Maldita y barroca primavera anodina - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Canecillos de dolor sobresalen bajo los alelos del tejado de estilo rococó de una villa italiana cercana. Posado con delicadez en el extremo de una de las ménsulas, hay un ser de patitas diminutas que se mueve en torno a los adornos realizados a trépano en la piedra clara y pura. Su plumaje pardoscuro es una mancha afónica en el silencio: de su piquito tierno apenas escupe trinos imperceptibles de decibelios bajos. Quizá podría sentir lástima por el pájaro, colocado a sospechosos altos niveles del suelo. Él, ave rasa saltarina, apenas suele elevarse unos palmos del suelo con algo de paciencia. Seguro que allí se siente desfallecer por la excesiva presión de oxígeno que golpea las entrañas de sus pulmones. Podría sentir, como digo, lástima por él. Podría escalar para recogerlo y devolverlo a su lugar de origen. Pero soy demasiado cómodo, demasiado cobarde, demasiado estúpido como para siquiera intentarlo. Y, además, ¿de qué serviría? En mis neuronas se ha instalado la inquietante certeza de que todo es culpa de esta maldita y barroca primavera anodina. De nada serviría pues mi vano intento para cambiar ligeramente este paraje. Prefiero pensar, como idílico e iluso poeta que soy, que el astro rey le robó su voz sin compasión por la envidia malsana.

 

Recostado en el tronco de un árbol olvidado, levanto mi lánguida mirada hacia el origen de las sombras oscuras que se posan silenciosas sobre mi piel, intercalándose con brevísimos espacios de manchas claras de sol. Las brazos del señor arborescente se elevan impasibles sobre mi cabeza de alfiler minúsculo guijarro soy en tierra de universos incandescentes. Una estatua de cola plisada, situada como por casualidad en una de las múltiples extremidades rugosas de su cuidador, hieráticamente contempla el horizonte sin que ni uno solo de sus bigotitos animalísticos se agite debido a su carácter natural impaciente. Quizá podría sentir curiosidad por el petigrís, atrapado en la simétrica rigidez bizantina que su pelaje destella. Él, mamífero botador y planeador del cielo palpitante, siempre suele fingir vuelos al ocaso de la tarde de gamas tornasoladas. Seguro que ahora se siente encarcelado en ausencia de siquiera contrapostos salvajes en sus patas para aliviar la tensión acumulada que en sus músculos palpita. Podría sentir, como digo, curiosidad por él. Podría escalar para asustarlo y sacarlo de su aparente indiferencia o sopor rígido; tal vez, preguntarle a qué espera para buscar un puñado de bellotas. Pero soy demasiado cómodo, demasiado cobarde, demasiado estúpido como para siquiera intentarlo. Y, además, ¿de qué serviría? En mis neuronas se ha instalado la inquietante certeza de que todo es culpa de esta maldita y barroca primavera anodina. De nada serviría pues mi vano intento para cambiar ligeramente este paraje. Prefiero pensar, como idílico e iluso poeta que soy, que la reina redonda y pálida de la noche de aullidos lobeznos le privó de la movilidad de sus pequeños miembros al cansarse de su correr errático y convulso desde una rama a otra.

La atmósfera arranca de improviso haces de luz tímidos y distantes de la superficie carente de plasticidad acuosa del lago de las mil y una sensaciones, aquel que reposa inerte a unos pasos de mí. Cientos de galaxias se reflejan en las olas estáticas donde hasta los peces parecen congelados en frías cárceles crueles con barrotes de aire puro, mientras tratan en vano de nadar entre satélites inexorables y lejanos apelotonados ahora en las profundidades del agua oscura. Todo el todo está reunido en una simple charca
pero yo no formo parte de él, pues, a pesar de que con fruición ruedo mis pupilas hastiadas sobre el mundo húmedo lleno de algas infectas, el reflejo inhumano de mi cuerpo, la reflexión de mi alma deshonrosa, no llegan a desdibujarse siquiera allá, por lo que mi cristalino no descubre más que un conglomerado apretujado de horrores mundanos ahogados entre juncos tiernos y rotos, un conglomerado del que me siento intruso desde cualquier posible ángulo. Soy un extraño en tierras desconocidas, un alma insulsa colocada en el lugar equivocado, un ente sin ninguna misión provista en la escritura su destino. El vacío en mi interior corroe mis entrañas y oxida toda mi autoestima mientras en mis neuronas sigue instalada la inquietante certeza de que todo es culpa de esta maldita y barroca primavera anodina. No existe ninguna otra explicación plausible para esta realidad muerta, detenida, estática y corrupta que atenaza y embota mis sentidos. La maldita y barroca primavera anodina ha embrujado con su halo místico de florecientes hechizos podridos toda la realidad mía para confundirme y burlarse de mi desdicha, ha arrebatado al incansable devenir su rueda temporal que fugazmente rodaba sin descanso y con zozobra por la vida sufrida del ser humano, ha hurtado la rapidez natural de la existencia misma, aquella tan similar a la potranca negruzca y sudorosa que con impúdicos relinchos y ojos desorbitados y libidinosos se introducía antes en mi lecho a la caída del sol para aunar a mis desasosiegos oníricos cargados de simbolismo surrealista intraducible. Recetas de cocteles

 

¿Acaso me hallo ahora en una de las alucinaciones equinas soñolientas de deseo impúdico que tanta falta de descanso me hacían padecer tiempo ha?

Tal vez, querido amigo, arrojando mi cuerpo marchito de todo y marchito de nada a las fauces del estanque rancio y desbordante de inútiles y frágiles cachivaches de alquimia cósmica, acaso yo podría llegar a saber la respuesta a esta pregunta que a mi mente acude.

Tal vez si el fluido acuoso y sucio se colase sin permiso por mi boca, atravesase mi tráquea rota por hachas de remordimientos y finalmente se introdujese en cada uno de mis pulmones hasta llenarlos enteramente como si fueran bolsas cargadas de líquidos mortíferos e inútiles, impidiéndome así recoger ni una sola partícula diminuta de aire vital para seguir respirando, acaso yo podría llegar a saber la respuesta a esta pregunta que a mi mente acude.

Tal vez si dicho fluido acuoso y sucio, antes nombrado, acariciase con sus manos pétreas de témpanos colgantes, cuales dedos de mujer gélida, toda mi piel herida por mí mismo con el pasar de los años ahora detenidos y me hiciese tiritar como el infante que hace tanto y tanto tiempo fui al llegar a mi corazón invisible pues paréceme que incluso he perdido este órgano esencial con mis crueles comportamientos tardíamente enmendados para oprimirlo sin compasión hasta que fuese puro hielo, acaso yo podría llegar a saber la respuesta a esta pregunta que a mi mente acude.

Tal vez si dicho fluido acuoso y sucio, nombrado ya en mis labios antiguamente tan hilarantes por enésima ocasión, anegara mi ánima arrepentida, pecaminosa y sin perdón posible en estos días, con sus imposibles corrientes furiosas y temperamentales, y me atrajera como el plomo metalizado y oxidado hacia lo más intrincado y profundo de su ser subterráneo para no sentir nunca jamás la patética calidez de los rayos solares que se entretienen ahora en formar figuras amorfas sobre la tela rígida y deshilachada de mi pantalón, acaso yo podría llegar a saber la respuesta a esta pregunta que a mi mente acude.

Pero, quizás, como digo, soy demasiado cómodo, demasiado cobarde, demasiado estúpido, como para siquiera intentarlo.Y, además, ¿de qué serviría? En mis neuronas se ha instalado la inquietante certeza de que todo es culpa de esta maldita y barroca primavera anodina. De nada serviría pues mi vano intento para cambiarme ligeramente a mí mismo. Prefiero pensar, como idílico e iluso poeta que soy, que divagar en la estúpida contemplación de esta artificial natura detenida por la maldita y barroca primavera anodina es lo mejor que puedo hacer mientras intento huir de las reflexiones sobre mi vida, aquellas que me incitan a seguir odiándome por lo que me he convertido, seguir compadeciéndome por ser demasiado cómodo, demasiado cobarde, demasiado estúpido, como para siquiera acabar con mi sufrimiento de la manera más radical posible , seguir sintiendo asco ante mi reflejo hasta el punto de ignorarlo, seguir, en definitiva, andando por la senda de la vida sin reparar qué bifurcaciones tomo, pues ni mi meta me importa
ni tan siquiera el propio camino.

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2023-02-27

 

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