Mi clave de sol - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Era ella. No podía equivocarme. Cómo hacerlo, si era igual a su madre. Hasta parecía haber heredado su pasión por la lectura. Nuestra pasión por la lectura. Lo había descubierto en una de mis tantas incursiones a la biblioteca, en las cuales pasé horas observándola.

-¡Tendremos una hija Remus!- dijo Jean, emocionada, mientras una lágrima de felicidad caía lentamente por su mejilla.

-Finalmente- respondí yo, orgulloso.

Pero no todo era orgullo. También estaba preocupado. ¿Qué pasaría si ella heredaba mi condición? Decidí no decírselo, para no arruinar el momento.

-Quiero que se llame Hermione.- Y, tras una pausa, agregó- Y su segundo nombre será Jean.

 

Una segunda gota rodó por su mejilla, pero, esta vez, de tristeza.

-Llegarás a conocerla amor, ya verás- le dije, intentando tranquilizarla, aunque no del todo convencido de mis palabras.

El problema no era sólo que existía una gran probabilidad de que ella heredara mi condición, sino que mi esposa tenía una enfermedad, para la cual aún no se había descubierto una cura, por lo que los médicos habían asegurado que tal vez no pasara de esa noche, la Nochebuena, en la que, además, nacería nuestra hija. Sin embrago, Jean parecía no perder la calma, y le cantaba una hermosa canción navideña a Hermione mientras realizaba su trabajo de parto. La bebé estaba a punto de salir, pero ella seguía cantando la canción.

Nuestra hija nació mientras Jean cantaba las últimas notas de la canción, que por algún motivo me erizaba la piel. Cantó la última nota, y al instante comenzaron a sonar las campanadas que anunciaban las doce. Me acerqué a besar a Jean, y a mirar de cerca a Hermione, presentí que algo no estaba bien.

Mis presentimientos eran correctos: mi esposa había muerto, justo cuando dio a luz a nuestra bebé.

¡Que extraña Navidad! Mi esposa murió, pero mi hija acababa de nacer. Me sentí confundido. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo cuidaría yo solo de Hermione?

Decidí darla en adopción, ya que no podría cuidarla durante mis transformaciones.

Encontré una bonita pareja, deseosa de adoptar a mi hija. Lo que más me llamó la atención era que el nombre de la muchacha también era Jean. Les detallé todos los datos de la bebé, pero cambié su fecha de nacimiento al diecinueve de Septiembre, día del cumpleaños de mi difunta esposa. Aún no sé la razón, pero un instinto me impulsó a hacerlo.

Luego de una última mirada me despedí de Hermione. Lo último que alcancé a mirar fueron sus dulces ojos color miel. Mis ojos se humedecieron. La extrañaría mucho, pero sabía que no podía cuidar de ella. Además sería feliz con su familia adoptiva, y no se avergonzaría de mi condición.

Volvía a mirar Hermione. Había crecido mucho, pero su mirada seguía siendo la misma que hace catorce años atrás. Era la víspera de Navidad, y al otro día sería su cumpleaños. Tenía que obsequiarle algo. ¿Pero qué? Además, debía hacerlo anónimamente, de eso no cabían dudas.

De repente, una idea me vino a la cabeza. Sabía qué le regalaría: los mismos aros que usaba su madre en ocasiones especiales. Tenían forma de clave de sol, porque a ella le encantaba la música. Horoscopos y tarot de amor

 

De vuelta en mi habitación envolví el regalo, y le escribí una nota deseándole Feliz Navidad. Al mirar el fuego de la chimenea, los recuerdos comenzaron a invadirme. Veía claramente esa Nochebuena, hace catorce años atrás. Mi esposa dando a luz a Hermione, mientras cantaba su última canción. Al igual que aquella vez, una lágrima comenzó a deslizarse por mi mejilla, al recordar a mi amor perdido, y al pensar que nunca podría pasar el tiempo con Hermione como padre e hija.

Saqué esos recuerdos de mi mente, y me dirigí a su habitación a dejar su regalo. Supuse que a las cuatro de la madrugada ella y sus compañeras debían estar profundamente dormidas. No me equivocaba. Deposité el regalo a los pies de su cama, y ya me disponía a regresar a mi habitación, cuando un impulso me hizo darme vuelta. Fue como un deja vú: mi mente evocó el momento exacto en el que nació Hermione, una Navidad como esa, tal vez a la misma hora. Esa imagen me conmocionó mucho, ya que no podía quitar de mi cabeza la melodía de la hermosa canción con la que Jean abandonó el mundo.

Con la lágrimas surcando mis mejillas (a esta altura pensarán que soy un cobarde llorón, pero habría que ponerse en mi lugar en esos momentos) corrí hasta alejarme lo suficiente de esa habitación.

De nuevo en mi cálida habitación, pensé en todo lo ocurrido. Al menos había tenido el valor suficiente para dejar el regalo allí. Con estos pensamientos, me quedé profundamente dormido.

Al otro día me desperté bien temprano, y al no poder seguir durmiendo, decidí dar una paseo por los nevados jardines. Los pasillos estaban desiertos, seguramente todos habían preferido aprovechar el día para dormir hasta tarde. Al salir al exterior una extraña brisa acarició mi rostro. No se sentía como una fría y desagradable brisa invernal, sino como una cálida brisa navideña, en la cual pude identificar la suave melodía de una canción arrastrada por el viento. Comencé a acercarme al lugar de donde provenía aquella extraña melodía. Llegué a una parte de los jardines en la cual la nieve no se había acumulado tanto, y me senté en la hierba. A mis oídos llegaron las notas de una hermosa canción, que yo ya conocía, y creía saber muy bien de dónde provenía. Me levanté e intenté acercarme a la fuente de la melodía. De pronto lo descubrí: una persona estaba sentada en el medio de un claro, donde la nieve todavía no había hecho aparición. Flores de infinitos colores rodeaban a la figura que emitía esa dulce voz. Acercándome descubrí que era Hermione, aunque una parte de mí lo había sabido desde el principio. Me senté frente a ella, y noté que llevaba los aros que yo le había regalado. Me miró fijamente durante unos segundos, y luego esbozó una sonrisa radiante. Ella ya lo sabía desde hace mucho, y lo había aceptado. Me había perdonado También yo esbocé una sonrisa. Ahora, ambos lo sabíamos. Y jamás se lo mencionaríamos a nadie.

Se dice que todos los días aprendemos algo. Aquel día de Navidad aprendí que la vida es como una partitura: a veces es corta, a veces es larga, a veces inconclusa, a veces no nos gusta, o hay momentos que disfrutamos y otros que nos aburrimos
Pero hay algo que hace que nuestra vida tenga sentido, que nuestra vida comience de verdad. Todas las canciones comienzan con la clave de sol. En mi caso, Hermione es mi clave de sol.

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Era ella. No podía equivocarme. Cómo hacerlo, si era igual a su madre. Hasta parecía haber heredado su pasión por la lectura. Nuestra pasión por la lectur

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2024-11-06

 

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