Libre en una jaula - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

LIBRE EN UNA JAULA

Sofía no recordaba haber sentido tanto dolor como aquella vez. No, no era solamente el dolor físico el que le atacaba únicamente; era el dolor del alma. Ese dolor que te desgarra cada célula del cuerpo; que te hace querer, más que morir, no haber nacido nunca. Ese dolor que te causa un ardor en las entrañas y te hace soltar infinitas lágrimas, que no sabes dónde las tenías guardadas, y por qué salen como un torrente de río. Fue un dolor que le cegó: ella no podía tener hijos y él se había enfurecido al límite de dejarla inconsciente, en el piso del baño, empapada en una profunda tristeza y heridas dibujadas en la piel.

Allí comenzó todo el martirio, pero, Sofía soportó, una y otra vez, esa ira que al hombre le superaba hasta dejarlo fuera de control. Cerraba los ojos cuando aquella palma grande y callosa se iba contra su frágil mejilla morena. Se mordía la lengua cuando sus nudillos acariciaban su vientre tan violentamente y la punta de su zapato se clavaba en sus piernas delgadas.

 

Las marcas eran aún más profundas que un simple moretón o una costra. Eran huellas que podrían distinguirlas sólo aquellas que padecían de lo mismo: tener un esposo golpeador. Eran como un mensaje oculto que transmitía la frase "yo lo amaba, pero de pronto, él se transformó en algo que no parecía ser cuando lo conocí". La forma de andar, de mirar y de hablar en esas mujeres, era otro tipo de comunicación.

De haber Sofía sido alguna vez una mujer jovial, pasó a un estado de constante silencio y tristeza. Le daba miedo salir, le daba terror fallarle a él. Las personas que le rodeaban supieron lo que le sucedía; algunas heridas no se asemejaban a un simple golpe con la punta de un mueble o un vidrio. "Demándalo" le susurraban con firmeza. ¿Demandarlo? No, simplemente no podía. Le hacía tener más temor aún. Era como creer que él se transformaría en un monstruo más terrible de lo que ya era. Saber que podrían no tomarla en cuenta en su declaración, o que lo dejarían libre, o simplemente que él estaría odiándola en la oscuridad de una celda
No podría concebir esas ideas.

Y así pasaban los días. A veces, lograba no cometer errores y transcurría la noche sin dolores físicos, mas se llenaba de pesadillas de las que le costaba despertar. ¿Sería porque él estaba a su lado, roncando como un animal feroz?

Un día, se le presentó un problema: tuvo que acompañar a una amiga al hospital, y llegó mucho después que él. Casi le arrancó el alma. Quedó recostada en la sala, en una cama de vidrio porque la mesa del café se había quebrado bajo su peso. Al día siguiente, despertó para limpiar la sangre que había quedado en la alfombra, fregando y fregando con los ojos empañados. Lloró toda la tarde, sabiendo que no podría soportar un golpe más, porque se quebraría como porcelana y estallaría como bomba.

Al acabar y dejar el lugar intacto, corrió hacia la cocina y tomó un cuchillo con parsimonia, respirando pesadamente. Lo pensó. Lo pensó mucho, pasando suavemente el filo por sus muñecas. Sin embargo, su difuso reflejo maltrecho en la hoja, le hizo comprender que ella no debía ser libre mediante la muerte. Ella no debía desaparecer aún. Ella no podía traicionarse así, acobardarse de esa manera. Estufa de pellets

Se desquició con un valor sobrenatural que le atacó de pronto. Súbitamente, no existían las consecuencias, solo la libertad, la cual buscaba hace tiempo y sabía que merecía.

Rezó todo el resto de la tarde, sentada en un mullido sillón, con dos cuchillos afilados recientemente.

Por fin llegó él: serio, rezongando que el tráfico aquí, que los conductores allá, que el trabajo, que la cena. Bufando y encogiendo los hombros con brío.

Sofía no contestó nada. Ágil como nunca, se puso de pie, asemejándose a una posesa, y se fue contra él, sin darle la oportunidad de que se negara, de que se defendiera, que estirara las manos para esquivarla; tal como él lo había hecho con ella cientos de veces, durante largos e inacabables cinco años

Empuñó los cuchillos firmemente, y, a la altura del abdomen, los clavó sin remordimientos ni escrúpulos, retirándolos luego. No fue más difícil que cortar carne para la cena.

El hombre abrió los ojos, sorprendido, dejado escapar una exhalación moribunda. Ella se alejó, observando la escena: sangre imparable ensuciando su camisa azul como vino en un mantel.

Se miraron a los ojos. Sofía tuvo la esperanza de que él le preguntara "¿por qué lo hiciste?", pero, lo único y último que salió de su boca, fue una sarta de crueles insultos. Trastabillando se aproximó para acertar con un golpe en ella.

Pues no alcanzó. Se derrumbó en el suelo como un saco de piedras. Quedó allí, sobre la alfombra teñida de escarlata, con los ojos abiertos y furiosos. Elle le miró con asco durante varios minutos, sin llorar, antes de soltar los cuchillos como si fueran un par de grilletes.

Minutos más tardes salió a la calle, con las manos bañadas en sangre y con una enorme sonrisa en la cara. No era una sonrisa macabra, sino que una sincera, que sólo demostraba alegría que le venía de lo más profundo de su corazón.

Los vecinos la divisaron y llamaron a los carabineros de inmediato. No hubo mucho papeleo luego de aquello. Ella reconoció lo que hizo y por qué lo hizo, sin apenarse o demostrar arrepentimiento alguno. Se la llevaron y, a los pocos días, la juzgaron. Le dieron quince años de cárcel sin libertad condicional. Ella lo encontró justo: había sido un gran trabajo deshacerse de ese hombre, porque había tardado años en tomar aquella decisión.

La llamaron fría, sádica, tonta. Tal vez lo era. Pero algo era ella más que todo eso: era libre, más libre que las mismas personas que paseaban por las calles cercanas.

Encerrada en una jaula de barrotes oxidados, Sofía miró por la ventana con ojos entornados, por donde se asomaba el sol del amanecer. Se cumplía su primer día en la cárcel, y nunca le había parecido una vista así tan hermosa. Su vida estaba retomando el sentido.


Notas finales: espero que, dentro de lo trágico o sangriento, les haya gustado. Está demás decir que hay miles, tal vez millones (lamentablemente) de casos así. Me refiero al maltrato intrafamiliar... porque, en la mayoría ocurre el femicidio; éste es un caso muy, muy asilado, pero tampoco me complace. Sólo lo escribí.

Gracias a todos los que lean, y espero que comenten.

Besotes.

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Sofía no recordaba haber sentido tanto dolor como aquella vez. No, no era solamente el dolor físico el que le atacaba únicamente; era el dolor del alma. Ese

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2023-02-27

 

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