Un regalo Para El Príncipe - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Snape caminaba por las mazmorras hacia el Gran Salón. Para su fastidio, ese día se celebraba una fecha importante. Navidad. Puaj. Que ridículo. Solo se presentaba a la ''fiesta'' por que debía mantener buenas relaciones, era necesario. Aunque era una fecha realmente repugnante, llena de esa ''amistad'', esa ''alegría'', y ese ''amor'' del que tanto hablaban los débiles. ¿La gente verdaderamente era tan estúpida? La amistad y la alegría no existían, y mucho menos el amor. El dolor, la soledad
esas cosas si existían, pero nadie era lo suficientemente valiente como para mirarles a la cara.
Llegó al Gran Salón, que estaba ridículamente decorado para la ocasión, y donde las cuatro largas mesas de las casas habían sido reemplazadas por una mesa más pequeña en el centro. Se sentó entre Dumbledore, que tenía un sombrero tan ridículo como la decoración, y McGonagall, que estaba sonrosada y un poco menos seria de lo normal.

- Que gusto que nos acompañes esta noche, Severus - Le saludó Dumbledore, cuando se sentó - Porfavor, sírvete un poco de tarta de chocolate, esta deliciosa - le sirvió un trozo en el plato que estaba frente a él.

Murmuró un fío ''Gracias'', y pinchó la tarta con un tenedor, pero sin ninguna intención de comérselo.

Exploró la mesa con la mirada

Todos los profesores se reunían en torno a la mesa, incluso la ermitaña de Trelawney y ese salvaje de Hagrid. Algunos alumnos que no habían podido volver a sus casas para la fiesta también estaban ahí: uno asustado y nervioso que reconoció como miembro de Hufflepuff, una chica con actitud indiferente que cursaba 6º curso, de Slytherin, y Potter, ese despreciable de Potter. Evitó a toda costa mirarle a los ojos, de un verde brillante. Los mismos ojos de
No, era estúpidamente masoquista pensar en ella. No valía la pena, estaba muerta.

La cena transcurrió aburrida y ridícula, como la había supuesto. El imbécil de Hagrid terminó tan borracho que Flitwick lo tuvo que llevarlo levitando hasta su cabaña, penoso.
Miró a Potter, en quién el exceso de cerveza de manteca había dejado soñoliento. Los ojos le pesaban de cansancio y tanta comida. Igualmente, penoso.

Se retiró apenas dada por terminada la reunión, no quería exponerse a semejante estupidez más del tiempo necesario. Volvió a su habitación, una mazmorra amueblada para su uso, porque no necesitaba más que una mazmorra para vivir. Las mazmorras eran frías, oscuras, y lo más importante, podía estar completamente solo; nadie se atrevería a molestarlo.

Simplemente no entendía la necesidad de la gente de tener alguien cerca, alguien en quien confiar, alguien a quien querer, y alguien que los quisiera. Nadie quiere amar a los demás realmente, nadie puede amar simplemente por querer hacerlo. Y la navidad era un ejemplo de esto. ¿No que lo más importante es la unión y pasar una linda velada junto a tus seres queridos? Entonces
¿Por qué los regalos? Porque a nadie le interesaba el amor, la Navidad solo era una excusa para obtener cosas. Además, todos los regalos materiales no eran nada comparado con lo que podría llegar a dar una persona de si misma. Eso si era algo hermoso
tan hermoso como
No, otra vez no.

Se desvistió rápidamente y se metió en la cama de dosel negro que estaba en medio de su mazmorra. Cerró los ojos, tratando de dormirse lo más rápido posible. Sabia que si seguía despierto pronto acudirían a su memoria todos esos recuerdos que tanto daño de hacían. Y lloraría. Como a un niñito miedoso. No podía volver a ocurrir, eso solo era una muestra de debilidad.

Aunque también sabía que esa noche soñaría con ella, pero no podía hacer nada al respecto.


*


Se despertó bien entrada la mañana, o eso le pareció. En las mazmorras era imposible saber si el sol había salido o no.
Había tenido un sueño extraño y algo tormentoso, pero le había gustado, talvez por su tendencia a culparse siempre por todo.
Había soñado
había soñado con ella. Había vistos sus brillantes ojos verdes en la oscuridad de su vida. Volvía hasta él, y le decía que le perdonaba, le confesaba lo mucho que lo amaba
y luego unas manos blancas la arrancaban de sus brazos, y una risa maligna se escuchaba a la vez que se disparaba un destello verde.
Más para bien que para mal, esas cosas solo sucedían en los sueños.

Se levantó de la cama, pero tropezó con algo y cayó al suelo. Ah
los regalos. Le sorprendía que alguien quisiera hacerle un regalo a él, después de tanto


Cuatro paquetes reposaban a los pies de su cama. Desenvolvió el primero. Era de Lucius Malfoy. Oh, que detalle de su parte, como si de verdad se interesara por él. Un caldero de plata con esmeraldas incrustadas. Bah
¿Por qué la gente siempre se empañaba en regalarle cosas tan mundanas? Cuando podían regalar algo mucho mejor.
Desenvolvió el segundo. Regalo de Dumbledore. Una pequeñísima botellita de vidrio fundido. La abrió. Olfateó el suave perfume que despedía. Lágrimas de fénix. Hasta ahora, el regalo menos inútil.
Desenvolvió el tercero. La tarjeta decía: De parte de los profesores, con aprecio. Aprecio, ja-ja. No podían decir con ''cariño'' o algo así, muy gracioso. Era un racimo de hierbas secas y algunos pelos de unicornio. Simplemente inservible. ¿Por qué esos regalos tan vacíos?

Tomó el cuarto paquete. La tarjeta no decía quien lo enviaba, solo ponía: Para Severus, por cada noche soñada.
El corazón le palpitó muy deprisa. No era posible que alguien supiera de sus sueños, de sus miedos
de sus despreciables sentimientos.
Sin esperar más, rompió el delicado papel blanco que envolvía el paquete, y encontró una pequeña cajita de plata. La desprendió de su tapa y encontró


Un mechón de finos y hermosos cabellos rojos.

Sintió como los ojos se le humedecían.
Y lloró
Lloró como hace mucho tiempo no lo hacia.
Lloró por él, por su miseria.
Lloró por los años de soledad que había pasado
Y lloró por ella, por haberla traicionado, por haberla entregado a muerte.

Sacó los cabellos de su caja y los acarició con los dedos. Tenían esa suavidad que tan bien recordaba. Los olió. Tenían ese mismo aroma tan dulce con él que solía soñar. Ese color tan fuerte como las llamas de los fuegos que habían quemado su corazón.
Pero era imposible. Ella estaba
muerta.

Se levantó, recuperando la compostura y secándose las lágrimas que le caían por el cuello. Dejó la caja con los infames cabellos sobre un estante.
¡Que tontería! ¡Que estupidez! ¿Cómo pudo creerlo posible por un instante?
Era lógico que solo era una broma extremadamente cruel y bien planeada de esos niños mal criados e irrespetuosos. Los que ya recibirían su castigo


Se dispuso a salir de la habitación, para tomar las medidas necesarias. Pero, por alguna razón, se dio vuelta y miro la cajita plateada. Sin tener la menor idea de porque lo hacía, sacó el mechón rojo de esta y lo depositó con extremado cuidado bajo su almohada.
Salió de la mazmorra, tratando de convencerse de que solo hacía eso para evitar que alguien encontraras los cabellos
pero sin convencerse del todo.

 

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Snape caminaba por las mazmorras hacia el Gran Salón. Para su fastidio, ese día se celebraba una fecha importante. Navidad. Puaj. Que ridículo. Solo se pres

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2024-10-11

 

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