Testigo ausente - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

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estigo ausente

Un minuto antes estaba en un mágico mundo luchando contra bandidos que le querían hacer mal, y segundos después abría los ojos para ver que estaba en su incomoda cama de toda la vida, con una delgada cobija cubriéndole sus blancas piernas; y una delgada blusa de tirantes subida hasta la frontera de su feminidad.

Estiró uno de sus largos brazos, y con el otro tapó la boca de donde escapaba un sonoro bostezo. Descansada volteó a ver aquel reloj que una vez le habían regalado; marcaba claramente las cuatro y diez de la madrugada, intentó escuchar más allá de su recamara; pero como siempre le fue imposible.

Se bajó de su catre, con la velocidad de quien acaba de ser despertada sin previo aviso, y se asomó en el espejo que colgaba de la puerta; la figura de una niña que se hacía mujer, le sonrió con desgana; llevaba el cabello castaño y lacio despeinado, los ojos color café aun se veían deseosos de sueño; sus piernas eran largas, tal como sus brazos. Llevaba unas pantaletas blancas y una blusa de tirantes del mismo color, era lo único que cubría su delgado cuerpo.

 

Dudó un par de minutos, antes de entrar al agua fría; pero era definitivo debía entrar sino perdería mucho.

Dejó caer las prendas que llevaba, y metió primero una pierna y luego la otra, el agua fría la hizo tiritar, para luego cerrar la cortina con cuidado y serenidad. Tan serena como si no hubiese nadie en esa habitación, algo que sabía no era cierto.

Ya se había acostumbrado a aquella presencia masculina de todos los días, llegaba solo cuando se le antojaba y se iba de igual manera; los primeros días había sido incomodo, los otros se hizo rutina, escuchaba sus pasos lentos y pesados, le sentía respirar en su oído; y hasta le había escuchado hablar un par de veces.

Salió de la ducha y esperó su rato para tomar la toalla y cubrirse, él no se movía de la esquina donde esperaba, solo cerró los ojos para no pensar cosas que no podía ni siquiera imaginar.

La niña se vistió sin pena, ya estaba más que acostumbrada. Tenía quince años, y dos de vivir en esa casa vieja con su hermano. Solo ellos dos, se había dicho el primer día que llegó.

La ausencia de sus padres, esos que con afinidad la adoptaron siendo una niña, y que le regalaron un hermano mayor; le provocaban terror.

Su uniforme le daba un aire de superioridad, que no podía negar; él solo sonreía al verla creerse tan perfecta, solo porque su inteligencia le había permitido una beca en aquel prestigioso colegio; porque mientras su hermano salía a trabajar todos los días antes de que saliera el sol, ella podía estudiar para un día recompensarle ese esfuerzo fraternal.

Fabricio, la veía desde la ventana mientras desayunaba; se había propuesto ser su guardián; porque siempre le habían huido y solo ella le había aceptado.

- ¿Irás al colegio conmigo?- preguntó ella mirando el plato de cereal del que comía

Él solo sonrió, esa niña le seguía preguntando todos los días lo mismo y no se había acostumbrado a que fuera su deber desde el día en que la vio pisar los tablones de esa casa.

Daniela, soltó un leve suspiro, caminaba rápido a tomar el autobús; y el frío de las cinco le daba directo en sus mejillas. El gorro del abrigo le cubría la cabeza, pero aún así el frío era mucho; iba tan distraída como siempre, cruzar las calles ya era un juego; siempre se fijaba disimuladamente, pero lo que deseaba era escucharlo

- Ten cuidado preciosa- sentir su fría y casi inexistente mano sobre su hombro, era lo único que deseaba.

- Para qué lo tendría si estás a mi lado- era su respuesta de todos los días.

Eso le gustaba más a él que a ella, pero sabía que no podía ser más que un leve susurro de viento, suspiraba cada mañana cuando escuchaba que su delgada figura dejaba la cama.

Juraría sentir que la sangre se agolpaba en sus mejillas, si acaso eso fuera posible.

Por años esperó ser hallado y hasta que ella y su hermano llegaron, Daniela lo había encontrado. No hubo gritos, brincos ni sustos, fue solo una mirada nerviosa y un intento fallido de tocarle, uno de miles
Fabricio sintió el corazón latir, o sintió algo porque ya había perdido su corazón al morir.

La soga que había amarrado a su cuello, se parecía tanto a la corbata que usaba ella en su uniforme, que cuando se la ponía temía tanto
pero temía más cuando alguien se le acercaba, pensaba que se la querían arrebatar.

Más aquel día, en que ella jugando con él se atrevió a besar a un compañero del colegio; sabía que era un juego
entendía que era un juego, uno de esos en los que seguían a veces jugándolo, mezclándolo entre caricias y tomarse de las manos frente a otros. Sabía que era un juego, deseaba que fuera un juego.

- Sabes
nunca me había sentido así- dijo Daniela esperando el autobús- creí que solo en las películas pasaba

- ¿Qué los suicidas eran obligados a andar por el mundo para pagar lo que hicieron?- preguntó él con susurros, para que solo ella entendiera

- ¿Qué edad tendrías?

- Hace quince años lo hice, tenía diecisiete

- Nunca me has dicho el motivo

- Que más da, sino lo hubiera hecho sería un abuelo y no te conocería

- Si no lo hubieras hecho
- el tan esperado transporte se detuvo frente a ella.

Se había quitado la vida, para intentar solucionar algo
se había quitado la vida para no aceptar la responsabilidad de sus acciones.

El amor era confuso, amaba con todo su corazón a aquella mujer, y cuando supo que esperaba un hijo suyo se ahorcó. Ahora no le quedaba más que amar y cuidar aquella figura que le recordaba el amor de lo que fue su vida.

Esconderse por las noches, llorar en solitario
y susurrar su nombre a medias; llorar como padre que nunca fue, y esperar en silencio ver a su hija crecer.

En el mundo de los muertos todo se sabe, más si se relaciona con el de los vivos. Nueve meses después que el mundo de los no vivos le dio la bienvenida; pudo observar a su amor visitarle, ¿qué hacía ella ahí?, el sable filoso de la muerte la visitó dando vida.

Sin dolor, el ángel oscuro de la muerte le tomó la mano y dejó sola a esa niña, sin padre ni sin madre.

Y años después, quien diría que en aquella casa; cumpliría la función que quiso evitar en su juventud.

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2023-02-27

 

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