Hoy quiero ser Blancanieves - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

El sol asomaba entre las nubes y pronosticaba un día rutinario. No obstante, para los Under sería todo menos eso. Su casa era de esas espaciosas. Tres habitaciones, una biblioteca, ático, cocina, sala y comedor. La familia hacía gala de una pomposidad propia del círculo en el que se desenvolvían. La señora Under se dedicaba al hogar mientras que su marido era un importante empresario.

Tenían una hija: Lilit. A su madre le bastaba saber con que el nombre perteneció tiempo atrás a una reconocida mujer. Poco le importaban los hechos con los que había ganado su fama. Era reconocida y punto.

Durante los cinco años de vida que llevaba la pequeña Lilit, había demostrado ser una encantadora niña. Delicada en gestos, los ojos grandes y rebosantes de una inocencia teñida de verde agua. Su espesa melena la llevaba peinada en bucles, en sus labios una perpetua sonrisa de muñequita.

 

Y aquel sábado, Lilit cumpliría seis años.

La festejada en cuestión se hallaba en su dormitorio tarareando una melodía dulce y de buen compás. Terminó de cepillarse el cabello y colocó el aditamento sobre el curioso y diminuto tocador que tenía. Salió, su vestido esponjoso la hacía parecer una princesa.

¡Mami, mami!

¿Sí, cariño?

¡Mami, hoy es mi cumpleaños!

Así es, mi niña la señora Under cargó a su hija y le besó una mejilla. Esta rió. ¡Por eso vendrán tus compañeritas!

Mami, hoy quiero ser Blancanieves. ¿Me vistes como ella?

Mi amor, me hubieses dicho que querías un disfraz de Blancanieves y te lo hubiese mandado a hacer con la mejor modista. Pero ahora, ¿de dónde quieres que lo saque?

¡Has magia!

La madre rió y dejó a la niña en el suelo.

Me temo que mami no es un hada madrina, cariño.

¡No, como la bruja del cuento! ¡Has magia!

¡Como la bruja! Pero Lilit, las brujas son malas y feas. ¿No ves que siempre mueren en los cuentos?

Ah. Entonces como un hada madrina. ¡Hoy quiero ser Blancanieves!

Podrás ser Blancanieves, lo que sin vestido.

¡Pero mami
!

Eres tan hermosa como una princesa, querida. No necesitas vestido alguno.

Lilit se enfurruñó y cruzó de brazos, no acostumbrada a que le negasen las cosas.

¿Cómo está la niña perfecta?

¡Papi! Lilit rió divertida de que su padre la alzara en vilo y la hiciera dar vueltas. Volvieron a dejarla en el piso. ¡Papi, hoy quiero ser Blancanieves!

Puedes ser lo que quieras, mi niña bella.

Entonces, ¿me compras un vestido igual al de Blancanieves?

Oh, eso debiste pedirlo con antelación. Ahora es un poco tarde, ¿no crees?

¿Y cómo voy a ser Blancanieves sin el vestido? ¡Ni la peluca!

Bueno, ¿por qué no eres otra de las princesas?

¡No, yo quiero ser Blancanieves!

El señor Under adoptó un semblante severo.

No hagas rabietas, Lilit. Ya estás grandecita. Debes aprender que no todo se puede en esta vida.

La niña tembló y se puso roja de la rabia. Su padre le dio la espalda y ella corrió escaleras arriba.

Fuiste algo duro con ella abogó la señora Under.

Tiene que aprender se excusó el hombre. Besó a su esposa y sonrió. Nos vemos en la tarde.

La tarde. Ah, que encantadora fiesta se desarrolló. Globos de colores, risas infantiles, pastel y regalos apiñados sobre una mesa especial para ello.

A falta del disfraz de Blancanieves, Lilit usó un vestido amplio y amarillo. El festejo de su cumpleaños fue de tal éxito que, al final de la fiesta ella invitó a sus siete amigas más allegadas a quedarse a dormir. Las niñas encantadas aceptaron. Las madres de éstas les llevaron sus cosas para dormir a la puesta de sol. La señora Under las veía desde el marco de la puerta del salón, su marido recién llegaba del trabajo.

 

¡Juguemos al escondite! propuso la festejada. Todas la apoyaron entusiastas. Bien, yo cuento y ustedes se esconden, ¿de acuerdo?

¡De acuerdo! corearon todas.

Así transcurrieron largos minutos en los que cada una tuvo el turno de contar mientras las demás se escondían. Cenaron en conjunto, las niñas decidieron reanudar el juego y el padre anunció que iría a la biblioteca a leer un poco antes de irse a dormir. La señora Under se quedó entretenida en lavar la vajilla. A lo lejos, escuchaba la voz inocente de su hija contar.


¡Listas o no, allá voy!

La mujer sonrió complacida. A pesar del disgusto de Lilit en la mañana, las cosas se habían dado bien y sin conflictos de ningún otro tipo. Escuchó un golpe seco en el piso superior y rió entre dientes. Lilit no tardaría en encontrar a quien hubiese hecho semejante escándalo. De pronto Se golpeó la frente con una mano. Después de todo, sí se le había escapado un detalle ese día: pintar el horripilante librero que su marido guardaba en el ático. Bueno, al menos nadie lo había notado.

Terminó de fregar los platos y se volvió con el ceño fruncido. ¿Media hora y Lilit no encontraba a nadie? Se secó las manos en el delantal y asomó la cabeza.

¿Lilit? llamó.

No hubo respuesta.

Se quitó el delantal y salió en busca de su primogénita y de sus siete amigas. Entonces, una señal melodiosa flotó desde las escaleras.

Érase una vez,

En un reino muy lejano.

Vivía una princesa hermosa,

Dulce y amorosa.

La señora Under inició el asenso de las escaleras, su gesto demostraba la hipnosis bajo la que se hallaba por culpa de esa canción. El timbre que entonaba la excitaba.

Se llamaba Blancanieves

Sus pasos iban lentos, como si temieran o quisieran disfrutar de la sinfonía. Su corazón palpitaba con fuerza y una sensación extraña le hormigueaba en la columna. ¿Ternura? Quizás sí. Una ternura de espanto, la misma que expresa la viuda negra a los hijos que comienzan a devorarla.

Tenía siete amiguitos,

Los siete enanitos.

¡Pero eran groseros!

Algunos malitos.

Continuó con su avanzar por el largo corredor. A lo mejor no era tan largo, pero ella se tomaba su tiempo para desplazarse.

¡Uno era dormilón!

Y como Blancanieves era buena,

Su deseo le concedió

La puerta entreabierta de la habitación de huéspedes llamó su atención. La empujó y las bisagras bien aceitadas no emitieron rechinido alguno. Encendió la luz, el aroma a limpio se impregnaba en cada resquicio. La lámpara de araña acristalada caía en dirección hacia una de las camas, igual a un señalamiento silencioso. Eran dos individuales, con las sábanas pulcras y acomodadas de tal forma que ninguna imperfección se marcaba en ellas. Ni siquiera el cuerpo yaciente sobre una las perturbaba.

 


Dormir para toda la vida,

En el país de las maravillas.

Las piernas derechas parecían haber sido acomodadas a propósito, un tanto separadas. Los brazos a los costados, con los dedos de las manos algo crispados. El pecho quieto, sin ese acostumbrado subir y bajar que indicaba la respiración activa. Y encima de la cara, una almohada cumplía el papel de venda de la muerte. Blog sobre salud

La señora Under retiró la almohada y al clavar sus ojos en esas cuencas blancas, el sentimiento que la había recorrido al subir las escaleras se definió y liberó en un grito de terror que la hizo retroceder. Con todo y eso nadie acudió en su auxilio. Los vecinos seguro pensaban que era el producto de ver corretear una rata y además, el auto del señor Under descansaba afuera, las cosas estarían bajo control.

También estaba estornudo.

A quien Blancanieves hizo un favor:

Dispuesta a correr fuera del recinto, la señora Under giró sobre su eje mas, al dar un paso al frente, algo crujió bajo el tacón de su zapatilla. Inclinó la cabeza y retiró el pie, una manita abierta se asomaba debajo de la cama contigua.

¡Al pobre, la nariz le escurría mucho!

Y hablaba raro.

Así que Blancanieves,

La nariz y la garganta le cortó.

Temblorosa, se agachó y apartó la sábana que colgaba. Sólo que esta vez fue incapaz de gritar. Ahogó un sonido aterrorizado y se cubrió la boca con las manos, la cara infantil lucía igual de impactada que ella, limpios tajos en el cuello y el centro del rostro adornado con una mancha escarlata, en la boca abierta se enredaba un par de calcetas.

¡Y ese gruñón!

A Blancanieves no le agradaba.

Así que su mal humor,

Al fondo del mar envió.

Se levantó de un salto al escuchar ruidos en el cuarto de lavado. ¿Cabría la posibilidad de que llegara a tiempo? En el trayecto llamó a su esposo, pero este no respondió. Alcanzó su destino; la luz de la habitación estaba encendida a modo de invitación silenciosa. Con pasos dubitativos se adentró en ella, sus ojos iban y venían en busca de algo que le diera la señal de alarma.

Llegó al tanque de agua y, sin hacer caso al instinto que le gritaba que no continuara, se asomó
y encontró a Jennifer, una niña de carácter fuerte sumergida en lo más hondo gracias al peso de la mochila que llevaba a la espalda, las muñecas y los tobillos atados y un peluche incrustado en la boca, culpable de que sus gritos no se hubiesen escuchado.

Y por ser tan bella,

¡Todos la odiaban!

Pobre, pobre Blancanieves.

Detectó el rechinido de algo al cerrarse de golpe. Se quedó petrificada, la faz convulsa entre el horror y la incredulidad. La melodía se acercaba hacia ella.

No tuvo otra opción,

Que deshacerse de ellos.

A feliz,

Le arrancó esa sonrisilla.

A tontín,

Le sacó los ojos con una zapatilla.

 

A doc,

Le flechó el corazón.

Y a tímido,

Recién en el horno lo metió.

Se dio la vuelta despacio. Los latidos de su corazón le hacían daño, exclamaban el nombre de quien entonaba esa canción de belleza estremecedora. Inocencia que rayaba en la locura, un carácter fuerte que había rebasado los límites. Alguien
la reina exigente, infancia caprichosa.

Y ese príncipe gendarme,

Que debía adorarle.

La ha traicionado.

Así que Blancanieves,

Un cuchillo en su cabeza ha clavado.

Ella se perfiló en su campo de visión. Esa pequeña asesina desquiciada por no ser complacida. La señora Under no la identificó, esos ojos enormes como los de un gato a mitad de la noche. El pelo chorreaba la pintura que debía haberse empleado en el librero, el pijama salpicado en una llovizna azabache, color reflejo de su alma. Tenía la boca teñida de carmesí curvada en una sonrisa real y maniaca.

Li
Lilit
su cuerpo tembloroso la obligó a retroceder. ¿Qué
qué
?

Pero aún falta la bruja.

Esa que no quiso hacer magia.

Esa señora malvada,

Debe morir rebanada.

¿Qué demonios te pasa, Lilit? interrogó la señora Under, segura de que esa perversa criatura no era su hija. ¡Tú
tú no eres así!

La niña mostró el grueso cuchillo de cocina que ocultaba tras su espalda. No, ella no era así mas, el espíritu del odio y el capricho eran capaces de causar grandes estragos en cualquiera. No importaba la edad, ni el físico tierno de la persona. Los cuervos eran por naturaleza agresivos y tendían a sacar los ojos. Pero los padres eran necios y arrogantes, creyentes de ser los mejores, sin darse cuenta de que criaban a esta mortífera especie: mitad animales mitad humanos.

Y Lilit era una de esas especies raras y sublimes, la viva astucia oculta en un manto primoroso. La flor carnívora de vivaces colores, lo que nunca se narró de Blancanieves. Porque la perfección no existe, ¿verdad?

La señora Under se hizo a un lado al ver abalanzarse a su hija con el arma en alto. Sin embargo Lilit contaba con sus reflejos avispados. Giró ágil sobre su eje y alcanzó a aferrar el tobillo de su madre, con lo que la hizo caer de bruces. Sin detenerse a pensarlo, hundió la hoja plateada en las carnes, sus ojos destellaron al resonar el alarido de dolor.

El instinto de supervivencia de la señora Under se sobrepuso por encima de su maternidad. Se volvió y agarró por los pelos húmedos a la niña que bramó tal cual fiera herida. La zarandeó, pero lo único que consiguió fue que Lilit arremetiera contra sus brazos. En un acto reflejo la soltó y cayó de espaldas, la siguiente puñalada se clavó en su abdomen. Otro grito, esta vez los vecinos sí acudirían a ver. Pero ya no importaba, porque en la casa sólo hallarían sangre y cuerpos inanimados. Vio a Lilit erguirse frente a ella, presta a perforarle aquel órgano palpitante. Cerró los ojos, el frío caló todo su cuerpo, la vida se le escapó al cabo de un minuto.

Al menos no vio a la niña con la yugular destrozada, el conducto de las cuerdas vocales obstruido a causa de otro par de calcetas sucias. Las manos en el cuello, en un intento vano por contener la hemorragia y los labios, arrancados con ayuda de unas tijeras, arrojados a un lado. Tampoco vio a la otra pequeña con una perforación en el pecho, ni a la que carecía de ojos, o su zapatilla favorita manchada de sangre, menos a su esposo tumbado boca abajo con un cuchillo que le traspasaba el cráneo. Pero sobre todo, no vio a la niña que se cocinaba en el horno, viva, sin poder gritar.

«Cría cuervos y te sacarán los ojos. »

FIN

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El sol asomaba entre las nubes y pronosticaba un día rutinario. No obstante, para los Under sería todo menos eso. Su casa era de esas espaciosas. Tres habita

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2023-02-27

 

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