Abominación - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Tu mirada se perdió en el horizonte.

Estabas asustado, aunque noquisieras admitirlo. Noté cómo tus manos se crispaban, cómo te estremecíasligeramente. Ordenaste con un hilo de voz que me trasladaran al interior de lacasa. Evitaste decir más; el seguir hablando te quebraría.

Sentí, impotente, cómo un parde criados alzaban la precaria camilla sobre la cual me habían colocado pocosminutos atrás. No quería que me alejaran de ti, temía que me dieras por muerta.Me costaba respirar, apenas me movía, estaba bañada en sangre.

Pero no sentía más. Al menos,no al principio. Simplemente parecía ajena a mi malherido cuerpo, el cualobservaba con inusitada curiosidad cuando lograba abrir mis párpados, quepesaban terriblemente. Intenté en varias ocasiones erguir ligeramente lacabeza, contemplar mis piernas, mas fue en vano. Quise mover mis dedos, que mecosquilleaban de una manera inquietante, aunque tampoco lo conseguí.

 

Perdí y recuperé la consciencianumerosas veces a lo largo de las muchas horas que permanecí tendida sobre unmullido lecho, en una habitación del ala sur de la casa, la cual era pococoncurrida. ¿Querías ocultarme, acaso?

Tardaste en venir a verme, acomprobar que siguiera viva. Y sí, lamentablemente, seguía dolorosamente viva.

Paralizada, hacía frente a unaagonía insufrible. Antes no sentía nada; ahora a sentía cada mínimo cambio enmi interior. Un horrible escozor me quemaba la piel, un frío penetrante mecongelaba los huesos. Tenía ganas de retorcerme, gritar tu nombre, chillarhasta quedarme afónica.

No aparecías.

¿Dónde estabas? ¿Dónde estabasen esos momentos, que tanto te necesitaba, y dónde estabas cuando aquella cosa me mordió?

Recuerdo haberme preguntado sila criatura me había arrancado la pierna derecha, o al menos parte de ella.Probablemente. Sin embargo, le daba poca o ninguna importancia a ese hecho,como presa de la histeria. Hubiera pasado de gritar a reír de haber podido,para luego romper a llorar.

El dolor tomaba diversasformas, me atacaba de diferentes maneras. Llegó el momento en el cual no puderespirar y la desesperación fue más fuerte que yo. Abrí la boca para vociferarun ruego de ayuda y entonces te vi, parado en el umbral de la habitación. Mudo,inexpresivo, inmóvil.

Recuperé el aire de golpe.Respiré entrecortadamente durante unos minutos, con la mirada fija en el techo.Me forcé a concentrarme en el sencillo candelabro que colgaba de él, con laesperanza de olvidar, aunque fuera por un precioso instante, mi sufrimiento.

Aferré con fuerza el acolchadoazul oscuro. ¿Pensabas acercarte? Necesitaba tu proximidad. Pero te limitabas aobservar.

¿En qué estabas pensando? ¿Enla mejor manera de deshacerte de mí? Porque eso fue lo primero que pensé cuandotu rostro se desfiguró en una expresión de repulsión. Aunque, si ese hubierasido el caso, no me hubieras llevado hasta allí, ¿verdad?

Todo se resumía en una solapregunta, la cual me torturaba día y noche desde hacía semanas. Desde antes deque la criatura comenzara a rondar por los alrededores.

Te juro que no tenía idea dequé era. Cuando quise convencerte de que fueras piadoso y no le volaras un tiroal primer ser que se atravesara en medio de la noche por los jardines, fueporque creí que solo era un perro extraviado, un zorro curioso. Lamentablementeresultó ser más que eso, pero no me preguntes qué. No lo sé.

 

Me sentí reconfortada al verte,más allá de tu asquerosa actitud. Reuní fuerzas y, por un momento, pude alzarla cabeza y evaluar rápidamente mi estado. El estómago se me revolvió y laspunzadas de dolor volvieron, persistentes.

Los dedos de mis manos estabantan rojos y cubiertos de sangre que me costaba distinguir si todavía estabanahí; en vano intenté moverlos. Una de mis botas había desaparecido, la otraestaba destrozada. También la sangre recubría mis piernas y, a juzgar por eltamaño y la forma de mi herida, me faltaba un buen trozo de carne, arrancadopor algún tipo de brutal bestia. A mi vestido le faltaban varios jirones detela y no quería imaginarme el estado de mi cabello. Seguramente tambiénestaría bañado en la espesa sangre que había brotado cuando caí de espaldas yme golpeé la cabeza. Todo para hurones

¿Hasta qué punto llegaba tupreocupación por mí? Avanzaste unos pasos, inseguro, hacia mi lecho. ¿Cómopensabas curarme, iluso? El único médico de la zona vivía lejos, lo suficientementelejos como para que yo muriera durante el tiempo que él tardara en llegar.Extendiste tu brazo, evitaste mirarme la herida, alargaste tu mano hacia mirostro, en un vacilante intento de caricia. Pero la retirase a último momento.

Eso fue lo que desató mi ira.¿Debería decir "mi"? Porque meparecía ajena, irreal, inexplicable.

Comencé a temblar sin control.Me invadían la furia, las ansias de destrucción, las ganas de atacarte. Y,cuando se suponía que me iba a incorporar y a perder del todo lo poco deautocontrol que me quedaba, el temblor cesó. Jadeé. Habías trastabillado y teaferrabas al marco de la puerta, lívido, con los nudillos blancos. Te marchasteantes de que pudiera evitarlo. Entonces me sumí en la inconsciencia.

Cuando desperté, los trinos delas aves me perforaban los tímpanos. Sí, aquellos de los que tanto hablabaporque amaba que fueran lo primero que oía cada mañana, me resultabaninsoportables. Cada fibra de mi cuerpo vibraba levemente, me hacía sentir viva,alerta, con las energías renovadas. El dolor era apenas una sombra.

Estaba alegre, despreocupada.Tenía un claro objetivo fijo en mi mente y ni por un segundo me planteéreconsiderarlo, tratar de averiguar de dónde había surgido ese deseo. Perosimplemente parecía la solución
¿de qué? No estaba segura, mas ese extrañoinstinto sí.

Me levanté de la cama y meencaminé, ligera y ágil, hacia la puerta. Crucé el pasillo con una ampliasonrisa que se esfumó veloz cuando pasé frente a un espejo. Contuve un grito dehorror.

Mis dientes lucían amarillos yafilados. Tenía la cara cubierta de pelo oscuro y sangre brillante; mis dedoshabían crecido hasta casi el doble de su largo normal y se curvaban en unángulo imposible; el resto de mi cuerpo se había vuelto peludo, musculoso ydeforme; el iris de mis ojos se había vuelto rojizo y mis pupilas se habíanestirado. Me había transformado en una abominación.

El grito que mi garganta ahogófue soltado por la de alguien más. ¡Y quién más que tú! Ahí estabas, tanvulnerable, a mi alcance

No podías imaginar que fuera adesfigurarme así.

Todo se resumía a unainterrogante. ¡Te lo dije, ¿recuerdas?! Si la respondías
si lo hacías y larespuesta era de mi agrado, entonces no haría falta nada más. Pero fallaste,como había previsto. ¡Tus gestos te habían delatado!

No me amabas.

Podría relatar nuevamente yaque adoro hacerlo cómo me las arreglé para hacerte sufrir la misma agonía queyo había, increíblemente, tolerado. Porque la frágil y piadosa Allison queconocías no hubiera sido capaz, ¿no es cierto?

Pero no duraste mucho,lamentablemente. Te extinguiste antes de que pudiera liberar toda mi locura,todo mi loco amor, en la tarea de destruirte lentamente. Soltaste un últimosuspiro, moviste con cuidado tus labios, de donde resbalaba un hilo de sangre.Tus ojos me miraron por última vez y tu pulso cesó.

No me canso de repetírtelo. Nome escuchas, por supuesto, perdiste el sentido del oído poco después de morir.Lástima. Aun así, sospecho que tenemos un mejor diálogo que antes.

La luz de la luna atraviesa laventana de aquel aislado cuarto donde una vez agonicé. El candelabro sebambolea suavemente sobre el lecho en el cual reposo. Sería muy conveniente queéste cayera ahora mismo, acabando con mi sombría existencia.

El metal brilla, reflejando lapoca y resplandeciente luz. El vaivén prosigue, cada vez más rápido. ¿O es sólomi impresión?

No me moveré. Caerá
loesperaré ansiosa.

No tengo nada que perder.

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Estabas asustado, aunque noquisieras admitirlo. Noté cómo tus manos se crispaban, cómo te estremecíasligeramente. Ordenaste con un hilo de voz que me trasl

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2023-02-27

 

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