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Emma estaba en su habitación, como todas las tardes. Sola, leía un libro que hablaba de mitología, dioses, el Bien y el Mal, la magia... Era su libro favorito que cuando lo terminaba, recomenzaba. Una y otra vez. Así pasaba las horas.
Cuando la tarde comenzó a hacerse noche, Emma se acercó a la ventana. Sus cabellos largos y rubios apenas le sobrepasaban los hombros. Sus ojos eran claros, su tez blanca, y su sonrisa, un misterio.
Emma amaba contemplar el ocaso, cómo el Sol dejaba paso a la Luna, cómo el día iba perdiendo cielo frente a la noche. Pero esta vez no sólo la Luna iba apareciendo; también algunas nubes en el cielo amenazaban con una pronta lluvia. Sentada frente a su ventana, la joven observaba el espectáculo como si fuera el último.
El cielo se fue oscureciendo y la Luna sólo brilló unos pocos minutos porque enseguida las nubes la taparon y comenzó a caer una suave llovizna. La primera gota que golpeó en la ventana, se deslizó por el vidrio al mismo tiempo que por la mejilla de Emma rodaba una lágrima. Su corazón estaba llorando otra vez.
- ¡Emma! -la voz de su tía la llamaba desde el pie de la escalera que llevaba a su habitación- ¡Emma, baja ya! ¡Es la hora de la cena!
La joven escuchó el llamado sin moverse de la ventana. Su corazón dejó de llorar y se endureció como una piedra. Siempre sucedía cuando escuchaba aquella voz.
Se preguntó, una vez más, por qué; por qué estaba allí, por qué sus padres habían muerto, por qué debía vivir con unos tíos que la despreciaban, por qué nadie la comprendía, por qué debía siempre jugar el juego de los demás, por qué tenía la sensación de que todo lo que hacía estaba mal, por qué...
Lo único que la ponía feliz era pensar en su amigo, su único amigo, un misterioso joven que cada medianoche se acercaba a su casa, le golpeaba la ventana, y charlaban a través de ésta. El chico era extraño porque aunque jamás le había visto el rostro (se ocultaba en la oscuridad diciendo que se escondía de sus tíos), sólo a él podía contarle todo, absolutamente todo; era como un hermano para Emma, era su confidente. A veces, cuando se sentía en crisis, llegaba a pensar que su amigo no era real, pero cuando llegaba la medianoche allí estaba, esperándola afuera bajo su ventana.
Una vez le contó sobre su amigo a su primo Joe, pero éste se burló de ella de tal manera que se sintió humillada y avergonzada. Y ese tipo de actitudes de su familia, como cuando sus tíos la trataban como a una incapaz, la hacía retraerse cada vez más, a tal punto que en el mundo de Emma sólo había lugar para su amigo.
-¡Emma! - otra vez su tía la llamó- ¿Bajas o qué? ¡No vamos a esperarte, me oyes!
La muchacha suspiró fastidiada, se alejó de la ventana y guardó cuidadosamente su libro bajo la cama. En aquella casa nadie vería con buenos ojos que ella se dedicara a ese tipo de lecturas. Parecía escucharlos hablar de libros infantiles y estúpidos, que no servían para nada. Pero para Emma era diferente y no era sólo un libro sino la forma de escaparse de esa realidad que ella no eligió, era la manera de escoger su propia realidad.
Una vez que ocultó el libro, decidió bajar a cenar. Cerró la puerta de su habitación tras ella y descendió las escaleras dirigiéndose al comedor, donde ya estaban a la mesa su tío Matt y su primo Joe.
- Ya era hora... - fue el recibimiento de su tía Evelin que en ese momento llevaba a la mesa una cacerola con pollo asado-. Siéntate...
Sin decir palabra, Emma se sentó al lado de su primo que como siempre fue el primero en abalanzarse sobre la cacerola que su madre depositó en la mesa.
- ¿Y la pechuga? - preguntó Joe haciendo una mueca, revolviendo con el tenedor.
- Fíjate bien, querido, debe estar en alguna parte, todos los pollos vienen con pechuga - respondió su madre con una sonrisa.
Era sabido que esa era la presa favorita de Joe. Pero nadie sabía cuál era la de Emma, jamás le habían preguntado. En realidad nunca le preguntaban qué le gustaba o no comer, simplemente su tía cocinaba a gusto de ellos y luego la llamaban. Así, más de una vez debió irse de la mesa con hambre porque tanto a su tío como a su primo le gustaban las comidas muy picantes, y ella no las soportaba.
La última en servirse fue Emma. Depositó en su plato una pata de pollo que acompañó con las pocas papas cocidas que quedaban. Las papas eran las favoritas de su primo y siempre se llenaba el plato sin importarle los demás.
- Mañana debo levantarme más temprano que de costumbre, tengo que ir a la oficina a adelantar trabajo - dijo el tío Matt.
- ¿A qué hora? - preguntó su esposa.
- Quiero estar allí a las 6.30 ó a las 7 como más tarde.
- ¿Y quién me llevará a la escuela? - protestó Joe.
- Te llevaré yo, querido, no te preocupes - contestó su madre.
- ¿En la moto?
- Por supuesto.
- ¿Y en qué iré yo? - preguntó Emma-. No hay lugar para tres en la moto.
Su tía levantó su mirada austera y le contestó seriamente:
- Tú irás caminando, qué más...
- Pero... la escuela queda muy lejos para ir caminando.
- ¡Entonces tomarás el bus! - le contestó su tío.
- Pero el bus no llega hasta allí.
- Si hubieras estudiado para tu examen de manejo, podrías llevarlo tú... - le dijo secamente su tía.
- Sabes bien que no fue mi culpa haber reprobado el examen, yo estudié, pero...
- ¡Sí claro! ¡Nunca es tu culpa! - dijo su tía provocando en el resto de la familia sonrisas irónicas.
- ¡No fue mi culpa! ¡Me tomaron cosas que no estaban en el manual!
- ¿Acaso estás insinuando que Charlie es mal instructor? - preguntó con el ceño fruncido su tío.
- Yo no dije eso - contestó Emma secamente-. Simplemente dije que...
- ¡Ya escuchamos lo que dijiste! Oyeme niña, Charlie es mi amigo, lo conozco desde hace mucho. El nos hizo el favor... TE hizo el favor de tomarte el examen de manejo antes de tiempo, y tú nos hiciste pasar vergüenza.
- ¡Yo no les hice pasar vergüenza! ¡Me tomó cosas que no estaban en el manual! ¿Cómo iba a saberlas?
- Debiste haber estudiado...
Emma tuvo suficiente. Dejó caer sus cubiertos sobre el plato haciendo un ruido que alteró a sus tíos y primo, que levantaron su mirada hacia ella.
- ¿No será acaso que tú le dijiste que hiciera lo posible para que no aprobara? - se animó a decir Emma a su tío.
La pregunta hizo que todos quedaran en silencio un momento. Joe miró incómodamente a su tío que estaba verdaderamente furioso.
- ¡¿Cómo te atreves a decir semejante cosa?! - le reprochó Matt- ¡¿Cómo se te ocurre?! ¡¿Por qué no dejas de inventar historias?!
- Yo no invento historias.
- ¡Claro que sí! ¡Vives inventando cosas! ¡Vives viendo cosas que no existen!
- ¡Eso es mentira!
- No es mentira - intervino su primo-. Por las estupideces que lees, no es raro que inventes cosas.
- ¿Qué quieres decir? - preguntó Emma temiendo lo peor.
- Harry Potter... - dijo en tono burlón su primo-. ¿Te dice algo?
Emma lo miró a los ojos. No podía creer lo que estaba oyendo. Su primo sabía de su libro.
- ¿Cómo...? - ella quiso preguntarle cómo se había enterado, pero un nudo en su garganta le impedía pronunciar palabra.
- Papá... - dijo Joe con una sonrisa maldita- ¿sabes lo que está leyendo? Harry Potter.
- ¿Qué?
Matt y Evelin miraron a Emma, que no podía creer lo que estaba escuchando.
- Sí, Harry Potter... - siguió diciendo su primo-. El mago que vuela en escoba...
- ¡Cállate! - explotó Emma.
- ¡Uuuhhh! - se burló su primo- ¿Qué vas a hacer? ¿Tirarme un hechizo?
- ¡Cállate ya!
- ¡Harry Potter! ¡Harry Potter!
- ¡¿Cómo sabes...?! - murmuró Emma.
- ¿Qué cómo me enteré? Prima, deberías saber que debajo de la cama es el sitio más tradicional para esconder cosas.
- ¡¿Estuviste revisando mi habitación?!
- ¡¿TU habitación?! - dijo su primo frunciendo el ceño- ¡Te recuerdo que esta no es TU casa, por lo tanto no existe ninguna habitación TUYA!
- ¡VETE AL DEMONIO!
- ¡¡EMMA!! - gritaron sus tíos.
- ¡A tu habitación! ¡YA! - ordenó su tío.
Emma se puso de pie enseguida y sin más le dirigió a Joe una mirada de desprecio, y se fue del comedor. Su primo sonrió satisfecho y como si nada hubiese sucedido, continuó cenando. Los tíos de Emma, en cambio, estaban alborotados.
- Esta joven no debería estar más aquí - dijo Matt.
- Mi amor, tranquilo - contestó su mujer-. Está algo perturbada, con todo eso de sus padres...
- Si solamente tuviera otro pariente... cualquiera... sin dudarlo la llevaría yo mismo y se la dejaría.
* * * * * * * * * *
Emma se encerró con un portazo en su habitación y se dejó caer sobre su cama, llorando. Era la peor humillación que podría haberle hecho vivir su familia. Burlarse de su libro era burlarse de ella, de su mundo, de eso tan personal. Era burlarse de lo que quería, de lo único que la hacía sentirse bien. Entre lágrimas, se juraba a sí misma que jamás perdonaría a su familia por eso. Y entre lágrimas también, se quedó dormida.
Las horas pasaron mientras Emma dormía; dormía y soñaba con ese lugar que tanto amaba, que tanto deseaba. Soñaba que estaba allí, que era feliz.
De pronto, unos golpecitos en la ventana la arrancaron del sueño. La chica despertó sobresaltada y tuvo que tomarse un minuto para darse cuenta de dónde estaba y recordar lo que había sucedido.
Otra vez los golpecitos. Miró hacia la ventana y lo recordó. Se puso de pie, encendió la lámpara y corrió hacia el reloj: eran las doce. Desesperada se acercó a la ventana y lo que vio en el jardín la hizo sonreír. Era la silueta de su amigo esperando al lado de un árbol, oculto en la oscuridad. Abrió la ventana tratando de no hacer ruido porque su familia dormía.
- Hola - la saludó él.
- Hola - respondió ella sonriente.
- ¿Cómo estás? -Emma se encogió de hombros- Como siempre, ¿no?
- Sí - dijo ella algo desganada-. Pero gracias por venir, eso me hace sentir mejor.
- Me alegra mucho escuchar eso.
- No sabes cuánto espero cada noche sólo para hablar contigo... - a Emma se le quebró la voz-. Eres lo único que tengo.
- Pues ya no deberás esperar más por las noches...
Emma lo miró seriamente, y se inquietó.
- No me digas que... ¿ya no vendrás?
- No, Emma. Esta noche vendrás conmigo.
Ella no pudo contestarle. Pero sin saber adónde quería llevarla y sin intensión de preguntárselo, descolgó su abrigo de la silla, se lo puso, y pasó una pierna del otro lado de la ventana.
- ¡Salta! - le gritó su amigo desde el jardín.
La distancia que separaba a Emma del suelo no era mucha. Podía saltar si temor a lastimarse, y aunque lo hiciera, estaba decidida a correr el riesgo.
- ¡Vamos Emma! ¡Salta! - repetía su amigo sin salir de las sombras.
Pero los gritos del muchacho despertaron a su familia. La joven podía sentir los pesados pasos de su tío subiendo las escaleras. Y la puerta de la habitación se abrió de golpe.
- ¡EMMA!
Su tío, en pijama y desfigurado por la ira, estaba parado en la puerta. Detrás de él apareció su tía Evelin, con su bata colorada.
- ¡Vamos Emma! - gritó su amigo- ¡Salta!
- ¡Quédate donde estás! - gritó su tío.
Emma lo miró y sin más palabras, pasó su otra pierna hacia el otro lado de la ventana, y saltó.
- ¡EMMA! - gritó Matt, pero ya era tarde.
El hombre se asomó por la ventana y vio a la joven poniéndose de pie en el jardín. A su lado divisó la figura de un muchacho.
- ¡¿Y tú quién eres?! - le gritó encendiendo la luz de la habitación.
La iluminación dio de lleno en la cara del joven, que en ese momento levantó su vista, y Matt pudo ver en su frente algo que se asemejaba a una cicatriz. El muchacho se cubrió el rostro y se alejó de la luz.
- ¡Vamos! - le gritó a Emma.
- ¡REGRESEN! - gritaba desesperado Matt- ¡VOY A LLAMAR A LA POLICIA! ¡REGRESEN!
Pero los jóvenes ya habían iniciado la carrera con destino desconocido. Matt giró sobre sus pies y corrió escalera abajo, mientras Evelin se asomaba por la ventana y sólo pudo ver dos figuras corriendo por la calle.
* * * * * * * * * *
- ¿Adónde me llevas? - preguntó Emma a su amigo, cuando ya habían corrido varias calles.
- Confía en mí - le contestó él que corría un par de metros delante de ella.
- ¡Mi tío va a llamar a la policía!
- No importa. Adonde vamos, no tendremos que preocuparnos por eso.
Los dos siguieron corriendo hasta salir de la zona urbana. En minutos se internaron en el bosque que llevaba a un pequeño monte, un hermoso lugar para contemplar las estrellas.
Corrieron y corrieron. Pero Emma no sentía el cansancio.
- ¿Vamos al monte? - preguntó ella.
- Sí.
En ese instante, escucharon unas sirenas.
- ¿Qué es eso? -preguntó él sin detenerse.
- Oh, no... ¡Es la policía! ¡Te lo dije!
- ¡Emma!
Se dieron vuelta. Era el tío Matt que los estaba persiguiendo con dos policías.
- ¡Es mi tío!
- ¡Vamos, no perdamos tiempo!
Corrieron unos metros más hasta que llegaron al pie del monte. Allí, Emma se detuvo unos instantes para recuperar el aire y comenzar el ascenso.
- ¡Emma!
Matt seguía llamando a su sobrina. Sus gritos se oían cada vez más cercanos. Cada tres o cuatro pasos, la chica se giraba para ver dónde estaba su tío.
- ¡No te des vuelta, Emma! - le decía su amigo.
- ¡Emma, regresa! - escuchaba gritar a su tío- ¡Traje a la policía!
- La policía está aquí por ti, no por mí - le dijo Emma al chico mientras ascendían al monte.
- Lo sé, pero ya te dije que no hay de qué preocuparse.
- ¿Adónde vamos?
- Confía en mí.
Siguieron subiendo. La cima estaba cada vez más cerca, pero los gritos de Matt también.
- ¡Deténganse ahí mismo los dos! - gritaba el hombre- ¡Traje a la policía!
La joven se giró y pudo ver, corriendo hacia ellos, la silueta de su tío acompañado de otros dos hombres, y algunos metros más allá, un móvil policial con sus balizas iluminando la calle. Emma miró al cielo: se dio cuenta de que no sólo había dejado de llover, sino que podía ver las estrellas y la Luna iluminándoles el camino.
- ¡No te detengas! -le dijo su amigo.
Y ella se dio cuenta de otra cosa: allí arriba, en la cima del monte, iba a poder ver por primera vez el rostro de su amigo. Eso la animó.
- ¡Vamos, no te detengas! - repetía él.
- ¡EMAAAAA! - su tío, furioso, seguía acercándose a los jóvenes.
Pero ellos estaban cada vez más cerca de la cima, cada vez más... Cuando el muchacho finalmente llegó, se dio vuelta para ayudar a su amiga.
- ¡Vamos, te falta muy poco!
La luna, a espaldas del muchacho, iluminaba el monte, y la joven pudo ver a contraluz sus enmarañados cabellos. El muchacho tendió su mano hacia ella.
- Un poco más, sólo un poco más...
- ¡EMMA!
- Es mi tío...
- No lo escuches, sólo sube, ya falta poco.
- ¡EMMA! ¡DETENTE AHÍ!
- Vamos, vamos...
- ¡EMAAAA!
La mano de ella finalmente se unió a la de él. De un envión, el joven la atrajo hacia su cuerpo y la abrazó, quedando los dos arrodillados entre los pastos y las rocas. Ella cerró sus ojos. Estaban en la cima.
- ¡¡EMMAAA!!
- ¿Emma?
Esa última no era ninguna voz conocida; ni la de su tío, ni la de su amigo, pero era una voz dulce y juvenil. Emma abrió los ojos. En la cima del monte había dos personas más. Sin mirar a su amigo que la sostenía entre sus brazos, se puso de pie y caminó lentamente hacia esas dos personas. Esta vez, la Luna iluminaba con todo su esplendor y pudo reconocer aquellos rostros.
Eran una chica y un muchacho. Ella, de cabello castaño y enrulado, tez blanca, una enorme sonrisa y dulces ojos color miel. El, de cabellos rojizos, pecoso, y una esplendorosa sonrisa. Emma no podía creer lo que veía. Entonces se giró hacia el amigo que lo había llevado hasta allí, ese misterioso muchacho cuyo rostro desconocía.
El chico avanzó hacia ella con una gran sonrisa. Emma pudo ver sus cabellos color azabache, enmarañados; sus lentes, sus ojos verdes, y una extraña cicatriz en su frente.
Los gritos de su tío ya no la asustaban. El hombre ya estaba subiendo el monte y podía oírlo llamándola, pero a ella no le preocupaba. Ya no.
El joven de lentes se acercó a ella y le hizo una seña con la mano para que caminara hasta una gran roca. Ella obedeció confiada. Los cuatro adolescentes se colocaron alrededor de la piedra, y en el mismo instante en que el tío Matt llegaba finalmente a la cima del monte, los chicos colocaron sus manos sobre la roca y desaparecieron.
Matt sólo alcanzó a ver una cegadora luz blanca, y luego, nada.
* * * * * * * * *
La librería estaba abarrotada de chicos. En la vidriera un enorme póster con el rostro de Harry Potter, anunciaba la salida al mercado del último libro de J.K. Rowling, Harry Potter y El Espía del Señor Tenebroso. Era el nuevo libro de la saga que prometía nuevos personajes e historias atrapantes.
La cola de clientes llegaba a la calle. Nadie quería quedarse sin el libro, en su primer día de venta.
La primera de la fila era Lisa, una chica morocha de enormes ojos verdes y una sonrisa que dejaba relucir sus blancos dientes. Estaba sumamente nerviosa; en momentos le iban a entregar el libro, el primero.
- Muy bien, aquí tienes - le dijo la vendedora-. Son 28,90 dólares.
La chica pagó y sin esperar el vuelto de un billete de treinta, tomó el libro entre sus manos como quien toma una reliquia centenaria, cuidando que no fuera a caerse y romperse.
Haciendo caso omiso a la vendedora que quería entregarle el cambio, Lisa dio media vuelta y ajena a todo lo que ocurría a su alrededor, con sus ojos fijos en la portada del libro caminó hasta la puerta del local. Cruzó la calle y se sentó en el umbral de otro negocio. Observó detenidamente la portada otra vez, pasó su mano delicadamente sobre ella, y se dispuso a abrirlo.
En sólo minutos había llegado hasta el cuarto capítulo llamado La nueva alumna. En él, Lisa leyó que una muchacha de 16 años había sido elegida por el Sombrero Seleccionador como nueva alumna de Gryffindor.
La joven, de rubios y largos cabellos que apenas le sobrepasaban los hombros, tenía ojos claros y tez blanca. Con una enorme y radiante sonrisa, se sentó junto a Harry, Hermione y Ron, luego de haber sido seleccionada para Gryffindor, en medio del aplauso de sus nuevos compañeros. Su nombre era Emma....
FIN
EMMA - Fanfics de Harry Potter
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2024-10-12

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