Final escrito - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Sigilosa y tranquila, una mujer abrió lareja que daba la entrada a su monótono destino. Respiraba con dificultad, lentay pausadamente, lo que la hacía parecer mayor de lo que en realidad era.Llevaba una hoja de papel en la mano, algo manchada de tinta, y una pluma en laotra, como si hubiera terminado de utilizarla hacía menos de un segundo, locual era casi cierto. Había pasado la noche completa colocando frases ypensamientos en aquel pedazo de papel, hasta que sin darse cuenta la vela sehabía consumido por completo y ella había terminado. Le parecía irónico y casigracioso ir a aquel lugar para llevar a cabo sus actuales pretensiones, puesera allí donde había comenzado todo. Era allí donde lo había visto por primeravez. Casi podía ver el reflejo de sus recuerdos frente a sus ojos, como siestuvieran pasando de nuevo. Finalmente llegó al lugar que había estadobuscando. Suspiró mientras leía su carta de nuevo, como queriendo cerciorarsede que las palabras no habían desaparecido del papel.

 

Las cartas siempre comienzan con un saludo, con un "hola", o un"Querida persona que está leyendo esto", pero como ya sabes, siemprehe querido irme por lo original, aunque a veces eso pueda mezclarse con loincorrecto. Sé que han pasado años, y que tú ya no puedes responderme, pero detodos modos, deseo tener esta conversación, incluso si la única que puedeexpresarse soy yo. Necesito despedirme de ti. Los recuerdos no me dejan vivirmis últimos momentos de vida, irrumpen en mis pensamientos por más que lessuplico que no lo hagan. Y eso tiene que terminar. Esto tiene que terminar.

Me llamo Cecilia.

Un niño pálido yde ojos oscuros levantó la vista de su pequeño juguete con un bufido, paraluego regresar casi inmediatamente su atención a él. La niña llamada Cecilia,sin embargo, no se marchó ante aquella muestra de desinterés. Acomodó suvestido de forma que no se ensuciara al momento de sentarse junto a él, paraluego colocarse un mechón de cabello rubio atrás de la oreja.

Y tú te llamas Tom añadió,como si el chico no supiera su propio nombre. Levantó de nuevo la vista ydivisó con curiosidad las profundidades azules que aquella chiquilla tenía porojos. No hablas con los demás niños siguió, señalando hacia la plaza dePequeño Hangleton, como si recitara información que había estudiadoanteriormente. No te gustan, y no les gustas arrugó un poco la nariz, y bajóla voz, como si estuviera confesando un secreto de lo más divertido. A mítampoco me agradan. Son escandalosos, ridículos y creen que a nadie le importaque se comporten como salvajes sólo porque son pobres sacudió su cabeza enseñal de desaprobación. Pero tú eres diferente. Tú me agradas.

Sonrió alegremente, sinavergonzarse ni un poquito de lo que decía, como era usual en muchas de lasotras chicas. Levantó una mano, como hacían los hombres adultos para saludarse.

Mi nombre es Cecilia repitió, esperando una respuesta.

El niño, cauteloso, aceptó la mano que ella le ofrecía.


Yo me llamo Tom.


Es curioso cómo pasan las cosas, ¿no crees? En aquel momento en el que decidíhablarte por primera vez, lo hice sólo para encontrar una excusa que me libraradel aburrimiento y saciara ni curiosidad. Quién diría que terminarías convirtiéndoteen más.

 

Mis padresvolvieron a salir de viaje comentó la niña, mientras se balanceaba en unpequeño camino de ladrillos mal colocados. Era un día soleado y alegre.Mi nana diceque están buscando un chico rico y educado para que se case conmigo bufó,poniendo los ojos en blanco.

Yo soy rico y educadoseñaló Tom, frunciendo ligeramente el ceño, con su usual y arrogante tono desiempre. ¿Por qué no les dices que te casarás conmigo? Creí que lohabíamos acordado.

Cecilia sonrió ampliamente.

En primer lugar, eres rico, noeducado . Se inclinó un poco para que sus ojos quedaran a la altura de los deél. En segundo lugar, sí, lo acordamos. Y en tercer lugar, claro que les diréque me casaré contigo, porque efectivamente, me casaré contigo.


Éramos unos niños, estúpidos y felices.Y me gustaba, me gustaba ser niña, estúpida y feliz contigo. Siempre supe quehabía lago especial y único en mí, y tú me hiciste sentir que podía compartireso contigo, así que lo hice. Y en el fondo pensé que tú también lo hacías.

Mi madre dice que las parejas prometidasse envían cartas Tom sacó un pedazo arrugado de papel blanco de su bolsillo.Hacía un día de invierno, algo monótono, pero igualmente agradable. Tiene quever con algo sobre "ser romántico" y "probar el amor que seprofesan"

Cecilia alzó las cejas.

Es ridículo dijo, tomando la carta detodos modos. Tú y yo nos vemos todo el tiempo, ¿para qué necesitamos cartas,si podemos hablar?

Él se encogió de hombros.

No lo sé admitió. Quizás tiene que vercon las palabras. Si solo las dicen, las olvidan, si las escriben, quedan porsiempre. Escribirlas las hace
oficiales, de alguna manera.


Una vez me dijisteque me escribías porque querías que supiera que eras sincero conmigo, que lascartas eran una prueba de ello. Que las personas pueden negar lo que dicen,pero no lo que escriben. Me mentiste, por supuesto. Pero tenías razón. Laspalabras quedan, perduran, y de alguna forma, liberan. O al menos espero que lohagan. Por eso decidí escribirte esto, de alguna forma quiero que sea oficial,definitivo.

¿Te hasrecuperado ya de esa horrible urticaria del otro día?preguntó Cecilia,mientras acariciaba con cariño el lomo de su caballo.

Gracias alcielo, sí bufó Tom en respuesta. Y no te rías, que sigo pensando que fue tuculpa, por haberme hecho rescatarte: debí tocar alguna planta venenosa. ¡Veinteaños y no puedes arreglártelas para nadar en un patético charco de pueblo!

Lo dices como sifuera toda una anciana le reprochó Cecilia, levantando una ceja. Déjamerecordarte que tenemos la misma edad. Además, te he dicho miles de veces quefue un accidente, no sé cómo resbalé. Y, de todos modos, ya estás bien. Escuchépor allí que no dejaste en paz a esa fea anciana del pueblo que hace medicinashasta que tuviste tu piel perfecta de nuevo, así deja de quejarte. Todo sobre Apple, Mac e Iphone

Siguieron avanzando, hasta quedivisaron una choza con aspecto de basurero, sucia y desvaída.

*¡Dios mío, qué desagradable a la vista!¿No puede tu padre eliminar este cuchitril, Tom?

No todo es nuestro, el otro lado del valle nos pertenece a nosotros,pero esa casa pertenece a un viejo vagabundo llamado Gaunt. El hijo es un loco,tú debes de haber escuchado algunas de las historias que dicen en el pueblo.

Santo cielo, Tom, ¿eso que hay en la puerta es unaserpiente?


 

Vámonos de aquí Cecilia, querida. Te dije que están locos.*

Ella sonrió.


¿Cuándo dejaré de ser "Cecilia querida" para ser "esposaquerida"? preguntó, en tono de broma.

Pronto prometió Tom, acercando tu corcel y levantando una mano para acariciarla mejía de la muchacha, sorprendiéndola. No era muy usual que él le mostrarasu afecto por otro medio que no fueran las cartas. Pronto lo serás.


Como ambos sabemos, nuncalo fui. Ni tú tampoco. No fuimos lo que acordamos que seríamos, pese a que todami vida había esperado por eso. Y aunque al principio me pareció muy claro, conel paso del tiempo me he dado cuenta de que en realidad jamás conseguí entenderpor qué.


Sin mostrar el mayor interés en las ramas de los árboles que rasgaba suvestido, Cecilia corría. Corría entre el bosque, corría con todas sus fuerzas.Entre sus rubios cabellos y las lágrimas, apenas podía ver por donde pisaba,pero no le importaba, sólo quería correr. Había estado buscando a Tom desde latarde anterior, extrañada al no encontrarlo durante un tiempo tan largo. Algoiba mal, ella lo sabía, lo sentía. Y lo comprobó cuando una de las chicas delpueblo, no muy agraciada y bastante chismosa, le comentó maliciosamente elnuevo y más reciente escándalo que recorría las calles.

Cecilia no había querido creerlo, se rehusaba completamente. Pero era verdad.No había servido de nada llegar a la gran Mansión Riddle exigiendo unarespuesta a su desesperado "¿dónde está?", porque los ojos cansados ymolestos de Mary Riddle se limitaron a mirar a otro lado, confirmándole larealidad.

Miprimer pensamiento fue que todo había sido una mentira, que me habías utilizadopara que nadie pudiera sospechar que en realidad la querías a ella. Pero meparecía inconcebible. Ella era todo lo contrario a mí: fea, tonta y pobre. Aúnrecuerdo las veces en las que nos reímos de ella, como solíamos reírnos delresto del mundo. No podías haberla escogido sobre mí. Y aún así lo hiciste.

Te lo he dicho mil veces, madre. Y no lo repetiré ni una más. Quiero irme.Lejos. A donde sea, pero no permaneceré ni un solo día más en este puebloapestoso y horrible.

La mujer mayor que observaba a Cecilia con tristeza suspiró, para luego asentircon la cabeza. Como el resto del pueblo, opinaba que era mejor para lajovencita no haberse casado con aquel Riddle.

El tiempocura las heridas, hija. Te recuperarás, ya lo verás.

Pese a todo, lo hice, me repuse. Volví a sonreír, a cantar, a reír. A veces nisiquiera pensaba en ti, como si en realidad no hubieras existido. Fingí que nohabías sido más que una pequeña desilusión, y lo hice muy bien. Pero ahoraestoy muriendo, Tom. Estoy cansada, y deseo parar de pretender. Porque larealidad es que me perseguiste todos estos años. En especial cuando supe quehabías regresado sin ella, asegurando que no la querías. Eso fue lo más duro,lo más insoportable. La duda. No saber si me habías amado si quiera un poco enrealidad era peor que tener la certeza de que me habías utilizado. Durantemucho tiempo esperé a que aparecieras en mi puerta, para poder exigirte unaexplicación, pero tuviste el descaro de morirte antes de dármela.

Así que aquí estoy, suplicando paz. Decidida a terminar mi pena de una vez portodas, despidiéndome por siempre de ti.

No sé si desear que te pudras en el infierno o que tengas tranquilidad, así queno haré ninguna de las dos cosas. Dicen que el perdón también cura las heridasy, aunque no creo que sea verdad, lo intentaré. Le pediré al cielo que si seobtiene algo después de la muerte, obtengas lo que mereces.

Por último, quizás deba dejar en claro que yo te amaba. Aún cuando me sentíengañada, traicionada y abandonada, aún cuando quería buscarte para herirte yhacerte sufrir, te amaba. Nuestra historia no estará completa si no lo admito.

Todavía teamo, incluso mientras te odio.





Cecilia se inclinóy dejó la carta sobre la lápida, justo debajo de las fechas de nacimiento ymuerte de su viejo amigo. Luego, cuando estaba a punto de salir del cementerio,se percató de que había falta algo. Podía parecer irrelevante, pero eranecesario. Apurada, regresó corriendo, lo cual hizo que le faltara larespiración y comenzara a toser. Como ya era usual, vio pequeñas manchas desangre en su pañuelo justo después de limpiar su boca. Les quitó importancia yvolvió a abrir la carta, escribiendo una última palabra justo en el medio delúltimo espacio libre, con la letra torcida y distorsionada por la superficie depiedra. Luego, se fue. No volvió la vista atrás.


oOo

En la penumbra, unafigura encapuchada se acercó a la tumba y cogió la carta, alzando unaceja, aparentemente aburrido. Su cabello negro y ojos oscuros resaltaban muchoen su pálida piel. Era un joven, casi un adolescente. Antes de irse, soltó unabreve y fría carcajada, más aún cuando descubrió lo que la ridícula mujer habíaregresado a anotar.

La última palabra escrita en la carta, era «fin».


Los diálogos escritos entre los asteriscos (*
*)son propiedad de J.K. Rowling, así como estos personajes.

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2023-02-27

 

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