No quedan plazas para dos intrusos en el paraíso - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Parte I: Si no hasestado allí no has visto el paraíso terrenal

Toda suvida se sostenía en una mentira que ellos mismo habían ideado para no sucumbirante la miseria. Para empezar, ni siquiera sabían el verdadero nombre del otro.Adán ya no recordaba el suyo; no quería hacerlo, porque le recordaba demasiadoa su anterior vida, que, en contra de lo que muchos pensaban, había sido peorque la que llevaba en esos momentos. Había sido peor porque entonces no laconocía a ella.

Y, a decir verdad, Adán siempre le había parecido un buennombre; al fin y al cabo, él se parecía bastante al Adán original; ambos habíansido abandonados a su suerte por Dios; ambos se habían visto desprovistos detodo de un día a otro, y ambos habían luchado después por sobrevivir.

 

Adán había sentido atracción por ella desde que la conoció. Leparecía la mujer más hermosa que había visto en su vida, a pesar de que suscabellos estaban mugrientos, tanto que no se distinguía ya el color original; aAdán no le importaba que su rostro se asemejara demasiado a una calavera, y que los ojos, oscuros, seasemejaran a dos pozos, de tan hundidos que estaban en las cuencas. Ni que susmanos fueran extremadamente ásperas y frías, y tan sucias como el resto de sucuerpo. A Adán nunca le importaron esas nimiedades. Se dejaba llevar por sussentimientos, por lo que ella leprovocaba.

A Adán le gustaba pensar en cómo empezó todo, en que la conocióun día de lluvia. Lo recordaba como si hubiera pasado ayer.

La encontró en un callejón alejado de la mano de Dios,acurrucada entre un montón de cartones, indefensa; tiritando de frío, apenascubierta por unos cuantos harapos, con los pies mal calzados en unas viejaszapatillas llenas de agujeros, repletos cortes y heridas mal curadas.

Adán recordaba la forma en la que le tendió la mano. La forma enla que ella había alzado la mirada, y había abierto los apagados ojos,sorprendida.

¿Quién eres? le preguntó, sin aceptar la mano, recelosa. Él sequedó callado unos segundos y luego sonrió.

Para ti, seré Adán. Ven. le dijo, simplemente. Ella lo miró,todavía desconfiada. Pero había algo en ese hombre, tan escuálido como ella,que le atraía. Quizá era eso mismo lo que le inspiraba aquella confianza; queél parecía tan desgraciado como ella; que él también parecía ser una de esaspersonas a las que Dios olvida. También él parecía haber sido abandonado portodos.

Está bien. Murmuró, mientras aceptaba la mano que el hombre letendía.

¿Y tú cómo te llamas? le preguntó Adán pocas horas después deencontrarla. Había dejado de llover, y se habían acurrucado en un bancosolitario, frotando su cuerpo con el del otro, tratando de entrar en calor.

No me gusta mi nombre dijo ella, súbitamente tensa. Él la miróextrañado.

¿Por qué?

Porque
me recuerda a mi antigua vida, ¿sabes? se mordió ellabio inferior fuertemente. Luego cerró los ojos, y comenzó a hablar, sinabrirlos . Mi madre murió, y papá
bueno, digamos que no se comportaba muybien conmigo emitió un débil gemido y calló de pronto. El hombre la miró, sinsaber muy bien qué decir, porque aquella chica le recordaba demasiado a élmismo . Pero no importa, Adán. ¿Sabes? Eso ya pasó. suspiró. Adán la observólargamente y luego susurró:

 

¿Llevas mucho tiempo en la calle? ella reflexionó unosinstantes.

Tengo casi veinticinco años, si no he perdido la cuenta, y memarché de allí a los dieciséis . Él le pasó un brazo por el cuello, tratandode reconfortarla, de hacer parar el temblor de su cuerpo que, sabía, no eracausado por el frío. Ella apoyó la cabeza en el hombro de Adán, y, tras exhalardébilmente, murmuró:

Puedes llamarme Eva. y, tras unos instantes de silencio,levantó de nuevo la cabeza, observó los ojos azules de Adán unos segundos yjuntó sus labios con los de ella.

Las primeras semanas no fueron del todo fáciles para ellos. Aligual que ella, Adán tenía por costumbre pasar los días vagando por las calles,sin intención de rogar a la gente por un par de monedas; aunque su hogar fuerala calle, aunque un montón de cartones hicieran de cama, seguían teniendo ladignidad y el orgullo, un orgullo demasiado grande como para rebajarse a pedirlimosna. Pero, a pesar de ello, de vez en cuando se topaban con algún almacaritativa que les cedía una parte de su comida, o que depositaba entre susgrasientas manos un poco de dinero, lo justo para no sucumbir al hambre.

¡Adán, mira! dijo ella cierto día, cuando caminaban por unbarrio de las afueras, lleno de gente como ellos.

El hombre miró un instante a su compañera, y luego fijó sumirada en el punto donde la mano de Eva señalaba.

Era una casa, o más bien, las ruinas de una. Parecía a punto dederrumbarse y a ninguna persona en su sano juicio se le hubiera ocurridoacercarse demasiado a ella. Pero a Adán le pareció la vivienda más hermosa quehabía visto.

Eva, yo
murmuró. Tragó saliva, y el corazón se le aceleró. ¿Crees que
?

¿
estará ocupada? concluyó ella, y lo miró, sonriendo. No,no lo creo. y, tras mirarlo de nuevo, brevemente, echó a correr hacia lacasa, riendo.

A Adán nunca antes le había parecido tan llena de vida la risade Eva. Definitivamente, ante ellos se alzaba el paraíso. Y Eva era mucho máshermosa que la descrita en las escrituras; y el paraíso, mucho más grandioso.

Parte II: Cogimos uncolchón de la basura...

Durante las siguientes semanas, Adán y Eva vivieron como en unanube. Amueblaron como pudieron las ruinas de la casa, con lo poco queencontraron en un estado aceptable entre la basura amontonada en torno a loscontenedores.

Eran felices; eso nadie podía negarlo. No les importaba que sucama fuera un colchón destrozado que desprendía un fuerte olor a orina, porquese habían acostumbrado a dormir al raso, revolcados entre cartones más suciosque su nueva cama. No les importaba que las ratas campasen a sus anchas por lacasa, porque se habían acostumbrado a ellas durante sus años a la calle, y casiles parecían viejas amigas. No les importaba que la mesa en la que comían lopoco que conseguían estuviese coja, porque hacía años que no se daban el lujode comer sobre una superficie plana. No les importaba absolutamente nada,porque por fin tenían un sitio al que acudir por las noches.

Pronto descubrieron que tenían otros vecinos aparte de losmendigos que, de vez en cuando, se acostaban en algún lugar cercano a su hogar.No podían olvidar que vivían en una ciudad en la que, por mucho que la gentetratara de negarlo, la vida acomodada de ciertos ciudadanos y la de losindigentes se juntaban; y ese era el caso de Adán y Eva. Porque, muy cerca dedonde ellos estaban asentados, unos cuantos edificios de varias plantas sealzaban orgullosamente, como burlándose de su pobreza.

 

Los inquilinos de aquellas viviendas los rechazaron desde elprimer día que los vieron. Unos cambiaban de acera al verlos; otros, se parabanen medio de la calle y se hacían a un lado, mirándolos con repulsión y miedo.Como si fueran alimañas en lugar de seres humanos. Como si fueran a secuestrara sus hijos, como si fueran a atacarles a punta de navaja por unas míserasmonedas.

Pero eso tampoco les importaba, porque les bastaba saber que setenían el uno al otro; porque, tanto a Adán como a Eva les bastaba con saberque, al menos, había una persona en el mundo que se preocupaba por ellos y quedisfrutaba de su compañía.

¿En quépiensas? preguntó Adán una noche, cuando ambos estaban tumbados sobre elviejo colchón, desnudos. Miró preocupado a su compañera, que llevaba todo eldía en silencio, como encerrada en su propio mundo, muy lejos de él.

Eva tardó unos segundos en contestar. Y cuando habló, lo hizomuy lentamente, como seleccionando las palabras.

Adán, yo
estaba pensando
¿hay algún sitio donde pueda lavarme? el hombre la miródesconcertado.

¿Lavarte?

Sí. respondióella, seriamente. Antes
bueno, antes de huir, me encantaba el agua. Podíapasar horas bañándome. hizo una mueca de desagrado al mencionar su anteriorvida. Y lo echo de menos; es lo únicoque echo en falta. dio un ligero golpe con la palma de la mano al colchón. Y ya estoy harta de oler peor que esta maldita colchoneta, y de que no puedasdistinguir el color de mi pelo.

Sé que eresrubia
murmuró Adán, y pasó una mano por su descuidada barba. Lanzó unamirada fugaz a su compañera, cuyo rostro estaba iluminado por la pálida luz dela luna, que se colaba a través de las ventanas sin cristales y las grietas delas paredes. Vale, tienes razón. Yo también estoy harto de ir pegándome atodo lo que toco
calló durante unos segundos, y luego, dio una ligera palmaday sonrió a su compañera. ¡Lo tengo! ¿Cómo no se nos ocurrió antes
?

Dime, Adán.¿Qué es lo que
?

¡La fuente! Hayuna fuente muy grande por aquí cerca, Eva, ¿la recuerdas? Sería una duchafantástica. Sonrió, y Eva también lo hizo.

Buenas noches. musitó, ya tranquila, acurrucándose cerca del cuerpo caliente de Adán.

Buenas noches. contestó él, abrazándola.

"Lo que no te he dicho" pensó Eva cuando los ronquidosdel hombre resonaba ya por toda la casa "es por qué no me preocupé de eseaspecto antes, Adán."

En sus años de indigencia, Eva nunca antes se había preocupadode su higiene. No le importaba enfermar a causa de ello, porque, a sus ojos, suvida era tan miserable que no hubiera pasado nada si hubiera acabadosucumbiendo a las infecciones. Pero eso ya había pasado. Ahora tenía un motivopara cuidar su salud. Ahora tenía un motivo para vivir; porque, por fin, pensómientras abrazaba más fuertemente a Adán, había encontrado un motivo para serfeliz.

Al día siguiente, bajo las escandalizadas miradas de las madresque llevaban a sus hijos a jugar a aquella pequeña plaza donde estaba elbendito surtidor, Eva se despojó de sus ropas. Todo rastro de suciedad seretiró de su piel y los cabellos, aunque extremadamente enredados, recuperaronsu color original.

 

Fue entonces cuando Adán se dio cuenta de que Eva, a pesar delas canas que poblaban su cabello, a pesar de que estaba extremadamente delgaday de que sus ojos no transmitían otra cosa más que frialdad, era más hermosa delo que le había parecido en ese momento. Y se sintió afortunado al pensar queaquella bonita mujer lo había escogido a él. Claro que Adán no podía saber queaquellos baños serían lo que les llevaría a la ruina.

A partir de ese momento, Eva comenzó a acudir a la fuente cadamañana, sin importarle mostrar su castigado cuerpo a todo aquel que pasara porallí. A veces la acompañaba Adán, pero por lo general iba sola.

Y, aunque ella no se daba cuenta de la exaltación que producíansus baños, no eran pocos los hombres que comenzaron a pasar habitualmente porla plaza durante las horas en las que ella solía lavarse. Fue precisamente unode aquellos hombres el que, sin quererlo, les expulsó de aquel paraíso en elque se había convertido su vida.

Parte III: Y como noteníamos apellidos

Enrique llevaba sin trabajar cinco años, desde que un accidentede coche lo dejó medio cojo. Y estaba casado desde hacía casi veinte. Lo habíahecho cuando tenía treinta años, cuando su mujer todavía era joven, bonita einfantil; cuando todavía estaba enamorado. Ahora, las cosas habían cambiadomucho; los años habían agriado el carácter de su esposa, María, los tresembarazos habían deformado su cuerpo, y las noches de pasión irrefrenable dehabían visto sustituidas, poco a poco, por un conjunto de horas insulsas frentea la televisión.

Pero, a pesar de todo, a Enrique nunca se le había pasado por lacabeza engañar a su mujer, por mucho que añorara el sentir otro cuerpo bajo elsuyo.

De vez en cuando, sólo de vez en cuando, una vez que sus hijos yMaría se habían ido a dormir, se permitía recordar aquellas noches, ensolitario. Frente a una fría pantalla que le mostraba imágenes de mujeresexuberantes, no tan distintas a la propia María en sus años de juventud.

Así, la monótona vida de Enrique seguía su curso, sinsobresaltos. Claro que eso cambió cuando aquella desgraciada llegó a sus vidas. La había visto por primeravez en la fuente de la plaza, una mañana, cuando María le había enviado acomprar el pan. En un principio, le sorprendió ver cómo la mujer, de una edadmás bien indefinida, se quitaba la ropa y se metía en la fuente como si no laestuvieran observando decenas de personas que pasaban por la concurrida plaza.

La sorpresa inicial pasó pronto para Enrique, y fue sustituidapor una mezcla de indignación y excitación. Una excitación que hacía mucho queno sentía. La observó salpicarse a sí misma durante unos segundos, pero acabósaliendo del trance en el que se había sumido, y continuó caminando a pasoligero, tratando de ignorar la súbita tirantez que sentía en sus pantalones.

Ese encuentro solo fue el primero de muchos otros. Aquella mujerparecía pasar toda la mañana en aquella fuente y Enrique, por una cosa o porotra, siempre pasaba mientras ella se lavaba.

Pronto descubrió que aquella fémina le atraía tanto o más que sumujer cuando estaban recién casados. Aquella pordiosera no era hermosa; Diossabía que no lo era; tenía la piel demasiado estropeada y los ojos demasiado vacíospara serlo. Pero había algo en ella que lo fascinaba; el hecho de que ella eralibre. De que podía ir donde quisiera, a la hora que le apeteciese. Era pobre,sí, pero solo había que mirar la expresión de su rostro durante unos instantespara darse cuenta de que era feliz. Seguramente, mucho más feliz que loshombres que, como Enrique, se dedicaban a observarla con un sentimiento que nopodían o no querían identificar; la envidia.

 

Sin saber muy bien cómo, en pocas semanas Enrique había caídoentre las redes de la mujer. Sin saber cómo, se vio paseando todas las mañanaspor la plaza, aunque su mujer no le hubiera mandado a hacer ningún recado.Empezó a soñar con aquella mujer, empezó a pensar en ella a todas horas, sinser demasiado consciente de lo que le sucedía. Sin saber cómo había sucedido,se enamoró total y perdidamente de ella.

Se enamoró de aquella indigente cuyo nombre, si lo tenía,desconocía. Y fue precisamente esa ausencia de nombre lo que le llevó abautizarla, al menos para sí mismo, con cierto apelativo que no hacía sinosimbolizar todo lo que ella representaba para Enrique; Libertad.

Enrique, querido, ¿te has enterado? le dijoMaría desde la cocina, una mañana, cuando se disponía a salir: Ella, Libertad, debía de estar a punto dellegar a la plaza, y, como era habitual, Enrique deseaba estar allí cuando ellase desvistiera.

¿De qué tengoque enterarme? le respondió, nervioso, mirando disimuladamente el reloj de lacocina. María arrugó la nariz, como hacía siempre que algo le disgustaba.

Hay unadesgraciada que se baña todas las mañanas en la plaza que tenemos aquí al lado,¿te parece normal? dijo, indignada, y le dio la espalda a su marido, cogió unafilado cuchillo de uno de los cajones y comenzó a cortar las piezas de carneque serviría cuando ellos dos y sus hijos de sentaran a comer.

Tendrá quelavarse, ¿no? murmuró Enrique, lo bastante alto como para que el agudo oídode María captara las palabras. Es mejor eso a que luego vayan llenos depiojos
María se giró, dejando el cuchillo de lado, para alivio de su marido,y frunció el ceño.

¿Mejor? ¡Se desnudadelante de los niños! Me lo dijo ayer Helena
¿Nunca la has visto? Dice que lave por ahí sobre las once o las doce y, últimamente, tú siempre sales a esas horas

No. Nunca la hevisto. No suelo pasar por la plaza respondió frenéticamente, sin darle tiempoa su esposa a terminar de hablar.

Entiendo.¿Sabes? Helena también me dijo que vive en ese solar que hay al lado de sucasa, con un hombre tan desgraciado como ella Enrique no supo qué añadir, yse hizo un tenso silencio, solo interrumpido por el sonido del cuchillocortando la carne.

Bueno, yo
mevoy. murmuró Enrique a los pocos minutos.

Te acompaño. Meapetece dar una vuelta
Pasemos por la plaza, quiero saber si es verdad que esamujer va ahí todas las mañanas. y el tono de María era tan cortante, queEnrique no se atrevió a contradecirla.

La siguiente media hora fue el rato más incómodo que Enriquerecordaba en su vida. Libertad estabaallí, como siempre. Y, como siempre, el hombre no pudo evitar sentir lahabitual excitación. Una excitación que se reflejó en cierta parte de sucuerpo. Enrique rogó que su esposa no se diese cuenta de ello.

 

Pero María sí que advirtió lo que aquella desgraciada provocaba en su marido,aunque no dio señales de ello. Y también se dio cuenta de la felicidad queaquella mujer sentía. Observó su cuerpo, y detuvo su aguda mirada en la curvade su vientre. Su experiencia habló por sí sola; aunque Enrique todavía no sehabía dado cuenta de ello, estaba segura de que aquella mujer esperaba un hijo. Significado de los nombres

María se prometió que haría que la felicidad de aquellaindigente se viese interrumpida. No podía permitir que su marido siguieseobservando cada día (porque estaba segura de que no era la primera vez que loveía) el cuerpo de aquella desgracia.

María sonrió calculadoramente, y aquel gesto se traspasó tambiéna sus ojos.

Lo primero que hizo al llegar a casa fue marcar en 092, e informó de que, cerca de su piso,los restos de lo que había sido un edificio amenazaban con caerse. Dijo tambiénque allí vivían un par de indigentes, y que no tirasen aquello abajo sinasegurarse de que habían salido de allí.

Su voz sonó tan dulce que casi pareció que realmente sepreocupaba por aquella pareja. Casi pareció que lo que le habían movido a haceresa llamada era realmente la preocupación de que aquellas ruinas se vinieranabajo, hiriendo a alguien, y no un miedo irracional a que aquella desgraciada le robara a su marido; noaquel odio sin límites que sentía por que ella, aun teniendo un hogar que noamenazaba con venirse abajo, era más infeliz que aquella indigente de ojosapagados.

¿Estás bien? preguntó Adán tres días después, al ver entrar cabizbaja a Eva en la casa,preocupado por la inusual palidez del rostro de su rostro.

Ella negó con la cabeza, respondiendo a su pregunta, y searrodilló junto a él.

¿No te hasenterado aún? murmuró Eva, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

No, ¿quésucede?, ¿no está bien el niño? preguntó, señalando el vientre de sucompañera.

No, no es eso.Pero había un hombre en la puerta, y ha dicho que era del ayuntamiento. Diceque van a demoler esto. Dice que tenemos que irnos. Adán abrió mucho losojos, sorprendido.

¿Y tú qué lehas dicho?

Qué no vamos amovernos de aquí. Que tendrán que sacarnos por la fuerza. Adán asintió,conforme con la contestación de su compañera, y la abrazó.

Lucharía, aunque, en el fondo, sabía que no había nada quehacer. Ellos eran parias, lo peor de la sociedad. Nadie se preocupaba porellos, nadie lamentaría su pérdida.

Lo sintió realmente por el hijo que venía de camino, si es quellegaba a nacer. Eva había tardado bastante en saber que lo esperaba, porquesus reglas eran extremadamente irregulares, pero, una vez su vientre comenzó aabultarse, no habían podido negar lo evidente.

Iban a tener un hijo. Adán lo sintió realmente por él, porque,al menos, sus padres habían sabido hasta qué punto estaban vacías las vidas quequienes se decían mejor que ellos. Pero él no lo sabría. No tendría forma desaber que, a veces, es más reconfortante no tener ningún apellido, y dormir enuna casa en ruinas, sobre un colchón con olor a orina, si tienes a alguien a tulado a quien quieres y que te acompaña. Aunque te arriesgues a que una víborade arrebate la casa y el colchón, como había sido su caso. Aunque te arriesguesa que Dios decida castigarte, aunque no hayas hecho nada malo.

 

Ahora, Adán y Eva habían tocado fondo de nuevo, o la haríancuando se viesen desalojados. Pero seguirían luchando. Por su hijo, por ellosmismos. Porque ahora sabían que la felicidad no era tan difícil de alcanzar.

Parte IV: Besos,cebolla y pan, ¿qué más quieres, Adán?

¡Abrid! ¡No nosobliguéis a echar la puerta abajo! gritó la voz grave del policía. Evatembló, y Adán la estrechó más fuertemente entre sus brazos.

¿Te encuentrasbien? le susurró al oído.

Estoy asustada. admitió, y vio cómo la puerta de su hogar se tambaleaba con los empujones delos hombres.

Una semana. Llevaban casi una semana encerrados allí. Habíansido enviadas varias personas a advertirles que con atrincherarse noconservarían su casa, y ellos no les habían escuchado. No dejarían atrás loúnico que tenían sin luchar.

Y, ahora, varios hombres empujaban la puerta de su casa. Podríanhaberla tirado abajo hacía mucho tiempo, pero habían preferido darles unaúltima oportunidad de salir por propia voluntad. Sabían que ni ellos ni losindigentes se verían beneficiados si se veían obligados a usar la fuerza bruta.Pero, tal y como les iban las cosas, no tenían otro remedio.

¡No digáis queno fuisteis advertidos! se oyó decir a uno de los hombres, y, por fin,abrieron la puerta con un golpe seco.

Eva sintió cómo su cuerpo temblaba.

Vamos, salid. les ordenó uno de ellos impertinentemente, la placa de policía brillandoorgullosamente en su pecho.

No. dijoAdán, desafiándolo con la mirada.

El resto pasó muy rápido, tanto que ni Adán ni Eva fuerontotalmente conscientes de lo que sucedía. Los hombres rompieron su abrazo enpocos segundos. Dos de ellos se abalanzaron sobre Adán, que se debatíaincansablemente. Los otros dos amenazaron con las porras a Eva, que mirabafijamente a su compañero. Le dijeron algo, pero ella estaba tan absortaobservando cómo maltrataban a su pareja que ni siquiera se dio cuenta de que sedirigían a ella.

Una, dos, tres veces impactaron los palos contra la piel curtidade Eva. Y luego vinieron una cuarta y una quinta vez. Ella gimió e intentódecirles que pararan, pero las palabras no acudían a sus labios.

Tenía miedo. Lo había sentido muchas veces, pero no con tantaintensidad como en ese momento. Temía por su vida, y por la de Adán y por la desu hijo. Temía por las vidas de los únicos seres que le importaban.

Eva perdió el conocimiento después de un sexto golpe. Fue unimpacto ligero, en la cabeza, sin intención de atentar contra su vida,realmente. A pocos metros, los otros dos individuos habían reducido de unaforma similar a Adán.

Los arrastraron un par de calles, y los dejaron tirados cerca deun contenedor, sobre un húmedo montón de cartones. No les importaba que lascabezas de los indigentes sangrasen; no les importaba que la sangre brotara deentre las piernas de Eva, probablemente, indicando que el niño que esperaba nohabía resistido los golpes dados a su madre. Ellos debían de echarlos de aquellugar, usando la violencia si hacía falta. La única condición era que lasheridas no los matasen, al menos, no inmediatamente. Y nadie podía negar quehabían cumplido con su parte.

Lo que les sucediese después a Adán y Eva ya no era problemasuyo.

 

Al día siguiente, Eva dio aluz a Caín. Un niño muerto, un bebé diminuto, que apenas habíatenido cinco meses para formarse antes de que pusieran fin a su vida.

¿Mal día? lepreguntó Adán a su compañera. Ella asintió ligeramente con la cabeza, y buscóuna posición cómoda para sentarse. Una posición que le permitiera soportar sutercer embarazo. Un embarazo, que, si llegaba a término, le obligaría a cargarcon dos niños.

¿Abel estábien? le preguntó, sin querer más detalles. Se acercó a la hoguera que habíanencendido en el parque.

Está bien. confirmó el otro, y le señaló a Eva la caja de cartón que hacía de cuna alniño. En ella, el pequeño Abel respiraba entrecortadamente mientras dormía. ¿Qué ha pasado, Eva? ¿Otro cliente violento? ella asintió, e hizo un gestocon la mano, como quitándole importancia.

Estoy bien. Hesalido corriendo. él frunció el ceño.

Yo
Eva, nocreo que debas seguir

No hay otraforma. le cortó ella. No pasaremos el invierno si lo dejo, y lo sabes. Ypuedo soportar no poder comprarme ropa de abrigo, pero no voy a dejar que mishijos pasen frío este invierno. Tú sigue tocando la guitarra. señaló el raídoinstrumento que les proporcionaba parte del sustento. Yo seguiré con lo mío.

La carne que se habían permitido comprar comenzaba a adquirir uncolor amarronado gracias al calor del fuego. Mientras Eva cogía a Abel, que sehabía despertado al oír la voz de su madre, Adán se dedicó a observar lasbrasas y a pensar.

Lo habían perdido todo hacía dos años. Habían perdido su casa,sus muebles y a su hijo. Y, con él, sus ganas de vivir.

Pero habían salido adelante. Se habían visto obligados a vivirde nuevo en la calle, incapaces de encontrar un hogar semejante al que habíanperdido, pero habían conseguido sobrevivir.

El segundo embarazo de Eva fue para ellos como una bendición y,a la vez, como el peor de los castigos. Debía de haber alguien ahí arriba quelos odiaba. Porque les había arrebatado un hijo cuando vivían losuficientemente bien como para cuidarlo y les había enviado otro cuando nopodían cuidarse ni a ellos mismos. Y, además, ahora enviaba a un segundo niño,que, seguramente, sería tan débil como su hermano.

Abel no era un niño sano. Estaba demasiado delgado y tenía elcabello lleno de piojos, a pesar de que su madre se encargaba de lavarlo variasveces a la semana. Eva ya no se atrevía a bañarse a plena luz del día, en mediode una plaza llena de gente, pero sí que le quedaban valor y dignidadsuficiente como para bañarse, a ella y a su niño, de noche, sin hacer ruido. Noquería volver a llamar la atención de la forma en que lo había hecho tiempoatrás.

A Adán le gustaba engañarse pensando que aquello mejoraría. Legustaba pensar que pronto encontrarían un hogar, que, muy pronto, Eva podríadejar de vender su cuerpo en las esquinas. Pronto, los piojos desaparecerían delos cabellos de su mujer y de su hijo, y Abel dejaría de llorar porque pasabahambre y sus padres no podían hacer nada para evitarlo.

Pronto, muy pronto, todo pasaría.

Pero, hasta entonces, tenía que soportar que Eva fueseacariciada por hombres que no conocía. Tenía que ver como su hijo adelgazabadía a día y cómo sus propias manos se llenaban de llagas, debido al constantecontacto de las cuerdas de la desafinada guitarra que se veía obligado a tocardía y noche.

 

De momento, tenía que admitir que su vida no podía ir peor, quehabía tocado fondo. Pero, en cierta forma, eso era bueno. Porque, al menos, yanada podía ir peor.

Al menos, conservaban la esperanza de que todo mejoraría pronto.

Porque él era Adán, y su compañera, su esposa, se llamaba Eva.Porque, al igual que ellos, habían sido abandonados por Dios, y expulsados delparaíso. Porque su primer hijo había sido Caín y, el segundo, se llamaba Abel.Porque, al igual que ellos, por mucho que tropezasen, acabarían saliendoadelante, costase lo que costase.

**

N/A: No pensaba acabar tan pronto, pero lasvacaciones me dan demasiado tiempo libre, y esto es lo único que tengo paraentretenerme XD.

Espero que hayáis disfrutado de la historia de Adán y Eva. La vidasencilla que ellos pudieron llevar no siempre tiene por qué ser infeliz.

¡¡Besos!!

Parte V: ¿Besos,cebolla y pan?

Navidad,Navidad. Las madres paseaban tranquilamente llevando de la mano a sus pequeños,quienes señalaban con entusiasmo las cientos de luces que brillaban en losinteriores de los escaparates y en el centro de las calles mismo.

Pero habíaotra cosa más que los niñitos solían señalar cuando se cruzaban con ello; y esealgo era Adán y su familia. Adán, el hombre esquelético que dormía en el cajeroen aquellos fríos días de diciembre junto a una mujer igualmente delgada y unpar de pequeños que casi parecían a punto de morir.

Evidentemente,en cuanto los chiquillos que pasaban por allí los señalaban, sus madresarrugaban la nariz y los alejaban de todos, aunque estuvieran separados por el cristaldel cajero; como si Adán y su familia fueran los portadores de una enfermedadque fuera a matar a sus hijos con sólo mirarlos.

Claro que niAdán ni su compañera, Eva, culpaban a las madres -y mucho menos a los niños que los señalaban - de aquello; teníanperfectamente asumido, aunque doliese, que era los apestados de la sociedad;unas personas que en la práctica no eran personas, sino más bien un reflejo deen lo que podía convertirse la vida de cualquiera.

Adán y Evano solían dormir en los cajeros. No les gustaba estar a la vista de todo elmundo, a pesar de todo. Pero hacía unas semanas, una mañana, habían descubiertoque los labios de su hija menor, María, habían adquirido un tono morado, y quela piel del niño mayor, Abel, que no tenía todavía dos años, estaba más pálidade lo normal. Así que no habían tenido más remedio que ir allí y enfrentarse ala gente normal.

Abelestá muy enfermo le dijo Eva a su compañero aquella noche, la de Navidad . Y nuestra hija también lo está. Creo quepude contagiarle algo . Y en ese momento una punzada de culpa le obligó acerrarse los ojos.

Evaera prostituta desde poco después de quedarse embarazada del niño. Sabía que sino lo hubiera hecho probablemente en ese momento estarían todos muertos. Yahora ni siquiera podía asegurar que sus hijos estuvieran libres deenfermedades o que la niña fuera hija de Adán, y ambos lo sabían.

No pueden seguir así, Adán. Si seguimos así cualquier día amanecerán muertos...y lo sabes.

Bien. ¿Y qué propones? le dijo en tono áspero, porque aunque noquisiera reconocerlo sabía que lo que ella decía era verdad.

 

Hay casas de acogida. Orfanatos. Hospitales donde dejarlos...Abel ni siquiera habla y María no ha cumplido el año. Si desapareciésemos de suvida... no nos recordarían. No les dolería y aunque aquello lo había dicho con firmeza, en esos momentos lloraba.Tenía a sus dos hijos sentados en el regazo y los abrazaba con fuerza.

¿Estás loca? Adánla miró como si realmente lo estuviera . No voy a separarme de mis hijos...yo no...

¿Y qué propones, Adán?, ¿qué prefieres, separarte de tushijos o llevar su muerte sobre la conciencia?

De todas formas nos lo quitarán tarde o temprano.Siempre nos lo quitan todo.

Yya estaba dicho. Ahora Adán lloraba con Eva, porque los dos amaban a sus hijos.Los amaban. Pero, ¿qué más podían hacer? Porque en ese momento Adán miróa los ojos de los niños y supo que su mujer tenía razón. No era justocondenarles a una muerte prematura o, en el mejor de los casos, a una infanciade mendicidad, huyendo de todos. Tampoco era justo para ellos que se losllevaran algún día, quizá cuando tuvieran ya suficiente edad para recordar susprimeros años de vida.

Laniña se había dormido entre los brazos de su madre, pero su sueño era, comosiempre, un sueño ligero, malo. Cuando María dormía su respiración se hacíaentrecortada, y en los últimos días se escuchaba en su pecho unos extrañosruidos que asustaban a sus padres.

Perosu hermano no dormía en esos momentos. Miraba atentamente el rostro lloroso desu padre, con sus grandes y enfermizos ojos.

Fuera,las madres seguían paseando llevando de las manos a sus hijos, que señalaban ala pequeña familia de apestados.

Paraellos nada había cambiado en la imagen de esa familia. Para Adán y Eva, nadavolvería a ser como antes.

Sinembargo, el hijo mayor de Adán y Eva lo que no significaba que fuera elprimero murió pocos días después, un veinticinco de Diciembre, no muchosmeses antes de cumplir los tres años. Exhaló su último aliento en un cajero deuna calle de nombre desconocido para sus padres.

Elniño murió por la tarde, mientras dormía. Lo hizo mientras su madre, que,aunque no era consciente de ello todavía, estaba en el segundo mes de su cuartoembarazo lo observaba, impotente, mientras trataba de calmar a su hija menor,que, a pesar de no hablar todavía, parecía totalmente consciente de lo que leestaba ocurriendo a su hermano.

Adánestaba no muy lejos de allí, tocando la vieja guitarra con la que mendigabacada día, consciente, a pesar de todo, de lo que le sucedía a su hijo.

Nohabía hablado de ello con Eva, pero, en cierta forma, hacía mucho tiempo queambos sabían que el niño no tardaría en perecer. Porque Abel había sido unchiquillo débil - mucho más que suhermana - desde su nacimiento. El latido de su corazón solía ser irregular,a veces demasiado pausado. Había sido así desde el principio. Probablemente elniño había nacido con alguna enfermedad.

Lospadres del chiquillo lloraron su muerte toda la noche, mientras los gemidos lastimerosdel bebé que les quedaba con vida los acompañaban.

Dejarona María en la puerta de un hospital a la mañana siguiente y pocas horas despuésenterraron a Abel en un descampado. Sabían que la policía probablemente acabaríaencontrando el cadáver del niño, pero no sabían en qué otro sitio podríandejarlo. Así que lo taparon con la misma manta azul con la que lo arroparon eldía de su nacimiento.

Esedía el último resquicio de felicidad de sus padres murió. Murió al tiempo quela tierra cubría el rostro del chiquillo.

Elpeso por la responsabilidad de su muerte, de una muerte que podrían haberevitado si hubieran claudicado, entregándolo a alguien que pudiera cuidarlocomo un niño necesita, era demasiado para ellos.

Adány Eva murieron con Abel. No era que aquella noche las puertas del paraíso sehubieran cerrado, sino que desaparecieron por completo de su vista.

No quedan plazas para dos intrusos en el paraíso - Fanfics de Harry Potter

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Toda suvida se sostenía en una mentira que ellos mismo habían ideado para no sucumbirante la miseria. Para empezar, ni siquiera sabían el verdadero nombre d

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2023-02-27

 

No quedan plazas para dos intrusos en el paraíso - Fanfics de Harry Potter
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