Entre bolas de estambre y muérdago - Fanfics de Harry Potter

 

 

 



Hay que desatar con mucho cuidadolas agujetas, deshacer el nudo y luego dejarlas caer sobre la alfombra; una vezflojos los zapatos, se sacan los pies, haciendo gala de una juventud ya no es propia,se lleva la mano hasta el pie y se aprieta, ahí donde los callos y los juaneteshan ido haciendo mella. Se cierran los ojos y se estira el cuerpo, sonriendopor lo rico/doloroso que se siente el apretarse los pies, cansados, calientesde caminar, de limpiar, de perseguir a esos mocosos irrespetuosos que invadentodo el Colegio y que en medio de la fiesta, se han lucido; pasan de las tresde la madrugada, al fin hay silencio, al fin nadie pide que corra a limpiar unpasillo, a cerrar una ventana a levantar un trozo de muérdago encantado. Havisto como todos abren regalos y ha podido obsequiar el mismo a la Sra. Norrisun lindo y nuevo collar de cascabel, de esos que usa solamente en susaposentos, de esos que le pone cuando se dan el lujo de descansar; se desplazarenqueando por la habitación, con la mano en la cintura intentando enderezar suvieja columna, intentando no pensar en eso.

 

Perovuelve a hacerlo, vuelve el pensamiento a su cabeza, esta Navidad en Hogwarts,no hubo regalo para él; no es que lo esperara, nunca lo esperaba, pero era esoexactamente lo especial, jamás esperaba el regalo y éste aparecía solo frente aél camino a su dormitorio, la notita con hermosa caligrafía resplandecía bajola luz de algún candelabro y entonces lo leía:

"Feliz Navidad, Argus
nos esperaseguramente otro año glorioso, más chiquillos que disciplinar. Dumbledore."

Noiba a mentir diciendo que le gustaba recibir caramelitos, calcetines de bolitaso duendecitos voladores, para él eso era tontera cursi de la época, perorecibir algo, por pequeño o desagradable que fuera, era tan grato como verresplandecientes las esposas colgando del techo de su oficina; por eso es queechaba de menos a Dumbledore, a ese hombre que había muerto hacía sólo unoscuantos meses, que faltaba y todos lo notaban todos los días, pero él, él lonotaba más en Navidad. A tropezones llegó al fin a su cama, llamó a laesponjada y sorprendida gata, que esperaba tanto o más que él el "plop"incriminatorio del obsequio, se echó sobre sus almohadas y se cubrió con lamanta; al día siguiente esperaban los mismos muchachos locos, la misma basuraque barrer, las mismas puertas que limpiar y ventanas que pulir.

OtraNavidad helada en Hogwarts, acurrucado con su gata acomodada en el brazo, ArgusFilch se preguntó qué sería morir, qué sería caer desde lo alto de la torrecomo él, volar, desaparecer, olvidarse de los vivos y de dejar un lindo obsequiode Navidad; seguramente todo era, como siempre, culpa del tonto de Potter, esotenía que ser, ese chiquillo sólo traía problemas y el tonto crédulo ysentimentalón de Dumbledore se había dejado matar por eso, eso tenía que ser,no veía más sentido. Se acomodó bien en la cama, la Sra. Norris saltó para ir aacurrucarse a su rincón junto a la cabecera y él, pasándose los dedos por lacabeza, se despejó la frente y miró al techo, poco a poco la somnolencia lecaía encima, el cansancio de todo el día de ajetreo le decía "hola" y amenazabacon apoderarse de él. Era cuestión de unos minutos.

¡Plop!

Noquería mirar, era cien por ciento seguro que vería algo feo, eso era lo quepasaba cuando él estaba en la cama y oía entonces un "plop", debía ser algofeo, un fantasma de su pasado, un troll con los labios pintados, uno de sus excompañeros de Colegio burlándose de él; siempre era así, eso era un "plop"dentro de su cama, pero no podía callar la curiosidad, la misma curiosidad quelo obligaba a, después de un estornudo muy fuerte, mirar a su alrededor por sialguna chispa de magia se había escapado. Con la respiración agitada se volviólentamente, oyendo el chirriar leve de su cabellera incipiente sobre laalmohada, ahí sobre la otra almohada, estaba una cajita, azul cielo con un granlistón y de nuevo esa letra sorprendente. La tomó desesperado, la mirósorprendido y la notita le hizo sentir algo, que hacía muchos años no sentía:

 

"Felicidades, Argus
te espera un año más dedisciplinar muchachitos, no olvides nunca, que la Navidad está en todos, seesté o no se esté para festejarla. Dumbledore"

Dentrode la cajita había el único verdadero regalo que siempre le agradecería Filchal viejo cursi de Albus Dumbledore: Un hermoso collar para la Sra. Norris.





Echó las manitas atrás en un actocasi inconsciente lleno de inocencia, impulsándose con ellas dio el salto y depura suerte cruzo la línea que dividía la madera, abrió los ojitos brillantescomo diamantes y miró que en efecto, lo había logrado; alzó los bracitosregordetes en un festejo descomunal, había ganado la guerra, había logrado elpuntaje más alto en los TIMO's, había salvado al mundo. La carcajada decascabel inundó la casa entera, toda la Madriguera se estremeció bajo sualegría y ella no pudo menos que sonreír como él, estaba llena de emoción deverlo, de tenerlo y aplaudió llena de orgullo; no se le parecía, nada, en lomás mínimo, quizá sólo en los ojillos rodeados de unas débiles pero existentespecas, pero era él, no sabía cómo explicarlo, era él.

Letomó la mano cuando se la tendió lleno de alegría, sus piecitos torpes ypesados por los zapatotes blancos golpearon el suelo que resonó como habíaresonado el dolor en su corazón; tantos años, tanta pena y tanta espera,mirando la manecilla del reloj, mirándola siempre, caída, ausente y de prontoeste pequeño, que con su risa perforaba el abismo y la soledad.

-Fred.-Exclamó como si la garganta lo hubiera suplicado por siglos, como si su vozestuviera ansiando desde siempre volver a decirlo y en la sala, donde todosfestejaban las navidades, ella, Molly Weasley no existía.

Porprimera vez en mucho tiempo, la Navidad volvía a estar completa, todos sushijos, todas sus nueras, su yerno, sus nietos y
Fred.

Estabaansiosa por verlo pronto correr por el jardín, gritarle a voz en cuello quesoltara a las gallinas, reprenderlo por saltar desde la ventana esperandosalvarse por obra y gracia de la magia que llevaba dentro; estaba ansiosa porFred, ansiosa por recuperarlo, por volverlo a ver. Abrazó al pequeño cuando se acercóhasta ella y le tendió sus bracitos densos, sus bracitos vivos, lo prendiócontra su pecho y aceptó volver a la sala, como Arthur venía pidiéndole desdehacía varios minutos.

Entrelos abrazos y los besos, Molly seguía mirando fijamente a su nietecito,regodeada en ver en él la oportunidad de recuperar al otro Fred, como unfantástico regalo de Navidad; poco a poco la noche se hizo más densa y todosempezaron a retirarse, cuando George y Angelina se despidieron, Molly sintióque se le destrozaba el pecho, que perdía de nuevo al pequeño. Entonces Arthurla abrazó con fuerza para que no los mirara irse y ahí, al alzar la cara yverse reflejada en las gafas de su esposo, de su compañero de aventuras ypesadillas lo vio; Fred, su Fred, el que hacía chistes por la oreja perdida, elque bailaba en calzoncillos con su hermano en el pasillo, el que se aparecíanada más tener edad sólo para asustarla donde quiera, ese Fred iba tras suhermano, la figura grácil y sonriente de su hijo se alejaba con ellos, losprotegía.

 

Entonceslo supo, el bebé no era Fred regresando, pero el bebé tendría esa Navidad untío susurrándole muchas historias graciosas antes de dormir.





Le miró de nueva cuenta, le miróy en esos ojos se perdió quizá por siempre, había entre sus labios una sonrisaoculta en enfado y aunque no encontraba, ni encontraría, la forma correcta decorregir el gesto, adoró la forma natural y espontánea en que el sonrojo deenojo le inflamó las mejillas; amaba y amaría siempre que lo viera como untonto, amaba y amaría siempre que lo encontrara insulso, amaba y amaría siempreque lo hubiera elegido a él. Ella se enfurruñó, infló las mejillas y miró aotro lado, indignada, molesta, ¡pero no había por qué!, él sólo había roto poraccidente el papel de envolver y ella reaccionaba como si hubiera roto losobsequios todos.

Perolo amaba, le encantaba, adoraba que hiciera así las cosas, que se hiciera laenojada para demostrarle su autoridad, ¿paraqué la autoridad, Hermione?, siempre he sabido que eres más que yo, siempre. Entoncesella empezó a ser tosca, respiraba pesado, soltaba gruñiditos, no ocultaba elsonrojo y Ginny, del otro lado de la mesa, miraba de momento en momento,interesada, divertida; pero Harry, Harry miraba de otro modo, él le reprobaba,él reprochaba con la boca fruncida y entonces se sonrojó, aquello eratorturante, sólo estaban envolviendo regalos ¡por Merlín!, no era para enojarse.

Peroella sí estaba enojada, ella estaba indignada; Harry salió a llevar algunos delos regalos hasta el árbol y Ginny como convencida de que debía dar espacio, lesiguió, no sin dejar de dedicarle una clara mirada a su hermano y él entendióque tendría que actuar; salidos los dos, se decidió, se dio media vuelta, cerrólos ojos, la sujetó con fuerza y le estampó un beso.

-¡Ronald!-El grito de Hermione habría matado a un pato de un susto, abrió los ojos, ¿quéde malo había en besarle por sorpresa?, ¿porqué te oyes a mi lado y no delante de mí? Y ahí estaba, Percy con los ojoscomo platos y los labios fruncidos contra los suyos.

Era muysimple: No cierres nunca los ojos antes de besar a tu novia, si es que laMadriguera está atiborrada de Weasleys.




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Es común que las brujas llegandoa cierta edad, tengan por costumbre en invierno el tejer; tejer suéteres paraseres queridos, tejer abriguitos de mangas esponjosas para sus gatos operritos, tejer bufanditas para los niñitos que vienen en escobas prestadas alas casas para cantar villancicos, tejer chambritas para cubrirse las piernasen el frío invierno. Pero ella no hace esas cosas, ella es intrépida, decidida,ruda, firme y poderosa, ella teje palabras todos los días y movimientos devarita cuando nadie le mira, ella obsequia a sus seres queridostransformaciones prodigiosas, como esa vez que, con ocho fáciles movimientos devarita, obsequió a Albus una botella de hidromiel que bailaba un zapateado yentonaba un cántico navideño.

 

Cadaaño era lo mismo, Pomona se presentaba en la última reunión con un cestoatiborrado de galletitas exóticas hechas con la esencia de alguna de susplantas, cuidadas con esmero, regadas con amor; Rolanda aparecía trayendorecuerdos de partidos, relatos de jugadas extraordinarias y abrazos fuertes ysacudidos, entre presuntuosas exhibiciones de las cicatrices que le dejaban lospartidos; Poppy aparecía con alguna suave sonrisa y una que otra bufandita depunto glorioso, de punto imposible de reproducir y cada año todas, sí, inclusoella, preguntaban mirando fijamente su obsequio, cómo lograba tejer así. Ella,ella compraba libros, agendas, juegos de plumas, frascos de pociones, balanzasde plata, separadores, estatuillas bailarinas o tinteros que se rellenabansolos. Ella no tejía.

Entoncesocurrieron demasiadas cosas juntas o mejor dicho, consecutivas, la muerte deAlbus, la invasión del Colegio, las batallas, los festejos, la calma al fin;una calma duradera que se le metió en los huesos como un alivio profundo y comouna paz venenosa y pasó lo que creyó nunca ocurriría: empezó a sentirse vieja.Y como es común en las brujas de cierta edad, Minerva McGonagall fue hasta unatienda especializada, eligió una gran canasta, unas enormes agujas y acudió ala enfermería nada más empezar el invierno.

-Poppy
enséñame a tejer. -Y Argus Filch que estaba ahí tratándose una artritishorrenda, se quedó con la boca tan abierta que Sir Nicholas tuvo que"cerrársela".

Dossemanas después Poppy había desarrollado una jaqueca casi crónica y lo únicoque Minerva había aprendido y descubierto además, era que si se convertía engato, pasaba un rato de fábula entre los estambres dentro de la canasta; lasbufandas le quedaban curvas y largas como cuerdas, los chalecos eran suéteresde mangas hechas jirones, los calcetines (que decidió tejer como homenaje a suadorado amigo Albus) acabaron por ser medias que llegaban a las ingles de quiense las pusiera y los gorros y chambritas terminaban con apariencia de alfombra.

-Tuproblema, Minerva, es que no sabes dónde parar
y te falta pasión para eltejido. -McGonagall se había retirado indignada ante aquel comentario y no fuesino hasta que se tiró felina entre las bolas de estambre que comprendió quePoppy tenía razón. Necesitaba un aliciente que le llenara de pasión al tejer, comolos tenía para transformar cosas con pasión, y así, una noche de invierno entrelos tejidos de todas, Pomona, Sybill y Rolanda le vieron tejer con más ahíncoque nunca, como si en ello se le fuera la vida y cuando terminó Poppy aprobócon tanta alegría el trabajo, que un par de gruesos lagrimones le rodaron porel rostro.

Esanoche, sobre la tumba de Albus Dumbledore, Minerva McGonagall fue a dejar unobsequio navideño de su corazón: un banderín rojo y dorado con un pequeño leónalgo inclinado y chueco en el centro. Una cosa por la que los dos sintieron unagran y amorosa pasión siempre, Gryffindor.





 

Frente al espejo no era complicadoarreglarse la cofia, afuera se oían los disparates de los alumnos enloquecidospor los festejos, pocos ese año, pero todos muy alegres y escandalosos; lospocos pacientes a su resguardo habían sido obsequiados con ir a los pasillos ypasarla bien, con la condición de no regresar tarde y cubrirse bien. Arreglada pensóque ya se veía lo suficientemente bien y fue poco a poco acercándose hasta elGran Comedor con la idea de unirse a las festividades.

Adorabael aroma que inundaba los pasillos en estas fechas, de roca húmeda y fría, desuavidad y silencio; amaba cada rincón de ese Colegio aunque estuviera siempremetida en su enfermería y ahí, camino del gran comedor pensaba en eso quemuchos temen y que sanan con amigos o parejas: soledad.

No,ella no estaba sola, ella estaba siempre acompañada y en cada pasillo un rostrojoven y dulce se lo demostraba, en cada grito y en cada sollozo doloroso dentrode su enfermería era una muestra de que nunca estaba sola; tenía Hogwarts,Hogwarts en Navidad y esa otra luz cándida en el fondo de sí misma. A la mesa estaban sus compañeros, Minerva al lado de Albusy más allá los casi recién agregados Severus y Sybill, uno tan arisco comoasustada la otra. Binns charlaba socarronamente con Hagrid y más allá Sprout yRolanda compartían una acalorada discusión sobre un par de alumnas de primercurso y su mala suerte al golpearse de frente con el invernadero 4.

-Poppy,Poppy, ven
siéntate con nosotros un momento y hazme el favor de explicar
¿quéhacían esos dos chicos el otro día bajo la puerta de la lechucería? -Albustenía sus azules ojos fijos en su rostro y con el ceño arrugado, atinó a decir.

-Sonunos desconsiderados
creer que podían ahí refugiarse de la nieve, como situviéramos ya suficiente con todos los tontos chiquillos que para parecerdivertidos se meten por estas épocas una ramita de muérdago en la nariz. -Exclamócon tono de enfado y cansancio que no sentía.

-Jajajajajaja
el muérdago en la nariz, ¿aún lo hacen? -Dumbledore reía a pierna suelta yMinerva lo hacía a medias, Poppy asintió feliz de verlo alegre.

-¡Quési lo hacen!... ocho casos en una semana
¡Por Merlín, no tengo tiempo paraesas cosas! -Rolanda se quitó la melena larguísima de los hombros y empezó asujetarla con un grueso listón, mientras Sybill miraba a todos y sus risas sincomprender.

-¿Q-qué
qué es lo del muérdago? -Preguntó alzando un dedillo delgado y curvo, mientrasSeverus a su lado rodaba los ojos a un lado, convencido de que vendría unaletanía cursi de parte de Dumbledore, que en lugar de eso, se llevó la copa alos labios y miró a Poppy como diciéndole que era su turno.

Alprincipio se preguntó cómo era que Sybill no conocía la historia, si era unaalumna de Hogwarts, pero luego supo, recordaba a esa niña nerviosa y miedosacorriendo pegada a los muros con sus libros en el pecho; entonces se aclaró lagarganta con una tos seca y empezó a contar:

-Sedice que muchos siglos hace, una noche de vísperas de navidad, uno de losalumnos de séptimo curso de la casa Slytherin deseó pedirle a una Ravenclaw quefuera su novia
pero, él era verde y ella azul y había otro chico que lapretendía
así que intentó buscar una forma de que ella no escapara de susbrazos

-Posesivo.-Murmuró Rolanda y Sprout soltó una carcajada, Severus miraba con atención a laprofesora de vuelo, era una mujer apenas mayor que él, demasiado extraña.

-Sólouna cosa se le ocurrió y fue usar el tan utilizado muérdago
así que consiguióuna ramita y la llevó con él para ir a buscarla, esperando poder ponerla sobreellos sin que se diera cuenta
cuando laencontró en el pasillo, tropezó viniéndose al piso y clavándose el muérdago enla nariz

-Debiódoler horrores. -Comentó Hagrid como si supiera de lo que hablaba.

-¡Vayaque duele!... el chico se levantó cubriéndose la nariz sangrante con la manopero la chica lo vio, así que con un movimiento simple de varita le quitó laramita y lo llevó a la enfermería.

-Unaforma muy idiota de seducirla. -Masculló Severus, Poppy le miró seria.

-Noera seducción
era romance, Severus. -Exclamó ruda y fría, indignada de que se redujera a tan poco algo tan sublime y tan admirado por muchos. -Y fueron felicesmucho, mucho tiempo.

Lacena siguió, la cosa del muérdago se comentó sólo como un mero incidentedivertido y hasta ahí llego, aunque en su corazón era siempre como una llama que se encendía y perduraba siempre; y cuando tuvieron que retirarse por ser muy tarde,Poppy y Minerva tomaron el mismo pasillo casi por casualidad, Minerva se sonrióde lado y le miró de reojo.

-¿Hacemuchos siglos?

-¿Perdón?

-Noconozco a nadie que pudiera sacar una ramita de muérdago de la nariz de tanbien como tú
y ahora todos lo toman como accidente de buena suerte.

-Sonchiquillos que no saben nada.

-Chiquillosque creen que si su chica les quita el muérdago con facilidad, están destinadospara siempre.

-Ylo malo es que de cada cinco sólo una lo logra con efectividad.

-Cosasde amores, supongo.

Poppyoyó aquello sin darle mucha atención, se despidieron y ella pudo volver a suadorada enfermería; una vez ahí fue directo a su escritorio, abrió el cajón ymiró la pequeña cajita roja que guardaba con celo, al abrirla vio la pequeñitarama de muérdago, seca y ennegrecida de sangre, ahí mismo la fotografía de losdos le saludó sonriente; eran sus dulces recuerdos de felicidad, esos que volvían el Colegio más hermoso y más abrigador que nada en todo el mundo.

-Cositasde amores, ¿verdad?

Selevantó, se quitó la cofia y se puso su camisón, otra dulce noche de Navidadsoñando con su amor afortunado, por quitar un muérdago de la nariz.



Entre bolas de estambre y muérdago - Fanfics de Harry Potter

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Hay que desatar con mucho cuidadolas agujetas, deshacer el nudo y luego dejarlas caer sobre la alfombra; una vezflojos los zapatos, se sacan los pies, haciendo

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2023-02-27

 

Entre bolas de estambre y muérdago - Fanfics de Harry Potter
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