Casi a las 4 A.M. - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Te levantas como cada noche en la que te sientes inquieta, huyes apresuradamente de tu cuarto en busca de un refugio, el trayecto hacia la pieza de tu madre es largo como cada que lo haces, pero sabes que al llegar, tendrás protección.

Abres la puerta entre sollozos, ella despierta con el sonido que haces al atragantarte, extiende los brazos hacia ti, recibiéndote con ese mismo cariño de siempre, porque para un niño, el tiempo pasa lentamente.

- Tranquila Almendra, tranquila - susurra tu madre, mientras ruegas por volver a dormir.

Solamente tienes tres años, eres menuda, pequeña y muy habladora para tu corta vida, sonríes con la misma calidez que te regaló tu mamá al darte a luz, tienes esos mismos ojos claros de un padre al que no conoces, tu pelo es negro azabache del cual tu abuela habla con orgullo y tu tez blanca, te hace parecer una muñeca.

 

Pero esa noche, fuera la última en la que tu madre te diera cobijo, te consolara y te tratara con dulzura, porque una madre debe hacer lo que una madre debe hacer, aunque la tuya no siguiera el consejo.

Una semana después recurres a tu consuelo, vas a su cuarto, está cerrado con llave, escuchas muchos ruidos dentro, oyes a tu madre gritar y te asustas, el reloj cucú que marca casi las cuatro A.M. en lo alto de la pared no ayuda, tu cuerpo tembloroso cae apoyado en la puerta, lloras para que te abran, y caes dormida en el intento.

Despiertas a la mañana siguiente, tu madre sonríe cuando bajas por las escaleras, la miras con una expresión curiosa en tu rostro, si no mal recuerdas, anoche la escuchaste gritar, debería de estar asustada, pero sonríe como quien tiene un grandioso día.

- Mamá
¿Por qué gritabas ayer? - curioseas ya que necesitas entender.

- ¡Ay cariño! - Se sonroja evidentemente - son cosas de adultos.

Tu mamá sigue pelando papas mientras su ceño se frunce, se golpea por su falta de delicadeza, era obvio que Almendra acudiría casi todas las noches, y ella nunca sopesó la posibilidad que le descubrieran. Tu madre toma una decisión mientras te mira beber delicadamente tu leche, una decisión que sin dudas, no era la correcta.

Estás en la celebración de los veintiún años de tu mamá, ya tienes cinco y juegas alegremente con tus abuelos, lela te cepilla ese pelo, tu abuelo Eric mueve negativamente la cabeza, sonriendo ante la insistencia de su esposa, ¡cuánto ellos dos aún se aman!

Apagas las velas de tu madre porque ella desea que la ayudes, es joven, lo sabes, pero eso hace que tus necesidades sean mejor entendidas, pero a pesar de eso, sientes que algo falta.

Buscas a mamá cuando ya la perdiste de vista en las grandes hectáreas de los abuelos, corres por entre los parrones de uva divertida mientras los demás ríen ante tus ocurrencias, no les dices que vas en busca de ella, pues como siempre te dirán; "Mamá también debe divertirse", quieres divertirte junto a ella y ellos, tu familia, no saben qué hace tu mamá cuando desaparece.

Te pierdes de vista de los demás, comienzan a buscarte pero estás lo suficientemente segura de saber cómo regresar, el atardecer se pinta ante tus ojos con unos colores que sólo ves en tus sueños, te capturan la atención en lo que para ti fueron sólo minutos, pero cuando vuelves a la realidad, esos lindos colores se han vuelto un rojo sangre que paulatinamente, dará paso a un negro noche.

 

Sin siquiera pensarlo, sigues saltando, haciendo que la brisa de la tarde ondee tu pelo liso al compás de tu andar, quieres tararear una de esas canciones que te enseñan en el jardín, pero prefieres callar para así sorprender a mamá.

- ¡Sí, sí! - escuchas como un eco y te aventuras a aquel lugar.

Tus bellos ojos claros se abren de la impresión, algo le hacen a tu madre, algo que sin duda le gusta mucho, está recostada en el césped, un hombre sobre ella arremete, cerca del lago sus siluetas se marcan, mientras los últimos vestigios de luz desaparecen.

- ¡Almendra! -

- ¡Cariño!, ¿Dónde estás? - chilla tu madre.

- Almendra -

- ¡Bebita, Almendra! -

Estás en el garaje de la casa de campo, el único lugar donde sabes no te buscará, sostienes tus piernas mientras intentas quitar ésas imágenes de tu cabeza, viste algo que no deberías desde principio a fin, y viste a tu madre disfrutar, pero lo viste a él, a ese hombre que entre sus piernas no debió estar.

- ¿Almendra? - pregunta tu abuelo, descubriéndote.

- Hola - susurras dulcemente.

- Pensé que estarías aquí - sonríe.

Te sorprende la ternura con la que te habló, lo ves subir no sin dificultad a la parte de carga de la camioneta en la cual solía él salir a trabajar, el olor a uva aún a pesar de los años puede sentirse en cada rincón. Lo ayudas con vehemencia pero él sabe que no podrás levantarlo sola, hace un esfuerzo por hacer parecer que gracias a ti es que pudo subir, sólo para hacerte sentir mejor.

- ¿Cómo supiste que estaba aquí, abuelito? -

- Porque eres igual a él - dice suspirando algo cansado - él siempre después de trabajar, venía a pensar aquí.

- ¿A él? -

- A tu padre -

- Mi papá
-

- Sí, él trabajó para mí y aunque no esté de acuerdo con lo que hizo tu madre, debo apoyarla, porque eso se supone hacen los padres - sonrió.

Quedas confundida, pero por alguna razón, el saber que tu abuelo sabe algo sobre él, te da una misión en la vida, una bella misión: encontrarle. En un segundo, estás caminando junto a él, tiene tu abuelo una grandiosa facilidad de manipulación para hacerte creer que algo fue tu idea pero en realidad fue de él. Tu madre te abraza con fuerza al encontrarte, pero una vez se separa de ti, su mano da contra tu mejilla en forma brusca, no lloras, pero lo quieres hacer.

- ¡Maldita mocosa! - te reta mientras te tironea al interior de la casa.

Fue la primera vez que te insultó.

Nai´s School está orgulloso de tenerte entre sus alumnos, no solamente das reputación por ser de la familia que vienes, sino que tus altas notas y tus actividades extracurriculares lo dejan ver.

Tienes doce años, y ahora entiendes el poder que tu abuelo deja influir en el pueblo, sabes que él vive a las afueras, mientras que tú te ubicas con tu madre en la villa Altas Esperanzas a sólo minutos del centro de la ciudad, sabes que el respeto que le tienen se lo ha ganado, pero sabes mejor que nadie, que ese fue el plan de tu abuelo desde el principio. Todo para pelo rizado

Sigues con el cuaderno de hojas negras apoyado en tus piernas, la pizza hace horas que se enfrió, son casi las 4 A.M. cuando continuas con la carta a tu abuelo, no lo ves desde aquel incidente el 2 de Julio de hace cinco años, cuando amenazaste a tu tío político, aquel con el que tu madre estuvo en tus cinco, ese hombre, que era el esposo de la hermana de tu madre.

 

Tampoco ves a tu tía desde ese día, sabes que se separó de aquel sujeto, que encontró uno nuevo y que este sí vale la pena, está embarazada de su primer hijo, te envía postales de sus viajes a los confines del mundo y nunca menciona a tu madre, tú tampoco lo haces.

Mamá no está en casa, como cada noche desde el 2 de Julio, sale a trabajar en las mañanas, regresa casi al ser las cuatro de la madrugada y al entrar, te mira con desprecio.

Ves un auto verde estacionar frente a la casa, sigues estando al lado de la ventana y ni te mueves para recibirla, la ves bajar con cada vez menos dignidad y se tambalea mientras el hombre del carro aprovecha y le agarra una nalga. Tu madre ríe, tú quieres vomitar.

Carro nuevo, ropa nueva, hombre nuevo. Cada noche.

Entra en la casa, te mira con desprecio, no se inmuta no le importas, son casi las cuatro y te levantas cuando ya la has pedido de vista, ella sólo alcanza a subir la mitad de la escalera. Como cada noche, la jalas para subirla a su habitación, la despojas de su ropa y te tapas la nariz por el fuerte olor a alcohol, la metes a la bañera previamente preparada, rogando por que como siempre, el olor desaparezca.

Con un inhumano esfuerzo la vistes y arropas en la cama, haces lo que ella debiera hacer, casi a las cuatro.

El siguiente día es igual, ésta vez, el olor del Tequila no te molesta, por lo menos sabes que no tendrá dolor de cabeza cuando despierte, pero algo hay diferente y lo notas al desvestirla. Moretones adornan su pálida piel igual que la tuya, los acaricias queriendo borrarlos, pero es imposible, lloras otra vez, mientras la bañas inconsciente, ¿Qué haces, madre? ¿Qué?

Ordenas su ropa para que vaya a trabajar y cuelgas su cartera donde siempre, algo cae de ella, una gran libreta, esa destartalada en la cual las hojas están por molerse, en la cual la ves a veces escribir. Nunca has robado Almendra, pero tomas prestada dicha libreta y corres a tu lugar, al lado de la ventana.

La escritura de tu madre a los doce es horrible, pero entre líneas y manchones por la tinta, una foto ilumina tu rostro. Tu madre joven, al lado de un guapo hombre, sus ojos son tus ojos y lágrimas vuelves a derramar. Volteas la foto y reza con una pulcra letra que supones de él: "Mi amor y yo
parque del Real". Ves las manos de tu padre manchadas de pintura mientras afirma las de tu madre, tal vez era artista, lo es.

Lees más y tu padre se llama Antonio, de un año más que mamá y de familia poco adinerada, para no decir pobre. Comprendes el porqué de no haberlo conocido nunca, el primer amor de tu madre, no es el mismo que quiso tu abuela, lees como ella escribe con dolor, pero te alivia el hecho de saber que tu abuelo nunca lo rechazó. Él no sabe de ti, tu abuela lo impidió.

- ¡Te odio! - te grita tu madre un 2 de Julio.

Sabes que sigue con el resentimiento de aquella vez, cuando gritaste que no volviera a tocar a tu madre, sabes que te odia por eso, pero nada puedes hacer. Con diecisiete años ves a tu gato más que a tu madre, ella sigue llegando casi a las cuatro, y tú sigues arropándola cada vez.

Es un día domingo soleado, estás de nuevo en el Parque del Real. Ves a tu padre cargar a un pequeño niño, tu hermano, pero desde hace años, que sólo lo observas, no te acercas a él. El parque está casi a las afueras de la ciudad, por eso es que vas temprano.

Como cada domingo, aquel muchacho que no conoces, llega con una soda en cada mano, te la ofrece, agradeces y se quedan en silencio por horas, hasta que te vas.

- ¿Cuándo irás a hablarle a Antonio? - pregunta el muchacho uno de aquellos días.

- Algún día - respondes con una mentira.

- Mientes -

- Lo sé -

- ¿Eres familia? -

- Menos información
es mejor - dices agachando la mirada, ni su nombre sabes, pero confías en él.

- Quiero conocerte - refuta decidido.

- ¿Por qué? - inquieres confundida.

- Porque me gustas -

Los planes para tu boda te dejan con cansancio, tu pie aún está resentido por la caída, no podías preveer que al contarle a tu madre que te casarías, ella te arrojaría por las escaleras indignada.

Tu boda es de ensueños, tu marido ahora te ama con locura, sonríes en tu nueva casa, y admiras el cuadro que tu padre pintó, pero no sabe quien eres. Así lo prefieres, así está mejor.

Vas a ver a tu madre a la clínica en donde está internada, temes que pueda atentar contra su vida, pero más temes dejarla sola. No te reconoce, pero verla te recuerda a esos años en los cuales te cobijaba al despertar casi a las cuatro de la madrugada, te mira con dulzura, mientras le lees o conversas de cosas triviales.

Ya tienes nueve meses de embarazo, las contracciones comenzaron hace más de una hora, pero no quieres irte de casa hasta que llegue tu esposo. Juntos van al hospital, él se ve más nervioso que tú. Llega tu abuelo Eric, te da fuerzas y confianza, esa que necesitas en estos momentos. Vas a pabellón.

Linda, así es tu bebita, la combinación perfecta entre ustedes dos, nace ella tan tercamente casi a las cuatro A.M., mientras las noticias que tu abuelo trae a la habitación son dolorosas, pero también aliviantes. Mamá murió, pero algo mejor llegó, no puedes evitar el sentimiento. Estás feliz por las dos.

- Prometo, estar contigo aunque sean casi las 4 A.M. - besas a tu hija.

La puerta se abre y entra tu esposo, una vez más, con una soda en cada mano.

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Te levantas como cada noche en la que te sientes inquieta, huyes apresuradamente de tu cuarto en busca de un refugio, el trayecto hacia la pieza de tu madre es

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2023-02-27

 

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