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Llevaba 10 minutos de retraso por lo que decidió irse esta vez en tren. Mientras avanzaba se prometía que era la última vez, le tenía un miedo pavoroso e injustificado a los trenes.
Se acomodó la blusa, pasó las carpetas que llevaba al brazo izquierdo, sacó de su monedero el dinero para pagar su boleto mientras buscaba con la vista la parada de su colectivo. Este no vendría y ella lo sabía. Resignada caminó hacia el enorme panel con los nombres de las estaciones y el tiempo aproximado de recorrido. "Una después de Atocha"- se dijo.
A su lado observando el recorrido del tren había un hombre. Algo en él la empujó a mirarlo a pesar de su timidez. Era alto, moreno, llevaba un saco largo y una bufanda color marrón, en su brazo izquierdo un paraguas. Ella se quedó mirando el paraguas mientras por su cabeza pasaron miles de ideas, la primera era que había algo en él que arrastraba todo su cuerpo, como si fuera un imán y ella un pedacito indefenso de metal. Miró fijamente el paraguas y sus ojos lo fueron recorriendo hasta colgarse por completo en su mano. Fijó sus ojos en su mano izquierda y deseó tocarlo, sentir sus dedos calidos entrelazados entre los de ella. Algo la hizo encogerse, una brisa, la llenó de su aroma. Era la primera vez en toda su vida que alguien producía ese tipo de sensaciones en ella. La misma brisa que le trajo su aroma le llenó la cara de unas pequeñas gotitas de rocío. "No, esto no puede pasarme"- dijo. Y el la miró sorprendido, instantáneamente ella lo miró a la cara. Nunca supo si era hermoso, pero supo en el momento que sus ojos se posaron en los suyos, tan grises como la mañana, que estaba destinada a él por toda la eternidad. El la miró y ella creyó ver algo en sus ojos, que después se convenció, no existía. -¿Necesita ayuda?- preguntó aún mirándola a los ojos. Ella bajó la mirada y negó.- Me he olvidado el paraguas, disculpe- dijo. Y antes de que el pudiera decirle alguna cosa ella ya estaba caminando hacia el anden.
El día 2 de marzo se levantó más temprano de lo normal, aunque sabía que iba tomarse el tren otra vez. El tiempo aproximado que tardaba en arreglarse, cualquier día eran 20 minutos. Jamás se había sentido bonita y había fantaseado miles de veces con ser tan alta, tan delgada y tan perfecta como aquellas modelos de revista. Era inútil convencerla que no había nada que le faltara para ser tan bonita como las demás. Ese día había sol, a pesar del frío que seguramente reinaba afuera. Se levantó y luego del baño se acomodó el cabello con un moño precioso que estrenaba ese día. Se puso un suéter rojo apagado y un pantalón color negro, su favorito. Buscó los zapatos más lindos que tenía, se maquilló en tonos naturales, se miró al espejo y vio sus ojos azules mirándola con dulzura. Pensó que tal vez si era guapa.
Llegó a la estación media hora antes de la salida de su tren y caminó decidida hacia el cartel de recorridos del día anterior. Ahí lo esperó hasta que tuvo que marcharse hacia la oficina.
El día 3 no hacía tanto frío y ella tenía una falda por estrenar, después de haberse cambiado decidió que el no estaría en la estación. Y un recuerdo vino a su mente. Ella miraba el cartel de recorridos porque jamás había tomado un tren. Era la primera vez y lo hacía porque los colectivos estaban de huelga. Entonces una lágrima involuntaria recorrió su mejilla. Se encogió su corazón.. Jamás lo volvería a ver. Aún así caminó sin esperanzas hacia la estación se sentó en el mismo lugar de los días anteriores. Saco de su cartera un libro y lo empezó a leer, volvió a comenzarlo cuando se dio cuenta de que iba por el capítulo 2 y no recordaba el nombre de ningún personaje. Con un resoplido volvió a las páginas iniciales de su novela y vio que justo en frente de ella alguien leía poemas de Becker, su autor preferido. Entonces lo vio, tan perfecto como lo había soñado las noches anteriores. El la miró y ella le sostuvo la mirada como implorándole al cielo que sea real. Cuando se percato de que él aun la miraba corrió la vista. Y le pareció escuchar un suspiro.
Durante el recorrido no hizo más que imaginarse a su lado, sentía que en su pecho algo crecía y se apoderaba de su ser. No podía entenderse. ¿Que era lo que le sucedía?. Por su mente avanzó una idea en estampida pero con un movimiento de la mano quiso apartarla de ella. La idea flotaba en el aire. ¿Estaba enamorada? No era eso posible, aún no sabía su nombre. Deseó ser más bonita, más inteligente, deseó con toda su alma ser aquello que no era y poder preguntarle su nombre. Un sonido la desconcentró era el teléfono de él. -Si, diga- y un silencio. - Pues si es mi hermano, pero este no es su móvil- y dictó un numero a quien lo llamaba. -Dígale que ha usted hablado con Xabier, adiós- Y de repente su alma se llenó de luz. Xabier ese era su nombre.
Así pasaron los días. Cada mañana, cuando durante el recorrido se miraban, ella apartaba la vista y el suspiraba. Ella intentaba convencerse de que esos suspiros no eran por ella. A él no podía pasarle lo que a ella porque simplemente, incluso aunque realmente estuviera pasándole era imposible. Aunque su pecho saltara cada vez lo que veía y aunque un bostezo de él la emocionara hasta las lágrimas, y aunque cada mañana se enfrentara al miedo de los trenes solo para verle, sólo para intentar convencerse de que sus suspiros no eran por ella. Incluso cuando todas las noches soñara con él. Aún así ella no podía aceptar que fuera amor, y menos que el también lo sintiera.
La mañana del jueves 11 de marzo, por fin usaría su falda nueva, hacía más de dos semanas que lo veía y ya estaba convencida de que era amor lo que sentía. Le amaba a él por sobre todas las cosas y su vida ya no era la misma cuando no lo veía. Tal vez al mirarse en el espejo no veía lo que ella quería ver en realidad, lo que le hubiese gustado ser para él. Pero por sobre su aspecto lo amaba, con un amor secreto, diferente, y hasta en cierto sentido, prohibido. No se lo había contado a nadie porque le gustaba disfrutar de sus recuerdos. Cuando llegaba a casa durante las últimas dos semanas pasaba la noche entera reviviendo una y otra vez los momentos que duraba el viaje. Y a veces se imaginaba historias diferentes. Pensaba si fuera más linda, más lista, si fuera una muchacha especial como las de las revistas. Entonces tendría el valor de cruzar el vagón y preguntarle quien era y por qué se adueñaba de todos sus pensamientos.
Esa mañana subió y caminó hacia el asiento que ocupaba cada mañana. Él como cada día la miró y ella también reaccionó como siempre y apartó la vista, él suspiró. Los minutos siguientes le pareció como si sus almas se abrazaran desesperadas por la lejanía de sus cuerpos. Ella lo vio bostezar y se le llenaron las pupilas. Se sentía tan pequeña, comenzó a temblar para evitar que el corazón se le saliera del cuerpo. Entonces sin querer su cuerpo entero se estremeció y dejando de lado a su razón sus labios dijeron su nombre, ese nombre que llegó a sus oídos por casualidad y que ahora se escapaba de sus labios sin querer. El la miró fijamente y ella se sentía morir. En los segundos que su mirada la recorría de pies a cabeza se dio cuenta de que esa sería la última vez que lo vería. Lo sabía y jamás se había equivocado. Esa sensación que la recorría era verdadera. Por eso le sorprendió que el se levantara de su asiento y se colocara justo a su lado. Cada mañana espero verte- le dijo con un tono suave- Desde aquel día que miramos juntos el cartel de recorridos he esperado este momento, rechazo el directo cada mañana para verte. Yo no te conozco y ya te echaba de menos- Se hizo un silencio y se tomaron la mano.
Faltaba sólo una estación para que ella se bajara y no quería hacerlo. Lo miró como pidiéndole que parara el tiempo. Sentía ganas de besarlo pero su razón ya se había apoderado de todo su cuerpo. En un momento más llegarían a la estación "Atocha".
Sólo un segundo bastó para que todo se trasformara en horror. Gritos, explosiones, sirenas, ruido de trenes. Algo estaba pasando, sentía un dolor punzante en su interior, pero sólo podía sentir su mano en la de él. Todas las luces se había apagado. Y en su interior su propia luz se estaba debilitando. Buscó su cara con la manos, sintió su rostro bañado en sangre y su mirada asustada. -Vas a estar bien porque yo te amo- le susurró. Y ella con el último soplo del corazón que le quedaba le respondió con un beso.












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JuevesLlevaba 10 minutos de retraso por lo que decidió irse esta vez en tren. Mientras avanzaba se prometía que era la última vez, le tenía un miedo pavoro

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2023-02-27

 

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