No Tocar DM&HG - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

NO TOCAR

Draco pasó vagamente la mirada por las esculturas de mármol, cada una encerrada en su reluciente vitrina. Aunque hubiese querido prestarles más atención, una cantidad incontable de personas obstruían su vista, pegando sus rostros a la superficie del cristal. Draco bufó. Como si de esa forma pudiesen apreciar mejor aquellas obras de arte.

Imbéciles. Todos comentando burlonamente sobre la mente depravada del artista, sin comprender una simple ironía. Observaban tras los vidrios los desnudos cuerpos de mujeres, literalmente esculturales, que tenían unas curvas desproporcionadas para su menudo cuerpo, donde se podía destacar cada hueso adherido a su piel.

Él odiaba las exposiciones de arte, a donde todo el mundo concurría con vestimentas elegantes y disimulando su triste ignorancia. Miraban todo con una mano en la barbilla, entrecerrando los ojos y asintiendo con la cabeza de vez en cuando, como para darse aires de interés. ¿Cómo había dejado que Astoria lo convenciese?

Ella caminaba a su lado, observando aquí y allá embelesada. Que la arquitectura del salón, que la muestra, que la iluminación. Scorpius, como un reflejo de su padre, caminaba a un lado de ella con la túnica negra apenas por encima de sus pies, en silencio y con pasos firmes pero tranquilos. Aunque, a diferencia de los de Draco, sus ojos demostraban un mucho mayor interés.

Astoria y Scorpius se detuvieron ante una mujer de extremadamente voluminosos senos y comentaron algo sobre la enferma lujuria de algunos espectadores que tenían un especial interés en ella. "¡Oh, vamos! Es una escultura, señores" susurró Astoria. Luego, Draco perdió el hilo de la conversación y solo escuchó la breve risa de Scorpius mezclada con un leve desprecio en sus facciones.

Volteó desinteresado a observar la bella sala reservada para toda la exposición y coincidió con Astoria. La arquitectura romana era maravillosa. En otro momento la hubiese inspeccionado minuciosamente, como hacia con la mayoría de las cosas. Pero esa noche no, la multitud a su alrededor ya lo había mal predispuesto.

De repente, sus ojos grises fueron atraídos por una escultura ubicada en el centro del salón. Era irónico, nadie parecía verla y, cuando alguien lo hacía, solo le dedicaba una mirada fugaz y pasaba de largo. Él se acercó más a ella, era la única que no estaba rodeada por una vitrina, pero brillaba sin la necesidad del cristal.

Era el cuerpo de una mujer, como todas las demás esculturas, pero ésta era especial, sin duda alguna. Draco tuvo una sensación de reconocimiento al verla. Ella estaba parada sobre una roca, contra la que rompía una gran ola, y se sostenía el cabello con las manos por encima de la cabeza. Una especie de sonrisa se dibujó en los labios de Draco al mirarla de arriba abajo.

Tenía el cabello mojado, evidentemente, que caía en forma de bucles a la altura de su cintura. Sus manos finas y pequeñas, de uñas almendradas, se entrelazaban con éste. Tenía la vaga idea de haberlas visto recorriendo las hojas de viejos y grandes libros en una esquina de la biblioteca que a menudo frecuentaba en su período escolar.

Las facciones de su rostro estaban relajadas, sus ojos permanecían cerrados y le daban un aire soñador, místico, placentero. Su pequeña nariz estaba repleta de pecas, que se distribuían también por sus mejillas a medida que disminuía su cantidad. Sus labios se curvaban en una sonrisa de alivio y satisfacción, con un claro dejo de paz. Podían verse casi maternales, de una manera indescriptible.

Su cuello era largo, y los costados de éste llevaban a unos hombros cubiertos por las restantes pecas de su rostro, que se dispersaban desordenadamente. Draco bajó la mirada hacia sus pechos y sonrió con más intensidad. Eran pequeños, y sin embargo, ese aspecto inocente iba acorde a todo su cuerpo.

Tenía un torso llano y menudo, frágil, seguido de unas piernas largas en proporción a su no muy alta estatura. En esa parte de su cuerpo se podía apreciar la piel lisa e infantil que lo cubría en su totalidad. Mientras Draco posaba la mirada en sus pies pequeños, y para darle aún más incredulidad al paisaje, vio subir por la roca una serpiente tallada en mármol, de ojos vivos y un tamaño descomunal.

Ante la mirada atónita de Draco, la serpiente trepó por el cuerpo de la mujer y depositó su cabeza sobre el hombro de ella, mientras pasaba su lengua amenazadoramente por su cuello. Pero la mujer, que ahora él podía reconocer por completo, tomó movimiento para abrir su boca en una risa y sentir el cosquilleo de esa lengua áspera.

Draco abrió los ojos lo más que estos se lo permitieron y luego pestañeó dos veces, para asegurarse de que no alucinaba. Descubrió que, en efecto, sí lo hacía. Cuando reabrió los ojos, la serpiente no tenía lugar en aquella escultura, y la mujer tenía las caderas mucho más amplias. Su cabello era lacio y sus ojos estaban abiertos de una manera feroz. No había ninguna ingenuidad en ella.

Dio dos pasos atrás, horrorizado, y chocó de espaldas contra una mujer. Tragó saliva y se dio la vuelta. Astoria lo miró sonriente y le tomó la mano, por primera vez en la noche y cuando él menos lo deseaba.
-¿Vamos? Scorpius cree haber visto un dragón disecado en la sala tres. ¿Qué tanto interés?, ¡Está disecado, que espanto!- exclamó emprendiendo el camino y guiada por el susodicho- Te vi muy interesado en las esculturas, sabía que esta exposición sí te gustaría. Me alegro mucho.

Draco comprobó que eso era cierto, se reflejaba en su rostro gentil, que no era tan común en ella. Ni en ella ni en ningún Malfoy. Eran, realmente, una familia muy atípica.
Disimuladamente, se dio la vuelta antes de dejar el salón y observó la escultura del centro por última vez. Desde lejos, reparó en algo que no había visto antes. Un gran letrero frente a ésta rezaba en letras rojas "NO TOCAR". Algo que por cierto



También le recordaba a la mujer con la que había confundido aquella obra de arte. Nails Trends

 

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2023-02-27

 

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