Tan Pequeño - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Tan pequeño


Era solo un bebé, ni siquiera había dicho su primera palabra. Sus sonrisas animaban hasta el ambiente más frío, y más de una vez gracias a él, los funerales se llenaron de esperanza. Para luchar, al menos por aquellos pequeños que con su inocencia traían un poco cordura al mundo. Entre aquella época de oscuridad, de locura.

Se rió al pensar en la inocencia. Tan subestimada, tan necesaria. Hubo una vez un niño, un niño de ojos marrones oscuros, con un pelo ordenado y unos rasgos preciosos. Una carita que nunca gozó del dulce placer de una sonrisa verdadera. ¿Hubo de ser la culpa de quienes le abandonaron? ¿O del mundo mismo, de una sociedad que lo torturó? Ese mismo niño sintió como le fue arrebatada la inocencia, y sus ojos perdieron brillo. Creció y su mente ágil se desvió hacia planes malévolos, alimentados por la venganza, el odio. El odio que carcomía sus venas, la energía que lo alimentaba para no descansar hasta haber destruido el mundo que lo torturó.

Movió su cabeza, pensando en aquél pequeño que había devenido en tirano. Se preguntaba si alguna vez su pequeño Harry y él pudieron haber sonreído tan hermosamente, de bebés. Si aquél niño solitario también había hecho alguna rabieta.

El odio y la maldad nunca son innatos, ese chico alguna vez fue tan puro como cualquier otro. Pero las ambiciones, egoísmos y perversiones de otros, aquellos que le rodeaban, terminaron con volverlo en lo que era ahora. Uno no cae en la oscuridad; tienen que empujarlo. Es uno de los pocos caminos que requieren ayuda, para ser transitados. Un poco irónico, que deban ayudar a un ser que supuestamente es completamente todopoderoso e independiente.

Recordó el momento en que su hijo conoció al padre, aquél hombre de cabellos alborotados y sonrisa amable. Un ex bromista, un James Potter que alguna vez había vivido tan despreocupado y alegre sus días de estudiante. En la sala de parto, notó las ojeras que contorneaban sus ojos cansados, que se cerraban para tratar de olvidar los horrores que día a día cruzaban por la vereda de enfrente. Pero en cuanto vio a su primogénito, aquella expresión soñadora volvió a su rostro, se iluminó dejando ver al chico arrogante y encantador que había conocido en Hogwarts. Soltó una pequeña sonrisa. Tantas cosas habían cambiado. Tanta gente la había engañado.

La luz del pequeño ojiverde que había llegado a sus vidas pronto se apagó: Dumbledore marcó su destino al contarles los augurios que afectaban a su hijo. El pequeño mocoso, como tan afectivamente le llamaba James, tenía que ser el único que destruyese al demonio que asolaba las tierras. A Lord Voldemort. Las ojeras no solo infectaron el una vez jovial rostro de su esposo, sino también el de ella. Nerviosismo, desconfianza, e intrigas que minaban el amor que había en aquella pequeña familia. Se protegía, pero a qué costo. Los llantos de Harry, los llamados desesperados por el calor de su madre aumentaron peligrosamente, los gritos que resonaban en las paredes, las discusiones, las sospechas que carcomían ambos corazones. Y aunque el amor es eterno, el corazón es humano. La luz contiene oscuridad, y tarde se dio cuenta de que esa oscuridad los iba separando. A los tres.

James perdía lentamente el brillo en sus ojos, y se encerraba en sí mismo, en un mutismo antisocial muy preocupante. Ya no se besaban. Ya no se tocaban. Pronto dejaron de decirse más que monosílabos. El hechizo Fidelius los protegía de Lord Voldemort, pero no de ellos mismos. Del daño físico, pero no del psicológico.

Aún así, ella procuraba por Harry, y llenaba los abrazos negados de un macho que niega a su cría, con los de una tierna y cariñosa madre, que trataba que sus lágrimas no mojaran las mejillas de su hijo. Lágrimas derramadas por tantos actos de asco que hacía su esposo. ¿Sería por aquello? ¿Eso que había negado con tanto ahínco, eso que se mantenía en lo más recóndito de su mente?

Soltó una lágrima, pensando en aquella vez, en aquel ultraje.

No, no podía ser que


Que fuera él del que quedó encinta.

Se tomó la cabeza con las manos, llorando ahora profusamente. Ante el recuerdo, ante las sensaciones.

Caminaba, una pelirroja caminaba por el famoso Callejón Diagon. Tan lleno de vida, tan jovial. Ese día se encontraría con su prometido, para empezar a pensar en su boda. Horas antes, mientras Selene bañaba con sus rayos los rostros de quienes se retorcían en la oscuridad, él se lo había propuesto. Fue la vez que consumaron su relación, el día que ella gritó el nombre de él, y ambos realizaron la sagrada unión. Por eso, el anillo había descendido sobre su dedo, para confirmar una promesa que ambos compartían en secreto: permanecer juntos toda la vida.

La mujer silbaba una movida canción, mientras se dirigía a los límites del callejón, en donde terminaba la luz y reinaba la oscuridad. A una tienda de distancia de la entrada del callejón Nockturn, se encontraba el local donde quería consultar los precios de los manteles que quería usar en su boda.

Pronto sintió cómo a sus espaldas la gente gritaba, y se dio vuelta para ver a un mar de figuras encapuchadas de rostros plateados, cuyas formas difusas se movían por todo el lugar, bañando de sangre las alguna vez relucientes vidrieras. Su cabellera se ondeó con el viento, dejando ver unas chispas de luz que salían de ella, mientras se daba vuelta de nuevo para ver como la oscuridad del callejón daba forma a otra figura encapuchada, cuyo rostro no brillaba de plata, si no que permanecía en las sombras. En cuanto estuvo lo suficientemente cerca de ella, notó aquellas dos orbes rojas que quemaban el silencio que se había apoderado de su boca. Era incapaz de gritar, de pedir auxilio ante la pavorosa figura que era Lord Voldemort, frente a ella.

Y entonces recordó. La forma en que la oscuridad la tragó. Las manos blancas y finas de aquél hombre invadiendo su cuerpo, sintiendo como si los gusanos estuviesen comiendo de su carne, como si poco a poco la impureza, el horror, pudriera su sangre. El ultraje, la perpetración, el mudo llanto de un alma en pena, de una muerta en vida. La sangre, derivada de la sádica embestida, el dolor.

Recordaba como allí se había encontrado ella, despojada de toda su dignidad. La suave brisa recorría su desnuda piel dándole escalofríos, sintiéndose tan expuesta su alma como la piel que la retenía. Y más que nunca, había deseado morir.

No importó cuanta calidez la rodeó, siempre aquél cubo de hielo que no se derretía, se mantenía impasible, absorbiendo el calor que recibía su corazón. No fue hasta que se enteró que estaba embarazada, que aquél cubo se reservó dentro de lo más profundo de su mente, conduciéndola a la negación del hecho y a un peligroso auto convencimiento de que James era el padre de la vida que se gestaba en su interior. No importaba que las fechas coincidieran, que ambos se hubiesen cuidado al extremo para no agrandar la familia hasta que fuera conveniente, ella quería creer, deseaba creer que su bromista de cabellos alborotados era quién había contribuido con la concepción de Harry.

Las sonrisas habían vuelto, todos engañados por una falsa realidad, por un amor empalagoso, que aunque de proporciones infinitas, no podía destruir aquél pequeño cubito de hielo. Subestimado, aquél pequeño pico helado terminó resultando la punta de un iceberg, en el cual se reflejaba la desconfianza de James hacia el pequeño durante los meses anteriores al desastre.

James terminó por destaparse, por darse cuenta, y ella pensaba que la consideraba indigna, impura, por ser la madre del hijo de la oscuridad, de aquél pequeño anticristo. Tenía miedo que su esposo, que ella todavía amaba con locura, quisiera deshacerse del último vestigio del ultraje hacia su esposa. Que quisiera que las culpas del padre recayeran en los hombros del hijo.

Aquella noche se había revuelto entre las sábanas, inquieta. Presentía que algo malo iba a pasar, y decidió acercarse a la habitación de su bebé, para evitar que sus sospechas hacia su marido se volviesen realidad. Lo miró, sonriendo feliz ante la hermosa escena que presentaba el tierno bebé, acariciado por la tenue luz que la Luna regaba en él, acompañada por la brisa que movía las cortinas. Se revolvía, inquieto, de cuando en cuando, pero la expresión pacífica en su pequeño rostro era simplemente conmovedora. Lo levantó suavemente, como solo una madre sabe hacerlo, y lo arrulló entre sus brazos, provocando que el pequeño Harry se acomodara en el pecho de su madre, tranquilo ante el cálido contacto. Susurraba una canción, mientras veía al pequeño dormir en sus brazos.

Peo sus temores se hicieron realidad, y escuchó unos ruidos en la planta baja, pronto convertidos en gritos.

- Buenas noches, Potter.- Habló una voz siseante desde lo que a ella le pareció la cocina. Inmediatamente, se congeló al escucha esa voz. No pudo pensar nada más, sólo escuchar. Las voces, los movimientos inquietos de su ahora despierto ojiverde.

- A que seguro vienes por ese engendro mal nacido, serpiente asquerosa, ¿no es así?- La voz de James Potter sonaba como si le costara decirlo, escupiendo cada palabra.- Debería haberla quemado antes, ¡si no fuera por Lily y su estúpido sentido materno!- la voz cayó como un saco de plomo en el estómago de la pelirroja. ¿Cómo, en el nombre de Dios, podía hablar así de SU Harry? ¿De aquella criatura inocente, que había nacido sin culpas? ¿Por qué, por qué trataba de monstruo a SU hijo? Él no lo era, ¡Él no lo era! ¡No era como su padre! Por Merlín, sólo era un bebé, cuyo único pecado había sido derramar la comida durante el almuerzo. Se dejó caer con suavidad, mientras lloraba amargamente. Los enormes ojos verdes de Harry la miraban con compasión, mientras que sus manitas abrazaban el cuello de su madre. No, no iba a permitir ni que Voldemort ni que James, ¡nadie! tocara a su bebé. Sus llantos se vieron interrumpidos por una risa aguda, que helaba el corazón de quienes la escuchasen.

- Créeme que aquello fue un accidente.- Sucedió un silencio mortal, en los que seguramente había correspondido una mueca burlona en el rostro serpentino de Voldemort.- Pero no hubo desliz alguno que me halla favorecido tanto como este, Potter.

- ¡Hijo de per
!

- No estoy para tus estúpidos gritos, Potter.-Su voz sonó con un leve matiz de cólera.- Ya te he dado bastante de mi preciado tiempo, inútil. Avada Kedavra.

Había sentido un golpe seco en ese momento, seguro del cuerpo de su marido. A pesar de que lo amaba, no quería ni imaginar lo que le hubiera hecho a Harry si hubiese sobrevivido.

Los pasos que subían la escalera, que caminaban por el pasillo, la puerta que se abría lentamente. La figura que nacía de las sombras, de nuevo frente a ella, con sus orbes rojas quemando su alma. Apretó fuertemente a Harry entre sus brazos, sintiendo como las manos del chico aflojaban el agarre de su cuello. El horror de reencontrarse cara a cara con su torturador, se veía disminuido por el deseo de protección hacia su hijo.

- Evans, dame al chico. Dame al chico y es posible que considere el no matarte.- La figura encapuchada extendía una mano, con la varita en la otra, exigiendo con voz sepulcral una petición que ninguna madre hubiera concedido. No, de no haber pasado eso.

Lily iba a gritarle que tendría que sacarlo de entre los brazos de su cadáver, cuando pasó algo que la dejó estupefacta. Sintió como Harry se soltaba de su agarre, y fijaba sus ojos verdes en los de ella, interrogantes. Dio vuelta su cabecita, y extendió sus brazos hacia aquella figura inmortal, hacia la encarnación de la muerte en sí.

Ambos magos abrieron los ojos, impresionados, ante la reacción del chico. Normalmente, se esperaría que llorase, o gritase, ante la idea de ser separado de su madre. Pero no, el estaba aceptando a su padre.

Lily sintió como si sus fuerzas desfallecieran, y aflojó el agarre de su hijo. El pequeño seguía mirando a Voldemort, con sus brazos extendidos hacia el asesino. Este dejo ver una sonrisa malévola, que no amedrentó para nada al bebé, y se agachó para tomar a Harry entre sus brazos. Volvió a mirarla, a la pelirroja, que yacía muda y con sus ojos vacíos, ahogándose entre aquél mar helado tan lleno de recuerdos.

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Y ahora estaba en aquél calabozo, secuestrada por el padre de su hijo, aquél monstruo que Harry había aceptado. Probablemente, ahora lo criaría como una especie de heredero, y vería como su hijo se transformaba en un ser sin corazón. Cómo la inocencia desaparecía, como el vacío llenaba su corazón.

Si, sabía que iba a morir. Sabía que moriría a manos de ese monstruo. Solo rezaba para que mi pequeño ojiverde pudiese hallar la luz entre tanta oscuridad, y no se convirtiese en aquello que James había temido. Pero lo que más me atemorizaba, era que se olvidase de mí. Que el demonio lo hiciese olvidarse de mí. Esperaba que recordara las canciones que cantaba en su cuna, el tacto de mi piel, mi aroma
la sonrisa en mi rostro cada vez que lo veía feliz.

La puerta se abrió con suavidad, dejando ver una sombra recortada por la luz que provenía del exterior. Una luz que no veía hacía una semana. Una luz que no vería nunca más. Y es que la figura avanzó, dejando ver que llevaba a un niño dormido, recostado en uno de sus brazos, mientras que con la otra mano sostenía la varita, apuntando hacia ella.

- Avada Kedavra.

Tan pequeño


La pequeña figura de Harry se movió y abrió los ojos, justo para ver el momento en el que rayo verde impactaba en el pecho de su madre. Justo para conectar sus miradas.

Tan pequeño, y ya presenciando el sutil desliz de la muerte frente a sus ojos. Todo Prestamos y Finanzas en tiempos de crisis

 

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2023-02-27

 

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