Puntos de vista - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Todos alguna vez hemos deseado que la rutina se acabe, que suceda algo emocionante para poder romper con ella. Porque desde que nacemos nos inculcan unos valores que debemos seguir, un camino con unas normas que desenlazan en una rutina para poder vivir. Si no es el trabajo son los estudios; si no es la hora de levantarse es la de dormir; si no es recorrer la misma calle es la de ver los mismos edificios.

Vas paseando por la acera de enfrente del parque, observando a los viandantes que pasan corriendo por tu lado, que te saludan, que te ofrecen un producto, que gritan para llamar la atención de la persona de la otra acera, que llevan cogidos de la mano a sus hijos, que se despiden de su pareja con un beso. Y tú pasas desapercibido porque no compartes esos mismos sentimientos. No sientes alegría, emoción, amor, estrés, o tal vez sí, tal vez la monotonía ha hecho que los sentimientos hacia lo más mundano se diluyan. Pero están ahí.

 

Sigues tu camino y antes de girar la esquina te quedas observando un edificio con grandes cristaleras, en las cuales se reflejan los rayos del sol. Pero a través de esas ventanas distingues el movimiento de una persona que cruza la habitación; otra que llama por teléfono y sólo gesticula; otra que mira hacia el exterior, a la calle, puede que observando los quehaceres de las demás personas como tú; otra más arriba que desprende humo por la boca y la nariz, y sostiene un cigarro en la mano.

Doblas la esquina y divisas tu casa, casi oculta entre las sombras de los edificios de alrededor. Te acercas más, con las manos en los bolsillos y con parsimonia, pues tu mayor deseo no es llegar allí, a ese lugar tan conocido ya para ti, tan seguro que es aburrido. Tus deseos se centran en conseguir algo descubierto recientemente, una curiosidad virgen para ti, un misterio que pide ser resuelto dentro de tu mente. Aquello que observas distante, al cual llamas hogar, el que fue tu mayor mundo cuando aún no sabías que las preguntas podían abarcar un mundo exterior.

Te saludan más conocidos y amigos, los que ves todos los días y que hacen de tu vida un lugar aún más monótono y seguro. Pero te sientes bien, notas despertar tus emociones cuando los ves. Pero es tan típica esa reacción que casi ni te das cuenta, no le das importancia. Por eso sigues tu camino y llegas a tu verdadero lugar, donde te evades un tiempo indefinido, sin que te importe el resto del mundo ni las horas que vas dejando atrás.

Empiezas de nuevo, a la misma hora y en el mismo lugar, repitiendo las mismas tareas que ayer. Pero como siempre sucede, ya no te importa la monotonía, pues pensar en ésta se vuelve igual, monótona.

Sigues viendo a tus compañeros, a tus amistades, y te comportas como siempre, olvidando por un instante que estás aburrido de tanta rutina. Entonces sientes algo distinto, algo que no habías experimentado nunca antes, y el suelo empieza a temblar. Las paredes se mueven y se agrietan, los muebles caen sin aviso al suelo y las personas gritan. Gritan histéricas, con miedo, como el que sientes en ese mismo instante, miedo a lo desconocido, a no saber qué está ocurriendo ni qué ocurrirá. Así que corres, sin mirar atrás, pues no razonas y sólo corres. Vas viendo a las personas de tu alrededor, que te ayudan, que las ayudas, que reaccionan igual que tú. Después, te alejas de todos ellos porque ahora puedes pensar con claridad y sabes que te necesitan en otro lugar.

 

Caminas nervioso por la acera de enfrente del parque, observando el caos que hay a tu alrededor. Personas que pasan corriendo por tu lado, que conoces y sólo te dirigen una mirada que reconoces como tuya también, que te piden ayuda y te la ofrecen, que gritan para llamar la atención de la persona de la otra acera, que llevan cogidos de la mano a sus hijos, que besan a su pareja en un reencuentro. Pero pareces no estar allí, aunque compartas los mismos sentimientos que el resto. Sienten miedo, desesperación, nervios, pena, anhelo, se sienten desprotegidos. Pero también diferencias la seguridad, la valentía, la alegría, la fuerza. Al principio sientes rabia hacia esa gente que abraza a sus hijos entre lágrimas o que están sentados observando el caos a su alrededor. Pero te pones en su lugar y comprendes que te sentirías igual si supieras que tus seres queridos están sanos y salvos, fuera de peligro.

Sigues corriendo, o caminando, no te fijas en tus pies, sólo mantienes la vista clavada en el edificio de enfrente. Llegas al final de la calle, donde los escombros te hacen tropezar y caer de rodillas. Quedas en medio de la carretera, sangrando externa e internamente, pues la imagen que muestra ante tus ojos el edificio es escalofriante y dolorosa. El sufrimiento y la desesperación por saber el destino de tus seres queridos se incrementa al ver un cuerpo inerte a tan sólo unos metros de ti. Parece una mujer pequeña, bañada en sangre, y aunque desearías descubrir realmente qué es, el miedo no te deja mover las piernas. Así que te quedas como clavado en el duro suelo de alquitrán, sin poder evitar observar al niño que llama desesperado a su madre, arrinconado bajo una pequeña escalera derrumbada. Llora y llora, pero la desesperación que reina en la calle amortigua los gritos de ayuda del niño. Un poco más arriba, un brazo sobresale de entre los muebles astillados, pero no se mueve. Ves a la gente correr de un lado para el otro, subiendo por las hundidas escaleras y llegar junto a otras personas. Parecen confundidas, con la mirada perdida y los brazos descansando a los costados, como sin vida. Entonces descubren que hay otro cuerpo a sus pies, totalmente inmóvil, y es cuando reaccionan. Los ojos se humedecen y las blancas mejillas se cubren de un líquido transparente que sale despedido de sus ojos. Viajes y turismo

Consigues las fuerzas necesarias para ponerte en pie, mirar hacia otro lado y dejar que el sonido penetrante de una sirena te inunde. Has girado a tu izquierda y corres de nuevo, o arrastras los pies pero no te das cuenta. Hay una sucesión de casas derruidas, personas llorando, sangre y destrucción en general. Entonces el nudo que te ha oprimido el estómago y la garganta te aprieta más y te cuesta respirar. Temes por tus seres queridos, temes por toda esa gente que se siente perdida y está atrapada, temes por ti porque todo ha cambiado de un momento a otro.

Has llegado a una calle más amplia, bueno, así era, pero ahora hay coches destrozados que te impiden el paso, casas y
más personas. Pero todo eso se vuelve invisible porque únicamente miras hacia delante, en dirección a la casa que tan grabada tienes en la cabeza, de la que tantas veces has huido al sentir la monotonía. Pero todo eso, todas esas razones que te impulsaban a alejarte de allí han desaparecido y sólo sientes el corazón acelerarse al esperar lo peor.

Llegas al pie de la casa, guiado por unas piernas que parecen no ser tuyas, y contemplas horrorizado tu, anteriormente, acogedora morada. Las ventanas estaban fuera del sitio, el portal agrietado y el tejado sacado del sitio. Entonces, pese a que realmente no quieres averiguar lo que hay dentro, sobrepasas el marco astillado de la puerta y consigues hacerte paso hasta la habitación más grande. El pecho te duele, pero casi te has acostumbrado y ya no te importa.

De pronto escuchas unos gritos, tal vez ya los habías escuchado antes pero no les habías prestado atención hasta ahora. Te son familiares, cosa que te pone los pelos totalmente de punta, así que aceleras el paso para dar cuanto antes con ellos. Cruzas la casa, bordeando objetos que han caído al suelo y evitando lugares hundidos. Pero llegas al otro lado de la casa, después de haber recorrido cada rincón accesible, y sigues igual de confuso y temeroso, perdido en medio de aquel que hasta ahora había sido tu hogar.

Los llantos se vuelven a escuchar, ahora más cerca y con más intensidad, por eso mueves tu cuerpo hacia la puerta que da al exterior de la casa, al patio, y sales. Los ves allí, sentados, llorando, callados, sin expresión en el rostro, pálidos y sonrojados. Te acercas apresuradamente a ellos, o con lentitud, te cercioras de que están bien, hasta que descubres lo que habías temido hacía tan sólo unos segundos. Caminas hacia los cuerpos inertes de algunos de tus seres queridos, pero no parece real, no mucho más de lo que estaba pasando, aunque sientes que realmente ya no están contigo.

Han pasado unas cuantas semanas, en las cuales todo se ha calmado un poco, pero seguís incomunicados. Entre la gente más cercana os ofrecéis ayuda y así podéis pasar las horas de sufrimiento un poco menos tensas. Entonces llega un día en que recibes periódicos, cartas, mensajes que te da la gente que ha ido allí a ayudar y te sorprendes del efecto que has causado en otras personas. Amigos que tenías de fuera y habían reunido fuerzas para enviártelas a ti y a tus seres queridos, además de otras personas totalmente desconocidas que sólo porque son solidarias te apoyan también. Ahora, toda esa fuerza que te oprimía todavía en pecho se suelta un poco más, inundándote de una nueva sensación de alegría que te llena. Agradeces todo, absolutamente todo lo que recibes por propia voluntad, por amor, por solidaridad. Es
diferente, aunque después de todo lo que has tenido que pasar, lo que has tenido que perder, a pesar de también lo que has ganado, piensas que tal vez no ha merecido la pena. Tal vez las cosas deberían haberse quedado como estaban, con su monotonía y su típico día a día. Pero, ¿hacía falta que sucediera todo esto para que te dieras cuenta de lo que realmente tienes para valorarlo?

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Todos alguna vez hemos deseado que la rutina se acabe, que suceda algo emocionante para poder romper con ella. Porque desde que nacemos nos inculcan unos valor

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2023-02-27

 

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