El tiempo y otras mesaventuras - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Entre tú y yo está el espacio, el mundo, todas las personas que hablan a la vez. Sus palabras destruyen el silencio que me permitiría verte, tus ojos, tus labios, tu pelo, oler tu olor o pasar mis dedos sobre tus mejillas para capturar tus lágrimas. Y arriba del todo está la noche, está el enorme reloj que marca las horas con sus profundos bramidos, un canto hacia la vejez, un recordatorio de que el tiempo pasa y nosotros aún no estamos frente a frente.

Pero todo es demasiado grande para alguien como yo, que busca algo tan pequeño como tú. He encontrado una foto en blanco y negro de un lugar donde has estado, un lugar que guarda una pequeña señal de ti. Y ahora vago por estas calles de interminables murmullos, envuelto en la tenue luz de las farolas, un brillo difuso y brumoso que intenta guiar a los viajeros perdidos, o quizás simplemente impedir que pierdan el rastro de su sombra.

El cielo gotea. Hay grietas en el cielo, al parecer, y el agua cae con timidez sobre los suelos de asfalto, provocando miradas curiosas hacia el firmamento, sonrisas borrosas, quizás un beso alentado por el aire bohemio. Y yo, yo sigo en busca de ti.

Las manos en los bolsillos para darme calor o protegerme del frío, me muevo como sombra entre sombras. Hay una librería en la esquina que despide un leve olor a libros viejos. Su propietario tiene la mirada de aquel que lucha por mantenerse fiel a un amor poco compartido. Las páginas de sus libros ya están amarillentas, las fotos de su infancia también.

Un mendigo sentado en las escaleras de un portal está tiritando de frío. No habrá besos para él, ni siquiera páginas abandonadas o fotos gastadas que pertenecen a un pasado ya lejano. Ni siquiera una búsqueda como la mía. El mendigo librará otra batalla, aquella en la que frotarse las manos es una manera de evitar que el enemigo nos devore. El mendigo libra una batalla en la que la moneda que le lanzo es una pequeña promesa de que sbrevivirá para ver el amanecer.

El local que lleva tu rastro lleva el de otros mil. Puedo oler tu esencia en la lejanía, puedo ver tu sombra entre todas esas personas. Esas personas que, una vez más, están entre tú y yo. Y no puedo verte, tus ojos, tus labios, tu pelo, oler tu olor o pasar mis dedos sobre tus mejillas para capturar tus lágrima. Sigues estando lejos de mí.

Vuelve a sonar el reloj allí arriba. Sus golpes resuenan como truenos en mi corazón. Me recuerdan que el tiempo es mi tela de araña, estoy atrapado en un viaje de un solo sentido. Encuentro una nueva pista, un nuevo impulso para seguir buscándote.

Y así el círculo se abre. Recuerdo que una vez te sentí cerca. Eras un soplo de aire frío sobre mi nuca, una compañía desconocida e irónicamente reconfortante. Eras tú al fin y al cabo. Tu compañía llegó sin previo aviso en una noche oscura, esas noches en las que sumergirse en su propia mente es un una solución agradable para huir de las tinieblas.

Y mientras me acompañabas en mi paseo a la luz de la luna empezaron los ladridos. Excitados al principio, enfurecidos al final, dieron paso a una cacofonía de aullidos desesperados. Un lamento largo y agudo, los perros pedían a la luna que concediese deseos que yo no podía comprender. A lo mejor eran como yo, te buscaban y no conseguían verte. A lo mejor este mundo es demasiado grande para ellos también.

La noche ya es completa, amenaza con ser eterna. Sigo buscándote entre las sombras de los árboles, los lamentos del viento o las miradas de los vagabundos, hombres hambrientos de vida. Descubro una pista no lejos de lo que podría perderme. El cementerio, el hogar de los recuerdos enterrados, el misterio, el sentido incierto.

Las lápidas indican que bajo su tierra descansan las almas de hombres y mujeres que un día llegaron a pisarla. Una de esas personas te vio cuando tú apenas saboreabas la vida y ella ya estaba pensando en despedirse. Una de esas personas ya no podrá hablarme de ti. Qué puedo hacer, ahora que te he vuelto a perder el rastro, yo que te quiero tanto. Cuando decido marcharme aparece la sombra, aquella que amenaza mi búsqueda.

Es escurridiza, negra como el olvido, triste como el cielo de noviembre. En sus momentos de cólera se tiñe de escarlata, y dibuja en el rostro de sus víctimas la sorpresa o la quietud. Ella es la maestra del tiempo, ella nos persigue a todos. Imagino que a ti también.

Comprendo que es inútil intentar huir de ella. Lo único que podía hacer era seguir caminando, buscar otra pista que me conduzca a ti, porque anhelo tus ojos, tus labios o tu pelo, oler tu olor o el tacto de tu mano.

Los perros siguen ladrando a la luna. La noche es larga y tu rastro imborrable. Puedo soñar contigo, pero buscarte es más reconfortante. Te he visto una vez y te he tocado otra. No puedes estar muy lejos.

Mientras tanto, la sombra sigue deslizándose. Canta el viento, se lamentan los perros. Reina la luna. No estás muy lejos, susurro.

No puedes estar muy lejos. Siguiendo tu pista me encuentro a punto de embarcar en un navío. He dejado atrás el silencio de las almas adormecidas, si bien la sombra sigue al acecho, esperando que deje de buscarte para devorarme. El navío es imponente. Es de madera brillante, velas enormes y blancas y una sirena tallada en la proa. El mar se abre ante mí, un mundo de agua y sal, el cementerio de quienes le vieron en sus momentos de cólera. Aquellos fantasmas que rodan en torno a las olas recuerdan cómo el mar les acogió en su seno y les adormeció para toda la eternidad.

Cuando el barco zarpó la noche estaba a punto de terminar. El Sol se intuía en el horizonte negro, y no había sin embargo rastro alguno de nuestro destino. Pero entre el olor a sal distingo tu rastro, puro e imborrable. Sea cual sea mi destino, te encontraré al otro lado.

Pocos minutos después de que empezase el viaje el Sol ya ilumina el cielo, un rastro de luz tímida en el inmenso firmamento. ¿Quién era yo, un ser tan pequeño, para mantener semejante lucha? Yo no soy nada, una sombra más. Y aquí estoy, surcando los mares en busca de ti.

Cuando por fin podía verse un rastro de tierra en el horizonte, el cielo ya no era negro, sino de un tono azul. Era lo bastante claro como para poder adivinar que el día había empezado, pero aún demasiado oscuro para pensar que el Sol hacía otra cosa que desperezarse.

La tierra desconocida se abrió ante nosotros. Llegamos a un puerto como cualquier otro puerto, olor a sal, gaviotas y marineros con cicatrices del pasado revelando derrotas que aún atormentan sus corazones. Todos retan al mar día tras día. Todos luchan contra ese enorme monstruo dormido. Solo los fantasmas recuerdan sus momentos de ira.

Los demás sólo zarpan y rezan.
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2023-02-27

 

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