Retazos. - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Todo para hurones y>Lo primero es lo primero.
No nos emborrachamos una noche y al día siguiente amanecimos desnudos en la misma cama.
¡Todo eso hubiese sido tan fácil! ¡Tan ordinario!
Fue mucho más complejo, pero ni siquiera estoy seguro de cómo comenzó.

Creo que un día me llamó la atención un conjuro que utilizaste. Me animé y te fui a preguntar cómo era el hechizo. Tú aceptaste enseñármelo y en esa charla parece que hice un chiste que te hizo reír.
En algún momento comenzamos a saludarnos, hasta que llegó el punto en que a los descansos los pasábamos hablando.
Algún día, en alguna despedida, me robaste un beso. No sé cuándo, me di cuenta que aquel contacto no me había desagradado. Tuve ganas de experimentarlo otra vez y no tardó en ocurrir. Las clases que Gryffindor y Slytherin compartían se volvieron nuestras favoritas y nadie logró nunca entender porqué nos habíamos hecho amigos.

En una charla que mantuvimos en Las Tres Escobas caímos en la cuenta de que en realidad no nos amábamos y que no existía más atracción que la física y el placer de poder hablar abiertamente con alguien. Esa vez fue cuando nos dimos cuenta que no teníamos un romance, sino una aventura.
A veces me molestaba verte hablando con otros chicos, pero de apoco entendí que sólo sentía celos cuando sabía que eran más bonitos que yo. Algunos días tú no me soportabas, y otros -muchos días- yo tampoco te toleraba.

A lo mejor alguna vez me enamoré de ti, pero el enamoramiento parece que resultó tan corto que no llegué a pensar en él que ya me habías hecho enojar.
Igualmente, la noche siguiente me escapaba y teníamos sexo de todas formas.
Parecía que, en vez de pedirnos perdón, nuestras disculpas eran gemidos.

Fue todo una cadena compleja.
Y al final, nunca supe como se hacía el maldito hechizo.


La basura.
-En el fondo, somos una basura.

Yo no contesté, por supuesto. Tú, en cambio, te paseabas por la habitación en ropa interior. Llegabas a un punto, dabas la vuelta, y volvías a tu lugar anterior. No podías quedarte quieto.

-Todos piensan que somos tan perfectos, que somos tan bonitos.

En ese momento, era tal tu enojo -tal tu frustración- que ni notabas que yo no tenía ganas de escucharte. Nunca me preocuparon tus problemas.
Estoy seguro de que a veces te dabas cuenta que en el fondo no te quería. Te apreciaba, sí, pero tu tristeza o tu alegría me resultaban indiferentes siempre y cuándo no variara la forma en que lo hacías conmigo.
Te dabas cuenta, estoy seguro, que un día yo podía encontrar a alguien más bonito y nunca más pisaba los dormitorios de Slytherin.

-Ellos dos también se tragan el cuento -me explicaste-. Se acunan con la estúpida idea de que nosotros tres somos felices. ¡Cómo si algún integrante de mi idiota familia fuese feliz!

Estaba bastante aburrido, tengo que confesarte. Yo me había escapado de mi dormitorio para divertirme, no para escuchar tu desahogo.
Debo aceptar que en esos tiempos era yo muy frío y bastante individualista; pero estoy seguro que tú también hubieses bostezado más de una vez si yo me hubiese puesto (con tremendo aire melodramático) a insultar a mi familia.
Tú seguías hablando, pero yo ya no escuchaba.

-Eso somos todos, una basura.

Creo que a ese punto no aguanté más y te lo eché todo en la cara.

-Scorpius, decídete. Si estás cansado, me voy, si es lo contrario, me quedo; pero no tengo mucho tiempo.

Tu falta de reacción fue lo que me hizo darme cuenta que de verdad estabas triste. No te paraste ni me gritaste. No me pegaste una cachetada, aunque en ese momento hubiese sido lo más justo del mundo. Te sentaste en el improvisado amontonamiento de almohadas que habíamos hecho en un rincón de tu sala común, que simulaba ser una cama, y no dijiste nada.
Esperé mucho tiempo, hasta que no resistí y me fui corriendo.

-¡Basura! -pude escuchar mientras me iba.

No entendí esa reacción mía, esa velocidad con la que me fui. Creo que tu tristeza también me había penetrado a mí y que quería escapar de todo.
En el fondo, estaba tan podrido por dentro como tú.


Todo blanco y nosotros tan negros.
-¿Tienes frío?

Estaba a punto de llorar.

-No.

Me senté sobre la nieve. Faltaba mucho para llegar al colegio, pero habíamos dejado atrás a Hogsmeade hace rato. Eramos dos puntos negros en la blancura y suavidad de la nevisca.

-Albus, ¿tú piensas en hacerlo aquí? Si es así, sigue soñando, porque no pienso congelarme el culo.

Últimamente se me estaban ocurriendo los lugares más exóticos para divertirnos, pero no esperaba que me dijeses eso. Recuerdo bien que me reí un rato por la expresión que habías hecho y el tono con el que habías pronunciado esa frase. Cuando mi risa se acabó, la angustia volvió a poblar mi cuerpo.

-Quiero que me expliques que esto no está mal. Que probar la
manzana prohibida no es terrible.
-¿La manzana prohibida? Albus, por Merlín, ¿y esa expresión?
-Un cuento que me contó mi papá. Vamos, no te hagas el tonto y respóndeme.

Te quedaste unos momentos pensando, hasta que me lograste responder.

-No es una manzana prohibida. Es totalmente
normal. La gente lo hace, ¿no? Todas las personas pasan el tiempo juntos, algunas ni siquiera se aprecian y están juntas de todas formas. Nosotros, por lo menos, somos amigos. La mayoría de las personas pueden pensar que somos gente horrenda y enferma, pero nosotros sabemos la verdad.

Yo temblaba, pero no de frío. Tú no me mirabas, seguías hablando, con la vista perdida.

-No es una locura -te rascabas la cabeza y pensabas-. Somos sólo dos amigos que un día se dieron cuenta que el otro es bastante más bonito que lo que parecía al principio. Lo vuelvo a decir, es normal. Si la gente puede amar, ¿por qué nosotros no?

Apenas lo dijiste, te arrepentiste. Yo también me había dado cuenta, aunque nunca te lo confesé.
Para no arruinar el momento, ni ponerte en una situación incómoda, te propuse:

-El que llega último a la escuela tiene que hacer lo que el otro le diga.

Salí corriendo escuchando tus pasos detrás de mí, pero los dos sabíamos que tú habías roto las reglas.
No existía el verbo "amar" en esta relación. Y tú lo habías utilizado.


Imagen al pasar.
-Tiene cara de maricón.
-Yo te digo que no es.
-El otro día me guiñó un ojo.
-Le habrá entrado una basurita.

Estábamos apoyados en una pared, observando a un chico de un año inferior a nosotros. Nunca supimos disimular; el pobre se daba vuelta cada dos segundos porque sentían nuestras miradas clavadas en su espalda.

-Su espíritu gay grita a los cuatro vientos.
-Entonces llámalo y proponle hacer un trío.
-No, tiene muchos granos.

Parecía que habíamos aceptado bastante nuestra condición como para poder evaluar a otros.


La pregunta indiscreta.

Ese día me di cuenta que tenías las pestañas extremadamente largas. Tú me acariciabas el cabello.

-Empiezo yo -propuse.

Tú aceptaste.

-De la escala del uno al diez, ¿qué tan bien beso? No se puede mentir.

Fue una pregunta inocente y a la vez tonta, pero era la oportunidad perfecta. Con cualquier otra persona, me hubiese acobardado; contigo, todo era diferente. Me preocupé cuando te vi pensar.

-Un ocho y medio -cuando viste que yo estaba por quejarme, te apresuraste a decirme con tono juguetón:-. Yo te puedo ayudar a aprender como conseguir lo que te falta -me reí-. Ahora, yo. ¿Qué escribes en ese cuaderno que llevas a todas partes?

La Sala de los Menesteres se había convertido en un salón con piso blando, como un colchón gigante, que rebotaba con el más mínimo movimiento. Me costó mucho levantarme por la suavidad e irme al otro lado del cuarto. Obviamente, no te contesté.

-No te hagas el tonto, me debes responder.

-Enséñame primero a obtener el punto y medio que no poseo todavía -te dije, riendo.


Las cenizas que quedan luego de una indiferencia, una amistad y una aventura.
Rose me contó una vez algo nunca supe si es cierto o no. Me dijo que era totalmente confidencial y que no podía contárselo a nadie. Creo que me dio vergüenza preguntártelo y también le temí un poco a la respuesta.
Aquel mismo día de enterarme, cuando me saludaste, di vuelta la cara y no te contesté. Nunca más te hablé y nunca más tú me hablaste a mí.
La gente empezó a reírse de ti y yo no quise descender socialmente tanto como tú. Fui frío otra vez.
Nunca supe si era verdad que estabas teniendo algo con el chico de los granos, pero lo cierto es que este cuaderno, el que estoy escribiendo ahora, nunca más lo escribiré, Scorpius. Este cuaderno eras tú y, como ya no existes en mi vida, he de dejar esta libreta también.



Scorpius Malfoy terminó de leer el último recorte de hoja. El papel era amarillo y revelaba su edad. Hacía ya mucho tiempo que había terminado el colegio. Intentó ordenar los pedazos, pero le resultó imposible. Su memoria no daba para tanto. Sólo sabía qué corte ocupaba el último lugar. Miró atentamente los seis retazos que había dispuesto en la mesa y se quedó sin aliento por unos momentos. Ahora parecía comprender muchas cosas, pero también extrañaba muchas otras.
Sintió un picoteo en su mano y se dio vuelta. Recién ahí, se dio cuenta que la lechuza seguía en el alfeizar de la ventana. Le dio unas monedas como propina y ésta se fue.
Después, cuando volvió a revisar el sobre, vio un último papel.




La verdad.
-Mira, Scorpius, somos maricas.
-Somos horribles gays, representamos lo peor para la sociedad.
-Deberíamos morir. ¡Merecemos la muerte!
-Somos un asco.
-De verdad que sí.

Nos reíamos.

-Matémonos juntos, Albus.
-Oh, ven aquí y mátame dándome un beso.

Nos besamos.

-Oh, Albus, ¡estamos muertos!

Ese día te amé.

Retazos. - Fanfics de Harry Potter

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Lo primero es lo primero.No nos emborrachamos una noche y al día siguiente amanecimos desnudos en la misma cama. ¡Todo eso hubiese sido tan fácil! ¡Tan ord

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2023-02-27

 

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