Gran Amor - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Nuestra historia comenzó una tarde de marzo en las calles de Madrid, yo por ese entonces tenía diecisiete años y era una adolescente desgarbada de cabello rojo fuego y ojos esmeralda. Alocada, sacaba el mayor provecho a mis largas piernas y a mi cabello alborotado. Me encantaba voltear el mundo y zarandearlo a mi antojo, podía voltear todo de cabeza y regresarlo a su estado normal, si es que me convenía. 

Estudiaba periodismo gracias a una beca que me habían concedido, y compartía un piso con dos muchachas alemanas a las que casi no veía, pues eran mayores que yo, además mi alemán es inexistente y en casa siempre hablaban su lengua materna. Nunca me entere de nada acerca de ellas, salvo que se llamaban Svenia y Anika, y no les gustaba mucho que digamos 

El primer encuentro no fue para nada romántico, más bien fue un engorro total, pero sirvió para encontrarló. Yo trastabillé y choqué contra él cuando caminaba por las abarrotadas calles del centro de Madrid. Intenté murmurar un 'lo siento', pero mi cerebro se paró al verle. Era un muchacho alto, de un metro ochenta y cinco, por lo menos, de cabello castaño un poco largo que le cubría la frente con algunos mechones y los ojos azul hielo que me miraban con abierta curiosidad. 

¿Estas bien? me preguntó. 

Yo me limité a asentir, ya que mis labios parecían sellados con cemento. 

Soy Jack, Jack Masen se presentó y me extendió la mano. 

Soledad D'ascolli respondí yo al tiempo que le estrechaba la mano-, pero prefiero que me digan Sol. Mi nombre no me gustaba, no quedaba para nada con mi alocada forma de ser. Yo era una chica extrovertida en extremo, que hablaba hasta por los codos, cosa que hartaba a mis profesores. 

Y así, de esa simple forma -un oportuno accidente-, comenzó nuestra amistad. Caminamos por el centro de la ciudad mientras él me contaba su historia. Tenía diecinueve años y era inglés, vivía en Madrid desde que había comenzado la universidad. Deje que acaparara nuestra conversación pues yo no tenía nada interesante que decir, el chico me había dejado aturdida; no os vayáis a pensar que era muy guapo, porque estoy segura de que nadie se habría fijado dos veces en él. 

No nos podíamos ver seguido, pues a menudo yo dejaba las tareas para último minuto mientras me dedicaba a inventar reportajes imposibles con los que después mareaba a mis profesores. El estudiaba una Ingeniería, así que los dos teníamos poco tiempo libre. 

Y fue la espontaneidad la que trajo al amor. 

Ese día estábamos en mi piso, mientras Jack me ayudaba a lavar los trastos. Svenia, una de las chicas alemanas había encontrado la manera de decirme que yo casi no ayudaba con la limpieza, 'te la pasas flojeando, y con quien sabe quien', esas habían sido sus palabras textuales. Había hecho caso omiso de todas sus demás palabras -que me entraban por un oído y me salían por el otro-, menos de esas. Svenia era capaz de echarme a la calle. 

Así que allí estábamos, haciendo el quehacer del piso. Sin imaginarnos lo que estaba a punto de ocurrir. 

El beso llegó de repente, espontáneamente, cuando me volví para mirarle de frente. Descubrí en sus ojos un brillo que delato su amor por mi. Estábamos hechos el uno para el otro y nada iba a lograr separarnos. Nuestros labios chocaron apenas unos segundos después. 

Mi madre, la adinerada signora Isabella D'ascolli, hija de ricos comerciantes italianos, que, por azares del destino, había llegado a España a los dieciocho años y un tío la había dejado embarazada; era madre soltera y afincada en Urt, cerca de Jaca, un pueblito al norte de España, cerca de los Pirineos, no tardó en darse cuenta de que yo estaba enamorada. 

Tienes que presentármelo -insistió cuando yo acabé de contarle toda la historia, después de muchas insistencias por su parte y evasivas por la mía. ¿Cómo dices que se llama? 

Jack, mamá, es Jack le dije yo con una sonrisa en los labios, mi madre nunca se acababa de acordar de los nombres de mis amigos. 

Las que no se mostraron complacidas fueron mis dos compañeras de piso, decían que yo estaba mas atontada que enamorada y que trabajaba menos todavía, aunque eso a ellas no les interesaba, no me importo que Svenia y Anika, dos hermanas rubias que hacían suspirar a los chicos, se quejaran abiertamente con la persona que tenían enfrente de que yo era una desobligada. Estaban celosas, eso era todo, ella no habían conseguido un chico, a pesar de lo guapas que eran. Les pasaba eso por celosas y controladoras. 

Nadie logro separarnos, a pesar de que su madre me tuvo inquina desde que la conocí, cuando Jack me llevo a Oxford con sus padres. Poco después supe que, sus padres habían muerto a manos de un asaltante italiano cerca de allí. Así que todo lo que tuviera que ver con Italia, no le gustaba. 

Mírala le dijo a su hijo, es muy joven, y ni siquiera es bonita alegó, yo tenía el sueño de que te casaras con una buena muchachita inglesa, no con una italiana. Cada que se le presentaba la oportunidad hacia referencia hacia mi apellido. 

No es italiana, mamá cortó su hijo, mientras yo los oía al otro lado de la puerta, pues sus voces se escuchaban hasta el salón, es española. 

Así que esa despedida fue una despedida amarga. 

Jack me llevo a conocer media Europa, cuando ambos estábamos de vacaciones me pedía que hiciera las maletas y nos marchábamos, me llevo a Berlín, a París, a Florencia, a Siena y muchas mas ciudades italianas; también fuimos a Rusia, Noruega, y varios países más. 

Te amo me dijo una vez, cuando estábamos en la piazza veneciana. ¿Sabes que eres lo más bonito que hay en mi vida? Eres mi luz, Sol, podría decir que eres mi sol privado, que me ilumina por dentro. Yo sonreí al entender la metáfora de mi nombre-. Eres lo mejor, Sol. 

Y yo a ti, te quiero con toda mi alma ¿Lo sabes verdad? le contesté yo, mi vida no es interesante sin ti. Eres quien me hace volar, quien despega mis pies del suelo, quien me ilusiona, con quien vivo intensamente mi vida, con quien
 No me dejo terminar, sus labios chocaron con los míos en ese momento. 

Y allí, en la piazza veneciana nos besamos con todo el amor posible. El nuestro era un Gran Amor. 

No queda mucho que decir de nuestra larga historia, que acabo felizmente. 

No casamos en cuanto yo acabé la universidad, cuando tenía veintidós años, y hemos vivido toda muestra vida juntos, hoy tengo veintisiete años, tengo dos mellizos a los que adoro y a Jack Masen a mi lado. Yo, Sol D'ascolli, nunca soñé con que me iba a topar con el Gran Amor de mi vida.
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Nuestra historia comenzó una tarde de marzo en las calles de Madrid, yo por ese entonces tenía diecisiete años y era una adolescente desgarbada de cabello r

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2023-02-27

 

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