Las últimas navidades de Severus Snape - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

A Severus Snape, la Navidad le traía sin cuidado. Lo únicoque le hacía diferenciar ese día de cualquier otro era que la gente se solíamostrar insufriblemente feliz, insufriblemente empalagosa, con sus edulcorados"Felices fiestas" , sus besos bajoel muérdago, sus inservibles regalos, sus risas, sus estúpidas canciones y susadornos repartidos por todos lados.

Para él la Navidad, como cualquier otro día del año, dehecho, era solitaria y deprimente. Pero nunca, jamás, ni en la peor época de sutriste vida, se había sentido tan solo durante esa fecha como en el presenteaño.

A su soledad habitual, había de añadirle la de no tener allado a Albus Dumbledore, la única figura paterna digna de ese nombre que habíatenido en su vida.

 

Veamos: Dumbledore había ignorado por sistema sus múltiplesquejas sobre los merodeadores cuando era un simple estudiante y entre loscuatro le amargaban la existencia; le había mirado con desprecio cuando se hizomortífago; no cumplió su promesa de proteger a la mujer que amaba, pero sí lehizo cumplir la que él le hizo a cambio enviándole a las fauces del lobodurante muchos y largos años sirviendo a un amo cruel, viéndose obligado acometer actos atroces en su nombre, pero viviendo en un doble juegopeligrosísimo que incluía, además, proteger constantemente al hijo de su odiadoenemigo; y por último, le había pedido como si tal cosa el sacrificio final:que le asesinara por su propia mano, arriesgándose así a mancillar su almainmortal.

No estaba mal para una figura paterna. Pero tampoco es queTobías lo hubiese hecho mucho mejor en su momento, de todos modos.

De repente se le ocurrió que Dumbledore también habíarepresentado una especie de figura paternal para Harry Potter, lo que no dejabade ser una fina ironía en la que alguien de viva inteligencia como él no podíaevitar reparar. ¿En qué les convertía eso a Potter y a él? ¿En alguna clase dehermanos?

Ese pensamiento le desagradó y tuvo que borrarlo dándole unlargo trago a la botella de whisky de fuego que tenía en la mano, sintió ellíquido abrasador y reconfortante bajar por su garganta, pero no dio demasiado resultado.Llevaba un buen rato aplicado en su empeño de vaciar la botella, quizá no eralo más correcto que podía hacer en su calidad de director de Hogwarts, pero ¡ala mierda con la corrección! No es como si alguien le fuera a agradecer elpermanecer sobrio, de todos modos. Por una vez, profesores y alumnos se habíanpuesto de acuerdo, como nunca habían hecho antes, en una cosa: odiar aldirector. Odiarle a él.

No es que pudiera culparles, realmente, él también se odiabaa sí mismo. En los últimos tiempos no podía siquiera sostener su propia miradaante el espejo. Vació en su gaznate el último trago que quedaba de la botella yla tiró contra una de las paredes de la estancia, el vidrio se rompió y milpedazos centelleantes llovieron por todas partes.

Pensó disgustado que pronto tendría que subir al GranComedor a enfrentar los rostros ceñudos de sus colegas y las miradasatemorizadas de los pocos alumnos que se habían quedado para esas fechas. No leapetecía en absoluto hacerlo, pero si algo le consolaba un poco, era el hechode que ese año nadie parecía disfrutar mucho de las fiestas en el colegio.Exceptuando, claro está, a los revoltosos hermanos a los que tenía que hacer deniñera para que no fueran demasiado lejos con sus travesuras, los Carrow.

 

Se pasó una mano por el largo cabello negro, considerando sitenía ganas de subir al despacho para charlar un rato con el retrato del viejoo no, y cuando llegó a una decisión se levantó perezosamente de la silla,murmurando para sí:

-Claro, ¿por qué no?

Salió de su habitación con paso algo tambaleante y, dejandoatrás las mazmorras, subió las escaleras. Tropezó en uno de los escalones, perono llegó a caer. Murmuró la contraseña a la gárgola de entrada, subió lasescaleras giratorias y entró en el despacho levantando una mano en forma desaludo.

-Hola, Albus, ¡Feliz Navidad! ¿No te encantan estas fiestas?- Dijo, arrastrando levemente las palabras.

-Estás borracho - constató Dumbledore desde su retrato, conel ceño fruncido.

-Muy observador - replicó con sarcasmo -. Te invitaría a unacopa, pero me he acabado la botella. ¡Oh! Pero ahora que lo pienso
tampocopodrías bebértelo, ¿no? Nunca me he parado a pensar en esto, pero
¿hay algunamanera de hacerte llegar una copa ahí dentro?

-Nunca te había visto borracho - murmuró Dumbledore,preocupado -. ¿Qué te sucede?

Snape soltó una carcajada llena de amargura.

-¿A mí? ¿Qué me va a suceder? La vida me sonríe, todo va deperlas, como siempre, Albus.

Como el retrato de Dumbledore estaba justo detrás de la mesadel director, Snape se sentó en la silla de las visitas para quedar de cara aél, colocó los pies encima de la mesa y las manos detrás de la cabeza, forzandoa la silla a balancearse sobre las patas traseras.

El viejo frunció aún más el ceño.

-Severus

-Dime, Albus - el mago exhibía una sonrisa socarrona.

Dumbledore no sabía cómo tratar con un Snape borracho, nuncahubiera creído necesario hacerlo, al fin y al cabo, el moreno era el rey delautocontrol. Intentó imaginar qué podía haber ocurrido para que se hubieserendido al alcohol. Sabía que siempre había aborrecido las fiestas navideñas,pero esto era demasiado. Deseó poder estar ahí junto a él para poner una manosobre su hombro, sin embargo, no lo estaba, y ni siquiera se le ocurrían unaspalabras de consuelo porque no sabía de qué tenía que consolarle. Todo sobre el cafe

-Sabes que puedes contarme lo que quieras.

Snape emitió un ruido extraño con su garganta, mezcla derisa ahogada y gruñido, y bajó las manos de detrás de su cabeza para enlazaruna con la otra sobre su regazo.

-Sí, Albus, lo sé, tú siempre has estado ahí para escuchartodo lo que yo tenga que decir, ¿verdad? Solo que
ahora ya no estás.

Dumbledore vaciló.

-Ese es un problema menor, hijo. Todavía puedo escuchar loque

-¿Un problema menor? - Rugió, levantándose de la silla casi deun salto, y empezó a dar vueltas por el despacho como un león enjaulado -Claro, qué estúpido soy de pensar que el hecho de que estés muerto por mi culpasea una putada. En el fondo es una nimiedad, no sé porqué me preocupo.

El viejo estaba boquiabierto en su retrato.

-Pero Severus, esto ya lo habíamos hablado en su día
tú notienes la culpa de

-¡Yo te maté! - Gritó - No importan los motivos, qué más daque me obligaras a ello, ¡jamás debí haberte hecho caso! ¡Viejo estúpido! Notenía bastantes pesadillas cada noche sin necesidad de añadir una más

 

Ahora Dumbledore estaba alarmado de verdad, Severus jamás lehabía faltado al respeto antes.

-Severus, necesito que te calmes

-¡No quiero calmarme! - Lanzó contra la pared la silla dondehabía estado sentado momentos antes de un manotazo - ¿Es que no te das cuentade lo que me pediste? ¿No te das cuenta de que fue demasiado?

Se miraron un instante a los ojos, los azabaches del magorefulgían con un fuego intenso y abrasador, y Dumbledore casi pudo sentir cómole quemaban.

Entonces Snape agachó la cabeza y apoyó las dos palmas sobrela mesa, derrotado.

-Las únicas personas que realmente me han importado algunavez - dijo en un susurro - han muerto por mi culpa - sus dedos se crisparonsobre la madera -. Parece que todo lo que toco muere en mis manos.

Dumbledore se sintió horrorizado, si hubiera sabido que ibaa afectarle tanto el matarle
si lohubiera sabido, le habría obligado a hacerlo de todos modos, se corrigiómentalmente, con amargura, porque nohabía otra opción.

-No había otra opción, Severus, tú lo sabes. Yo estabamuerto de todos modos, la maldición del anillo

-La maldición del anillo
- bufó Snape en tono de mofa, sinlevantar la mirada de la mesa - no creas que no le he dado vueltas a eso. ¿Cómoes posible que alguien con tu sabiduría y tu vasta experiencia cayera en unatrampa tan burda como para ponerse un anillo que resultaba evidente que estabamaldito?

El hombre alzó la vista para enfrentar los azules ojos delexdirector, quién le miraba atónito.

-¿Estás sugiriendo que lo hice adrede?

-¿Lo hiciste?

-¿Por qué diablos iba a hacer algo así?

-Dímelo tú, yo tengo poca imaginación.

Dumbledore enmudeció. ¿Por qué se había puesto el dichosoanillo? De repente comprendió que a ojos de los demás podía parecer extraño.Ciertamente él sospechó desde el principio que un anillo que Voldemort habíaconvertido en horrocrux debía estar hechizado, no era ningún estúpido.Entonces, ¿por qué? ¿Se dejó arrastrar simplemente por el poder de la piedra dela resurrección, o había algo más? ¿Acaso se sentía cansado de seguir luchandoy
? Miró al hombre que tenía delante, sintiéndose súbitamente un cobarde. ¿Eraposible que le hubiese pedido que le matara porque él había fracasado en supatético intento de suicidio con el anillo?

Snape le miraba fijamente, atento a cada uno de sus gestos ymovimientos, intentando averiguar lo que le pasaba por la cabeza. Suerte que la legeremancia no funciona conlos cuadros animados, pensó, y se negó a proseguir con esta línea derazonamiento y se sacudió estos pensamientos de la cabeza, pero algo en surostro le delató, porque Snape levantó las manos de la mesa y dejó de mirarle,como si supiera que la respuesta que esperaba que saliera de sus labios habíaestado a punto de manifestarse y el momento hubiera pasado para no volver.

-Me voy al gran comedor, a celebrar la maldita fiesta - murmuró de mal humor.

-Supongo que no bajarás en este estado

Snape sonrió de medio lado.

-Tranquilo, Albus. Yo siempre he sabido cumplir con misobligaciones, mal que me pesara - murmuró.

El mago desplazó la varita por su cuerpo para eliminar los rastrosde alcohol de su sangre, sintiéndose al instante desagradablemente sobrio, ydespués se dirigió a la salida sin despedirse y sin volver la vista atrás. Desdesu retrato, Dumbledore se quedó un rato mirando a la puerta, negando tristementecon la cabeza.

Snape bajó las escaleras y se encaminó al Gran Comedortodavía más irritado que antes de hablar con el viejo. Abrió las grandespuertas de madera con tanta fuerza que golpearon contra la pared, y alinstante, las escasas conversaciones que se mantenían en la sala se silenciarony todas las caras se giraron hacia el recién llegado, ninguna de ellas conexpresión amistosa.

El hombre miró a los presentes con el ceño fruncido, y mirótambién los adornos rojos, dorados y blancos que inundaban el salón, y pensó encómo le gustaría que se suprimiera para siempre esa festividad. Si alguien lehubiera dicho en ese momento que esa iba a ser su última Navidad quizá, quizá, incluso se hubiera sentido felizde saberlo.

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A Severus Snape, la Navidad le traía sin cuidado. Lo únicoque le hacía diferenciar ese día de cualquier otro era que la gente se solíamostrar insufribleme

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2023-02-27

 

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