Porque ahora sé que te amo - Potterfics, tu versión de la historia

 

 

 

Volvías a mirarme. Lo percibí claramente. Tus ojosestudiándome lentamente, como si me vieses por primera vez, como si no tededicases a observarme cada día desde que nos conocemos.

Me atreví a echar un breve vistazo a mi derecha, en el bancode enfrente, y efectivamente allí estabas, fijando tu mirada en la mía. Volvírápidamente la cabeza hacia mi plato para esconder una sonrisa tras la cortinade mechones pelirrojos que se deslizaron desde mi hombro. Sentía que tú seguíasmirándome. Oía la voz de Black diciéndote algo, hablándote tal vez sobre elquidditch, pero tú no le respondiste. No dejabas de observarme.

Y eso, como había comprobado en las últimas semanas, ya nome molestaba. Al contrario, esa constante atención que me prestabas resultabahalagadora, cálida, como la caricia de una llama en mitad del invierno.

 

Alcé de nuevo la mirada para contemplarte: el pelo azabachetotalmente desordenado, coronando tu cabeza como una marea de olas de enebro;el rostro de rasgos perfectamente proporcionados con los ojos castañosenmarcados por las gafas de montura metálica; los más que apetecibles labiosque, al sentir mi mirada, se curvaron en una sonrisa socarrona que poseía unaleve impresión de cariño.

Abriste la boca y moviste esos perfectos labios formulandoaquella eterna pregunta que a día de hoy aún repetías como si de una mantra setratase: "¿Quieres salir conmigo?". Reí, para qué negarlo, y sacudí la cabezade un lado a otro. Tú suspiraste con aire aparentemente resignado y teencogiste de hombros, pero no te habías rendido. Lo sabía, te conocía bien, yaquel juego de pregunta y respuesta se había convertido ya en una rutina paranosotros, una situación que se reiteraba aun con el transcurso de los años.

Pero la pregunta era: ¿llegaría el día en que las reglas deljuego cambiasen? ¿El día en que alguno de los dos cediese? ¿Te cansarías depersistir en tu infructuosa lucha? ¿O sería yo la que finalmente aceptaría seraquello que tú querías que fuese?

Temía que se diese el caso de que cesaras de preguntarme aquello,pues me agradaba saber que aún tenía opción, que podía elegir. Pero tambiéncomprendía que esa situación no podía alargarse eternamente. Todas las chicasde Hogwarts detenían sus conversaciones para admirarte y comerte con la miradacuando cruzabas los pasillos, rodeado por tus inseparables Merodeadores,revolviéndote el pelo, blandiendo en tu rostro la expresión de quien se sabe ose cree dueño y señor del mundo. ¿Y si decidías que una de aquellas chicasmerecía más la pena que yo? No podría reprochártelo, la culpa sería mía, mía yde nadie más.

Y es que, si bien era cierto que los primeros años no tesoportaba, me veía en la obligación de reconocer que mis sentimientos hacia tihabían sufrido algún que otro cambio.

Me gustaba que me mirases, sentirme deseada por ti, saberque siempre estabas cerca de mí, buscando una excusa, la que fuese, paraacercarte y repetir esa sencilla pregunta.

Meencantaría saber si realmente conservas la esperanza de que algún día te dé unsí.

Meencantaría saber si realmente seré capaz de decirte siempre que no.

Suspiréy terminé de comer. Me levanté despacio, mis amigas aún no habían terminado.Pero era domingo, no tenía nada que hacer, no había clases y el sol relucíasobre su mar privado, azul claro y limpio, empañado aquí y allá con alguna nubede tonos níveos. No pensaba esperarlas, aguardaría en los jardines a queacabasen.

 

Salídel Gran Comedor en dirección a los terrenos que abrazaban al castillo desdefuera. La hierba tenía ese color verde brillante que te hacía dudar de si era ono artificial. Alguna que otra brisa inocente enganchaba sus diáfanos dedos alas ramas de los árboles, tirando de las hojas hasta arrancarlas de sus hogaresy bailar con ellas para, finalmente soltarlas sobre el suelo.

Comencéa pasear por los jardines sin un destino concreto, sin una direcciónpredeterminada. Y, entonces, llegué al lago. Me dejé caer en su orilla, tancerca del agua que podía sentir los brazos de la humedad estirándose todo loposible hasta acariciar mi piel. Me incliné suavemente para ver mi reflejosobre la lisa superficie del agua. Fruncí el ceño. En realidad, no comprendíacómo podía gustarte. El pelo llameante descendía por mi espalda hastaarremolinarse en la cintura, y todo un ramillete de pequeñas pecas cubría mispómulos y el puente de mi nariz. Solo mis ojos, de un curioso y vivo colorverde, eran dignos de mención en mi totalmente ordinario rostro. Mejores pianos digitales

Habíachicas mucho más guapas que yo en el colegio. Así pues, ¿a qué podría debersetu fijación en mí? No lo comprendía. Cualquier otra alumna con un físicodesbordante se habría echado a tus brazos de habérselo pedido. ¿Por quéinsistirme a mí?

Entonces,el miedo atenazó mi corazón. ¿Y si tú también te dabas cuenta de lo ridículoque era perseverar en lo imposible cuando no te reportaba el menor beneficio?¿Y si, definitivamente, eras tú el que no tardaría en desistir en tu empeño deconseguir una respuesta afirmativa por mi parte?

Erapatético que eso me importase tanto. Porque sí, era innegable que ya no teodiaba, e incluso puede que sintiese una cierta atracción por ti
¿Pero de ahía estar enamorada? ¡Eso jamás! No habías dejado de ser Potter, el arrogante,mujeriego, inmaduro y ególatra de Potter.

Aunque
en realidad, me encantaba esa actitud tuya de altanería infinita. Y ese año aúnno te había visto poniendo en acción tus armas de seducción con ninguna chica.Ni tampoco habías sido castigado por hechizar a nadie. Además, eras PremioAnual, y tus notas no tenían desperdicio. Y era más que consciente de que, comohonorable Gryffindor que eras, los demás te importaban tanto o más que túmismo.

Ypor si todo esto no fuese suficiente, tenía que reconocer que estabas másatractivo que nunca, y en más de una ocasión me había sorprendido a mí mismaespeculando sobre cómo sabrían tus labios.

Asípues, ¿cuál era el motivo por el que te seguía rechazando? ¿Qué tenías de malo?¿Qué tenía yo de bueno?

Eseodioso miedo no se escapaba de mi pecho, era un mar de tinieblas que lastrabanmi cuerpo y ensombrecían mi mente, un matojo espinoso que crecía lentamentedentro de mí y aprisionaba con fuerza mi malherido corazón.

Ycomprendí.

Yo,Lily Evans, estaba irremediablemente enamorada de James Potter.

Pero,¿y si ya era tarde? Tal vez la negativa que te había dado unos minutos atráshabía sido definitiva. Tal vez no volverías a preguntármelo. Tal vez

¿Evans? me sobresaltéal oír tu aterciopelada voz. Me giré para verte de pie, contemplándome con unasonrisa divertida y adorable. Sentí la inexplicable necesidad de enterrar losdedos en tu pelo revuelto.

¿Sí? pregunté con unhilo de voz mientras me levantaba para quedar a tu altura, reprochándome a mímisma mi propia debilidad.

Nada, solo venía a decirteque quiero hacer una cosa y preguntarte algo respondiste, ensanchando tu sonrisa.

¿Por ese orden? bromeé,tratando de tranquilizarme. La dirección de los pensamientos acerca de ti quehabían bañado mi mente segundos antes seguía apuntando directamente a tuslabios. Creía saber cuál sería la pregunta, y por primera vez me encontrabaante la disyuntiva de responder de forma afirmativa o negativa; pero, ¿quésería lo que querías hacer?

Por ese orden confirmastetú, asintiendo con fervor. Y no dejaré que protestes hasta que haya llevado acabo ambas acciones.

¿Por qué iba yo a
? comencé,pero no pude terminar mi frase. Porque de pronto sentí tus labios contra losmíos, tu mano derecha sujetándome por la nuca y la izquierda posada en micintura. Me quedé estática, incapaz de reaccionar, incapaz de moverme, incapazde pensar.

Pero no tardé en darme cuenta de que lo único que necesitabaera dejarme llevar. Cerré los ojos y rodeé tu cuello con los brazos, enredandolas manos al fin en tu pelo desordenado. Tú respondiste a este gestoatrayéndome más hacia ti, cosa que me encantó.

Tu boca se movía contra la mía con dulzura, con suavidad,con cariño, casi con admiración. Me permití a mí misma naufragar en el océanode sensaciones que desbocaste en mi interior valiéndote únicamente de tuslabios, de aquel beso experto que logró que perdiera la noción del tiempo y elespacio.

No eran mariposas lo que aleteaba contra las paredes de miestómago, sino bandadas completas de inmensos hipogrifos sacudiéndose dentro demí como si no existiera un mañana.

Entonces, tras un periodo de tiempo demasiado largo comopara olvidarlo y demasiado corto como para definirlo, te separaste de mí y memiraste con aquellos ojos del color de la miel espesa, pronunciando una vez másaquella pregunta que me encontré ansiando escuchar:

Lily Evans, ¿quieressalir conmigo?

Y, en ese mismo instante, la respuesta fluyó de mis labioscon una sencillez infinita, con una seguridad inquebrantable, como si siemprehubiese estado ahí, esperando a ser arrojada al aire:

Sí, James, porsupuesto que quiero salir contigo.

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Volvías a mirarme. Lo percibí claramente. Tus ojosestudiándome lentamente, como si me vieses por primera vez, como si no tededicases a observarme cada día

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2023-02-27

 

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