perforaba el hombro.

Acabó tumbado boca abajo en el suelo. Smith le había pegado un tiro.

Daniel intentó levantarse, pero el dolor era tal que sólo pudo llorar y rezar a Dios que Smith no le matara. Éste se acercó cojeando y le pasó al chico un cordel de pescar por el cuello. Lo tensó y lo arrastró ahorcándolo hasta la cabaña.

Se oyó el ruido de otro disparo y Smith se giró.

Si vuelves a tocarlo, te mato. ¿Te queda claro?

Sabrina y Kevin llegaron justo a tiempo a la cabaña. En cuanto vieron a Daniel huir saltaron del vehículo a socorrerlo, pero no les dio tiempo. Una bala de nueve milímetros atravesó el omóplato del chico y lo tumbó en el suelo.

Sabrina oía los gritos de dolor de Daniel. Cuando Smith se acercó para arrastrar a Daniel, Kevin y Sabrina se escondieron detrás de un arbusto. Y justo cuando ya estaban en la cabaña, Sabrina salió del escondite, pegando un tiro al aire.

Si vuelves a tocarlo, te mato. ¿Te queda claro?

Smith se había girado y había soltado el cordel.


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Sabrina se encontraba delante de Smith, apuntándole con la pistola que había encontrado en el apartamento del psiquiatra. Éste había soltado el cordel y miraba el arma con cierto temor. Sabrina lo apuntaba a la cabeza.

Daniel estaba tumbado boca arriba. Tomaba enormes bocanadas de aire. Tenía lágrimas en los ojos y había un rastro de sangre en la hierba que iba a parar a su espalda. Kevin estaba detrás de Sabrina, con los ojos muy abiertos. Salió de su ensimismamiento cuando la chica pronunció unas palabras.

Aléjate de Daniel y tírame la pistola con el pie dijo. Luego túmbate bocabajo en el suelo, ¿entendido?

Smith obedeció. Cuando le dio la pistola a Sabrina, ésta la cogió y se la pasó a Kevin, que enseguida fue a socorrer a Daniel. Smith se tumbó en el suelo y Sabrina se acercó a él.

No sé por qué haces esto, niñita le espetó Smith, pero te vas a meter en un gran lío.

Sabrina soltó una risotada y se agachó para atarle las muñecas al psiquiatra.

No he sido yo la que le ha metido un balazo en el hombro al mago más famoso de todos los tiempos soltó agresiva la chica.

Acabó de atarle las muñecas a Smith y se fue a ver a Daniel, que estaba a cinco metros de diferencia. Kevin lo había dado vuelta y le estaba examinando la herida.

Daniel lloraba de dolor.

Me duele
sollozó. Gracias, Sabrina.

 

De nada contestó la chica.

Miró a Kevin.

Necesitamos una ambulancia y una patrulla de policía dijo el chico.

Lo sé, pero ahora debemos ayudarle como podamos, ¿no llevábamos alcohol en la mochila? preguntó Sabrina.

Kevin negó con la cabeza.

¿Cómo me has encontrado? preguntó Daniel.

Sabry lo miró. Antes de que nadie se diera cuenta, la chica le escupió en la herida y con un pañuelo de papel, empezó a quitarle la sangre coagulada. Daniel chilló de dolor.

Me colé en la casa de Smith respondió finalmente Sabry.

Daniel alzó las cejas.

¿En
en serio?

Kevin asintió.

Robamos hasta la moto de tu novia

¿Qué? exclamó Daniel, furioso.

No le hagas caso dijo la chica.

Kevin le dedicó una fulminante mirada. Sabrina le pellizcó en costado. Los dos fingieron que no había ocurrido nada.

Oyeron unos ruidos detrás de ellos y vieron a Smith escaparse corriendo. Sin saber como, había conseguido quitarse las esposas.

¡Se escapa! gritó Daniel.

¡Quédate con Dan, voy a matar a Smith! dijo Sabrina, mientras corría tras el psiquiatra.

Los individuos corrieron rápidamente. Smith movía las piernas como podía, pero Sabrina le estaba sacando una gran ventaja. La chica esquivó árboles y arbustos, hasta que harta, sacó su pistola y apuntó a Smith. Su intención no era darle, si no amenazarle.

¡Quieto, o disparo! gritó.

Smith ignoró aquello y siguió corriendo. Sabrina dio un disparo que hizo que el psiquiatra se estremeciera y parara en seco.

No juegues conmigo, puto sádico exclamó la chica.

Avanzó con cautela hasta donde se encontraba Smith. Cuando llegó hacia su altura, el psiquiatra le propinó un fuerte puñetazo que hizo que Sabrina cayera al suelo.

El hombre aprovechó el momento para seguir corriendo. Sabry se recuperó del golpe y se incorporó, pero Smith se encontraba muy lejos.

Aunque no iba a renunciar tan fácilmente.

¡Hijo de puta! ¡No te escapes!

Siguió corriendo, intentando no perder de vista a Smith. Éste corría como alma que llevaba el diablo. Sabrina lo vio alejarse tanto que redujo la marcha y, decepcionada, se paró para tomar un poco de aliento.

Mientras tanto, Smith había conseguido llegar a un descampado. Todo estaba oscuro, y no se oía nada salvo su respiración y el ruido de la naturaleza. Tomó grandes bocanadas de aire y miró el cielo.

Estaba totalmente estrellado. Y la luna estaba llena.

Smith empezó a reflexionar, mientras caminaba. ¿Cómo aquella niñata podría haberlo encontrado? Si nunca mencionó la existencia de aquella cabaña

Pero aquella chica iba corriendo hacia él, con la pistola en mano. Smith la vio acercarse y comenzó a avanzar deprisa. Cerca de un montón de hojas secas encontró una pala de metal. La agarró y echó a correr.

¡Te mataré como no pares! gritó Sabrina.

Estaba empapada en sudor y tenía el corazón a doscientas pulsaciones. Así que, apuntó al pie derecho de Smith y disparó.

Pero falló. Aunque sólo consiguió que Smith parara en seco. Sabrina aprovechó y se puso a su altura, apuntándolo con la pistola.

Cuando digo algo lo cumplo, capullo le espetó la chica.

Smith sonreía de oreja a oreja.

Te crees que te vas a salir con la tuya, pero no va a ser así, niña asquerosa.

 

Agarró la pala fuertemente y le pegó a Sabrina en toda la cabeza. La chica se cayó al suelo, pero se reincorporó rápidamente. Soltó otro disparo, pero también falló. Smith quiso darle de nuevo con la pala, pero no lo consiguió.

¿Quieres pelea? Pues la vas a tener soltó Sabrina.

Aprovechó el intento fallido y agarró la pala por el único extremo que había quedado libre. Para ello tuvo que dejar que la pistola cayera de sus manos.

Smith estiró de la pala, pero no consiguió que Sabrina al soltara. La chica también estiró por su parte, pero tampoco consiguió nada.

Smith fue más rápido y cogió la pistola de Sabrina. Apuntó con ella a la cabeza de la chica.

Suelta la pala dijo Smith.

La chica no obedeció, si no que le pegó fuertemente en las manos al psiquiatra, haciendo que la pistola se le cayera. Sabrina corrió y la cogió. Ahora era Smith el indefenso.

Para asegurase de que Smith no se podría volver a escapar, le pegó un tiro al pie derecho. Smith se retorció de dolor.

¿Te duele, hijo de puta? le espetó duramente Sabrina. Seguramente debe ser un leve en comparación a que te electrocuten con una pistola eléctrica.

Vio como Smith gemía de dolor. Pero a Sabrina no le importaba. Agarró a Smith de un brazo y lo obligó a levantarse.

Con mucha paciencia, mantuvo la pistola haciendo contacto con la espalda de Smith, mientras avanzaban hacia la cabaña. El psiquiatra cojeaba y temblaba de dolor. La bala le había perforado el pie, que se desangraba por doquier.

Kevin había conseguido vodka en la cabaña de Smith. Le había quitado la camiseta a Daniel y le había limpiado la herida con agua, pero había que desinfectarla, así que le echó el vodka por encima.

Daniel gritó de dolor. Después, Kevin cogió unas vendas de su mochila y se las colocó en la herida Dan.

Pronto conseguiremos llamar a una ambulancia dijo.

¿Quién eres tú? preguntó Daniel.

Se había sentado en las sillas que había en la cabaña de Smith. Dan tenía frío, así que Kevin le cedió su chaqueta.

Soy un amigo de Sabrina.

Daniel miró el suelo.

¿Sabes por qué estoy aquí? preguntó.

Kevin asintió.

No te preocupes, todo esto no lo sabe nadie más dijo.

¿El qué?

Kevin frunció el ceño.

¿No sabes que Sabrina tiene una grabación de tu
tu violación?

Daniel abrió mucho los ojos. No daba crédito a sus oídos.

¿Qué me estás diciendo? ¿Sabrina grabó el abuso sexual? ¿Cómo?

Kevin tragó saliva.

No lo sé
te lo juro. No tengo ni idea.

Daniel no sabía que decir.

No quiero que nadie vea ese vídeo.

Nadie lo va a ver, tranquilo
le consoló Kevin.

Daniel suspiró.

Me duele el hombro dijo.

Kevin le dedicó una sonrisa de apoyo.

Smith avanzaba lentamente, sufriendo el dolor de su piel. Constantemente Sabrina lo empujaba con el cañón de la pistola. Le producía un cierto temor aquella chica, ya que había demostrado ser capaz de disparar a alguien.

No te pares le amenazó Sabrina.

Siguieron avanzando hasta que por fin llegaron a la cabaña. Allí estaban Daniel y Kevin sentados en sillas.

Sabrina le dio una patada a Smith que hizo que se cayera al suelo. Luego dijo:

Kevin, necesito unas cuerdas o algo para atar a este cerdo.

 

El chico asintió y cogió unas tiras de plástico duro para atar las muñecas de Smith y también los tobillos. El psiquiatra se retorció de dolor cuando Kevin le pasó una tira de plástico por el pie derecho.

Cuando ya estaba atado, Sabrina se dispuso a interrogarlo.

¿Por qué violaste a Daniel? le gritó.

Smith miró a Sabrina y luego a Dan. Tragó saliva y bajó la cabeza.

¡Contesta!

Silencio casi absoluto, salvo por los quejidos de dolor de Daniel.

Me duele la cabeza, estoy mareado

Sabrina y Kevin se giraron. Vieron como Daniel vomitaba en el suelo. Sabry fue a socorrerlo.

Tranquilo, son vómitos provocados por el dolor le dijo la chica.

Daniel acabó de vomitar y la miró. Sabrina se quedó a una prudente distancia. Sabía que Dan estaba enfadado.

¿Por qué tienes un vídeo de mi violación? preguntó el chico.

Sabrina esbozó una torcida sonrisa.

Es algo complicado de explicar

¡No, no es complicado!

Daniel la miraba con los ojos anegados en lágrimas. Pero Sabrina no se estaba fijando en eso.

¿Cuánto tiempo llevas sin los antipsicóticos? preguntó.

Daniel se quedó algo confuso.

No lo sé
¿y qué importa eso ahora?

Estás lúcido. No sé, estás diferente

Daniel ya no miraba a Sabrina, si no detrás de ella. Smith había agarrado a Kevin con las muñecas, ahorcándolo con las tiras de plástico.

Sabrina se dio la vuelta y le apuntó con la pistola.

¡Basta de disparos! gritó Daniel.

¡Cállate, que este tipo intentó matarte! le contestó Sabrina.

Suelta la pistola y no le haré nada a tu amiguito le dijo Smith.

Daniel, dolorido, se levantó de la silla y cogió los brazos de Sabrina.

¿Qué coño haces? preguntó ésta, enfadada.

Suelta la maldita pistola, ¡vas a conseguir que nos maten! gritó Daniel.

Forcejearon unos segundos, hasta que la pistola fue a parar a las manos de Smith. El psiquiatra tiró a un lado a Kevin y cogió la pistola, apuntando a la cabeza de Daniel.

¡Agáchate, que va a disparar! gritó Sabrina.

Kevin y ésta se tumbaron en el suelo, pero a Daniel no le dio tiempo, ya que el dolor del hombro le impedía flexionarlo.

Smith apretó el gatillo y saltó sangre por los aires. Un grito de dolor inundó todo el bosque. Smith, viendo la escena, tiró la pistola al suelo e intentó quitarse las tiras de plástico.

Sabrina agarró la pistola y le pegó un tiro a Smith, dándole a la rodilla. El hombre se retorció de dolor. Kevin fue a ver a donde había llegado la bala.

Daniel se hallaba tumbado boca abajo en el suelo. Sabrina y Kevin se acercaron y pusieron boca arriba al chico. Tenía toda la cara ensangrentada y un agujero en la frente.

Kevin miró la escena con horror y unas lágrimas saltaron de sus ojos. Sabrina se preocupó más por encontrarle el pulso. Daniel tenía la boca entreabierta y los ojos cerrados. Sabrina le puso una mano en el pecho, donde estaba su corazón y se desesperó al no encontrar latidos ni respiración.

Está muerto, Sabrina, no lo intentes
sollozó Kevin.

Pero la chica no se daba por vencida. Entró en la cabaña y buscó la pistola eléctrica. Se acercó a Daniel y le dio un calambrazo en la caja torácica. Volvió a ponerle la mano en el pecho

 


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Tiene pulso, Kevin. Tranquilízate.

El chico dejó de llorar. Miró el rostro inerte de Daniel.

¿Cómo lo sabes? La bala está en el cerebro

Seguramente se haya alojado en la parte más externa del cerebro. Debe de estar en el parietal respondió Sabrina.

Kevin miró a la chica con algo de temor. ¿Cómo podía estar tan segura de aquel diagnóstico? ¿De dónde había sacado aquellos conocimientos para afirmar tal cosa? Sabrina era extraña, muy extraña.

¿Cómo sabes todo eso? preguntó Kevin.

Sabrina no dijo nada y empezó a limpiarle la cara a Daniel con alcohol. Cogió algo de cinta americana de su mochila y le rodeó la frente para que no entraran bacterias a la herida del chico.

Ahora sí que hay que llamar a una ambulancia.

No tenemos móvil, por eso no lo hice antes respondió Kevin.

Sabrina miró a su alrededor. Vio a Smith semiinconsciente. Luego dirigió la mirada a la cabaña.

Debe de haber un teléfono o algo ahí dentro.

Kevin negó con la cabeza.

Entré antes y no había nada.

Sabrina se quedó algo decepcionada. Se levantó y fue hacia donde estaba Smith. Lo despertó dándole una patada en el estómago.

¿Qué coño
?

Escúchame, putero le dijo Sabrina. Me voy a ir con Kevin y Daniel al hospital más cercano, así que te vamos a atar aquí para que luego venga la poli a recogerte.

¿Qué? ¡No me puedes dejar así!

Claro que puedo contestó Sabrina, cogiendo un trozo de gruesa cuerda.

Se la pasó a Smith por el cuello e hizo un nudo para ahorcarse. Arrastró a Smith dentro de la cabaña y no con mucha fuerza lo tumbó boca arriba en la cama de correas. Le ató las muñecas y los tobillos y luego le quitó el nudo del ahorcado. Le tapó la herida del pie y de la rodilla con cinta americana.

Espero que te lo pases bien dijo Sabrina.

¡No me puedes dejar aquí, zorra! gritó Smith.

Sabrina esbozó su peculiar sonrisa torcida.

Llamaremos a la poli tan pronto como podamos, no te preocupes.

Y sin más miramientos, salió de la cabaña y cerró la puerta. Oyó los gritos desesperados de Smith, pero decidió ignorarlos.

Kevin la estaba esperando fuera.

¿Qué hacemos ahora?

Llevaremos a Daniel en la moto respondió Sabrina.

Kevin se quedó incrédulo.

¿Qué? ¡Estás loca, lo matarás!

O lo mato yo, o se muere solo aquí pudriéndose en este bosque de mierda.

Sabrina fulminó a Kevin con la mirada. Éste se sintió arrepentido por un momento y luego accedió a escuchar a Sabry.

Bien empezó la chica. Subiremos los tres a la moto, con Daniel en medio. Si lo hacemos espacio puede que quepamos todos.

Kevin alzó una ceja.

Menuda idea tienes, chica

Si yo no quepo, iré de pie, conduciendo.

No aguantarás.

Lo intentaré, tranquilo.

Kevin suspiró.

No nos queda otra alternativa dijo Sabrina, al final.

Kevin alzó la mirada.

Lo sé, pero
¿no podrías ir tú a un hospital a pedir ayuda?

Sabrina negó con la cabeza.

Si Daniel tiene pulso es un milagro. Debemos darnos prisa si no queremos que muera.

Al final, Kevin desistió. Fueron cargando a Daniel hacia la moto. Cuando llegaron, le colocaron al chico un casco lo sentaron en la moto. Luego Kevin se sentó detrás de él, también con el otro casco, y después se colocó Sabrina.

 

Les costó un buen rato mantener a Daniel bien atrapado entre sus cuerpos, hasta que Sabrina pudo arrancar. Fue despacio, para que el cuerpo de Dan no se cayera por el camino, pero cuando salieron a la carretera, aceleró paulatinamente.

El marcador mostraba cien kilómetros por hora. Sabrina tenía miedo de subir la velocidad por si Daniel o Kevin se caían. Siempre miraba por el espejo retrovisor y veía que la cabeza del Daniel se movía al ritmo de la moto.

Su único temor era de que de un momento para otro, el corazón del chico se parara de repente. "Muerte súbita", pensó Sabry. Pero no tan súbita, ya que el cerebro del Daniel le había dado la bienvenida a una bala de nueve milímetros.

Tardaron media hora en llegar al hospital más cercano. Uno de Reading. Sabry paró la moto enfrente de la Unidad de Urgencias y le quitó el casco a Daniel. Kevin se bajó de la moto y también bajó el cuerpo del chico.

Sabrina hizo ruido con el acelerador y un montón de enfermeros y médicos giraron la vista para ver que sucedía. Cuando vieron a Daniel Radcliffe con un cacho de cinta americana en la frente y todo el rostro ensangrentado, supieron como actuar.

Se llevaron a Daniel en una camilla. No dejaron que Sabrina y Kevin lo siguieran. En cambio, una enfermera empezó a interrogarlos.

No diremos nada hasta que no estén aquí los padres de Daniel Radcliffe soltó Sabrina. Si me deja, podré llamarlos.

La enfermera le dio el permiso y Sabrina corrió hacia el teléfono. Kevin la siguió.

¿Dónde están nuestros móviles? preguntó la chica, antes de llamar.

Creo que los dejamos en mi casa respondió Kevin.

Bueno, si están en tu casa no me importa

Sabrina tecleó el número del móvil de Alan y esperó.

¿Sí?

Soy Sabrina.

¿Sabrina? ¿Dónde demonios estás? preguntón enfurecido Alan.

Antes de que me grites, debo decirte de que Daniel está en el hospital de Reading.

Alan hizo un silencio. Sabrina lo rompió con otra frase.

Está en buenas manos, supongo. Necesito que vengas, hay un asuntillo en donde la policía tendrá que actuar.

¿Qué?

Tú sólo ven, por favor.

Y colgó. Sabrina hizo una pausa larga para respirar profundamente y teclear el número de la policía.

Quería informar de que hay un herido en la cabaña número 136 del campamento Reading dijo Sabrina.

No dejó que la policía le hiciera más preguntas. Sabry sólo añadió:

Tengan cuidado, ese hombre puede ir armado y tengo pruebas de que es un violador. Puede que hasta en serie.

Colgó. Kevin la miró.

¿Qué? preguntó Sabrina, algo molesta, mientras se sentaban en las butacas de la sala de espera.

Me sorprende tu capacidad de tranquilidad dijo Kevin.

Sabrina se rió.

¿En serio?

Kevin asintió con la cabeza.

No sé, no estás alterada, ni nerviosa ni
.

Y de repente, se echó a llorar. Sabrina lo miró con las cejas levantadas. Le dio unas palmaditas en la espalda. Kevin estaba mal.

¿Crees que Daniel
? empezó.

¿Qué? preguntó Sabrina, secamente.

¿Crees que sobrevivirá?

Sabrina negó con la cabeza. Kevin la miró con los ojos muy abiertos. No daba crédito a sus oídos. ¿Sabrina pensaba que Daniel moriría en la mesa del quirófano? Y si Sabrina lo pensaba, debía tomarse muy en cuenta esa posibilidad.

 

¿Estás segura? preguntó Kevin.

No al cien por ciento, pero algo sí. No sé, pero con una bala en el cerebro nadie sale airoso.

Kevin siguió llorando una hora más. Sabrina no hizo más que ignorarle. Compró dos coca-colas y le ofreció una a su amigo. Necesitaban glucosa.

Alan y Marcia había salido inmediatamente después de recibir aquella llamada de Sabrina. Se habían preocupado bastante. Primero la desaparición de Daniel y ahora esto. ¿Qué más podría pasar?

Alan condujo toda la noche. Su esposa se había dormido por el camino. Miró la hora: eran las cuatro y veinte de la madrugada. No se podía imaginar en que lío se habría metido Sabry ahora. Dijo que la policía tendría que intervenir, ¿qué puñetero problema habría causado ahora la niña?

El cirujano Alfred Andersson estaba muy preocupado por la lesión que tenía delante. La bala había perforado el hueso frontal del cráneo, justo en la punta de la ceja izquierda, y había aterrizado en el hueso parietal, detrás de la oreja.

La única forma de sacar la bala era agrandar el agujero producido por ésta para luego introducir una pinza y extraer el artefacto.

Con mucho tacto cogió un taladro y ensanchó el orificio, intentando no dañar el ojo ni el conducto auditivo. Era un milagro que la bala no hubiera atravesado el globo ocular.

Enfermera, pinzas.

Las metió dentro de la entrada y con ellas cogió la punta de la bala. Con mucho cuidado, la extrajo tirando de ella. Cuando el objeto estuvo totalmente fuera del cráneo, empezó a quitar las decenas de trocitos de hueso que había en la herida.

La bala había perforado el hueso frontal, dando a consecuencia que montones de restos de aquel hueso fueron desperdigados por todo el orificio producido por la bala.

El único temor de Andersson era que alguno de esos trozos de hueso viajaran por el sistema circulatorio causando algún otro tipo de problema, o que se alojaran en algún sitio del cerebro, produciendo epilepsias o hemorragias innecesarias.

Después de aquello, el cirujano extrajo la bala del hombro herido. Fue un trabajo muchísimo más sencillo que el del cráneo. Actuó igual que con la bala del cerebro.

El doctor Andersson acabó su trabajo a las siete de la mañana. Agotado, dejó al paciente en su habitación. Todavía no se hacía a la idea de que aquella persona haya sido víctima de un tiroteo. "¿Cómo es posible que este chico tenga una bala en el cerebro?".

¡Sabrina!

Alan y Marcia fueron directos a la chica, que se despertó de un sobresalto en las butacas de la sala de espera. Kevin también se asustó.

¿Qué estás pasando? preguntó furioso Alan.

Sabrina intercambió una mirada con Kevin.

¿Queréis una coca-cola? acabó por preguntar.

Sabrina les contó a sus padres adoptivos todo lo sucedido desde que Daniel fue ingresado en el hospital. Les relató sus sospechas acerca de Smith y la violación. No les contó como la había grabado, aunque Alan y Marcia se lo preguntaron muchas veces. También lo hizo Kevin.

Después de escuchar todo, Alan y Marcia se quedaron boquiabiertos. Sabrina, Kevin y el matrimonio estuvo charlando aproximadamente una hora, hasta que un hombre con bata les anunció que Daniel Radcliffe había salido del quirófano satisfactoriamente y se encontraba en la Unidad de Cuidados Intensivos, UCI.

 

Aquel hombre, alto, delgado, de raza negra y vestido con un curioso gorro de quirófano estampado con dólares estadounidenses les dirigió a todos a una sala donde había unas cinco personas enchufadas a máquinas.

Una de ellas ella Daniel.

Marcia y Alan corrieron hacia él, pero aquel hombre les dijo que debían dejarlo descansar.

¿Qué? Pero, pero
es mi hijo. No
tengo que verlo, por favor suplicó Marcia.

El hombre negó con la cabeza.

Me llamo Alfred Andersson y les debo contar todo lo que ha pasado con su hijo.

Condujo a todos a otra habitación apartada y los invitados se sentaron. Alan y Marcia intercambiaron miradas de preocupación.

Cuando todo el mundo estuvo sentado, Andersson se dispuso a hablar.

Soy el cirujano que ha operado a su hijo, Daniel Radcliffe. Debo decir que la gravedad de sus heridas eran muy elevadas. Tenía una bala incrustada en su cerebro.

Al oír eso, Alan explotó.

¿Qué? ¿Una bala? gritó. Se giró hacia Sabrina. ¿Por qué no nos lo dijiste?

Pensaba hacerlo cuando llegarais

¡Daniel tiene una bala en el cerebro!

Tenía corrigió Andersson.

Todos lo miraron.

Conseguí sacársela. Su cerebro tiene unos buenos pronósticos de salir adelante explicó. Aún así debemos esperar a como se desarrollan los acontecimientos. Radcliffe estará en la UCI todo el tiempo que necesite para su óptima recuperación.

Hizo una pausa, interrumpida por una pregunta de Sabrina.

¿La bala estaba alojada en el parietal?

Andersson la miró con unos ojos muy abiertos. Kevin, Alan y Marcia intercambiaron miradas de desconcierto.

Sí, la bala se alojó en el parietal, detrás de la oreja izquierda respondió Andersson. ¿Te lo dijo alguna enfermera?

No negó la chica.

¿Y otro médico?

Sabry volvió a negar con la cabeza. Andersson, Kevin y el matrimonio la miraron con los ojos muy abiertos, sorprendidos por aquella respuesta.

¿Cómo lo sabías? pregunto el cirujano.

Sabrina se encogió de hombros.

No lo sé, lo supuse

Alan y Marcia intercambiaron miradas. Kevin le guiñó un ojo a Sabrina y Andersson no hizo más que sonreír.

El médico les explicó que les había costado tres horas en quitarle a Daniel todos los trocitos de hueso incrustados en su cerebro. También dijo que deberían llamar a la policía para que tomara en parte en la próxima investigación.

¿Investigación? preguntó Kevin.

Sabrina lo miró.

Dios, Kevin. Smith a violado a Dan. ¿Te crees que eso no es motivo de denuncia?

Andersson se quedó sorprendido ante la respuesta de Sabry. Alan y Marcia no hacían más que rechinchar los dientes.

¿El chico a sufrido un abuso sexual? preguntó Andersson.

Sí dijo Alan de malas pulgas. Y no queremos que se hable más sobre este tema.

Eso interrumpió Sabrina. Haz que tu hijo se sienta humillado y culpable por lo que le ha pasado. ¡Eso es lo último que deberíamos hacer!

No está diciendo eso, Sabrina dijo Marcia. Se refiere a que este tema no debería salir de esta habitación.

Nadie va a informar a The Sun refunfuñó la chica.

Un incómodo silencio inundó la habitación. El doctor Andersson intentaba no intercambiar ninguna mirada con los presentes, pero era casi imposible, porque todo el mundo clavaba sus ojos en los suyos, esperando alguna respuesta.

 

Si el chico ha sufrido abusos, lo más normal es llamar a los Servicios Sociales dijo.

Alan asintió con la cabeza.

Es verdad, hay que mandar a Daniel con profesionales, llamar a la policía
un montón de cosas.

Andersson había llamado a la policía y ésta se había presentado enseguida en el hospital. Estuvieron interrogando a Sabrina y a Kevin durante media hora. La chica se negó a responder a las preguntas que concernía la violación.

Todo eso lo debe contar Daniel, no yo se limitó a decir Sabry.

En cuanto a Kevin, sólo consiguieron sonsacarle el mural de la casa de Smith y la cabaña del Camping Rose.

Después, un policía informó a la familia que Smith había sido encontrado en la cabaña número 136, gravemente herido por un arma. Cuando Sabrina oyó eso, se esperó catorce años de cárcel. Pero también no pudo evitar reírse.

Alan y Marcia se quedaron hablando con los polis, y Kevin y Sabrina fueron a la UCI a ver como estaba Daniel.

La habitación donde lo habían trasladado tenía una pared de cristal por donde se podían ver a los pacientes. Como Sabrina y Kevin tenían prohibida la entrada, contemplaron al chico desde aquel cristal.

Daniel estaba tumbado en una cama, llena de cables y aparatos medidores. Tenía un gotero y el suero pinchado en el pliegue del codo izquierdo y un cuenta-pulsos en el índice de la mano izquierda también.

La cabeza del chico estaba cubierta por un conjunto de vendas que le tapaban el ojo izquierdo. Tenía la cara algo hinchada y un montón de magulladuras en los brazos. Sabry y Kevin no pudieron ver la venda que seguramente le cubría el hombro.

Los chicos contemplaron a Daniel mucho rato en silencio. Dan respiraba profundamente. En sus fosas nasales tenía casi metidos unos tubitos que le proporcionaban oxígeno. Una de las máquinas hacia un pitido por cada latido que daba el chico.

Sabrina y Kevin se quedaron muy preocupados. Con una bala en el hombro se puede sobrevivir. Con una en el cerebro, no.


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El tiempo había pasado muy rápido para Sabrina. De la noche a la mañana, literalmente, había conseguido desenmascarar a Smith, a base de balazos. Lo único que no lo había gustado a la chica era que por culpa de su plan, Daniel había escapado de la cabaña con una bala en el cerebro.

Su futuro ahora dependía del proceso de regeneración de su propio cuerpo. O para los creyentes, de Dios.

Alan y Marcia se ocuparon de buscar un hotel donde alojarse y de llamar a los padres de Kevin, que llegaron enseguida.

Se encontraron todos en el Place Hotel, ubicado en el centro de Reading. Los padres de Kevin estaban enfadadísimos con el chico.

Con mucha paciencia, Sabry y Kevin les explicaron lo ocurrido desde que el chico pasara por su casa en Londres. Los padres, extrañados, le pidieron disculpas a su hijo.

Para calmarse, Kevin y Sabrina fueron a dar un paseo. Se sentaron en un parque y permanecieron callados un gran rato. Luego, Kevin habló.

¿Qué pasará con Smith?

Que pasará el resto de sus días en la cárcel o pagará a un buen abogado para que le defienda bien respondió Sabrina.

 

Ojalá se pudra en chirona
Además, tenemos pruebas suficientes para inculparlo.

Sabrina asintió vagamente. No estaba muy convencida de las palabras de Kevin. Smith perfectamente puede acusar a Daniel de un montón de cosas y puede dictaminar que el vídeo de la violación puede haber sido manipulado.

Puede hacer muchas cosas y la chica sabía perfectamente que el psiquiatra no se quedará con las manos cruzadas.

La pareja siguió caminando un rato más. Los padres de Kevin dijeron que se volverían a Londres. Obligaron a su hijo a volver, pero éste hizo tanto berrinche que al final los padres accedieron a que Kevin se quedara junto a Sabrina en el Place Hotel.

Alan y Marcia todavía seguían alucinados por todo lo que había pasado. Tenían un montón de problemas por delante, y se multiplicaba por dos porque Daniel es un personaje público.

Habían llamado a su agente, Sue Latterman, para arreglar los problemas legales. La mujer se quedó de piedra cuando se enteró de todo lo que le había ocurrido a Daniel. Sabrina era la primera vez que había visto a esa mujer, pero intuía que le tenía mucho cariño a su cliente.

Cuando Sue fue a ver a Daniel al hospital, se le quedó la cara blanca cuando lo vio en aquella cama con un montón de cables y vendas. Sabrina disfrutó con la cara de la mujer. Por alguna extraña razón le divierte ver la decepción ajena. Era algo muy curioso.

La policía volvió para informarles a los Radcliffe, Kevin, Sabrina y Sue que Smith había sido internado en la UCI del mismo hospital donde estaba Daniel, junto a su habitación.

Cuando Alan asimiló aquello, empezó a gritar de furia, proclamando que su hijo no podía estar junto a su agresor.

Lo sentimos, señor Radcliffe se excusó un policía. Pero las normas dictaminan que el acusado puede estar en este hospital, independientemente de que su víctima se encuentre al lado.

Alan no dijo nada y se mordió la lengua. No quería se arrestado y trasladado a los calabozos por escándalo público.

Sabrina, llena de curiosidad, se acercó a la habitación de Smith. Dos policías armas e uniformados estaban apostados en la puerta. Cuando vieron a Sabrina, los dos hombres le pararon el paso.

No puedes entrar le dijo el de raza negra.

No pensaba hacerlo replicó.

Entonces, ¿por qué estás aquí?

Sólo por curiosidad.

¿Qué te pica?

Sabrina miró al policía negro sin comprender. No entendía la pregunta.

¿Que qué me pica? No lo entiendo, no me pica nada.

El policía no pudo evitar reírse. Sabrina siguió mirándolo sin comprender.

Niña, no me tomes el pelo dijo.

La chica se quedó más confusa aún. No entendía la frase. ¿Tomar el pelo? ¿Es que el pelo se puede tomar de alguna forma?

El policía, al ver que la chica no reaccionaba, cambió de expresión.

No se que quieres, pero no me gustan las bromitas de mal gusto. Si quieres algo, pídelo ya.

Me gustaría saber cuál es el estado actual de Smith.

Eso no lo puedes saber, niñita.

Sabrina se le quedó cara de malas pulgas y dejó a los policías custodiando la puerta de un violador, seguramente en serie.

Volvió junto con los demás, observando el cuerpo inerte de Daniel. Hacía cuarenta y ocho horas que lo habían sacado del quirófano y todavía no se había despertado. El doctor Andersson dijo que eso era normal, pero Sabrina estaba preocupada.

 

El viernes, la esperanza llegó a la habitación 11 de la UCI. El doctor Andersson fue el primero en presentarse cuando una enfermera le comunicó la noticia.

Eran las dos de la madrugada, así que Andersson pensó en darles el comunicado a los Radcliffes por la mañana.

El cirujano entró en la habitación y vio a un chico con el cráneo vendado preguntar que hacía allí y que es lo que había pasado. Andersson no tardó nada en contestarle.

Estás en el hospital respondió.

Daniel siguió mirándolo, de forma confusa.

¿Que
qué hora es?

Las dos de la madrugada dijo Andersson. Sacó una pequeña linternita de un bolsillo de su bata y se aproximó al chico. Si no te importa, voy a examinarte, ¿vale?

Daniel asintió. Andersson acercó la linterna a los ojos del chico y le examinó las pupilas. La luz cegaba a Daniel y le hacía llorar los ojos, pero se aguantó.

Estás bien, de momento respondió Andersson, después de inspeccionarle los ojos.

Observó el mal aspecto de Daniel. El chico tenía ojeras y estaba casi tan pálido como un papel. Se le notaba muy cansado y su voz sonaba ronca y áspera, como si llevara mucho tiempo sin hablar.

¿Te duele la cabeza? preguntó Andersson.

Daniel lo miró. No tenía fuerzas para responderle. Las había agotado todas preguntando la hora.

¿Sí o no? insistió Andersson.

Esperó a que el chico diera alguna señal de vida. Cuando Daniel pestañeó una vez, tuvo su respuesta.

Entonces es que sí, te duele la cabeza. ¿Tienes molestias en el hombro?

Daniel volvió a pestañear otra vez.


murmuró Andersson. Bueno, como estás muy cansado te voy a dejar seguir durmiendo, ¿vale?

Con la mano que le quedaba, Daniel empezó a toquetearse el collarín que le habían puesto alrededor del cuello.

No te lo toques, es por tu seguridad pidió Andersson.

Y cuidadosamente, le apartó la mano a Dan. El chico emitió un sonido inaudible, en son de queja.

Lo siento, pero no te lo puedes quitar. Si te pica, te puedes rascar con el dedo
pero no te lo puedes quitar, sería peligroso.

Daniel miró a Andersson. Éste le devolvía la mirada. El cirujano se dio cuenta de que el chico estaba extremadamente cansado, así que se despidió y dejó a Daniel durmiendo.

En cuanto Andersson cerró la puerta de la habitación, Daniel cerró los ojos y volvió a hundirse en su sueño.

El médico salió contento del cuarto. El chico respondía bien a los estímulos y parecía que sus facultades mentales estaban intactas. Lo que tenía temor era la infección que se estaba desarrollando en el hombro de Daniel, pero con un poco de antibióticos se le iría todo.

Antes de marcharse, Andersson pidió a los enfermeros que tuvieran a Dan muy controlado, y que si le pasara la más mínima cosa, que le llamaran.

Sabrina fue la primera en levantarse. Miró hacia el otro lado y vio la figura dormida de Kevin. Se incorporó y fue hacia el baño. Se miró al espejo y se examinó las secuelas que Smith le había dejado en la cara con sus puñetazos la noche del rescate.

Vivía en alerta constante desde que viera aquella violación. Sabry nunca bajaba la guardia. Tenían a Daniel colgando de un hilo: se debatía entre la vida y la muerte continuamente.

 

Miró el reloj. Eran las ocho y media de la mañana. Se vistió y bajó al restaurante. Pidió el desayuno y fue a dar un largo paseo para luego acabar en el hospital. Pero no fue a ver a Daniel, si no al doctor Andersson. Tenía una duda en la cabeza y quería quitársela ya.

Esperó un buen rato hasta que el médico accediera a hablar con ella.

¿Qué pasa, Sabrina? dijo, en modo de saludo.

Venía a preguntarle una cosa y
nadie más se puede enterar, por favor explicó Sabry, sentándose en una silla frente al escritorio de Andersson.

El médico la miró de forma perspicaz.

Es algo complicado dijo Sabrina.

Explícate.

Sabrina pensó como debería empezar. Respiró hondo y se dispuso a arriesgarse.

Le voy a revelar cosas que sólo sabe la policía, Kevin y yo comenzó.

Y quieres que no las revele

Exactamente.

Andersson se quedó callado, pensando. Luego accedió.

Mire, cuando allané la casa de Smith, encontré un mural hecho con fotografías y apuntes sobre Daniel y su entorno continuó Sabrina. En ese mural también salí yo, y en uno de los apuntes ponía que yo padecía síndrome de Asperger.

Andersson arqueó las cejas.

¿En serio? preguntó.

Sabrina asintió con la cabeza.

Lo que yo le quería preguntar es que si es verdad que tengo ese síndrome.

El cirujano se quedó mirando a la chica durante cinco segundos. Luego salió de su boca una gran risotada. Sabrina se ofendió.

No soy psiquiatra para que me preguntes eso, chica respondió Andersson.

Vale, pero me gustaría que no se burlara de mí, por favor pidió Sabrina.

Andersson se calló inmediatamente. Miró a la chica seriamente.

Lo que me estás preguntando es muy complicado dijo, pero si quieres que te sea sincero, puede que sí que lo tengas.

Sabrina abrió mucho los ojos.

¿En serio?

Andersson asintió.

Si quieres, puedo pedirle a un psiquiatra que te haga un examen para confirmarlo.

Sabrina esbozó una torcida sonrisa.

Se lo agradecería un montón, sí

Bien, le preguntaré a un colega y luego te aviso, ¿vale?

Sabrina asintió. Iba a levantarse, cuando Andersson la abordó.

Una cosa, ayer Daniel se despertó.

La chica, al oír eso, salió del despacho de Andersson sin ni siquiera despedirse. Fue corriendo a la habitación 11 y vio a Daniel dormitando.

Entró en el cuarto y luego cerró la puerta. Quería estar sola junto a él. Se sentó a los pies de la cama y le acarició una mano.

¿Daniel? murmuró, pero no obtuvo respuesta.

Sabry se quedó un rato observando al chico. Su estado era desastroso, dolía verlo así. Tenía toda la cabeza vendada, junto con un ojo y un montón de magulladuras. Además, se encontraba pálido y tenía un montón de ojeras.

Siento que tengas un agujero en la cabeza por mi culpa murmuró Sabry.

El chico movió los dedos de la mano que tenía cogida Sabrina. La chica se los apretó, dando señales de que estaba ahí con él.

Daniel abrió un poquito los ojos. Sabrina lo vio y esbozó una enorme sonrisa torcida. El chico no pudo sonreír, pero mantuvo la mirada.

¿Cómo estás? ¿Bien o mal? preguntó Sabrina.

Daniel pestañeó dos veces.

 

Mal
Bueno, espero que pronto estés bien, en serio.

Dan le apretó la mano con la poca fuerza que le quedaba. Se sentía muy débil. Además, tenía la boca seca. Buscó agua y cuando encontró una botella con una pajita, colocó sus ojos en ella, esperando que Sabrina se percatara.

Pero la chica no era tonta, y se dio cuenta en seguida. Cogió la botella y posó la pajita en los finos labios de Daniel. El chico hizo un enorme esfuerzo para sorber.

Cuando acabó de beber, volvió a cerrar los ojos. Sabrina se dio cuenta de que no se iba a despertar en todo el día, así que lo dejó en paz y se marchó del hospital sin mirar atrás.


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Sabrina contó los días con los dedos. Dos, dos días. Dos días entre en hotel de Reading y el hospital. Dos días entre interrogatorios de la policía y dos días esperando la respuesta de Andersson.

Para suerte suya, Daniel ya mostraba señales de conciencia. Permanecía despierto más rato y de vez en cuando comía algo. Sabrina iba a visitarlo todos los días, pero últimamente se notaba la excesiva presencia de Laura O'Toole. Aquello molestaba un poco a Sabry, pero se tenía que aguantar, porque Laura era la pareja de Dan.

Daniel consiguió hablar lo suficiente como para ponerle una denuncia a Smith. No mencionó la violación, el secuestro ni los maltratos que fue sometido. Sólo comentó el intento de asesinato.

Sabrina pensaba que Daniel era idiota por no mencionar nada de lo que le había hecho pasar el psiquiatra. Así que, una tarde, cuando no había nadie, la chica se trajo su ordenador portátil junto con el CD donde estaba grabada la violación.

Llegó al hospital y fue directo a la habitación 11 de la UCI. Tocó con los nudillos y una débil voz le dijo que pasara.

Hola, Daniel saludó Sabry.

¿Para
qué
tra
traes el
eso
? preguntó el chico con una voz ronca, pues se estaba despertando de la siesta.

Sabrina se sentó a los pies de la cama y encendió el PC. Puso el CD dentro y esperó a que Daniel se despertara por completo. El chico estiró las piernas en la cama y se frotó los ojos, bueno, uno solo. Se acomodó en la cama y miró a Sabry.

He traído el portátil para que decidas que hacer con lo que hay grabado en ese CD informó la chica.

Daniel miró de forma perspicaz a la chica.

¿Qué hay en el CD?

Será mejor que lo compruebes tú mismo.

Puso el CD y unos gritos inundaron la habitación. Daniel se vio a sí mismo atado a una camilla con correas.

Quítalo
por favor pidió el chico en voz baja.

Sabry obedeció. Sacó el CD y lo guardó. Luego miró a Daniel. El chico tenía uno de los ojos llorosos y se había puesto pálido. Estaba angustiado.

No quiero que vuelvas a poner ese vídeo nunca más

Es una buen prueba contra Smith dijo Sabry.

Lo sé, pero
ahora no

Y sin saber que más decir, Daniel se tumbó completamente en la cama y miró el techo. El hecho de haberse visto en aquella pantalla de ordenador le recordó todo lo que tuvo que pasar cuando Smith le violó. Y era un sensación muy desagradable. Demasiado como para tener que revivirla en una pantalla de ordenador.

Sabry se quedó mirando como Daniel meditaba. Entre tanto, guardó su portátil y se sentó en un sillón de la habitación. La chica no tenía prisa.

 

Al cabo de cinco minutos, Dan quiso hablar. Sabrina no tuvo más opción que escucharle.

¿Qué pasará con Smith? preguntó el chico.

Que tendrá una penalización si pierde el juicio respondió Sabry.

¿El juicio? ¿Qué juicio? dijo Daniel, nervioso, mientras se incorporaba en la cama. Utilizaba mucho el hombro sano.

Se celebrará un juicio. Es lo más probable.

Daniel miró a la chica seriamente. ¿En serio decía la verdad? ¿O le estaba mintiendo? Igualmente casi todas las denuncias acaban en juicios estúpidos.

¿Has visto la primera parte de Millennium? preguntó Sabry.

Daniel negó con la cabeza.

Te lo resumiré rápido: a la protagonista, Lisbeth Salander, la violan dijo Sabrina, con calma. ¿Y sabes qué? Sigue adelante sin ayuda de nadie. Deberías tomar ejemplo.

Daniel la miró extremadamente molesto.

No te he pedido ningún consejo ni comparación. Además, eso es una película.

Tienes razón. Sólo intento ayudarte.

Y sin decir nada más, Sabry recogió sus cosas y salió de la habitación, dejando sólo a Daniel.

Alfred Andersson estaba cansado de tener que esperar a su colega, John Williams, psiquiatra infantil. Habían quedado en la cafetería del hospital, pero Williams estaba tardando demasiado.

Andersson iba a llamarlo, pero desistió cuando vio al psiquiatra enfilar por la puerta de la cafetería.

John era un hombre joven, recién recibido en la Universidad de Medicina. Había empezado a ejercer en ese hospital hace seis meses, y todavía le costaba aclimatarse a algunos aspectos que conciernen ser psiquiatra.

El hombre era alto y delgado, curiosamente pelirrojo. Tenía los ojos azules y una barba-lija de tres días, como la del Dr. House.

Se sentó al lado de Andersson. Pidió dos cafés.

Pagas tú, ¿eh? bromeó Alfred.

John se rió.

Bueno, ¿para qué me querías? preguntó.

¿Conoces el caso Radcliffe? empezó Alfred. O el caso Smith
tiene más nombres

Sí, sí, lo conozco respondió John. ¿Por qué lo preguntas?

La hermana política de Radcliffe
Sabrina
me ha dicho

John lo miró, esperando. Una camarera ya les había traído el café y Andersson ni lo había tocado. Eso significaba que estaba alterado. Tal vez sólo llevara seis meses trabajando, pero John era muy buen psicoanalista.

Suéltalo, tranquilo

¡Es que es tan ridículo! exclamó Andersson, algo molesto.

¿Qué?

Esa tal Sabrina cree que tiene síndrome de Asperger.

John se atragantó con el café. Después de haberse recuperado, miró con los ojos muy abiertos a Andersson. ¿Es tío habla en serio?

Muy poca gente tiene ese síndrome, ¿por qué cree esa chica que lo padece? preguntó John.

No sé, pero a mi me parece que tiene un poco de razón. Se comporta como si tuviera ese síndrome

¿Y si sólo está mintiendo?

Me ha pedido que la examinen.

John alzó las cejas. Andersson empezó a tomarse el café. Estaba más relajado.

¿En serio ha pedido eso?

Andersson asintió con la cabeza y dejó la taza en la mesa.

Puede que Sabrina tenga razón, al menos tiene síntomas

John meditó un momento. Al final, accedió.

 

Vale, dile que se encuentre conmigo en tu despacho mañana.

Andersson volvió a asentir. Se despidieron los dos y cada uno fue por su lado. Alfred subió a la UCI y buscó la habitación 11.

Tocó con los nudillos. Alguien le dijo que pasase. Daniel estaba tumbado con la mirada perdida.

Buenos días saludó Andersson.

El chico dirigió los ojos a aquel hombre y le dedicó una sonrisa.

¿Cómo estás? siguió el médico.

Más o menos, sigo teniendo dolor de cabeza y me tira mucho el hombro
respondió Dan.

Andersson se sentó a los pies de la cama y sacó una linterna. Comenzó a examinarle el ojo.

Es normal, puedo recetarte analgésicos más fuertes para tu dolor de cabeza dijo el médico.

De acuerdo.

Andersson se dirigió a la máquina del suero y tecleó algo en una pantalla de ordenador. De repente, Daniel se sintió más relajado.

El médico se sentó en el sillón donde anteriormente estaba Sabrina.

¿Tu hermana ha estado por aquí? preguntó.

Daniel asintió.

Vale
¿Sabes si te ha comentado algo del síndrome de Asperger?

El chico se incorporó deprisa, tanto que le dolió mucho el hombro.

¡Auch! exlcamó. No, no me ha dicho nada.

Tendrías que tener más cuidado

Daniel asintió y se acomodó.

Es que Sabrina últimamente está muy rara
explicó el chico.

Andersson prestó atención.

¿Cómo que rara?

No sé explicarlo, pero está más misteriosa, como si ocultara algo

Andersson caviló un momento. Luego se dio cuenta de algo.

¿Algún médico te ha puesto antipsicóticos?

Daniel lo miró con una terrible ira interior. Se contuvo y respondió.

No.

Alfred asintió.

Estás lúcido y normal

¡No me hable de mi psique! gritó Daniel, enfadado.

Andersson se sorprendió de aquella reacción.

No quiero que me psicoanalice ni nada de eso, estoy harto. Si cree que estoy lúcido no me haga preguntas de esas. Debería preocuparse de mi cráneo, ¿no cree? soltó el chico.

Andersson sonrió amablemente.

Está bien, no te hablaré de nada ni te haré más preguntas en relación a tu estado mental, pero debo decirte que tarde o temprano solicitarán un examen psiquiátrico y tendrás que dejarte.

Daniel suspiró.

Cierto, pero todavía no, así que ya lo sabe.

Hubo un silencio incómodo en la habitación. Andersson miró a Daniel detenidamente. Su aspecto había mejorado desde que llegó a ese hospital llenó de tierra y con una cinta americana en a cabeza. Se aclaró la voz.

No necesitas antipsicóticos, esa es mi opinión.

Daniel lo miró por el rabillo del ojo. Sus palabras no le ayudaban a calmarse, todo lo contrario. Pero mantuvo la calma, sabía perfectamente que Andersson no era su enemigo. Al menos de momento.

¿Tienes un momento? preguntó Daniel.

Andersson iba a levantarse para marcharse, pero al final no hizo nada y observó al chico con curiosidad.

Tengo toda la mañana, si es necesario respondíó, amable.

Daniel se incorporó en la cama y respiró hondo. Algo malo se venía pasar.

Necesito hablar con alguien sobre una cosa

Tengo todo el tiempo que quieras respondió el médico.

Dan asintió lentamente y se tocó la barba. Luego miró a Alfred a los ojos y abrió la boca.

 

A mi me violaron hace poco
esperó a que el médico hiciera algún comentario, pero al ver que el hombre no hablaba, prosiguió. Y Sabrina tiene pruebas de ello, pero
a mi me da miedo enseñarlas
no sé
estoy asustado.

Miró a Andersson. Éste le devolvió la mirada. El chico estaba esperando una respuesta.

En mi opinión, creo que deberías enseñar esas pruebas si así contribuyes a que pague el culpable que te ha hecho eso, ¿no?

Daniel asintió con la cabeza.

El problema es que tengo
miedo, no sé
me siento mal cuando veo ese vídeo, no me gusta

Podrías entregarle la cinta a la policía pero no estar obligado a volver a verla, y si así sucede
ten en cuenta que el que te violó pagará gracias a esas imágenes.

Otro silencio. Se hizo muy largo, tanto, que el médico tuvo dudas de si marcharse o no.

¿Me podrías hacer un favor? preguntó Daniel, que fue el primero en abrir la boca.

Andersson asintió enérgicamente.

Me gustaría que vieras la cinta conmigo, creo que así me sentiré más seguro.

El médico volvió a asentir. Daniel sonrió. Ya estaba mejor.

Una cosa, dile a Sabrina de mi parte que venga mañana a mi despacho por lo de su síndrome pidió Alfred. ¿Podrás hacerlo?

Claro.

Médico y paciente se despidieron. Daniel vio como Andersson se alejaba y cerraba la puerta.

Se quedó mucho rato mirando por la ventana, reflexionando sobre su futuro. Lo que el estaba ocurriendo nunca le había pasado en la vida, ni siquiera había interpretado una situación así. No sabía como proceder. Antes siempre tenía las ideas claras pero ahora veía todas las piezas sueltas y no sabía encajarlas. Eso le asustaba, pero debía hacer frente y plantarle cara al problema.

De repente, le vino la inspiración a la cabeza. Rápidamente sacó un bolígrafo y un cuaderno y comenzó a escribir. Sentía sus sentimientos más profundos surgir y colocarse ordenadamente en el papel. Eso le tranquilizaba.

Ver versos, estrofas, rimas y sílabas acompasadas entre sí lo hacía sentirse con el control.

Escribió poesía hasta las dos de la madrugada.


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¿Sabrina? Soy Dan
No, dice el doctor Andersson que vengas ahora mismo por lo del síndrome ese
Asperger
¡No!, me ha dicho que vengas ahora
No sé nada más, ¡no insistas!
OK
OK
Se lo diré, vale, adiós.

Daniel colgó el teléfono. Le había pedido a una enfermera permiso para llamar, así que lo hizo a la mañana siguiente. Para haberse acostado tarde, se levantó algo temprano, a causa de un agudo dolor de cabeza. El chico seguía teniendo dudas sobre su estado de salud, pero no hizo ningún comentario al respecto.

Esperó a que llegara Sabrina, que se presentó despeinada y parecía haberse vestido con prisa.

¿Qué pasa? preguntó, cuando llegó jadeando a la habitación.

Se dice hola dijo a modo de saludo Dan. Andersson te está buscando en su despacho.

Y sin decir nada más, Sabrina fue directo a donde le dijo su hermano político.

¡Gracias! exclamó Daniel, algo molesto.

Sabrina bajó varios pisos y buscó de prisa el despacho de Andersson. Lo encontró y tocó con los nudillos. Alguien le dijo que entrara y ella obedeció.

 

Buenos días, Sabrina saludó Andersson.

Estaba acompañado de otro hombre, alto y pelirrojo.

Daniel me ha dicho que tú me buscabas dijo la chica.

Andersson asintió con la cabeza.

Siéntate dijo, y le ofreció una silla.

La chica se colocó de aquel hombre pelirrojo.

Te presento al psiquiatra infantil John Williams informó Alfred.

Sabrina lo miró con algo de aprensión.

Hola saludó John. Se le notaba seguro de sí mismo, pero parecía que no tenía ganas de hablar.

Os dejaré solos dijo Andersson y acto seguido, se levantó de su silla y salió del despacho cerrando la puerta tras de sí.

Hubo un silencio y luego Williams sacó un montón de papeles de un portafolios que había traído consigo. Los colocó encima de la mesa, mientras Sabrina miraba con desconfianza.

¿Qué quieres? le preguntó, de repente.

Andersson me ha pedido que te hiciera un examen psiquiátrico para ver si padeces el síndrome de Asperger; en otras palabras, lo que habías pedido tú anteriormente explicó John.

Sabrina empezó a quitarse la desconfianza y lo escuchó más.

¿Qué me hará? preguntó, con una siniestra voz monótona.

Un simple test que deberás rellenar. Te dejaré sola. Cuando acabes déjalo encima de la mesa y vete. Pero si tienes alguna duda, llámame al busca. Intentaré llegar lo más deprisa.

Bien.

Williams le dejó unas hoja con diversas preguntas y luego salió del despacho. Sabrina leyó con calma. Se memorizó las que estaban más a acorde con lo que sentía.

1. Relaciones Sociales

-Evita mirar directamente a los ojos de las personas.
-Suele malinterpretar las expresiones faciales de las personas, o no puede interpretarlas.
-Le es difícil establecer relaciones sociales con la mayoría de las personas de la misma edad.
-No suele expresar ni compartir sus intereses espontáneamente.
-Le cuesta darse cuenta si sus palabras y acciones son socialmente aceptables o no; con frecuencia puede llegar a romper las normas sociales sin saberlo.
-Hace preguntas o comentarios sin tomar en cuenta las emociones de los demás, lo que con frecuencia los ofende o aleja.
-Le cuesta adivinar intenciones o expresiones implícitas de las personas (por ejemplo, es engañado fácilmente o no entiende el sarcasmo).

2. Patrones de comportamiento

-Se obsesiona por temas o actividades muy específicas (por ejemplo, construir aves de origami, dibujar gatos manchados o investigar la mitología egipcia).
-Sus intereses son repentinos, muy intensos y extremadamente absorbentes.
-Es muy perfeccionista, por lo que sus tareas y objetivos toman mucho tiempo en concretarse.
-Con frecuencia le llaman mucho la atención partes específicas de objetos.
-Le es difícil mantener la mirada quieta o observar su entorno como un todo; siempre tiende a observar los detalles, las partes, individualmente.

3. Consecuencias a nivel cotidiano

-Conoce muy pocas personas que comparten sus intereses.
-No le atraen la mayoría de las actividades comunes entre las personas de su entorno.
-No siente interés por los eventos sociales (por ejemplo, paseos, fiestas o conciertos).
-Mantiene una clara separación entre el ámbito social y el de lo laboral (o los estudios).
-En general, prefiere dar a conocer sus capacidades técnicas que sus características personales (familia, pasatiempos, gustos).
-Le cuesta encontrar pareja, o nunca ha tenido pareja, pese a que muchas personas de su edad sí han tenido romances.
-Ha sufrido o hecho sufrir, por no saber entender sus propias emociones o las de alguna otra persona.
-Es mucho más sensible que el resto a las luces intensas o parpadeantes, los sonidos fuertes o repetitivos, ciertos sabores, u otros estímulos sensoriales.

4. Lenguaje

 

-Tiene un amplio vocabulario formal y no le cuesta comprender textos complejos (contratos, leyes, diccionarios, Don Quijote).
-Su forma de hablar ha sido tomada como pedante, soberbia o fría.
-Le cuesta encontrar temas de conversación para tratar con otras personas. Tiende a tratar siempre los mismos temas con las mismas personas.
-No entiende bien las expresiones metafóricas como "miradas que matan", "me vuelve loco". tiende a comprenderlo todo de manera literal.
-Tiene facilidad para crear palabras o expresiones nuevas que se adapten a lo que necesita expresar.

5. Otras condiciones psicológicas

-Su coeficiente intelectual es considerado normal, o incluso superior a lo normal.
-No ha sido diagnosticado con esquizofrenia, retraso mental u otros tratarnos del

Test original: https://www.alumnos.usm.cl/˜davy.bravo/recursos_testasperger.htm

Cuando acabó el test, meditó durante largo rato. ¿Y si todo sería una obsesión suya? ¿No se estaría precipitando? Pero ahora no quería echarse atrás. Dejó el test en la mesa y salió del despacho.

Esa mañana había sido muy rara. Subió a la habitación 11 y se encontró con Daniel hablando junto a Laura. La chica se abalanzó sobre Sabrina y le dio un abrazo. Sabry no supo como responder.

Después del abrazo, las dos chicas se soltaron y se miraron durante un momento.

¿Qué te pasa, Sabry? preguntó alegre Laura.

Nada se apresuró a responder la chica.

Daniel la miró con algo de aprensión. Sabía que Sabrina era una experta a la hora de mentir.

¿Qué te ha dicho Andersson? preguntó, cuando todo el mundo estuvo sentado.

No te interesa contestó con voz monótona la chica.

A Daniel no le gustaron esos modos, pero no quería provocar a Sabrina. Parecería pequeña e indefensa, pero era casi una mujer de armas tomar.

Supongo que queréis estar a solas dijo Sabrina.

¡No! Quédate, Laura ya se iba, ¿verdad? soltó Daniel, y le dedicó una mirada a su novia que Sabrina no pudo entender.

Laura, al ver la cara que había puesto Dan, salió de la habitación con una sonrisa en los labios. Su novio la vio irse por el pasillo.

Cuando ya estaban completamente solos, Daniel abordó a Sabrina.

Explícame lo que es el síndrome de Asperger.

Sabrina lo miró con esos ojos impenetrables. A Daniel se le encogió el estómago, pensaba que tal vez la hubiera ofendido.

No sabría resumírtelo en pocas palabras acabó por contestar la chica.

Venga, por favor

Sabrina lo miró durante un instante. Daniel estaba animado y alegre, estado en el que últimamente apenas había experimentado. Aprovechó la ocasión para dejarse llevar durante un rato.

 

Las características principales del síndrome de Asperger son la incapacidad grave y permanente para la interacción social y conductas, intereses y actividades repetitivas y restringidas. El trastorno puede causar serios problemas en la vida laboral, afectiva y social hizo una pausa, para ver la cara de Daniel. Pueden darse torpezas motoras, si bien suelen ser bastante ligeras, pero pueden contribuir al rechazo por parte de los compañeros y al aislamiento social. En este trastorno son frecuentes los síntomas de hiperactividad e inatención y muchas veces va asociado a un trastorno depresivo.

Daniel la miraba con extrañeza.

¿Eres autista? acabó por preguntar. ¿Y cómo has conseguido recitar eso tan rápido y tan bien? ¿Te sabes la definición de memoria?

Sabrina suspiró. Odiaba las preguntas tipo interrogatorio. Pero, por una vez en su vida, decidió contestarlas.

No soy autista. Tengo mucha memoria. Sí, me la se de memoria.

Dan no pudo evitar sonreír. Le hacía gracia ver a Sabrina tan seria sabiendo que estaban en un ambiente relajado y agradable. Pero parecía que a su hermana política este tema lo trataba con seriedad. Así que el chico cambió de actitud en seguida.

No he entendido la definición, Sabry dijo. No soy tan listo como tú.

Si tienes dudas, pregúntaselas al doctor Williams, es un psiquiatra infantil residente aquí contestó la chica.

Iba a marcharse, pero Daniel se lo impidió.

Necesito hablar contigo, no te vayas.

Sabrina se dio la vuelta y lo miró. Al chico le dolió ver aquellos ojos impenetrables. Sabry se sentó y esperó pacientemente a que Daniel abriera la boca.

Quería hablar sobre lo de
lo del CD dijo.

Sabrina prestó más atención.

Lo he estado pensado y
sí, quiero que la policía se entere de lo del CD.

Bien. ¿Tengo que hacer algo yo? preguntó Sabrina.

No lo sé, pero lo que quería tratar contigo es que si yo entrego el CD, si tendré que verlo.

Sabrina asintió con la cabeza. A Daniel volvió a encogérsele el estómago.

Lo paso mal cuando veo eso
¿Cómo puedo quitarme el miedo? preguntó. Pero luego se dio cuenta de que Sabrina no sabría responder a esa pregunta.

No lo sé acabó diciendo la chica.

No pasa nada, se lo preguntaré a Andersson.

Sabrina miró a Daniel de forma suspicaz.

¿Has hablado con Andersson sobre esto? ¿Por qué? preguntó.

Tenía ciertas dudas

En el estado que estás no te conviene fiarte de nadie, ni siquiera de ese matasanos.

Daniel se incorporó un poco más. No le había gustado el último comentario.

¡Ese matasanos me salvó la vida! exclamó. No te permito que hables así de él.

Sabrina no dijo nada. Ese silencio no hacía más que irritar a Dan.

¿Cómo sabes que Andersson no es el enemigo? preguntó la chica.

Daniel bufó.

Es un médico, no un terrorista.

Existen médicos que trabajan para terroristas.

Daniel soltó una amarga carcajada.

¿Crees que están conspirando contra mí?

La chica asintió con la cabeza. Daniel volvió a reírse.

Deberías dejar de leer esas historias de Lisbeth Salander le dijo el chico de forma despectiva.

Al oír eso, Sabrina se levantó enseguida del sillón y salió de la habitación sin decir adiós, simplemente dando un portazo. Al ver que no volvía, Daniel se dio cuenta de que había cometido un gran error al burlarse de ella. De repente, se sintió mal y tuvo ganas de dormir.

 

Pensó en llamar a Laura, pero algo le decía que debía estar solo. Así que lo hizo.


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Smith había conseguido volver a caminar desde que esa maldita niñata le pegara un tiro en la rodilla. Podía caminar, pero le habían amputado el pie herido a causa de una grave gangrena.

Siempre intentaba salir al jardín del hospital en muletas o silla de ruedas, pero los policías que lo escoltaban no permitían que el psiquiatra saliera. Estaba encerrado en su habitación las veinticuatro horas del día por los cargos de los que le habían acusado.

Para colmo suyo, cuando pidió que viniera su abogado, se presentó una persona totalmente distinta.

Dijo que venía de Suecia y que se presentaba con el nombre de Davidson. Smith sospechaba de aquel hombre porque ese nombre le sonaba de haberlo leído o escuchado en algún sitio.

Davidson era un hombre de mediana estatura, canoso, con unas grandes gafas de montura de pasta y lucía un traje oscuro hecho de lana de ovejas australianas. Llevaba consigo un maletín y un ordenador portátil.

¿Quién es usted? preguntó Smith, suspicaz. ¿Y mi abogado?

Davidson tomó asiento, tranquilo. Abrió su maletín y sacó un fajo de hojas. Se las entregó al psiquiatra.

¿Qué coño es esta mierda? volvió a preguntar Smith, blandiendo con brusquedad las hojas.

Usted lea eso respondió Davidson, con un marcado acento sueco.

No pienso hacerle caso hasta que no me diga quién es.

Ya me he presentado: me llamo Peter Davidson.

Smith arqueó una ceja. Luego miró los papeles. Consiguió distinguir las palabras Radcliffe, enfermedad, psicosis e internamiento.

¿Qué es esto? repitió el psiquiatra.

Davidson lo miró, cansado.

Es un informe del estado mental de su paciente, Daniel Radcliffe. Se lo resumo en pocas palabras: su paciente es un peligro para la sociedad. Debe ser recluido en un centro de alta seguridad y ponerle un tratamiento específico.

Smith escuchó con atención. Si podían encerrar a ese maldito Harry Puto en un manicomio se olvidaría de su problema de la cárcel.

¿Cómo me afectará esto a mí? preguntó.

Bueno, si el estado mental de su paciente está demasiado degradado como para no poder tenerlo en una clínica normal, quiere decir que las acusaciones que ha hecho contra usted pueden ser fruto de su desequilibrado psique.

¿Quiere decir que pueden absolverme de todos los cargos por enajenamiento mental?

Davidson asintió lentamente.

A Smith se le dibujó una enrome sonrisa en la cara. Hacía tiempo que no se sentía que controlaba la situación.

¿Puedo hacerle una pregunta?

Adelante respondió el hombre sueco.

¿Quién es verdaderamente usted, que hace aquí y quién lo trae?

Davidson lo miró seriamente durante un momento. ¿Debía contarle todo? Al fin y al cabo, si lo estaba ayudando, era por algo.

Mi nombre ya lo sabe, así que le contaré por qué estoy aquí y quién me trae.

Smith lo miró, esperando.

Un hombre que usted no conoce está muy interesado en tener al sujeto 439 en su poder.

¿439? preguntó Smith.

 

Es el nombre que le han puesto a su paciente, Daniel Radcliffe.

¿Un número? ¿Por qué?

Ya llegaremos a ese punto prosiguió Davidson. A raíz de todo lo que ha sucedido con usted y si paciente, hemos decidido que lo más fácil para todos es deshacernos del sujeto 439 para su propio bien. Hacerlo desaparecer, en este caso, internarlo en un centro de alta seguridad por su perturbado estado mental, ya que es un peligro para sí mismo y para la sociedad.

¿Qué saco yo de todo esto?

No ir a la cárcel. Seré su abogado si usted me deja.

¿Qué argumentará en mi defensa?

Davidson lo miró a través de sus gafas de montura de pasta.

Que el sujeto 439, dado su estado mental, debe ser recluido y que fue ese sujeto el que le causó todos estos estragos Davidson miró el demacrado cuerpo de Smith con algo de repelús.

No lo tengo muy claro, la verdad

Mire, cualquier jurado acusará a Radcliffe. Nadie se creerá su historia de que usted lo intentó matar. Tenga en cuenta que 439 fue diagnosticado con trastorno esquizoafectivo. Podemos argumentar que tuvo una crisis paranoica. Además, no hay pruebas que el sujeto pueda poner sobre la mesa. Tenemos el juicio ganado.


murmuró Smith, frotándose la barbilla.

Necesito que lea el informe que un psiquiatra forense ha realizado sobre Radcliffe pidió Davidson.

Smith posó sus ojos en lo que aquel hombre le pedía y comenzó a leer.

Resumiendo el escrito, decía que Daniel Radcliffe era un paciente muy conflictivo, que era un peligro para la sociedad y que se solicitaba su internamiento en un centro adecuado y que le den un tratamiento acorde con sus necesidades.

En definitiva, un documento no muy favorecedor para Daniel.

Smith acabó de leer y miró a Davidson.

Este informe no es legal dijo. ¿De dónde lo has sacado?

Eso no es asunto suyo, pero debe saber que este informe puede salvarle la vida a usted y a su carrera.

Smith asintió lentamente.

¿Cómo puedo confiar en usted? preguntó.

No hace falta que lo haga. O acepta mis servicios o conseguiremos al sujeto 439 de otra forma que no le beneficie a usted.

¿Para que necesitan a Radcliffe?

No puedo revelárselo.

¿Por qué?

Es un secreto constitucional sueco

¡Venga ya! exclamó Smith, molesto. Estamos en Inglaterra, no en
en Suecia.

Davidson arqueó las cejas.

Me gustaría que no se alterara conmigo. ¿Acepta mis servicios o no?

Smith meditó un momento. Pero la verdad es que no necesitaba pensárselo mucho.

Sí, acepto.

Daniel pudo estirar las piernas después de que pasara una semana. Andersson le había dado permiso para que pudiera ir al jardín, pero le había dicho que caminar mucho tiempo era peligroso, ya que había una mínima posibilidad de que se desmayase. Así que siempre que el chico quisiera salir de la habitación, tendría que haberlo hecho en una silla de ruedas.

Dan no puso ninguna objeción. Le entusiasmaba poder levantarse de la cama y tomar aire fresco. No le importaba ir sentado y escoltado por algún enfermero. Además, siempre está bien conocer gente nueva.

Pero ese día, vio a un hombre canoso y con gafas de montura de pasta entrar en la habitación se Smith. Se preocupó un poco. Seguramente el psiquiatra estuviera pensando una estrategia para inculparle a él o a Sabrina.

 

Pero él sabía que con el CD, Smith no podría hacer nada contra él. Ahora tenía más seguridad a la hora de entregar esa valiosa prueba a la policía.

Sabrina no lo había venido a visitar desde que él se burlara de su idea de tener síndrome de Asperger. En cambio, había recibido las visitas de Emma Watson, Rupert Grint, Tom Felton, su novia, sus padres, su agente Sue Latterman y algún que otro amigo.

Pero él quería ver a Sabrina. Se sentía mal. Le gustaba estar con ella, porque sabía que le contase lo que le contase, nunca se exaltaría. Ella era así, tan emotiva como una piedra.

Eso ayudaba a Daniel a contarle sus dudas sin temer al rechazo de la chica. Ella siempre escuchaba, aunque luego no entendiera ni un pimiento.

Se quedó un largo rato en el jardín, pensando. Andersson le había cambiado el vendaje de la cabeza un par de veces y había afirmado que la herida se estaba cicatrizando sin problemas. Con lo que ahora llevaba solamente una capa de vendas alrededor del cráneo.

Sus padres ya habían contratado a un abogado y la policía cada vez venía más a menudo para ver si ya el chico estaba en condiciones de hacer un interrogatorio. Andersson dijo que sí, con lo que avisó a Daniel de que vendrían esta tarde.

El chico estaba nervioso. Iba a contar toda la verdad y también entregar el CD. Pero no estaba muy seguro de cómo narrar todos los acontecimientos. Había escrito una especie de guión, pero al cabo de leerlo cinco minutos después, decidió tirarlo a la basura. En su lugar, se puso a leer un periódico local. Para su sorpresa, encontró un titular con su nombre: DANIEL RADCLIFFE HA SIDO INGRESADO EN EL HOSPITAL DE READING POR
. No quiso seguir leyendo y tiró el diario a la basura. No le interesaba ni lo más mínimo leer noticias sobre él.

La tarde se acercó y decidió subir a su habitación, donde lo estaban esperando unos policías uniformados. Uno era un hombre y la otra una mujer. Se presentaron con los nombres O'Conell y Lekker.

Buenos días dijo la mujer. ¿Eres Daniel Radcliffe?

El chico no hizo más que sonreír.

Venga, Lekker. Lo conoces de sobra, tu hija tiene todo su cuarto forrado con pósters de él soltó animado O'Conell.

Lekker lo miró con algo de desprecio.

Venimos a hacerte el interrogatorio, pero estamos esperando a tu abogado.

Ni siquiera lo conozco en persona, nunca he hablado con él contestó Daniel, mientras un enfermero lo ayudaba a tumbarse en la cama.

Lekker y O'Conell intercambiaron miradas.

¿Legalmente necesitas a tu abogado para este interrogatorio? preguntó O'Conell.

No lo sé, ¿qué preguntas me harán?

Muchas se limitó a contestar Lekker.

Daniel la miró con algo de amargura.

Está bien
pero si decido que una pregunta no la quiero responder porque no está mi abogado, tendrán que hacerme caso dijo el chico.

Los dos policías asintieron con la cabeza. Lekker sacó una libreta y una grabadora. La puso en marcha y empezó con las preguntas.

¿Nos podrías explicar el por qué de tu reclusión en la Unidad de Psiquiatría del Queen Charlotte Hospital?

Porque tuve, como lo llaman los psiquiatras, un ataque psicótico respondió Daniel. Pero eso no quiere decir que fuera violento o algo así. Sólo tuve unas cuantas alucinaciones, nada más.

 

O'Conell miró de reojo a su compañera. Lekker no se percató de que el policía la estaba mirando, así que siguió a lo suyo.

¿Qué fue lo que le diagnosticaron?

Trastorno esquizoafectivo.

O'Conell carraspeó. Lekker y Daniel giraron la cabeza hacia él. A Dan ya no le caía tan bien como antes.

¿Tienes algún problema? dijo Lekker, dirigiéndose a O'Conell.

Ninguno, ninguno, sólo que me pica la garganta respondió éste.

En la recepción de las enfermeras hay caramelos de menta, si quiere dijo Daniel, receloso.

O'Conell le dedicó una siniestra sonrisa. Lekker suspiró y Daniel lo ignoró por completo.

Sigamos, ¿su médico en esos momentos era el doctor Alexander Smith? siguió Lekker.

Exacto respondió Daniel.

¿Cuándo empezaron los abusos?

A Dan se le encogió de repente el estómago. Le dolió tanto que se frotó el vientre. Lekker lo miró, preocupada.

¿Te ocurre algo? preguntó.

Nada, nada

O'Conell arqueó las cejas, en señal de desaprobación. Este niño está haciendo teatro. Es un puto chiflado que se inventa las cosas.

¿Cuándo comenzaron los abusos? repitió Lekker.

A la segunda semana. Smith se hacía cada vez más repelente. Me trataba con menosprecio y burla. A la segunda semana me pegó una bofetada porque le pregunté el efecto de los psicofármacos que me obligaba a tomar.

¿No tomó medidas?

Me daba miedo que ningún otro médico me creyera.

¿Por qué? preguntó de repente O'Conell.

Daniel lo miró. No le apetecía hablar con ese tipo. Sentía que se estaba burlando de él.

Porque en mi historial clínico pone que soy un enfermo mental.

¿Y?

Me he dado cuenta de que no se escuchan a los enfermos mentales.

O'Conell se rió.

Lo estoy haciendo ahora.

Porque no le queda otra alternativa. Tiene que interrogarme quiera o no. Para algo tiene un jefe.

O'Conell iba a abalanzarse sobre el chico, pero Lekker se lo impidió empujándolo hacia atrás, haciendo que se cayera.

¿Qué coño te pasa, O'Conell? le giró Lekker, enfadada.

Daniel miraba sorprendido la escena.

Ese puto niño
¡Está loco! No sé como pierdes el tiempo con él
respondió el policía, levantándose.

No te quiero ver, sal de la habitación pidió Lekker. Le diré a Brandom que te saque del caso.

O'Conell no dijo nada y obedeció a su compañera. Cuando todo estuvo más relajado, la policía continuó el interrogatorio. Daniel y la mujer hablaron durante dos horas y al final del interrogatorio, el chico le entregó el CD.

¿Qué es esto? preguntó Lekker, cuando Dan se lo dio.

Contiene un vídeo que prueba que Smith me violó dijo el chico. Quiero que se tome en cuenta contra Smith.

Bien, lo haré respondió Lekker. Gracias.

Se guardó el CD en su bolso y se despidió. Cuando la mujer salió, entró Sabrina. Se le veía extremadamente seria.

Hola, Sabry saludó Daniel.

La chica no dijo nada. Le entregó un papel que rezaba: 99,9% DE PROBABILIDADES DE PADECER SÍNDROME DE ASPERGER.

Daniel miró atónito a Sabrina. Ella estaba de cara a la ventana.

Dios, tienes
estás
Dios, Sabry
no sé que decir murmuró Dan.

No digas nadas respondió la chica, con voz monótona.


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Un incómodo silencio inundaba la habitación. Daniel estaba nervioso, no sabía que decir. Sabrina se había sentado en un sillón del cuarto y miraba un punto fijo del suelo. Estaba extremadamente seria, Daniel nunca la había visto así. La chica transmitía miedo.

Después de unos insoportables quince minutos de duro silencio, Daniel se dispuso a hablar.

¿Sabry
? murmuró, en un hilo de voz.

La chica no dio respuesta de estar viva. Siguió mirando el suelo. Daniel, ansioso, se levantó de la cama con torpeza y se acercó a su hermana. Le puso una mano sobre el hombro. El pijama del hospital le dejaba el trasero al descubierto, pero a él no le importaba. Es más, le hacía gracia ir vestido con aquellos pijamas-vestido que ofrecían allí.

Le agarró el hombro con fuerza y luego se sentó a su lado.

¿Estás bien? preguntó, esta vez con más seguridad en la voz.

Sabrina asintió débilmente con la cabeza. Daniel agradeció esa respuesta. Aunque no sabía que era verdad. La chica no estaba bien. Ni de lejos.

¿Quieres hablar?

Sabry negó con la cabeza. Daniel no sabía que hacer. Suspiró cansado. Le acarició la espalda y luego miró el reloj colgado en la pared. Marcaban las ocho y treinta y cinco.

La enfermera estaba a punto de traerle la cena. Aunque se le habían quitado las ganas de comer después de haber visto a Sabrina en aquel estado.

Quiero ayudarte, pero no sé como
Ayúdame pidió el chico, en un intento de hacer hablar a Sabry.

Pero la chica ignoró por completo aquella petición. Dan siguió aún más preocupado. Por favor Sabrina, habla. No me gusta verte así. Además, conociéndote, eres capaz de cualquier cosa y no me gustaría verte muerta en una cuneta.

Una enfermera entró de sopetón en la habitación. Al ver que Daniel no estaba en su cama, empezó a regañarlo.

¿Por qué no estás acostado? preguntó, mientras cogía a Dan por un brazo y lo obligaba a tumbarse en la cama.

Quería estirar las piernas contestó.

Hazlo mañana, que ahora tienes que cenar.

Daniel asintió y se despidió de la enfermera. Cuando la mujer cerró la puerta, el chico saltó de la cama y volvió al lado de Sabrina, que se había quedado absolutamente igual. Parecía un robot desconectado.

¿Nuggets? ofreció Daniel, mientras le acercaba la bandeja de la cena.

Sabrina cogió una sin pedir. Dan sonrió al verla comer. Él hizo lo mismo.

Si no quieres hablar, dímelo pidió Daniel. Pero no me dejes en ascuas.

Sabrina ignoró por completo al chico y siguió comiendo. Él no tenía hambre, así que le cedió todas las nuggets a Sabry.

Pasó una hora. Una hora en un silencio sepulcral. Daniel había permanecido junto a Sabry todo el rato. Pero al final se quedó dormido en el sillón. Cuando Sabrina se percató del estado de su hermano, lo despertó para que fuera a tumbarse en la cama.

Oye
levántate le dijo Sabry, mientras le sacudía un hombro.

Daniel abrió un poquito los ojos y luego bostezó. Sin decir nada, se acostó en la cama y dejó un trozo grande libre. Luego empezó a dar palmaditas a ese trozo de espacio. Sabrina no lo entendía.

Ven a acostarte conmigo
dijo Daniel, con voz ronca.

Sabrina frunció el ceño.

Es muy tarde para que vuelvas a casa sola volvió a decir Dan. Sonrió y siguió dando palmadas a ese cacho de colchón vacío.

 

¿Quieres que duerma contigo? preguntó Sabry, suspicaz.

Daniel asintió.

No pasa nada, no te haré nada se apresuró a añadir, al ver la cara de su hermana.

Sabrina aceptó y se quitó los zapatos. Luego se acurrucó al lado de Daniel. El chico le pasó un brazo alrededor de la cintura.

De repente, la chica empezó a llorar.

No pasa nada
le consoló Dan. Le dio un beso en la cabeza y le apretó un poco la barriga, para que sintiera que estaba con ella.

No creo que esa enfermedad sea tan mala
empezó a hablar Sabry. Porque
porque la he padecido toda mi vida, pero ahora me doy cuenta.

Entonces, ¿cuál es tu miedo?

Que tus padres ya no decidan tenerme como hija
soltó.

Daniel escuchó por un momento esas palabras. Le parecieron algo extrañas.

¿Por qué no iban a querer tenerte? preguntó.

No sé
es que es la costumbre

¿Costumbre?

Sabrina se dio la vuelta y tuvo el rostro de Daniel a unos escasos centímetros del suyo. Ver aquella hermosa mirada le hizo sentir un calorcillo en el vientre.

El chico la miraba. Luego sonrió.

Tengo que contarte una cosa
empezó Sabry.

Soy todo oídos.

He pasado por siete casas de acogida desde que salí de aquel centro de menores.

Daniel se quedó asombrado.

¿En
en serio?

Sabrina asintió.

En todas he estado poco tiempo porque al cabo de seis meses, los supuestos padres decían que yo era una amenaza para ellos y que debía marcharme

¿Te abandonaban? preguntó indignado Daniel.

Sí y
no quiero que tus padres lo hagan
no quiero quedarme sola otra vez

No lo harán. Te lo prometo
respondió Dan, y volvió a darle un beso a Sabry, pero esta vez en la frente.

Estuvieron una hora abrazados, sin decir nada. Cada uno se contentaba con oír la lenta respiración del otro. Sabrina tenía apoyada la cabeza en el pecho de Daniel. Eso le producía un bienestar interior que no había sentido nunca.

De repente supo que hacer. Se levantó de la cama y comenzó a desvestirse. Daniel la miró, extrañado.

¿Qué haces? preguntó.

La chica no contestó y se quitó las bragas y el sujetador. Se dio la vuelta y Daniel pudo observar aquel pequeño y delgado cuerpo desnudo. Parecía más pequeña, no aparentaba tener quince años, pero tenía vello púbico y unos pechos algo desarrollados.

Dan se incorporó en la cama. Estaba atónito.

¡Vístete, Sabrina! exclamó y se tapó los ojos con una mano, mientras que con la otra intentaba a tientas darle la ropa a su hermana.

Quiero follar dijo Sabry.

A Daniel le dio un vuelco el corazón, el estómago y el cerebro. No había oído bien, ¿verdad?

¿Fo
follar? balbuceó.

¿Tienes preservativos? preguntó Sabrina, y comenzó a rebuscar en su bolso.

No
no tengo aquí
Sabry, esto es muy fuerte, vístete.

La chica había encontrado uno y tumbó a Daniel en la cama, se subió encima de él y apoyó su delicado trasero en el pubis del chico.

A Dan no le quedó más opción que abrir los ojos y atónito, ver como una chica le quitaba el pijama-vestido. Y en un pispás, el chico se quedó tan desnudo como ella.

 

No podía creérselo. Iban a hacer el amor de verdad, allí y ahora.

¿Estás segura, Sabry? preguntó Daniel. Se sintió algo indefenso, ya que la que tomaba el control era la chica.

Sabrina no le hizo caso y agarró el pene de Dan. El chico estaba tan excitado como ella, porque el músculo ya lo tenía erecto. Le colocó el condón.

Daniel sintió un inmenso placer cuando Sabry le puso el preservativo. Ya no era consciente de lo que estaba pasando. No pensaba con claridad. Ahora todo lo que importaba era el sexo.

Sintió un pánico terrible el pensar que los podrían descubrir, pero luego se dio cuenta de que Sabrina había cerrado la puerta con pestillo. Nadie podía molestarlos ahora.

La chica empezó a balancearse encima de Daniel, mientras le acariciaba el torso y le daba besos en la boca. El chico, en cambio, le masajeaba los pechos y la cintura.

Después de aquello, Sabrina fue lamiendo cada parte del torso de Dan. Fue desde el pecho hasta el vientre y se pasó largo rato pasándole la lengua por el ombligo.

Los dos tenían una respiración algo agitada. Cuando la chica estuvo preparada, el pene de Daniel penetró en la vagina de Sabrina.

Esa sensación fue total para la chica. Era la primera vez que hacía el amor con alguien y nunca se imaginó como iba a ser esa experiencia. De repente, la chica supo como moverse y lo empezó a hacer.

Delante, atrás, delante, atrás
Daniel siguió el compás de su hermana. Disfrutaba tanto como la chica. Nunca estaba de más practicar sexo.

Siguió penetrando, pero se dieron la vuelta y Sabrina quedó tumbada en la cama y Daniel en la posición contraria. Ahora era él el que llevaba el control.

Penetró más fuerte y más deprisa. Aquel momento se acercaba y él no iba a dejarlo pasar.

Gimió y luego respiró profundamente. Su pene eyaculó todo el esperma y sacó el pene deprisa de la vagina de Sabrina. Luego, el músculo dejó de estar en erección. Daniel se quitó el condón y le hizo un fuerte nudo. Luego no supo donde dejarlo, así que lo tiró al suelo.

Sabrina tenía una sonrisa en los labios y jadeaba. Su cuerpo estaba empapado en sudor, al igual que Daniel. El chico se tumbó boca arriba y esperó a que su respiración se calmase.

Tardaron diez minutos en relajarse del todo. Cuando se dieron cuenta de lo que habían hecho, no pudieron esconder el pánico.

Dios, esto no puede salir de la habitación dijo Daniel.

Sabrina asintió. Dan la cogió del brazo y la miró a los ojos.

No sé por qué has hecho esto, pero
no se lo comentes a nadie
lo que hemos hecho está
está mal

¿Por qué? preguntó Sabrina. Nos hemos divertido, ¿Qué hay de malo en eso?

No lo entiendes
yo soy tu hermano ahora.

Legalmente, no biológicamente

¿Y qué? Los hermanos no follan.

Sabrina se quedó pensativa. No entendía la preocupación de Daniel. El chico estaba excitadísimo (no en el concepto sexual) y no paraba de moverse. Por un momento pensó que no le había gustado su forma de hacer el amor.

¿Te ha gustado? preguntó.

Daniel se paró y miró a Sabrina.

¿Qué? Sí, sí me ha gustado
¿cómo puedes preguntar esas cosas?

No sé, se te ve preocupado, ¿no?

Daniel suspiró y se sentó en la cama. Cogió su pijama-vestido y se lo colocó. Miró la ropa desperdigada de Sabrina.

 

Deberías vestirte dijo.

La chica se percató de que estaba desnuda y se puso el sostén, la camiseta y las bragas. Luego recogió el resto de prendas y las colocó al lado del bolso, en el sillón.

Entera, vístete entera volvió a decir Daniel.

Sabrina ignoró aquello. El chico se acercó a ella y la miró seriamente.

¿Por qué querías follar conmigo? preguntó.

Me dabas una excitación sexual y quería probar. Tenía ganas contestó tranquilamente la chica.

Daniel la miró con los ojos muy abiertos.

¿Te excito sexualmente? preguntó.

Sabrina asintió.

¿Por qué? se apresuró a volver a preguntar Daniel.

Eres muy guapo, por eso.

El chico no sabía que responder. Se sentó de nuevo en la cama y meditó durante un momento. No se fiaba un pelo de Sabrina, pero no le quedaba otra alternativa que hacerle caso.

De pronto, la chica empezó a hablar.

No quiero que te confundas. Lo que hemos hecho aquí se queda aquí. No hay motivos para tener que contarlo fuera. Además, sólo ha sido una follada de noche, nada más. No quiero que creas que me gustas ni nada de eso. No quiero nada contigo. Sólo me apetecía follar y estabas tú, aparte de que eres muy guapo y te tenía cerca. Si no era contigo podría haber sido con cualquier otro.

Daniel se quedó atónito al oír aquellas sinceras palabras. Por una parte agradecía un montón que la chica pensara igual que él. Lo que habían hecho esa noche se quedaba en la noche. Pero por otra le asustaba que Sabrina fuera tan impulsiva y promiscua. Si es que ser promiscua fuera algo malo, claro.

Deberías quedarte a dormir dijo Daniel.

Me iré a casa.

Al hotel, querrás decir.

Sabrina negó con la cabeza.

Quiero volver a Londres dijo.

El chico se quedó confundido.

¿A Londres? preguntó. Está lejos, no puedes volver ahora. Además, ¿para qué quieres ir a la ciudad?

Tengo cosas pendientes que hacer.

¿Cuáles? ¿Follarte a Kevin también? preguntó agresivo Dan.

Pero Sabrina no se dio cuenta del tono insultante de las palabras del chico.

No, Kevin es gay. No querría. Me apetece
me apetece acostarme con tu novia.

Daniel no supo que decir. Primero él y ahora Laura. Esta tía esta loca.

No puedes ir por ahí follándote a quién te de la gana.

Claro que puedo, lo acabo de hacer contigo respondió Sabry.

Dan la miró con ojos cansados.

¿Eres
eres bisexual? preguntó.

No lo sé
puede que si

Daniel arqueó las cejas. Esta niña me está tomando el pelo, esto no puede estar pasando

Creo que estás confundida, Sabry dijo. Venga, vamos a la cama y mañana seguimos hablando.

La chica le hizo caso y se enfundó en las sábanas junto al chico. Durmieron acurrucados el uno con el otro. Pero Daniel se quedó mucho rato despierto, pensando.

¿Cómo es que se había acostado con una quinceañera? Nunca había perdido el control de aquella manera tan estúpida. No supo decirle no a Sabrina. ¿Y cómo es que esa chica quería follar a sus quince años? Era muy precoz. O es que trata a la gente como objetos sexuales.

Lo único que supo pensar Daniel es que tal vez Sabrina estuviera confundida. Después de haber pasado todo aquello -los abandonos, los problemas en el colegio, lo de Smith y ahora lo del síndrome de Asperge- era muy posible que la chica confundiera sus sentimientos de inseguridad con uno sexual.

 

El chico no sabía que opinión tener ante todo esto, pero algo si que tenía claro: Sabrina sólo buscaba sexo rápido y sin complicaciones. Eso alegró a Daniel. Bien, al menos sé que Sabry no siente nada por mi. Sólo le gusta disfrutar de la noche, nada más. No hay por qué preocuparse. Hasta puede que sea divertido hacer el amor con ella.

Cerró los ojos y se durmió. Habían sido muchas emociones para una noche. Su cuerpo y su cerebro estaban agotados y necesitaban descansar.


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Kevin y sus padres habían vuelto a Londres la primera semana que Daniel fue ingresado en el hospital. La idea de separarse de Sabrina le hacía sentirse perdido, pero debía hacer caso a sus padres.

Todos los días que podía chateaba con Sabrina por la noche. Ésta le daba información sobre como se desarrollaban los hecho en Reading y él le pasaba los deberes, ya que Sabrina no estaba de vacaciones. La chica los hacía todos los días pero no les prestaba demasiado interés. Ella estaba ocupada con otras cosas.

Nunca se separaba de su ordenador. Siempre miraba para consultar si tenía otra víctima a quién piratearle el disco duro. Pero nadie interesante aparecía, con lo que siempre pasaba las mañanas, tardes y noches en el hospital junto a Daniel.

Lo que había pasado la noche anterior había eclipsado la mente de la chica. Al igual que la mente de Daniel.

Los dos se despertaron tarde, muy tarde. Tan tarde que los tuvo que despertar Andersson. Éste se sorprendió cuando vio a Sabrina ponerse el vaquero. Daniel miró hacia otro lado, pues se había sonrojado.

Cuando la chica acabó de vestirse, no se despidió y salió de la habitación sin mirar atrás. Daniel se alegró de ello, pero Andersson estuvo confuso.

¿Qué le pasa? preguntó.

Daniel se encogió de hombros.

Creo que está en esos días mintió.

Ah dijo el médico. La respuesta de Daniel no le había ayudado a resolver sus dudas. Me hubiera gustado que se quedara; quería saber como le va por lo del síndrome de Asperger.

Al oír eso, Daniel se incorporó.

¡Tiene ese síndrome! ¡Está enferma! exclamó.

Andersson se sentó en el sillón donde anteriormente estaba la ropa de Sabry. Se le notaba pensativo. Daniel se puso más insistente ante ver la actitud de calma del médico.

Supongo que estará confundida y desorientada dijo.

Daniel relacionó aquellas palabras con lo que había sucedido la noche anterior.

Sí, está algo rara
Bueno, muy rara

Podría proponerle ir a una psicoterapia con Williams sugirió Andersson.

Daniel se rió.

No creo que acceda. Después de todo el lío con Smith no se fía ni de la sombra de ningún loquero.

Andersson puso los ojos en banco.

De Williams se fió

No le quedaría otra opción. Oiga, escúcheme: Sabrina no se fía de nadie. Su regla es que Todo El Mundo Miente.

Andersson miró a Daniel con las cejas encarnadas.

Menuda chica

Dígamelo a mí. Soy su hermano.

Andersson se incorporó y cogió la silla de ruedas que estaba en el rincón. Daniel lo miró, confuso.

 

Necesito hacerte una radiografía del cráneo dijo Andersson.

¿Por qué? Estoy bien

Es un control rutinario.

Daniel asintió y se sentó en la silla. El doctor lo trasladó a la Unidad de Traumatología y se metieron dentro de una sala de escáner.

Había una máquina de rayos X provista de una camilla, un TAC y una resonancia. Andersson suspiró.

Creo que tendré que hacerte un montón radiografías

No pasa nada, es su trabajo.

Andersson acercó la silla a la máquina de rayos X. Daniel se levantó, esperando instrucciones.

Túmbate boca arriba en la camilla.

El chico lo obedeció. Esa máquina le impresionaba, ya que tenía una especie de tubo que apuntaba directamente a su cara. Andersson puso aquel tuvo a unos cinco centímetros cerca del rostro del chico. Dan estaba incómodo.

¿Va a tardar mucho?

Si te mueves, sí.

Andersson pulsó un botón, pero el tubo no hizo nada.

Ya está dijo.

Daniel se quedó confuso.

¿Ya?

Andersson asintió. Luego, despacio, lo llevó al TAC. Era como un tubo gigante con otra camilla. Daniel se estremeció.

¿Tengo que meterme ahí?

Andersson asintió.

Lo mismo de antes dijo.

Daniel se tumbó boca arriba. El médico pulsó un botón y la camilla empezó a meterse dentro del tubo.

No te muevas pidió Andersson.

Daniel no dijo nada y cerró los ojos. Aquello lo ponía nervioso. Pasaron cinco minutos y Andersson lo sacó.

Luego lo trasladó a otra máquina parecida al TAC. Sin que Andersson dijera nada, Daniel se tumbó en la camilla.

Hizo el mismo procedimiento que antes. Todo igual. Pasaron otros cinco minutos y luego el médico lo sacó. Daniel se sentó en la camilla y lo miró.

Creo que no te ha sentado nada bien esto
dijo Andersson.

Ya
no me gustan esas máquinas.

El médico se rió alegremente y trasladó a Daniel a al baño, ya que éste se lo había pedido. Cuando llegaron, el chico se metió en una cabina y escuchó como Andersson le decía que se tenía que ir.

El chico orinó y luego fue a lavarse las manos pero cuando alzó la cabeza para ver su reflejo en el espejo un hombre de mediana estatura, canoso y con unas grandes gafas de montura de pasta se encontraba apoyado en la pared contraria.

¿Quién es usted? preguntó Daniel, suspicaz.

Me llamo Davidson respondió el hombre.

¿Qué quiere?

Davidson lo miró y luego sacó una pistola de su bolsillo interior de la americana. Cuando Daniel vio el arma se le heló la sangre. Se quedó petrificado. No supo que hacer.

Si quieres vivir, deberás mantenerte calladito dijo Davidson, de forma repelente.

Empezó a caminar y se acercó al chico. Éste se echó hacia atrás.

No se me acerque, lunático soltó, con una voz siniestra.

Davidson sonrió.

Estás más loco de lo que yo pensaba

Daniel le dedicó una mirada de desprecio.

Salga de aquí o gritaré amenazó.

Davidson se rió.

No te dará tiempo ni a pronunciar la primera letra y apuntó a la frente del chico.

Daniel tragó saliva.

¿Qué quiere de mi? preguntó.

Necesito que te declares culpable o mataré a todo el que tenga relación tuya respondió Davidson.

¡No pienso hacer eso! gritó el chico.

 

Giró la cabeza y encontró una tableta de jabón. Se la tiró con todas sus fuerzas a Davidson en la cara y le dio en los ojos.

¡Dios! exclamó y comenzó a disparar indiscriminadamente.

Daniel se agachó y se cubrió la cabeza. De repente, alguien entró al baño con un palo donde se cuelgan las bolsas de medicamentos y suero.

Davidson estaba arrodillado con una mano en los ojos y la otra apretando el gatillo de su pistola. Pero la persona del palo empezó a darle en el cuerpo de Davidson.

¡Hijo de puta! se oyó.

Davidson no paraba de disparar y agua y trozos de mármol salían por los aires. Daniel estaba empapado y tenía cortes en las manos a causa de las piezas rotas de los urinarios y el resto de cosas.

Davidson no hacía más que gritar de dolor, pero no soltaba la pistola. La persona del palo seguía golpeando, hasta que llegó más gente y pudieron socorrer a Daniel. Lo sacaron a rastras del baño y no pudo ver lo que ocurría dentro, pero los disparos cesaron. Luego vio como sacaban a Davidson malherido y luego a Sabrina.

No se sorprendió mucho al verla, ella siempre estaba cuando ocurrían cosas así. Se alegró aún más cuando se dio cuenta de que sólo estaba mojada. No había recibido ninguna bala.

Cuando Daniel vio a la chica, se abalanzó sobre ella y la abrazó fuertemente. Pero Sabrina no le devolvió el achuchón. No entendía el significado de los abrazos. Se soltaron y se miraron.

¡Vas a conseguir que nos maten! exclamó Daniel.

Te he salvado la vida respondió la chica. Al menos dame un gracias.

Daniel se rió. Un enfermero les entregó unas mantas y los dos se dirigieron a la habitación.

Allí, Daniel se tumbó en la cama. Sabrina empezó a quitarse la ropa y a escurrirla. Estaba empapada.

Es la segunda vez que me intentan matar

Al menos tienes testigos que puedan testificar contra ese tipo contestó Sabry. ¿Quién era?

Dijo que se llamaba Davidson, pero no me lo creo.

Daniel miró seriamente a la chica. Luego se le ocurrió una idea.

¿Puedes hackearle el ordenador? preguntó. Quiero saber quien es.

De repente, Sabrina se sintió examinada e indefensa. Cogió sus cosas y se largó sin decir nada más.

El chico no entendió aquella reacción, pero tampoco se enfadó. Sabía que la chica estaba confusa y debía tener tacto con sus comentarios.

Se quitó la ropa y se puso una muda nueva. Una simple camiseta que le había traído Laura en una ocasión. Procuró dejarse los calzoncillos.

Se tumbó en la cama y se examinó las manos. No las tenía tan mal, pero tenía un corte bastante feo en el pulgar de la mano derecha. Se chupó la sangre, cogió un pañuelo e hizo presión para que la sangre coagulara de una vez.

Sólo tuvo cinco minutos de paz, porque llegaron Andersson, sus padres, Lekker y otra gente a preguntarle que había pasado.

Daniel les contó todo y cuando acabó todo el mundo intercambió miradas.

Necesitarás protección, supongo
dijo Lekker. Pediré a algún policía que se quede, esto no se puede volver a repetir.

Gracias dijo Alan. Una cosa, ¿cuándo nos podremos marchar a Londres?

Dentro de una semana, más o menos explicó Andersson. El cráneo de su hijo es muy fuerte.

Daniel sonrió. Se tumbó en la cama y cerró los ojos. Estaba agotado y eso que no había hecho nada. Andersson, al ver lo cansado que estaba Daniel, pidió a la gente que se marcharan de la habitación, pero él se quedó.

 

Tengo que hablar contigo dijo.

Daniel abrió los ojos y se incorporó.

¿Qué pasa?

Sobre lo que ha ocurrido
No te lo han querido decir pero creo que eres mayorcito y

Vaya al grano.

Bien. Lekker piensa que hay una conspiración contra ti.

Daniel lo miró, atónito. Otro que pensaba igual que Sabrina.

Eso no es posible

Si que lo es. A Smith lo están investigando por tráfico humano, aparte de ciertas violaciones y asesinatos. Smith estaba compinchado con un grupo terrorista, mafia o como le quieras llamar. Son suecos.

Las piezas encajaron para Daniel. Davidson, históricamente, es un apellido sueco, y el hombre tenía un acento muy impropio de aquí.

Davidson es sueco dijo.

Andersson asintió.

Esto es muy grande, Daniel soltó. Estás en grave peligro. Y no sólo tú, el resto de gente que te rodea es vulnerable también. En especial Sabrina. Esa mafia traficaba con niñas para prostitución.

Daniel tragó saliva. Todo se le estaba yendo de las manos. Parecía una novela. Todo era tan surrealista

Esto es muy fuerte
murmuró.

Lo sé, y quiero trasladarte a Londres lo más rápido que pueda dijo Andersson.

¿Qué harán contra Davidson?

Estará en cárcel preventiva, supongo.

Daniel miró a su alrededor. Andersson se dio cuenta de su preocupación.

Necesitas dormir, chico dijo.

No, tengo que avisar a Sabrina, ella me puede ayudar

Duérmete, te daré diazepam.

Daniel no dijo nada y aceptó lo que le ofrecía Andersson. Se pudo dormir en seguida, pero el sueño no curaba la ansiedad que se había formado en el cerebro del chico.


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Sabrina se sentó en el banco de un parque. Estaba aturdida. Nadie se había dado cuenta, pero Davidson le había pegado un buen puñetazo en la sien.

Le dolía, sangraba. Pero nadie se había percatado. Nadie le había preguntado.

De repente, se sintió cobarde al huir así de Daniel. ¿Cómo sabía él que ella era una hacker? ¿Se lo había dicho Laura?

Quiso matarla. Era su secreto, se supone que sólo lo podía saber ella y nadie más. Contárselo a Laura era una necesidad, no le quedaba otra opción.

Asquerosa
hicimos un trato

Fue a una cafetería y se compró una naranjada. Estaba cansada. Sacó su ordenador y conectó el programa Wasp.PC. Consultó el disco duro de Smith, que no tenía nada nuevo, ya que había sido confiscado por la poli, pero igualmente quería asegurarse.

Luego se metió en el ordenador de Daniel. Éste no lo sabía, pero Sabrina le había pirateado el disco duro también.

El ordenador de Daniel estaba plagado de descargas ilegales de música, alguna que otra foto, unos archivos de texto y un montón de mails de amigos, compañeros y de asuntos laborales.

En el historial de Internet había un montón de páginas de cricket, Youtube y alguna consulta en Google, aparte de otras páginas que Sabrina no les consiguió encontrar su uso.

El disco duro de Daniel era más aburrido que mirar el ordenador de una funcionaria. Apagó el suyo enseguida. No sabía que hacer.

Ya había buscado lo que quería: información sobre el síndrome de Asperger. Eso le había ayudado a comprender el por qué de su comportamiento tan excéntrico.

 

Pero eso no quitaba que estuviera enferma. Pero en el fondo, sabía que le daba igual. Había nacido con esa enfermedad y ya era parte de su vida cotidiana.

Lo que más le dolía era admitir que sus dotes con el ordenador eran causados por aquel síndrome.

Todo se debe a que su cerebro, involuntariamente, se centra en detalles y aspectos específicos sobre algún tema. Cuando mira un paisaje, no puede centrarse en todo, si no que su cerebro busca algún detalle en concreto y lo analiza.

Aunque Sabrina pensaba que todo el mundo era igual que ella. Que su cerebro era tan raro como el suyo.

Pero ahora se daba cuenta de la verdad: estaba enferma.

La chica alzó la cabeza y suspiró. Volvió al hotel y se acostó en la cama. Alan quiso hablar con ella, pero Sabrina no se dejó.

Los padres de Daniel se habían enterado de que su hija adoptiva padecía síndrome de Asperger y habían buscado información. Cuando leyeron todo, se les cayó el alma a los pies: siempre la culpaban de cosas que provocaba su enfermedad.

Alan y Marcia intercambiaron miradas culpables.

¡Tu cráneo es increíble!

Andersson estaba asombrado por la evolución de la cicatrización de Daniel. El chico no prestaba atención, miraba las noticias de la noche de la BBC. Habían nombrado un tiroteo en el hospital de Reading pero no comentaron nada sobre él.

Eso le alegraba, pero no le gustaba que los medios de comunicación ocultaran información.

Seguramente la semana que viene te podrás marchar dijo el médico.

Bien
Pero sigo preocupado contestó el chico. Si hay una conspiración relacionada con el tráfico humano, lo de Smith es algo irrelevante.

No, dicen que no
Que Smith tenía un cierto interés por ti

Daniel lo miró con sarcasmo.

Es un violador, no le importa la víctima.

Andersson bufó.

Si que le importa, planifican sus actos totalmente.

Daniel se quedó pensativo.

¿Qué pasará ahora? preguntó.

Andersson se encogió de hombros.

No lo sé. No soy policía, no sé que decirte.

Daniel asintió y le dio las gracias. Estaba algo inseguro. No parecía ser consciente de todo lo que estaba pasando. No era consciente de que lo habían intentado matar. Se sintió muy estúpido al no saber hacer nada.

Me gustaría que viniera Sabrina dijo.

¿La llamo? preguntó Andersson.

El chico asintió. Andersson le pasó el teléfono y Daniel marcó el número de la chica. Después de esperar cinco tonos, Sabrina contestó.

¿Qué?

Quiero que vengas pidió Daniel. Tenías razón, hay una conspiración
contra todos

No es asunto mío.

Te lo pido por favor
bajó la voz para que Andersson no lo oyera. Eres hacker, puedes ayudarme. Ayudarnos.

No me interesa.

Daniel se hartó.

¡Casi me matan y me tratas así!

Lo siento
Y Sabrina colgó el teléfono.

Daniel miró sorprendido al doctor.

Es una egoísta, no me quiere ayudar

Andersson se encogió de hombros.

Es normal en los que padecen Asperger

¿El qué?

No tiene empatía. No entiende por qué necesitas su ayuda.

¿Quiere decir que es una psicópata?

 

Andersson no pudo evitar reírse.

No, no es una psicópata, sólo que no pueden identificar el lenguaje corporal.

Daniel se quedó asombrado. Por eso Sabrina parecía retrasada en algunos aspectos de la vida cotidiana. No entendía la empatía ni otras emociones, pero a diferencia de los psicópatas, ella puede sentir los sentimientos.

Quiero irme a Londres ya soltó, de repente.

Andersson lo miró seriamente.

No creo que puedas

Quiero irme. Todo el mundo corre peligro aquí, por favor.

Daniel puso ojos de súplica. Andersson no pudo evitar acabar encandilado con el chico.

Está bien, veré lo que puedo hacer.

Daniel sonrió.

Andersson sólo tardó dos días en realizar el informe de alta. Daniel salió del hospital con una parte de la cabeza con menos pelo que en la otra. Para la operación le había rapado el pelo y durante todo ese tiempo le había crecido algo.

Alan, Marcia, Sabry y Daniel partieron a Londres por la mañana. Sue Latterman dijo que debía quedarse para resolver unos asuntos legales en el hospital.

Cuando los cuatro llegaron a la casa de Fulham, se encontraron con Kevin y Laura. Todos se saludaron, aunque Daniel fue muy seco y Sabrina sólo les dedicó un simple "Hola".

Laura y Kevin intercambiaron miradas. Marcia les ofreció que se quedaran en casa un rato. Pero Daniel lo primero que hizo fue mirarse al espejo y contemplar la cicatriz que tenía en la parte lateral de la cabeza.

Tenía un montón de puntos que le daba pereza contar. Laura llegó y le dio un beso en la boca.

¿Cómo estás? preguntó.

Cansado
Y era verdad. Le apetecía irse a Nueva York y desaparecer durante un tiempo.

Fue a la habitación de Sabrina y se acostó en la cama. La chica estaba ocupada en poner en orden su ropa.

No te importa que duerma un rato en tu cama, ¿no? preguntó el chico.

Sabry negó con la cabeza. Laura se sentía un poco incómoda, pero se tumbó al lado de Dan. Sabrina se dio la vuelta y miró a la novia de su hermano con ojos acusadores.

Le dijiste a Daniel que yo era una hacker soltó.

Laura tragó saliva y se sonrojó. Dan parecía sorprendido.


respondió la chica.

¿Por qué? preguntó agresiva la chica.

Debía saberlo

No tenía por qué.

Sabrina se sentó en la silla de su escritorio. Laura estaba cabizbaja. Se le notaba avergonzada.

No pasa nada si eres hacker dijo Daniel.

No tiene nada que ver con eso respondió rápido la chica. Lo que hago es ilegal.

¿Y? Me ayudaste con lo de Smith.

Sabrina hizo una mueca extraña con la boca y luego miró a Daniel.

No quiero hablar de esto, ¿vale?

Daniel asintió.

Vale, pues hablemos de lo de la conspiración propuso.

Laura se incorporó de la cama y Sabrina prestó más atención. Pero Daniel permanecía tranquilo, tumbado boca arriba en la cama.

¿Te refieres a lo de Davidson? preguntó Sabry.

Sí.

He buscado información sobre él. Trabaja para la poli secreta de Suecia.

Daniel abrió los ojos, asombrado.

¿Y qué hace?

No lo sé, todo es confidencial respondió Sabry.

Laura los miraba sin saber como encajar las piezas.

Veo que queréis estar a solas
empezó.

Sí, me gustaría que te fueras dijo Sabrina.

 

Daniel la miró de forma severa, pero la chica no entendió lo que le quería decir. No entendía el lenguaje corporal. Laura miró a Sabrina algo ofendida, pero al final no opuso resistencia y se marchó.

Cuando cerró la puerta tras de sí, Daniel se sentó en la cama y comenzó a hablar.

¿Cómo has podido hacer eso?

¿El qué? preguntó la chica, confusa.

Echarla de esa forma.

He sido educada

Daniel desistió y retomó la conversación de antes.

Quiero saber más cosas sobre ese tal Davidson dijo. ¿Podrías averiguar más cosas sobre él?

Sabrina asintió y comenzó a teclear algunas cosas en su ordenador. Después de un rato, la chica consiguió la dirección y el número de teléfono de Davidson. Daniel se quedó asombrado.

¿Cómo has conseguido todo eso? preguntó.

Tengo mis recursos dijo ella, con voz monótona.

La dirección se trataba de una casa cerca de Trafalgar Square. Daniel miró sospechosamente a Sabrina.

¿Quieres ir a investigar? preguntó ella.

Daniel abrió los ojos.

Puede ser peligroso

Está en cárcel preventiva. Nadie irá a su casa. Además, creo recordar que él dijo que se alojaba en un hotel.

Si dormía en un hotel, ¿cómo es que tiene esa casa?

Sabrina no supo que contestar a eso. Pero después de reflexionar, se le ocurrió una idea.

Debe ser una casa-sombra.

¿Casa-sombra? preguntó el chico.

Sí. Direcciones que no van a ninguna parte. Casas compradas con dinero negro o algo así. Ese Davidson estaba ocultando algo.

¿Cómo qué?

No lo sé
Pero podríamos ir a descubrirlo.

Daniel meditó durante un momento. Todo esto se le iba de las manos.

¿Cómo sabes que Davidson dijo que se alojaba en un hotel?

Me descargué el archivo de audio de su interrogatorio en Reading. Fue muy fácil acceder a él. Los ordenadores de la jefatura de policía apenas tiene protección.

Daniel escuchó boquiabierto las palabras de Sabrina. Le sorprendía la naturalidad con la que narraba aquellos hechos.

Eso es ilegal
murmuró el chico.

¿Y? Nadie tiene por qué enterarse.

Daniel resopló.

No me puedo creer que te tomes todo a la ligera. Todo esto es muy peligroso.

Sabrina no dijo nada y siguió con su ordenador. Daniel se tumbó en la cama y miró el techó.

Decides tú si quieres venir o no dijo de pronto Sabrina, no te puedo obligar.

Estoy dudando

Yo voy a ir. Pero mañana, por la noche, tarde.

Daniel la miró.

Tienes colegio.

Mañana es sábado.

Daniel asintió para sí y observó la espalda de la chica. El sonido del teclado resonaba en la habitación. Pero al chico le rugieron las tripas.

¿Qué le pasa a tu estómago? preguntó Sabrina, de espaldas a Daniel.

Tengo hambre, voy a bajar a por algo respondió el chico, mientras se levantaba.

Tráeme algo con cafeína, por favor pidió la chica, antes de que Daniel abriera la puerta.

El chico se paró en seco y la miró.

¿Para qué?

He encontrado una cosa muy interesante y voy a tardar mucho.

Mmm. ¿Quieres un Red Bull? Papá no deja de tomarlos cuando tiene mucho trabajo atrasado.

Vale.

Daniel salió de la habitación y bajó a por algo de comida. Subió con dos bolsas de patatas fritas y dos Red Bull. Le dio uno a Sabrina, que se lo bebió enseguida.

 

Quiero ayudarte dijo Dan, sentándose en otra silla junto a su hermana.

Sabrina lo ignoró y siguió con el ordenador. Daniel clavó sus ojos en la pantalla, pero no consiguió descifrar todos esos números y letras.

Estuvieron hasta las cinco de la madrugada examinando el disco duro del policía O'Conell. Se sorprendieron bastante al darse cuenta de que no es oro todo lo que reluce.


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Menudo hijo de puta soltó Daniel, después de ver todo el contenido del disco duro del policía O'Conell.

Sabrina siguió investigando e ignoró aquel comentario.

Tiene todo el puto ordenador lleno de vídeos de violaciones a niños dijo con un montón de odio Dan. Es un pederasta.

Eso no lo puedes afirmar.

Daniel se giró y la miró con los ojos muy abiertos. La cafeína había hecho muchos estragos en su delicado cerebro.

¿Cómo que no lo puedo afirmar? preguntó. Tenemos pruebas.

No sabes si ha abusado de algún menor contestó tranquilamente Sabrina.

Daniel frunció el ceño, esperando una respuesta. Pero como se acordó de que la chica no identificaba el lenguaje corporal, prefirió hacerle la pregunta directamente.

¿Me lo podrías explicar de otra forma?

Sabrina asintió.

Un pedófilo es el que se excita sexualmente con un menor, sin llegar a mantener ninguna relación sexual con él, pero un pederasta se diferencia del pedófilo porque éste si que acosa sexualmente a la víctima.

Daniel la miró, seriamente. A veces, los conocimientos de la chica eran tan exactos, pulcros y ordenados que le asustaban.

Entiendo
acabó diciendo.

Bien, ¿qué hacemos ahora? preguntó Sabry.

Denunciar a O'Conell.

Sabrina se sobresaltó. No podían hacer eso.

No, me meterías en problemas dijo.

¿Por qué? preguntó Dan, mientras se sentaba en la cama, pensativo.

Lo que hago es ilegal, no quiero que la poli se entere ni que me rastreé.

El chico volvió a mirarla. Sabrina permanecía de espaldas a él, tecleando y clickando lo más rápido que le permitían sus dedos. La falta de emociones de la voz de la chica convertía aquella conversación en algo siniestro y morboso.

La característica que más le llamaba la atención a Daniel era el tono de voz de su hermana. Siempre monótono, cuando se trataban de conversaciones amenas y tranquilas. Eso era siniestro. Sabry a veces parecía una autómata. Inspiraba algo de miedo y suspicacia. Tal vez fuera por eso por lo que la chica tenía tan pocos amigos. En realidad, sólo uno.

No podemos permitir que O'Conell se salga con la suya replicó Daniel.

Sabrina se dio la vuelta y lo miró. Sólo un momento, luego volvió a enchufarse en su ordenador. Dan no entendió ese gesto: desde que la chica fue diagnosticada con Asperger no se molestaba en ocultar sus síntomas y sus extrañas muecas.

No es asunto nuestro, que se encargue la poli de ese cabrón acabó diciendo Sabry.

Daniel encarnó las cejas.

Si tú lo dices

¿El qué? preguntó la chica de sopetón.

Nada, era una frase hecha.

Claro, la frase está hecha, ya la has dicho.

Daniel resopló. De nuevo Sabrina hacía alarde de sus capacidades sociales.

A lo que me refiero es que es una frase con sentido figurado

 

No entiendo esas frases así que no me hables con ellas dijo la chica, algo molesta.

Daniel no se molestó en pensar algo para responderle. Se centró en O'Conell.

¿Crees que el poli tiene relación con Smith?

Mmm
creo que no, lo dudo mucho.

El chico asintió para sí mismo.

La conexión entre O'Conell y Smith eres tú dijo la chica, mirando a Daniel.

Éste encarnó las cejas. Se quedó algo sorprendido.

¿Yo
? preguntó.

Sabrina asintió con la cabeza. Acabó de beberse su Red Bull y se sentó junto a su hermano, que miraba el suelo, abatido.

Eso me convierte en el punto de mira
murmuró.

Exactamente.

Pero si O'Conell y Smith no tiene ninguna relación entre ellos y su conexión soy yo, ¿quién está escondiendo el secreto que ocultan esos dos?

El grupo de Davidson, esa conspiración

Ajá.

El chico se recostó en la cama y miró el techo. Estaba cansado pero no tenía ganas de dormir. Eran las cinco y media de la madrugada y estaban desvelando un montón de secretos.

Aunque Sabrina se encontraba en la quinta nebulosa. Tenía la mirada perdida y no parecía encontrarse consciente. Daniel se impacientó.

¿Sa
Sabrina?

La chica giró la cabeza y lo miró.

¿Qué? preguntó.

Estás rara

Sabrina encarnó las cejas. Luego suspiró.

Tienes que mantenerte alerta dijo.

Lo sé

Todo el mundo quiere matarte.

Esas palabras resonaron en el cerbero de Daniel Radcliffe una y otra vez. Miles de veces, hasta que por fin pararon. En ese momento fue cuando el chico se dio cuenta de todo

Entró en estado de shock. Sabrina se quedó impresionada. A Daniel le temblaron las manos y se puso extremadamente pálido. Su rostro, que estaba antes alegre, ahora tenía una expresión de angustia total.

Dios
murmuró. Voy a morir
Me matan
Me matan

Sabrina tragó saliva. Se quedó bastante sorprendida cuando vio el aspecto de su hermano. Le pasó una mano por la cara, para ver si se calmaba, pero el chico ahora no parecía tener ganas de mejorar de estado.

Me matan

No te van a matar, no hay nadie en esta habitación, ni pistolas, ni armas

Aquella frase bien intencionada de la chica provocó que Dan explotara en llanto. Al ver aquello, Sabry no supo que hacer.

Me matan
Me matan
volvió a murmurar el chico.

Sabry miró a su alrededor, buscando algo con lo que ayudar a su hermanito en estado de shock. Al no encontrar nada, utilizó su mano.

Le pegó una bofetada a Daniel. El ruido resonó en toda la habitación, pero dio resultado. El chico dejó de temblar y lloriquear. En cambio, miró el cuarto confuso y luego se incorporó, con una mano puesta en el lado de la cara donde Sabry le golpeó.

Gra
gracias dijo Dan.

De nada respondió Sabrina.

El chico suspiró.

No sé lo que me ha pasado

Se llama estado de shock.

Daniel la miró.

Creo que será mejor que nos vayamos a la cama propuso.

Ve tú, yo dormiré más tarde.

Daniel no la escuchó y se tumbó en la cama. Estaba cansado, muy cansado. Su estado de shock le había dejado tan agotado como si hubiera corrido diez kilómetros.

Se quitó los pantalones y se dejó los calzoncillos, y también se quitó la camiseta. Relajadamente, se tumbó en la cama y cerró los ojos. Durante diez minutos escuchó el sonido del teclado, pero luego se durmió profundamente.

 

Sabrina estuvo media hora más mirando el disco duro de O'Conell, hasta que también decidió irse a dormir. Miró el reloj, que marcaba las seis de la madrugada.

Se quitó algo de ropa y se acurrucó al lado del cuerpo dormido de Dan. La chica escuchaba dulcemente su lenta respiración y se durmió con ese sonido.

¡A desayunar!

Una voz aturdió el cerebro de Daniel. Se despertó sobresaltado y vio a la figura de su madre en el umbral de la puerta. Marcia lo miraba con una sonrisa en los labios.

Levanta a Sabrina también para bajar a desayunar dijo.

¿Qué
qué hora es? preguntó el chico con voz ronca.

Las doce menos cuarto respondió Marcia. No sé por qué habéis dormido tanto, pero no vale la pena que almorcéis. Desayunad y luego ir a la ducha, que oléis los dos fatal.

Mamá, he tenido una venda asquerosa dos semanas rodeándome la cabeza. Y
no me dejaban ducharme replicó Dan. A mí no me culpes, si alguien huele mal debe ser Sabry.

Y la miró. Estaba dormida con la boca entreabierta. Daba risa su aspecto. Le sacudió un poco el hombro. Pero fue un error, porque Sabrina le apartó el brazo con un buen golpe.

Dan se quedó extrañado y Marcia se rió.

¿Te causa gracia? preguntó en tono amargado el chico.

Marcia asintió.

Será mejor que te acostumbres a las reacciones desproporcionadas de tu hermana.

Daniel ya sabía lo que se refería. Pero se le hacían raras las reacciones de Sabrina. Al tener Asperger la convertían en una persona algo impredecible, monótona y de difícil trato social. Cosa que complicaba las cosas.

Marcia abandonó la habitación y Daniel se despertó del todo. Esperó a que Sabrina lo hiciera también y luego bajaron juntos a la cocina.

Allí los estaba esperando David Heyman, uno de los más importantes productores de Harry Potter. Daniel se sorprendió al verlo.

Hola, señorito esquivo saludó David.

Hola, ¿qué haces aquí? preguntó Dan.

Se sentó en una silla frente a él.

Devolverte al plató dijo David.

Daniel arqueó las cejas, como dando a entender que su propuesta era un tanto ridícula.

Acabo de salir del hospital
dijo.

Lo sé. Latterman me lo contó todo respondió David, tranquilamente.

De repente Sabrina vuelve a la cocina y se queda mirando a Heyman de forma sospechosa.

¿Otro poli? preguntó.

David, que no se había percatado de la presencia de la chica, se giró de repente y la miró, sonriente.

Me llamo David Heyman se presentó.

¿Otro poli?

David no pudo evitar reírse. Daniel miró a Sabrina de forma severa, aunque sabía que sus advertencias gestuales no servirían de nada.

No, no soy policía, soy un productor de las películas de Harry Potter respondió Heyman.

¿Qué quiere? preguntó Sabrina, sentándose en la punta más lejana de la mesa, junto a un zumo de naranja y un tazón de cereales sin leche.

Vengo a ver a Daniel

¿Qué quiere? volvió a preguntar la chica.

Daniel se dio cuenta de que las cosas no estaban bien, así que tuvo que intervenir.

Bueno, Sabry ya se iba, ¿a qué sí? dijo, mirando a la chica.

 

Pero ésta no respondió a su petición y siguió mirando a David. El hombre estaba confundido y no paraba de mirar a Daniel y luego a la chica. No sabía que decir.

Daniel, no me pienso ir a ninguna parte. ¿Quién coño es este?

Ya te lo ha dicho, uno que trabaja conmigo en el plató.

¿Y qué quiere?

Hablar conmigo, y si te vas, podré hacerlo.

Sabrina miró monótonamente (sí, se puede hacer eso) y desapareció de la cocina. David miró al chico, incrédulo.

¿Qué ha pasado? preguntó.

Es mi hermana
es adoptada, es decir
que se está adaptando

David miró el sitio por donde Sabry había salido. Se tomó lo que dijo Daniel al pie de la letra.

Bueno, a lo que íbamos. Te necesitamos en plató dijo.

No puedo. Mi médico me ha dicho que tengo que estar de baja dos semanas aclaró Daniel. Tengo un papel que lo demuestra.

Ya lo sé, pero no tienes por qué actuar. Puedes pasarte al menos a saludar. Hace meses que no sabemos nada de ti.

Daniel se quedó pensativo un momento. Luego accedió.

Vale, pero mañana. Hoy tengo cosas que hacer

David lo miró, algo preocupado.

¿Estás bien? preguntó.

El chico asintió deprisa.

Me encuentro perfectamente dijo. ¿Qué te hace pensar eso?

No sé
Después de todo lo que has pasado

Pero el chico bajó la cabeza deprisa.

No quiero hablar de eso contigo, David. Lo siento.

No pasa nada. Es más, no quería hablar.

David se levantó de la silla y salió de la cocina. Daniel lo acompañó a la puerta y se despidieron allí. El chico prometió ir mañana a primera hora.

Cerró la puerta y fue al salón. Sabrina estaba mirando una película. Se llamaba Millennium 1.

Se sentó en el sofá junto a la chica.

¿Y esta película? preguntó.

Es de Daniel Alfredson.

Preguntaba que de qué se trata

Léete el libro replicó Sabry, y le pasó el primer volumen, de unas setecientas páginas, de la trilogía Millennium.

Daniel dejó el grueso libro al lado y vio una escena que no debería haber visto.

A una chica delgada, con el pelo negro cortado casi al rape, llena de tatuajes y piercings la había atado a una cama un tipo gordo y con cara de cerdo.

Cuando aquella empezó a gritar, a Daniel se le encogió el estómago. Lo que estaba viviendo la chica lo había vivido él en aquella habitación del psiquiátrico.

Se tapó los ojos mientras los gritos ahogados de la chica penetraban en sus oídos. Cuando la escena acabó, se destapó la cara y miró a su hermana.

Ella estaba tranquila, con la mirada inexpresiva. Daniel se sorprendió de la falta de emociones de la chica.

¿No te da pena o algo así haber visto eso? preguntó Dan.

No, ya lo he visto.

Pero Sabrina no se refería a la película. Se refería al vídeo del abuso de Smith hacia Daniel.

Al chico aquel comentario le produjo dolor. Pero se armó de valor y siguió mirando la película junto a aquella chica inexpresiva que, sin saber por qué, le recordaba a esa tal Lisbeth Salander que acababan de violar.


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El reloj marcaba las diez de la noche. Sabrina estaba preparando una mochila con provisiones. Iba a ir a la casa-sombra de Davidson. Pero ni Alan ni Marcia tenían idea de lo que se tramaba la chica.

 

Antes de que Sabry saliera, Alan entró en casa seguido de dos perros border terriers. Éstos se abalanzaron sobre la chica, que los esquivó enseguida y se quedó mirando a los perros algo confundida.

Se llaman Binka y Nugget dijo Alan, alegre. Hizo una seña y los perros fueron al salón.

Alan los siguió y a Sabrina no le quedó más opción que ir con ellos. En el salón, la chica vio como Daniel se revolcaba con ellos sobre la alfombra. Se le notaba feliz.

¿Cómo están mis perritos? le preguntaba con voz aguda.

Sabrina encarnó las cejas, intentando comprender.

¿Por qué les hablas así, con esa voz tan ridícula? preguntó.

Daniel la miró.

Soy cariñoso con mis mascotas. Por eso les hablo así.

Los perros le lamieron la cara a Daniel y éste empezó a reírse. Sabrina no encontraba la lógica a todas las acciones que estaban ocurriendo en ese momento. Así que se sentó en el sofá a esperar que el chico se calmara.

Contó los minutos: quince.

Cuando el silencio reinó en la habitación, Daniel comenzó a hablar, viendo como los perros se iban al jardín.

Papá los dejó en casa de la tía mientras yo estaba en el hospital.

¿En cuál, el normal o el psiquiátrico? preguntó Sabrina.

En los dos.

Sabrina asintió.

Parecen simpáticos

Lo son, son los mejores perros del mundo
Binka es la hembra, la más pequeña y Nugget es el macho, el mayor.

Te refieres al tamaño, ¿no? dijo Sabrina. Porque biológicamente el macho es más grande que la hembra en cuestión de tamaño.

Daniel se tragó su impaciencia.

Sí, me refiero al tamaño

La chica se levantó del sofá y Dan la miró.

¿A dónde vas? preguntó.

A la casa-sombra, ¿me acompañas?

Daniel meditó durante un momento. Le parecía muy peligrosa aquella idea.

No puedo, mañana tengo que estar en el set

Y estarás, me tienes que acompañar ahora

Daniel negó con la cabeza.

No lo has entendido explicó. Lo que quiero decirte es que me tengo que acostar temprano porque mañana a primera hora de la mañana tengo que estar en el set.

¿Por qué? No puedes filmar

Se lo prometí a David.

Daniel miró con ojos de disculpa a la chica, que se sentía algo decepcionada.

Bueno, no pasa nada, iré sola.

Caminó hacia la puerta principal, pero alguien la cogió del brazo. Era Alan.

¿A dónde vas? preguntó seriamente.

A dar un paseo
mintió la chica.

Alan arqueó las cejas y la llevó al salón. Sabry no supo soltarse. Así que acabó sentada en el sofá, junto a Daniel, que miraba una tertulia política entre Gordon Brown y Nick Clegg. Éste último era del Partido Liberal Demócrata, partido que apoyaba Daniel desde que se enteró de que la política era interesante.

Cuando la chica se sentó en el sofá y Alan apagó la tele, la habitación se llenó de gritos protesta. Pero Alan los hizo callar con un golpe a la pared. Daniel y Sabry se quedaron sobrecogidos.

¡Silencio los dos! exclamó el padre. Parecéis críos.

Somos críos replicó Daniel, chistoso.

No me faltes el respeto, Dan amenazó Alan.

El chico se sintió menospreciado.

 

Tengo veinte años, puedo hacer lo que me plazca contestó, malhumorado.

Alan lo miró severamente y luego se concentró en Sabrina.

¿Quién te dice a ti que puedes salir a estas horas de la noche, jovencita? preguntó.

La ley, no hay toque de queda contestó monótonamente Sabry.

Daniel soltó una risita indiscreta. Pero Alan se puso más serio.

No puedes salir a las diez de la noche con una mochila llena cosas y decir que te vas de paseo.

¿Por qué?

Porque soy tu padre y tengo autoridad sobre ti.

Sabrina no sabía que objetar contra tal argumento, así que se rindió y dejó la mochila en el suelo, en señal de sumisión. Alan parecía conforme.

Salió de la habitación y fue a su despacho a trabajar. Sabrina se quedó junto a Daniel, que en seguida encendió la tele.

Era obvio que papá no te dejaría salir comentó.

¿Y por qué no me lo dijiste? preguntó molesta la chica.

Porque debes aprender tus límites.

¿A ti también te ponían restricciones?

Daniel asintió, sonriente.

Claro, ¿cómo no?

Sabrina arqueó las cejas y apoyó su cabeza en el hombro del chico. Daniel sintió que la chica se encontraba confusa. Y era totalmente normal. Seguramente con Harold y Carol la adolescente viviera sin límites y podía hacer lo que quisiera.

Pero con Alan y Marcia la cosa cambiaba. Daniel sabía que eran unos buenos padres y los buenos padres prefieren que su hijita adoptada de quince años esté un sábado a las diez de la noche en casa y no vagabundeando con una mochila llena de cosas por las calles de Londres.

Daniel lo consideraba totalmente razonable, pero parecía que el cerebro de Sabrina no conseguía asimilar esa nueva norma.

El despertador perforaba los oídos del chico. A tientas pudo encontrarlo y desactivarlo. Se estiró en la cama despacio y miró la hora. Eran las siete y media de la mañana.

Se levantó de la cama y descorrió las cortinas de la ventana. Todavía no había mucha luz pero no hacía falta encender las lámparas.

Miró a Sabrina acostada al otro lado de la cama. Dormía plácidamente. Daniel suspiró.

Salió de la habitación en silencio y fue al baño. Miró su cuerpo en el espejo y comenzó a examinarse las heridas.

Desde que salió del hospital se había vuelto más paranoico respecto a su salud. Todos los días se miraba la herida de bala de la cabeza y la del hombro. La del hombro le preocupaba más, porque en el hospital había desarrollado una infección (que ahora estaba curada) y tenía miedo de que aquello volviera a ocurrir.

Así que comenzó a quitarse la pequeña venda de forma cuadrada que tenía pegada a la cabeza y también la del hombro. Ésta última le costó un poco más.

Observó la cicatriz del hombro. Mediría unos dos centímetros y estaba colocada en posición vertical. Se la tocó suavemente y aliviado, comprobó que estaba bien.

Hizo el mismo procedimiento con la de la cabeza. El pelo rapado le estaba creciendo más, pero se prometió a si mismo que iría a la peluquería para que le igualaran el corte. Se miró la cicatriz, que ésta era un poco más pequeña que la del hombro. Se la tocó varias veces y le entró un escalofrío.

Siempre que se examinaba las heridas (como le había dicho Andersson), comenzó a recordar lo mal que lo había pasado en la cabaña de Smith, aquel cuarto con correas y los demás sitios donde había estado últimamente.

 

El miedo y la angustia no había desaparecido de su cuerpo, ni mucho menos. Tal vez nadie lo notara, pero vivía en alerta constante y casi siempre tenía pesadillas, aunque luego no se las contara a nadie, ni siquiera a Sabrina.

Miró su cara. Tenía más barba, que decidió afeitársela para ir al set. No quería que sus compañeros pensaran que estaba más demacrado que nunca.

Luego se pesó en la báscula que había comprado su madre años atrás. El aparato marcaba 56 kilos. Había engordado dos desde que lo encerraron en la Unidad de Psiquiatría.

Pero aumentar de peso no le preocupaba lo más mínimo. Lo que le angustiaba era una cuestión que había estado dando vueltas en su cabeza mucho tiempo: su estado mental.

Desde que dejó la Unidad de Psiquiatría había estado sin antipsicóticos y se comportaba de forma normal. Por un momento llegó a pensar que Smith falsificó aquel test psiquiátrico sólo para encerrarlo.

Él no se sentía loco ni desorientado ni psicótico ni nada de eso. Se encontraba normal, exceptuando los estragos y traumas que había estado acumulando desde que Smith le pegara por primera vez. Porque, que te peguen y seas incapaz de defenderte, era una sensación terrible. Y tener que sufrir esos abusos día tras día sin poder hacer absolutamente nada, era una sensación totalmente angustiante y desesperante. Te daban ganas de acabar con todo.

El chico bajó de la báscula y se frotó el vientre con una mano. Luego se quitó los calzoncillos y se metió en la ducha.

No salió hasta las nueve menos cuarto.

Estocolmo disfrutaba de unos agradables quince grados. Para una persona de fuera, pensaría que hacía un frío terrible, pero para la gente autóctona de allí, quince grados era una delicia.

En el barrio de Lundagatan, un hombre bastante mayor, gordo y con canas miraba la televisión mientras otro hombre, éste más joven preparaba café en la cocina de aquel piso.

Jan Berglund era un hombre jubilado, de unos setenta años. Nato de Estocolmo trabajó para el ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial. Después de que lo capturaran líneas enemigas, se trasladó a Rusia, dónde se formó como experto en explosivos.

Un día, el jefe de una empresa de armas polacas muy famosa le llamó para una consulta. Luego Berglund se dio cuenta de que todo era una tapadera. Aquella empresa de armas existía, pero cada vez que un paquete de mercancía llegaba a un país, traía regalitos: drogas y niños.

Berglund quedó fascinado con la cantidad de dinero que se ganaba con aquel negocio, así que continuó. Al cabo de los años, fue ascendiendo en aquella empresa y consiguió ser el encargado del transporte de mercancías, niños y droga.

Se hizo rico. Y lo sigue siendo. La policía nunca ha pillado la red de narcotráfico y tráfico humano.

El negocio seguía en popa, hasta que llegó un inspector de policía londinense, llamado Bradley Lewis que descubrió una parte de la tapadera. Consiguió meter en la cárcel a dos personas directamente implicadas con la empresa. Pero los condenaron por otros delitos que no tenían nada que ver con el tráfico ilegal que llevaba Berglund.

Lewis sabía de la existencia de aquel tráfico ilegal, pero nunca tuvo pruebas para demostrarlo. Para asegurarse, Berglund mandó liquidarlo.

 

Y así se hizo, pero luego se enteraron de que Lewis tenía esposa y una hija. Berglund sabía que Lewis tenía contacto diario con su familia y que seguramente le contara todas sus investigaciones a su esposa, ya que ésta era criminóloga.

Berglund mandó matarla también, pero la hija se libró. Acabó en Pool sin que nadie pudiera hacer nada. Pero Berglund le estuvo siguiendo el rastro muy de cerca a la chica.

Un informante que tenía el hombre le comentó que la chica había sido adoptada y que tenía un familiar que se encontraba atendido por el psiquiatra Alexander Smith.

Berglund tenía un buen contacto con el psiquiatra porque éste de vez en cuando viajaba a Suecia para comprar algo de droga y tener sexo con alguna prostituta de Bielorrusia.

Cuando se enteró de que Smith tenía un paciente a su cargo y que encima tenía relación con la hija de Lewis, supo que hacer.

El hombre salió de la cocina con el café. Era joven, alto y para ojos de Berglund, bastante guapo. Se llamaba Bjorn Davidson. Estaba preocupado porque su hermano le había dicho que se iría del país por orden de Berglund, pero no le dijo a donde ni por qué.

Bjorn se fiaba poco de aquel viejo loco Berglund. Era bueno en su trabajo pero últimamente la demencia senil hacia estragos en su cerebro. Más de una vez le propuso a su jefe que Smith le hiciera alguna revisión, pero Berglund se negaba en redondo.

Decía que Smith tenía un montón de cosas que hacer en Londres y que no tenía tiempo de que venga a Estocolmo.

Así que Bjorn asentía como un tonto.

Le dejó el café en la mesita cerca del sofá donde estaba sentado Berglund. Éste miró de reojo a Bjorn, que contemplaba las noticias.

¿Cuándo volverá Peter? preguntó Bjorn.

Todavía tiene trabajo dijo con voz ronca Berglund.

Bjorn no hizo ninguna pregunta más y se bebió el café.

Daniel se lo pasó bien en el set de Harry Potter. Todo el mundo lo saludó y fue amable con él. Pero nadie le preguntó lo que le había ocurrido durante todo este tiempo.

El chico lo agradeció. Nadie sabía nada sobre Smith ni lo del asunto de Davidson ni nada de nada.

Todo era demasiado complicado y secreto como para contarlo a la ligera. Rupert tenía una ligera idea de que su amigo había estado unas semanas en un hospital psiquiátrico, pero nada más.

Pasó toda la mañana en el set, olvidándose de sus preocupaciones.

Sabrina se despertó sobre las diez de la mañana. Cuando bajó a desayunar, sus padres estaban mirando las noticias de la BBC. Un mal presagio inundaba todo el salón.

El psiquiatra Alexander Smith a sido encontrado muerto en el hospital de Reading a manos del doctor Jordan Andersson.

A Sabrina se le cayó el alma a los pies.


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Alan apagó la televisión, extremadamente serio. Marcia se sentó en el sofá. Sabrina se acercó a su padre; no sabía que decir. Estaba casi en shock.

La chica miró a su alrededor, buscando alguna respuesta. Pero no encontraba ninguna entre esas cuatro paredes. Pensó en salir e ir directo a Reading para buscar explicaciones.

Sintió un gran peso en el estómago. Confiaba en Andersson y sabía que aquel cirujano acreditado no era tan loco como para cargarse a Smith.

 

Llegó a pensar que se equivocaba.

Daniel quedó destrozado cuando, de vuelta a Fulham en uno de los coches de producción, escuchó por la radio la horrible noticia de Andersson y Smith. Pero el chico no podía creerse que aquel hombre que le había salvado la vida hubiera matado Smith.

Llegó a casa pensativo, blanco de angustia y desconcierto. Cuando atravesó la puerta principal, un silencio se instaló en su cerebro.

Fue al salón y se encontró con sus padres y Sabrina, que en seguida se percató del chico y comenzó a teclear, clickar y hackear más deprisa.

Daniel sabía que la chica buscaba pistas, psequias, lo que sea. Porque, según ella, la información es poder.

El chico también se sentó. Toda la alegría y el buen rollo que traía del set se había ido por completo al escuchar la noticia del asesinato.

Hubo un silencio y Alan se puso a hablar, pero parecía que Daniel no era capaz de asimilar las palabras. Tenía el cerebro bloqueado.

Viendo estos acontecimientos
Alan se quedó sin palabras y retomó el turno Sabrina.

La chica se había levantado. Miraba a sus familiares con una expresión sin expresión. A Daniel le dolió verla así, sin emociones, sin sentimientos, sin empatía

Creo que a Andersson le han tendido una trampa dijo.

Marcia encarnó las cejas, incrédula.

¿En qué pruebas te basas para afirmar eso? preguntó.

No son pruebas, son razonamientos explicó la chica. ¿Qué motivos tendría Andersson para matar a Smith?

Daniel dijo Alan.

No sirve esa justificación

¡Sí que sirve!

Daniel se había levantado también. Estaba irritado, no aguantaba más. Quería escapar. Sabrina clavó sus ojos en los del chico y luego los desvió enseguida. A los de Asperger no les gusta mantener el contacto ocular.

No sirve Daniel, ese tipo estaba cuerdo dijo Sabrina.

El chico se sintió débil y estúpido por un momento. Luego se desplomó en el suelo y miró a Sabrina con ojos suplicantes.

Necesito creer que Andersson lo hizo por mi bien, no porque es un loco psicópata murmuró.

No es un loco psicópata, creo que le han tendido una trampa objetó Sabry.

¿Pruebas? preguntó Marcia.

Creo que fue Davidson.

Davidson está en la cárcel

Debe tener aliados, contactos. Gente con la que pueda hablar.

Silencio sepulcral.

¿Quiénes? preguntó Alan.

Sabrina no sabía que responder. No tenía información como para confirmar que Davidson trabajara para una organización. Ignoraba si tenía aliados o contactos. Necesitaba más información y le frustraba no encontrarla.

Sabrina miró a Alan, esperando que éste dijera algo. Pero no lo hizo. La que habló fue Marcia.

Si Smith está muerto
¿quién lo representará en el juicio?

Alan se quedó pensativo y luego miró a Daniel. El chico estaba callado y arañaba con las uñas la alfombra. El padre se acercó a su hijo y se agachó para estar a la misma altura.

Puso una mano en su hombro.

Daniel
¿estás bien? preguntó, tranquilo.

El chico negó con la cabeza.

Confiaba en Andersson y ahora

Estamos pensando que puede que le tendieran una trampa
Puede que Andersson sea inocente.

¿Cómo estás tan seguro? dijo Daniel, y levantó la cabeza. Tenía los ojos llorosos.

 

Alan lo miró lo abrazó. Dan dejó que su padre lo abrazara y se lo devolvió. Se sentía vulnerable y necesitaba algo de cariño y le daba igual de que tipo.

Después de aquel abrazó, Daniel se sentó en el sofá junto a su madre y Marcia le pasó una mano por la cintura. El chico estaba destrozado.

¿Qué te pasa? preguntó Sabrina indiscretamente.

Pero Daniel no le respondió. Cerró los ojos y apoyó su maltrecha cabeza en el hombro de su madre. Ésta sonrió.

Supongo que el fiscal de turno le tocará hacer de Smith
dijo Alan, después de levantarse.

Igualmente es muy fácil ganar el juicio intervino Sabrina. Tenemos el CD y el fiscal no lo sabe, además, no se que argumentará en contra de las acusaciones de abuso sexual, maltrato y violación.

Cuando Alan y Marcia oyeron eso, se quedaron boquiabiertos. Daniel miró a Sabrina con los ojos llenos de odio. Se levantó sin previo aviso y empujó a la chica contra todas sus fuerzas contra la pared.

Sabrina se golpeó fuertemente la espalda y acabó sentada de culo en el suelo. No le dio tiempo y Daniel se abalanzó contra ella. El chico iba a pegarle un puñetazo, pero Sabry le agarró de las muñecas y se las retorció dolorosamente.

Daniel gritó de dolor pero siguió tumbado encima de ella. Alan y Marcia agarraron a Dan por la cintura y los hombros y lo echaron hacia atrás. Alan lo tumbó boca arriba en el suelo y le pegó una bofetada a su hijo.

¿Qué es lo que te pasa, Daniel? gritó Alan, furioso.

¡Hicimos un trato, un trato! respondió Daniel, lleno de ira. Intentó soltarse, pero Alan lo tenía cogido de los brazos y tenía su trasero apoyado en el pubis del chico.

¿Qué trato? ¡Sólo he contado la verdad! exclamó Sabrina, mientras Marcia la ayudaba a levantarse.

¡Eso no lo sabían, ellos no lo sabían! gritó Daniel, aún más furioso.

Alan le pegó otra bofetada. Al final, el chico se rindió. Pero su padre no estaba seguro, así que lo mantuvo tumbado unos minutos más.

Marcia se sentó de nuevo en el sofá y miró a Sabrina. Quería una explicación.

Explícanos, Sabry, qué es lo que no sabemos.

La chica miró primero a Daniel, que estaba ahogado en un llanto silencioso y luego a sus padres.

Smith abusó sexualmente de Daniel cuando estaba en la Unidad de Psiquiatría. Pero esos abusos estaban desde muy antes de la violación. Smith empezó a pegarle y tocar sus genitales mientras el Dan se encontraba atado a una silla o lo que fuera.

Hizo una pausa, mientras Alan y Marcia digerían aquellas palabras. Miró a Daniel, que se había incorporado y ahora estaba sentado, clavando sus ojos en los de la chica. Sabry sabía que en esos momentos Daniel la odiaba.

También, una vez, abuso
abusó de mí acabó la chica.

Hubo unos segundos de silencio y luego Alan empezó el interrogatorio.

¿Todo esto es verdad, Daniel? preguntó, dirigiéndose a su chico.

Daniel asintió secamente.

¿Por qué no lo dijiste? intervino Marcia.

Sabrina y Daniel intercambiaron unas miradas rápidas.

Porque pensaba que no me creíais
contestó el chico.

Marcia fue a abrazar a su hijo, que lo pilló desprevenido.

Esas cosas se cuentan, Daniel
No lo vuelvas a ocultar.

La cosa se calmó al cabo de media hora. Daniel se sinceró con sus padres de todos los abusos que había sufrido en la Unidad de Psiquiatría. No quería contarlo pero debía hacerlo. Y al hacerlo le dolía, porque cuando venían esos recuerdos a su memoria se desmoronaba y a veces le costaba mantener el control de su ser.

 

Alan y Marcia le apoyaron en todo momento. Luego, llamaron por teléfono al abogado de Daniel y le contaron todo lo ocurrido. El abogado dijo de presentarse al día siguiente.

Sabrina no se sentía con ganas de hablar con el chico, así que después de que Daniel contara su versión de los hechos, la chica salió al jardín a tomar un poco el aire. Aquella reacción de Dan la había asustado.

Tuvo una hora de paz, pero llegó Daniel y se sentó a su lado. Le pasó una mano por la cintura y se pegó a ella.

Sabrina se sintió muy incómoda. No le gustaba que la tocaran sin su consentimiento. Pero se aguantó y escuchó las palabras de su hermano.

No vuelvas a dejar que te pegue, ¿me has oído? Si crees que te voy a hacer daño, electrocútame o algo, pero no dejes que te lastime.

La chica asintió secamente. Daniel le dio un beso en la frente y se abrazó a ella. Sabrina no supo que hacer y respondió a las ganas de cariño de Dan.

No es tu culpa, Dan
Soy yo que
que no sabía que a ti te sentaría mal
Debería haberme callado.

De eso nada, fui yo el que perdió el control. No sé que me ha pasado, es que

Sabrina se abrazó a Daniel un poco más. Sabía que su hermanito se sentía extremadamente culpable.

La suerte estaba de parte de Daniel. En el juicio, el fiscal no pudo poner ninguna prueba contra Daniel ni contra a Sabrina. La chica estuvo contenta porque sabía que ella sí que había infringido la ley.

Al final, Daniel ganó el juicio. Pero no le importaba; mientras Smith no le molestara nunca más, estaría feliz y en paz.

Ahora el dilema era Andersson. Sabrina había pedido una citación para hablar con él en la cárcel. Dijeron que se la darían pasadas dos semanas.

Tarde o temprano era de esperar que la prensa se enterara de que Daniel Radcliffe estaba implicado en el tiroteo del hospital de Reading. Y también se descubrió que Smith, el psiquiatra que había matado Andersson, tuvo contacto con Radcliffe, pero no se sabe para qué.

Entre Alan y Sue Latterman se encargaron de que la prensa escribiera noticias verdaderas y que se pudieran probar. Porque casi siempre salía un titular que decía algo así como "Daniel Radcliffe ha colaborado en la matanza del psiquiatra Alexander Smith".

El chico hacia caso omiso de aquellas notas de prensa. Lo único que le preocupaba era la sentencia de Andersson. Poco a poco se había convencido de que el cirujano tenía todas las papeletas para ser inocente. Se sintió estúpido por haber desconfiado de él en un principio.

Sabrina poco a poco fue adaptándose de nuevo al ritmo de las clases. Kevin siempre la acompañaba. La chica le contó todo lo que había ocurrido en Reading desde que él se marchó a Londres. Le comentó que tenía síndrome de Asperger. Kevin se quedó algo sorprendido cuando la chica le explicó de que se trataba la enfermedad.

Quedaban muchas cosas por desvelar y Sabrina dedicaba todo su tiempo libre en buscar pistas que ayudaran a Andersson. Pero también se acordaba de la supuesta organización de Davidson.

Pero cuando Daniel volvió al set para continuar con la grabación de Harry Potter, a la chica se le rompió el corazón. Porque Daniel le dijo:

Esto es muy peligroso. Lo dejo. Y quiero que tú también.

Pero Sabrina sabía que no la podría convencer tan fácilmente.


NOS VEMOS EN LA SEGUNDA PARTE. ¡TE ESPERO! :D

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El chico caminaba tranquilo, escuchando a Radiohead en su iPod, sin pensar en lo que le podría ocurrir. No prestaba atención a la calle, andaba sin destino p

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2023-02-27

 

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