La noche de las balas - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Hola!!!

Aquí estoy con un nuevo relato sobre lo estúpida que es la raza humana; esta vez se habla de un día cualquiera de la primera guerra mundial; de las últimas esperanzas de un joven soldado por sobrevivir.

Espero que os guste!!

Si os interesan este tipo de relatos, he escrito dos con un solo capítulo, sobre el holocausto nazi: "Auschwitz" , sobre el último día de la vida de una reclusa judía, Elie y "Esvástica", su continuación, aunque se puede leer independientemente. Trata el día de la muerte de Elie, pero desde el punto de vista de Albert, un soldado que no está muy conforme con la nueva ideología impuesta en Alemania.

Espero vuestros comentarios!

Besos!!!

La noche de las balas

 

13 de Mayo de 1917

Sentí como un dolor agudo y penetrante me atravesaba la pierna, pero no me atreví a mirar que era lo que lo había producido; lo había sentido tantas veces los últimos años que ya estaba casi acostumbrado a esa sensación.

Cojeando, dejando un rastro del viscoso líquido escarlata, que caía de mi pierna, a mis espaldas , seguí avanzando. No me importaba lo herido que estuviese; es más, casi agradecía estar herido, porque el dolor me hacía mantenerme alerta, más atento, a temer más por mi vida.

Oí otro disparo. Me agaché, mientras disparaba mi arma. Un gemido a pocos metros de mi me indicó que le había dado a uno de mis enemigos, pero no me atrevía a salir de la trinchera en la que me protegía hasta varios minutos después, y fue una suerte hacerlo, realmente, porque en el tiempo que estuve parado abatía a otros dos más, dispuestos a matarme.

-John, ¿estás bien?- Dijo una voz siseante a mis espaldas. Me giré muy rápidamente, con el dedo en el gatillo, pero al reconocer a la persona que me había llamado me relajé al instante.

Ante mí estaba un muchacho de mi edad, con el cabello que asomaba bajo el casco desgastado tan sucio que era imposible distinguir su color. Aunque yo sabía que era castaño.

-¡Tom! Me has dado un susto de muerte. -El sonrió. Bueno, algo parecido. No es que hubiera muchos motivos para sonreír durante los últimos tres años.

-Lo siento, amigo. -dijo, sin sentirlo realmente, aumentando esa mueca suya tan parecida a una verdadera sonrisa. Bajó sus ojos verdes hacia mi pierna izquierda y frunció el ceño, contrayendo sus labios en un gesto de preocupación. -Eso no tiene muy buena pinta. -Entrecerró los ojos, intentando distinguir, aun entre la oscuridad que llenaba el ambiente, el lugar por la que la bala había penetrado en la parte baja de mi pierna, prácticamente, en el pie. Yo me rebullí, incómodo.

-No es nada. -Gruñí. Miré a Tom. -Me repondré. No es la primera vez que

-Ya, ya. -replicó. Se giró, vigilando que ningún enemigo se acercara. Luego, volvió a mirarme. -Eso dijiste la última vez, colega, y te pasaste un mes en la enfermería. -Señaló mi brazo izquierdo, donde me dispararon la última vez. -Tendrías que ir con más cuidado. Ya tenemos una edad

-Solo tengo veintidós años. -Ladré. -Y tú veinte. No me hables de edad

-Aún así, deberías de

-No. -dije tajantemente. -No voy a irme, quiero matar a esos desgraciados
-Él suspiró, sabiendo que no lograría convencerme de ningún modo.

-Está bien. -susurró. -Entonces, deja que te
- Esas fueron sus últimas palabras, porque, antes de que pronunciase nada más, una bala impactó contra la parte posterior de su cabeza. Durante unos segundos, se quedó ahí, de pie, con el corazón latiéndole todavía, sin comprender que era lo que había sucedido. Luego, se desplomó, inerte.

 

Traté de no pensar en la muerte de mi mejor amigo, y centré toda mi atención en buscar al culpable.

Lo encontré a solo unos metros de mi trinchera. Eran un soldado muy joven, apeas un adolescente. Sus ojos negros, rasgados, brillaron con terror justo antes de que le reventara el cráneo con unas cuantas balas, antes de que su sangre regara el suelo, ya teñido por la sangre de otros tantos

Fue en ese momento cuando me di cuenta de que Tom estaba muerto. Fue ahí cuando asimilé que su cadáver estaba a mi lado, con los ojos vacíos y sin vida. Creo que me entró algo parecido a un ataque de pánico. O lo habría tenido, de no ser por la situación en la que me encontraba. Cuando tu vida está en juego de esa forma, cuando no puedes asegurar que al segundo siguiente estarás vivo, tus sentidos se adormecen y aceleran al miso tiempo, y no eres consciente de lo que estás viviendo hasta mucho tiempo después de que suceda. Cambiar bañera por plato de ducha | Mamparas - Bricoducha

Miré a Tom, y boqueé, atrapando todo el aire que pude. Me prometí a mi mismo que sobreviviría a aquella masacre.

Debía de hacerlo, por Tom. Él no tenía familia, la había perdido en la guerra. Tampoco tenía pareja, y nuestros amigos habían muerto ya en las anteriores batallas libradas. Por eso debía de sobrevivir, para asegurarme que Tom no sería uno de esos soldados que tienen un funeral mediocre, con tres o cuatro compañeros de armas que apenas sí recuerdan su nombre. Uno de esos soldados que nadie llora ni recuerda. Uno de esos chicos que no son más que un nombre en una de esas interminables listas de fallecidos en la guerra.

Por Tom debía de sobrevivir.

No miré atrás, ni siquiera me atreví a mirar el rostro de mi amigo. Eso sí, traté de recordar el lugar en el que había sido abatido, para, si era posible, recuperar el cuerpo cuando todo se calmase. Me hubiera gustado llevarlo conmigo, pero sabía que eso era imposible
¿Un soldado cargando el cadáver de un compañero? Si hacía eso, yo también me sumaría a la lista de fallecidos.

Avancé unos cuantos pasos, aferrando mi arma entre los dedos temblorosos, pálidos, con restos de barro, teñidos de mi propia sangre y de otras tantas personas.

Las balas corrían a mi alrededor, las sentía, oía como salían de los fusiles, pero ninguna parecía alcanzarme, o, a lo mejor, es que realmente no iban dirigidas a mí. No lo sé, no lo recuerdo y no quiero recordarlo. No ahora.

Abatí a unos cuantos hombres, todos ellos con el cabello moreno y los ojos negros. No es que me fijase, pero sabía que todos procedían de China o, en cualquier caso, de algún otro país asiático, y, aunque no tenía muchos conocimientos en las diferentes razas existentes, por todos era sabido que todos aquellos que habitaban en el continente Asiático tenían esas características en común.

Seguía caminado. A mi lado se amontonaban cientos de cadáveres, tanto de aliados como de enemigos, no todos ellos vestidos con uniforme de soldados. Y no sé realmente cuanto tiempo caminé, pero, pasado un rato, también había niños entre los cuerpos, y mujeres, supongo que arrancados de sus casas en medio de la noche, ejecutados en medio de la calle solo para mostrar hasta qué punto la guerra podía destrozar la vida de gente inocente.

No me detuve a contemplar sus rostros. Ya nada se podía hacer por ellos, y, aunque así fuera, no podía entretenerme auxiliando heridos que no sobrevirían.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no había nadie a mí alrededor. No sabía cuánto tiempo llevaba caminando, o si habían pasado días, horas o minutos desde la muerte de Tom. Sólo sabía que, de repente, ya no había enemigos a mi alrededor, ni un terreno llano y abrupto ante mí. Ahora estaba en un pueblo bombardeado, rodeado de los restos que quedaban de sus casas y de los cadáveres de los que habían habitado ese lugar. Respiré agitado. Realmente hubiera preferido seguir en el campo de batalla, rodeado de enemigos y tiros que podían matarme en cualquier momento.

Me puse de rodillas en el suelo, boqueando febrilmente, sosteniendo, a duras penas, mi arma.

Fue como si despertase; de pronto fui consciente de cuan absurda era la guerra. Cerré los ojos, y me pregunté cuantos hombres había matado. Cuántas mujeres eran ahora viudas por mi culpa, y cuántos niños se habrían quedado sin padre. Todo por lo que había vivido y luchado me parecía absurdo; todo en lo que había creído desde que nací no me parecían más que atrocidades.

Recordé los ojos del hombre que mató a Tom, justo antes de que yo le ejecutara, y fui consciente de que Tom no era la única víctima; ese adolescente también lo había sido, porque su vida estaba en juego de la misma forma que lo estaba la mía.

Esa era la política de la guerra; "Cazar o ser cazado". Tragué saliva. Si era así, yo ya no quería cazar. Ya no quería sentir ni respirar, ya no quería más dolor, ni más rostros suplicantes, contraídos por el terror de saber que van a morir.

Recordé la promesa que me hice de sobrevivir, y también eso me pareció estúpido
¿qué más daba? Por mucho que pelease, acabaría muriendo, como el resto de mis compañeros, suplicando, llorando, pidiendo clemencia.

No quería una muerte así.

Miré a mi alrededor, y me decidí.

Llevé el arma a mi sien, y disparé.

Creo que es lo mejor que he hecho en mi vida; morir.

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Aquí estoy con un nuevo relato sobre lo estúpida que es la raza humana; esta vez se habla de un día cualquiera de la primera guerra mundial; de las últimas

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2023-02-27

 

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