Mujer contra Mujer - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

UNA HISTORIA DE SUYURI

MUJER CONTRA MUJER
SEXTO CURSO


El sentimiento universal de amor humano es el beso. Un beso en la mejilla significa amistad o, en el caso familiar, amor a tu familia. Un beso en los labios, sin embargo, significa amor por la persona a la que das ese beso. Es una increíble sensación, sobre todo la primera vez.
Existen varios tipos de besos. Sin embargo, el más auténtico es el beso en los labios, la caricia en la superficie del labio.

¿Por qué no todos los besos en los labios son iguales? ¿Por qué no pueden dejar a dos personas ser libres por el mero hecho de elegir algo diferente? Una injusticia que ocurrió, no hace mucho, en Hogwarts.

Dos jovencitas lloraban mientras pasaban, descalzas, ante el pasillo del Gran Comedor. Sin embargo, y aunque muchos lo sospechaban, nadie podía estar seguro de quién se ocultaba debajo de esas túnicas rojas. Habían cometido un grave delito contra el colegio, o eso debía ser, ya que tenían argollas tanto en el cuello como en las manos. Estaban dirigidas, como si se trataran de animales irracionales, por el bedel. La comitiva la cerraba el fuerte guardabosques, Hagrid, que lloraba en silencio al saber ya por adelantado la solución de aquel conflicto. Algo que él siempre consideró estúpido, pero que la norma de aquel año tanto castigaba


Todas las actividades en contra de la moralidad, entendiéndose por ellas homosexualidad, poligamia y homosexualidad, ya sea masculina como femenina, recibirán juicio público en el Gran Comedor. Las sentencias podrán ser físicas, aunque eso pueda incumplir cualquier norma establecida más adelante.

El atrio de los profesores es normalmente el lugar más alegre del colegio, ya que allí se ve la Ceremonia del sombrero seleccionador. Sin embargo, esta vez solo había dos sillas detrás de la mesa de los profesores, delante de unos alumnos confundidos y mandándose rumores mediante susurros unos a otros.

El Director se levantó de la silla y mandó quitar las capuchas al guardabosque, Hagrid. Se las retiró y el silencio se hizo en toda la escuela. Dos mujeres no, dos niñas indefensas llorando por lo que querían hacer pasar por un terrible delito. El delito del amor.

Nada tienen de especial
dos mujeres que se dan la mano
el matiz viene después
cuando lo hacen por debajo del mantel.

Mientras todos miraban sorprendidos esas caras, sin ninguna sonrisa ni ningún insulto, ella recordaba como se dio cuenta de lo que realmente era. Recordó cuando veía, hacía poco, a las otras chicas en las duchas, y como la temblaban las piernas. Recordó cuando vio a ella duchándose. La temblaron las rodillas de tal modo que se tuvo que sentar. Y recordó como ella, la chica que estaba sentada a su lado, se acercó a ella y la dio un beso en la mejilla. Pero no un beso cualquiera

Al levantarse, la tocó su costado suavemente, y se acercó a ella, mientras sentía la nerviosa respiración de su amiga. Se besaron, con miedo y excitación a partes iguales, mientras se abrazaban. En ese momento se dio cuenta de quién era realmente.

Estuvieron solo unos segundos abrazadas, aunque a ella le parecieron horas, tal vez días. Luego se separaron lentamente, mientras se miraban a los ojos. Ella se fue a vestirse, sin decir una palabra. Se miró al espejo, con lágrimas en los ojos. Pero no lágrimas de tristeza, sino lágrimas de felicidad. Sonrió y se secó las lágrimas con la mano.

Luego a solas sin nada que perder
tras las manos va el resto de la piel
un amor por ocultar

Los murmullos habían vuelto. Observó a su mesa. Sus amigos miraban, sorprendidos, esa situación. Uno de ellos lloraba. Sabía por qué

- No sabes cuánto lo siento
- Musitó, en un hilo de voz, esperando que su amigo escuchara esta disculpa.
Albus Dumbledore miró a las dos chicas, de espaldas, con ojos de tristeza. ¿Por qué tuvo que ser precisamente Él el que las encontrara? ¿Por qué no se pudo callar y acusarlas a los demás profesores? Miró al culpable. Debajo de una cínica capa de tristeza ocultaba una sonrisa aún más odiosa. Pensó en cuando le contrató, hacía ya varios años, tal vez demasiados. Siempre había protegido el colegio, y a sus estudiantes. Pero esta vez
¿Por qué tenía que interponerse en el amor? ¿Por qué las odiaba tanto? Y, sobre todo, ¿Por qué él mismo no ha acabado con este estúpido circo? Y lo peor era el castigo que iban a recibir. Ya estaba decidido. Solo un milagro lo impediría. Pero a su edad, los milagros no existían.
- Profesor Dumbledore.- Dijo un chico, un prefecto de Ravenclaw.- ¿Cuál es exactamente su delito?
En vez del director, respondió un profesor, el viejo fantasma Binns, que aquella noche misteriosamente estaba ahí.
- Estas dos jovencitas están acusadas de realizar prácticas sexuales inmorales en el Colegio.
Estúpido fantasma, se dijo Dumbledore, mientras el ser intangible se sonreía. ¿Por qué no le hice cumplir su asunto pendiente cuando pudo? Los murmullos ya eran gritos de los estudiantes. Nadie quería oír, todos protestaban, sobre todo los estudiantes de las casas donde estaban esas dos chicas.

Un chico de Gryffindor, Ronald Weasley, sollozaba en solitario, al ver quienes estaban allí expuestas, como vulgar ganado a sacrificar. Mientras, otro chico, Harry Potter, nadie sabía donde podría estar. Claro que nadie preguntaba por él en ese momento. Ni por él ni por otra persona que faltaba, Draco Malfoy.
El Profesor Binns habló de nuevo, con su voz más cínica y vulgar, mostrándose como el fiscal:
- Pido para estas dos jóvenes que han incumplido una norma fundacional del Colegio una pena de quince latigazos cada una en exposición pública.

y aunque en cueros no hay donde esconderlo
lo disfrazan de amistad
cuando sale a pasear por la ciudad.

Hacía trescientos años que no se daban más de cinco latigazos, y cerca de cuarenta que no se hacía ningún castigo físico. Todos, hasta el bedel, normalmente frío, se estremecieron y se pusieron a silbar, mientras el fantasma, posiblemente debido a su condición, permanecía frío y distante a la crítica.

Albus Dumbledore tuvo que pedir silencio por enésima vez. Negó con la cabeza y se puso delante de las chicas, a las que tapó cuidadosamente, primero una, después otra. Negó el milagro a su pesar y volvió a hablar.
- El que quiera defenderlas, que lo haga ahora. Si no, la condena será dictada por el claustro de profesores y cumplida mañana a las seis de la mañana.
Todos murmuraban. Sin embargo, nadie se atrevía a decir nada realmente importante. Nadie lo sabía. Nadie lo imaginaba. Tan solo dos personas. La una era Harry Potter. La otra, Draco Malfoy.

Una opina que aquello no esta bien
la otra opina que qué se le va a hacer
y lo que opinen los demás está de más.

Harry Potter observaba, dentro de aquella habitación, una foto en la que salían sus dos amigas abrazadas. Mientras, Draco movía pieza en ese ajedrez mágico. Sin embargo, ninguno de los dos podía concentrarse, ni podía pensar en el siguiente movimiento de la torre, o del peón. Las fotos allí estaban. Todas eran la misma foto: Las dos abrazadas y sonrientes.
- Harry.- Musitó Draco, que tenía una pequeña barba en su mentón- Te toca
Dama a a5.- Respiró pesadamente.- ¿Qué podemos hacer?
Harry no respondió, ni miró a la partida. Estaba abstraído, mirando esa foto. Tanto amor, tanto
En una simple foto.
- Recibirán un castigo. 15 latigazos es lo establecido, Harry ¿Lo sabías?
En vez de responder, se levantó. Draco le imitó. Las piezas de ajedrez se quejaron en voz alta. No les gustaba quedarse a medias. Sin embargo, los dos chicos habían salido de esa habitación.
Sabían donde tenían que ir: a hablar con la mejor amiga de esas dos chicas, Hermione. Y en ese momento, debía estar en el Comedor, silbando al Profesor Binns.

Quien detiene palomas al vuelo
volando a ras de suelo
mujer contra mujer

Una mano se levantó sobre todas las demás. El Profesor Dumbledore vio un halo de luz. Sin embargo
ni ella podría solucionarlo, se temía. Después de volver a callar, señaló a la joven prefecta de Gryffindor que levantaba su mano izquierda con fuerza.
- Le cedo la palabra a la señorita Hermione Granger.
La chica, después de tomar un largo sorbo de agua, habló en voz alta, refiriéndose siempre al fantasma y no al resto del claustro. Realmente, nadie más les apoyaba.
- Profesores. Fantasma.- Dijo, con un cinismo increíble para ella.- El amor es libre. Los derechos humanos muggles, otorgables también a los magos, señalan la libertad sexual. Yo me pregunto: ¿Una antigua ley promulgada por los cuatro de Hogwarts es válida, aún sabiendo que la mayoría de esas leyes han sido cambiadas o derogadas? Muchas veces, las lechuzas y otros animales pertenecientes a la escuela, como los perros, han dado muestras de conductas homosexuales. Y, sin embargo, nadie ha dicho nada. Eso, sin contar un secreto que haría tambalear los cimientos de Hogwarts, un secreto que supongo que el director Albus Dumblerode conocerá y me permitirá decir.
El director asintió con la cabeza. Sabía exactamente lo que iba a pasar. Y sabía la estrategia de Hermione. Por algo él la había instruido para esto.
- Señor fantasma.- La palabra señor parecía una broma más que otra cosa.- Los cuatro de Hogwarts eran homosexuales. Por lo tanto, esa norma, por el mero derecho humano, carece de sentido lógico.
- No, señorita viva. No crea que por decir un hecho bastante probable vaya a ser nula la norma. Al contrario. Estas normas tienen mil años. Tienen mucha más vida que la Constitución de Estados Unidos, la más antigua de todas. Y el derecho humano, o derecho natural, afirma que la ley es cínica, pero ni mucho menos nula ni anulable. La ley es válida.
- Sin embargo.- Hermione tomó la palabra, con sagacidad.- Casi todas las normas de Hogwarts originales se han cambiado o derogado. Tan solo quedan dos normas originales: la norma del Sombrero y la norma que estamos discutiendo. Y para modificar una ley solo hace falta la mayoría absoluta cualificada del setenta y cinco por ciento del profesorado siempre que la norma sea motivo de polémica, o la reunión de un número de firmas equivalente al sesenta por ciento del alumnado mayor de trece años y la aprobación por mayoría simple del claustro. Propongo ahora mismo al claustro de profesores, reunido ahora mismo en pleno, que se vote la derogación de esa ley.

No estoy yo por la labor
de tirarles la primera piedra
si equivoco la ocasión

La Sala estaba a oscuras. Tan solo había una silla y un sofá. Las dos jóvenes estaban juntas, dadas de la mano. A veces se daban un suave beso en la mejilla, o en los labios, pero no se atrevían a más. Las dos eran demasiado jóvenes, ninguna de las dos tenía todavía diecisiete años. A veces, una de ellas bajaba su mano por debajo del vientre, acariciando sus partes más eróticas. Sin embargo, no seguía. Volvía a levantar la mano y acariciaba su cara, antes de otro beso en los labios.
No había palabras apenas, solo había gestos, sonrisas, caricias y besos. Sobre todo besos en la penumbra de esa habitación.

Una tarde que estaban juntas, como siempre, alguien abrió la puerta. Las dos vieron, con terror en los ojos, como se descubría su secreto. Ese secreto que, de descubrirse, podría ser su fin.
Sin embargo, no entró nadie que no debiera. Entraron dos personas, dos jóvenes de Gryffindor: Hermione Granger y Harry Potter, que iban a entrenar en ese momento. Sin embargo, no entrenaron aquel día. Ni ninguno más en esa aula. Desde aquel día, solo podían entrar dos personas por la tarde. Una, Luna Lovegood. La otra, Lavender Brown.

y las hallo labio a labio en el salón
ni siquiera me atrevería a toser
si no gusto ya se lo que hay que hacer
que con mis piedras hacen ellas su pared

La sentencia ya estaba firmada. El profesor Binns, con evidentes signos de satisfacción, la leyó.
- Condeno a Lavender Brown y a Luna Lovegood a quince latigazos. El castigo, que será efectuado por el bedel, se producirá mañana a las seis de la mañana. Esta noche, ambas dormirán en las mazmorras. Y después, tendrán que repetir curso.- Se rió fuertemente, mientras miraba con gesto de asco a las dos.- Putas de mierda.- Las dijo, en voz baja, antes de desaparecer por una pared, entre abucheos de todas las casas.

Dos personas lloraban. La primera era Ron. Amaba a Luna. La había llevado al baile de Navidad. Iba a regalarla un ramo de flores por San Valentín. La otra era Hermione. No había podido vencer a ese asqueroso fantasma. La ley de Hogwarts fue demasiado para ella, tristemente. Draco y Harry también estaban tristes. Los cuatro, en el despacho de Dumbledore, veían los retratos de los directores, la mayoría dormidos.
- Ya está todo hecho.- Musitó Hermione
- Ni una muestra de humanidad.
- Estúpida ley.- Se dijo Ron, todavía lloroso.


- Ya habéis hecho lo que debíais haber hecho. Ahora, tan solo queda rezar por ellas.- Les dijo Dumbledore.

Quien detiene palomas al vuelo
volando a ras de suelo
mujer contra mujer

La campana sonó fuertemente. Las seis de la mañana nacían, y en la entrada del colegio cinco figuras, una de ellas ectoplásmica: las dos jóvenes, el fantasma de Binns, el bedel y Albus Dumbledore. El bedel llevaba consigo un gran látigo. Pero no quería fustigar a nadie en ese momento.
- Ponga las correas.- Ordenó Binns.
Una de ellas se quitó su capa, quedando desnuda de cintura para arriba. Siete grados bajo cero avisaban de una próxima helada. El bedel la ató a unas argollas, de cara a la pared, de espaldas a la tortura que iba a recibir. Después la otra hizo lo mismo. Sus manos y sus piernas estaban atadas fuertemente a las argollas.
- Comience ya.
El bedel fustigó su látigo y golpeó fuertemente a la primera, que gritó de dolor. Binns se reía en voz baja. El segundo latigazo fue dirigido a la otra chica, que lloraba, mezcla de dolor y de tristeza por su situación. Humillada por ser libre. Por intentar ser libre.

Una opina que aquello no esta bien
la otra opina que qué se le va a hacer
y lo que opinen los demás está de más.

Esa vez una se atrevió a quitarse la blusa. La otra la abrazó, mirando el cuerpo de su compañera extasiada y repitiendo la operación. No sabían realmente como podrían hacer el amor juntas, pero sabían que la única clave era esa, el amor.

Con la ropa en el suelo, las dos, en el sofá, estaban abrazadas, besándose y explorando partes recónditas de su cuerpo con sus manos y sus labios. Una hora, dos horas. Daba igual. El tiempo no importaba, los demás no importaban, estaban ellas y nadie más. Otro beso. Otro abrazo. Amor, nada más.

Posiblemente pasaron la noche una junto a la otra, sin separarse ni un milímetro. La habitación era cálida, como si tuviera calefacción. Sin embargo, no había luz. Y eso las impidió ver a aquella persona, si es que lo era, disfrutar toda la noche en silencio de aquel espectáculo. Por la mañana, se despertaron en el suelo, todavía abrazadas, sonriendo. Hasta que la puerta se abrió, y el peso de un rencor, o tal vez del odio, cayó sobre ellas con forma de norma nunca leída y, probablemente, nunca aplicada

No estoy yo por la labor
de tirarles la primera piedra
si equivoco la ocasión

Ya habían recibido ocho latigazos. Sin descanso. Dumbledore deseaba parar, pero eso era imposible. El ritual así lo marcaba. Y, mientras, Binns, sin dar ni una muestra de clemencia, exigía al bedel seguir. Las seis y diez minutos.

Su espalda sangraba, al igual que su cuello. Las marcas del látigo la estaban desangrando, y ya se sostenía en la pared solo por la ayuda de las argollas en sus brazos. Sangraba. Lloraba. Gritaba de dolor. Nueve latigazos.

El profesor Binns no olvidaba cuando él recibió aquellos latigazos. Desde aquel entonces, odiaba a todas y cada una de las mujeres. Una mujer dictó sentencia, otra le dio los veinte latigazos. Unos veinte latigazos que hicieron que cayera en coma durante varios días. Y que ella cayera. Entonces también estaba considerado delito cualquier cosa que no fuese darse de la mano y dar un beso en la mejilla. Y ella
no aguantó ni diez latigazos. Murió, por culpa de esa norma.
Y como disfrutaba de aquel momento. Su venganza ante la nieta de aquella mala puta que le hizo eso, se dijo. Estaba muerto, pero todavía le dolían los latigazos en la espalda. Doce latigazos había dado ya.

Una de ellas sangraba ya por la boca y por la nariz. No respiraba apenas, y empezaba a ahogarse con su sangre. Por su pecho caían pequeños chorros de sangre oscura, que caían al suelo, formando un leve charco. El bedel dejó de golpear, a pesar de la exhortación de Binns a hacerlo de nuevo. Dumbledore seguía callado.
- Filch, latigazo número trece.- Gritó.
- No, profesor Binns. No más latigazos.- Tiró el látigo, una larga soga de casi dos metros de largo con pedazos de hierro adheridos, todo manchado de sangre.- Acabe usted.
Entró en el castillo, presignándose. Binns, hinchado de rabia, intentó coger el látigo, aunque su condición de fantasma se lo impidió.
- Basta ya. Ni un latigazo más, Binns.- Dijo Dumbledore, en voz alta.- Estas chicas están muy mal, una de ellas está ya casi desangrada.
Se acercó a la chica más grave. Tenía la espalda llena de sangre, y su pelo salpicado de sangre caía por su cara de niña. Desató sus grilletes y la colocó en el suelo, tumbada. Hizo lo propio con la segunda, una chica más fuerte y que todavía estaba consciente.
En ese momento llegó la enfermera, Pompfrey, que se llevó primero a la más grave en una camilla, ayudada por otra enfermera. Su compañera fue llevada en brazos por Dumbledore.

Las seis y media. Binns lloraba. Si hubiera cumplido esa sentencia íntegra, podría haber acabado con esa triste no vida. Después de cuarenta, o tal vez sesenta años.

y las hallo labio a labio en el salón
ni siquiera me atrevería a toser
si no gusto ya se lo que hay que hacer
que con mis piedras hacen ellas su pared

Nadie fue aquel día a clase de Historia de la Magia. El Profesor Binns sintió que había hecho algo que no debía haber hecho. Pero era su deseo, y no se arrepentía. La vida eterna puede costar la vida de una joven virgen, se dijo. O de una puta lesbiana, se rió. Total, no era él


Nadie las visitó en la enfermería. No por no querer, sino por prohibición. A los cuatro días, las dos entraron en el Comedor. Débiles, las dos habían sufrido una grave anemia y varias hipoglucemias seguidas que llegaron a ser peligrosas para su vida. Pero al final las dos pudieron salir. Una salva de aplausos las saludó, incluidos los de los profesores. Sobre todo los profesores. Eso les hizo pensar a todos en lo que había pasado: Un aplauso al amor, a la libertad para amar a quién quieras. Y ellas se volvieron a besar, delante de todos. Y pasaron todo el curso besándose. Y se descubrió que no eran las únicas que no querían besarse con quien era lógico.

Y el amor venció después de doce latigazos.

FIN

A 7 de Octubre de 2004

Ningún personaje es mío, todos pertenecen a su autora original, J.K.Rowling.
La canción es Mujer contra mujer, por Mecano

Gracias a DRB, por darme la idea.

By Suyuri. 2004

Phasmophobia Game - Todo sobre el juego Phasmophobia

 

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2023-02-27

 

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