Consumatum Est - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Consumatum Est
Todo está acabado


Se dejó caer sobre el verde césped. Sus vestidos se desparramaron sobre el firmamento descuidadamente y sus manos se entrelazaron sobre su falda. Recorrió los terrenos con la mirada, y una ligera sonrisa cayó en sus labios. Bellos y delicados niños. Niños, suyos y hermosos. La primavera alentaba sus corazones y llenaba sus almas.

Se alegraba de poder estar allí, al aire libre, descansando. Las clases cansaban su cuerpo el último tiempo, y aunque era aún joven, a veces dudaba de su capacidad para seguir allí; para sostenerse luego de todo. Su mirada vagó de príncipe en princesa, en esas manos infantes, en sus risas y sus picaras miradas. Otras tantas veces recordaba porqué aún estaba allí.

Una mano se posó en su vientre inconcientemente mientras observaba a aquellas criaturas. Cada uno de ellos era suyo, cada uno de ellos propio, pero ninguno como el que llevaba dentro. Magia vivía dentro de ella, ligera, suave y dulce. No sabía cuándo comenzaría a manifestarse, siquiera conocía cuando otros lo notarían. Cargaba con media vida, el resto
pesar.

Se preguntaba cómo había llegado hasta allí; cómo se había silenciado, cómo cobardemente le había callado su estado y lo había visto marchar. Por los mismos terrenos donde ahora ella descansaba. Corrían los días y esperaba.

El año acababa, los niños pronto se irían, volverían a sus casas y contarían del triste y extraño año que les había acontecido. Ninguno mencionaría sus silencios, ni su rostro apagado, ninguno conocería siquiera su llanto. Nadie sabría que ella anhelaba en silencio un regreso.

Reconocía que con la llegada de las vacaciones se sentiría más ligera. Adoraba a sus pequeños, pero no entendía cómo aún se mantenía en pie para cuidar de ellos. Deseaba caer, profundo, hundirse en lágrimas y desesperar. Temía hacerlo cuando se fueran, moría para que eso fuera ya.

Los terrenos tenían un efecto relajante sobre ella. El sonido de los alumnos a su alrededor como música contribuía en aquella dulce canción. Cerró los ojos y respiró aquel aire. Recordaba llegar casi infante, y a aquel extraño aroma a olvidado colarse por sus pulmones. Casi no había cambiado. Perfumado aquí y allá, mantenía la misma esencia. Pero no podía más que asociarle con él.

- ¿Se encuentra bien, madam?

Abrió los ojos para observar perlas de cielo impasible y dulce. La mirada inocente de la pequeña le devolvió a la realidad y le sonrió.

- Por supuesto, Clarisse. - la niña asintió y se alejó en silencio.

Mentiras. Nunca le habían gustado. Durante toda su vida había aprendido a manejar las palabras, adecuarlas, moldearlas a gusto y placer, pero jamás había mentido. Ahora lo hacía. Lo maldijo, lamentándose de hacerlo, y maldijo el día que ella había caído en su poder. ¿Dónde habría ido? ¿Qué era lo que buscaba?

Dignidad. Verdades.

Su voz sonaba cual martillo de púas en su mente. Fuerte y claro, un puñal de incertidumbres. Ella había creído en él, en sus silencios sinceros, había creído en sus caricias, en sus miradas. Aún antes de tenerlas para sí. Ilusa, la había engañado. Ahora dejaba de ser ella. Ahora ocultaba y mentía.

Sin embargo, aún creía. Aún soñaba. Aún esperaba. Por ello se sentaba todas las tardes en los terrenos, el corazón en sus manos y una sonrisa expectante. Poder saltar en sus brazos al verle regresar. Sabía que su orgullo no lo dejaría, pero ella no dejaría de creer. La magia en su interior le exigía que no lo hiciera.

- ¡Helga Hayda Hufflepuff!

Se volteó para observar a su amigo. Caminaba rápidamente, lucía apagado a pesar del tono de su voz. Los niños le hacían espacio a su paso, y muchos volteaban curiosos. Pronto dejó de resultarles interesante; desde que él se había marchado, los alumnos se encontraban desorientados ante sus presencias. Los entendía. Ella se sentía extraña con ella misma.

- Godric, espantas a los pequeños. - regañó sin fuerzas.
- ¡Cómo si! Si me adoran. - exclamó el hombre, tomando asiento descuidadamente a su lado. - Te he estado buscando por horas, Helga.
- No me habrás buscado bien, God. - respondió calmamente, dirigiendo su mirada hacia el brillante lago azul.
- Por supuesto que sí, di vuelta medio castillo. - estableció con determinación.
- No hiciste levantar todas las sillas y mesas a los elfos
otra vez, ¿no?
- Ellos se ofrecen, Haydie, ellos se ofrecen. - continuó divertido. - ¿Cómo voy a negarles tal placer?

Sin poder evitarlo, sonrió. Godric nunca jamás cambiaría. Siempre sería aquel pequeño infante que había conocido una vez. Un adolescente en cuerpo de hombre. Muchas veces le costaba comprender cómo, aún después de todo, podía mantenerse así, impasible. Divertido y alegre, como si él continuara con ellos.

Siempre habían dicho que ella era la más optimista, pero el lago se negaba a dejarle sonreír esta vez. Era demasiado siquiera para asimilarlo. A veces, creía que debía correr a contarle a Rowena, dado que Godric jamás lo aprobaría. Aquello le dolía aún más, después de todo, era como su hermano.

- Entonces, dime, Haydie, ¿qué haces aquí?
- Disfruto de la tarde, God, está claro. - sonrió divertida ante el rostro sorprendido de su amigo. - A veces eres demasiado predecible.
- ¡¿Eso hace que rías de mí?! - exclamó aparentando estar herido. - En serio, Haydie

- Es un lindo día, God, no esperes que vaya a encerrarme en mi habitación. - Entendía su preocupación. Desconocía sus motivos.
- Sé que no lo harás, pero no has dicho nada desde

- Señor No-Pasa-Nada, ¿tiene algún inconveniente en cómo llevo yo mi duelo? - cuestionó molesta; sabiendo que ésa no era ella
sin importarle que no lo fuera.
- ¿Duelo? - cuestionó él sin comprender, nadie había muerto después de todo.
- Godric
dile a Rowe que no hay de qué preocuparse. Dite a ti mismo exactamente las mismas palabras, y ahórrate de nublar mi tarde, ¿puede ser?

Godric se levantó observándola casi horrorizado por sus palabras. Quiso desviar la vista de él, sonrojada y angustiada de su carácter, pero no lo hizo. Impasible, dejó que aquellos ojos azules le perforaran.

- ¿Quién eres? - cuestionó el joven Gryffindor.
- Lo que queda.

Ante un muy sorprendido Godric, se levantó, y se alejó caminando con parsimonia por los terrenos del castillo. Los niños aún corrían a su lado alegres, castos y bondadosos. Pero ella ya no podía admirarlos. Lágrimas cubrían su corazón.

~*~

Godric Gryffindor nunca se había encontrado tan serio como aquella noche; ni siquiera cuando Salazar había abandonado Hogwarts su rostro se había hallado de aquella forma. Siempre había encontrado algo por lo que reír, algo por lo que festejar. En ese atardecer no encontraba razón alguna.

Estaba en su despacho; papeleo en mano, una carta de su familia a un lado, y la frescura de la esencia de Rowena, quien acababa de marcharse.

Estoy preocupada, God
su voz resonaba aún entre aquellas ya viejas paredes. Esconde algo

Su impresión había sido sublime. ¿Qué podía esconder Helga? Aquella pequeña niña que habían conocido hacía tanto. Rowena sospechaba algo, pero no había querido confiárselo. Entendía a la joven Ravenclaw; no se guiaba de suposiciones. No obstante, la mera idea de que Helga ocultara algo de ellos, de él, le era increíble e insoportable.

Aquella mañana la había encontrado tan ida. En su interior había esperado que el tiempo calmara las ansiedades de su amiga y le hiciera ver que Salazar, aquel viejo amigo con quien siempre habían contado, ya no existía. El tiempo aplacaba el dolor, se había autoconvencido. Helga probaba lo contrario.

Empujó los papeles con brusquedad contra la pared, con impotencia corriendo su cuerpo. Odiaba el momento en que Salazar se había marchado, odiaba haber perdido a su amigo de toda la vida, pero odiaba sobre todo el corazón marchito que éste había dejado en Helga. Helga, inocente y dulce. Niña ilusa que había caído en manos de alguien como Salazar. ¿A quién quería engañar? Él también había creído en su amigo. Él también había confiado en sus palabras y en su bondad. Pero él había sabido notar el corazón corrupto del joven Slytherin, y aunque le lastimaba, sabía que, en su interior, jamás le perdonaría aquella traición.

Su rostro se posó entre sus manos. Todo era caos. ¿Cuánto llevaba Salazar lejos del castillo? ¿Tres meses? Nada más. Parecía una eternidad en su interior. Una pesadilla que había ocurrido allá, por el principio de los tiempos. Una escena que no había presenciado, de la cual no había sido partícipe. Sin embargo, recordaba cada palabra, cada gesto y cada lágrima de su protegida Helga.

Cuando la, en aquel entonces, niña había llegado a ellos, había jurado para sí protegerla, cuidar aquella dulzura e inocencia innata en la piel de la pequeña. Había fallado. Finalmente comenzaba a entender cuánto.

¿Qué es lo que tiene esa mujer, Godric? Ojos dolidos y celosos recurrieron a sus recuerdos. ¿Por qué cuidas más de ella que de tu propia esposa e hijos?

Ahora quizás comprendía la respuesta a aquella pregunta que Annatolle había realizado años atrás, atestada de celos, que a veces recurrían aún a sus discusiones. Ahora sabía. Cuidaba de ella porque nunca sería de él para cuidar.

~*~

No importaba lo que Godric dijera, Rowena no iba a quedarse de manos cruzadas mientras dos vidas corrían peligro. Desde siempre había tenía un instinto por ese tipo de cosas, lo había negado toda su vida porque no le gustaba basarse en cosas de las cuales no portaba evidencia. Pero, ¿cuánto tiempo más podría escapar de ese presentimiento que recorría su cuerpo? Se le hacía tan evidente que no podía darlo por un supuesto. Necesitaba finalmente enfrentar a la joven Hufflepuff.

La buscó por todo el colegio, incapaz de encontrarla. Pero finalmente comprendió porqué no le encontraba y bajó desde el último piso hasta el nivel de las mazmorras. Caminó por los pasillos olvidados. El ambiente que llevaba a la sala común de Salazar era frío, perverso y casi distante. Todos los pequeños se veían golpeados por el continuo abandono de su tutor, y su partida se reflejaba en la magia de aquella zona del castillo.

No le gustaba adentrarse allí. Siempre había molestado a Salazar por su falta de gusto para la decoración y su falsa idea de creación de ambiente. Ahora más que nunca apreciaba que, mientras el hombre había habitado Hogwarts, aquel había sido un lugar cálido y amigable. Por eso había optado por esquivar aquella parte del edificio, a parte de los recuerdos y dolores que pasar por allí le traía.

El despacho de Salazar, con su consiguiente habitación, no estaba muy lejos. Pronto le divisó, y la puerta semi entornada le indicó que iba por buen camino. Dio unos suaves golpecitos y entró. El lugar estaba vacío. Se adentró hasta llegar a la biblioteca, los viejos libros de Salazar aún allí dispuestos. Si algo había admirado al hombre era su meticulosidad a la hora de elegir lecturas. Tomó un viejo tomo sobre criaturas mágicas y tiró de él. La biblioteca se desvaneció, dejando a la vista una puerta de madera oscura. Entró por la puerta y sintió cómo la pesada estantería reaparecía tras ella.

Helga estaba sentada sobre la vieja cama, las piernas cruzadas bajo su cuerpo, la mirada perdida en el retrato de Salazar en la pared contraria. Sus manos estaban posadas en su vientre y sus ojos brillaban en llanto.

- Será un paria.

Su voz era cruda, dolida, un lamento. Un suspiro por la felicidad que la magia en su ser no traía. Rowena confirmó sus sospechas bajo aquellas dos palabras. Se sentó a su lado, y con brazos cálidos la atrajo hasta su regazo. El techo recibió los ojos llorosos de Helga y la mirada preocupada de Rowena se transformó en dolor y confusión.

- No volverá, ¿verdad? - Por un segundo la mujer creyó que tenía en sus brazos a una pequeña niña, cuestionando el paradero de su padre, abandonada al mundo e inocente. Así era Helga, no debía sorprenderle, pero la necesitaba fuerte y cuerda. No ella, sino la criatura que llevaba en su vientre.
- No lo creo, Helga querida. Tú lo sabes mejor que yo.
- Nunca se lo dije. Nunca pude decírselo. Tenía...

Rowena asintió y acarició los cabellos castaños de la joven. No era buena para situaciones como aquellas, ella misma había tardado un mes en informar a alguien de su primer embarazo. ¿Qué podía decirle cuando sabía nada confortaría el corazón de su amiga?

- No fue tu culpa que se fuera. Sé que te culpas... - le detuvo antes que pudiera replicar. - Salazar se fue, es una realidad, cruda y fría. Pero lo hizo porque él así lo quiso. No es tu culpa, mucho menos la de esa criatura.
- Será un paria, Rowe. - la mujer llevó su mano hasta el vientre de la otra. Podía sentir el flujo de vida por su piel y sonrió. Helga imitó su sonrisa, apagada, pero una pequeña imitación al fin y al cabo.
- Será un gran mago o quizás una inteligente bruja. No estarás sola. - besó la frente de la joven y sonrió. Odiaba la violencia, pero si Salazar volvía a pisar los terrenos, le convenía venir preparado para una buena lucha. Nadie lastimaba de aquella forma a la dulce Helga y salía impune de ello.

~*~

Helga caminó por los terrenos. Le gustaban los atardeceres. Los niños ya estaban dentro. Había sentido sus risas cuando había atravesado el Gran Comedor. Eran pequeños, inocentes, pasaban de la situación y sin embargo la vivían. Eran una generación maldita por el odio, el rencor y las disputas. Presentía que aquellas generaciones no serían las únicas y su corazón se encogía ante el pensamiento.

La tarde era cálida, cálida como el día, antagónica a su estado. Hablar con Rowena había calmado sus nervios, pero no ahuyentaba sus miedos. Los terrenos le recordaban de su libertad, de su historia. Traían memorias de sus comienzos, de tantas cosas. Rowena había sugerido arreglarle aquel viejo matrimonio que había rechazado por amor. Amor. Amor en el cual seguía creyendo. Ilusamente. Inocentemente. Pero le gustaba creer en aquella fantasía. Aún cuando aceptaba que Rowena llevaba razón.

Se sentó en aquel mismo lugar donde Godric la había encontrado aquella mañana. Se sentía diferente. Rowena había pronunciado algo que la había hecho sonreír y sonrojarse tanto que la tristeza se había alejado ligeramente de su piel.

Eres la protectora, Helga. Ellos buscan de ti como si fueras una madre. Madre... has nacido para eso.

Sintió la magia recorrer su cuerpo al recordar la frase. Necesitaba descargar aquella fuerza que salía de la criatura en su interior de alguna forma. Movió la varita y comenzó a jugar con pequeñas luces frente a ella. Luces de todos los colores, como hacía su padre cuando era pequeña.

Observó aquellas luces como si fueran el universo; ella tan pequeña perdida en su interior. Giraban, le envolvían. Confusión y abandono. Pero al mismo tiempo, vida. Tenía tanta vida a su alrededor y tantas ganas de creer. Dos amigos maravillosos y una criatura en su interior. No estaba sola, pero igual así se sentía. Las luces eran un continuar de contradicciones. Apagó la magia, cerró los ojos y se recostó.

Ellos recurren a ti,
Pero...
Los proteges, los albergas...
Pero...
Esa eres tú.


- No debiste irte. - su voz resonó contra el aire. - No debiste, Salazar. Significado de los nombres

 

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Se dejó caer sobre el verde césped. Sus vestidos se desparramaron sobre el firmamento descuidadamente y sus manos se entrelazaron sobre su falda. Recorrió l

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2023-02-27

 

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