EL SOBREVIVIENTE - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

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ADVERTENCIA: Si son muy susceptibles y apegados a los personajes, les recomiendo que no lean este fic.




EL SOBREVIVIENTE


Capítulo único



Las ventanas, la mayoría ya sin vidrios, se abrían por acción del viento, y volvían a cerrarse con golpes estruendosos, amplificados por la desolación del lugar. Algunos muebles antiguos mostraban mudos la violencia desatada, la lucha dantesca de la que jamás habían sido testigos en mil años. En el suelo, trozos de pergamino, jarrones hechos añicos, cuadros sin rostros. Y sangre.
Lo que alguna vez fue el más prestigioso colegio de magia y hechicería, ahora estaba convertido en los restos de un campo de batalla. Godric, Helga, Rowena y hasta el mismísimo Salazar hubieran llorado lágrimas de sangre al ver aquello. Tantos años trabajando juntos evitando los ojos muggles, sin saber que el enemigo que destruiría su obra, alguna vez iba a salir de entre sus pares.
Estandartes deshilachados aún pendían del techo de lo que alguna vez fue el Gran Salón; ahora más inmenso que nunca producto de la soledad.
Las largas mesas ya no estaban en su ubicación original; como el resto de las cosas. Los ventanales destrozados, las sillas esparcidas por la sala. Y en la puerta de acceso, un joven observaba.
Ese joven había conocido el Gran Salón en todo su esplendor; lo conoció abarrotado de estudiantes, bullicioso, festivo, alegre; lo conoció misterioso, tenso, silencioso. Pero siempre vivo. No como ahora.
Caminó por entre las mesas y sillas, las que aún quedaban en pie y las que no. Levantó su mirada al techo, a través del cual antes podía ver las estrellas. Pero ahora sólo vio oscuridad. Y los cuatro estandartes deshilachados.
Allí mismo, sobre el suelo que pisaba, habían caído muchos. Algunos lograron sobrevivir, varios murieron. Y otros, aunque siguen en pie, quedaron marcados para siempre por el peso de la tragedia, perdidos entre la vida y la muerte.
El joven siguió caminando hacia uno de los pasillos. Se internó en él y marchó hacia una pequeña escalera plateada que llevaba a un entrepiso. Subió. De lo que supo ser un salón de clase, sólo quedaban un par de sillones destrozados, una muda chimenea, y una bola de cristal rota, tirada en el suelo. El joven caminó hasta ella, la miró, y lentamente sacó su varita.
- ¡Reparo!
Los trozos de cristal fueron reagrupándose hasta formar nuevamente la bola mágica que le traía muchos recuerdos. Levantó una pequeña mesa que yacía de costado sobre el suelo, tomó la bola de cristal y la colocó encima.
- Me pregunto si lo habrá predecido...
Aunque estaba solo, hablaba casi en un susurro como si el inmenso silencio de la tragedia lo intimidara.
Acarició la bola de cristal con una mano, y sintió pena por lo ocurrido con aquella mujer misteriosa que siempre surgía de un rincón del aula, con su voz trágica, para predecir la muerte de sus alumnos. Pero no pudo predecir la propia.
El muchacho dejó esos recuerdos, bajó la escalera plateada y siguió el pasillo. A su paso recorría con su mirada los muros desde donde antes lo saludaban caballeros y damas, pero que ahora sólo contenía cuadros vacíos muchos de los cuales se habían descolgado y caído al suelo.
- Binns...
Se detuvo frente a otra aula vacía y destruida, donde un fantasma supo dar sus aburridas clases. ¡Pero lo que daría el joven por escucharlo otra vez! Daría lo que fuera por estar otra vez en una clase de Historia de la Magia, con tal que todo volviera a ser como antes... Pero sabía que no era posible. No había mago en el mundo lo suficientemente poderoso como para poder cambiar la historia, y eso lo hacía sentirse igual de devastado que el castillo.


¿Cómo murió Madam Hooch? ¿Qué pasó con Sprout y con Madam Pince? La biblioteca era una ruina. Sólo tres estanterías quedaban en pie, y la mayoría de los libros habían sido quemados sólo por el placer de hacer daño.
El chico caminó lentamente entre los libros esparcidos en el suelo, cuidando de no caer. En un rincón divisó una pequeña columna de humo; algunos libros aún humeaban, a pesar de los días que habían pasado.
- ¡Impervius!
De su varita salió un chorro de agua que terminó con todo rastro de fuego. Se arrodilló sobre esos libros y leyó la portada de uno: “Pociones Poderosas”. Sonrió melancólicamente, recordando todo lo que habían hecho por conseguirlo en segundo año.
Se puso de pie y abandonó la biblioteca, no sin antes mirar de reojo la gran mesa donde solían reunirse para hacer sus tareas. Ahora era sólo un pedazo de madera partida al medio.
Por otro pasillo llegó hasta la enfermería, donde habían sido atendidos los primeros heridos que debieron ser luego trasladados fuera del castillo cuando éste fue también atacado. Madam Pomfey jamás se recuperaría de la experiencia que le tocó en suerte.
Entró. Ni una sola cama estaba en su lugar. Frascos rotos en el suelo, cortinas desgarradas, y más sangre. En uno de los muros, un espejo astillado parecía haber estado esperando por él. Se acercó y contempló el rostro que se reflejaba en mil pedazos como un caleidoscopio. No era el mismo; había madurado de golpe, había visto el infierno cara a cara y se había sentido descender en él. Y había llorado hasta hacerle doler. Cuando creía haberlo visto todo, la muerte lo dejó solo en el mundo. Otra vez.
Acercó más su rostro al espejo astillado. Lo único que quedaba de él, de aquél joven que había sido, era su cicatriz en forma de rayo. Había estado allí desde siempre, recordándole que quien se la había hecho iba a regresar alguna vez. Pero jamás pensó que para llevarse todo, menos a él.
Movido por la rabia, de un manotazo descolgó el espejo y lo arrojó contra el muro, como si ese cristal tuviera la culpa de todo lo que había pasado. Conteniendo las lágrimas, giró sobre sus talones y corrió hacia un lugar que conocía bien. Pero al llegar, ninguna Señora Gorda aguardaba una contraseña. Ni siquiera quedaba el retrato, sólo una abertura en el muro por la cual se introdujo.
Se dejó caer sobre el sillón de lo que alguna vez fue la sala común de Gryffindor. El sillón era lo único que quedaba en condiciones. Llevó sus manos al rostro y ya no pudo más. Lloró como nunca, más que nunca. Lloró como si acabara de enterarse de la tragedia, como si él no hubiera hecho todo lo posible por evitarla. Todo lo posible no fue suficiente.
“¿Por qué?¿Por qué?”
Pensó en Ron. ¡Ron! Muerto por defender a su hermana menor; peleó como un león pero no fue suficiente. Nada fue suficiente. Tampoco para Hermione. Pensó en sus últimas palabras... “Lo lograremos, Harry... lo lograremos. Saldremos de esta, como siempre...”. Pero esta vez no pudo ser. Hermione y Hagrid cayeron juntos, fulminados por un Avada Kedavra de un mortífago que los atacó por la espalda.
La insoportable imagen de sus amigos muertos hizo que Harry Potter soltara toda su bronca e impotencia en un grito desgarrador. Y de la desolación por los amigos muertos pasó a la ira descontrolada contra todo, contra todos; incluso contra Dumbledore. Se enojó con él porque les había hecho creer que Hogwarts era el lugar más seguro, que Voldemort jamás se atrevería a poner un pie allí, que... Harry sintió vergüenza por enojarse con Dumbledore... si el viejo también había muerto por defenderlos, llevándose a Voldemort con él. Un precio muy alto que tuvo que pagar, muy alto pero necesario.
McGonagall, ella también peleó como nunca, hasta que sus heridas se lo permitieron, antes de caer muerta en el Parque de Hogwarts. Al igual que... Harry se secó las lágrimas con su túnica rasgada, y pensó en Snape. Desde primer año habían dejado claras sus diferencias, y aunque una vez el profesor lo ayudó, fue el único gesto positivo que tuvo hacia él desde el momento en que lo conoció. Hasta ahora, porque Snape... ¡sí, Severus Snape! El mismísimo profesor de Pociones, el que tan difícil le hacía la vida a Harry en Hogwarts, le había salvado la vida ofreciendo la suya en su lugar. Lo protegió de un Avada Kedavra que iba destinado a Harry, interponiendo su cuerpo, conociendo las consecuencias. Harry no podía menos que pensar en Snape, de ahora en adelante, con mucho respeto.
Y ese pensamiento lo llevó a Draco Malfoy. Su rival de siempre se le había unido en la batalla como su mejor compañero. Pero el gesto más admirable de Draco, fue que lo hizo en contra de su propio padre, Lucius, que cayó muerto por obra de su propio hijo. Pero Voldemort... Voldemort fue demasiado para Draco. Harry recordaría por siempre su gesto, con el mismo respeto que al pensar en el profesor Snape.
El joven se levantó del sillón y dirigió su vista hacia los dormitorios, pero no tuvo coraje para subir. Sabía que ver el lugar donde tantas cosas se había confesado con Ron, lo terminaría por destruir.
Salió de la sala y caminó por el pasillo, mientras que en su mente se agolpaban los rostros de sus compañeros de colegio: los hermanos Creevey, uno muerto y otro herido; Neville se había salvado; Seamus, Dean, Parvati, Lavender, todos muertos... Lee Jordan peleando entre la vida y la muerte; Katie, Natalie, heridas; Ginny se había salvado gracias a Cho Chang, que la llevó a un escondite donde varios de su casa lograron también ocultarse y por eso salvaron sus vidas.
Harry pasó frente a la sala común de Hufflepuff y no quiso entrar. Allí habían caído Justin, Susan, Ernie, Hannah... casi todos. ¿Quién hubiera dicho que Crabbe y Goyle iban a luchar tan bien? Millicent, Blaise... Algunos lo lograron, otros no.
La cabeza de Harry parecía que iba a estallar. No podía creer lo que había pasado. El ataque mortífago había sido tan devastador, tan increíblemente poderoso, que se llevó a muchos con él. Hasta el propio Voldemort, pero también a Dumbledore, Hagrid, Snape, McGonagall, Draco... Ron y Hermione.


Como una ironía, lo único vivo que había quedado en Hogwarts eran cuatro muertos: Nick, la Dama Gris, el Monje Gordo y el Barón Sanguinario, que deambulaban sin sentido por las mazmorras. Peeves, el poltergueits, había desaparecido luego de la batalla.
Dobby... ¿qué habrá sido de él? Nadie supo más nada. Tal vez murió. A nadie le importaba un elfo doméstico; salvo a Hermione, pero ella... A Harry se le hizo un nudo en la garganta.
Ni Hedwig se había salvado. Fue una de las primeras lechuzas en morir cuando atacaron la pajarera. ¡La pajarera! ¿Qué mal podía hacer una pajarera? Pero Harry sabía por qué lo habían hecho: para evitar correspondencia al Ministerio y avisar del ataque, que fue tan sorpresivo como lo habían planeado.
Ni Rita Skeeter hubiera podido imaginar semejante historia. Tal vez en un par de años se encuentre con Argus Filch que le cuente cómo fueron los hechos, hechos que deberá imaginar porque el cobarde escapó ni bien comenzó el ataque.
Pensar en todo aquello le hacía mucho daño a Harry. Sirius se lo había advertido. “No vuelvas a Hogwarts, Harry, no lo soportarás...”. Tenía razón, pero tenía que hacerlo de todas formas.
De pronto, pensó en lo que dirían los Dursley al enterarse de la destrucción del colegio. Seguramente poco les importarían los muertos y se pondrían furiosos si Harry se vería obligado a regresar con ellos de forma definitiva. Así eran ellos, pero Harry estaba decidido a no quedarse callado esta vez si decían algo en contra de Hogwarts o cualquiera de los que murieron.
¿Y qué dirían sus padres, Lily y James? Harry se sintió peor que nunca. ¿Sentirían vergüenza de él? No fue su culpa lo que pasó, pero ¿no se supone que es un mago muy poderoso? No... sus padres no podrían jamás pensar eso. Harry hizo lo que pudo.
- ¡Hice lo que pude!
Su gritó resonó en todo el castillo. Harry había caído de rodillas y lloraba otra vez. Maldijo su cicatriz y a quien se la hizo, maldijo la pesada herencia que le dejaron sus padres, maldijo el día de su onceavo cumpleaños... No, eso no. Porque haberse enterado que era mago le dio la posibilidad de vivir los momentos más felices de su vida. A pesar de todo, había valido la pena.
Pero esto era otra cosa. Este ataque, tanta muerte, tanta sangre, era otra cosa. El no había pedido eso. Tampoco había hecho nada para merecerlo.
- ¡¿Por qué?!
Harry golpeó el suelo con sus puños tan fuerte que se hizo daño. Pero era más fuerte el dolor interior, la desesperación, la impotencia. Siguió llorando hasta que volvió a dolerle.
Por su mente pasó el último partido de quidditch, contra Ravenclaw. Gryffindor había ganado haciéndose merecedor otra vez, de la Copa. Esa copa era ahora, un objeto más entre tantos esparcidos por el suelo.
Se secó las lágrimas y se puso de pie. Hundido en sus pensamientos, caminó hasta la escalera en espiral que llevaba al despacho de Albus Dumbledore. Se paró frente al fénix dorado. Un fino hilo de sangre comenzó a correr lento por la sien derecha de Harry, deslizándose por su mejilla. Pasó su mano y la limpió. Era una herida abierta. ¿Pero qué era una simple herida al lado de la muerte de tantos amigos?
Su túnica estaba rasgada y sucia, sus lentes rotos. Sus ojos verdes, entumecidos de tanto llorar. El escudo escarlata y dorado de Gryffindor, a punto de desprenderse de su ropa. Harry había luchado junto a los demás, sin temor a morir, pero había sobrevivido. Otra vez.
Comenzó a subir las escaleras. No hizo falta contraseña; tampoco abrir puerta alguna porque el despacho ya no la tenía. Se detuvo en la entrada. El lugar estaba destruido. Estanterías en el piso, libros deshojados y esparcidos por todos lados, y varios de aquellos misteriosos y extraños elementos que el Director tenía sobre su escritorio y que Harry jamás supo qué eran, ahora completaban el desorden general.
El gran mago no había muerto ahí, jamás se habría refugiado en su despacho mientras los demás peleaban. Había salido al parque del colegio y se había enfrentado cara a cara con Lord Voldemort, lanzándole un hechizo que mató al Señor Tenebroso pero que también se lo llevó a él.
Harry, con el mayor respeto que jamás sintió por Albus Dumbledore, entró a su despacho y miró a su alrededor detenidamente. Encontró el Sombrero Seleccionador bajo una estantería; lo tomó y lo colocó sobre el escritorio.
- Todo terminó...
Con un nudo en la garganta, Harry se disponía a girar sobre sus talones para salir del despacho y marcharse de Hogwarts, cuando escuchó algo. Se dio vuelta sorprendido, no esperaba encontrar vida allí.
Creyó que había sido su imaginación, pero volvió a escuchar algo. Agudizó sus oídos. Fuera lo que fuera, venía de abajo del escritorio. Ansioso y sumamente curioso, se puso de rodillas y se agachó para ver qué era.
- ¡Fawkes!
Delicadamente, tomó el pequeño nido, se puso de pie, y lo colocó sobre el escritorio. A simple vista el nido estaba vacío, sólo había cenizas en él. Pero pudo ver que algo se movía en el centro.
- ¿Fawkes?
Muy lentamente, la pequeña ave comenzó a tomar forma. Primero sólo era una cabeza, luego se sumó un torso, un par de alas, las patas... En minutos, Fawkes se convirtió nuevamente en una hermosa ave fénix. Estiró sus alas como demostrando las ganas de vivir. Y Harry, por primera en muchos días desde que la tragedia había tenido lugar en Hogwarts, sonrió. Y una lágrima de emoción le corrió por la mejilla.
- Oh, Fawkes...
Comprendió que esa ave era mucho más de lo que veía, comprendió que tenía delante de él un mensaje: era Dumbledore el que le estaba hablando a través de Fawkes, el que le estaba dando la señal a seguir, el camino. Renacer. Renacer de las cenizas como lo hace el ave fénix.
Harry comprendió que no sólo debía hacerlo por él, sino por todos los que habían luchado en Hogwarts. Por los que murieron y por los que se salvaron. Por los profesores, por los amigos, por los compañeros. Por Ron, por Hermione, por Hagrid, por Draco, por McGonagall, por Snape, por Dumbledore. Porque sus muertes no hayan sido en vano, tenía que seguir adelante hasta ver a Hogwarts otra vez de pie. Tenía que hacer lo que debía hacer él, el sobreviviente.


FIN





PD: No tienen idea lo que me costó “matar” a mi querido Snape, pero era necesario. Claro que mientras no se le ocurra lo mismo a J.K. Rowling, porque entonces se arma...

Cuida tu piel

 

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2023-02-27

 

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