¿¡Bum!? - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Un olor dulzón, mezcla de cloroformo y podredumbre, se extiende en el ambiente de metralla como la mano de un fantasma invisible y delicado que produce náuseas y vómitos, retuerce narices manchadas de hollín negruzco e inflamable y hace que gargantas desgarradas y trémulas aúllen a la nada en busca de algún consuelo invisible.

En medio de aquel maremágnum de truenos malévolos y humo pestilente de colores inhumanos increíblemente impactantes, ella quiere huir, pero bien sabe que no puede. Si trata de escapar, sólo hallará un camino, un camino que la hará transformarse en trueno mortífero y maligno de reverberación asombrosa y después
después, nada más. Por otra parte, ella tampoco desea permanecer allí, en aquel diminuto escondrijo incómodo, estrecho y oscuro que la hace sentirse atrapada, que lo único que le produce es ansiedad y muchas ganas de gritar y llorar. Sin embargo, ella no puede llorar, ella no puede gritar: no nació para eso. Su única misión es deslizarse a velocidad vertiginosa por el túnel cilíndrico, resbaladizo y correoso que se encuentra frente a ella hasta convertirse así en un colibrí de muerte y estallar luego en un trueno de pequeño tamaño. Después, sólo será polvo; después, todo habrá acabado; después
nada más.

 

Tiembla, y sospecha que no es sólo porque su escondite se mueve. Desde allí dentro, los ruidos y los olores llegan confusos y aquel agujero más o menos luminoso entre la oscuridad acechante de su refugio no es más que una imagen leve y chiquitita que danza sin descanso frente a ella, como si deseara que no supiera exactamente qué hay al otro lado, como si se burlara de ella y su desgracia.

Su corazón difumado y repleto de polvorín late de forma exaltada: está asustada. Sus hermanas hace un tiempo que se deslizaron por aquel túnel del demonio y sospecha que ahora le toca a ella hacerlo: ahora ella debe ser colibrí y polvo, trueno y nada, garrapata y muerte. Pero ella no quiere ser nada de eso: ella desea ser gorrión y suspiro, arroyo y todo, escarabajo y vida. Desea volver a ser lo que fue un día: espejo, piedra, sol, mineral y tierra. Sin embargo, no parece ser posible, pues alguien decidió otorgarle un nuevo giro a su vida con aquella transformación en puntera de zapato de bailarina, en barra desnuda de carmín argénteo y dorado, en pico de buitre despiadado. Ni siquiera le preguntaron si deseaba ser aquello, sino que simplemente se limitaron a moldearla a su antojo sin consultarle. ¡El hombre es a veces tan cruel con la Tierra
!

Nota de pronto que ha llegado la hora: un chasquido resuena en los rincones de la guarida. De pronto, el agujero parece acercarse y cegarla. ¿O quizá es ella la que se mueve? Siente que la empujan desde atrás brutal, dolorosa, insistentemente y pretende gemir de dolor, pero algo llama su atención: uno de los pliegues de su vestido plateado, su carcasa de princesa de la guerra, ha quedado enganchado entre los recovecos del metálico armazón que la custodia. Y ahora ¿qué? Está más atrapada que antes. El empuje se hace aún más intenso y cruel, pero ella está atascada y no puede moverse ni hacia atrás ni hacia adelante. Sabe que, en el fondo, es lo que había deseado: quedarse en el medio de aquel infierno, quedarse entre el dentro y el fuera. Sin embargo, nunca imaginó que el dolor ejercido por aquella tracción sería tan insoportable.

 

De entre los estallidos del exterior que le llegan con eco sordo oye una voz fuerte y malhumorada que trata de hacerse oír entre la marabunta de sonidos a duras penas:

¡Se ha vuelto a encasquillar! ¡Jodido fusil de mierda!

Y entonces, nota cómo su refugio es sacudido violentamente, como si desde fuera la todopoderosa mano de algún dios vengativo le estuviera asestando golpes sin compasión a su cárcel protectora una y otra vez.

Su visión se vuelve borrosa entonces debido al horrible terremoto que sacude toda su oscuridad, pero el bajo de su vestido reluciente, no obstante, continúa pillado entre dos hojas laminadas y no se suelta a pesar del soberano meneo. Soportando con hastío la inaguantable presión que taladra su espalda, ella trata de pensar en aquel momento de tensión en cualquier otra evasión que la distraiga y ahogue su sufrimiento.

Frente a su nariz picuda, el agujero de luz parece hacerse más nítido, aun con el traqueteo incesante que trata de desdibujar los contornos que lo forman. Es una imagen la que se le ofrece en ese resquicio redondo tan insólita que ella queda extasiada y sorprendida mirándola, olvidándose de toda su agonía. Diets, plans and health

Ve una gran extensión de tierra arenosa, húmeda y revuelta con tintes de color pizarra y otros tantos de magenta púrpura por la que avanzan figuras desgarbadas, enquencles y jóvenes, protegidas por mil y un artilugios pesados y acaparadores de los pálidos rayos de sol que arrancan al cielo gris. Tienen las figuras cubiertas las cabezas, el pecho y los brazos y piernas y portan extravagantes estacas de color verde, las cuales parecen pesar mucho y apenas les permiten avanzar entre la arena. A ella le parecen tortuguitas ante tal atuendo y actitud. Son tortuguitas porque salen del mar, parecen desorientadas y tienen escamas verduzcas en su piel protectora y reluciente. Y, además, son tortuguitas porque se le asemejan vulnerables entre tanto trueno, tanta explosión de colores mortales, tantos ensordecedores rugidos de granadas férreas.

Ella sabe que su misión es matar a esas tortuguitas. Pero no quiere hacerlo. Ella no es una asesina, de verdad que no lo es, por mucho que hayan tratado de convertirla en una al darle ese nuevo aspecto. Ella siente que esas tortuguitas son como ella: están indefensas, tienen miedo y, sobre todo, están unidas a la tierra.

Y es que ella se siente tierra, de verdad que se siente todavía parte de la tierra. Porque ella una vez fue espejo, piedra, sol, mineral
y tierra. Y se lo arrebataron. Pero no está dispuesta a que le venzan la batalla, a que todo termine como todos querrían que terminase.

Cuando la imagen de las tortuguitas se pierde y es sustituida por una total visión de toda la arena rojiza de la playa, una voz distinta vuelve a intentar hacerse oír desde fuera, rugiendo:

¡Trae aquí, capullo! ¡Seguro que has colocado mal la puta munición!

Y, entonces, ella no lo duda: decide que ya es hora de volver a su hogar. Así que, con todo el esfuerzo de su alma expansiva, tira como puede de su vestido argénteo para desatascarlo de allí. La tela almidonada se resiste y ella está incluso dispuesta a desgarrarla con tal de huir justamente ahora, en ese preciso instante, pues bien sabe que si se retrasa tan sólo un poco entonces sí que será una asesina. De improviso, nota cómo la tierra se mueve de nuevo: ¡la boca del fusil cambia de dirección otra vez! ¡No, no puede ser! Sus esfuerzos se redoblan y la ansiedad le llena el corazón repleto de polvo inflamable. ¡No, por favor! ¡No, por favor!

Y, entonces, el milagro ocurre. El vestido se desengancha sorprendentemente y ella se desliza, fina y ligera, a velocidad supersónica por el túnel cilíndrico y reluciente hasta salir al exterior, donde el aire la azota por doquier: allí vuela, extiende sus alas inexistentes y deja que la libertad le llene el alma para así deshacerse del miedo que tanto la amenazaba antes. Y, después, con una rápida salpicadura, se interna con rapidez en la tierra y alarga su carrera subterránea hasta que la grava le impide avanzar más. Allá entonces, la bala se queda durmiendo su sueño eterno, feliz por no haber asesinado a una tortuguita inocente y satisfecha por haber dejado de ser una simple bala para volver a ser de nuevo sólo espejo, piedra, sol, mineral
y tierra. Porque para ella, al contrario que para aquellos que la fabricaron, sí existen más posibilidades ante aquella guerra: ella ha decidido no ser colibrí y polvo, trueno y nada, garrapata y muerte, sino ser pez y suspiro, silencio y todo, hormiga y vida. Y nada más.

Mientas tanto, fuera, en la superficie, un general amonesta a dos torpes soldados de forma autoritaria: sus ojos clavados en sangre recriminan su falta de tacto con las nuevas armas mientras les indica que vayan a buscar más munición. Al otro lado de la playa, los americanos, todavía lejos, desembarcan ligeramente desorientados
pero todavía vivos.

Cuando el general da la vuelta, malhumorado, dispuesto a volver a reunirse con el suboficial con el que había interrumpido una conversación debido a la actitud infantil de aquellos dos soldados rasos, en la trinchera, aprovechando la breve tregua que ha concedido el enemigo en esos momentos con el sonido del silbato de la paz, alguien empieza a tararear una conocida melodía de la cual nadie recuerda que tuviese letra:

Por una bala, se perdió un soldado;

por un soldado, se perdió una batalla;

por una batalla, se perdió una guerra;

por una guerra

FIN.

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2024-11-12

 

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