No juegues con magia - Fanfics de Harry Potter

 

 

 


NO JUEGUES CON M A G I A

Unsalón oscuro, apenas iluminado por una lámpara de clínica dental, la queproyectaba una tétrica luz blanca sobre el centro del lugar. Las ventanas, apesar de estar tapiadas por tablas de madera mohosas, dejaban oír la torrenciallluvia que caía en la ciudad. Eso les gustaba a las tres, las enfocaba en sutrabajo con mayor amplitud y armonía. No hacía falta música si había lluvia.

La joven dueña del lugar frunció la nariz alaproximarse a la rubia mata de pelo que tenía delante: el olor a grasa y asuciedad era tan penetrante como el perfume que solía untarse en el cuerpo suabuela paterna. No le producía náuseas, pero sí le desagradaba. Después detodo, tenerle asco a una nimiedad como esa, habría sido un descaro total de suparte.

 

La muchacha de la silla se movió condesesperación una vez más, respirando agitada. Poco éxito, sin embargo,conseguía de cambiar su posición. Las correas de la silla estaban demasiadoceñidas como para permitirle libertad de movimiento. Apenas lograba mover losdedos y tampoco lograba expandir sus costillas a todo lo que daban pararespirar.

―Pss, ¡quieta! ―gruñó dándole unmanotazo en la cabeza ―. ¿Desde cuándo las mudas son tan insoportablementehediondas? ―inquirió dirigiéndose a su amiga Agnes, quien estaba a su ladoafilando unas cuantas navajas de plata sobre una mesa de madera muydesvencijada.

―Eso no es nada ―contestó Judy envez de la aludida, agachada a los pies de la víctima ―. Creo que aquí tiene una fábrica de queso, hongos y detodo lo que puedas imaginar.

―No entiendo ―suspiró Esther tomandouna peineta y comenzando a desenredar sin misericordia los nudos de aquélpálido cabello―. Ya es la tercera que nos toca así. No comprendo dónde handejado los hábitos de aseo. Ser mudo no te da el derecho de comportarte como uncerdo.

Soltó la peineta y se puso a uncostado de la joven. Ésta le devolvióuna mirada suplicante con sus almendrados ojos castaños.

― ¿Oíste lo que dije? ―le espetóEsther pellizcándole la mejilla, midiendo su fuerza para no sacarle sangreantes de tiempo. Al no obtener respuesta, le dio una bofetada ― ¿Oíste lo quedije, maldita puerca indecente? ¿Acaso no puedes si quiera lavarte en la piletade la plaza, que hueles a mierda? ¿Acaso le vas a echar la culpa a tu maldito Dios de ser una infernalmugrosa? ¿O no hablar te impide hacer otras cosas?

La muchacha negó con la cabeza,soltando lágrimas de terror que rodaron por sus pálidas mejillas de muñeca.

―Así me gusta. Eres muda, no sorda.Así que, si te vuelvo a hacer una maldita pregunta, contéstamela.

Ésta vez asintió, con brío, como sialbergara la esperanza de que iba a ser liberada de aquél cruel destino al quehabía llegado por pura mala suerte. Sólo porque había sido vistas por las TresLunas de Hampshire.

Esther miró la hora de su reloj.Iban a ser las once de la noche.

―Ya estamos en la hora, tenemos queempezar ―anunció con voz de mando.

Todo debía estar en su perfectoequilibrio ese 31 de octubre: la posición de la luna en el cielo, la lluvia,incluso las condiciones del lugar en donde estaban paradas. El conejillo deindias que ocuparan era lo único que podía variar, pero siempre los escogíanmudos para ahorrarse los alaridos que soltaban durante el proceso. Ganas notenían de ser descubiertas por la policía y, francamente, era molesto.

 

―Bien, Agnes, dame la fina.

Su amiga le extendió la cuchilla dehoja más delgada. Ella la tomó con su pálida mano con delicadeza.

―Créeme, que esto no es nada en tucontra, chiquilla. Esto no es ninguna venganza de nadie. Sencillamente somosbrujas y debemos disponer de gente para conseguir lo que queremos y lograrnuestros hechizos y encantamientos. Claro, eso tú no lo comprendes, dado que notienes nuestra privilegiada visión esotérica ―Esther hizo girar la navaja en sumano, hablando con su voz más aterciopelada ―. Pero deberás sentirte orgullosapor la gran utilidad que nos darás este día. Mañana, el día de Todos losSantos, podrás renacer.

Con deleite hizo el primer corte ensu cabeza. Con ese filo exquisito, era como untar el cuchillo en la mantequilladerretida. Luego, continuó con parsimonia, ignorando los roncos sonidos, depocos decibeles, que escapaban de la boca de la víctima.

Cuando acabó y tuvo la pelucacompleta en sus manos pudo sentir ese extraño orgasmo que le llenaba el cuerpocuando terminaba su labor. Era casi un calor demoníaco que completaba cadacélula de su cuerpo, estallando en el centro de su abdomen.

Colocó la peluca sobre la mesa.Luego, comenzó a lamer sus dedos ensangrentados frente a un espejo roto.

―Tiene un leve toque a dulzón
―comentó,como si estuviera catando vinos.

Judy se puso de pie para darle lugara Agnes. Ella se ubicó frente a la chiquilla.

―Tus ojos son bonitos ―masculló Agnestomando una cuchara de borde afilado ―, no así tus dientes ―miró al techo,cavilando ―. No sé qué decirte, si supiera cuál de las dos cosas son másdolorosas, tal vez podría hacer una distinción entre la elección de uno u otro,pero
No lo podemos saber. Digo, tú no puedes hablar y a mí no me dan ganas de comprender tus señales deretrasada

Esther se hundió un sillón mullido ydesgastado, frente al espectáculo, de espaldas a la puerta. Pero no quisomirar. Tantas veces ver lo mismo se hacía un poco aburrido. Así que no apreciócuando Judy pasó su rosada lengua por uno de los ojos antes de colocarnos en unabandeja de plata. Tampoco vio cuando Judy le rebanó la parte carnosa de lapierna en tres trozos, o cuando le extrajo todas las uñas de los pies, desde laraíz. Sonaron como caramelos cayendo en un frasco de vidrio cuando las soltó enuna vasija de cristal.

Tampoco era interesante ya ver losvanos esfuerzos de las víctimas para liberarse del martirio; todos reaccionabanigual.

―Sigues tú otra vez, Esther. Creoque tendrás que ponerte mascarilla, porque ésta se ha hecho mierda y huele ademonios.

Sí, lo sabía, no era necesario queJudy se lo recalcara. Se sabía el ritual de memoria. Continuaban las mejillas,y era mucho más difícil cortarlas de lo que parecía. Debían ser lo mássimétricas posible, pesar casi lo mismo. Y el olor sería soportable.

Se reincorporó del sofá y avanzóhasta la muchacha inconsciente. Poco le debía faltar para estar muerta; estabaperdiendo demasiada sangre de las extremidades. Sus cuencas sin ojos estabanensangrentadas y parecían no querer coagular tampoco.

Avanzó. Fue entonces, cuando iba acoger el cuchillo que oyó sonidos de huevos quebrarse en la ventana.

 

―Niñatos
―gruñó Agnes. Esther fuehasta la ventana, desconcentrándose de lo que iba a hacer, y corrió una tablasuelta. Con sus ojos claros recorrió la borrosa calle que se dibujaba tras lacortina de lluvia.

―No veo nada. Tal vez fue el viento.

Volvió a su lugar, cogió elcuchillo

Fue como si hubiese ocurrido unaexplosión: algo estalló en la puerta, que le obligó a lanzarse al piso. Agnes se escondió tras el sillón y Judy trasla silla de la muda.

Por un segundo creyó que una ráfagahabía abierto la puerta con tal violencia. Pero, cuando vio una sombra enormeen la puerta, supo que era otra cosa la que quería entrar a su casa abandonada.¿Un monstruo?

Su corazón comenzó a tomarvelocidad.

―Vaya, vaya
―dijo con sorna una vozfemenina― Se esconden tal cual lo hacen las ratas, como si no pudiéramosverlas.

Esther fue poniéndose de pielentamente, asiendo el cuchillo. Agnes la imitó. Judy, que solía hacerse lavaliente, no quiso salir tras la silla. SeriesLista.com - Programas de TV, Series, Guía de episodios.

Antes, sin embargo, que lograrahacer notar toda su estatura y cuerpo esbelto, la sombra se adentró a la casa,dividiéndose en tres. La puerta se cerró con un portazo.

― ¡Hey! ―vociferó Agnes ― ¿Quién lesha invitado?

Todo ocurrió muy rápido: de losdesconocidos nació un haz de luz roja que dio en el pecho de Agnes y la mandó avolar hasta el final de la habitación. Cuando cayó su cuerpo al suelo, se quedóquieta.

Esther quedó sin aliento y comenzó asudar. Siempre se preocupaba demasiado de sí misma en lo que era la limpieza yjamás sudaba, o no demasiado. Distintos perfumes y desodorantes recorrían sucuerpo para mantenerla seca y aromatizada, pero en esos instantes, todo eso sehabía ido a los demonios. Las manos se le mojaron, el cuello del suéter rojo dealgodón se le pegoteó en el cuello y la cara le goteaba como si tuviera unaducha encima. Todo eso, en segundos. El corazón parecía querer escapar de supecho.

Miró fijamente al trío que estabacerca de la puerta, temiendo encontrarse con seres de inframundo.

― ¿Quiénes son ustedes? ¿Son brujos?―preguntó. De fondo se escuchaba el llanto asustado de Judy.

― ¿Quiénes somos? ―los tres seaproximaron hasta el círculo de luz, revelando su identidad. La cercaníaperturbó a Esther, causando un movimiento preocupante de sus intestinos. No eran,sin embargo, nada del otro mundo. La mujer tenía el pelo y ojos negros, los queeran atrevidos y malévolos. Su boca se curvaba en una sonrisa maníaca. Enconclusión, era muy común, pero su presencia irradiaba una energía malignainquietante y perforante. Los dos hombres, corpulentos tras ella, llevabanmáscaras de metal. Algo le dijo que no era un simple disfraz de Halloween. Sustrajes eran siniestros, lúgubres y diabólicos.

― ¿Son brujos? ―preguntó intentandono tartamudear.

― ¡Que si somos brujos! ―gritó lamujer soltando una carcajada.

Y luego, todo pasó muy rápido: ladesconocida desenvainó una varita de madera y señaló a Esther sin llegar atocar su pecho. Por un segundo, quedó desconcertada.

― ¡Crucio! ―conjuró.

De pronto, la joven se vio tumbadaen el suelo, sufriendo los dolores más terribles que había sentido en su vida.Era tanta la potencia del dolor, que ni siquiera podía llegar a distinguir quéera. No sabía si eran cuchillos, clavos, fuego, lijas o espinas rasgando supiel, dañándola, raspándola, arañándola, atravesándola... Tal vez la estabandesmembrando. Sus ojos giraban con desenfreno en sus globos oculares, la lenguase le retorcía

 

Cesó. De costado, con la respiración a cienpor hora, los ojos desorbitados, y sin osar a ponerse de pie, miró hacia donde estabaAgnes. Ésta estaba reincorporándose en silencio, caminando hacia las sombras.Quiso suplicarle entre lágrimas que la rescatara. La iba a dejar, pero ella noquería siquiera pronunciar palabra

Miedo era lo que comenzaba a apoderarse de sucuerpo.

― ¡Oh, no, tú no vas a ningún lado! ―gritóuno de los magos hacia Agnes y, con otro movimiento de la varita, la frenó.

―Veamos lo que hace la niñita ―seburló la bruja. Estaba al lado de la espalda de Esther ―. Pone a tención tú.¿Jugando a las hechiceras? ¿Profanando nuestros orígenes, nuestra sabiduría?¿Robando la magia? ¿Robándonos a nosotros, los que tenemos el poder único yverdadero? Ya aprenderás... ¡Imperio!

A pesar de que no fue Estheragredida, fue la que gritó más fuerte.

― ¡No, no, por favor! ¡Agnes, Agnes!

Su amiga estaba a dos metros deella, mordiéndose el brazo desnudo sin, aparentemente, sentir dolor. Se trituróla carne una y otra vez, manchando su vestido blanco de carmesí, escupiendo lostrozos hacia el suelo.

― ¡Quieren brujería, sufrimientopara conjurar sus poderes! ¿Quieres ver ojos arrancados de tu amiga, asquerosa muggle?

Agnes, con sus propias manos, se sacólos ojos y los reventó en sus manos. Más tarde, sacó su lengua y la mordióhasta que callera al suelo. Y por último, se alzó en el aire y comenzó aazotarse con la pared una y otra vez.

Judy quiso aprovechar losdescontrolados gritos de Esther, que aún estaba en el suelo, sin atrever amoverse, y los ruidosos golpes de Agnes para escapar. Pero fue la peor decisiónque pudo haber hecho.

― ¡Crucio! ―dijeron los dos hombres.

Esther creyó oír como un hueso sequebraba. Tal vez fue una pierna, o un brazo. No quiso mirar.

Como si la mujer le hubiera leído lamente, la obligó a pararse y le hizo mirar el espectáculo, lanzándole unmaleficio para que no pudiera moverse. No podía siquiera cerrar los ojos.

― ¡Ve lo que les sucede! Aunque nocreo que sea demasiado nuevo, si ya han dejado sin nada a la muggle de la silla

Esther deseó gritar con todas susfuerzas, moverse, pero no ocurrió. Lo único que pudo hacer, fue ver cómo eransus amigas torturadas una y otra vez, cómo eran cortadas por cuchillos invisibles, desmembradas, mordidas por suspropias bocas
Finalmente, envueltas en una lucha de canibalismo entre ellasdos. Cuando cayeron al suelo, no supo si estaban vivas o muertas. Las pobresestaban destrozadas

De pronto pudo moverse y todo lo quehizo fue agacharse a vomitar. Sin querer su esfínter se relajó del terror.

―Creo que nuestra amiga no ha podidoaguantarse. ¿Tu juego de magia no podía hacer que frenaras, muggle? ¿Tu magia no es suficientementepoderosa como para proteger a tus amigas y defenderte de nosotros?

Esther abrió la boca. Quiso pedirdisculpas, suplicar por misericordia. Mas el pánico la tenía atrapada, como unaserpiente venenosa a su presa. Miró, arrodillada aún, hacia arriba. Cadaenmascarado custodiaba un costado de la mujer. Pudo ver sus ojos, infernales,demoníacos

―Tus intentos serían en vano, si lohicieras ―escupió con odio la mujer ―. Has jugado con magia, has jugado con lo que nos pertenece.¡Ustedes nunca van a poder ser como nosotros, nunca! ¡Maldita embustera, temereces esto y más!

¿Cuántas veces la habrán torturado?No lo supo. Sintió dolor una y otra vez. Luego saboreó sangre en su boca. Ycuando estuvo consciente, se dio cuenta que le faltaba una mano y tenía losdientes quebrados.

―Creo que ya es suficiente ―oyó quedecía la bruja ―. El Señor de las Tinieblas nos espera ― se giró haciaella y la miró. Esther supo que iba amorir, y nada deseaba más que ello ―. ¡Avada Kedavra!

Rodóal costado de la cama directamente para vomitar. Estaba empapada en sudor y nole sorprendió haber mojado la cama. Había tenido una horrible, espantosapesadilla. Su corazón estaba desbocado y le dolía el pecho.

Se secó la boca y miró la hora y elcalendario. Eran las tres de la mañana, del 31 de octubre. Llovía.

Tratando de no pisar su propiovómito, salió de la cama, temblando, y se acercó a su escritorio para tomar elteléfono. Marcó tres veces. El temblor de las manos era tal, que presionaba losnúmeros equivocados.

― ¿A-aló? ¿Aló?

― ¿Sí? ―contestó una voz soñolienta.

― ¿Ag
Agnes? ―la quijada le tiritócon violencia.

―Sí, ¿Esther, eres tú?

―S-sí, n-no debemos, no debemoshacer la-la reunión de las TresLu-lunas
esta no-noche

La joven no pudo seguirexplicándose. Súbitamente, un ruido de huevos reventarse en la ventana habíaretumbado en su habitación. El teléfono se le cayó de la mano.

Entonces, un rayo iluminó el lugar,perfilando una sombra enorme en su ventana. Quiso creer que era un árbol, queera imaginación suya... No obstante, en su interior, algo le dijo que su vidaacabaría pronto


Y se quedó en la incertidumbredurante los próximos segundos.



F I N

No juegues con magia - Fanfics de Harry Potter

No juegues con magia - Fanfics de Harry Potter

Unsalón oscuro, apenas iluminado por una lámpara de clínica dental, la queproyectaba una tétrica luz blanca sobre el centro del lugar. Las ventanas, apesar

potterfics

es

https://potterfics.es/static/images/potterfics-no-juegues-con-magia-fanfics-de-harry-potter-4901-0.jpg

2023-02-27

 

No juegues con magia - Fanfics de Harry Potter
No juegues con magia - Fanfics de Harry Potter

MÁS INFORMACIÓN

El contenido original se encuentra en https://potterfics.com/historias/61572
Todos los derechos reservados para el autor del contenido original (en el enlace de la linea superior)
Si crees que alguno de los contenidos (texto, imagenes o multimedia) en esta página infringe tus derechos relativos a propiedad intelectual, marcas registradas o cualquier otro de tus derechos, por favor ponte en contacto con nosotros en el mail [email protected] y retiraremos este contenido inmediatamente

 

 

Top 20