El Ángel de la Noche - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

EL ÁNGEL DE LA NOCHE


Capítulo 1
Muerte


"La muerte es un paso hacia algo desconocido. Hay quienes no mueren, sino que encuentran una nueva vida, a la que hubieran preferido no enfrentarse."


Nadie me había dicho que la vida sería de esta manera. Absolutamente nadie, durante mis 13 años que tuve de vida, me dijo que algo así podía pasar. ¿Ahora? Lo que tengo hoy ya no es vida; es un simple intento de pasar el tiempo, de ir de un lado hacia otro, sin saber qué esperar. Lo que sigue es simplemente pasar una eternidad sin rumbo, hasta que algo increíble suceda. Mientras tanto, tendré que ingeniármelas para que el tiempo sea un aliado y no una tortura.

Mi nombre es Ángel. Soy, mejor dicho, era un niño de trece años, como todos los chicos de mi edad. Nací en una ciudad llamada Puerto Natales, en Chile. Es una ciudad sudamericana que, a pesar de encontrarse a nivel del mar, tiene un clima frío. A nuestra ciudad asisten algunos turistas al año y, gracias al desarrollo mundial, ha ido creciendo poco a poco. Es por eso, quizá, que no muchas personas habían advertido lo que sucedía en Puerto Natales: de vez en cuando, la policía encontraba alguna persona muerta, sin razón aparente. Ya habían sucedido algunas cosas extrañas en mi país, como la repentina explosión del volcán Chaitén, pero nada como lo que comenzaba a pasar en mi pueblo. Los descubrimientos de cuerpos sin vida empezaron a alarmar a los pocos habitantes; ya no era sólo un muerto al mes, sino que en poco tiempo se convirtieron en más de diez a la semana. La mala publicidad que daban los noticieros hizo pensar a los turistas que alguna especie de epidemia, o una maldición, había caído en Puerto Natales y, de pronto, nadie visitó el pueblo. Lo que antes era un ambiente de fiesta y diversión se convirtió en seriedad. Cada vez menos personas salían a la calle, y el frío se empezó a sentir más que nunca.

 

Los chicos con quienes yo convivía habían comenzado a inventar historias de monstruos y fantasmas que despertaban para acabar con nuestra ciudad. Aunque ninguno lo creía, todos usábamos los cuentos para reír un poco y pasar el tiempo. Hubiera preferido no darme cuenta que las historias que contábamos eran verdad.

Aquella noche se sentía un frío que calaba en los huesos. Las calles estaban particularmente desiertas y las estrellas menos brillantes que nunca. Mi madre, Julia, me había enviado a casa de mi tío Mario por unas medicinas. En aquel momento recordé las historias que contábamos y sentí miedo, aunque en seguida reí por creer semejantes tonterías. En todo caso, yo ya tenía trece años, algunos decían que parecía de quince, y era fuerte y alto para mi edad, así que podría enfrentar cualquier peligro que se presentara.

Al salir de mi casa el viento helado golpeó mi rostro. Caminé como aparentando no sentir el frío y me dirigí hacia el lugar al que mi madre me había ordenado. No había nadie en la calle, por lo que el silencio reinaba por el lugar. Acelerando el paso, cuando aseguré que nadie me veía ni podía notar mi temor, estuve en menos de diez minutos en casa de mi tío Mario. Era el hermano mayor de mi madre y tenía tres hijos, mucho mayores que yo.

-Pasa, Ángel, hace frío- dijo la voz de mi tío, casi al momento de yo golpear la puerta.
-No, gracias, sólo vengo por las medicinas. Además no siento tanto frío- dije sin dudar, quitándole importancia al clima.
-Siempre tan valiente- dijo mi tío, mostrando su cálida sonrisa que lo caracterizaba y, sin más, me entregó una bolsa de plástico con tres cajas pequeñas. -Dile a tu madre que debe tomarse una de estas cada ocho horas, para que desaparezca ese resfriado. Y tú procura no molestarla, necesita descansar.- me dijo, riendo nuevamente.
-Lo haré, gracias- y me giré de inmediato, escuchando la puerta que se cerraba. El viento sopló de repente y mi piel se erizó, como presagiando lo que sucedería a continuación.

 

Tras cinco minutos en los que casi corrí por las calles desiertas de Puerto Natales, escuché algo más que el silencio.
-¡No, por favor!- gritaba una voz de mujer, en uno de los callejones cercanos a donde me encontraba. Apresuré el paso hasta colocarme en la entrada del lugar y pude ver lo que sucedía: un hombre delgado y fuerte, con la piel blanca como la nieve tenía acorralada a una chica de algunos 25 años. No supe qué hacer y, cuando intenté huir, el hombre giró su rostro y me miró. Parecía tener todo lo que un artista de cine pudiera desear: sus facciones eran delicadas, tenía los músculos muy marcados y la piel clara. Tenía el cabello castaño y vestía ropa elegante y juvenil. Sin poder moverme miré sus ojos y, con mi corazón latiendo como jamás lo sentí, percibí un color rojo que nunca había visto en los ojos de ningún ser humano. El hombre, con una rapidez increíble, giró una de sus manos y torció el cuello de la mujer que tenía a su lado, haciéndola callar para siempre. Intenté escapar, pero él fue más rápido. Dejando caer el cuerpo sin vida de la chica, corrió hacia mí. Sólo pude cerrar los ojos y esperar lo peor, aunque todo fue más extraño de lo que pensé. Sentí un golpe muy fuerte, como si hubiera chocado contra una pared de hielo. Después, un ligero pinchazo en mi cuello y, finalmente, un fuego que empezaba a viajar por todo mi cuerpo. Seguí con los ojos cerrados a pesar del dolor, pero pude sentir cómo aquel hombre se alejaba de mí y volvía en seguida, levantándome del suelo y llevándome en brazos hacia un lugar que no conocí. No resistí más aquel dolor y, sin poder evitarlo, morí.


Capítulo 2
Despertar


"Prohibir algo es despertar el deseo."


Después de un tiempo en el que no tuve conciencia, me di cuenta que aquel dolor que parecía estar quemándome por dentro había cesado. Creí entonces estar muerto, aunque no parecía ser la experiencia que todos habían contado. No respiraba y seguía con los ojos cerrados, pero no escuchaba las voces que anunciaban mi llegada a la tierra de los muertos. Entonces intenté respirar, pero un dolor que jamás había sentido raspó mi garganta. Pensé de inmediato que aquella no debía ser una experiencia de alguien fallecido, por lo que deduje que me encontraba en un hospital o algún tipo de lugar de asistencia. Con miedo abrí los ojos y descubrí un cuarto desconocido para mí, pero del que podía ver cada detalle. Puse atención en mi sentido del oído, y comencé a notar sonidos que no percibía antes: el correr del agua por las tuberías, el canto de los pájaros y el sonido del viento al soplar. Escuché un movimiento delicado y rápido que se dirigía hacia donde me encontraba y, en menos de un segundo, un hombre joven estaba frente a mí.

 

-No puedo creerlo- decía, con una voz calmada, melodiosa y asombrada a la vez. -Nunca había visto algo similar- continuó diciendo, mientras me miraba fijamente, como repasando cada parte de mi cuerpo con su mirada. En un instante reconocí aquel rostro: era el hombre que había atacado a la chica en el callejón, aunque percibí algo diferente. Noté un brillo especial en su piel y unas sombras color violeta que rodeaban tenuemente sus ojos.

-¿Dónde estoy?- atiné a preguntar, y en aquel segundo supe que algo no andaba bien. Mi voz sonaba diferente, casi musical, como la del hombre que estaba frente a mí.
-Mi nombre es Edward- dijo aquel, con el que cada vez me sentía más identificado. -Estás bien- dijo en seguida, sin dejarme hablar. -Te encuentras en
digamos, mi casa.-

Era cierto lo que decía: yo estaba bien, no sentía ningún dolor, únicamente el de la garganta cuando intentaba respirar, pero ni mis huesos o alguna otra parte de mi cuerpo me dolía. Me senté sobre la cama, y lo hice en menos tiempo de lo que yo mismo imaginé. Todo esto era muy extraño.
-Debo irme- dije, un poco desorientado. En verdad no sabía qué pensar ni qué hacer. -Mi familia- balbuceé, y en aquel momento el hombre se acercó rápidamente, aunque pude percibir sus movimientos sin esfuerzo.

-Tu familia- repitió -No creo que sea buena idea.- No pude siquiera preguntar la razón, porque cuando intenté hablar, Edward ya estaba frente a mí, pero ahora sujetando un espejo. La imagen que descubrí me dejó sin habla: era un chico con un rostro llamativo y fino, el cabello de un brillo perfecto y cada músculo definido con claridad. La piel era pálida y, los ojos de la imagen eran rojo intenso.
-¿Qué pasa?- pregunté. En realidad me sentía alarmado, no estaba seguro si era realmente yo quien aparecía en el espejo.
-Verás, lo que sucedió
- dijo Edward, con la voz llena de dudas. -Sufriste una
bueno
transformación.
-¿Transformación? ¿Qué estás tratando de decir?- pregunté, alzando un poco mi voz, que aún así se escuchaba delicada, fuerte y llamativa. Entonces Edward comenzó a contar lo que había sucedido. No entendí algunos detalles y otros me parecieron salidos de una película de terror, pero escuché sin interrumpir.

-Vengo de los Estados Unidos, me escapé de mi familia porque no me sentía conforme con la clase de vida que llevan. Viajé hasta Puerto Natales, una ciudad fría y alejada de los lugares más poblados. Entonces comencé a atacar a las personas que viven aquí. Fue muy fácil, ya que mi fuerza es
bueno, mayor a la de cualquier humano. En segundos mordía a quien había seleccionado como víctima y bebía toda su sangre, para poder saciar mi sed. Así me mantuve algún tiempo. No dejaba rastros, ya que tengo estudios médicos que me permiten arreglar el cuerpo desangrado. La noche en la que me encontraste, caminaba por la ciudad, procurando no ser visto. Entonces me topé con ella, la chica de la sangre más dulce que había percibido a lo largo de mi existencia. No me pude resistir y la llevé hasta el callejón y, cuando estaba a punto de asesinarla, apareciste tras de mí. Sentí tu presencia y al girarme, noté que eras apenas un niño. No pude luchar contra mi instinto y maté a la chica, entonces me lancé hacia ti y te mordí. De inmediato me sentí arrepentido, al ver tu cuerpo frágil luchando contra el dolor. No te asesiné y, en cambio, te traje hasta aquí para que terminaras tu transformación. Me arrepentí muy tarde, lo sé, pero no quería que alguien más muriera por mí. Ahora volveré a mis antiguas costumbres, beber sangre de animales y no de humanos, porque tu casi muerte me ha hecho reflexionar. Lo siento por traerte a este mundo de terror, pero no pude elegir a tiempo.

 

Quedé en silencio después de aquellas palabras. Nada de lo que decía tenía sentido, pero todas las piezas caían en el lugar exacto.
-Entonces yo
- dije silenciosamente, y Edward completó mi frase -Así es, eres un vampiro.

Vi mi rostro nuevamente en el espejo, notando cada matiz de lo que me rodeaba. Entonces sentí un odio enorme y unas ganas de beber sangre que jamás imaginé sentir. No supe qué hacer y, de pronto, me arrojé sobre Edward. Aquel hombre que me había traído hasta este mundo tan irreal; aquel hombre que me había convertido en una criatura que hasta en mis sueños me había dado miedo. -¡Te odio!- conseguí decir antes de lanzarme hacia él, pero al parecer Edward ya estaba preparado. Logró controlarme y me sostuvo firmemente, sin poder librarme de él. -Lo siento mucho, Ángel, lo siento de verdad.- Fue lo único que dijo, mientras yo luchaba por soltarme. Finalmente decidí que sería imposible deshacerme de él y, dejando la fuerza, me relajé. Su abrazo me liberó de inmediato y habló.

-Puedo enseñarte cómo debe ser un vampiro. Te controlaré cuando sea necesario y te demostraré que se puede vivir sin la sangre humana, por más que nos atraiga. Yo tampoco decidí esta vida, Ángel, pero puedes intentar vivirla, como yo lo hago.

Mis lágrimas no salían de mis ojos aunque tuviera unas ganas de llorar enormes y, por primera vez en el tiempo que tenía de vida me pregunté: "¿Qué hice para merecer esto?"

Capítulo 3
La Historia de Edward


"El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar o lo que pretendes recordar."

Los siguientes días conviviendo con Edward me habían enseñado cómo era la vida de un vampiro. Cada vez que salíamos a la calle era únicamente para dirigirnos hacia lugares en los que se podía encontrar algún animal que nos sirviera de alimento. La cacería se volvió más fácil y, poco a poco, fui controlando mi ansiedad por beber sangre humana. Algo en el olor del ambiente me decía que la sangre de las personas era mucho más dulce y deliciosa que la de los animales, que tenía un sabor a tierra mojada, pero de cualquier forma me las arreglaba para no atacar al primer humano que encontraba en mi camino. Sin embargo, había ocasiones en las que la necesidad de probar lo que mi olfato detectaba era insoportable y me lanzaba hacia donde mi instinto me llevaba, pero Edward era más fuerte que yo, física y emocionalmente, y de una forma increíble me retenía hasta que aquella sensación pasaba.

También aprendí que la mayoría de las historias que se contaban sobre los vampiros eran mentira, ya que, aunque el Sol me producía una sensación extraña, no era lo suficientemente fuerte como para hacerme desaparecer. Me pasaba todo el tiempo despierto, lo que ayudaba a que Edward me enseñara cada vez más sobre el mundo al que ahora pertenecía y, por alguna razón, descubrí que yo, aunque era valiente, le temía a cualquier versión del fuego. Los ajos, aunque tampoco me causaban daño, sí tenían un aroma realmente insoportable, por lo que prefería no acercarme a lugares que olieran así; mis sentidos eran más agudos que antes, por lo que ruidos fuertes u olores intensos me hacían alejarme.

 

Hasta ese momento no había querido buscar a mi familia por dos razones importantes: primero, mi aspecto ya no era el mismo a como ellos me recordaban y sería muy arriesgado aparecer de repente y decir "Hola, mamá, soy Ángel", y esperar que no me tomaran como alguien que les estaba jugando una broma, haciendo que su dolor por haberme perdido creciera un poco; y segundo, porque no podía engañarme; sabía que era muy fácil que perdiera el control y los atacara, para después arrepentirme. Era por eso que Edward se convirtió en lo más cercano a un familiar o un amigo desde el día de mi transformación, aunque en ocasiones lo odiaba más que a ningún vivo o muerto.

Una tarde, cuando regresábamos de una cacería particularmente pobre, llegó a mí la curiosidad por saber un poco sobre el pasado de Edward; sabía casi todo sobre su vida como vampiro, pero nada sobre lo que había ocurrido antes de su conversión. -Edward, ¿Puedo preguntar algo?- dije, rompiendo el silencio que había reinado por casi diez minutos.
-¿Sí?- dijo él simplemente. Era raro que Edward comenzara una conversación que no tuviera que ver con mi instrucción para ser un vampiro, por lo que cualquier otro tema era poco importante para él.
-¿Podrías contarme
no sé
tu vida antes de ser vampiro?- dije titubeando y de inmediato pensé que había sido una mala idea preguntar aquello. El silencio se hizo nuevamente a nuestro alrededor y, cuando volví a sumirme en mis pensamientos, creyendo que él no contestaría, habló.
-Mi nombre fue Edward Rosell- dijo como haciendo un gran esfuerzo. Yo mismo me había dado cuenta que desde mi transformación todo aquello que era pasado me parecía más borroso y difícil de recordar, por lo que no hice comentario alguno, esperando que siguiera hablando.
-Toda mi vida la pasé en los Estados Unidos, en Atlanta, hasta la edad de veinte años. Nací en 1933 y, desde hace poco más de cincuenta años, sigo teniendo veinte.- Hizo una pausa, recordando de nuevo, y volvió a hablar, esta vez con un poco menos volumen, aunque yo pude escuchar con facilidad. -Fui testigo de cómo mi familia moría en un accidente aéreo, mientras paseaban en una pequeña avioneta, propiedad de uno de los amigos de mi padre. Aquel día yo había salido con unos amigos y me reuniría con mis padres y mi hermana más tarde. Cuando llegué al lugar en el que habíamos quedado y me di cuenta que hacía cinco minutos habían subido a una avioneta me enojé, porque uno de mis sueños era volar. Seguí con mi enojo hasta que la avioneta intentó aterrizar. Pude ver claramente cómo la avioneta bajaba y se quedaba sin control, hasta chocar contra el piso y arder en llamas. No tuve oportunidad de reaccionar, me quedé ahí de pie y, cuando recuperé la conciencia, ya se habían apagado las llamas y el cuerpo del piloto y los de mi familia estaban junto a la pista, completamente calcinados.- Las palabras de Edward eran tan descriptivas que no pude evitar imaginar la escena: el avión estrellándose y los rescatistas luchando para que los cuerpos sin vida sufrieran el menor daño posible. Edward continuó, sacándome de mis pensamientos.

 

-Cuando la avioneta se estrelló, mi vida entera cayó al suelo junto con ella; en un segundo me había quedado sin los tres seres que más amaba en el mundo. Reclamé a la vida y a no sé quién que me devolviera lo que me había quitado. Estaba dispuesto a dar mi vida para que ellos volvieran, pero me di cuenta que el destino no era un mercado. Decidí irme de ahí, dejar esa ciudad y buscar otra vida que de antemano sabía que no tendría. Han pasado tantos años desde entonces, y no he podido olvidar aquella imagen.- Todo aquello no podía ser cierto, era demasiado cruel. Algo dentro de mí me decía que Edward sentía unas ganas enormes de llorar y desahogar aquel sentimiento que aún guardaba, pero por más que luchara no podía hacerlo. Era una historia triste, quizá demasiado, pero cuando él habló me di cuenta que aún no había acabado.

-Viajé a Detroit, a la frontera con Canadá y ahí encontré un empleo. Aunque ya estaba ocupado en mantenerme y vivir, todavía no podía olvidar que estaba solo y que mi familia jamás regresaría. Aquella noche- dijo cerrando los ojos -yo caminaba por la calle, demasiado distraído. Detroit era una ciudad muy violenta y yo había aprendido a vivir en ella. Sentí una presencia tras de mí y aceleré el paso, tratando de ser más rápido que quien yo creía un delincuente. Casi para doblar la esquina cerca de mi pequeño departamento, sentí un viento helado y, sin más, algo me golpeó por la espalda demasiado fuerte. No pude soportarlo y caí, mientras que una presencia fría se echaba sobre mí, dejándome sin respiración. "Espero que no tengas razón para vivir, porque ahora morirás" me dijo la voz de aquel hombre. "No tengo ninguna" pensé, pero no dije nada; por primera vez en mi vida estaba realmente asustado. En aquel momento sentí que el ser buscaba la parte de mi cuello que estaba descubierta y, sin más, me mordió. Grité sin poder evitarlo, era demasiado dolor. Entonces llegó otra persona y separó a aquel ser de mí. No supe qué pasó entre ellos porque el dolor apagó todos mis sentidos. Cuando volví a recuperar la conciencia estaba en una casa elegante y descubrí que no estaba solo. Viví los siguientes años con el hombre que me había salvado, que resultó ser también un vampiro, y fue él quien me enseñó todo lo referente a ser un vampiro. Me sentí realmente desgraciado ya que, sin tener una sola razón para vivir, un extraño había hecho que los años de mi vida fueran eternos.-

Cuando Edward acabó de contar su historia me sentía extrañamente débil. Habíamos llegado ya a nuestra "casa" y no pude hacer algún otro comentario. Pasaron varios días hasta que volvimos a hablar, pero durante todo aquel tiempo me sentí culpable, por haber despertado una vieja herida en el alma de quien, a partir de entonces, sería mi maestro. Con su historia me había enseñado que el dolor no podía dejar de sentirse aunque nuestra piel fuera de piedra o nuestro corazón dejara de latir. En aquel instante había aprendido a comprenderlo y, sobre todo, había aprendido que existía algo dentro de mí que aún me permitía sentir, que aún me permitía tener algo de humano.


Capítulo 4
Víctima


"Cometer una injusticia es peor que sufrirla."

 

Edward Rosell se había convertido, después de haberme contado su historia, en algo más que mi maestro. Yo lo veía como un hermano mayor, como alguien que me enseñaba las situaciones que debía vivir desde el momento de haberme convertido en un vampiro. Era cierto que sufría sin poder acercarme a mi familia y sin poder hacer otra cosa que mantenerme despierto y beber sangre de animales, pero después de casi cuatro meses poco a poco me acostumbraba a la vida que tendría que llevar por la eternidad.

Era incómodo saber que si tenía contacto con las personas muchas se darían cuenta de mi condición, pero sabía que cuando estuviera preparado lo haría; podría salir a la calle (tomando mis precauciones, ya que mi piel reaccionaba de manera distinta con el Sol), asistir a la escuela, conseguir un trabajo y, talvez podría ser, tener amigos. Era como si me estuviera volviendo a incluir dentro de una sociedad que por alguna razón me había exiliado. Sabía que no podría tener contacto con la misma gente debido a que mi cuerpo no cambiaba, por lo que después de algún tiempo debería buscar nuevas actividades para no despertar sospechas. Muestras gratis y regalos

Mi vida se había vuelto, como era de esperarse, una enorme rutina: permanecer siempre en casa, leer, ver la televisión (donde anunciaban que las extrañas muertes en mi ciudad habían cesado) e ir de cacería cada tres o cuatro días.

Aquella mañana Edward salió de la casa muy temprano. Había decidido volver a trabajar, por lo que yo me quedaba en casa a esperarlo. Para él, que ya llevaba varios años como vampiro era muy difícil permanecer sin hacer nada. Al menos eso era lo que él decía, pero yo, en el fondo, sabía que Edward sentía una deuda con mi pueblo por haberle quitado tantos habitantes.

-Te dejo comida en la alacena- había dicho Edward antes de marcharse, tras lo que soltó una sonora carcajada.
-Gracias, pero no tengo hambre- grité, y escuché la puerta que se cerraba. La comida normal tenía un sabor que no me agradaba, por lo que prefería esperar a los días de caza antes que comer un bocadillo de los que antes consumía.

Edward insistía en tener comida y bebida de humanos, por si algún amigo iba alguna vez a nuestra casa. Sin embargo, yo sabía que aquello no iba a suceder: Edward aún pensaba que yo no podía controlarme en la presencia de humanos.

Cuando mi amigo salió de la casa tomé, como siempre, uno de los tantos libros que había en los estantes. Comencé a leer y en seguida me aburrí. Ahora leía un libro diario, cosa que no hacía antes de convertirme en vampiro. No sabía por qué, pero el imaginarme a un vampiro me hacía pensar en que ellos eran cultos, ricos y famosos, quizá era por eso que yo me esforzaba tanto en estudiar y vivir cada vez mejor. Aquella mañana, en cambio, me sentía particularmente aburrido. Me puse a pensar en todo lo que me había dicho Edward y, entonces, decidí darle una sorpresa: saldría a la calle a tener contacto con la naturaleza; le demostraría que ya era capaz de ser parte productiva de una sociedad o, al menos, que podía regresar a casa con las manos limpias. Tomé un sweater (no tenía frío, pero en el noticiero habían dicho que era necesario salir abrigado, y sería muy extraño que yo no lo hiciera) y me miré al espejo antes de salir: tenía un aspecto casi humano, ya que mis ojos habían cambiado de un color rojo fuerte a un natural café claro; mi cabello estaba peinado como cualquier persona y mi piel lucía un tono pálido, normal en los habitantes de mi ciudad. Las nubes se agolpaban en el cielo, por lo que no corría peligro de que un rayo de Sol revelara algo de mí.

 

Salí de casa y, tras cerrar la puerta, me aventuré a respirar un poco del ambiente. De inmediato sentí como el aroma de la sal se colaba por mi nariz, junto con los humos que despedían los automóviles. Pude percibir también aromas dulces que me invitaban a ir tras ellos, pero en todo aquel tiempo me había acostumbrado a resistir. Continué caminando, esta vez sin respirar hasta encontrarme en un pequeño parque cerca de la casa. El lugar estaba completamente desierto, pero aún así preferí no respirar.

Podía escuchar claramente las aves que volaban de un árbol a otro; el sonido de los automóviles a lo lejos; el viento soplando fuertemente y otros sonidos de menos importancia. Era increíble volver a sentir el viento en mi piel fría y, sobre todo, era increíble sentir la libertad y estar solo junto a la naturaleza.

Decidí respirar nuevamente para volver a percibir aquellos aromas, pero un dolor insoportable me quemó en la garganta. Quizá había estado demasiado concentrado en mis pensamientos, porque no me había percatado de la presencia de un hombre, a muchos metros todavía de mí. De pronto sentí una necesidad enorme de romper aquella distancia que nos separaba; de ir tras él y despedazar su cuerpo, para beber toda su sangre, como había hecho ya con tantos animales. De inmediato quise sacar de mi cabeza aquellos pensamientos, pero una ráfaga de viento me golpeó en el rostro, trayendo con ella el dulce olor de la sangre del hombre vestido de negro que se encontraba aún muy lejos. No pude resistir y me levanté rápidamente del lugar en el que me encontraba.

Mi instinto era mucho más fuerte que mi razón y, por más que me decía "no lo hagas", mis ganas de probar el sabor de la sangre humana me obligaban a seguir caminando. Fui lo más sigiloso que pude hasta llegar a pocos metros de aquel hombre. Yo continuaba sin respirar, para no arruinar el momento, y pude ver que aquel señor, de aproximadamente cuarenta años, se dedicaba a estar sentado sobre una banca de madera, leyendo un libro. Después de contemplarlo un poco más me di cuenta que no se trataba de un libro común y corriente, sino que era un álbum de fotografías. En él se mostraban imágenes de personas que me parecían desconocidas, pero había una niña que aparecía constantemente, mientras el hombre daba vuelta a las hojas de aquel compendio de recuerdos.

Cerré los ojos y traté de borrar de mi mente la idea de atacar a aquel hombre que, hasta entonces, me pareció indefenso. Recordé que tenía familia, quizá hijos, que estarían demasiado tristes si él muriera. Sin embargo, mi deseo ya había vencido y yo no podía luchar contra él. Cuando me disponía a saltar para morder el cuello del hombre me di cuenta que no podía moverme. Entonces reparé en aquella fuerza que me tenía sujeto y, con una sensación increíble de vergüenza, noté que Edward me detenía para que no pudiera saltar sobre mi víctima.

-No lo harás, Ángel- me dijo mi amigo con un susurro que sólo yo podía escuchar. -Puedes atacar a humanos si quieres, pero hazlo a humanos que merezcan morir, y no a personas que, como este hombre, lloran por extrañar a su familia.- Sentí que una parte de mi conciencia se apenaba por haber pensado en matar a un hombre que no lo merecía, pero mi instinto seguía luchando para liberarme de aquella fuerza que me aprisionaba. De pronto, el hombre se giró; el viento llevó su olor hasta nosotros y, por un instante, Edward se distrajo. Mis ganas de probar por primera vez la sangre humana seguían dentro de mí y, sin detenerme a pensar, me lancé sobre el hombre.

 

Cerré mis ojos para no ver la expresión aterrada de mi víctima y me dejé llevar por el resto de mis sentidos. Escuché el grito de Edward, pero no me importó. Tuve entre mis manos el frágil cuerpo y, en un segundo, lo había dejado sin vida. Mordí su cuello y sentí un sabor increíblemente delicioso llenando mi cuerpo. Nada me importaba: ni la presencia de otras personas, ni Edward, ni lo que aquel hombre pudiera estar dejando al morir. Bebí por algunos segundos y, de pronto, un recuerdo me golpeó sin previo aviso: "
hazlo a humanos que merezcan morir y no a personas que, como este hombre, lloran por extrañar a su familia
".

Sentí cómo una pena absoluta se apoderaba de mí. Mi sed de sangre se había saciado y mi parte de monstruo estaba más feliz que nunca, pero mi parte humana, si es que aún existía, hacía que me arrepintiera por lo que acababa de hacer. Miré el cuerpo apenas manchado del hombre que yacía a mis pies. Como automáticamente, levanté el álbum de fotografías del suelo y, sin poder hacer otra cosa, corrí dejándome guiar por mis sentidos.

-¡Ángel, espera!- escuché la voz de Edward Rosell tras de mí, pero no me importó. Lo había defraudado y me había defraudado a mí mismo, no merecía seguir con él. La nueva sangre me había dado mayor fuerza, por lo que Edward no pudo alcanzarme. Me perdí, varios kilómetros después, en la espesura de un bosque que me parecía desconocido y me tumbé bajo un árbol, tirando el cuaderno de recuerdos que era lo único que quedaba del hombre que había asesinado. Esperé a calmarme y que pasara más tiempo; sabía que algún día tendría que enfrentarme a las debilidades, pero mientras tanto aprendería de la soledad. Después, estaba seguro, pensaría en lo que haría el resto de la eternidad.

Capítulo 5
Redención


"Sólo se aprende a perdonar cuando alguna vez hemos necesitado el perdón de otros."

No podía dormir, pero la soledad de un bosque alejado de la gente me hizo reflexionar un poco. Quería mantenerme ahí escondido de la luz solar, comiendo únicamente aquellas criaturas que se acercaban a mí para explorarme. Me mantuve varios días sin respirar, sin mover un músculo y, hasta donde podía, sin pensar. Lo cierto era que recordar se volvía inevitable y, conforme pasaba el tiempo, las imágenes de lo que alguna vez había sido una vida, una vida humana, aparecían en mi cabeza. Mi familia, mis amigos; las peleas con los chicos de mi cuadra, los juegos de la infancia y la forma en la que todo aquello me había sido arrebatado.

El tiempo pasó sin que yo me diera cuenta. No supe si habían sido días o semanas, pero todo cambió hasta aquella noche. El ruido del bosque era el mismo; la luna brillaba como siempre y el viento, chocando contra las copas de los árboles, producía un ruido terrorífico que alejaría a cualquiera; a cualquiera, menos a mí, porque yo, en esencia, era terror, al igual que el sonido fantasmal del aire que soplaba.

 

-¡Suéltame, por favor!- Escuché, y mis sentidos se pusieron alerta. La voz femenina se percibía a lo lejos, aunque no me costaba esfuerzo alguno oírla.
-Nadie puede escucharte aquí, preciosa- dijo la voz de un hombre, y algo en su tono me hizo sentir odio y repulsión.
-¡Por favor, no!- Seguía gritando la chica, que se notaba realmente aterrada. Los sollozos de la prisionera se hacían cada vez más audibles debido a que se estaban acercando y, haciendo el menor ruido posible, me levanté. Mis músculos parecieron agradecer el gesto, porque en seguida sentí el placer que era moverme. Seguí oyendo el llanto de la chica y la risa de satisfacción del hombre que la llevaba. De pronto se detuvieron. Otra voz masculina se dejó escuchar. -¿Seguro que aquí no hay nadie, Charly?- Los gritos de la mujer se intensificaron, quizá por el miedo que sentía. La distancia que me separaba del lugar donde se efectuaba aquella conversación era todavía grande, pero pude percibir cada palabra.
-Nadie, Rob- dijo el primer hombre. -Adelante, pues- una sonrisa se notaba en la forma de hablar de aquel a quien habían llamado Rob, lo que me pareció, al igual que su cómplice, de alguna manera repugnante.

Un grito ensordecedor e impresionantemente doloroso rompió la quietud del lugar en que me encontraba y, sin dudarlo, corrí hasta donde aquellos hombres sin escrúpulos tenían atrapada a la chica. Seguí controlando la respiración, para no dejarme llevar por el instinto; sabía, de alguna manera, que lo único que debía hacer era mantener con vida a aquella muchacha indefensa.

Llegué hasta las afueras del bosque y contemplé la escena: los hombres arrancaban la ropa de una muchacha delgada y de cabello rubio, mientras ella luchaba inútilmente por soltar sus manos y pies de unas cuerdas a las que estaba atada. Girones de tela yacían en el suelo y los hombres, cuyo aspecto me pareció más sucio que sus voces, se veían ansiosos por consumar su acto.

En mi interior sabía que tenía la fuerza para matar a aquellos dos sujetos, pero también sabía que aún tenía trece años y que todavía podía ser vencido por mi nueva condición. Me concentré lo más que pude y, sin respirar aún, me lancé a rescatar a la joven. Esta vez no cerré los ojos, puesto que necesitaba ver lo que estaba atacando.

En un segundo llegué hasta el lugar donde los hombres mantenían a la chica atada y, con tanta calma que me sorprendió, puse mi mano sobre el hombro de uno de ellos. Quizá por el frío de mi piel, o por la intensidad con la que miré sus ojos cuando volteó, repentinamente él dejó de moverse y su rostro palideció; su amigo también giró y, sin poder hacer nada más, se quedó mirándome. Algo me decía que ambos podían ver el odio que había dentro de mí. Un par de golpes fueron suficientes para dejar a los dos sin sentido. Desde aquel instante decidí no convertirme en un asesino; no iba a matar a aquellos que habían intentado dañar a la chica que, al parecer, se había desmayado. Esquivé los cuerpos que yacían en el suelo y desaté a la muchacha; la llevé hasta un lugar seguro, donde yo me había escondido todo aquel tiempo y, para no dejar que mi instinto venciera de nuevo, salí a toda velocidad a buscar algún animal salvaje con el que pudiera saciar la sed que se había despertado en mi interior.

 

Cuando regresé, ya satisfecho, pude escuchar cómo aquella chica se movía, recobrando el conocimiento. Pensé en los hombres que la habían atacado y sentí que el odio me llevaba hasta ellos para terminar con sus vidas, pero recuperé el control en seguida. Corrí hasta el lugar donde había dejado a la muchacha todavía aturdida. Tenía el cabello rubio pegado a su rostro debido al sudor; sus ojos permanecían cerrados y su cuerpo delgado estaba moviéndose lentamente.

-Tranquila, ya pasó el peligro- susurré cerca de ella, para que supiera que el horror había terminado. Su respiración se detuvo un instante y sus párpados se abrieron con sorpresa, dejando ver unos enormes ojos color miel. Al ver su reacción no pude evitar sonreír; quizá aquella era la primera vez que lo hacía en todo el tiempo que llevaba siendo un vampiro, pero eso se debía únicamente a que por fin podía controlarme en presencia de un ser humano.

-¿Quién eres?- preguntó, y su voz pareció un suspiro. Pude escuchar claramente sus palabras, por lo que respondí de inmediato.
-Soy Ángel. No te preocupes, estás bien.- Ella volvió a cerrar los ojos, quizá demasiado cansada todavía; su respiración se había normalizado y los latidos de su corazón habían recuperado el ritmo. Puse mis sentidos en otro lado, ya que era demasiado arriesgado fijarlos en su torrente sanguíneo, cuando ella habló de nuevo, aún con dificultad.
-Los hombres
querían vengarse- su rostro, aún con los ojos cerrados, se transformó en una mueca de dolor. Algunas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, pero aquello pareció hacerla reaccionar. Respiró profundamente, llenando sus pulmones con el limpio aire del bosque; se tomó la cara con sus manos y, con un gran esfuerzo, se sentó y abrió los ojos nuevamente.
-¿Vengarse? ¿Por qué?- pregunté, restándole importancia a la forma en la que ella me miraba. Su expresión era de asombro, como si estuviera viendo algo irreal; en parte estaba en lo correcto. Quiso disimular su gesto y continuó hablando.

-Mi nombre es Alexa; tengo diecisiete años y soy de Santiago. Mi padre
- Se detuvo un instante; pude ver cómo el dolor se hacía presente de nuevo, pero ella continuó. -Mi padre era parte de un grupo de mafiosos; después que mi madre fuera asesinada por los rivales, él decidió que no era seguro para mí seguir viviendo en la capital, por lo que me envió hacia aquí. Estuve en Puerto Natales hasta hace poco, cuando mi padre me llamó y me dijo que vendría. Los hombres que me atacaron querían asesinarlo, pero al parecer alguien se les adelantó. Ellos de cualquier forma querían venganza, así que salí huyendo, pero me capturaron y me trajeron hasta aquí. Querían hacerme sufrir por todo lo que mi padre les había hecho y
- no pudo continuar, porque las lágrimas salieron sin que ella pudiera evitarlo. Bajó su rostro y lloró con fuerza, parecía realmente afligida. Por un momento la entendí; mi familia también había muerto y me había quedado solo.

-Esos hombres no volverán a molestarte- dije en voz baja; nunca había sabido cómo comportarme cuando alguien lloraba.
-Gracias por salvar mi vida esta noche- dijo levantando el rostro, aunque sus palabras todavía eran cortadas por sus sollozos.
-No tienes que agradecer nada, Alexa, no podía dejar que te hicieran daño.- Giré mi rostro puesto que el aire se me estaba terminando y necesitaba respirar si quería seguir con la conversación. Cuando llené mi pecho ella volvió a hablar.

 

-¿Tú qué haces aquí, Ángel?- Por un momento quise salir corriendo; no podía decir la verdad y, aunque la dijera, quizá ella no me creería. Así que tomé mi tiempo para pensarlo. Podía decirle parte de la verdad ya que en cuanto ella se hubiera recuperado seguramente se iría de mi lado. No dudé más y respondí.
-Una noche salí de mi casa y
algo extraño me atacó. No fui el mismo desde entonces, así que me alejé de mi familia.-
-¿Te alejaste? No entiendo. Me salvaste la vida, en realidad eres un ángel; ¿y dices que no eres el mismo?- dijo ella consternada, a lo que yo simplemente pude contestar:
-Estoy intentando el perdón de muchos de mis actos y salvarte la vida es el primer paso hacia mi salvación-

-Mi padre fue un delincuente- comenzó a decir ella, como queriendo explicar algo. -Sé que todos necesitamos el perdón; si haz decidido salvar una vida para limpiar un acto que cometiste, creo que debió ser algo muy grave. Yo entiendo que hay quienes merecen morir, pero todos, incluso aquellos que asesinaron a mis padres o quienes quisieron matarme hoy, tienen derecho a ser perdonados.-
Aquello era cierto: Si yo había quitado la vida a un hombre que no lo merecía, también había salvado la vida de una chica que aún tenía toda su vida para vivirla. Claramente sentí que una paz entraba en mi cuerpo, recordándome que aún quedaba algo de humano dentro de mí. Si hubiera tenido lágrimas las hubiera soltado en ese momento; yo no era responsable por haberme convertido en un vampiro, pero sí lo era por cómo reaccionaba en mi nueva condición.

-¿Pasa algo?- preguntó Alexa, sacándome de mi reflexión.
-Ven, quiero enseñarte algo.- dije, y me levanté con rapidez del suelo lleno de hierbas y ramas secas. Ella se levantó con dificultad, aunque decidí no ayudarle; quizá el frío de mi piel podía asustarla. Caminamos algunos pasos hasta el lugar donde estaba el álbum de fotos que yo había recuperado de, lo había prometido, mi única víctima humana. En aquel momento no me importó nada y conté a Alexa todo sobre mi condición de no-vivo. Conté que era muy difícil luchar contra el instinto; dije que aún quedaba algo de humano en mí, ya que sentía arrepentimiento y remordimiento; le platiqué que había salido huyendo aterrado por haber asesinado un hombre y que, desde aquel día, mi único objetivo era salvar la vida de quien así lo requiriera.
-Tú fuiste la primera, Alexa, pero hay muchas personas en peligro-

Cuando terminé de contar todo aquello, pude notar que su piel palidecía por el miedo. -No
no puedo creerlo- dijo, y nuevamente se sentó en el pasto para recuperar fuerzas. Estuvo en silencio unos minutos, mientras yo seguía ahí, esperando no asustarla, más de lo que ya lo habían hecho aquellos hombres. -¿Eres un vampiro?- dijo con un hilo de voz, aunque su mirada se posó firme en mis ojos. Yo solamente asentí con la cabeza, y no dije nada más.

-Para mí
- comenzó Alexa -para mí eres un ángel. No importa lo que hayas hecho, ni quien seas; me has salvado la vida y sé que eres bueno. Has cometido errores, pero todos podemos cambiar el rumbo por otro mejor. Simplemente puedo decir "gracias" por salvarme hoy; por ser ese ángel de la noche, que salvará a muchas personas más.-
-¿No crees que soy un monstruo?- pregunté sorprendido.
-Un monstruo no tiene sentimientos- dijo Alexa, y se levantó. -Creo que me iré; hay mucha gente que te necesita, "ángel de la noche".-

-Espera- dije, cuando ella estaba ya un poco lejos. Tomé el álbum de fotos del suelo, lo miré por última vez y extendí mi mano.
-Creo que
creo que esto te pertenece- alcancé a decir, con el último aliento que quedaba en mis pulmones. Alexa se acercó a mí y lo tomó. Cuando vio la primera página, sus ojos se llenaron de lágrimas y entendió todo de golpe. Yo lo había entendido desde hacía tiempo; yo había asesinado a su padre y le había salvado la vida a ella. Alexa era la pequeña niña que aparecía en las fotos de aquel libro. Ella no dijo nada; abrazó el álbum contra su pecho, se giró y se alejó caminando.

Permanecí por mucho tiempo en aquel bosque, quizá esperando a que Alexa volviera hasta ahí. Cuando pasó demasiado tiempo, al que Alexa no pudiera haber sobrevivido, salí de mi escondite y decidí comenzar de nuevo. Desde entonces viajo por muchas ciudades, escondiéndome en el día y buscando a aquellos que necesiten apoyo durante la noche. Aún recuerdo las palabras de Alexa con demasiado cariño y, en el fondo de mi corazón que ya no late, deseo volverla a encontrar, talvez en un mundo mejor que este; hoy sé que ella fue mi "ángel de la noche", que trajo al resto de mi eternidad la esperanza de convertirme realmente en un ser humano.

El Ángel de la Noche - Fanfics de Harry Potter

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'La muerte es un paso hacia algo desconocido. Hay quienes no mueren, sino que encuentran una nueva vida, a la que hubieran preferido no enfrentarse.' Capítulo

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2023-02-27

 

El Ángel de la Noche - Fanfics de Harry Potter
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