Un día en la infancia de Harry - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

- ¡Harry es un bicho raro! ¡Harry es un bicho raro! -coreaba un grupo de niños.

Harry, un chiquillo de poco más de seis años, estaba acorralado por sus compañeros en una esquina de la clase. Era con diferencia el más bajo y la ropa que llevaba, varias tallas más grande, hacían que su corta estatura se acentuase aún más.

- Dejadme en paz -suplicó con un hilo de voz. -No os he hecho nada.

Dudley Dursley, su odioso primo y el cabecilla de todos los que le acosaban, soltó una carcajada y le dio golpecitos en el pecho con el dedo

. - ¡Eres un bicho raro, Harry Potter! -le espetó. -Y no nos gustas nada.

Harry, que no sabía que hacer, miró en derredor buscando escapatoria pero no había salida posible.

 

- ¡Dejadme en paz! -repitió elevando al voz. -¡Dejadme en paz!

- ¿Qué nos harás si no lo hacemos? -le preguntó Piers, el mejor amigo de Dudley. -¿Nos pegarás? ¿Nos harás una cicatriz como la tuya?

Harry, que empezaba a molestarse, intentó pegarle un empujón pero su cuerpecillo no tenía ninguna posibilidad con el de Dudley y sus amigos. Alguien le golpeó por la espalda y le hizo caer encima de Dudley. Este, con una sonrisa burlona, le quitó las gafas

. - ¡Vaya, Harry se ha quedado ciego! -todos rieron la broma.

- ¡Dámelas, Dudley! -exigió Harry furiosamente.

Las gafas empezaron a pasar de mano en mano entre risas y burlas. Algunos se las probaban y jugaban a imitarlo, otros las lanzaban al aire para que el de al lado las recogiese.

- ¡PARAD! Harry, cada vez más furioso, empezaba a notar un cosquilleo en el estómago que, por experiencia, no presagiaba nada bueno. - ¡Dame mis gafas! -aquel cosquilleo le recorrió todo el cuerpo, desde la punta de los dedos de los pies hasta las orejas. -¡O si no
!

- ¿O si no qué? -Dudley, una cabeza más alto y casi el doble de ancho, se acercó tanto a él que Harry pudo verle los agujeros de la nariz. -¿Se lo dirás a tus papás?

De pronto, todos se callaron. Sabían bien que los padres de Harry habían muerto en un accidente de coche cuando este era muy pequeño y, aunque Harry no les cayese bien, el tema de sus padres era delicado. Era el único chico huérfano de todo el colegio y halla por donde pasase había alguien que siempre volvía la cabeza y dijese:

- Míralo, ese vive con sus tios porque no tiene padres

Al oir las palabras de Dudley, algo estalló dentro del pequeño Harry Potter, un calor sofocante le recorrió la espalda e hizo que sus mejillas se tornasen rojizas.

- ¡Oh, Harry se va a poner a llorar! -cacareó Dudley. -Miradlo, chicos, Harry

Pero el resto de sus compañeros intercambiaron miradas culpables.

- No tenías que haber dicho eso, Dud

- Te has pasado, Dudley

- ¡Retira lo que has dicho! -le espetó Harry.

- No me da la gana -terció Dudley, que empezaba a fastidiarle que sus amigos se fuesen retirando poco a poco.

Entonces, sin que nadie lo hubiese tocado, un pupitre se volcó haciendo caer a la silla que acompañaba.

- ¡¿Quién ha sido!? -los niños miraron a su alrededor, asustado.

- Tú, lo has hecho tú
-masculló Dudley mirando con odio a Harry. -Otra vez tú

. - Yo no he sido, estaba aquí, no he sido
-Harry sabía que no lo creía.

Solían ocurrir cosas extrañas cuando Harry se enfada y Dudley se había percatado de ellos. Su primo era raro, muy raro y a veces le daba miedo. Entonces, la puerta del aula se abrió y la profesora, una mujer mayor que estaba a punto de jubilarse, se quedó en la puerta.

 

- ¿Qué ha pasado aquí? -preguntó seriamente. -¿Quién ha hecho esto?

Todas las cabezas se volvieron hacía Harry Potter.

- Harry, lo ha hecho Harry -saltó Piers.

- ¡Fue Harry! -lo secundaron otros niños

. - Harry tiró el pupitre, profesora.

- ¡Mentira! Yo no fui, profesora, se lo juro. Estaba aquí y entonces se volcó solo, como por arte de magia
-pero sus palabras se perdieron ante la severa mirada de la mujer.

Harry volvió aquel día andado a la casa de sus tíos. Era un camino demasiado largo para que un niño de su edad lo recorriese solo, pero Harry estaba más que acostumbrado. Y también estaba más que acostumbrado a que la gente de aquel barrio lo mirase con malos ojos y murmurase a sus espaldas. Llegó al número 4 de Privet Drive justo cuando su tío salía de nuevo a trabajar. Vernon Dursley, gordo como su hijo y con un poblado bigote que apenas dejaba ver su boca de labios finos, lo miró con cara de pocos amigos. Harry entró en la casa sin molestarse en saludar a su tía que volvió al salón como si no lo hubiese visto. El chico abrió la puerta de la alacena, también su dormitorio, y tiró la mochila dentro. Luego se quedó de pie en el pasillo sin saber muy bien que hacer. Si tía Petunia estaba de bueno humor dejaría que se quedase con ella en el salón viendo la tele siempre y cuando no abriese la boca, sino, le diría que hiciese cualquier tarea que implicase ensuciarse o hacerse daño. Pensó también que eran sus últimos momentos de libertad antes de que Dudley le contase el incidente del pupitre y lo volviesen a encerrar en la alacena. Así que, suspirando hondo e intentando apartarse el pelo de la cara, entró en el salón haciendo el menor ruido posible y se sentó en una silla. Tía Petunia volvió la cabeza y le lanzó una rápida mirada, luego volvió a centrar toda su atención en un estúpido programa del corazón. Harry se quedó allí sentando durante toda la tarde. Le hubiese gustado que tía Petunia le preguntara que tal le había ido el día y se preocupase por sus problema, pero sabía que eso jamás ocurriría. Su tía no lo quería, nadie lo quería. Era algo demasiado doloroso para que un niño lo asimilase, pero a Harry no le quedaba otra. Vivía en una alacena debajo de la escalera, vestía ropa usada y utilizaba unas gafas de culo de botella medio rotas y grandes. No tenía amigos en el colegio, pues Dudley se había encargado de que asi fuese y los profesores lo veían como a un niño problemático. Se podía decir que Harry Potter no era un niño feliz.

-¡Mamá! -la voz de Dudley resonó por toda la casa. -¡Mamá, tengo hambre!

- Ya voy, pichoncito mío -tía Petunia se levantó, como si tuviese un muelle. Harry, que pensó que era hora de quitarse de en medio, salió al jardín por la puerta de la cocina y contó mentalmente los segundos antes de oir el grito de su tía.

- ¡TÚ! ¡Harry! -el chico se quedó dónde estaba, agazapado tras los setos. -¡HARRY!

Tía Petunia salió al jardín tardó poco en descubrir su escondite. Pronunciacion de canciones

- ¡Maleducado mentiroso! -le espetó mientras lo cogía de la oreja. -¡¿Cómo te atreves a asustar a tu primo de esa manera!? ¡Desagradecido!

 

-¡Ay, ay! ¡Me haces daño! -Harry intentó zafarse, pero no puedo. -¡Yo no hice nada, lo juro! ¡Fue magia!

Los ojos de tía Petunia se abrieron desmesuradamente sus dedos pellizcaron con más fuerza la oreja de su sobrino.

- ¡LA MAGIA NO EXISTE! -le espetó al oído.

Harry vio a Dudley detrás de su madre con una gran sonrisa maliciosa y las manos llenas de galletas de chocolate recién hechas que Harry nunca iba a llegar a probar. Tía Petunia lo encerró en la alacena bajo la amenaza de no dejarlo salir si derramaba una sola lágrima. Pero aquello no servía de nada pues hacía mucho tiempo que Harry se había dado cuenta que en aquella casa lás lágrimas, si no venían de Dudley, no surtían efecto ninguno. Se quedó acurrucado en la cama, mirándose fijamente la punta de los zapatos, rotos y desgastados y preguntase por enésima vez si de verdad se merecía aquella vida. De vez en cuando se permitía imaginar que un pariente lejano iría a por él de un momento a otro. Y aquel pariente si lo querría y lo trataría bien. También le hablaría de sus padres, cosa que sus tíos jamás hacían, y le enseñaría fotos de ellos. Lo llevaría al zoo o al parque de atracciones y le compraría polos de limón en las tardes de verano. A Harry lo reconfortaban aquellos pensamientos aunque la vuelta a la realidad fuese dolorosa. Distraídamente se llevó una mano la frente y se tocó la cicatriz en forma de rayo que la adornaba. La tenía desde que podía recordar y cada vez que preguntaba como se la había hecho sus tíos se limitaban a responder que en el accidente de coche en el que había muerto sus padres. Aquel accidente
por mucho que Harry se esforzase en recordar a su mente solo acudía un destello de luz verde que no encajaba con las escasas explicaciones que tía Petunia le daba. Una vez, cuando tenía cuatro años, se atrevió a preguntar dónde estaban enterrados sus padres. Aún era demasiado pequeño y empezaba a asimilar el concepto de la muerte. Hasta entonces creía que sus padres simplemente no estaban, fantaseaba con que volverían. Ante aquella pregunta, tía Petunia frunció el ceño.

- ¿Para qué quieres saberlo? -se limitó a preguntarle de mala manera antes de volver a sus quehaceres.

Con casi siete años, Harry se dio cuenta de que no lo sabía. La única persona que podría decirle donde estaban sus padres, no lo sabía. ¿Cómo podía ser aquello? Tía Petunia era la hermana de su madre, su familia. Había compartido una vida durante años. ¿Cómo no podía saber dónde descansaban los restos de su hermana? Era demasiado frustante y triste asimilar que nunca iba a saber nada sobre la mujer que le había dado la vida. Nunca había visto una foto y tampoco parecía que lo fuese a hace pronto. Otra vez, siendo Harry también pequeño, preguntó por el físico de su madre y solo obtuvo:

- Era pelirroja y tenía los ojos verdes, como tú.

Entonces, si su madre era pelirroja, el había tenido que heredar el cabello negro de su padre. Era un pequeño consuelo saber que quedaba algo de sus padres en él, que no habían desaparecido por completo. Pero si sabía pocas cosas de su madre, menos sabía sobre su padre. Se llamaba James y, según su tío, era un completo inútil sin trabajo. Harry luchaba por no hacerse una imagen equivocada de ese hombre al que apenas había llegado a conocer y cuyo único recuerdo parecía producto de su imaginación, pues consistía en una carcajada masculina seguida del sonido de un rápido aleteo y un resplandor dorado. Siempre había anhelado tener un padre con el que jugar y resolver sus dudas, un padre que lo cargase sobre sus hombros y le enseñase a trepar a los árboles, le curase las rodillas cuando se hiciese daño y le ayudase a montar en bicicleta. A veces, cuando veía a tío Vernon jugar a cualquiera juego de mesa con Dudley sentía como si una mano invisible le retorciese el corazón. Lo mismo ocurría cuando tía Petunia llenaba de besos la gorda cara de su hijo, lo abrazaba y lo mimaba. Entonces Harry se sentía verdaderamente desdichado. Se quedó dormido poco después de que tío Vernon llegase y aporrease la puerta con gritos amanezadores. Tuvo, como tantas otras veces, sueños inquietantes que le hicieron despertarse bruscamente con un fuerte dolor de cabeza. Tenía unas ganas tremendas de ir al baño pero habían cerrado la puerta con ella. Palpó la puerta y empujó con el hombro, pero esta no cedía y si no encontraba la manera de abrirla
su vejiga estaba a punto de explotar.

- Por favor, por favor ábrete
le suplicó tontamente a la puerta. -Vamos

Y de pronto, sonó el pestillo y la puerta se abrió lentamente. Sin darse tiempo a asombrarse, Harry fue corriendo al baño. Solo cuando volvió y vio la puerta abierta, se dio cuenta de lo que acababa de ocurrir.

- El pestillo cedió -se dijo a si mismo. Miró a su alrededor. Era casi media noche y los Dursley dormían en el piso de arriba. Miró hacia la puerta de la calle y sintió un cosquilleo en el boca del estómago. Caminó hacía ella con pasos torpes y la abrió
el aire de la noche lo golpeó en la cara y le hizo abrir los ojos por completo. Ante él todo estaba completamente oscuro. Le sorprendió ver las farolas apagadas y pensó que habría habido algún fallo eléctrico.

- Miauuu -un gato rozó su pierna. Harry se agachó.

Era un gato curioso, con unas marcas alrededor de los ojos semejantes a unas gafas. Lo acarició detrás de las orejas y luego intentó apartarlo, pero el gato se resistió.

- ¡Hey! -Harry se hechó un poco hacia atrás. -¿Qué te pasa?

El gato adoptó una postura amenazante y caminó hacía él, haciéndolo entrar de nuevo en la casa

. - Pero qué
¿a ti qué te pasa? -Harry intentó apartar al felino con la punta del pie pero este se resistía. - Está bien, no pensaba escaparme, ¿sabes? Solo quería ver el cielo, creo que voy a estar castigado mucho tiempo -giró sobre sus talones.

Antes de cerrar la puerta volvió a mirar hacia fuera y casi habría jurado ver a la silueta de un hombre alto y con una larga barba en la otra acera que se había agachado para hablar con el gato. Harry volvió a su alacena, cerró la puerta y se acurrucó en la cama. Siempre intentaba pensar lo menos posible en sus padres pero aquella, como excepción, dejó que la una imagen de Lily y James Potter, una imagen que el mismo había inventado, inundase sus sueños.

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Harry, un chiquillo de poco más de seis años, estaba acorralado por sus compañeros en una esquina de la clase. Era con diferencia el más bajo y la ropa que

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2024-11-17

 

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