II - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

I


-¡Corre! ¡Vamos, corre!

Un chico y una chica joven atravesaban un campo de trigo a toda velocidad. Él tiraba de ella con toda la fuerza de la que era capaz. Ella jadeaba detrás dejándose arrastrar.
-Vamos, Nube, por favor. No te detengas ahora.

Ella acabó cayendo al suelo, fatigada. Ignorando las palabras de ánimo de su acompañante.

Apoyó las manos en el suelo y él también se detuvo para quedarse junto a ella. Primero la agarró por los hombros intentando levantarla y luego por la cintura, pero fue imposible. Nube no podía dar un solo paso más.

-Vamos... Ya vienen.

-No... no puedo más... Márchate...

-No voy a abandonarte.

El campo de trigo era lo suficientemente alto como para que ellos no vieran a sus perseguidores. Sin embargo sí podían sentir que cada vez se acercaban más, porque el cultivo se agitaba a cada paso que daban apara acercarse a ellos, porque sus gritos de furia se escuchaban desde lejos, por sus hoces alzadas con violencia.

Por fin, con un esfuerzo pudo levantarle del suelo. Su rodilla sangraba abundantemente y ella emitió un gemido de dolor cuando se pudo de pie por completo.

-Sólo un poco más.

Tiró de ella de nuevo, pero no tardó demasiado en volver a caer. Una lágrima de frustración y dolor resbaló por su mejilla. Él dejó de insistir y se agachó junto a ella.

-No importa, Nube. Si no oponemos resistencia no pasará nada.

-¡No! A ti te matarán si te cogen. Márchate.

Los pasos cada vez se acercaban más. Pero ella no podía levantarse y él no estaba dispuesto a irse.

El polvo que les ensuciaba la ropa y la cara se colaba en sus pulmones dolorosamente. El sol quemaba la piel de ambos. Él aferró las manos de ella con fuerza, pero Nube se deshizo de su caricia.

-Por favor, Heron, vete. No te necesito aquí, te necesito vivo, alejado de mi. Sé que vendrás a por mi. Por favor, yo no podría seguir si supiera que estás muerto. Eres lo único que me queda.

Fue a protestar pero ella le puso un dedo en los labios.
-Márchate, te lo suplico.

La maleza de alrededor ya comenzaba a agitarse. Las hoces se alzaban cerca dispuestas a caer sobre sus cabezas.

-No puedo... ¿Cómo te encontraré luego? Ellos no me dejarán llegar hasta a ti. No puedo.

De nuevo hizo otro intento desesperado por cargar con ella en brazos. Pero Nube se removía agitada.

-Basta Heron, ya es demasiado tarde. Nos alcanzarían a los dos. Prométeme que volverás a por mi y yo te creeré. No sufriré entonces porque sé que volverás a por mi. No me harán daño, no les dejaré.

-Pero, Nube...

-Prométemelo.

La sangre goteó mojando el suelo. La grava del campo se clavaba en la rodilla de ella. Hacía calor, mucho calor para aquella época del año. Si aumentaba, todo el campo de trigo ardería, si permanecían allí cuando eso sucediera, morirían.

Heron afirmó con la cabeza y besó la frente de Nube. Se puso en pie y echó un vistazo por encima del trigo. Sus perseguidores también le vieron.

-Volveré a por ti. Te lo juro.

Con un ultimo vistazo a la muchacha, Heron se dio la vuelta y comenzó de nuevo su carrera, sólo.

Los hombres dieron con Nube a los pocos segundos. Uno de ellos alzó la hoz con la intención de acabar con su vida. Pero otro le detuvo. Juró al viento que le atraparían y le matarían porque sabían que él volvería a por ella.




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Ella sólo tenía doce años cuando Tirael le trajo al castillo ignorando sus suplicas. Siempre comportándose como si fuera un padre, siempre siendo el único impedimento. Allí estarás bien Se acabó correr en el bosque Ya eres mayor, se deben acabar los juegos de niños Aquí no estarás mal Harás amigos, ya lo verás decía, pero ella no estaba tan segura de eso. Todos allí no eran niños normales, no como los que había conocido.
Allí todos los niños eran ángeles. Todos tenían dos alas grandes y blancas que dejaban plumas por doquier, todos tenían una expresión de profunda sabiduría, todos le miraban con lástima. Y ella no sabía descifrar el porqué ¿Era porque era humana? ¿Era porque estaba sola entre todos ellos? ¿Era porque no encontraba con quien jugar?

Los años siguientes le fueron dando una respuesta. Poco a poco fue descubriendo las miradas de los niños, poco a poco fue aprendiendo cosas de los ángeles. Descubrió que cada uno de los niños que conoció murieron porque no podían aguantar el peso de lo eterno, descubrió que muy pocos llegaban a ser adultos, descubrió que su mirada de lástima desaparecía junto a sus cuerpos No querían jugar porque temían coger cariño a una vida que acabaría demasiado pronto o que en caso de sobrevivir odiarían por prolongarse inexorablemente.

No sabía de donde venían esos niños que no querían pasear con ella, no sabía que habían sido antes, de quienes eran hijos y ellos nunca le respondían. No podían porque también lo desconocía. ¿Y que importaba? Si desaparecían jóvenes ya no se preocuparían de ello. Si vivían se olvidarían con el paso del tiempo.

Ella creció sabiendo que cada vez que uno se iba para siempre los ángeles adultos no lloraban, ni gritaban de dolor. Aprendió que ya no podían hacerlo más. Se habían acabado sus lágrimas y su sufrimiento porque todo se había ido de su lado en el momento en el que se hicieron ángeles, que el tiempo se lo había robado. Y se preguntaba si llorarían cuando ella se marchara.

Pero ni aún siendo niña se rindió ante esto. Luchó para intentar ser una humana entre todos ellos, para darles un motivo a los pequeños para jugar. Y poco a poco lo consiguió. Empujaba a los seres divinos a reír con ella, a correr con ella y a saltar con ella aprovechando el tiempo que tenían. Luchó por seguir siendo humana y luchó por ser ángel cuando uno se iba. Sin embargo siempre era en vano. Lloraba de pena cada vez que uno se marchaba dejándola sola, gritaba al viento la crueldad de la vida y se martirizaba por no poder hacer nada ante ello.

Poco a poco fue creciendo y asumiendo la perdida de los que fueron sus amigos. Pronto los niños ángeles fueron desapareciendo, su raza se extinguía lentamente. Ninguno se convirtió en ángel, ninguno volvió a reír con ella. Y ella paulatinamente dejó de hacerlo. Se contagió de la seriedad y la sabiduría de sus cuidadores. Se dejó envolver por la blancura de todos y cada uno de ellos y aprendió a conocer sus virtudes y sus defectos. Acompañó a muchos cuando quisieron llorar ocultos de sus compañeros o cuando se reían tapándose los labios.

Creció en aquel castillo haciéndose cada vez más invencible ante ellos, formándose como una criatura divina como ellos. Llegando a ser Namae de Octusia, la única habitante humana de la octava y última ciudad de los ángeles.







III



-Tú fama te precede.

Namae no contestó, se limitó a sonreír inocentemente al hombre que le hablaba.

-¿Qué tipo de fama?- preguntó consciente de a que se refería.

-La fama, niña, la fama. - Contestó el hombre tras su escritorio- Dicen que eres grande, que haces cosas inimaginables. Que solucionas todo lo que te propones.

-Ojalá... - contestó ella mirando al aire.

El hombre bufó y se puso en pie. Moviendo los hombros constantemente. En aquel lugar hacía un calor abrasante. Había varias bolsas de agua colgadas del dintel de la puerta completamente abierta por donde se colaban las moscas que iban a posarse a los hombros del hombre.

-Ven. Te enseñaré cual es tú trabajo.

Namae suspiró y se puso en pie. Aquel tipo no era de esas personas que pudieran proporcionarle el tipo de trabajo que ella solía hacer. La condujo escaleras abajo hasta unos calabozos mugrientos. Tras unos barrotes gruesos se encontraba una muchacha de tez morena y joven con aspecto de estar allí antes de que ellos llegaran. Su rodilla sangraba profusamente y no parecía que nadie la hubiese ayudado aún.

-Esta es la novia de una de esas ratas que siempre nos asaltan los cultivos. Estamos hartos de que nos roben. Les da lo mismo, trigo, hortalizas, oro, caballos... Todo lo que puedan vender en las ferias ambulantes de los pueblos. Bastante tenemos con no poder abastecernos nosotros durante el invierno como para compartirlo con ellos. Mira, ese cerdo es el jefe de todos y esta de aquí no está dispuesta a colaborar. Lo que quiero que hagas es lo siguiente: interrógala, no me importa como, descubre el paradero de los suyos, tráeme aquí al jefe y a todos los que puedas, mi comida y mis caballos. Lo último que me robaron, uvas.

-¿Y nuestro dinero? - Preguntó.

El hombre levantó una ceja extrañado y luego se puso serio.

-Haz lo que te digo y luego hablaremos de tú dinero -corrigió

Namae afirmó con la cabeza, miró al aire en busca de una respuesta y cuando el hombre se marchó sonrió.

-A mi no se me ocurre nada mejor... - murmuró- Pero es posible que él sea... Sí, es bastante posible. ¿No crees?

Silencio.

Los calabozos estaban completamente vacíos a excepción de ellos. No había guardas ni nada que pudiera vigilar a los reos.

Miró largamente a la presa que se revolvía nerviosa.
Namae buscó la manera de abrir la verja y encontró las llaves colgadas de un gacho de la pared.

La puerta se abrió y ella entró conforme la muchacha se encogía sobre sí misma para apartarse de Namae. Arrancó un jirón de tela de la capa negra que llevaba colgada de un brazo y envolvió con ella la pierna herida.

-¿Cómo te llamas? - Preguntó Namae sentándose a su lado. Ella no se movió, sólo miró su rodilla y pareció tranquilizarse un poco.

-Nube.

-Yo soy Namae, Nube. Supongo que has escuchado lo que hemos venido a hacer aquí ¿No?

Nube se fijó un largo rato en Namae, extrañada, y luego se movió un poco para intentar mirar al piso superior.

-Generalmente solemos causar un efecto semejante. - Sonrió- Pero créeme ahí no vas a encontrar ninguna respuesta. Mira Nube, no me andaré con rodeos. Dime dónde están tus amigos y todo acabará aquí.

Sus palabras eran suaves pero su tono delataba cierto hastío referente a la situación.

-No te diré nada así que vete. Por mucho que lo intentes jamás me sonsacarás cual es su paradero. Prefiero morir antes de delatar a los míos, de traicionarlos. - Se puso en pie- Aunque me abrasen, aunque me atraviesen - se señaló la rodilla- Aunque me dejen encerrada aquí para siempre nunca diré nada. Ellos son mi familia y mi lealtad es más importante que mi propia vida. Así que vete, jamás diré nada.

-Enternecedor.

Namae sonrió ante el comentario de una voz grave y potente que sonó en la sala. Su origen procedía de algún lugar cercano a Namae, pero Nube era incapaz de ver la fuente. La muchacha abrió mucho los ojos y no dijo nada más. Sólo se sentó y retrocedió más si podía.

-Por favor, Nube. Aunque estemos en dos puntos de vista diferentes, créeme, este lugar me gusta tan poco como a ti. Me gustaría acabar tan pronto como sea posible, para ti también acabará si me ayudas. No tengo porque hacerte daño.

-Jamás - Musitó mirando a la nada.

-Está bien. Como quieras.

Namae sacó la daga vieja y desgastada que llevaba en el cinturón y se la acercó a un hombro amenazantemente. Nube se encogió y cerró los ojos con fuerza pero luego los abrió despacio. Namae sostenía en la punta de la daga una pequeña semilla de trigo que examinaba cuidadosamente.

-No creo que las uvas se planten cerca del trigo... Creo que es un buen lugar para empezar a buscar ¿No crees?
Namae salió de la sala y cerró la puerta justo cuando la muchacha se lanzaba contra la puerta para detenerla. Pero no lo logró. Namae colgó las llaves de nuevo en el gancho de la pared y luego miró a la muchacha con compasión.

-Esto acabará lo más rápido posible, te lo prometo - Le aseguró.

Nube observó como la muchacha subía de nuevo por las escaleras.



Caminaban por una vía que salía del pueblo dirección sur. Era uno de los lugares más áridos que Namae había conocido. El calor agotaba sus pasos haciendo que arrastrara el polvo cubriendo sus zapatos. No había silencio, millones de cigarras cantaban al sol quejándose. El campo de trigo se extendía hasta donde alcanzaba su vista. Su colores estaban asociados todos con la temperatura que hacía y no parecía hubiera ningún campamento ni ninguna casa cerca.

-Últimamente estás más callado que de costumbre. - dijo Namae bebiendo de una botella donde sólo quedaba agua caliente.

-¿Habrías sido capaz de atacarla? - preguntó la voz.

Namae sonrió y cerró los ojos.

-Sabes que soy incapaz de hacer daño a nadie... pero si no me hubieran dado otra opción...

Levantó las cejas y pronunció aún más su sonrisa.

-Ya veo... - Ella supo, porque conocía muy bien a su voz, que este también sonreía. - Nam ¿Estas bien?

Ella se puso algo más seria. Pero afirmó con la cabeza.

-Sí, estoy bien. No te preocupes.

-Ayer te agitabas en sueños.

Ella se detuvo.

-¿Me observas mientras duermo?-exclamó.

-Sí.

Retomó la marcha de nuevo sin dejar de mirar el lugar de donde procedía la voz.

-Ahora comprendo porque siempre sueño que me observan... - Sonrió- No pasa nada, de verdad. Sólo fue una pesadilla. Recordé algunas cosas, nada más. - En su pecho lucía una pluma negra sostenida alrededor de su cuello con un colgante de cuero rojo, comenzó a brillar cuando ella lo acarició.

Sólo hubo silencio.

-Pero no debemos preocuparnos de eso ahora ¿No crees? Debemos atravesar este campo sin morir deshidratados en el intento... ¿Quieres agua?.

De nuevo silencio. Namae suspiró. La voz a su lado también lo hizo.

-No, no pienso beber nada a esa temperatura.

Namae sonrió de nuevo y aumentó el ritmo de sus pasos. No tardaron más de una hora en atravesar el cultivo. Al hacerlo, se abría otra llanura tan extensa como la anterior. Pero de un color verde intenso.

-No creo que continuar sea la opción correcta. ¿Sería posible que el campo de trigo fuera un lugar de paso?

-Por la forma en la que se a tirado contra la puerta no lo creo. Debe de estar por aquí.

-Eso pensaba. Hagamos una cosa, examina tú la zona del sur y yo la del norte y si encontramos algo nos avisamos.

No contestaron así que Namae dio por su puesto que le parecía bien. Se alejó de la zona en la que se encontraban dirección norte, hasta que dejó de sentir la presencia a su lado. Aquellos momentos solían producir en ella una soledad lejana, que pese a todo creía haber olvidado, nunca se daba cuenta de que constantemente sentía la voz a su lado, hasta que se separaba de ella entonces era horrible.

Avanzó con paso ligero, de vez en cuando miraba a su espada en busca de su acompañante. Lo hacía por instinto ya que sabía de antemano que jamás vería nada. La capa le molestaba y se la cargó a un hombro. Fue ese gesto, o quizá el mirar hacia los lados en busca de algo que pudiera servir de referencia, lo que hizo que no viera un agujero en el suelo del diámetro de un pozo y cayera por él.



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-No lo comprendo, Tirael. ¿Por qué funciona así? Vosotros cuidáis de la gente, os aseguráis de que el mundo está bien. ¿Para qué la ceremonia entonces? Hay muchos ángeles en el mundo, en las otras ciudades. ¿Ellos no cuidan de la gente?

-El portador de la daga no es una persona cualquiera, pequeña, y no se puede enfrentar a cualquiera. Los humanos están protegidos por los ángeles y los ángeles no necesitan protección, ¿Pero quien cuida a los humanos de los ángeles? El portador de la daga sólo se enfrenta a los ángeles.

-¿Y cómo es la ceremonia? ¿Quién elige quien debe llevar la daga?.

-La daga, pequeña. No sabemos que es lo que la daga busca, sólo que elige a la persona correcta. ¿Lo entiendes ahora?

Namae esbozó una sonrisa y saltó de la mesa donde estaba subida.

-¿No soy ya algo mayor para que me llames pequeña?

El ángel sonrió y se apoyó en su callado acompañándola a la puerta.

-Por mucho que crezcas, para mi serás siempre mi pequeña. ¿Te gustan los pendientes que te regalé?

-Me encantan, Tirael - Apartó su melena negra y le enseñó dos pendientes grandes con forma de media luna. - Bueno, me marcho. Aún tengo cosas que hacer.

Él afirmó con la cabeza y la dejó salir. La muchacha comenzó su trote por los pasillos del castillo. Saludaba a cada persona que se encontraba por su nombre y una sonrisa a la vez que apuntaba cada recado que ellos le daban. Todos estaban muy ajetreados, pronto sería la ceremonia que apuntaría al ángel que llevaría la daga. Si era bueno, comenzaría una era de paz, sino comenzaría una guerra santa entre los seres más poderosos.

-Dicen que será un varón - escucho decir a un ángel hembra cuando hablaba con otro cerca de las ventanas del piso superior.

-Pues yo creo que será una mujer.

Namae pasó de largo. Siguió subiendo las escaleras y encontrándose con la gente. A media mañana su libreta ya estaba totalmente escrita. Sus recados eran sencillos. Traer comida y bebida para todos. Quizá intentara convencer a algún ángel para que le ayudara a decorar los pasillos aunque suponía desde un principio que no lo lograría.

-¿Vendrán ángeles de las otras ciudades? ¿Vendrán los que habitan entre los humanos?.

La pareja del piso de abajo todavía seguía allí cuando Namae pasó de nuevo con sus cosas.

-Oye Namae. Tu viviste entre humanos y bajas a menudo a su mundo. ¿Cómo son? - le preguntaron cuando pasó junto a ellos.

-Como vosotros pero sin alas - dijo sonriendo- Como yo. En ocasiones más violentos en otras más felices, a veces más apasionados y otras aburridos. ¿Algo más? Tengo que llevar esto a la sala.

Negaron con la cabeza y así ella pudo continuar su camino. Atravesó pasillos completamente vacíos. El lugar donde se encontraba no solía ser frecuentado por nadie. Era un salón enorme con grandes ventanales que daban a las laderas de alrededor de una ciudad que flotaba en el cielo.

Dejó las cosas encima de la mesa y se acercó hasta ella. Allí no había nadie nunca. Aquella almena siempre estaba vacía. No había nada importante, sólo un gran círculo rojo en la terraza. Nunca se le había ocurrido preguntarle a Tirael para que servía ni el por qué de que nunca hubiera nadie allí y dudaba que él contestara.

Lo miró largo tiempo, absorta. Sin duda aquel era un lugar fascinante, tan solitario y tan mágico. Era perfecto.

Un pájaro blanco se coló por una de las ventanas abiertas del comedor y comenzó a dar vueltas frenético.
Ella lo persiguió durante unos instantes intentando sacarlo fuera para que no se hiciera daño, las cosas se cayeron de la mesa pero al final logró alcanzarlo.

-Espera.

El susurro que escuchó no llegó a sobresaltarle pero le causó una honda impresión. Era profundo, grave como la tierra, retumbó en sus oídos y se escondió en su corazón, para siempre.

Por primera vez vio a alguien allí, alguien a quien nunca había visto. Podría haber dicho en ese mismo instante que era un ángel, pero por primera vez dudó. Nunca, ni en las ciudades, ni abajo, en la tierra había visto a un ángel semejante. A ninguno a quien no pudiera asociar la blancura de sus alas con la pureza de sus actos. Jamás había visto a un ángel con las alas negras.

Recogió lo que había en el suelo y lo puso sobre la mesa. Ella no pudo agradecérselo, había olvidado su propia voz. Él salió fuera entonces, rápido, arrepentido. Ella lo contempló en el exterior.

Estaba allí y no estaba, las sombras bailaban con el viento y lo abrazaban en una eterna caricia, bañándose en el bosque de su mirada.

Sintió con ella un segundo, una eternidad, una vida entera en la que sus ojos se cruzaron.

Namae, tiempo después, sólo supo que se llamaba Ozel.







Namae se levantó dolorida y miró hacia arriba buscando el lugar por donde había caído. Casi no podía verlo.

-Lo sorprendente es que no me haya matado - Esperó la respuesta grave de la voz. Luego recordó que se habían separado.

Se limpió el polvo como pudo y analizó el lugar en el que se encontraba. Era un pozo, o al menos lo había sido. El lugar por el que había caído tenía las paredes lisas y no podría subir de nuevo. Pero no era problema, al otro lado había un único camino por donde había corrido el agua antes.

Namae siguió esa ultima opción. Caminó intentando hacer el mínimo ruido posible, aquel lugar parecía ser el escondrijo del que le habían hablado y por las palabras de Nube, allí abajo debería haber más de una persona.
Tardó bastante en encontrarlas. Era un grupo de unas diez personas que hablaban en silencio en una lengua que ella era incapaz de entender. Se escondió detrás de una piedra grande y esperó. Palpó también su cinturón en busca de la daga y con horror descubrió que se le debía haber caído con el golpe.

Estaban formados de círculo. En el centro había un muchacho que suplicaba a alguien de mayor edad y tamaño. El otro negaba con la cabeza. Todos ellos llevaban armas, rudimentarias y de campo más destinadas a la cosecha que al ataque, pero peligrosas al fin y al cabo. Namae se encogió más en su pequeño escondrijo. Su daga no podía compararse a las guadañas de diez hombres.

El chico se puso de rodillas y golpeó el suelo con los puños. Cerca de los pies del otro. Este último no toleró tal muestra de decepción y le pateó con la misma fuerza. luego negó con la cabeza y refunfuñó gravemente.
Se dieron la vuelta dejándolo allí sólo. Recordó un círculo semejante en su vida y pensó en la daga con malestar, tenía encontrarla como fuera, era su segunda posesión más importante, ellos no debían encontrarla.

No pudo pensar demasiado en cómo iba a hacerlo porque cayó en la cuenta que para llegar a la salida sólo había un camino disponible. En el que estaba ella.

Se encogió todo lo que pudo deseando que pasaran de largo sin percatarse de su presencia cosa que podría lograr difícilmente gracias a la piedra. Pasó el primero, el segundo, el tercero mirando ligeramente, el cuarto se detuvo cerca pero pasó el quinto sin notarla, el sexto empujó al quinto con una risa animal, el séptimo golpeó al anterior para castigarlo y el octavo regañó de lejos. El noveno ignoró la piedra por completo y el décimo lanzó una última mirada atrás. Después se perdieron en la primera esquina.

Namae suspiró aliviada y salió de su escondite andando unos pasos. Pero enseguida pensó que había sido el error más grande de su vida. Había olvidado al chico.
Este la miró detenidamente. Era fácil saber que ella no pertenecía a su grupo, por su piel y por su cara de sorpresa. Namae evaluó las posibilidades, si corría por el pasillo se encontraría a diez hombres que le doblaban en tamaño, si iba en dirección al muchacho, el camino se abría y entraban en una especie de pueblo subterráneo iluminado sólo por antorchas. Con callejuelas y recovecos. Él no estaba en medio del pasillo, podía evitarlo, correr y con suerte resultar más veloz que él.
Decidió intentarlo.

Salió corriendo y evitó al chico aprovechando que este le miraba sroprendido. Pero pronto recobró la compostura y decidió que era su enemiga.
Namae, se percató entonces de que ella no conocía el pueblo tanto como él y no parecía ser posible esconderse en recovecos. Podría rodearlo, sí, y volver por el camino, quizá los hombres ya se hubieran ido. Pero eso le llevaría un tiempo del que no disponía. Afortunadamente resultó que, efectivamente, ella era más rápida que él, más ágil y que como estaba acostumbrada a situaciones semejantes sabía moverse para prevenir sus ataques. Todos esos factores provocaron que lograra perderse de vista.

Se internó dentro de una casa vacía. No sabía si había habitantes en ese pueblo, pero a excepción de aquellos hombres y el chico parecía completamente vacío. Todas las casas estaban abandonadas y medio derruidas, no había mucha luz y todo era de madera. En algún momento había sido una mina y luego un pueblo. O al revés, no supo decidirse.

Escuchó unos pasos cercanos y saltó de la caja donde se había sentado poniéndose totalmente en tensión. Se acercó agachada a una ventana e intentó afinar el oído tanto como fuera posible. Una rata se coló en la casa y ella se relajó un instante, el momento en el que chico la descubrió.

Entró en la casa dispuesto a atacarla pero ella se defendió con fiereza. Era imposible inmovilizarla, se revolvía, pataleaba, saltaba y le golpeaba con una fuerza que no parecía tener. Él era físicamente más grande y poco a poco bloqueaba sus miembros para que dejaran de atacarle pero era realmente difícil sujetarla, se agitaba como un gato y se escapaba siempre.

-No podréis hacernos más daño - musitó él, jadeando. El chico pronto descubrió que la única manera posible de detenerla antes de que le hiciera más daño era agarrarla por el cuello, donde había una pluma negra que brillaba. No llegó a hacerlo. No supo de donde ni como, pero en su garganta estaba posado el filo de una espada. Soltó acobardado a la muchacha y retrocedió pero la espada no se alejaba de él.

Namae retomó el aliento y sonrió, aliviada, sabía que había sido a él a quien había oído. Se fijó que por el pecho del muchacho corría ya un pequeño reguero de sangre.

-Ya está Oz, estoy bien. Déjale.

La espada no se separó de inmediato. Pero cuando lo hizo el chico no se movió de donde estaba.

-¡Has encontrado la daga, y mi capa! - Exclamó Namae ignorando al muchacho y corriendo a la ventana donde estaban apoyadas.

El chico fue a decir algo avanzando un paso pero la espada volvió a alzarse.

-No te muevas.

El chico retrocedió de tal manera que llegó a hacerse daño contra la pared. La casa vibró por el golpe pero la espada no descendió.

-¿Daño? ¿Cómo te iba a hacer daño si estaba huyendo de ti? - Preguntó Namae al chico respecto a la pregunta que él le había hecho antes. Tras colocarse la daga alrededor de la cintura y la capa sobre los hombros.

Él estaba mirando al aire tal y como había hecho Nube y luego se fijó en ella que parecía ya tranquila ante la situación.

-¿No eres uno de los suyos? - preguntó cauto.

-¿De quienes? - contestó Namae.

-De... - miró la espada, pero ella no dio la orden de que descendiera y la espada no bajó.- De los policías del pueblo, de los que manda el alcalde para matarnos.

-En ese caso, sí - él hizo amago de liberarse para acercarse a Namae pero la espada apretó un poco más- Pero respecto a lo ultimo, lo de mataros no han sido las ordenes que nos han dado. Créeme.

-¿Entonces porque estás aquí... o estáis? - Preguntó algo más relajado y dudando.

-Estamos - Namae sonrió- Déjalo, parece buen tipo.
La espada bajó y desapareció. Para el chico ahora no había nadie más.

-Gracias... Oz - musitó. Y Namae se rió ligeramente. Sólo ella le invocaba.

-Hemos venido porque el alcalde nos ha pedido que encontráramos vuestro escondrijo y os lleváramos hasta él. Junto a todo lo que habéis robado. Pero nadie nos ha hablado de tener que matar a nadie. Explícate.
Namae se sentó en una caja vacía y el muchacho dudó de si moverse o no. La actitud despreocupada de la chica parecía desconcertarle. Y la espada ya no estaba en ningún lado.

-El alcalde del pueblo quiere matarnos. A todos nosotros y...

-Espera un momento. Antes de nada ¿Quiénes sois? El alcalde no nos dijo nada de a quien debíamos llevar. Sólo que sois unos ladrones.

Parecía que el muchacho estaba apunto de preguntar lo mismo, pero de pronto recordó a la espada y decidió no insistir.

-Mi nombre es Heron y pertenezco al clan subterráneo...

-Evidentemente.

-...Y no somos ladrones - prosiguió mirando a Namae que le indicaba con un gesto que continuara- Bueno, sí, sí que lo somos. Pero sólo porque necesitamos comer. El asqueroso del alcalde se quedó con nuestras tierras hará cosa de un año. Nos echó sin más alegando que como alcalde esas tierras le pertenecían. Nos repudió, nos expulsó de nuestras casas y nos obligó a vivir en los pozos de los campos para no morir de calor... Asesinó a muchas de nuestras familias, nos arrebató todo. No tenemos ningún lugar donde ir, no podemos mudarnos a otros pueblos porque no nos aceptarían además no estamos dispuestos a abandonar nuestros hogares sólo porque un estúpido nos lo diga. Pero aquí abajo es muy difícil conseguir alimento y de vez en cuando necesitamos salir y coger algunas cosas... El problema al parecer es que él no está dispuesto a compartir nuestras cosas con nosotros...

-¿Y esos hombres que estaban contigo antes?

Heron pareció humillado ante el comentario pero no dijo nada y prosiguió.

-Eran los jefes del clan. Han iniciado una nueva partida debido al fracaso de la anterior. Esta vez están más preparados como has visto.

-¿Qué falló en la anterior?

Heron bajó la mirada y apretó los puños.

-Nube... y yo fuimos elegidos para hacer una partida a la despensa personal del alcalde. Antes esa casa era de Nube y por eso conocía todos los lugares. Ya habíamos ido un par de veces por eso estaban preparados.

-¿Esa herida que tiene se la hicieron ellos?

-¿Habéis visto a Nube? - exclamó- ¿Cómo está? Tengo que ir a por ella...

-Salvo esa herida, bien- Namae preguntó despreocupada;- ¿Tú eres el jefe del clan?.

Heron agachó la cabeza de nuevo y luego se encogió de hombros.

-No. Nube es mi hermana... nos llevamos bien, demasiado bien dicen. Pero no vivíamos juntos

-Ya veo.

La risa siniestra recorrió la habitación y el muchacho miró alrededor con ira.

-¿De que te ríes?

-Eres bastante inocente.

-¿Qué?.

-En eso tiene razón- dijo Namae intentando apaciguar al muchacho- ¿Qué te ha hecho pensar que no te delataremos?
El chico bajó la mirada por tercera vez y se puso a balbucear y a mover las manos nervioso.

-Tú... tú... parecías tan...

-Sólo era una broma, tranquilo- Contestó poniéndose en pie- Te ayudaremos, tenemos más motivos para colaborar contigo que con el alcalde... además ni siquiera nos ha pagado aún... y dudo mucho que llegara a hacerlo... Mi nombre es Namae- Heron no reaccionó ante el nombre- Y él es Ozel..

-¿Ozel? Eres... eres... ¿Un ángel?

-Lo era.



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Tirael estuvo varios días reprochándole que no le hubiera contado nada. Cuando Namae confesó que en una de las almenas había visto un ángel con las alas negras él exclamó con esa infinita calma suya que debería haberse presentado en su despacho hacía horas, quizá días y entonces la mando a ella a buscarlo. Namae fue incapaz de encontrarlo, hasta que abatida volvió a su habitación junto a la de Tirael y para su sorpresa él esperaba en la puerta. No dijo nada, solo obedeció a la muchacha y entró a hablar con el ángel blanco.

El día de la ceremonia de la daga se acercaba y aunque el viejo ángel se preocupaba de no mostrar ansiedad era evidente que tanto él, como cada ángel estaban expectantes. Ella seguía haciendo los mismos recados, el problema es que estos habían aumentado de número considerablemente.

Lo cierto era que varios ángeles se habían ofrecido a ayudarla, aunque a menudo resultaban un incordio. No sabían muy bien cómo hacer las cosas o tenían miedo de bajar a la tierra. Pronto la octava ciudad fue aumentando de número. Llegaban montones de ángeles de todos los lugares y los residentes de allí se alejaban del lado de Namae para acudir a recibirlos. Vinieron de todos lados para ver la ceremonia, pero ninguno, tal y como ella había esperado tenía las alas negras. Él único que había de ese color era el único que no se había marchado de su lado cuando vinieron los demás. No sabía si había sido por alguna de las palabras de Tirael, o simplemente que despertaba su curiosidad como la que él despertaba en ella, pero desde el momento en el que ella había salido de su habitación él le había seguido y ayudado en todo lo que hacía.

-Oye... ¿De dónde eres, ángel negro? - le preguntó una vez mirándole a los ojos- Nunca he conocido a los ángeles de otras ciudades. Sólo a los de aquí y a los que están en tierra. Y nunca había encontrado ninguno tan... raro. - sonrió- Con las alas negras y que no hablara. Puedes indicármelo con gestos si lo prefieres.

De repente, se sumó a la lista de rarezas del ángel la virtud de reír sin preocuparse por los demás. Sin esconder su risa potente y siniestra. Los ángeles que pasaban lo miraron con severidad pero él ignoró a todos y a cada uno de ellos. Sólo miraba a la muchacha a los ojos.

Entonces le dijo su nombre.

Durante varios días Ozel fue su única compañía. No parecía importarle lo más mínimo que iba a pasar al día siguiente, ni tampoco parecía importarle demasiado la opinión de los otros respecto a ello. Cada vez que se encontraban a alguien él evitaba sus miradas con frecuencia y no contestaba a nadie nunca. Namae poco a poco se fue acostumbrado a su presencia, de tal manera que cuando él no estaba sentía su ausencia como algo innecesario. Se acostumbró a sus frases escuetas y a sus burlas mordaces. Se acostumbró a sus alas negras hasta el punto de necesitarlas a su lado. Se acostumbró a él hasta que comenzó de darse cuenta de que él no parecía dispuesto a separarse de ella. Supo que debía asustarse por ello pero no lo hizo nunca. Intentó ignorar aquello de todas las maneras pero siempre resultaba imposible. No se atrevió a contarle nada a Tirael. Era Ozel quien se había convertido ahora en su confidente. Resultaba fácil hablar con él cuando no decía nada y también cuando lo hacía.

Pero ella era una humana y él un ángel.




VII


Estaban sentados en una casa de madera con pocos muebles. Heron les había explicado que pronto se haría de noche, pero Namae era incapaz de notarlo. Habían decidido que irían al pueblo cuando el día cayera por completo. Con las luces ya apagadas no habría nadie que pudiera verlos entrar en las mazmorras y sacar a Nube.

Heron estaba en algún lugar de la casa, Namae en el salón mirándolo todo con vivo interés.

-¿Cómo sabías que estaba en esa casa?- Preguntó al tiempo.

-Porque vi como salías corriendo con el chico detrás. No es nada fácil atraparte cuando corres. Con esa herida en la pierna resulta sorprendente.

Ella se levantó el pantalón hasta el muslo y se tocó una cicatriz fina y rosada.

-He tenido tiempo de acostumbrarme a ella. Ya ni siquiera cojeo.

-No recuerdo que cojearas.

-No lo recuerdas porque siempre me ayudabas a caminar hasta que pude hacerlo por mi misma.

No contestaron, sólo se escuchó un suspiro.

-Me encantaría volver a hacerlo.

A Namae se le cortó la respiración por un segundo. Nunca le había escuchado decir nada semejante. Nada referente a su incorporeidad. Desde un principio siempre pareció aceptarlo aunque fuera porque sabía que no podía hacer nada por evitarlo.

Calló, no dijo nada más. La muchacha se retorcía por dentro. Lo siento pensó, pero se lo decía tantas veces, se lo susurraba ella misma tantas veces que sus palabras sonaban vacías. Podía lamentarlo eternamente, pero eso jamás cambiaría nada.

-Lo siento - dijo al cabo, no podía evitarlo. Siempre se lo diría.

-Recuerda siempre, Namae, que fui yo quien eligió.

-Por mí.

-Por los dos.

De nuevo el silencio que acompañaba a su presencia se apoderó de la estancia. Heron vino al poco. Sonriente. La idea de que le ayudaran a rescatar a Nube parecía animarle. Miró a Namae, que inusualmente estaba seria y algún punto en el aire que no se acercaba a donde podía estar la voz.

-¿Y bien? ¿Alguien va a contarme vuestra historia? - preguntó con entusiasmo.

-No. - contestó con un tono más violento de lo normal.

Namae sintió de nuevo la soledad profunda que indicaba que su sombra se había ido.

Heron se quedo en silencio, golpeteando la mesa uniformemente. La chica no miraba a ningún punto en concreto. A diferencia de otras veces que miraba al aire y siempre sabía lo que estaba viendo.

-¿Qué propones que hagamos luego? - Preguntó Namae después.

-Nuestro objetivo principal es Nube pero va a ser difícil sacarla. No debe haber mucha seguridad pero estoy seguro de que es lo que están esperando. Supongo que tendremos que ir con cuidado. Alguien debería entrar en la celda mientras los otros distraen al guarda.

-Él puede hacerlo. No podrá sacarla si no hay llaves pero al menos a él no le verán - sugirió en voz baja- No es un fantasma ni nada parecido - añadió al observar la expresión del muchacho- Él está ahí y a la vez no.
Simplemente no puede tocar nada que tenga relación conmigo. Si alguna vez me apuntará con esa espada suya, esta se deslizaría de su mano y no podría empuñarla nunca más.

-¿Y a la gente?.

-No. Ni humanos ni ángeles, aunque si puede hacer que yo pueda herir a estos últimos.

-¿Y porque ibas a querer herir a los ángeles?

-Porque es a lo que me dedico realmente.

Heron la miró de hito en hito, sin comprender. Namae simplemente calló. Estaba demasiado aturdida como para evaluar las consecuencias de su revelación. Una persona normal en condiciones normales le habría echado ya de su casa, gritado y tirado cualquier otra cosa. Ni si quiera se dio cuenta de que debería sorprenderle que el muchacho no lo hiciera.

-¿Entonces que habéis venido a hacer aquí? - preguntó al cabo- esto sólo es un pueblo, si lo que buscáis son ángeles, id a las ciudades del cielo.

A Namae le llamó especialmente aquel comentario de desprecio hacia los ángeles. Por norma, todos los lugares que ella había visitado tenían a los ángeles como las divinidades que eran. Los adoraban y depositaban en ellos todas sus esperanzas. Por ellos la gente daría la vida. Nadie sabía de donde venían ni cual era su meta. Sólo eran conscientes, tanto humanos como ángeles, de que ellos estaban allí desde el inicio de los tiempos y cuando estos acabaran desaparecerían ellos, sólo entonces. Por tanto habían sido los hombres quienes habían atribuido la bondad a los ángeles, quienes se habían librado del peso de cargar con su amargo final y habían dejado en manos de los seres divinos su corto futuro, porque ellos podían juzgarlo bien y actuar con bondad. Sólo los propios ángeles y la única humana que había vivido entre ellos sabía que esto no era así y que por eso se había creado la daga que portaba. Pero un humano normal, no debía saberlo.

-¿Qué sabes de las ciudades del cielo? - Preguntó Namae, intrigada.

-Que sólo hay cinco. Que allí se crean los ángeles y que desde allí nos velan. - de repente hizo un gesto que exclamó más aún a Namae- Pero también sé que nada de eso es cierto.

-¿¡Eres un Hereje!? - Namae rompió a reír, entre sorprendida y divertida. El muchacho se tapó un dedo con los labios y la ordenó silencio- Increíble... cuando empezaba a creer que eras un cobarde... O eres muy necio al afirmar eso a una desconocida o demasiado valiente.

-No creo que caiga en un error demasiado grande al confiarte esto. Debido a las compañías que frecuentas.

El chico saltó de su silla, era evidente que sólo esperaba confiárselo a Namae. Y también que, por algún tipo de razón, las palabras de la muchacha o que había interpretado mal sus miradas, no había previsto que el ángel estaba allí.

-Parece que has vuelto - dijo Namae a lo que Heron suspiró aliviado- ¿Qué te parece el descubrimiento?.

Calló. La muchacha no creyó que estuviera enfadado pero normalmente era difícil definirlo. Por fortuna ella había aprendido a conocerlo.

-Y vosotros... ¿de que bando estáis?.

-Sí, decididamente. Eres inocente... - Namae sonrió al aire- Pero entre estar contra ellos, o con ellos. Decidiré que no quiero estar con ninguno de los dos.

El chico arrugó su frente y miró a la muchacha indefinidamente, durante un largo rato. No había tres bandos, era imposible. Sólo había dos tipos de creencias. La de aquellos que creían y asumían que el poder era de los ángeles porque sólo ellos podrían y sabrían usarlo para el bien. O aquellos que pensaban que no eran todo lo que parecía, que la corrupción se apoderaba de ellos como de los humanos. Estos últimos eran perseguidos.

-Pero...

-Olvídalo, Heron. De nosotros sólo debes saber que te ayudaremos esta noche. Nada más. Luego nos marcharemos y no tendrás que preocuparte por nosotros y nuestros ideales.

El chico pareció caer en la cuenta de algo. Algo relacionado con Namae y la pluma negra en la cual fijó su mirada pero no dijo nada respecto a eso. En su lugar sólo preguntó:

-¿Cuántas ciudades hay en el cielo?

-Ocho. Y el resto de cosas que te han dicho también son mentiras.

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El día de la ceremonia logró que le dejaran estar allí para verlo. No era un problema demasiado grande, ella entre todas las plumas blancas Era un espectáculo sobrecogedor. Cientos de ángeles se congregaban alrededor del círculo rojo. Algunos volaban sobre él. Otros estaban apoyados en la cornisas de las ventanas. Pudo ver desde lejos la mota negra que representaba Ozel cerca de Tirael, siempre bajo la mirada atenta de Tirael. Nunca supo porque estaba allí, nunca supo que relación tenía con Tirael y nunca supo porqué era él más aclamado de todos. Ni el que parecía más calmado. Él único que no esperaba adivinar a quien elegirían, él único que sabía que no sería él.

En el centro del circulo rojo descansaba la daga. Un objeto aparentemente sin importancia. Normal, fría, medio oxidada. Siempre fue así, fue creada especialmente por alquimistas en el pasado para dejar constancia de que todo era consumido por el paso del tiempo.

En cualquier momento empezaría, cuando la daga comenzara a vibrar y volara por encima de todos ellos tocando al elegido. Así se lo habían explicado y así sucedería. En cualquier momento se alzaría entre todos ellos el ángel que lograría que todo siguiera en paz, tanto en el cielo como en la tierra.

La daga vibró y voló por encima de sus cabezas como si estuviera colgada de un gran hilo invisible. Osciló sobre todos, escuchó las súplicas de muchos que estaban dispuestos a realizar la obra divina. Ella la siguió con los ojos cuando pasó por encima de Tirael y de Ozel y dejó de prestarle atención cuando se fijó que lo único que él miraba era a ella. Por el golpe en su corazón supo que algo malo pasaría por ello.

La daga por fin eligió y como un cuchillo abrasador se clavó en la pierna de Namae atravesándola por completo. Ella chilló y estuvo a punto de caer al suelo. El dolor era horrible y sus ojos se empañaron debido a la confusión y la sorpresa. La elegida sólo podía ser un ángel o al menos así había sido desde el principio de los tiempos. El dolor le impedía escuchar lo que decían los ángeles por eso no sabía si hablaban a voz en grito de la elección errónea de la daga o la confusión que les producía el observar que lo único que había impedido que Namae sufriera más y cayera al suelo habían sido los brazos de un ángel negro.








Era medianoche cuando atravesaron el campo de trigo. Las cigarras le habían cedido el canto a los grillos y el sol a la luna. Ahora el calor era más soportable.
No tardaron tanto en llegar al pueblo como creían. Heron los guiaba rápido y directo. No había gente en el pueblo, todos se encontraban en algún lugar no muy alejado de la plaza.

Podían deducirlo por los gritos de jubilo y ánimo. Heron les explicó por el camino que la partida de hombres que habían salido de su pueblo subterráneo habían decidido atacar el pueblo, al menos al alcalde en pos de sus derechos y esa era la decisión que habían tomado antes de querer rescatar a Nube. Por ello suponía que los gritos procedían de ellos. Eso a Heron no le importaba, les daba tiempo para ayudar a Nube y eso le parecía suficiente. Él y ella, había decidido Heron, se marcharían en cuanto la sacaran de allí.

Atravesaron el pueblo con el muchacho como guía en cuestión de minutos. Después se agazaparon junto a un muro. Cerca del calabozo.

Namae hizo un gesto con la cabeza y de nuevo la sensación de soledad acudió a su corazón.

En voz baja, Heron pregunto:

-¿Es de fiar? - Ella lo miró largo rato- No me fío de los ángeles y mucho menos de los que no puedo ver.

-Me fío más de él que de mi sombra.

Heron no captó el comentario.

-¿Por qué es sólo esencia? - preguntó de nuevo.
Namae se negó a contestar.

Al poco la chica se puso en pie.

-No está.

-¿Qué? - exclamó el muchacho pero la voz no repitió su declaración.

-Parece ser que nuestro ángel ha encontrado una oferta mejor que la nuestra - anunció Namae de repente- Sólo era cuestión de tiempo. Ahora, Heron, sabrás realmente quienes somos.

La muchacha salió corriendo entre las calles, dirección a la plaza.

Heron no entendía nada, pero la siguió de todos modos.
Una vez allí pudieron entender los gritos que habían estado oyendo. En el centro de la plaza se alzaba una plataforma donde, atada se encontraba Nube. A un lado se alzaba el alcalde con quien había hablado Namae pero ahora era un ángel, con las alas blancas y el pelo rubio platino. Al otro lado el hombre que había golpeado a Heron, jaleando a todo el grupo, armado, controlado bajo amenazas a todo un pueblo. El telón de fondo eran las llamas que salían de las ventanas de las casas, un pueblo que comenzaba a ser arrasado.

-¡¿Pero que!? - el chico fue a entrar a la plaza, pero Namae le detuvo.

-No creo que sea buena idea... ¿Se te ocurre porque ha pasado todo esto?.

-No... no lo sé. - se cubrió el rostro con las manos- Maldita sea... Nube está ahí... no podemos hacer nada... nada contra él. No debía haberla dejado ir, fui tan estúpido...

-¿Tú puedes hacer algo con esos tipos? - preguntó Namae.

-Lo suficiente para que alejes al ángel de la muchacha.

La espada brilló maliciosa en el aire.

Namae agarró a Heron de la mano y tiró de él hacia las sombras a la vez que sentía la separación de su sombra. Se agacharon junto a un muro. Esperando.

-Escucha Heron, voy a sacar al ángel de aquí. Habíamos venido hasta aquí a buscarle expresamente a él, es el único culpable de todo esto. En cuanto puedas llévate a Nube lejos de aquí.

-¿Quienes sois? - preguntó por última vez.

Namae le miró y pestañeó con inocencia. Quiso contestarle pero realmente no sabía como.

Salió corriendo en cuanto escuchó un grito desgarrador en la plaza.

Allí los hombres de Heron estaban siendo atacados por una fuerza invisible, demoledora, que los aniquilaba uno a uno sin que ellos pudieran hacer nada por evitarlo. Si sus heridas eran superficiales, de gravedad o si que cuando caían ya estaban muertos era algo que parecía difícil de ver.

Namae hizo caso omiso de todo aquello, o al menos lo intentó. La furia con la que atacaba su ángel era toda una expresión, difícil de ignorar. Apenas sin esfuerzo logró abrirse paso entre la multitud para llegar hasta el alcalde. Vio de lejos como Heron parecía paralizado al ver a la multitud que aterrada comenzaba a chilar y a intentar huir. Los hombres intentaban mantenerlos cerca pero al mero intento de agresión caían al suelo. Observó como muchos, al caer, encontraban un obstáculo en el aire que luego atravesaban sin más. También vio como no podían defenderse de la espada.


Cuando llegó hasta donde estaba el ángel intentando manejar a sus hombres en medio de todo el caos, Namae se irguió desafiante.

El ángel la miró de arriba abajo, en silencio. Olvidando el caos de su alrededor. Luego se detuvo en la daga y en la pluma negra.

-Supuse que tarde o temprano vendrías a buscarme - anunció tranquilo.

Namae no contestó, sólo sacó la daga del cinturón.

-Tú elegiste - dijo al fin la muchacha.

Él sonrió con una sonrisa vacía y cargada de desprecio. Miró a la plaza, donde cada vez había menos gente y señaló con vanidad.

-¿Y Él? ¿También eligió? Cometió el mayor pecado de todos y ¿Fue castigado? ¿Fue castigado como nosotros? No me parece justo, no me parece justo incluso tratándose de ti, humana.

-Su pecado fue mucho menor que el vuestro y recibió el castigo más grande. No hables de justicia. Matas, extorsionas y sigues creyendo que tienes derechos sobre ellos. No hables de justicia, tú no sabes que es eso.

-¿Y tú si? Humana, ¿Tú lo sabes? Eso no os corresponde a vosotros.

-Es posible. Pero es la daga la que señala, la daga creada por los ángeles. Son ellos los que te han juzgado. Son ellos los que van a encerrarte.

El ángel se limitó a mirarla con dureza y sin más huyó entre las calles del pueblo.


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Durante los días siguientes, Namae sintió un dolor mucho más grande que el físico. Se dio cuenta de la realidad de todo cuanto la rodeaba. Por fin, después de tantos años supo que las miradas de aquellos niños que jugaron con ella en el pasado no eran miradas de lástima por su futuro, eran lástima por el futuro de ella. Por la vida de una raza inferior, era desprecio, era pena, era la mirada de un ser superior respecto a la de ella. Namae lo supo en el momento en el que fue elegida, en el momento en el que fue despreciada por todos. Ahora todos los ángeles evitaban cruzarse con ella por los pasillos, si le hablaban era sólo para decirle que aquel objeto la mataría, para decirle que ella no podría soportar todo aquello, que era débil tal y como había demostrado su grito de dolor.

Ella intentaba ignorar todo aquello, pero en el momento en el que fue elegida empezó a sentir que ninguno de ellos era lo que aparentaba. Que su bondad y su blancura no eran más que una leyenda. Sintió porque había ángeles en la tierra, sintió su afán de destrucción y su corrupción. Y al igual que ellos comenzó a sentir lástima por los humanos, lástima por el error que al igual que ella cometían al confiar en los ángeles.

Tirael la miraba con la severidad de un padre defraudado pero a diferencia del resto no parecía únicamente preocupado por la elección de la daga, sino del hecho de que todos los ángeles se hubieran apartado de ella. Todos menos Ozel.

Cuando el dolor de la pierna se hacía insoportable él le ayudaba a levantarse, cuando sentía el desprecio de todos él sonreía y le alzaba de nuevo.

-¿Por qué haces todo esto, Oz? ¿Por qué te quedas conmigo pese a que todos se han ido? - Le preguntó una vez cerca del circulo rojo- ¿Por qué tú no me desprecias como el resto? Todos decían que ibas a ser tú, que ibas a ser el elegido. ¿No querías serlo?.

-No.

Era de noche. Estaban en el balcón de la almena donde aún estaba la sangre de Namae que nadie limpiaría. La muchacha se recostó en la piedra y miró al horizonte cargado de estrellas. Suspiró hondamente, con tristeza. A su lado, Ozel descansaba apoyado, junto a ella.

-Aún no me has contestado. - dijo Namae rozando su hombro de manera involuntaria.

Él no reaccionó de mala manera, pese a que aquello era lo peor que hubiera hecho en cualquier otra circunstancia. Nadie tocaba a aquellos seres divinos. Pero la realidad estaba ahí, ese ángel no era un ángel cualquiera, ese ángel era Ozel, su sombra, su amigo, su confidente y ella lo sentía tanto como él. Por ello él sólo la miró, con la cabeza gacha como solía hacer, con una dulzura que no podía evitar. Ella correspondió su mirada y en ese momento todo lo que le había preocupado desapareció dejando paso sólo a la ternura. Ozel hizo algo entonces que la muchacha recordaría siempre, la envolvió entre sus brazos y con sus plumas y apoyó la cabeza en su hombro.
Namae se paralizó hasta que sintió su corazón, cerca del suyo, tan cerca, como uno solo y se dejó envolver, tembló, lo besó lentamente, suspiró. Él sonreía.

-No sé porque hago todo esto - contestó- No sé nombrar que es lo que sentí aquella vez cuando te vi en este balcón. Ni cuando me acompañaste, ni cuando te seguí. Sólo sé que la diferencia entre entonces y ahora es muy grande. Antes ni si quiera te conocía, ahora quisiera estar contigo eternamente. No puedo despreciarte, no puedo odiarte ni considerarte inferior a todos nosotros, porque para mí tú eres mucho más grande.





No sabía cuanto tiempo había pasado desde aquella vez en el balcón, no recordaba un tiempo en el que Ozel no estuviera a su lado, había olvidado la tristeza.
Sin embargo ahora, como una pesada losa se dio cuenta de lo imposible, de lo que jamás considerarían ni aceptarían.
Ante ella, en el despacho donde había hablado con su padre, con su tutor, tantas otras veces, estaba la mirada de Tirael, unos ojos repletos de decepción, de dolor, confusos que no se dirigían a ella, sino a Ozel y ella podía saber el porqué.

-¡No puedes hacer eso Tirael! - gritó extasiado el ángel negro a su lado tras el veredicto de Tirael. Namae se sorprendió de su arrebato poco común. Pudo ver que le dolía, pudo ver que le dolía tanto como a ella.

-Sí, sí que puedo porque así debe ser - contestó tajante- No eres más que un traidor, siempre lo has sido, un asqueroso traidor.

-Tirael, por favor - suplicó la chica. Comprendía a Ozel. El otro ángel no tenía derecho a hacer lo que hacía. Ellos eran libres de decidir, sin embargo sabía que no podrían elegir.

-¡Basta, niña humana! No te entrometas en asuntos divinos.

-¡Mi vida no es un asunto divino! - gritó ella. De repente un calor corrió por su mejilla Sentir el golpe de un ángel no le sorprendió tanto como que viniese de Tirael. ¿Qué derecho se creía que tenía sobre ella? Ella lo sabía, él era su único impedimento.

No le dio tiempo a replicar que su orgullo iba antes de cualquier opinión que el ángel tuviera. En el fondo sabía que aquello aunque no lo olvidaría ni perdonaría sólo sería el dolor de una herida latente que haría mucho más sencilla la separación.

Sin embargo algo a su lado le dijo que jamás tendría esa decisión fácil. Su ángel, a su lado desenvainó su espada igual que dejó salir el único impulso por el que se arrepentiría eternamente.





Aquella noche ya no había estrellas y soplaba un viento suave que arrastraba el lamento. La llanura, desde aquel círculo rojo, preveía la tormenta.

-Vete, Ozel. Te lo pido por favor. Márchate. Ya es demasiado tarde para solucionar todo esto. No quiero que estés aquí mañana. No quiero engañarte, ni mentirte. No quiero decir que te desprecio, no quiero iniciar una farsa para incitarte a que te vayas. Por favor, hazme caso, obedéceme. Márchate esta noche. Nadie te verá, yo diré que te he obligado, diré que me has abandonado, diré que te odio. Es lo que quieren, me dejarán en paz, me olvidarán, te olvidaran. No te buscaré jamás, tú no vendrás a mi nunca porque ellos lo sabrían. Te olvidaré, me olvidarás. Moriré y seguirás siendo un ángel. Un ángel normal, un ángel vivo. Entonces volverás a su lado, serás el único con el corazón limpio porque aceptaste las diferencias. Y ellos te acogerán de nuevo porque sabrán que fue un error. Vete. Si alguna vez te encuentro en mis viajes sabré que estás vivo. No quiero que te condenen, no podéis morir, sólo desaparecer. No quiero que desaparezcas. No quiero mentirte, ni engañarte. No quiero estar sola, sólo quiero que estés a mi lado. Pero no será así. Nunca.

Ozel, como tantas otras veces no dijo nada. Sólo dejó que terminara y no la abrazó ni la besó, ni lo haría nunca más.

Se dio la vuelta despacio y se internó en la oscuridad sin rechistar, arrastrando las alas negras caídas sobre sus hombros sin derramar ni una pluma.

Namae observó en silencio como se alejaba por las escaleras. Sabiendo que le había mentido y engañado o al menos no le había dicho todo lo que quería decirle. No derramó ni una lagrima. Sólo suspiró eternamente.


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Heron corrió hasta Nube tan deprisa como pudo. Desató las cuerdas ayudándose de los dientes y dejó que la chica cayera en sus brazos, sofocada. La bajó de la tarima a duras penas y le ayudó a apoyarse junto a un muro.

El caos se había adueñado del pueblo. El fuego se extendía rápido. La gente no sabía muy bien qué hacer.
Unos corrían despavoridos, otros intentaban apagar las llamas de sus casas, unos terceros simplemente gritaban.
La muchacha se tocó las muñecas enrojecidas y se dejó examinar con el muchacho.

-Sabia que vendrías... - murmuró ella y Heron sonrió.
Escucharon como unos pasos se acercaba hasta ellos. El muchacho se puso rígido pero la sensación en su nuca de que estaban siendo observados hizo que se tranquilizara.

-Gracias - musitó Heron pero no le respondieron. Él no insistió, la espada manchada de sangre le intimidaba.

-¿Dónde está, Namae. - Nube se revolvió

-Dijo que iba a sacar al ángel de aquí para que pudiera acercarme a Nube. Luego él pareció asustado y salió corriendo. Namae salió corriendo detrás de él.

Los pasos rápidos y furiosos se escucharon de nuevo. La espada y la voz desaparecieron pero Heron no se sintió más tranquilo.



Namae corría tras el ángel, sabiendo que no debía alejarse tanto de la plaza. Ella tenía la daga, podía detenerle, pero sin su sombra resultaría mucho más complicado. Si el ángel no se entregaba, si decidía luchar ella tendría poco que hacer. Ella a él no podía tocarle si él no quería. Pero él a ella siempre.
Callejeó a toda velocidad, le daba la impresión de que estaba jugando con ella. En cualquier momento podía echar a volar pero no lo hacía ¿Hasta donde quería llevarla?
De repente torció a la izquierda, abrió las alas y subió a un tejado. Ella lo miró desde abajo. Buscó rápidamente con la mirada el lugar por el cual subir y lo siguió. Cada vez más arriba, un poco más, otro piso más, otra azotea. Demasiado alto, demasiado lejos, demasiado deprisa. Aquel ángel huía y ella sentía como jamás podría atraparlo.

Un ángel ya se le escapó una vez de las manos. Esta vez, no iba a permitirlo.

Se lanzó hasta el siguiente tejado y se desvió del camino del ángel. Rodeó las azoteas, engañó al ser divino retrocediendo. Le hizo creer que se había rendido. Pero ella no se rendía. Nunca.

Encontró al ángel que venía de frente y ella no pudo hacer nada para detenerlo, nada excepto sonreír. Su sonrisa ambigua, maliciosa y arrogante hizo que el ángel se detuviera.

-No me mires con orgullo. Los dos sabemos que es sólo fachada. ¿Un arma de los ángeles dices? Empuñada por quien, por un ser insignificante. Todos te conocemos Namae, todos los ángeles te conocemos. Y todos pensamos que eres la peor persona para llevar ese arma. Sólo los ángeles conocen tú nombre y saben quien eres. Y te tienen miedo porque tú no puedes juzgarnos como es debido, porque tú no eres como nosotros.

Namae dejó de sonreír y lo miró largamente.

-¿Por qué, Galael? - ella, también los conocía a ellos. A todos.- ¿Por qué éste odio? ¿Es porque nosotros, los humanos, sentimos? ¿O quizá porque lo admitimos?.

-Ningún ángel siente.

-¿Has olvidado que me crié con vosotros? No intentes engañarme ángel, no intentes engañarte. Admítelo, muchos lo hacen, muchos saben que es eso lo que os hace cercanos a nosotros.

-¿Qué lo admita, dices? ¿Qué lo admita como Él?

Namae lo miró a los ojos y negó con la cabeza. Nunca lograría nada de esa forma. Muchos ángeles a los que ella castigaba se defendían con argumentos semejantes. Todos ellos conocían su historia, la de ella y la de Ozel, todos creían que aquel era su lado débil.

-Aunque lo hicieras, eso no te salvaría. Ya nada pude salvarte.

Saltó intentando atravesarlo con la daga, dos veces. Pero era realmente difícil. El no poder tocarlo dificultaba mucho su alcance, una vez rozó su hombro izquierdo y lo atravesó, la segunda vez fue su pierna la que cortó el aire. Si la daga tocaba su corazón todo acabaría, pero sino se arriesgaba a que Galael la hiciera daño. Se arriesgó y él la hizo daño. Retorció su muñeca pero ella no gritó, se deshizo de él con una fuerza sobre humana y lo alejó casi de un empujón.

-Sinceramente, Namae, para ser un ser insignificante, debo admitir que eres un portento.

-La admiración es un sentimiento - contestó simplemente.
Se arriesgó una vez más, lo lograría, fuera como fuese. Esta vez logró desequilibrar al ángel alcanzándolo en un ala. Sonrió, al menos ya no volaría. Se equivocaba.
Lanzando un grito de rabia, Galael saltó del edificio dando tumbos en el aire. Namae lo siguió para poder clavarle la daga ahora que estaba más débil pero ambos se precipitaron al vacío.

La lucha continuó cuando lograron salir de los escombros, pero ya no era lo mismo. Él aún tenía fuerzas de sobra y Namae iba a desmayarse muy pronto. Al fin Galael la tiró sobre unas cajas.

-Insignificante. Eres insignificante ¿Ves?. Tú y todos tus estúpidos hermanos. Pero no temas humana, no te sientas culpable al ser una mancha. Pronto, todos seréis eliminados.

Namae, mareada, creyó no haber escuchado esas palabras. Ahora, lo único realmente importante era salvar aquel pueblo de las garras de la bestia. Con un último hálito lanzó un brazo al aire y agarró desgarrando lo único que llegó a alcanzar. Un ala. El ángel grito ¿Era dolor?.

-Ahora... tú... también sientes. El dolor... también es... un sentimiento.

El ala se quedó al lado de Namae. El ángel dijo unas palabras que Namae ya no podía escuchar.






Estaban en la salida de aquel pueblo de calor abrasante. Había pasado un día en el que Namae había despertado en la casa del alcalde. Estaba de mal humor, nada había salido como esperaban. No habían atrapado al ángel y se había pasado un día entero durmiendo debido a las heridas. El pueblo había despertado igual que ella, como de un sueño profundo y largo que les había hecho olvidar lo acontecido en esos días. El alcalde había desaparecido misteriosamente. El ayuntamiento había sido ocupado de nuevo por los anteriores inquilinos y todo lo demás parecía haber vuelto a la normalidad. Aunque ahora nada de eso importaba, estaba más ocupada intentando deshacerse de Heron.

-Venga, dejadnos acompañaros, seremos útiles ya lo veréis - rogaba una y otra vez el muchacho- No estorbaremos, lo juro, no diremos nada inadecuado, atenderemos a todo lo que pidáis.

-Entonces vendríais con nosotros en calidad de esclavos ¿No crees? No puedo permitirlo.

-Por favor, Namae... - ella negó- Intenta convencerla tú, Oz.

El ángel no contestó. Namae sabía que no le resultaba muy agradable que nadie depositara en él tanta confianza, tan pronto. Además, suponía que estaba malhumorado también, aunque por causas distintas a las de ella. Ozel parecía preocupado, pensativo, más de lo normal. Desde que se había despertado hasta ahora no había dicho nada que no fuera una pregunta acerca de su estado.

-Oh, venga... - insistió de nuevo- ¿Qué podemos hacer para que nos dejéis ir con vosotros? Podremos perseguir a ese... Galael entre los cuatro. Le encontraríamos en un santiamén si nos dejáis ir, por favor...

-No, Heron. Entiéndelo. Para ti parece sencillo, casi un juego. Persigue los ideales que siempre seguiste. Pero la realidad es mucho más dura. Nos odian tanto amigos como enemigos. No tenemos casa ni descanso. Día y noche libramos una batalla que cada vez es mas difícil. Nadie cree en nosotros, nadie da las gracias ni se preocupa por lo que está pasando. No existe nada salvo una fe inquebrantable en las mentiras.

Heron guardo silencio. Al fin había comprendido todo lo que Namae no había dicho. Nube a su lado sonrió.

-Gracias por todo - dijo al fin.

Namae sonrió también. Había logrado animarla.
Se dio media vuelta, en silencio. Dejando atrás a los dos muchachos. Nube sonriente y complacida, Heron algo apesumbrado, observando la figura única de Namae.

-¡Ya sé! - exclamó de repente el muchacho y Namae se dio la vuelta- Ahora sé porque eres incorpóreo.

Era un anunció nada más. Namae sonrió, aliviada porque Heron no revelara sus sospechas. Por su parte, Oz continuaba callado.

-Gracias por llevarme hasta tú casa - dijo al fin Namae. Intentando alejar de allí la conversación.

Herón levantó una ceja extrañado. Y se miró los brazos entre avergonzado y satisfecho.

-De... nada, pero... yo no te traje - dijo con un suspiro. Evitando mirarla- No fui yo fue... él.

Se hizo el silencio.

-Pero... ¿Cómo? - fue lo único que alcanzó a decir.

-Entre mis brazos. - anunció la voz quedamente a su lado.

Namae miró a la nada. Comprendió el silencio de su ángel, sus pensamientos. Todo lo que ello significaba. El asombro era uno de los muchos sentimientos que habían golpeado a la muchacha, otro era el recuerdo de una mañana que convertía aquello en algo imposible, el tercero era un presentimiento, de que algo, muy lejos de allí, estaba cambiando.



A la mañana siguiente le despertaron con un susurro suave. Tirael miraba enternecido a la niña que había criado hasta hacerse una adulta.

Ella se levantó, no era el cansancio lo que le había vencido la noche anterior, era la tristeza. A su mente durante ese momento breve habían acudido millones de sueños, sueños de una voz profunda y grave, sueños de una pluma negra.

Siguió al ángel blanco por todo el castillo, hasta la azotea sin decir ni una palabra.

Allí arriba se podía contemplar toda la ladera. El verde intenso brillaba más maravillosamente que nunca, pero Namae era incapaz de verlo.

Varios ángeles estaban alrededor de una placa roja que había en el suelo. Allí jurarían contra ella, allí habrían castigado a Ozel. Ella podía reconocerlos, Galael, Gabrienel, Annael...

Fue a ponerse en el centro, pero los ángeles no se lo permitieron. Esperaron a que ella comenzara su relato. Tirael agarró su hombro y le dio la fuerza suficiente para comenzar.

-Mi nombre es Namae, soy la portadora de la daga que pondrá orden entre los ángeles. Soy la elegida por ellos para hacerlo. Soy la que castigará a todos aquellos que cometan el error de condenar a los que son inocentes... Os prometo que comenzaré mi viaje, os juró que cumpliré con lo prometido...

Todos estaban en aquel altar mirándola severamente. Tirael mostraba una expresión de decepción ante ella pero no decía nada. Su mano descansaba sobre su hombro en un intento inútil de que dejara de temblar. Ella subió la cabeza para continuar con su juramento pero unos pasos llamaron la atención de todos.

Subió por las escaleras con un semblante inescrutable, luchando por no mirar a ninguno de los presentes. Sus alas negras estaban caídas de sus hombros en la expresión de la agonía que tenía en el corazón.
Ozel dejó que sus ojos reposaran en los de Namae. La respiración de esta estaba agitada. La mano de Tirael apretaba con fuerza pero ella no quería marcharse de allí. Intentó mirar al ángel blanco para suplicar, pero fue imposible. Este se acercó hasta Ozel sin esperar la confirmación de los presentes y le obligó a arrodillarse ante él. El ángel negro no opuso resistencia pero no le miró como debería. Sólo tenía ojos para Namae. Ella le aguantó la mirada cuando el ángel blanco se alzó ante él, cuando sus palabras ilegibles resonaban en sus oídos clavándose en su pecho como había hecho la daga en su pierna. Aguantó la mirada aún cuando la daga ardía, la aguantó pese a que sus ojos se humedecían y hasta que poco a poco dejó de ver la mirada verde de su ángel negro. Y pese a todo siguió mirando.

Los ángeles se dieron la vuelta y no prestaron atención a la soledad que representaba la muchacha, ni tampoco a las plumas negras que se mecían en el viento.

Ella se quedó allí, observando como una a una se posaban en el suelo vacío. Sin saber porqué extendió las manos a la nada y la última pluma negra cayó hasta sus palmas. Era lo único que le quedaba, lo único que le habían dejado para recordarle que siempre sentiría aquélla desolación martirizante.

Una lágrima resbaló por su mejilla mientras la acariciaba distante.

-Ahora siempre podré estar a tu lado.

No lloró, sólo sintió la calidez con la que era envuelta.




.........

Bueno pues aqui abajo os agradezco de corazón haber llegado hasta aqui? que os parece, se queda interesante? Un poco inconclusa, pero hecho adrede jejeje. No se que expectativa tendreis pero espero que querais seguir leyendo más.
Un beso y gracias por todo!!!
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II - Fanfics de Harry Potter

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I-¡Corre! ¡Vamos, corre!Un chico y una chica joven atravesaban un campo de trigo a toda velocidad. Él tiraba de ella con toda la fuerza de la que era capaz.

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2023-02-27

 

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