El último Halloween. - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Otro año más, el curso había empezado en Hogwarts. Pero lo que nadie sabía era que aquel año todo iba a cambiar y, cuando lo hiciese, nada volvería a ser lo mismo.


Apenas llevaban unos días de clase cuando varios alumnos desaparecieron sin dejar ni rastro. Salían de sus dormitorios, de la biblioteca, de sus respectivas salas comunes, y no se les volvía a ver. Era como si se los hubiera tragado la tierra. Pero, en contra de lo que se pensaba, el colegio no cerró. Las clases continuaron como si nada, y entonces Hermione comenzó a suspender. Sus trabajos, hasta entonces impolutos y con Es, de Extraordinario, en las esquinas, desaparecieron y, en su lugar comenzaron a aparecer Tes, de Trol, y Des, de Desastroso, escritas con sangre que, pasado un tiempo, se desvanecía, al igual que ocurría con el resto del trabajo, hasta que el pergamino recuperaba su inicial tono amarillento. Al ver que el tiempo que dedicaba al estudio no servía de nada, Hermione agachaba la cabeza y se encerraba cada vez más en sus libros, dejando de hablar con sus compañeros, aprovechando días y noches sin descanso.

 

Ron, por su parte, empezó a ver alucinaciones por todos lados. Arañas que se reían de él, que lo perseguían... El pobre muchacho corría de un lado para otro, chillando, tratando de evitar a esos seres que sólo él veía.

Además, los baños, los tocadores y, resumiendo, cualquier lugar u objeto que pudiera reflejar, aunque fuera distorsionada, una imagen, fueron considerados malditos desde el día que Parvati Patil acudió al lavabo tras las clases y, en lugar de verse a sí misma en el espejo, vio una figura horrible, algo parecido a un muerto en descomposición, que le devolvía la mirada con unos ojos iguales a los de ella. Sufrió tal shock que tuvieron que llevarla a la enfermería y, cuando despertó, asustadísima, y contó lo que había visto, hubo muchos que no la creyeron y quisieron experimentarlo por sí mismos. Todos hubieron de ser internados en el San Mungo, donde tuvieron que habilitar un ala de Psiquiatría.

En definitiva, el ambiente que se respiraba era indudablemente tenso, por no decir tétrico. De la noche a la mañana, todos los profesores desaparecieron. Sólo se vio una vez a Snape, fantasmagórico y con sangre en las manos y la ropa. Se creó entonces un fructífero mercado negro en el que se vendía de todo: amuletos contra el mal de ojo, pulseras milagrosas anti-espíritus, detectores de tenebrismo...

Así estaban las cosas cuando una mañana los alumnos más pequeños se despertaron y se encontraron solos en sus respectivas Casas. Lo primero que pensaron fue que los habían abandonado a su suerte, que los demás se habían marchado durante la noche. Pero aquellos que tenían hermanos mayores se resistían a creer esa hipótesis: ellos no lo harían. Mas, si eso era cierto, ¿dónde estaban? Nadie lo sabía. Los representantes de tres de las cuatro casas se reunieron y decidieron de mutuo acuerdo trasladarse todos a la sala común de Hufflepuff para mantenerse unidos. Los Slytherins, en cambio, prefirieron quedarse en las mazmorras, cosa que a todos extrañó. Creyeron entonces que lo sucedido había sido culpa suya y cargaron con fuerza contra ellos como si de una guerra civil se tratara, en la que todo, hasta lo más sádico y descabellado, valía. Pero, a pesar de todo lo que ésto suponía, muchos echaban de menos a los mayores. Se alejaban del campo de batalla para buscar a sus hermanos, hermanas, primos, amigos y demás familiares desaparecidos entre lloros y lamentos de soledad y desesperación. Todo sobre las islas canarias

 

Éstos, por su parte, no se habían movido del castillo, de hecho, ni siquiera habían salido de sus salas comunes. Habían visto la tristeza y el desconcierto de los más pequeños, sin entender el motivo y, cuando por fin habían logrado deducirlo, éstos ya se habían mudado a Hufflepuff. Entonces habían intentado ir a verlos, a hablar con ellos, a decirles que seguían ahí, que no se preocuparan, pero se habían topado con un muro invisible e infranqueable que les impedía todo acceso pero a través del cual podían oír, ver y sentir los lamentos de los más pequeños, sin que éstos pudieran hacer lo mismo.

Muchos de los que tenían hermanos menores o simplemente conocidos en el otro lado del castillo, acudían diariamente al muro de cristal con la esperanza de saber si estaban bien, si tenían comida... No tardaron en darse cuenta de que algo, no sabían qué, les impedía la comunicación y, aunque ellos sí podían verlos y percibir su angustia, los pequeños ignoraban la preocupación que su situación generaba.

En aquel ambiente de caos y pesadilla, parecía que Harry era el único que conservaba mínimamente la cordura. Hacía mucho que no hablaba con nadie, pues casi todos sus compañeros, o bien habían enloquecido, como Ron o Parvati, o vivían concentrados en sus propios miedos, como Hermione. En circunstancias normales, habría acudido a Ginny, pero ella estaba aislada en la otra parte del castillo, con los pequeños. Y con sus compañeros de habitación tampoco podía contar: Seamus había desaparecido, Neville estaba convencido de que los fantasmas de sus padres y su abuela le perseguían por no haberlos vengado, y Dean se consumía en silencio en sus muchas preocupaciones que nadie conocía. Harry se preguntaba cuanto tiempo más aguantarían así. Apenas llevaban dos meses desde que comenzó todo y aquello ya era insoportable... No tuvo que esperar mucho para saber la respuesta.


La mañana de Halloween, el colegio amaneció tan gris como de costumbre. Pero algo había cambiado: ya no se oían los gritos y lamentos que hasta hacía poco retumbaban en las gruesas paredes de piedra produciendo un sonido aterrador. Además, el polvo y las telarañas habían aumentado considerablemente. Las salas comunes estaban cada vez más vacías y los que quedaban no podían entender el porqué. Y, sin embargo todo era muy sencillo: los estudiantes, consumidos por sus propios miedos, iban encogiéndose y demacrándose lentamente hasta desaparecer convertidos en el polvo y las cenizas que ahora invadían cada rincón de Hogwarts. Era estremecedor, más nadie sabía como pararlo. No podían evitarlo con contraembrujos ni hechizos de ningún tipo, pues aquello que asolaba el castillo no estaba producido por magia alguna, sino por algo mucho más poderoso: el poder de sus propias mentes. Tampoco podían huir, pues todas las salidas se encontraban bloqueadas por los mismos muros trasparentes, producidos por la cristalización de los miedos de los más pequeños, que aislaban unos estudiantes de otros.

Y así, a lo largo de todo el día, uno tras otro, todos los residentes en el colegio se deshicieron en polvo y el grandioso Hogwarts pasó de ser la más prestigiosa escuela de Magia del Reino Unido a convertirse en un triste cementerio donde la suma de las angustias y temores de cada uno de sus habitantes había disuelto sus personalidades, quedando de ellos nada más que polvo y cenizas. Porque como bien dijo alguien, "polvo somos y en polvo nos convertiremos".

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Otro año más, el curso había empezado en Hogwarts. Pero lo que nadie sabía era que aquel año todo iba a cambiar y, cuando lo hiciese, nada volvería a ser

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2023-02-27

 

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