Ojos de Hielo - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

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OJOS DE HIELO


Llovía, llovía sin parar. Llevaba semanas haciéndolo y no parecía que fuera a mejorar en breve.
La gente sólo salía de su hogar para lo imprescindible. Y si estaban fuera de casa más de lo necesario, sus saludos eran tensos y procuraban encontrar cobijo rápidamente contra la tempestad.

No era una lluvia normal. No, simplemente, a mediados de Octubre, había comenzado a llover. Las lluvias eran torrenciales, típicas del mes de Diciembre y no de mediados de otoño.

Los truenos y relámpagos se sucedían sin tregua, el viento no amilanaba su carrera en pos de las nubes. Todo parecía hecho a conciencia por una mano superior a los humanos para tenerlos bien entretenidos durante un tiempo.

Nadie sabía como había comenzado tal situación. Y ni en sus más descabelladas fantasías podían encontrar respuestas a lo que los inquietaba. Para unos era un castigo de Dios, para otros era simplemente un ciclo de la Naturaleza. Y unos menos, veían acercarse el día del Final.

Pero nadie podía imaginar, nadie podía prever que el autor de todo dormía en el sueño del dolor. Que sufría las punzadas de la ira y la amargura. Que no había querido provocar ninguna catástrofe. Que sólo quería cambiar el curso de su propia historia. Que no era un hombre más.
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Aquella tarde el cielo tomó un color plomizo de improviso. Las oscuras nubes cubrieron al radiante sol que brillaba poco antes.

La gente intrigada alzaba la vista y señalaba con el dedo la oscuridad que se cernía con velocidad sobre Londres. Los paraguas se abrieron previsores, las tiendas se llenaron de gente que escapaba de la lluvia que se sentía cercana.

Menos un hombre. Él siguió su paseo con tranquilidad. Con un brillo acerado en sus ojos grises. Sin mirar al cielo ahora negro. Sin torcer ni un ápice su sonrisa de lado.

Caminaba con las manos en los bolsillos, se leía en su mirada que sabía exactamente a dónde se dirigía, pero eran sus pasos largos los que guiaban su camino.

Júpiter abrió en ese momento la caja de los truenos y los rayos comenzaron a caer. Siendo los que abrieran camino a gruesas gotas de lluvia que a los pocos minutos empapaban la ciudad.

El joven continuaba su paseo sin prestar atención a su cabello mojado o al frío viento que azotaba su gabardina.

Parecía una estatua de piedra sobre la que Prometeo hubiera soplado el hálito de la vida, su rostro imperturbable, su mirada acerada. Todo lo hacía semejar indestructible; imparable. Nada más lejos de la realidad.

Sus huesos eran tan frágiles que un débil golpe los quebraría. Sus ojos estaban hundidos y los huesos de la cara destacaban sobre un rostro enflaquecido. Era de constitución enjuta y su sonrisa torcida era en realidad una mueca de desgano.

Pero nadie parecía verlo o entenderlo.
Para los pocos peatones que aún quedaban en la calle era un hombre seguro de si mismo que caminaba sin prisa, con mesura hacia un destino desconocido para ellos.

Él sin embargo sí sabía hacia donde iba, necesitaba encontrar el remedio a esa enfermedad que le corroía el alma y el cuerpo.

Necesitaba hallar las respuestas a las preguntas que acuciaban su mente; saber la razón de la maldición que le impedía vivir como un humano más.

Conocer la forma de contrarrestar los efectos del dolor que venía sufriendo en cada una de sus vidas desde 500 años atrás.

Clava su mirada
sus ojos sólo muerte ven.
Grises como el hielo
amargos como la hiel.



Mirando al frente vio a una muchacha igual a las demás, pero serviría a sus propósitos.
Al menos durante una noche más podría evitar desfallecer y despertar al alba para darse cuenta de que le habían arrancado de nuevo un pequeño trozo de su ser. De su corazón.
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La mujer caminaba bajo la lluvia sin alzar la mirada. Su paraguas había quedado olvidado en la Universidad pero no tenía ánimo de volver a buscarlo. De todas formas quedaban pocas calles para llegar a su cálido y vacío apartamento.

Sólo su gato estaría dormitando en el sofá, esperándola para restregarse contra sus piernas y darle la bienvenida.

Su cabello castaño caía ahora desordenado y empapado sobre su rostro, dándole una imagen de desolación y tristeza. Reflejando sin quererlo en sus ojos lo que sentía.

Sus ojos color miel estaban ahora nublados por las lágrimas que resbalando por sus mejillas se confundían con la fría lluvia. No podía evitarlo, ni tan siquiera quería evitarlo.

No se avergonzaba de llorar, se avergonzaba de hacerlo por alguien que no merecía ni una mirada de ira.

Los suyos son de miel
suaves e intrigantes
esconden su oscuro saber.
Lágrimas negras (que)
tiñen de luto su piel.



Caminaba mirando a sus zapatos ahora embarrados, sin prestar atención a nada de lo que la rodeaba. Sólo le interesaban las punteras de los mismos.

Quizás por eso no vio al hombre que se acercaba con aires de depredador hacia ella. Puede que simplemente una parte de si misma sí lo viera y lo guardara en su interior, reflejado en un latido del corazón más largo de lo usual.

Alzó la mirada a tiempo de ver unos ojos grises que la miraban entretenidos. Sus mejillas se tiñeron de carmesí al tiempo que el corazón deseaba salirse de su pecho sin una razón conocida.

Se había detenido sin saberlo a unos pasos de un hombre rubio, alto, que portaba una gabardina oscura con gran elegancia.

Parecía que la hubieran embrujado y algo fijara sus pies al pavimento, impidiendo que pudiera dar un solo paso que la alejara de aquel diablo de ojos grises.

No pudo prever sus rápidos movimientos, no pudo defenderse del inesperado ataque. Fue incapaz de meter la mano en su bolsillo y recuperar la varita que separaba como una fina línea el camino que esa tarde tomaría su destino.

Él sin embargo, sabía el efecto que producía en la mujer, sabía que no podía escapar, que no huiría, que la tenía a sus pies. Así que con la elegancia que le caracterizaba atacó a la muchacha con un simple Desmaius.

Ésta se deslizó suavemente hacia el suelo, sin embargo no llego a tocarlo ya que el hombre la había recogido y acunado contra su pecho.

Sus oscuros cabellos empapados cosquilleaban contra la nariz del rubio, que sin saber porqué comenzó a sonreír. Una sonrisa sincera curvaba la comisura de sus labios. Una sonrisa que hacía 500 años que no exhibía.

Revisando que nadie hubiera prestado atención a los hechos acontecidos en mitad de la calle, desapareció sosteniéndola entre sus brazos con un plop

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La cabeza le dolía horrores y se sentía incapaz de levantar los párpados. Le pesaban toneladas. Se sabía tumbada pero le costaba mucho levantarse.

Sólo podía situarse a través del tacto y las sensaciones que éste le devolvían era de suavidad, de ropa cálida.

Un olor cosquilleaba en su nariz. Un olor agradable. Que asociaba con algo, pero no podía saber bien con qué. Sentía como si alguien hubiera puesto una venda sobre sus ojos y borrado una parte de su vida del recuerdo.

Sólo podía rememorar una cosa, unos ojos grises, fríos como el hielo, pero con un fuego ardiendo en la negra pupila. Unos ojos únicos, unos ojos de diablo.

Los ojos del diablo que la había arrastrado hasta donde estaba ahora. Hasta lo que suponía una cama de no sabía dónde y por una razón que escapaba a su entendimiento.

Al fin pudo abrir los ojos para encontrarse con una habitación decorada con precisión y elegancia.

Era un dormitorio que tenía ese toque masculino innegable, desprendía sensación de poder y dominio en cada objeto que en él había.
Los muebles eran oscuros y la cama con dosel maciza. Las cortinas burdeos impedían que la luz del sol naciente se colara en la habitación, pero aún así, algunos rayos revoltosos jugaban en este amanecer con el cabello de la muchacha.

Con cuidado se levantó sobre sus codos y descubrió para su bochorno que no llevaba nada vestido. Con presteza se enroscó alrededor del cuerpo la alba sábana y saltó al suelo.
Estaba dispuesta a saber dónde se encontraba costara lo que costase.

El lugar tenía dos puertas; era de suponer que una de ellas daba a un baño. Quizás allí podría encontrar algo que le indicase dónde había ido a parar.

Vagamente recordaba lo ocurrido, sólo como un rayo la había herido
y ese despertar tan extraño, con el perfume cosquilleando en su memoria. Un perfume duro y profundo, un perfume que no reconocía pero la hacía suspirar.

Eligió la puerta del frente, y se halló con un coqueto baño con ducha y lavabo.
El espejo le devolvió una mirada perdida en el mundo. Unas ojeras que cubrían su pálida piel y una sonrisa torcida de lado.

Apartando la vista buscó objetos personales que le señalaran algo sobre su desconocido anfitrión.
Abrió la puerta del armarito del espejo, allí encontró un cepillo de dientes, un par de peines y un bote de perfume.
Por lógica debería ser el mismo que inundaba el dormitorio.
Con manos temblorosas lo destapó y dejó que la esencia se expandiera por el cuarto.
Ese era el perfume, ese era el olor que la había cautivado
.. Desde aquella tarde lluviosa. Fue en ese momento cuando parte de los recuerdos volvieron a su mente:
Una calle vacía, una tarde lluviosa, un hombre misterioso, unos ojos que hechizaban, aquellos ojos grises
aquellos ojos de diablo.

Suspiró al sumergirse en sus recuerdos, después de todo, tampoco podía ser tan malo. Ya no había nada por lo que ella quisiera luchar. No había nada, ninguna meta académica que perseguir, ningún propósito de año nuevo que cumplir.
Tampoco había nadie por quién preocuparse o sentir miedo.
No había ya nada dentro de ella, era sólo un alma que debería haber desaparecido ya habitando en un cuerpo de mujer.

De repente sintió el puñetazo de su realidad, con un golpeteo furioso del corazón, devolvió el frasco a su repisa y cerró de golpe el armarito.

Otra vez un maldito espejo le devolvía esa imagen de fracasada, de derrotada, de perdedora. De perdida.

Otra vez más volvía a derrumbarse, a dejarse arrastrar por las lágrimas de autocompasión que ardían en su garganta.

Malditos espejos. Espejos que siempre devolvían a una mujer demacrada, hundida, desesperada por huir a ningún lugar, Por escapar de una vida que la laceraba y fustigaba.
Malditos espejos.....

Sin siquiera pensar en impedirlo, lanzó su mano derecha contra su propio reflejo e hizo estallar el cristal en añicos que se clavaron sanguinarios en su fina piel.

Ahora la sangre corría por sus manos, manchaba las antes inmaculadas sábanas.
Sangre carmesí que llevaba la vida que ella deseaba abandonar.

Sus rodillas se doblaron, sus ojos se cerraron otra vez. Estaba dispuesta a dormir por la eternidad, pero algo se lo impidió de nuevo.

Unos brazos la sostenían e impedían que cayera al suelo de frío mármol.
Unos cálidos brazos sostuvieron una vez más el pequeño hilo que aún la sujetaba a la vida.

Sus ojos miel buscaron al ángel salvador que estaba para impedir su viaje a los avernos.
No halló la mirada dulce que esperaba, no encontró la voluntad a la que asirse en sus flaquezas. No pudo apreciar humanidad en aquella mirada gris, sólo pudo notar un dolor más grande que el suyo propio, sólo pudo apreciar un miedo como el de ella.

En aquellos ojos grises sólo se veía el temor y la certeza de conocer su futuro.
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Aquellos ojos grises encontraban en el reflejo de los castaños un dolor profundo, unas cicatrices que habían llagado un corazón puro. Hallaba en ellos deseo de terminar con todo, de comenzar un viaje eterno que la liberara de los pesares que sus alas de ángel gris le acarreaban.

En ellos podía apreciar aún a aquella mujer que maldijera su humanidad quinientos años atrás.
Podía hallar aún la lujuria y la pasión que aquella campesina inglesa guardara en un rincón de su alma y sólo entregara a él.
Podía ver ese amor tintado de amargura y traición. Podía ver que el amor que mata es aquel que nunca muere.

Sabía a ciencia cierta que cinco siglos antes esa mujer había sido suya, y sabía igualmente que si quería romper el dolor que le corroía el alma cada amanecer debería volver a serlo ahora.


El cuerpo de la muchacha permanecía relajado entre sus brazos, y con los ojos semiabiertos le sonreía sin miedo.
Le regalaba esa sonrisa sincera de muchacha inocente, le regalaba el calor de una mirada nacida en el corazón.

La sangre seguía manando de sus heridas, su mano era ahora un bulto ensangrentado que dejaba constancia de que algo vivo aún anidaba en la mente muerta de la mujer.

Con sus labios fríos recorrió el rostro de su eterna amante, buscando la boca esquiva de la castaña.
Suspirando con mezcla de alivio y dolor contenido, robó la boca de la mujer que ahora yacía en sus brazos, acurrucada contra su pecho.

En sus besos notaba el sabor de la sangre, notaba el sabor de la amargura y la desesperación. Y sin embargo también percibía ese hálito de vida y esperanza que permanece en los humanos hasta que la Parca se ha llevado ya sus almas al Hades.

Ese suspiro que no quiere morir sin demostrar que puede amar, ese lamento que mezcla rubor y angustia.

Sentía que cuanto más saboreaba sus labios más humano se volvía.
No se veía robando la vida a la muchacha. Se veía a si mismo como aquel que había de recuperar el balance. Como aquel que tras siglos de búsquedas infructuosas hallaba su Santo Grial. Aquello por lo que había luchado y asesinado en tantas ocasiones.

Aquello que le daría la oportunidad de recuperar unos labios perdidos y alcanzar al fin el descanso eterno.

Besos de alquitrán
sellan su pasión.
Oscuro destino
atado al amor.

(Y) sólo una noche
les resta para
romper el hechizo.
La Parca no será
quién robe sus almas
al amanecer.

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Las horas habían pasado y el crepúsculo se adueñaba de nuevo del firmamento,

Ambos yacían en el lecho, abrazados dulcemente.
No hacían falta palabras. No hacían falta los gestos, ambos sabían qué ocurriría cuando la Luna se adueñase del Cielo.

Ambos sabían que deseaban secretamente que llegase ese momento, ambos necesitaban que llegase ese momento.

Sería el fin de este trayecto y el comienzo de uno nuevo. Un nuevo viaje más allá de las apariencias y las frivolidades humanas.

Un sendero luminoso les esperaba y ambos sabían que querían recorrerlo asidos de la mano. Que ése era su Destino.

Ambos conocían la historia de sus vidas anteriores, aunque ninguno había necesitado decírselo al otro.

Ambos se habían dado cuenta a través del transcurso de sus vidas en cuerpos humanos que una noche como aquella, quinientos años atrás habían sellado una promesa imperecedera.

Una promesa que se mantendría con el paso de los años, con la caída de las hojas en Otoño. Que se mantendría aunque otros labios rozaran sus cuerpos, aunque otras manos aliviaran sus penares.

Porque la llama
que arde al calor
de la Luna
no se extingue
con la nevada.

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Las lágrimas inundaban sus rostros sonrojados.
Podían ver que la Luna llena ascendía en la ventana, dispuesta a devorar lo que antes fuera territorio del Sol.

Sus lágrimas saladas sellarían esa noche el final de un episodio que ya había durado demasiado
Sus labios, que tanto tiempo habían negado el amor, beberían esa noche el llanto que les conduciría a su Camino. El llanto que les uniría en la eternidad.

Y es que el Invierno
no mata al rosal
Sólo le sume
en un sueño
del que pronto
ha de despertar


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El hombre observó cuidadosamente a su compañera, estaba llorando como si así pudiera borrar el pecado del mundo. Pero una sonrisa sincera inundaba su rostro, una sonrisa que significaba comprensión. que significaba aceptación de lo inevitable.

Una sonrisa que demostraba ser poseedora de la verdad que a ambos liberaría.

Intentando sonreír entre su propio llanto separó un mechón del castaño cabello de su mujer y sin decir palabra la besó.

Su Destino estaba ya sellado, el próximo amanecer sólo encontraría a un hombre y una mujer que cogidos de la mano se sonríen por la eternidad.


Así que ellos
dormirán al amancer
el sueño de la eternidad.

Porque por mucho
que el amor luche
hasta la rosa
más hermosa
tiene espinas.


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FIN
22-10-3005//24-11-2005





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2023-02-27

 

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