Harry Potter y el Reloj de Oro en el Instituto Argentino Vindicta para Magos y Brujas - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

El sol aún no había empezado a asomarse en el horizonte cuando los gallos de la señora Bydu, la guardiana del colegio, empezaron a entonar su habitual canto matinal. Franco abrió los ojos de inmediato.
Otra vez esos malditos gallos murmuró, tapándose los oídos con la almohada. Los odio.
Siempre dices eso dijo Damián, más dormido que despierto, desde su cama, que era contigua a la de Franco.
Joel y Carlos aún no se despertaban; éste último roncaba ruidosamente, como de costumbre.
Son las siete murmuró Damián mirando el reloj de cuerda que había en la pared.
¿Te pregunté? ¿Le preguntaste, Fiona? preguntó Franco, mirando a su lechuza, que lo observaba con sus dos grandes ojos negros desde la ventana. Se la veía agotada; Franco supuso que había ido a cazar y había llegado recién.
¡Bueno, qué poco entusiasmo! exclamó Damián, conteniendo un descomunal bostezo. ¡Hoy hay Cábala!
Es cierto, no me acordaba.
Franco se alegró un poco. Si esa tarde irían al pueblo, podría comprar todos sus útiles que le hacían falta, y, si le sobraba un poco de tiempo, quizás

Ya sé en qué estás pensando anunció Damián, sonriente.
¿Ah, sí? preguntó Franco, desafiante.
Sí, claro. En el reloj del

Pero Franco le lanzó una mirada asesina. No era conveniente hablar del tema delante de Joel y Carlos.
Ambos se pusieron la ropa más sencilla que encontraron y un suéter de lana arriba, ya que el aire dentro de la torre estaba helado. Bajaron la escalera y aparecieron en la Sala Común, que estaba vacía.
Perfecto murmuró Franco. Vacía y los mejores sillones junto al fuego.
Los dos se tiraron y Damián hizo un encantamiento que les hizo llegar dos tazas de chocolate humeante muy caliente y unos pasteles rellenos con dulce; Franco empezó a atacar: le había bajado la presión y necesitaba fuerzas para Cábala.
Delicia dijo con la boca llena. Y hoy lo conseguiré, sí señor.
Estás obsesionado replicó Damián. Nadie te asegura que funcione. Sólo por una tonta carta

¿Una tonta carta? repitió Franco, sin dar crédito. Te pareces a Rosalinda. ¡Es una carta del mismísimo Harry Potter! El niño que vivió.
De todos modos, ¿quién es Harry Potter? Quizás no sea quien creemos que es. Me refiero a la clase de persona. Es decir, aquí no es famoso. Sólo se lo conoce por los medios.
Franco ya había oído aquello de demasiadas bocas que no le interesaban mucho, pero no pensaba tolerar oírlo de su propio mejor amigo.
Escucha, Damián dijo, tras un resoplido, resignado a explicarle por quinta vez la historia. Que tú y un montón de imbéciles no conozcan la historia de Harry Potter no quiere decir que no sea conocida aquí. El fue el único mago que sobrevivió un ataque de Voldemort, ¡y era un bebé! ¿No recuerdas nada de lo que vimos el trimestre pasado en Historia de la Magia?
¡Sí, pero nosotros no conocemos a ese hombre, Franco! exclamó Damián levantando la voz. ¡Fue hace muchísimos años, cuando nuestros padres no habían nacido! ¿Acaso confías en una ridícula
leyenda popular?
¿Leyenda popular
? ¿Leyenda popular? ¡Fue galardonado con la Orden de Merlín, Primera Clase, y tú piensas que es una leyenda popular?
De acuerdo, no quise decir eso, pero
Por las barbas de Merlín, Franco

Ambos se quedaron en silencio y estallaron en carcajadas.
Por las barbas de Merlín era una expresión muy antigua, utilizada únicamente por ancianos.
Por las barbas de Merlín, hijo mío
¡Esta juventud desenfrenada! dijo Damián, acentuando las letras s, imitando la forma de hablar del director Oronar. A continuación recuperó la seriedad. Es en serio, Franco. ¡Uno nunca sabe!
Voy a estallar de un momento a otro. Primero Rosalinda, después Flor, y ahora tú. Creí que me apoyabas
se levantó del sillón y se dirigió con paso decidido a las escaleras que conducían a los dormitorios de los chicos.
¿A dónde vas? ¿Te ofendiste? gritó Damián en tono de burla, pero enseguida comprendió que iba a buscar aquella endiablada carta que tantas veces le había leído ensimismado en un entusiasmo muy fuerte.
Efectivamente, unos minutos después llegó Franco con el sobre, que estaba muy arrugado por la cantidad de veces que su contenido había sido extraído y colocado de nuevo.
No necesito que me la leas de nuevo, ¡por las endemoniadas barbas de Merlín!
Pero Franco no le hizo caso y empezó a recitar, desde el pie de la escalera:

Al lector:
Antes que nada voy a presentarme. Mi nombre es Harry Potter, de Inglaterra. Tengo 36 años y tres maravillosos hijos. Supongo que mi nombre te resultará familiar; en efecto, soy aquel que ha sobrevivido al ataque de lord Voldemort (
). Lo que busco se encuentra a miles de kilómetros de aquí: según mis estudios, está en el legendario pueblo de Cábala, en Argentina (
) La historia se remonta en el año 1400, aproximadamente, cuando antiguos brujos árabes hechizaban relojes de arena del Sahara para que les avisara cuando tenían que hacer algo; lo utilizaban como una especie de método de alarma prehistórico o anticuado (
). Hice varia magia, incluso un poco de oscura, de lo cual me avergüenzo totalmente, pero todo ha valido la pena. ¡He dado contigo, el único que puede conseguir lo que busco! He realizado diversas investigaciones para asegurarme que la carta te llegue exclusivamente a ti y la puedas leer únicamente tú
(
). Los poderes del reloj abarcan, entre otros muchos, la capacidad de detener el tiempo, volverlo hacia atrás e incluso adelantarlo de alguna forma (
).

¡Ya basta! exclamó Damián. Me tienes harto con esa carta. Me la sé de memoria.
Eran unos tres pergaminos, aproximadamente, escrita con letra pequeña y prolija. Harry Potter expresaba su deseo de que Franco consiguiera aquel codiciado reloj, que únicamente y por algún motivo sólo él podía hallar. En los otros pergaminos había una gran cantidad de información acerca de ese reloj, del que Franco jamás había oído hablar. Sin embargo, el señor Potter no decía para qué quería el reloj.
Quizás para volver al pasado y remediar algo había sugerido Damián, cinco noches atrás, cuando escuchó por primera vez aquellas líneas.
Florencia, la mejor amiga de ambos, fue la primera en saberlo. Ella, al igual que Damián, se mostraba algo insegura. ¿Y si el señor Potter no era de fiar?, era lo único que decía. Sin embargo, la duda de qué era lo que pretendía Harry Potter con el reloj los impacientó tanto que tuvieron que recurrir a su última esperanza: Rosalinda, quien, como ya se esperaban, se mostró horrorizada de tal manera que no les había hablado en un par de días.
Me parece que se están excediendo dijo una voz desde el pie de las grandes escaleras en forma de caracol.
Franco y Damián se dieron vuelta: Florencia estaba parada en bata y zapatillas de noche.
¿Leyendo la carta a plena luz del día en la Sala Común? preguntó Florencia.
Oh, vamos, Florencia dijo Franco. Te pareces a Rosalinda.
No quiero ser aguafiestas, Fran. Tú sabes que me encanta meterme en líos Franco no sabía si era cierto o sarcasmo. Y que la paso súper bien con ustedes dos. Rosa es la aguafiestas, a mí me gusta divertirme. Pero
saben, los tiempos han cambiado, y no sé si es muy conveniente fiarse de alguien que sólo conocemos por las leyendas populares

¿Leyendas populares? ¡Por favor! ¿Qué le pasa a todo el mundo hoy? exclamó Franco, irritado. A ver si les queda, chicos: es Harry Potter, ¡Harry Potter!, el niño que sobrevivió.
No grites murmuró Damián. El resto del colegio no tiene por qué enterarse que estás histérica.
Y atravesó la Sala Común a grandes zancadas hasta perderse en el pasillo que daba al hueco que daba al retrato, que a su vez era la entrada y salida secreta de la Sala Común de su Émulo.
¿Histérica? repitió Franco sin dar crédito a lo que acababa de oír. Me llamo histérica. ¡Maldito idiota!
Flor soltó una carcajada.
Estás un poco histérico, es cierto. Cálmate. ¿O es que estás en esos días? sonrió maliciosamente.
Oh, creo que alguien quiere una guerra de las varitas locas

Pronto la Sala Común se inundó de maleficios inocentes, los cuales fueron los culpables de los granos azules en la frente de Franco y los tentáculos que salían de las orejas de Flor, que duraron un buen rato.
Poco a poco los alumnos fueron bajando a desayunar (los fines de semana tenían permitido desayunar allí arriba) y a las nueve de la mañana empezó a vaciarse.
Franco, Damían (quien ya había pedido perdón a su amigo por llamarlo histérica) y Florencia estaban tirados en la alfombra bordó, impidiendo el paso. Los tres se consideraban erróneamente los dueños de Celebrindal, o algo por el estilo.
Ustedes tres dijo una chica pelirroja más grande que ellos, tocándose la insignia de prefecta que lucía en su túnica gris. No obstruyan el paso de esa forma.
¿Qué harás si no nos levantamos? preguntó Damián. Franco y Florencia sonrieron con satisfacción.
Hay dos cosas que odio en este mundo, ¿saben? dijo la chica, frunciendo tanto el entrecejo que daba un poco de miedo. La arrogancia, y el famoso trío de cuarto. Y ustedes son la combinación perfecta. Y yo les resto puntos a las cosas que odio.
Vaya, ¿odias a Celebrindal? preguntó Flor.
Ya basta dijo Rosalinda, que había llegado para ver cuál era el problema. Franco, Damián, Florencia, levántense de ahí ahora. Discúlpalos, Sofía. Ya mismo se van a levantar de ahí, en menos de lo que canta un gallo de Bydu.
Vamos, Rosa, no seas aguafiestas dijo Franco. Estar acá es lo más cómodo que hay. ¡Rosaguafiestas! ¡Rosaguafiestas! ¡Rosaguafiestas!
Enseguida Damián y Florencia le hicieron un coro:
Rosaguafiestas, sí, sí

¡Rosaguafiestas, oh, yeah!
¡Cállense! Saben bien que ahora que me nombraron Jefa de la Sección Comportamiento Inadecuado puedo hacer que no vayan a Cábala informó Rosalinda seriamente.
De acuerdo, de acuerdo.
Los tres se levantaron, desperezándose.
¿Cuándo te nombraron eso? preguntó Florencia, extrañada.
Jamás respondió Rosa con una risita. Acabo de inventar ese cargo. Pero dejen de romper reglas, ¿quieren? Por su culpa Celebrindal habrá perdido fácil cien puntos en lo que llevamos de año. Sofía es una buena chica, y ustedes le están haciendo la vida imposible puso cara de pocos amigos y dio un resoplido. Es nueva, al igual que yo, así que sé muy bien cómo se siente. Además, tiene una historia de vida terrible
deberían ser más amables con ella.
¡Díselo a ella! exclamó Damián. Nos trató como a escoria.
Franco y Florencia asentían.
Nos dijo inmaduros y repugnantes traidores a la sangre añadió Florencia adoptando una expresión seria y adulta.
Y también mencionó algo acerca de que si no nos comportábamos, las circunstancias iban a ser de lo peor

¡Por las barbas de Merlín! Algo acerca de unas bofetadas sangrientas y pérfidas
inventó Damián, hablando como un anciano, pero no pudo contener la risa y se perdió en la última palabra; los tres amigos se sumieron en un mar de carcajadas.
Ustedes sí que son raros dijo Rosalinda, mirándolos como si realmente no conociera a sus amigos del todo. En fin, el tren a Cábala parte al mediodía, ¿qué dicen si vamos a las duchas?
¿Tren a Cábala? río Franco.
Florencia se mordía el labio inferior con una sonrisa pícara, y Damián la miraba sorprendida. Era evidente que Rosa no sabía cómo funcionaban las cosas.
Sí, tren a Cábala
¿Qué ocurre, no piensan ir?
Claro que sí, nunca nos perderíamos un viaje a Cábala le contestó Flor. Pero ¿tren? Jamás fuimos en tren ni pensamos ir.
No está a nuestra altura dijo Damián dándose aires.
No es eso repuso Flor. Es que salimos con las escobas mucho antes que ellos. Llegamos más temprano y tenemos horas y horas libres, sin estudiantes de Vindicta a rebosar. Luego nos vamos mucho más tarde. Siempre hicimos eso, desde que tenemos memoria. Nunca nos echaron en falta en el tren.
Rosalinda parecía sorprendida y al mismo tiempo ofendida.
Es una estupidez, realmente. Pudiendo ir en tren, cómodos en un compartimiento

En tren tardan más de una hora explicó Franco. Nosotros en las escobas tardamos diez minutos. Además nos ahorramos el pasaje. Si al menos supieras volar
sentir la adrenalina

Ah, entonces es así como me ven, ¿verdad? Como una aguafiestas, novata y
de acuerdo, sólo quería ser su amiga, no era necesario que sean tan crueles conmigo.
Enseguida se perdió entre un grupo numeroso de estudiantes de segundo que charlaban muy animados.
¡Rosa, espera! exclamó Flor, y salió corriendo tras ella.
Está loca dijo Damián, negando con la cabeza. Nunca formará parte del famoso trío de cuarto, como nos llamó esa Sofía.
Es un buen nombre comentó Franco mientras se encaminaban a las duchas.
Ceca de las diez, Franco y Damián salían del castillo con sus escobas cargadas al hombro, procurando no ser vistos por nadie, y minutos después llegaban a un terreno lejano al colegio, lleno de árboles y caballos. Allí habían quedado con Florencia para partir volando hacia Cábala; en realidad no habían hablado desde la charla con Rosa en la Sala Común, pero era el horario y el lugar que siempre habían convenido para ir.
Se está retrasando dijo Damián, mirando su reloj de muñeca. Si sigue tardando no tendremos mucho tiempo para nosotros en el pueblo.
Entonces un caballo blanco apareció desde detrás de unos ombúes, con Flor y Rosa en su lomo.
¡Ya era hora! exclamó Franco.
Lo siento, es que no encontraba a Rosa se excusó Flor. La convencí, ahora vendrá con nosotros.
Rosa sonrió tímidamente y los saludó con una mano. Los chicos le devolvieron el saludo con la cabeza.
Le expliqué que lo que dijo Franco no fue con intención de herirla dijo Flor, fulminando con la mirada a su amigo.
Está bien, creo que me excedí murmuró Rosa, bajándose del caballo. ¿Amigos?
Amigos.
Se dieron la mano.
Perfecto, será mejor que partamos ya. Me estoy helando.
Florencia le dijo al caballo que se marchara, y él obedeció.
Es muy bonito comentó Damián. ¿Es tuyo?
Lo encontré en la pradera del Cielo, a un kilómetro de aquí, hará dos meses. Estaba desnutrido. Le he dado de comer estas últimas semanas. Me encariñé mucho con él.
Eso explica tus visitas extrañas y arriesgadísimas a las praderas a las dos de la mañana dijo Franco, contento de descubrir aquello que los había intrigado tanto a él y Damián en las últimas semanas.
Y la caca de caballo en tu mochila agregó Damián con una risita.
Ja, ja, muy gracioso. Se llama Forta. Representa la fuerza, el coraje y las ganas de seguir viviendo cuando

Disculpa, creo que no te pregunté murmuró Damián. ¿Tú, Franco, le preguntaste?
No, creo que no lo hice respondió su amigo, fingiendo sorpresa. ¿Y tú, Rosa, le preguntaste?
Pues, no, no le he preguntado, pero me interesa, así que cierren la boca.
Qué aguafiestas, nos estábamos divirtiendo dijo Franco malhumorado. ¡Creo que tendrás que adaptarte a nuestras reglas si quieres formar parte del trío! ¡Rosaguafiestas, oh, yeah!
Bueno, tampoco es para tanto, Fran lo reprendió Flor. Y sí, mejor nos apuramos o no tendremos horas para nosotros.
Los cuatro se montaron: Franco y Damián en la escoba de Damián (Franco no tenía), y Rosa y Flor en la de Flor (Rosa no tenía). Alzaron vuelo.
Tengo miedo murmuró Rosa cuando apenas se habían elevado unos metros en el aire. Tengo miedo, tengo miedo. ¡Déjenme bajar!
¡Shh! dijo Franco. No hagas tanto ruido. Nos llegan a descubrir y nos expulsan del colegio.
Rosa parecía realmente asustada: había cerrado los ojos y su cara se puso de un extraño color verdoso.
Entonces déjenme bajar susurró la muchacha.
De acuerdo dijo Flor.
¿Qué haces? preguntó Damián, cuando vio que la escoba de su amiga empezaba a descender.
Dejo a Rosa, ¿es que no oyes que no le gusta?
Dejaron a Rosa en la hierba, que parecía a punto de llorar.
Lo siento, creo que
tomó aire de manera teatral, como si le costara muchísimo completar la frase. Creo que esta amistad no va a funcionar, ustedes son
ustedes son mejores que yo.
Se alejó corriendo, tapándose la cara.
Los tres amigos se quedaron mirándola hasta que se perdió de vista entre los árboles.
Dios, ¿qué le pasa? preguntó Franco. Esa muchacha esta loca. Aún no habíamos despegado

Bueno, entiéndanla la defendió Flor. Es nueva, viene de otro país con otras costumbres. Necesita tiempo para adaptarse.
Los tres se montaron y diez minutos después aterrizaron en el campo que usaban como estacionamiento siempre que iban a Cábala.
Como de costumbre, rodearon con un hechizo protector las escobas para que no las pueda ver nadie, y empezaron a caminar hasta desembocar en la calle principal.
La media mañana en Cábala solía ser tranquila los fines de semana, ya que los turistas no llegaban hasta el mediodía y los habitantes del pueblo dormían apaciblemente. Apenas había algunos negocios abiertos.
Miren quién viene ahí murmuró Flor amargada.
Oh, genial dijo Franco.
El viejo Septer, un anciano amargado que siempre estaba caminando, se acercaba con paso lento, apoyándose en su bastón. Septer era conocido incluso por los turistas. Mucha gente se preguntaba si tendría casa; ya que se pasaba horas y horas fuera. Sin embargo, la ropa de marca que llevaba era cada día distinta, y eso daba a entender que era un hombre al menos moderadamente adinerado. Septer conocía al trío mejor que a ningún alumno de Vindicta, ya que los veía con más frecuencia por allí, y siempre que lograba encontrarlos les daba ridículos consejos acerca de su seguridad.
Será mejor que lo esquivemos sugirió Damián. Olvídenlo, ya nos vio.
El anciano saludaba con su mano libre y se acercó lo más rápido que pudo a los chicos.
Hola, señor Septer saludó Flor con voz cansada.
¡Florencia! ¡Florencia, cómo estás! dijo el anciano con su voz áspera, dándole un beso en la mejilla. Flor puso cara de asco, pero luego intentó disimularla con una sonrisa muy poco lograda; parecía que intensificaba el gesto de asco.
Bien, bien, nosotros nos dirigíamos a

La casa de las Plumas. Necesitamos comprar
plumas inventó Damián.
Claro, porque nos quedamos sin
comenzó Franco.
Plumas. Nos quedamos sin plumas, entonces tenemos que ir a la casa de las Plumas a comprar plumas explicó Damián puntualizando cada sílaba, como sin el viejo Septer fuera extranjero.
De acuerdo, no los entretengo más dijo Septer, y los chicos dibujaron una sonrisa. Pero tengo que advertirles una cosa los tres amigos pusieron los ojos en blanco. Vayan con cuidado, mucho cuidado. Un loco me perseguía, y creo que lo perdí

Claro, Septer, como diga dijo Damián, alzando la vista al cielo, y empezó a caminar. Anciano decrépito y lunático

Franco y Flor lo siguieron, dejando al viejo solo, allí plantado, en medio de la calle, donde no pasaba ni un carruaje, con aquel frío que helaba.
Viejo chiflado refunfuñó Franco. Me gustaría que se mudara lejos. Nunca podemos sacárnoslo de encima.
¿Oyeron lo que dijo? preguntó Florencia, que había adoptado una expresión de susto, algo no muy propio de ella. Lo perseguía un loco
¿Será cierto?
Es un anciano le aclaró Franco. Quién sabe, quizás era un
perro o algo así. ¿Vamos a la plaza del pueblo?
Flor y Damián lo miraron como si se hubiera vuelto loco:
¿Con este frío? preguntó Flor arqueando las cejas. Necesito entrar en algún lugar.
El tiempo pasó volando y aprovecharon a hacer todas sus compras antes de que la manada de alumnos invadiera el pueblo. Pronto, Cábala se inundó de cabezas juveniles y túnicas grises, que formaban parte del uniforme escolar.
¡Esperen! exclamó Florencia cuando salían de la abarrotada calle principal y se dirigían a un pub que frecuentaban.
Flor sacó un pedazo de pergamino arrugado del bolsillo.
La lista de materiales que necesito para mis clases de Quidditch Teórico, casi lo olvido.
Franco y Damián protestaron:
¡Tenemos que volver! ¡Está lleno de gente!
Será cuestión de un segundo aseguró Flor sonriente. Son unas pocas cosas.
Resignados, Franco y Damián siguieron a Flor por la casi intransitable calle principal hasta llegar a un negocio imponente, en cuyo cartel había dos escobas cruzadas y unas centelleantes letras doradas anunciaban: Agente Oficial de la Jockey Broom-Brush Company. Un poco más abajo y en letra más pequeña pero aún así muy visible, se podía leer: Todo para el amante del deporte mágico por excelencia.
No sé por qué te matriculaste en esa absurda asignatura. Lo bueno del quidditch es jugarlo, ¡no estudiarlo! exclamó Franco mientras entraban en la tienda. Un timbre sonó distante.
Con Quidditch Teórico se estudian las jugadas para luego practicarlas explicó Flor en un susurro, pues el silencio invadía por completo la tienda. ¿Crees que es coincidencia que haya atrapado la snitch antes que Sara el año pasado, cuando sabemos que esa chica nos supera a los tres juntos? ¡El quidditch es para pensar y jugar, no actuar atolondradamente, es una pasión que desencadena un mar de oportunidades para que, cuando te des vuelta, una bludger gigante te golpee en tu cabezota!
¡Ese es el espíritu! gritó una voz desde el mostrador; los tres amigos se sobresaltaron (Flor pegó un grito).
Se trataba de un muchacho muy joven; si había estudiado en Vindicta seguramente no hacía mucho que había terminado. Era moreno, de ojos verdes profundos. Flor se había quedado mirando su sonrisa.
Tierra llamando a Flor murmuró Franco mientras Damián se desternillaba de risa.
Flor se sobresaltó y el muchacho del mostrador soltó una carcajada.
¿En qué puedo ayudarlos, chicos?
Netecizaba
necesitaba
comenzó Flor, sacando torpemente el pequeño pergamino arrugado del bolsillo de la túnica. Omniculares de espejillo

¿Disculpa? preguntó el muchacho amablemente.
Flor se sacudió la cabeza y leyó, con voz más firme:
Omniculares sencillos con espejo.
El chico sonrió, y mientras le entregaba una especie de largavistas con muchos artefactos complejos incrustados a su alrededor, le dijo:
Me llamo Matías. Y por ser tan bonita agregó, con una sonrisa pícara y guiñándole un ojo te voy a cobrar la mitad.
A Florencia se le iluminó la cara y agarró los omniculares; a continuación se los apretó contra el pecho como si fuera el regalo más lindo que le hubieran hecho jamás.
Mientras, aún en la puerta de la tienda, Franco se había sumergido en una desternillante risa silenciosa, la cual la ocultaba escondiendo la cabeza entre sus manos, y Damián contemplaba la escena con una mezcla de asco e incredulidad en la cara.
Cinco minutos después, los tres salieron a la abarrotada y fría calle. No habrían dado un paso, cuando Flor exclamó:
¡Olvidé el reloj de latón para Aritmancia! y se metió corriendo en un negocio llamado Objetos de estudio con descuento para estudiantes, que estaba continuo a la tienda de quidditch.
Franco y Damián se quedaron solos, cuando Franco recordó algo tras las palabras de Florencia.
Oh, no murmuró Damián al ver la cara de felicidad de su amigo. No, Franco, en serio
ya hablamos de eso. No vayas a buscar ese condenado reloj.
Vamos, Dami dijo Franco bajando la voz; unos alumnos de sexto que pasaban por allí se habían detenido a observar una escoba en la vidriera del negocio de quidditch. ¿Qué podemos perder? Vámonos, antes de que venga Flor y haga su gran Rosalinda.
Antes de que regresara Florencia, Franco convenció a Damián y se fueron rápidamente hacia la plaza de la ciudad; allí estarían tranquilos.
Franco sacó uno de los pergaminos que yacían arrugados en el bolsillo de la túnica y lo releyó por enésima vez:
Reloj de arena
bla, bla
estudios que me indican que se haya en Cábala
bla, bla, bla
¡aquí! se aclaró la garganta y leyó: Estoy seguro que tendría que hallarse donde se cruzan los puntos 38º oeste y 14º oeste; debe tratarse de un campo deshabitado así que supongo que no les será difícil
Esto es todo, Dami, tenemos lo que necesitamos.
Pero ninguno de los dos se movió del lugar en el que estaban, y pronto una pregunta muy sencilla se apoderó del ambiente sin ser preguntada por nadie: ¿cómo averiguarían dónde quedaban esos puntos cardinales?. La respuesta llegó a los ojos de Damián en unos pocos segundos.
Mariano, el chico más listo del curso de Franco, y lejos el más antisocial, estaba andando por la Calle de la Bruja Negra, en dirección a la calle principal. Tenía unos libros muy pesados en debajo del brazo y caminaba con su habitual joroba. Era un muchacho flacuchento y bastante feo. Muchos decían que se parecía a un elfo doméstico: su nariz era larga y puntiaguda y sus anteojos enormes exageraban sus ojos hasta tal punto que los de un elfo doméstico habrían parecido pequeños. Franco y Damián se miraron sonrientes y corrieron a Mariano hasta dar con él, quien se sobresaltó por la llegada de los chicos y dejó caer los libros con un grito agudo.
¡Franco
! gritó, agachándose a juntar los libros. Se levantó y sus ojos gigantes se cruzaron con los de Damián, que lo miraba con bastante asco. Damián, que bueno verte por aquí.
Damián intensificó su gesto de asco y preguntó:
¿Por qué dices eso?
Mariano sonrió:
Es que me gustas respondió Mariano con tono natural.
Damián dejó caer la bolsa de compras y se apartó unos cuantos pasos, como si Mariano pudiese contagiarlo de alguna enfermedad muy grave. Franco estaba sorprendido ante aquella confesión, aunque admitía que sí lo había sospechado, al igual que casi todos, en algún momento de su estadía en Vindicta.
Me gusta todo de ti continuó Mariano. Tu forma de hacer las cosas, tu sentido del humor

¡Asqueroso! le espetó Damián. Vámonos de aquí, Franco.
Franco no pudo objetar nada; realmente no quería permanecer mucho más tiempo con Mariano.
¿Oíste lo que dijo? gritó Damián, irritadísimo, mientras caminaban hacia la calle principal.
Habían pasado la última hora sentados en un bar muy sucio tomando cervezas de mantequilla. Franco había intentado contener la risa durante un buen rato, pero al final se le había escapado unas cuantas carcajadas.
Él tiene razón, Dami bromeó Franco. Eres tan sensual

Ya basta repuso Damián lanzándole una de sus peores miradas asesinas.
Deberíamos ir a buscar a Flor dijo Franco para cambiar de tema. Hace rato que no la vemos.
Sí respondió Franco. A decir verdad, el pueblo está bastante silencioso para ser fin de semana a la tarde.
En ese momento desembocaron en la calle principal, y el miedo se apoderó de ambos. No había ni un sólo alma. La calle estaba tan desierta que incluso les resultaba diferente a todos los fines de semana.
De repente, un hombre desembocó de la calle principal desde un pequeño callejón. Estaba totalmente cubierto por una piel negra de animal.
¿Dónde demonios se metió todo el mundo? le espetó Damián.
El hombre sacó su varita mágica.
¿Fran? susurró una voz familiar

Franco se despertó enseguida

¿Damián? preguntó con un hilo de voz casi inaudible. Se incorporó rápidamente y se pegó la cabeza contra algo. Mientras se la frotaba por el dolor, se le llenaron los ojos de lágrimas.
No tardó en darse cuenta que con lo que se había golpeado era una reja y que ellos dos, al igual que cientos de alumnos allí, estaban encerrados en pequeñísimas jaulas.
¿Damián? repitió Franco, pero con voz mucho más alta y desesperada.
Damián tenía los ojos irritados, y daba la impresión de que había llorado bastante.
Franco puso su mano en el hombro de su amigo, pero Damián aulló de dolor y la retiró inmediatamente.
¡No me toques, me arde cada centímetro de mis huesos!
¿Qué ocurre? preguntó Franco. ¿qué es esto, dónde estamos?
Al lado de la jaula de los dos amigos había otra, mucho más pequeña, pero ésta sin rejas
Estaba totalmente cubierta con una especie de cristal muy fuerte con un pequeño agujero en una esquina, por el cual una chica apretujada se esforzaba por respirar

¡Flor! gritó Franco fuera de sí. ¡Flor! ¿Estás bien?
Florencia no respondió; se limitó a levantar una mano. Al otro lado de la jaula de Franco y Damián había otra, esta con rejas, en la que se hallaba Rosalinda junto con Sofía, aquella prefecta nueva. Al lado de ellas estaba Gastón, al otro lado Joel y Carlos
Era un salón inmenso, parecido a un gimnasio, en el cual cientos de alumnos luchaban contra el apretujamiento y el dolor que les causaba estar encerrados en unas jaulas arriba y debajo de otras
todos gemían y muchos lloraban

¿Qué es esto? ¿Qué pasó? ¿Por qué Flor está ahí, por qué nosotros
?
Te desmayaste le informó Damián sin apenas mirarlo. Te desmayaste justo antes de que ese maldito lunático me echara cinco maldiciones cruciatus y nos arrastrara hasta aquí.
Alohomora! Alohomora, vamos, maldita sea, alohomora! gritó desesperadamente, apuntando a la cerradura de la jaula.
¿Crees que no lo hemos intentado todos? le espetó Damián de mala gana.
Franco no podía creerlo: ¿quién haría algo tan salvaje?
Entonces se dio cuenta de que algo iba mal: Florencia, su amiga, había cerrado los ojos y se había quedado totalmente paralizada dentro de su jaula de cristal. Era evidente que no estaba bien: le faltaba el aire.
¡Ayúdennos! gritó Franco al ver a su amiga. ¡Por favor, es urgente! ¡Necesitamos que nos ayuden, Florencia se está muriendo!
Damián lo miró horrorizado pero no lo detuvo. Sin embargo, nadie acudió, y Florencia tampoco despertó en varias horas.
Era el atardecer. Franco y Damián apenas habían hablado.
Muchos alumnos se sumían en un llanto silencioso; las chicas que compartían jaula estaba abrazadas. Muchos dormían.
De repente se escucharon unos pasos, y todos, hasta los que parecía que no se iban a despertar, se sobresaltaron. La puerta se abrió con un golpe contra la pared sordo y brusco, y por ella entró un hombre vestido con una larga capa de piel negra, la última persona que Franco había visto antes de desmayarse
tenía la varita en alto, y cuando Franco pensó que con ella iba a asesinar a alguien, se apuntó a la garganta y gritó:
Sonorus!
Su voz sonó en cada rincón de aquella horrible sala. Todos lo contemplaban; hasta Flor había abierto los ojos un poco y miraba con dificultad.
Iré asesinando a todos y cada uno de ustedes comenzó. Todos contuvieron la respiración hasta llegar a la persona que busco. A menos, claro, que esa persona quiera entregarse antes y salvarle la vida a todos.
Una muchacha de las filas de jaulas más altas preguntó con atrevimiento y voz muy segura:
¿A quién busca exactamente?
El hombre alzó la cabeza y la luz dejó al descubierto su cara, que hasta aquel momento había estado tapada por la sombra de su capucha.
¿Quién eres, niña?
La chica respondió, sin rodeos:
Amanda Tilo, séptimo año, prefecta especial y ganadora del Premio por Servicios Especiales a mi Émulo. Sin mencionar que soy la futura Premio Anual de este año, claro.
Nadie podía creer que la chica estuviera hablando tan naturalmente enfrente de un hombre que había jurado matarlos a todos.
Bien, Amanda, te diré a quién busco bajó la cabeza y la sombra lo ocultó de nuevo. Busco a un chico, o chica, no sé. Busco al único que puede encontrar algo que busco, y ésa persona se encuentra entre ustedes. ¿Quién ha recibido una carta en los últimos días que sólo él puede leer y que tiene un contenido altamente importante?
A Franco se le paralizó el corazón, y Damián se tornó de un pálido como jamás lo había estado. No sabían que decir. Florencia les echó una mirada rápida pero desesperada, y al contemplar aquello Franco no tuvo más opción y gritó:
¡Yo!
Todas las cabezas giraron en torno a él, y los que estaban en jaulas superiores e inferiores a la de Franco y Damián hicieron movimientos extraños para ver quién había hablado.
El sujeto se acercó hacia la jaula de Franco, que estaba sobre otra jaula, de modo que los ojos del muchacho y los del hombre quedaron a la misma altura.
Franco tuvo que contener un grito. Aquel hombre, si se lo podía llamar de esa forma, era tan feo que Damián se aferró fuertemente a un barrote de la jaula. Alzó la varita y, nuevamente, Franco pensó que ése era su fin; sin embargo, se apuntó a la garganta y exclamó:
Quietus! ahora sólo Franco podía oírlo. ¿Tu nombre, chico?
Franco Rizzetti. Pero sólo te diré lo que necesitas saber si sacas inmediatamente a mi amiga Florencia de esa caja de cristal y la mandas al hospital. Y luego saca al resto.
El ser fingió pensar y luego dijo:
Parece justo, sí repitió el encantamiento de voz y gritó: ¡Saieg!
Pocos segundos después, irrumpió en la sala un hombre bajito y tapado con la misma capa de piel.
Saca a esta chica señaló con la cabeza a Florencia, de forma desdeñosa y bríndale la atención médica que necesita. Luego saca al resto.
Sí, mi amo contestó Saieg haciendo una reverencia, y se acercó torpemente a la caja de cristal de Florencia para abrirla con una pequeña llave que había sacado de su bolsillo.
Se lo merecía, querido Fran le dijo el hombre, al ver que Franco lo miraba con odio. Tu pequeña amiga me trajo muchos problemas. ¡Sus maleficios son realmente buenos! En fin, ¿por dónde iba? ¡Ah sí!
Dio un golpe seco con la varita a la jaula de Franco, y su cerradura se aflojó. ¿Qué debería hacer Franco en ese momento? ¿Sacar la varita y atacar al individuo? ¿O hacerle caso y esperar a que todo aquello terminase? Se decidió por la segunda opción; atacarlo allí era muy arriesgado y no veía por qué no podía hacerlo más tarde.
Baja, Franco, ¿qué esperas? lo apremió el tipo, y Franco bajó de un salto hacia el suelo. Se tambaleó un poco al caer. Damián estaba apunto de saltar. ¡Tú te quedas, escoria!
Él viene dijo Franco. O yo no le doy eso que tanto necesita.
El hombre aceptó a regañadientes, y enseguida los dos amigos atravesaron la sala de las jaulas siguiéndolo. Detrás de la puerta había un pasillo muy largo, por el cual empezaron a caminar hasta llegar al fondo. Había una puerta muy grande, con una inscripción en lo que Franco reconoció como élfico.
Entren y tomen asiento les ordenó el hombre, abriendo la puerta de par en par.
Los chicos obedecieron mientras el hombre colgaba el abrigo de piel negra en un perchero y se dirigía hacia la silla principal, de cara a los dos muchachos, separados por un amplio escritorio muy antiguo.
Franco echó un vistazo a la sala. Cada centímetro de la pared estaba cubierto por fotos de extraños objetos y muchos recortes de diarios: El Profeta, agosto de 1840: El reloj de arena fue visto en Bulgaria
El Profeta, marzo de 1841: La declaración sobre el reloj habría sido un engaño
La Gaceta Italiana: Estudios en Calabria aseguran que el reloj podría hallarse en Noruega
El Vespertino del Domingo Español: Estudios determinan las cualidades del reloj de arena perdido
. Un póster de tamaño considerable estaba en lo alto de la pared. Era una especie de reloj de bolsillo; pero de un color claro que transparentaba su contenido: arena, arena de color cálido
las manecillas del reloj eran finas y no precisamente tres; eran un centenar. La foto se movía, obviamente, como todo en el mundo mágico: las manecillas cambiaban de lugar con la rapidez de un snidget, colocándose en los números que había alrededor: cientos y cientos de números, muy apretujados, conformaban el contorno del reloj, señalando lo que Franco supuso que eran décadas, ya que pudo leer 1490. 1500. 1510. 1520
Era un artefacto tan hermoso
Era obvio que aquel hombre era un obsesionado con ese tan codiciado reloj, y Franco juraba que estaría dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguirlo.
De pronto nadie dijo nada, y Franco y Damián se lanzaron miradas nerviosas.
Bien dijo el hombre por fin. Es lógico que no les diré mi nombre, por lo que pueden llamarme Nei. ¿Está bien? no respondieron. Franco, saca la carta la sacó y se quedó esperando y léela, claro.
Los ojos de Franco se posaron en la carta y su mente estaba funcionando a toda máquina. Entonces se le ocurrió que, si solamente él podía leer el contenido, no habría nada malo en mentir un poco.
Al lector: primero que nada me voy a presentar, soy Harry Potter y tengo

¡Oh, no! exclamó Morfeo. Ve al grano, niño. ¿Dónde está el reloj?
Franco fingió buscar un punto en la carta y empezó a inventarse, moviendo los ojos para dar la impresión que leía:
He de decirte que mis estudios me indican que el reloj podría hallarse en algún campo de la Patagonia argentina, sin embargo no sé cual

Eres un embustero le espetó Nei. ¡He hecho muchos hechizos y me indican que está en Cábala! ¡Mentiroso!
¡Pues si está en Cábala, búscalo por tu cuenta, maldito lunático! gritó una voz potente y cargada de energía que fue como un brillo de esperanza para Franco y Damián.
Franco se quedó paralizado al voltearse: Florencia había aparecido en la puerta, con su varita en alto, y acababa de gritar con voz fuerte:
¡Agresius!
Nei movió la cabeza bruscamente para ambos lados, como si alguien le estuviera propinando salvajes bofetadas. Sin parar de hacerlo, metió la mano en su bolsillo, pero

¡Expelliarmus! gritó una segunda voz femenina. Rosalinda estaba al lado de Flor, con cara de cansancio pero sonriente.
La varita de Nei fue a parar a la otra punta de la habitación, y Damián se apresuró a tomarla. Mientras tanto, Nei seguía siendo atacado ferozmente por esas cachetadas crueles; Flor aún lo apuntaba con su varita y no deseaba que se rompiese la conexión. Pronto, el mar de cachetadas se sumó junto a la maldición mocomurciélago que le lanzó Franco y la maldición tempestosa por parte de Damián: la mezcla hizo un efecto inmediato y a Nei le salieron tentáculos húmedos del cuero cabelludo. A decir verdad, el sujeto en sí era tan deforme que esto no lo hacía ver mucho más horrible. Sin intentarse defenderse más, se desplomó.
Franco corrió a darle un abrazo inmenso a Flor, y luego unas palmaditas amistosas en el hombro a Rosa.
Las amo dijo Damián.
Sí, son geniales corroboró Franco, recuperando el habla. Chicas, ¿cómo lo lograron?
Florencia estaba mucho mejor: su palidez había desaparecido.
Cuando ustedes se fueron, aquel sujeto terminó de abrir mi jaula explicó. Era un idiota entrenado, si quieres mi opinión. Simplemente le lancé un expelliarmus no verbal, ya que apenas podía hablar
Al desarmarse se tambaleó y tuve oportunidad de quitarle la llave y sacar a Rosa.
Oh dijo Damián, evidentemente desilusionado. ¿Eso es todo? ¿Un simple expelliarmus bastó para detener a ese tipo?
Flor parecía impaciente por contarles algo:
¡No, no! ¡Claro que no! ¡Deberían haber visto a Rosa! sonreía con muchas ganas. Rosa se había sonrojado. ¡Lo escupió, le gritó un montón de cosas y le lanzó dos maldiciones imperdonables! ¡Dos!
Franco y Damián pasaron la vista de Florencia a Rosa y luego nuevamente de Rosa a Florencia. Normalmente, aquellos casos se producían a la inversa en ellas dos. Florencia era la del carácter fuerte, sólido y original, y Rosalinda la adulta, seria y reflexiva.
¡Uau, Rosa! dejó soltar Damián. Nada propio de ti. Y pensar que si te realizaran un priori incantatem estarías de viaje a Azkaban.
Flor lo fulminó con la mirada y le dijo:
No le metas más miedo. Y ahora vayamos a la sala de las jaulas, los chicos están impacientes por ver si triunfamos. ¡Seguro quedaremos como heroínas!
Los cuatro amigos abandonaron la sala, no sin antes aplicarle a Morfeo unas maldiciones de despedida, éstas un poco más bruscas que las anteriores.
Los primeros días en Vindicta después de aquello pasaron muy lentamente, y ningún examen parecía acaparar la atención de los estudiantes. Inclusive se habló mucho más y las versiones sobre lo sucedido en el despacho se habían ampliado cuando se colgó un anuncio en el vestíbulo en el cual anunciaba que las excursiones al pueblo quedaban temporalmente suspendidas y hasta tiempo indefinido. Aquello, no obstante, no pareció sorprender a muchos alumnos.
Examen de Botánica el lunes murmuró Florencia ensimismada mientras salían de los invernaderos, cansados y con las manos llenas de barro. ¡Maldita sea! El lunes tenemos el de Encantamientos y el martes el de Quiromancia. Digo yo, ¿por qué no se reúnen los profesores y convienen un día que nos venga bien a todos?
No sería mala idea murmuró Rosa, que los acababa de alcanzar. El lunes tengo, además de esos dos, el examen de Runas Antiguas y Teoría de Trabajo Extra.
Sus tres amigos la miraron como si se hubiese vuelto loca:
¿Te has tragado un hipogrifo? ¿Teoría de Trabajo Extra? repitió Franco con la misma voz irritada de Florencia. ¿Y luego los raros somos nosotros?
Damián, que se reía, comentó que con el hambre que tenía él realmente podría haberse tragado un hipogrifo, si era hembra mejor, añadió, y Rosa le pidió que sea un poco menos explícito cuando a Damián se le ocurrió hacer con sus manos el contorno de una «hipogrifa sexy» (o así lo llamó) y Franco y Flor se desternillaban de risa.
Durante el almuerzo, los cuatro amigos recordaron el suceso de Cábala cuando un grupo de estudiantes de otro Émulo pasó por su lado charlándolo incansablemente.
Nadie sabe aún lo que pasó en el despacho de aquel tipo iba contando entusiasmado un chico de los que había vivido la tragedia (todos los del colegio que habían ido a Cábala aquella tarde). Oronar se negó a contárnoslo

Era cierto; Oronar, el anciano director, no lo había divulgado aún. A la mañana siguiente del suceso, los había citado a Franco, Damián, Flor y Rosa para que le contaran con detalle lo sucedido. No habían podido atrapar al sujeto ni a su secuaz Saieg, pues la Sala de las Jaulas había sido registrada y no parecía haber indicios de que alguien pudiese vivir en aquel chiquero. Los funcionarios del Ministerio de Magia habían dicho a la prensa que, según la declaración de los chicos acerca del feo hombre con capa de piel negra y los papeles encontrados en su despacho, podría tratarse de un metamorfomago llamado Nei, quien había sido buscado por el Ministerio durante años. SSe lo culpaba de un centenar de crímenes a lo largo del tiempo.
Pero ya no estaba, y la casa en la que se encontraba la « Sala de las Jaulas» había sido vigilada día y noche por si el sujeto y su secuaz regresaban. Ese miércoles, a cuatro días del episodio, aún no habían vuelto.
¿Crees que ellos nos ven como héroes? preguntó de pronto Rosalinda cuando un grupo de estudiantes de sexto de Galardón los miraban de reojo al pasar. Es decir, fuimos nosotros en realidad quien salvamos a todo el colegio. ¿O no?
Desde luego Oronar sí nos ve como héroes intervino Franco tocándose la insignia que llevaba en el pecho de «Premio Especial por Servicios al Colegio», con el cual habían sido galardonados los cuatro.

¡Apunte, agite y lance, señor Nesta! gritó el profesor Duero dándole golpecitos en la cabeza a Damián con su dedo índice. ¡Apuntar y lanzar, es algo de primer año, parece mentira que no sea bueno ni siquiera en un sencillo diffindo!
Era la tarde del viernes. Se encontraban en la última clase de la semana: Encantamientos. Estaban repasando para su examen del lunes, que abarcaba los encantamientos básicos.
El profesor Duero era extremadamente cascarrabias, y era el profesor que menos ganas incitaba a sus alumnos para trabajar. Con sus habituales «Condenados brujos adolescentes» o «Debería haberme quedado en Santa Fe enseñando matemática a los muggles; al menos tenía la certeza de que no me iban a lanzar un maleficio en cuanto me diera vuelta
», nadie ponía entusiasmo a lo que hacía.
¡Oh, señor Nesta! exclamó el profesor Duero, ya exhausto, al quinto intento del muchacho. ¡No puede no saber esto de primer nivel, se le restará un punto a Celebrindal!
Los Celebrindal estallaron en vagas protestas, mientras los Seregar, que eran con quienes compartían aquella clase, sonreían con satisfacción.
¿Señor Duero? preguntó Estefanía, una compañera de Franco de Celebrindal.
¿Sí, señorita
García? contestó el profesor , distraído.
Gómez, profesor corrigió la alumna con delicadeza. Disculpe, pero me parece una real tontería evadir lo ocurrido el fin de semana pasado en el pueblo de Cábala. Durante toda la semana, los profesores han fingido que no ha pasado nada, y eso no es cierto

Disculpe señorita Gómez, pero lo ocurrido en Cábala no abarca mi asignatura

Pero insisto en que ningún profesor nos ha dado explicaciones interrumpió Estefanía, en sus trece. Nosotros hemos estado horas encerrados en un salón inmenso lleno de jaulas, y no crea que no hemos sufrido. Exigimos una explicación; los que estén conmigo levanten la mano.
Pareció que nadie iba a hacerlo; sin embargo, debido a la iniciativa de Johanna, la mejor amiga de Estefanía, pronto el salón se inundó de manos levantadas.
¿Por qué ningún profesor fue a rescatarnos? preguntó un alumno de Seregar con el entrecejo fruncido. ¿No deberían haber tomado más medidas de seguridad?
El profesor Duero no sabía que decir.
Mis padres me escribieron y me dijeron que si ocurre algo semejante no tardarán en sacarme del colegio intervino otro de Seregar. Merecemos una explicación, profesor.
Duero miró a toda la clase y luego empezó a hablar. El sudor le caía casi a chorros de la frente.
Bien
de acuerdo tomó aire. Sé que no soy el más indicado para contárselo; además el director no lo permitió. Sin embargo, creo que sí, merecen una explicación. Verán, estoy seguro que en el periódico han salido ya varios artículos relacionados con el «suceso de Cábala», por decirlo de alguna manera

Nadie se movía en el salón.
Pero la única verdad la tienen continuó Duero
y no puedo jurarles que se la contarán, los señores Rizzetti y Nesta y las señoritas Marconni y Pedraza.
Todas las miradas se mezclaron entre Franco, Damián, Flor y Rosa.
Ya todos saben lo que pasó dijo Damián decidido. Estuvieron allí, ¿no? Florencia y Rosalinda hechizaron al ayudante del tipo de la piel. Luego vinieron al despacho y atacamos a su amo. Eso fue todo.
Ahí lo tienen dijo Duero y lo siento, pero el lunes tendrán que venir siete y media en lugar de ocho, para recuperar el tiempo perdido.
A pesar de que el tiempo perdido había sido como mucho tres minutos, nadie dijo nada. Era la primera vez que el profesor Duero accedía de tal manera a las sugerencias de sus alumnos, algo que él consideraba totalmente inferior.

Vaya murmuró Franco mientras salían de las mazmorras, que era donde se impartían las clases de Encantamientos. Quién iba a decir que Duero fuese tan comprensible, ¿no?
Cállate le ordenó Flor de mala gana. Estuve pensando, chicos. Creo que deberíamos charlar un poco sobre el tema. Nosotros también lo hemos estado evadiendo, y es decir, sólo nosotros cuatro conocemos el contenido de la carta.
Esa noche, antes de las siete, los cuatro amigos se dirigieron hacia la biblioteca, ubicada en lo alto de la torre este. Franco, Damián y Florencia detestaban estar allí, era tan inmensa que se perdían entre las enormes estanterías que contenían miles de libros de todo tipo. Se sentaron en una mesa cerca de la sección de «Leyendas y Mitos», bien lejos de la bibliotecaria y de un grupo de séptimo, que eran los únicos que quedaban en la biblioteca a esa hora.
Bien murmuró Rosalinda después de un rato, regresando a la mesa con seis pesados libros. Rosa era la que más conocía la biblioteca. Mitos de objetos mágicos, de Teodoro Malsúpido
La Diadema de las señoras Ravenclaw, de Eustaquio Golden
bueno, éste no está relacionado directamente con el reloj, pero en una hoja lo menciona. Con este pasa lo mismo: Lo que el viento no pudo llevar, de Israel Baudinni. Denle un vistazo a la página 284.
¿Lo que el viento no pudo llevar? preguntó Florencia con sorna. Me suena más a una gorda dentro de un maleficio levantador de viento.
Ella y Damián no pudieron contener la risa, y hasta Rosalinda soltó una pequeña carcajada. Sin embargo, Franco se había quedado con la mente en otro lugar. Juraría haber visto el título Mito de objetos mágicos en otra parte. Se convenció que había sido en aquella misma biblioteca, o quizás había parecido en alguna tarea, y decidió no comentar nada.
Bien, suficiente diversión concluyó Rosalinda, tajante. Flor, abre Mitos de objetos mágicos y busca algo
yo veré éste: Egipto y sus maravillas, de la conocida autora inglesa Bathilda Bagshot. Pobre mujer, leí que murió por Voldemort, aquel mago tenebroso
miró con cara triste la portada del libro y luego continuó: Damián, busca en el de la Diadema, y tú Franco
busca en Seiscientos años de magia, de Catriel Uriez.
Podríamos dejar de dar órdenes
murmuró Damián en voz tan baja que ni Franco, que estaba a su lado, entendió toda la frase. Sin embargo, Rosa sí lo oyó, y fue motivo de que empezara una discusión:
¿Órdenes? ¡Sólo intento que se organicen!
Sí, pero no es necesario que nos trates así repuso Damián. ¡Sólo cálmate, te ves nerviosa!
Oh, cállate le espetó Rosa con una profunda mueca de asco. Lo único que haces es criticar a la gente. Sólo pretendo que incorporen discernimientos de temas allegados a lo que aconteció en el pasado en Cábala, cuando nosotros estábamos presentes y

«Discernimientos de temas allegados a lo que aconteció
» repitió Damián con tono burlón. Entendería mejor el pársel que eso que me has dicho

¡Gracias por acotarlo, pero creo que todos lo sabíamos! ¡Tus estúpidos comentarios delatan la capacidad craneal que tienes en esa cabezota!
Franco y Flor, que estaban sentados en el mismo banco, observaban expectantes a Damián y Rosalinda que estaban de frente como un partido de tenis muy entretenido, pero sin saber qué decir o sin saber si intervenir, porque los nervios de Rosa estaban amenazando con desbordarse de una manera salvaje.
¡Asquerosa cerebrito! gritó Damián, y un momento estaba totalmente arrepentido, porque Rosalinda había sacado su varita mágica, y, fuera de sí y con voz totalmente descontrolada, gritó:
¡Aguamenti!
Un chorro de agua perfectamente contenido salió de la punta de la varita de Rosalinda y, cuando se disponía a estamparse contra Damián, éste sacó la varita torpemente, pero a tiempo para gritar:
¡Impervius!
Este hechizo consiguió que el agua no consiguiese penetrar dentro del escudo que había hecho Damián, de modo que el agua se desplomó sobre el libro Setecientos años de magia.
¡Rosa! gritó Flor. ¡Contrólate!
Pero no fue el grito de Flor el que consiguió calmar a Rosa, sino el de una persona mucho mayor y de aspecto mucho más intimidante.
¿Qué pasa aquí?
Eliana Igh, la bibliotecaria, acababa de aparecer entre dos altas estanterías, con las manos en las caderas y el entrecejo fruncido. Se acercó a paso ligero a la mesa, y observó con incredulidad, casi con tristeza, el libro mojado que yacía cerrado sobre la mesa, desgastado por el agua.
¿Eso es
? comenzó la señora Igh. Hizo un esfuerzo y terminó la frase. ¿Eso es un libro de la biblioteca? los cuatro asintieron, temiéndose lo peor.
¡Oh! Setecientos años de magia, Catriel Uriez, 1983
colaborado por su hermana, Celes
no pudo continuar.
Lo sentimos mucho dijo Damián. Tenía la voz irritada de tanto gritar, pero Florencia, que estaba dispuesta a defender a su amigo, intervino:
Fue culpa de ella señaló aparatosamente a Rosalinda, que estaba cabizbaja y sin decir nada.
Cuando pensaban que Rosalinda iba a ponerse a desmentirlo o como mínimo, compartir la culpa con Damián, la muchacha se paró y dijo:
Es cierto, fue mi culpa tenía la voz firme. Lancé un hechizo que

¿Un hechizo? preguntó la señora Igh; había abandonado cualquier signo de tristeza en su voz; ahora sí que estaba enojada. ¡¿UN HECHIZO?! ¡Magia en la biblioteca! ¡Está usted expulsada, señorita... Comosellame! ¡Informaré de esto al director, y ustedes tres quedarán recluidos! ¡Usted señaló a Rosa con su dedo largo sígame! Y los demás, váyanse inmediatamente a su sala común hasta que yo vaya a buscarlos.
Rosa se había quedado pasmada, y mientras se levantaba, con los ojos abiertos como platos y una expresión ausente en el rostro, Franco tuvo un instinto, y se metió el libro Mitos de objetos mágicos en la mochila sin ser advertido por nadie. De pronto los cuatro amigos se vieron desfilando tras la señora Igh en los pasillos de la biblioteca.
Era pasada la medianoche, pero Franco no lograba conciliar el sueño, así que decidió bajar a la sala común para despejarse un poco acerca de los pensamientos que lo castigaban desde hacía horas.
Sin embargo, sólo logró intensificar estos.
Un reloj
y él, por algún motivo, era el indicado para encontrarlo. La voz de aquel sujeto, Morfeo, resonaba en su cabeza: «Busco a un chico, o chica, no sé. Busco al único que puede encontrar algo que busco, y ésa persona se encuentra entre ustedes. ¿Quién ha recibido una carta en los últimos días que sólo él puede leer y que tiene un contenido altamente importante?».
Pero entonces un ruido proveniente del hueco que funcionaba como entrada secreta a la sala común de Celebrindal lo alejó de todo pensamiento. ¿Quién sería a esas horas de la noche? Ningún alumno; desde luego, sería un suicidio. La última vez que Franco había salido de noche y eran las ocho y media se había ganado un buen castigo
¿Sería la señora Igh, la bibliotecaria, que por fin iba a buscarlos a él, Damián y Flor para cumplir su detención? La respuesta en breves momentos, pensó Franco impaciente, mientras se aferraba al respaldo del sofá, cerca del fuego. Entonces una figura pequeña se hizo entre las sombras desde el pasillo que desembocaba desde la estantería secreta. No era Igh, ni mucho menos, era nada más que Oronar en persona.
Oronar, el director del colegio desde hacía tantos años; aquel hombre bajito, tan poco visto por los pasillos del colegio, estaba nada más y nada menos que en la sala común de Celebrindal estudiándola con la mirada, y al parecer no se había percatado de la presencia de Franco.
¿S-señor? murmuró el chico, y Oronar dirigió sus ojos grandes y negros, penetrantes, en Franco.
¡Hola! exclamó. No deberías estar despierto a estas horas, mañana te costará levantarte para llegar a clase.
Eso no es problema repuso Franco. Todas las mañanas hace cuatro años soy el primero en despertarme
Verá
y le explicó que la ventana estaba justo colocada sobre la almohada de Franco, dentro de la cama adoselada.
¡Oh! exclamó Oronar, con un gesto de aparente sorpresa. Chico, eso sí que debe ser molesto. ¿Deseas que te cambien de cama? Podrías habérselo pedido a tu jefe de casa en primer año.
Oh, no, no es problema repuso Franco con una sonrisa. Además, lo utilizo como reloj despertador.
Reloj
despertador
reloj

Oronar esbozó una sonrisa.
¿Y qué
? comenzó Franco, pero no se creyó capaz de inquirirle a la autoridad máxima qué era lo que estaba haciendo. Sin embargo, Oronar no pareció enfadarse; de hecho, amplificó su sonrisa, que a esa altura se podía comparar con la de un payaso gracioso.
¡Pregunta, chico, tú sin miedo! exclamó Oronar. ¿Qué hago aquí, eh? Pues mira, aunque muchos lo hayan olvidado (y no los culpo), lo sucedido en Cábala hace unas semanas aún no se borra de mi mente, y estoy seguro de que tampoco se borra de la tuya, ni la de tus amigos más cercanos.
Franco, que había pensado que Oronar ni siquiera conocía su apellido, arqueó las cejas.
Fue lamentable continuó Oronar. Y no creas que pienso que ignoras el secreto del reloj. Pronto te citaré, Rizzetti, para confiarte, preguntarte, decirte
En fin, intercambiar algunas simples palabras. Yo te aviso cuando, ¿sí?
Franco asintió con la cabeza, perplejo.
Pero te mentiría si te dijera que vine aquí para decirte esto continuó Oronar con voz casi divertida. ¡De hecho fue una sorpresa encontrarme aquí contigo! Sólo quería contemplar
me pregunto dónde está.
¿Qué es lo que busca, señor? preguntó Franco con el tono más educado que le fue posible.
Oronar respondió con aire distraído, ya que seguía recorriendo con la vista toda la habitación.
Un retrato. El retrato de Ebor Quenyo, no sé si lo conoces

¡Ebor Quenyo! exclamó Franco con una súbita felicidad extraña. ¡Sí, he pasado por ese retrato cientos de veces! Está allí señaló al fondo de la sala común, donde había algunas mesas de estudio pegadas contra la pared. En lo alto de esta, un ¿hombre? muy pequeño, con dos gigantescos ojos negros, casi tan grande como pelotas de tenis, y orejas puntiagudas como las de un murciélago. Estaba vestido de traje y roncaba silenciosamente. Debajo había una placa de metal que decía: «Eböris Ebor Quenyo Oronar Biezater, 1678-1753» (resultaba difícil distinguir cuáles eran los nombres de pila y cuáles los apellidos). Franco nunca se había detenido a observar cada detalle de esa especie de criatura, ya que la sala común estaba repleta de retratos, pero aquellos ojos gigantescos y las orejas puntiagudas daban la impresión de una especie de elfo doméstico.
Es un
¿elfo doméstico? preguntó Franco, y se arrepintió tanto de haberlo dicho al ver la cara de Oronar que miró al suelo, avergonzado, e intentó reparar su error: Lo siento, quise decir, no es
no es humano, ¿o sí?
No, no lo es contestó Oronar. Su voz denotaba algo de enojo, pero tras un silencio se le pasó, y siguió: Pero no es un elfo doméstico, Franco. Es un elfo a secas; criaturas, me atrevería a decir, superiores a los elfos domésticos (o al menos así se consideran ellos). La única diferencia, en realidad, que marca a un elfo de un elfo doméstico, es la esclavitud. Por lo demás creo que son iguales, si bien los elfos son algo más altos
y bueno, claro, su forma de ser es
distinta.
Franco no sabía que decir, de modo que asentía con la cabeza.
Mi tátara tatarabuelo fue un elfo, ¿sabías?
No, señor respondió Franco sinceramente.
Pues sí, lo fue parecía extrañado. Veo que no prestas mucha atención en tus clases de Historia de la Magia. ¿No recuerdas nada acerca de la famosa «boda del 1700»?
Hum
Franco hizo un esfuerzo, pero no recordaba haber estudiado eso; sin embargo había muchas cosas que habían estudiado en Historia de la Magia y él no recordaba, así que mintió diciendo: Sí, vagamente.
También tuviste que verlo en Criaturas Mágicas a lo Largo de la Historia continuó el director, algo ensimismado.
No, señor repuso Franco; no elegí esa asignatura como opcional. Elegí Quidditch, Política e Historia de la Magia Occidental. No es que me interesen dijo con sinceridad; simplemente pensé que eran las que menos trabajo me costarían.
Se sorprendió a sí mismo de hablar con tanta confianza con el director, como si fuese un conocido amigo.
Está bien contestó Oronar; estás en
cuarto, ¿verdad? Franco asintió. En dos años podrás elegir las asignaturas que realmente se relacionan con lo que quieres seguir
En fin, me estoy yendo por las ramas.
»En efecto, mi tátara tatarabuelo fue un elfo. Se casó con Iriana Gastrowl; de ahí la famosa boda de 1700: fue la primera vez en la historia en que se unieron en matrimonio una bruja con un elfo. Estaban realmente enamorados. Aquello fue desastroso. Tuvieron doce hijos; cinco nacieron muertos. El vientre de Iriana no soportó aquello; ¡era una transformación a la naturaleza! El resto vivieron, pero fue terrible; fueron muriendo porque se le hallaron diversas enfermedades Franco hizo una mueca. Sólo uno nació sano; un bajito llamado Eghor, mi tatarabuelo. Era un cruce bastante extraño a medio camino entre un elfo y un mago, pero tan competente que consiguió enamorar mediante un embrujo a una bruja hermosísima; una muchacha llamada Noria Duero. Tuvieron una hija media elfina, que se unió a Subyork, un mago tenebroso estadounidense que solía asesinar gente por placer.
»El otro hijo que tuvieron Eghor y Noria fue Burhgie, que fue muerto en el encarcelamiento de elfos de 1798. Él insistía en que era humano, pero no le hicieron caso. ¡Qué despiadada fue su muerte! Pero antes de morir había dejado embarazada a una mujer, quien tuvo a mi bisabuelo; éste mató a su madre y se unió con Subyork. Una maldición mortal
Como ves, la historia de mi familia es bastante sangrienta añadió, al ver la cara de Franco. En fin; luego mi bisabuelo tuvo a mi abuelo; éste a mi padre y mi padre a mí, como es lógico.
Dio un suspiro. Franco estaba de piedra, asimilando la impresionante historia que acababa de oír, y que jamás se había llegado a imaginar de aquel hombre bajito y tranquilo que era el director del colegio. El muchacho no entendía a qué quería llegar el director.
Bien, sólo quería ver el retrato; fue un buen elfo y hace años que quería ver esta pintura comentó Oronar con aire de satisfacción. Pero no habría quedado bien que la gente me viera entrando en la sala común de Celebrindal aunque yo sea el director; después de todo siempre pertenecí a Gardon, ¡y orgullosamente! añadió con una sonrisa. ¡Caray, qué bien me hizo contarle a alguien la historia de mi familia! Buenas noches, Franco.
Oronar giró sobre sus talones con mucho arte, mientras su capa flotaba fantasmagóricamente a medida que se metía en el pasillo pequeño que ocultaba la entrada y salida secreta, pero entonces súbitamente se acordó de algo y dijo:
¡Lo olvidaba! La buena Eliana Igh, la bibliotecaria, presentó sus quejas ante mí hace algunas horas; creo que pretendía expulsar a la señorita Pedraza. Sin embargo, las reglas del colegio no castigarían tan severamente a un alumno por un poco de agua en un libro, que por cierto ya fue secado mágicamente, así que
«Qué bien me hizo, qué bien me hizo
», pensaba Franco con desagrado mientras no paraba de dar vueltas en la cama. «Pues a mí no me hizo nada bien.» Eran las cuatro de la mañana y Franco aún seguía pensando en la sangrienta historia de familia de su director; los datos que acababa de acumular le daban vueltas en la cabeza y la voz del director le taladraba como si fuera un despertador anunciándole que era hora de despertarse y tenía clases; un despertador sumamente molesto, un reloj despertador
un reloj
Entonces, súbitamente, recordó algo: Tenía Mitos de objetos mágicos en su mochila, lo había
tomado prestado de la biblioteca.
Después de asegurarse de correr las cortinas de dosel, encendió una vela y la colocó sobre el alféizar de la ventana, que estaba precisamente sobre su cama. Abrió el libro y buscó en el índice, hasta que encontró: «Relojes Mágicos, página 186.»
Cuando llegó a la página, le dio un vuelco el corazón. Era ése, el reloj que había visto en el póster del despacho de Morfeo, el que ocupaba gran parte de la página. Su manecilla se movían tan rápido que era casi imposible verla
y en el pie de la página había una inscripción con letras doradas: «El Reloj de Arena Árabe: una Búsqueda Incansable».
Sin embargo, dentro del libro no había información que él no supiera por la carta de Harry. Era un reloj que permitía retroceder y adelantar el tiempo, y que era muy codiciado por magos que querían cambiar alguna cosa. Ahora, Franco estaba pensando que quizás, si él realmente era el indicado para encontrar aquel reloj, dudaría severamente la posibilidad de entregárselo a Harry Potter.
Me escaparé anunció Franco.
Estaba junto a Damián en el comedor del colegio, desayunando. Era lunes y aún eran las seis y media de la mañana, pero se habían levantado temprano, ya que debían ir a su examen de Encantamientos con media hora de anticipación.
¿Cómo? preguntó Damián.
¿Eh?
Damián lo miró preocupado:
Acabas de decir que te escaparás. ¿A dónde te escaparás?
¿Dije eso? Pensé que lo había pensado.
Siguió comiendo su cereal. Damián intensificó su gesto de preocupación y le inquirió:
¿Y bien? ¿A dónde te escaparás?
A Cábala respondió Franco, como si fuese lo más normal del mundo irse al pueblo en un día de semana, sin permiso, y con un psicópata suelto.
Buen chiste. Me voy a repasar para Encantamientos repuso Damián, que apenas había dormido a causa de los nervios por el examen tan decisivo de Encantamientos.
Ese examen, sumado con las notas anteriores, sería el que definiría la calificación final del segundo trimestre. Pero Franco apenas había pensado en él. Durante todo el fin de semana había tenido una imagen bien fija en su cabeza: aquel hermoso reloj de bolsillo con arena en su interior, junto a su hermosa y delgada manecilla y las fechas a su alrededor

«Estás obsesionado, Fran», le dijo una voz en su cabeza.
«Puede ser», contestó Franco, «pero si ese Potter quiere el reloj, que lo busque solito. Yo lo quiero para mí.»
El examen resultó endiabladamente difícil, y Franco, que no había estudiado prácticamente nada, lo entregó casi en blanco. El profesor Duero se mofó de él cuando el viernes siguiente repartió los exámenes corregidos:
¡Excelente trabajo, señor Rizzetti! De modo que, en su opinión, el encantamiento fidelio pertenece a la clasificación de «Encantamientos para montar animales de gran tamaño», ¿verdad?
Hasta Damián y Florencia lo encontraron divertido.
¿Qué te pasó? preguntó Damián mientras salían de las mazmorras. Es el primer «Troll» que sacas en el año.
Tengo la cabeza en otra parte respondió Franco.
Nos dimos cuenta contestó Flor. Sí, yo también he estado pensando en otra cosa estas dos últimas semanas

¿A ti también te ha comido la cabeza el reloj? preguntó Damián. Rconozco que es bastante inevitable pensar en él, ahora que nos intriga tanto

Oh, no repuso Flor. No estuve pensando en el reloj, estuve pensando en Daro. Es tan hermoso
creo que
¡creo que estoy enamorada!
Franco, Damián y Rosalinda se detuvieron en el medio del corredor, mirando a Florencia con total sorpresa. Era la primera vez en los casi cuatro años que llevaban juntos que Franco la había visto sentir interés por algún chico.
¿Quién es Daro? preguntó Damián con la voz temblorosa.
Daro, el chico de la tienda de qudditch en Cábala, ¿recuerdan? ¡Nos hemos estado carteando! Creo que estoy enamorada repitió, con voz soñadora. Ya dijimos que cuando termine Vindicta nos iremos a vivir juntos, ¿no es genial?
Franco fingió sorpresa, pero lo que en realidad le causaba aquella escena era rabia, mucha rabia. Desde primero que había sentido cosas por Florencia, aunque nadie en el colegio más que él lo supiera. Por lo que sabía, Damián también la encontraba guapa, y había decidido no arriesgarse a pelearse con su mejor amigo por Flor.
Volviendo al tema dijo Rosa, cortando todo el aire soñador y ensimismado que había perdurado durante unos momentos en aquella parte del corredor, entre medio de alumnos que iban y venían, leí un poco más en Mitos de objetos mágicos. Creo que lo que hace el reloj no es sólo retroceder el tiempo en uno mismo; sino retroceder el tiempo completamente.
Los tres la miraron sin comprender.
Miren explicó Rosa. Supongamos que yo tenga el reloj y quiera cambiar algo que sucedió hace muchos años, cuando yo era apenas una niña. Tomo el reloj y viajo en el tiempo. ¡Pero todo cambia! Es decir, las personas que nacieron después de mí probablemente no nacerán, y las cosas que sucedieron tampoco sucederán. Es
siniestro. Es lo que lo diferencia de un giratiempo. El destino en realidad no está escrito. Es magia
magia muy avanzada.
Se produjo el silencio nuevamente.
Uau murmuró Franco. Sí que es siniestro.
Sí, lo es corroboró Damián. ¿Y tú te crees que nosotros no nos damos cuenta el por qué de tu distracción esta semana? ¡Quieres el reloj, Franco, no somos idiotas! ¡Lo quieres para ti solo! ¡No quieres compartir!
Franco lo miró con una mezcla de susto y desesperación.
¡¿Es que no lo ven?! gritó Florencia al tiempo que Franco abría la boca para replicar. ¡Nadie usará este reloj! ¡Tampoco lo buscaremos más! ¡Olvidaremos este tema!
No sé, Flor contestó Rosa. Harry Potter prometió riquezas invaluables si se lo entregábamos, y yo creo que un poco de oro

¡Rosalinda! chilló Flor. Eres un poco contradictoria, ¿no crees? ¡Acabas de decir que si el tiempo va hacia atrás, nosotros probablemente no nazcamos! ¿Para qué queremos oro si no lo vamos a poder utilizar
? ¡Por Merlín, esto no tiene sentido alguno!
Los alumnos que pasaban por el corredor se detenían para escuchar el motivo de la discusión.
Sí lo tiene contestó Rosa. Debemos cartearnos con Harry Potter y preguntarle para qué quiere el reloj. Confiaremos en él añadió. Después de todo, he leído mucho acerca de él
¡Si lo que quiere cambiar está antes de nuestro nacimiento, que lo olvide; sino, se lo daremos! No me pienso perder el oro.
¡Olvídalo! exclamó Franco. ¡Ese reloj será para mí, y no pienso dárselo a nadie! ¡Soy yo «el Indicado»! ¡Si no fuese por mí, ni siquiera sabrían el contenido de la carta
! ¡Yo encontraré el reloj!
Unos alumnos de primero los esquivaron con miedo a resultar golpeados por los exagerados gestos de mano que hacía Franco mientras gritaba.
¿Es que no lo ven
? ¡El reloj
! El reloj es
¡Olvídenlo! ¡Tú, Rosa, lo que te sobra de cerebrito te falta de conciencia! exclamó Flor, y antes de marcharse corriendo, añadió:. ¡INCONCIENTES!
Durante la semana, los cuatro amigos estuvieron muy distanciados. Durante las comidas intentaban evitarse, y a menudo Franco intentaba meterse entre Joel y Carlos, pero era obvio que no era lo mismo estar con ellos, que eran simplemente compañeros de curso, que estar con las personas que realmente quería.
A finales de agosto empezaron a correr unos rumores que llegaron a los oídos de Franco el lunes por la noche, durante la cena:
¿Te enteraste? Nesta se besó con Marconni.
Al oírlo, Franco se quedó de piedra. Ignoró aquello durante un tiempo, pero los rumores eran cada vez más intensos, y ahora parecía que se besaban a diario y que eran novios en secreto.
Sin poder aguantarse, una tarde, Franco le dirigió por primera vez a Damián la palabra desde aquella discusión.
Oye.
Se habían cruzado en la lechucería. Fiona, la lechuza de Telgman de Franco, acababa de llegar de la casa de sus padres con algunos dulces.
Damián, que acicalaba a su preciosa lechuza nueva, Buitre, se quedó totalmente congelado al advertir que era a él a quien le hablaba Franco.
¿Mmm? soltó.
Creo
creo que deberíamos reconciliarnos.
«No era eso lo que tenía en mente», pensó Franco amargado.
¿Reconciliarnos? preguntó Damián, tan sorprendido como atontado. ¿Ahora, después de
? Bueno.
¿Amigos? preguntó Franco.
De acuerdo.
Se dieron la mano y simultáneamente adelantaron unos pasos y se abrazaron. Saliendo de la lechucería, bastante más aliviado, Franco notó que el peso en el pecho que había cargado durante las últimas semanas desaparecía.
Escucha
comenzó Franco. ¿Es verdad lo de que
tú y Flor
?
No contestó Damián, aunque no lo hizo de manera muy convincente.
Júralo por nuestra amistad murmuró Franco.
Damián dio un resoplido y miró a su amigo directamente a los ojos:
Te juro por nuestra amistad que esos rumores no son más que estupideces inventadas por alumnos sin vida.
Franco sonrió.
¿Ese paquete? preguntó Damián, señalando el envoltorio que sostenía Franco.
Me lo trajeron mis padres.
Se produjo un silencio bastante incómodo. Era sabido que los padres de Franco, ambos muggles, habían dejado de sentir cierto afecto hacia él al enterarse de su «anormalía», por decirlo de alguna manera.
Oye, Franco. Estuve pensando. Quizás lo de enviarle una carta a Harry Potter no es mala idea. Le preguntamos qué pretende hacer con el reloj
si quiere volver atrás en el tiempo desde antes que naciéramos se lo damos

Franco volvió a sonreír, pero esta vez de oreja a oreja.

Esa noche, en la cena, Franco y Damián buscaron un lugar de la mesa alejado del bullicio principal. Cuando se dieron cuenta, estaban sentados enfrente de Flor y Rosa. Fingieron no haberse visto durante toda la comida, pero Rosalinda dejó soltar:
Hay que terminar con esto.
Estoy de acuerdo contestó Franco, feliz. ¿Amigos de nuevo?
Los cuatro colocaron una mano en el centro de la mesa y sonrieron, más felices de lo que habían estado en muchísimo tiempo.
Estuvimos pensando dijo Florencia, al tiempo que se llevaba a la boca una buena ración de papas fritas. Y creo que sí debemos mandarle esa carta a Potter. Le preguntamos qué quiere hacer con el reloj

¡Y si es para volver a un pasado anterior a nuestro nacimiento, que lo olvide! terminó Damián, contento. ¡Nosotros hemos pensado lo mismo! Después de todo, es oro.
No lo dudaron más. Salieron del comedor y se dirigieron hacia la lechucería. Franco sacó un pergamino y una pluma y, antes de atárselo a Fiona a la pata, garabateó:

Escucha, Potter. Soy el «Indicado», es decir, el único que puede leer la carta. Necesito que me digas para qué quieres el reloj. Si es para retroceder en un pasado muy lejano, no te lo daremos. Si, en cambio, quieres viajar en el futuro, lo pensaremos.

El cartel que fue colocado unas semanas más tarde en el vestíbulo no generó felicidad, como se esperaba, sino más bien un ambiente de confusión:
«Las visitas al pueblo de Cábala quedan reanudadas. Fecha: Próxima sábado»
Muchos padres habían cancelado el permiso de sus hijos para ocurrir a Cábala, después de la tragedia. Peor, pensó Franco amargado cuando se enteró que ni a Damián ni a Rosa sus padres les permitían volver a ir, sería que lo hubiesen ido a buscar para sacarlo de Vindicta.
De modo que aquel sábado decidieron tomar el tren por primera vez desde que recordaban. Franco y Florencia iban en un compartimiento solos; la cantidad de gente que no iba en ese viaje era tan notable que parecía que estuvieran viajando en una especie de tren abandonado en el tiempo.
Llegaron cerca del mediodía, y mientras Franco miraba entusiasmado un pensadero para adolescentes en un escaparate, Florencia aprovechó para escabullirse y meterse en la tienda de quidditch sin que Franco la viera.
Pero Franco tenía pensado ir a la tienda de quidditch para comprar unos nuevos guantes protectores (era guardián en su equipo de quidditch de Vindicta). Abrió la puerta, pero vio a alguien en el mostrador. Se quedó escuchando desde lejos cómo Franco y Daro conversaban.
¿Entonces quieres dejar de cartearte conmigo? preguntaba Daro, con una voz de evidente tristeza, ¿así, sin más?
Flor asintió, apenada:
Lo siento. Es que
he conocido otro chico.
A Franco le dio un vuelco el corazón. Sería
¿había sido capaz de mentirle su único mejor amigo?
¿Otro chico? preguntó Daro. Su voz cambió de tristeza a enfado. ¿Quién?
Damián Nesta, creo que no lo conoces
nos hemos estado besando últimamente y nos gustamos. Lo siento.
Franco se quedó totalmente congelado. Reaccionó cuando se dio cuenta que Florencia estaba dando la vuelta para salir a la radiante luz del sol.
Franco corrió, corrió y no se detuvo hasta llegar a la plaza del pueblo, donde se desplomó, totalmente abatido. Sus dos mejores amigos de toda la vida les habían mentido, y él, como un necio, había confiado en ellos.
Siguió ensimismado en sus pensamientos durante bastante tiempo, y no le importó si Florencia se preocupaba por él. Cada vez que veía su cara en su imaginación le daban ganas de zarandearla
arañarla, pegarle
y luego de besarla
y luego la cara se transformaba en Damián, que le decía: «Soy tu mejor amigo, Fran. Te lo juro por nuestra amistad»

Y entonces sintió algunos ruidos. Se levantó del suelo, sobresaltado, y observó por arriba de unos arbustos que lo ocultaban. Mariano acababa de tirar sus libros, como de costumbre. Y entonces lo recordó
¡era él! ¡Era de Mariano el ejemplar de Mitos y objetos mágicos que había visto antes!
¡Malditos libros! oyó que protestaba Mariano. Allá voy, amo

Extrañado, Franco salió de su escondite y empezó a seguir a Franco, con la varita en alto por si tenía que ocultarse en una emergencia o, si fuese necesario, hechizar a Mariano. Entonces, se dio cuenta de que aquel lugar le resultaba endemoniadamente familiar
¡era la entrada a aquel sitio, la Sala de las Jaulas!
A aquella altura, el corazón de Franco latía a mil por hora. No supo cómo se las ingenió, pero de un momento otro estaba dentro de la Sala de las Jaulas, escondido detrás de una jaula bastante pequeña, siguiendo a Mariano, quien, caminando encorvado, se metió por la puerta que conducía a aquel horrendo pasillo que unas semanas atrás Franco había atravesado.
Mariano lo siguió de puntillas, haciendo el menor ruido posible. Lo único que escuchaba eran los desesperados latidos de su corazón, y la voz de Mariano que resonó en todo el lugar:
Llegué, amo.
Franco se quedó de piedra, pero al ver que nadie respondía, atravesó él también la puerta que Mariano había dejado abierta de par en par que daba al pasillo y lo empezó a recorrer pegado contra la pared hasta detenerse al lado de una puerta, donde se oía la voz de Mariano:
Amo, así tenga que asesinar, daré con lo que vos tanto anheláis. Ningún hechizo ni los sortilegios más poderosos de este mundo me impedirán encontrar el objeto que vos deseáis, mi señor. Me postro ante vos, señor. Así tenga que matar a Rizzetti, no os defraudaré

Al escuchar su nombre, el corazón de Franco dio un vuelco violentísimo. Esperó que su interlocutor respondiera, pero al no hacerlo, se aferró fuertemente a la varita y susurró:
Alohomora!
Pero la puerta, que parecía de un hierro muy resistente, sólo hizo un chasquido. Al parecer, y para la suerte de Franco, Mariano no lo oyó, porque seguía ensimismado:
Os daré lo que deseáis, mi amo, pondré mi vida en peligro sólo por vos

Pero Franco no se rendía, con una sacudida de varita apuntó a la puerta y gritó de todas formas, la fuerza de éste hechizo lo delataría:
Bombarda!
La puerta se abrió de par en par, bruscamente, haciendo un ruido sordo al chocar contra la pared. Mariano se levantó estaba arrodillado y miró a Franco asustado.
¿Qué
? comenzó, pero Franco ya había alzado su varita y gritado:
Flagrantus!
No sucedió nada; tal y como Franco esperaba, pero sin embargo Mariano no se percató del hechizo que acababa de lanzarle Franco, ya que se sacó de la túnica la varita mágica, pero

¡Ay! aulló, gritando de dolor. ¡Quema! ¡Quema!
No eres tan inteligente como te pintaba dijo Franco con asco. Te lancé una maldición Flagrante. No puedes tocar nada; te quemarás vivo si lo haces

¡Déjame! ¡Déjame ir! Mariano intentó apartar a Franco dando patadas en el aire.
«Os daré lo que tanto anheláis, amo
Mataré a Rizzetti si es necesario
» repitió Franco, recordando con asco lo que había oído hacía unos momentos. ¿A qué demonios juegas? ¿Acaso
?
¡Déjame ir, maldito! exigió Damián acallando a Franco. ¡No lo entiendes, no entiendes absolutamente nada!
¿Qué es lo que no entiendo? preguntó Franco, interesado.
¡Nada! gritó Mariano. ¡Suéltame!
Ya dijiste eso. Pero, ¿qué exactamente?
El reloj
el reloj de arena árabe es un preciado reloj que tú no sabrías valorar ni aunque lo tuvieras enfrente de las narices
y tú
y tú eres la persona que sabe cómo hallarlo y ¡no haces nada! ¡Eres un idiota! tomó aire y prosiguió. Parecía un loco. ¡No entiendes el poder, el poder que tiene ese objeto tan anhelado por magos desde hace muchísimos siglos, Rizzetti! ¡Pero yo, yo lo conseguiré, maldito, y se lo daré a mi amo! Yeis Apar!
¿Qué? preguntó Franco, desconcertado, pero Mariano no lo escuchaba:
Yeis, apair, come. Heu fained finsa
sei beta
yeis apar, come

Franco, que eso más que miedo sintió terror, exclamó:
¡Basta! Desmaius!
Mariano terminó de hablar en aquel idioma extraño y voló por los aires. Entonces Franco pudo ver la habitación donde se hallaba: lo único que había era un póster, un póster gigantesco colgado en la pared desnuda de cemento con la cara de una persona encapuchada, de modo que sólo se le veía la mitad de su rostro de facciones perfectas
Esa noche en el comedor, Franco buscó un sitio alejado de sus amigos. No quería hablarles ni contarles lo que había visto en Cábala. Con la única que no estaba enojada era con Rosalinda; al fin y al cabo ella no le había dicho nada, de modo que, cuando todos estaban subiendo las escaleras que conducían a la sala común de Celebrindal, Franco gritó:
¡Rosa!
La muchacha, que estaba conversando animadamente con un chico de cuarto de Gardon, se dio vuelta al oír su nombre y fue hasta Franco.
¿Qué pasa? Estás raro. ¿Por qué no cenaste con nosotros?
De eso te quería hablar. Escucha; es cierto que Florencia y Damián son novios. Me mintieron, Rosa

Rosalinda se quedó boquiabierta:
Entonces ¿era cierto? Bueno, si quieres mi opinión, me importa un bledo los problemas amorosos de ellos dos. Tenemos buenas noticias, y no te lo dijimos porque no cenaste con nosotros

Escucha, Rosa la interrumpió Franco con cara de pocos amigos. A mí sí que me importan sus problemas amorosos. Escucha, a mí me gusta Flor desde hace años. Y me mintieron, ¿entiendes?
Rosalinda arqueó las cejas y respondió:
Bueno, no puedes obligar a Flor a que te quiera

Pero ¿qué necesidad tenían de engañarme? Todo el colegio lo rumoreaba y yo decidí creerle a ellos dos. Par de
par de malditos

Hablaré con Flor le aseguró Rosa con una sonrisa. Pero antes tengo que decirte algo

Yo también.
Se apartaron del bullicio y se metieron en un pequeñísimo armario de escobas que había bajo la escalera principal. Entonces Franco le contó lo que había visto hacer a Mariano.
Bromeas, ¿verdad? fue lo primero que se le ocurrió a Rosa. «Os daré lo que anheláis, amo, así tenga que matar a Rizzetti»
¡ese chico está enfermo! ¿Dónde está ahora?
No sé contestó Franco. Lo aturdí y me fui de ese lugar. Dudo que haya vuelto al colegio.
Rosalinda parecía alarmada:
Pero ¡lo echarán en falta! Oh, ¿quién iba a decir que Mariano estaba en complot con los Nei?
¿Los qué? preguntó Franco, desconcertado.
Oh, claro, no sabes nada dijo Rosa, y sacó un pequeño pergamino arrugado de su bolsillo. Harry Potter respondió a nuestra carta.
Franco tomó el papel, excitado, y lo leyó:

Queridos «Indicado» y sus amigos:

Creo que será mejor que nos veamos personalmente y les explicaré todo lo que tengan que saber. Ahora no les puedo dar mucha información, sólo debo decirles que no confíen en ninguna persona que nombre a la secta de los Nei. Confíen en mí. Nos veremos el próximo viernes en Prado Bueno, a las orillas del Lago Sofía, al anochecer. Que no los vean; supongo que no tienen permitido salir de los terrenos del colegio. Buena suerte,

Harry.

Vaya murmuró Franco. ¿Cómo sabe que no podemos salir de los terrenos del colegio?
Eso es lo de menos contestó Rosa, nerviosa. ¡Estuvimos averiguando sobre los Nei, Franco! ¡Son una secta antiquísima con un único propósito
! Mira
se desabrochó la túnica y se sacó del bolsillo interior de ésta otro papel, más grande. Parecía una hoja arrancada de un libro. Lo arranqué de Elogias Secretas que Perduran, de Imelda Nurz. Es realmente
sádico
magia muy, muy negra. Me costó un ojo morado y un par de pelos menos arrancar esta hoja, pero al fin la tengo. Léela.
Rosa se la tendió y Franco la tomó, con la mano temblorosa. Empezó a leer en voz alta:

Capítulo 29:
«LOS NEI: UNA SECTA MÁS ALLÁ DE LA PIEDAD»

Continuando con las sectas malévolas, sádicas y terribles, tenemos a los Nei, quizás la más reservada de todas. Ésta únicamente incluye a personas denominadas sangre «pura» de ambos padres mágicos, y se sabe que para pertenecer a ella hay que superar pruebas que no estarían a la altura de un mago o bruja con dignidad. Poco se sabe de esta secta, pues es tan secreta que la conforma un grupo muy reducido de personas alrededor del mundo. Fue creada en 1400 en algún país de África (probablemente Arabia), por un mago dotado con la habilidad de la metamorfomagia capacidad de cambiar de apariencia a gusto. Es probable que ésta persona aún viva, ya que se sabe que ha estado en diferentes lugares del mundo matando personas y haciéndose pasar por ellas. Los Nei tienen un único propósito y no ha cambiado desde que se creó: encontrar el legendario reloj de arena perdido aquel que puede viajar en el tiempo con su portador, que probablemente haya sido creado por el mismo metamorfomago que creó la secta secreta. ¿Sigue funcionando esta elogia tan siniestra la cual se ha llevado miles de vidas a lo largo del tiempo? La respuesta es «sí», desde luego que sí. Hubo rumores en 1982 acerca de que se habían separado, pero fueron desmentidos cuando el propio ministro de Magia de Paraguay observó cómo se juntaban los Nei en su capital para prever las próximas víctimas mortales el ministro fue asesinado en el acto. Los Nei: una secta despiadada con el objetivo más difícil que existe, probablemente.


Vaya murmuró Franco tras unos momentos de silencio. Esto significa
¿Qué significa?
Rosa resopló, un poco cansada, y dijo:
¿No lo captas? Mira. Los Nei son una secta secreta que pretenden el reloj de arena. El creador del reloj fue el mismo metamorfomago que creó la secta. En fin, el reloj se perdió y desde entonces los seguidores de éste metamorfomago han estado buscando el reloj para traer a su amo hasta nuestros días. No sé si será cierto, pero es lo que deduje yo.
Pero hay algo que no entiendo. Si la secta fue creada antes de que se robara el reloj de arena, ¿entonces cuál era su objetivo antes de eso?
Rosalinda se quedó sin palabras, pero no pudo siquiera pensar porque la puerta del armario de escobas se abrió de par en par, y apareció la profesora Vitta, de Botánica, con la varita en alto.
¡Alumnos! exclamó. De la punta de la varita salía una luz que lastimó los ojos de Franco. Alumnos a las nueve de la noche encerrados en un armario de escobas, ¿qué creen que hacen?
Nosotros
balbuceó Rosalinda. Nosotros nos reunimos para charlar

¡No quiero mentiras absurdas! exclamó la profesora Vitta. ¡Ambos quedarán recluidos! ¿Qué creen que hacen
confraternizando
en el colegio? ¡Por las barbas de Merlín!
Profesora, por favor comenzó Rosalinda, y se dio cuenta de que tenía la túnica desabrochada. Se apresuró a abrocharla. No es lo que usted cree

¡Esperaba un mejor comportamiento de su parte, señorita Pedraza! Los espero este viernes al anochecer en mi despacho, a ver qué hacen con los asfódelos recién plantados!
A Franco le resultaba gracioso lo que la profesora Vitta se podría haber llegado a imaginar, pero Rosalinda, en cambio, se mantuvo preocupada durante todo el recorrido hasta la sala común.
¿Qué pasa? le preguntó Franco al llegar a la estantería que hacía de entrada secreta a su sala común. ¡Alas de bilivago! exclamó, y la estantería se corrió hacia delante los dos amigos se apartaron de un salto, distraídos, y rodearon la estantería hasta llegar al túnel.
¿No oíste a Vitta? El viernes antes del anochecer. Y a anochecer tenemos que encontrarnos con Potter.
De pronto, todos los nuevos logros que habían descubierto parecieron desvanecerse al oír aquello.

Vamos, pregúntaselo ahora murmuró Franco.
Estaban en clase de Botánica. Franco compartía un asfódelo con Rosalinda; Damián y Flor estaban muy lejos de ellos. No entendían por qué Franco no les había hablado desde el sábado; pero Franco estaba decidido a no contárselo. Que se enteraran ellos solitos

Hum
¿Profesora Vitta? dijo Franco tras acercarse a ella.
¿Sí, Rizzetti? Ni siquiera levantó la vista.
Profesora dijo Franco con voz firme, creyendo que sería mejor no titubear. Me preguntaba si podría cambiar el horario del castigo del viernes por la noche.
La profesora Vitta levantó la vista de los pergaminos donde tenía el programa de sus clases y se quedó interrogando a Franco con la mirada.
Verá se apresuró a inventar Franco, en Astronomía tenemos que observar un mapa lunar que sólo se ve los viernes a la medianoche. Y por eso me preguntaba si el castigo podría llevarse a cabo el jueves
o el sábado
o cuando usted disponga. Profesora. añadió.
Vitta arqueó las cejas:
¿Un mapa lunar? Tenía entendido que en cuarto año, y específicamente este trimestre, se estudiaba el funcionamiento de la aurora boreal. ¿O me equivoco?
A Franco le dio un vuelco el corazón. ¿Cómo diablos sabía ella aquello?
Sí, eso es lo que estudiamos confirmó atropelladamente, pero es que la última vez que se produjo el fenómeno que voy a ver el viernes, que fue en tercer año, yo me encontraba en la enfermería, por eso

De acuerdo, de acuerdo Vitta cerró los ojos. Que sea el jueves por la noche. Avísele a Pedraza. Y ahora escúchenme todos se puso de pie. Franco volvió tambaleándose a su sitio, un poco mareado, pero contento. El tercer y último trimestre va a dar comienzo en poco tiempo. Vamos a estudiar sobre plantas que sólo crecen en el Amazonas

Y empezó a dar una aburrida clase acerca de un montón de plantas de nombres extraños con sus respectivas cualidades mágicas.
La convenciste, eres genial dijo Rosa a Franco en el almuerzo.
¿Franco? dijo una dulce y melodiosa voz a sus espaldas. Franco se volteó: Florencia lo miraba con cara de pocos amigos.
¿Podrías explicarme qué es lo que te pasa conmigo y con Damián? No nos hablas desde el sábado, y no nos das una explicación

Se había superado a sí misma. Aquello era el colmo. Franco estaba harto; sencillamente harto. Harto de que Damián y Florencia, sus dos mejores amigos con los que había pasado cuatro años enteros, se besaran a escondidas y, para colmo, le mintieran. Harto de ser el último en enterarse de todo y encima porque había espiado a Flor en la tienda de quidditch.
¿Quieres saber por qué no les hablo? Estaba tan furioso que se había levantado de la silla tan bruscamente que una copa vacía se cayó y se hizo añicos sobre la mesa de madera.
Reparo susurró Rosalinda apuntando con su varita, que a juzgar por su cara no sabía dónde meterse. La copa se arregló al instante.
Me mintieron, Florencia. Tú y Damián. Se estuvieron besando por todo el colegio, y yo decidí creerles a ustedes cuando me dijeron que era mentira. Pero ¿sabes una cosa? Te vi. El sábado, en la tienda de quidditch. Hablando con el tipo ese, que le decías que querías cortar con él porque te gustaba Damián y se besaban cada vez que se veían. No soy tan idiota, ¿sabes?
Florencia había arqueado las cejas un poco más a cada palabra que Franco había dicho. Al final, tenía una expresión triste en la cara.
No quería que te enteraras de esa forma dijo, con la voz quebrada. Parecía apunto de llorar.
¿No querías que
? ¡Si ni siquiera me lo contaste!
Te lo íbamos a decir repuso ella. ¡En serio, te lo juro! Créeme, por favor.
¿Por qué iba a creerte ahora?
Yo no te mentí. Fue Damián el que lo desmintió. Pensábamos decírtelo, pero

¡Ah, claro, pensaban decírmelo! Unos chicos de tercero los observaban como un programa de televisión. ¡Pero mientras tanto se besaban, y no les importó si yo sufría con todos aquellos rumores! ¡Era el hazmerreír! ¡El ciego! ¡El único que les creía a ustedes!
¡Lo siento! gritó Florencia. Ya estaba llorando. Lo siento muchísimo, Fran. De verdad pensábamos decirlo, pero era precisamente por eso. Siempre supe que yo
que yo

Que tú me gustas muchísimo, que siento un amor muy grande por ti, sí dijo Franco. Un momento después se sintió valiente. No había nada que pudiera asustarlo; había confesado el secreto que había tenido guardado en lo más profundo de su corazón durante años.
Sí; hace bastante que lo sé Bajó la vista al suelo. Por eso no queríamos decírtelo. Ibas a sufrir muchísimo si se hacía público nuestro noviazgo.
Chicos intervino Rosa desde su asiento. Estaba haciendo con su varita un montón de círculos rojos, distraída. Déjense de tonterías Los círculos desaparecieron. Rosa llevó la varita hacia donde estaban Franco y Florencia y la sacudió.
Un instante después, Franco sintió como si un imán alzara sus brazos y los llevara a Flor, quien, sonriendo, le devolvió el abrazo forzado.
Ahora sólo queda que te arregles con Damián dijo Florencia, alegre.
Pero Franco no estaba seguro.
Él me mintió le recordó.
Creía que ya habíamos hablado de eso

Sí, pero creo que necesito un tiempo más para volver a estar con él como antes. Quizás unos días

«Creo que será mejor que nos veamos personalmente y les explicaré todo lo que tengan que saber. Ahora no les puedo dar mucha información, sólo debo decirles que no confíen en ninguna persona que nombre a la secta de los Nei. Confíen en mí. Nos veremos el próximo viernes en Prado Bueno, a las orillas del Lago Sofía, al anochecer. Que no los vean; supongo que no tienen permitido salir de los terrenos del colegio. Buena suerte, Harry.» Las palabras resonaban una y otra vez en la cabeza de Franco. Y con la misma lentitud inquietante con la que habían pasado los últimos días, llegó al fin el viernes.
Rosa, Flor dijo Franco. Estaba bajando la escalera que daba a la sala común. Las chicas estaban preparando una mochila cerca del fuego.
Te estábamos esperando dijo Rosa entusiasmada. Damián está en las duchas, viene en un momento. Ya casi son las once y media

Sólo media hora dijo Franco, media hora para conocer al tal Harry y saber la verdad
y quizás
riquezas invaluables, sí

Flor chasqueó los dedos nerviosa y sacó a Franco de sus sueños millonarios.
Ahí viene Dami susurró Flor. Franco se limitó a contemplar el fuego. Era la primera vez en días que estaba casi a solas con él, a no ser que se contaran las veces en la habitación, pero eso no contaba porque ambos estaban dormidos en aquellos momentos. No obstante, había habido pequeños momentos incómodos mientras se ponían el pijama o preparaban las mochilas.
Hola saludó Damián. Tenía una mochila colgada al hombro. ¿Listos para partir?
Sí repuso Florencia reprimiendo un bostezo. Pero ¿alguien pensó en cómo vamos a salir? Ninguno de nosotros sabe aparecerse.
De todas formas nadie puede aparecerse en el colegio intervino Rosa. Sí en los jardines, pero precisamente lo que buscamos es una forma de salir a los jardines.
No puedo creerlo dijo Franco amargado, y se dejó caer en un sillón. Tanta preparación para que ahora se dieran cuenta de que les había faltado pensar algo tan esencial como salir del colegio.
Damián intervino:
¿Qué tal si
? No, olvídenlo.
Ahora dilo lo reprendió Florencia. De todas maneras, cualquier aporte sirve.
No
es muy loco, olvídenlo repitió el chico.
Vamos, habla le dijo Franco. Era la primera vez que le hablaba en varios días.
Bueno El que Franco le hubiese hablado pareció animarlo para que expusiese su idea, o quizás intimidarlo. Es que
hará un mes vimos en Pociones acerca de la poción flotante, ¿se acuerdan?
Sí respondió Flor. Pero no veo cómo una poción que nos hace flotar por el aire por unos momentos puede ayudarnos a salir de un casti


Diez minutos más tarde, Rosa y Damián volvieron a entrar a la sala común, agitadísimos. Rosa sostenía una botellita bajo el brazo.
Al final había en la sala de las pociones informó. Pero como pensamos que sería demasiado obvio, lo dejamos para el final.
Y casi nos ve Bydu dijo Damián. Bueno, tomémosla ahora porque ya son casi doce menos cuarto.
Se turnaron para tomar entre los cuatro la pequeña botellita de poción flotante. Tuvieron que detenerse cuando a un chico de séptimo se le ocurrió bajar, pero cuando vio que los chicos estaban ocupando los mejores asientos decidió volver a su cama.
Bien, sólo queda este último trago dijo Franco, y vació la botellita.
El último trago fue el que más lo sintió. Una especie de cosquilleo en la garganta le indicó que tenía ganas de volar, elevarse
Una pequeña voz en su cabeza lo incitaba a agitar las manos: «Sólo hazlo
te sorprenderás hasta dónde puedes llegar
»
El efecto dura aproximadamente tres minutos dijo Damián, leyendo la parte de atrás del frasquito. Así que, ¡vamos! abrió la ventana que daba a los jardines y simplemente se lanzó por ella.
Franco estuvo apunto de lanzarse tras él para evitar que se cayera. Pero entonces se contuvo y se lanzó después de Rosa y Flor.
Lo que sintieron fueron unas ganas tremendas de volver a poner los pies en la tierra. Aquello era tranquilo, sí; se encontraba flotando a cien metros de distancia del suelo. Sin embargo, tenía un peso en el estómago que le advertía que en cualquier momento podría vomitar.
Nunca más murmuró Flor sujetándose el estómago, cuando aterrizaron suavemente sobre la hierba fría.
Coincido dijo Franco.
A continuación, Flor soltó un chillido inmenso que hizo sobresaltar a los demás:
¡¿Estás loca?! exclamó Damián haciendo exagerados gestos con los brazos para que se callara. ¿Quieres que nos descubran?
Así vendrá Forta explicó Flor, y como nadie pareció dar señales de haberla entendido, especificó: ¡Mi caballo! ¿Se acuerdan de él?
Ah, él murmuró Franco. Más vale que venga ahora porque con ese chillido habrás despertado a más de

Ahí viene.
Por detrás de los árboles apareció una silueta fantasmagórica en la noche: un caballo blanco como la nieve que, a juzgar por la manera en que caminaba (cada vez más despacio, hasta detenerse completamente), acababa de llegar corriendo a mucha velocidad.
Es especial no paró de decir Flor en el viaje hasta Prado Bueno (los cuatro iban muy apretujados). Puede cargarnos a los cuatro y, además, va a una velocidad impresionante. Miren, son las doce menos dos minutos y casi estamos llegando

Prado Bueno era una llanura cercana a Cábala, el pueblo de los magos. Se encontraba aproximadamente a quince kilómetros del colegio, y los chicos pasaron por infinidad de ríos, praderas, manadas de caballos y muchas cabañas pequeñas en la noche.
Por favor, que pare ya dijo Rosa, que iba en último lugar. Tenía los ojos fuertemente apretados, y estaba clavando sus uñas en el estómago de Franco con tanta fuerza que éste deseaba tanto como su amiga llegar por fin al Prado Bueno.
¡Allí! exclamó Flor radiante, y acarició a su caballo. Muy bien hecho, Forta.
El caballo aminoró la marcha y se detuvo completamente. Los chicos bajaron Rosa con cierta dificultad y se encaminaron hacia unas plantas que daban al Prado Bueno.
Dos siluetas, una muy alta y otra más bajita, estaban en el medio del lugar, con las varitas en alto.
Vamos susurró Rosalinda, y a todos les sorprendió que fuera ella quien diera la iniciativa. Sin embargo, Franco pudo ver entre la noche cómo empuñaba la varita mágica dentro del bolsillo de su uniforme.
Hum
¿Señor Potter? dijo Franco, y él sacó su varita mágica. ¡Lumos!
Un chasquido precedió a una luz cegante que inundó hacia donde apuntaba el muchacho. Franco se acercó un poco más a Harry y a su acompañante, hasta quedar casi cara a cara. Franco pudo distinguir la cicatriz de la que tanto se había hablado en los libros de Historia de la Magia Moderna

Buenas noches, Franco dijo Harry, y fue tal el susto que Franco se llevó que la varita voló por los aires y fue a parar al suelo.
Como se había apagado, no le resultó para nada fácil volver a encontrarla.
¡Lumos! dijo una voz mucho más aguda que la de Harry, y Franco se sorprendió cuando la luz de una varita dejó ver un rostro alegre, casi idéntico al de su padre. Era un niño de aproximadamente catorce años. Tenía el pelo moreno y revuelto y unos ojos verde esmeralda intensos. Ahí está la varita.
G-Gracias titubeó Franco, dudoso, y se agachó a tomarla del frío césped.
De pronto, nadie supo bien que decir. Flor, Damián y Rosa se acercaron un poco más, y los cuatro quedaron a la altura de Harry y su hijo. Los amigos se sentían como cuatro adolescentes rebeldes muy, muy lejos del colegio

Pero entonces Harry cortó aquel tenso ambiente, diciendo con una voz grave:
Soy Harry Potter y he venido a charlar con el Indicado y sus amigos.
Rosa preguntó:
Entonces
¿eres tú? Es decir
la cicatriz, lord Voldemort y todo eso. ¿Es verdad que su hechizo rebotó hace como veinte años?
Sí, es verdad dijo Harry. Parecía algo abochornado. Pero no he venido a hablar de eso. Escuchen, ¿qué es lo que saben hasta ahora acerca del reloj?
Franco se apresuró a contestar:
Poco, pero de todas formas es más de lo que nos esperábamos enterar. Mira. Sabemos que hay un psicópata en Cábala que busca desesperadamente el reloj, al igual que tú. Pertenece a una secta secreta llamada los Nei. El objetivo de esta secta ha sido desde siempre buscar el reloj. Y un compañero de nuestro curso, Mariano, está loco e idolatra a una especie de dios. Es todo lo que sabemos.
Sí que es poco murmuró Harry, algo decepcionado. No, la historia del reloj es francamente impresionante. Terrible, sí
pero
Miren. Hace muchos años, nació en Arabia un metamorfomago (es decir, que puede cambiar su apariencia a su antojo) llamado Morfeo. Morfeo era una persona muy pretenciosa. Y curiosa. Extremadamente curiosa. El caso es que un día, experimentando, creó una especie de reloj de arena. Se hizo famoso, primero en su región y más tarde por todo el mundo. Los magos estaban impresionados ante tal creación: era un reloj que se diferenciaba en varios aspectos de un giratiempo, por ejemplo. Se podía cambiar totalmente la historia, así como ir al futuro y ver lo que va a suceder. O lo que quizás suceda. En cuanto a los muggles
mejor ni hablar. Encarcelaron a Morfeo por brujería. Lo dejaron indefenso. El Consejo de Magos de Arabia coincidió con el ministro muggle: un mago con un objeto tan poderoso suponía un peligro para todos. De modo que lo llevaron a la prisión de Fortwell, en Australia.
»Lo despojaron de su reloj. Muchos decían que había sido destruido, pero yo particularmente nunca lo creí. El caso es que la prisión de Fortwell nunca fue tan segura como Azkaban, y en cuestión de días Morfeo consiguió la forma de escapar (le costó bastante acordarse de que era metamorfomago, y cuando lo hizo simplemente se convirtió en un animal pequeño para salir por entre las rejas Flor soltó una carcajada despectiva).
»Morfeo salió de la cárcel y vagó por el mundo sin varita ni fuerzas, transformándose en diversas personas, teniendo aspectos nuevos y nuevas identidades para no ser descubierto. Buscó el reloj desesperadamente por años y años. Entonces, aproximadamente cuarenta años después, cuando ya era sólo un anciano luchando por sobrevivir en el cruel mundo de la fuga, conoció a un hombre que le cambió la forma de ver la vida. Nicolás Flamel. Era un alquimista que, gracias a la producción que le daba una piedra muy peculiar, conseguía fabricar un elixir de la vida todos los años. De esa moda mantenía su inmortalidad tan reluciente como si tuviera treinta años. Pero tenía muchos más de treinta, créanme.
»Nicolás era una buena persona. Pero Morfeo se hizo el pobrecito; lo engañó. Le dijo que buscaba ese reloj, que tenía el poder especial de devolverle sus pertenencias más preciadas. Un toque sentimental, y Nicolás quedó tan conmovido que le ofreció una ración de la poción de la vida cada año. Así fue como Morfeo se hizo íntimo amigo de Nicolás, y su búsqueda se extendió cada vez más. Pero llegó un momento en el cual no sólo buscaba el reloj. Ahora tenía sed de venganza. Buscó a la familia del juez que hacía tantos años lo había condenado. Mató a sus descendientes. Empezó una cruel cacería llena de rencores, y a todo esto Nicolás le hacía ojos ciegos.
»Y así pasaron los años. Hasta que Morfeo encontró a una persona muy especial. Facundo Nei. Era una persona tan retorcida como Morfeo. Y entonces Morfeo le contó acerca del reloj, y Facundo decidió acompañarlo en su búsqueda. Fundaron una asociación llamada los Nei, y en poco tiempo colocaron avisos discretos en la que invitaba a magos retorcidos a unirse para hallar el reloj, con una paga mensual muy razonable. Pero al poco tiempo el trabajo fue haciéndose gratis. Y al poco tiempo, Facundo Nei se convirtió en el cruel jefe, retorcido y malévolo de Morfeo. Ahora tenía una obsesión con el reloj.
»Lo que pasó en Cábala hace poco, y ustedes fueron protagonistas, salió hasta en la prensa mágica de Inglaterra. El sujeto con el cual se enfrentaron era Nei.
Y entonces, el sujeto al cual estaba alabando Mariano
empezó Franco, hablando por primera vez. Se sorprendió al comprobar que tenía la voz titubeante, con miedo.
Sí, era Nei confirmó Rosa.
No, no lo era respondió Harry secamente. Era Morfeo.
¿Morfeo? Pero
¿qué pasó con Morfeo durante el tiempo que Nei fue jefe de la secta? preguntó Flor, que había escuchado la historia con una expresión casi de tristeza en el rostro.
Lo mató el propio Nei, cuando se dio cuenta de que era un rival muy fuerte, porque quería el reloj tanto como él respondió Harry. El caso es que Mariano estaba idolatrando a Morfeo y no a Nei. Todos los pertenecientes a la secta de los Nei buscan el reloj y ponen tanto empeño en encontrarlo no sólo porque Nei los obliga. Sino porque quieren conseguirlo y no dárselo a Nei, para volver en el tiempo y traer a Morfeo hasta sus días. Morfeo les daba un trato mucho más ameno (aunque él no sea una buena persona). En cambio, la obsesión que tiene Nei hizo que los maltratase. Los seguidores de la secta saben que cuando Morfeo recupere el poder de la secta, todos serán mucho más libres que ahora. Y ese es el motivo de la obsesión por los seguidores. Son pobres víctimas de la desgracia en busca de una vida mejor, me atrevería a decir.
Y tú encontraste el reloj, ¿verdad, papá? dijo el hijo de Harry.
Franco se quedó boquiabierto.
Espera, primero lo primero dijo Harry tranquilo. Éste es Albus, uno de mis tres preciosos hijos.
¡Papá! exclamó Albus, abochornado.
Los cuatro amigos sonrieron y se estrecharon las manos con el muchacho.
Está en cuarto año, al igual que ustedes, creo explicó Harry. Mi esposa y el resto de mis hijos están alquilando una habitación en un hotel de Cábala

Pero Franco se estaba sorprendiendo a sí mismo. Lo único que podía ver eran las riquezas invaluables. Se pescó pensando desesperado en que la cabeza de Harry era un brillante galeón acuñado por duendes
Si conseguía el dinero, se podría ir de la casa de sus padres
Sus padres, dos muggles los cuales le habían tomado cierto desprecio a su propio hijo cuando se habían enterado de que poseía cualidades mágicas
pero entonces el alma se le fue a los pies. El reloj. El dinero. Había algo que no encajaba. Según la primera carta, Franco era el indicado para encontrar el reloj. Franco se lo tendría que haber dado a Harry, y Harry, a cambio, le daba mucho dinero. Pero si
¡Franco no había dado con el reloj! Había sido el propio Harry
Entonces ¿para qué demonios lo había citado aquella noche, en Prado Bueno?
¿El reloj? preguntó Franco con un hilo de voz. ¿El reloj?
Está aquí mismo repuso Harry, y sacó del bolsillo aquel precioso objeto que había arrancado tantas noches de desvelo por parte de Franco.
Una manecilla se había posado casi en el último tramo de la década: «2010».
Señor Potter dijo al fin. No lo entiendo. No entiendo por qué yo soy el Indicado y usted ha encontrado el reloj. No entiendo por qué me ha citado usted esta noche. No entiendo por qué yo soy el Indicado. No lo entiendo. Por favor, explíquemelo.
No lo eres repuso Harry.
Franco le lanzó una larga e inquisitiva mirada.
¿No lo soy?
No, no eres el Indicado. Yo fui un estúpido. Te metí en este lío. Caí en una trampa.
Harry contempló a Franco desde detrás de sus gafas redondas. La penetrante mirada verde hacía sentir al chico como observado por rayos X, a pesar de la intensa oscuridad.
Sigo sin comprender.
Nei había seguido mi historia. Mis antecedentes. Todos saben que yo maté a lord Voldemort. El caso es que pensó que si yo era tan valiente a aquella edad, diecisiete años, ahora sería un auror cualificado y toda la cosa. Colocó un aviso en el periódico y se aseguró de que sólo yo lo leyera. Decía que un niño llamado Franco Rizzetti era el elegido para encontrar el reloj.
¿Cómo sabía el nombre de Franco? intervino Rosa.
Supongo que poseía la lista de alumnos del colegio; es impresionante la manera en la que uno consigue lo que quiere cuando realmente lo necesita. El caso es que habrá buscado un nombre al azar, y fuiste tú, Franco. Entonces yo leí aquel artículo, y como sabía algo acerca de los Nei, decidí buscar información. Me llevó a darme cuenta que si de verdad eras el Indicado para hallar el reloj, corrías grave peligro. Y entonces se me ocurrió mandarte aquella carta con tinta invisible para que sólo tú la leyeras, en la que decía lo del reloj.
Y ¿por qué me incitabas a buscarlo? preguntó Franco, aún desconcertado. Es decir, ¿no hubiera sido más fácil que me alejaras, que me mantuvieras ocupado para que no pensara en esa tontería?
Ya te dije que caí en la trampa. Pensé que realmente eras el Indicado. Y si eras el único con poder para hallar el reloj, lo tenías muy difícil. Los Nei te secuestrarían, te matarían hasta averiguar su paradero. Te prometí aquellas riquezas invaluables sólo para que te propusieras en serio buscar el reloj. Cuando lo encontraras, yo viajaría hasta aquí para que me lo entregues y juntos destruirlo. Pero como ves, encontré el reloj cuando me di cuenta que todo era una farsa. Es decir, esta noche. Esta noche supe por fin que era mentira que eras el Indicado.
¿Cómo lo supiste? intervino Flor.
Me metí en la Sala de las Cien Jaulas. Estuve viendo algunas cartas que se mandaban Nei, Morfeo y Nicolás Flamel hace muchísimos años. Saqué todo el jugo que pude y relacioné las cosas. En poco tiempo, todo encajó en mi cabeza. Me encontró Nei; lo aturdí y vine hacia aquí. Mi hijo Albus le hizo un excelente encantamiento mocomurciélago añadió, y Albus sonrió satisfecho.
Entonces, ¿es mentira lo de las riquezas invaluables? preguntó Damián. Todos lo miraron, tanto por aquel comentario como porque era la primera vez en la noche que hablaba delante de Harry.
Sí repuso Harry. No tengo tanto oro. Es decir, tengo, pero lo justo y necesario para vivir, no puedo

Está bien dijo Flor esbozando una sonrisa. De todos modos no nos interesa el oro a esta edad. Es decir, tenemos todo lo que necesitamos, ¿no?
Franco apretó los dientes.
¿Cómo averiguaste la posición exacta del reloj? preguntó, recordando la carta.
Hice muchísima magia respondió Harry. Hace años que leí aquel artículo. Hace años que sé tu nombre, Franco. El caso es que en menos de cinco años conseguí yo solo averiguar la posición del reloj; algo que no pudieron hacer los Nei en su totalidad en quinientos años

Y ya me estás dando ese reloj, querido dijo una voz grave entre la oscuridad.
Todos se volvieron bruscamente; Franco giró el cuello con tanta brusquedad que se hizo daño. Entonces se levantó de un salto (apenas se habían dado cuenta cuando, mientras Harry relataba la historia, se habían sentado como indios en la hierba) y los seis apuntaron con sus varitas hacia el muchacho.
Es inútil que pelees, Nei le dijo Harry con voz potente. Hace un rato te vencí solo, y ahora cuento la ayuda de cinco personas más. Así que

Cinco adolescentes idiotas corrigió Nei. O debería decir seis idiotas, imbéciles y

No tiene sentido que sigas con esto, Nei continuó Harry, tranquilo. Sabes que podemos enviarte a San Mungo en menos de lo que canta un snidget.
Cállate le espetó Nei al tiempo que una segunda figura aparecía de la nada a su lado. Saieg, apar seiaz.
Pársel dijo Harry en voz entrecortada. No podía entender el idioma; hacía diez años que no lo hacía. Pero reconoció aquel desagradable silbido

Un momento dijo Saieg con voz entrecortada. ¡Son ellas! Esas dos muchachas son duras, mi amo
Me hicieron muchos encantamientos y

¿Eres imbécil, Saieg? exclamó Nei, y alzó su varita. Pagarás por esa impertinencia, idiota. ¡Avada Kedavra!
Un haz de luz verde que cegó los ojos de todos, y entonces Saieg cayó muerto en el suelo. Nadie podía creer lo que acababan de presenciar.
Nunca volverás a matar otra vez, Nei le dijo Harry, y alzó su varita. ¡Expelliarmus!
¡Crucio! gritó Nei una milésima de segundo más tarde, pero el hechizo se desvaneció en el aire y su varita voló.
Estás indefenso le dijo Harry con tono burlón. No tiene sentido que

¡Expelliarmus! gritó otra voz, mucho más potente. La varita de Harry voló por los aires.
¿Qué demo
?
Una risa cruel y perversa surgió de entre unos árboles, y una mujer morena salió de ellos. Harry, horrorizado, dio un paso hacia atrás. No podía ser ella. Definitivamente, no podía ser
Molly Weasley la había matado
Molly lo había hecho

Bella dijo Nei. Mi querida Bella. Haz el favor de devolverme la varita.
La mujer, sin dejar de sonreír perversamente, agitó su varita y las dos que estaban tiradas (la de Nei y la de Harry) fueron a parar hacia las manos de Nei.
¡Tú! gritó Harry sin dar crédito a lo que estaba viendo. ¡Tú estabas muerta! ¡Vi cómo morías! ¡No puede ser!
Bellatrix seguía retorciéndose de risa.
¡Avada Kedavra! exclamó la bruja, apuntando a Harry. Pero el rayo de luz verde, extrañamente, no llegó hacia el hombre. Sin embargo, se quedó donde estaba, y luego rebotó hacia la propia lanzadora. Pero Bellatrix fue más rápida: de un salto logró apartarse.
Nadie entendía muy bien lo que había sucedido.
¡Desmaius! gritó entonces Damián, sorprendiendo a todos. Bellatrix voló por los aires, aturdida, y Albus, el hijo de Harry, aprovechó el momentó de distracción para gritar, apuntando a Nei:
¡Expelliarmus! ambas varitas dieron una sacudida y Albus, que había heredado el talento de buscador de quidditch de su padre, las asió en pleno vuelo.
Pero Nei, que era más rápido de lo que el resto se pudieron imaginar, se escabulló entre las sombras. Dos hechizos le pasaron rozando, pero no le pegaron por pura casualidad. Nei se lanzó al suelo, tomó la varita de Bellatrix, que estaba tirada junto a la mano de su dueña, y gritó:
¡Accio reloj!
El reloj salió del bolsillo de la túnica de Harry y voló a una velocidad impresionante hacia las manos de Nei. Franco lo veía alejarse
y entonces, ni bien el reloj hizo contacto con el cuerpo de Nei, el sujeto desapareció, llevándose a Bellatrix consigo.
¡No! gritó Harry, fuera de sí. ¡Nei se ha llevado el reloj! ¡Y está con Lestrange! Por Merlín, no puede ser

No entiendo dijo Flor. ¿Quién era esa mujer?
¡Bellatrix Lestrange! No entiendo cómo
ella
Albus
su hijo se acercó, ¿recuerdas que el tío Goerge tenía un gemelo, no?
Sí, fuimos al cementerio cuando era pequeño y me lo explicaron asintió Albus.
Bueno, ella fue la asesina de tu tío Fred, al que desgraciadamente no llegaste a conocer. Y de muchísimas personas más. También de Sirius, mi
mi padrino. Y también fue ella quien torturó a los difuntos padres de Neville.
Es terrible murmuró Albus, horrorizado.
Sí, es una mujer sin escrúpulos, malvada y retorcida. Pero tu abuela Molly la mató continuó Harry. En la batalla de Hogwarts. Supongo que habrás visto en Historia de la Magia algo acerca de la batalla de Hogwarts, aparte de todo lo que te conté
En fin, no es momento de hablar de eso. Ahora, escúchenme todos Todos formaron un corro alrededor de Harry. Nei y Lestrange con el reloj son más peligrosos que una quimera y un basilisco como mejores amigos. Nei podría estar en este momento regresando al pasado para cambiar cualquier cosa, y si no nos apresuramos, podríamos dejar de existir.
No susurró Damián.
Harry se quedó mirándolo y le espetó:
¿Por qué nunca dices una palabra?
Está peleado con Franco repuso Rosa. Damián se puso rojo y Franco sintió un calor en todo el cuerpo.
Está
¿por qué? preguntó Harry, como si aquello no pudiera ser cierto a menos que hubiera una buena razón.
Estupideces repuso Rosa. Ahora Flor también se puso colorada.
Los tres amigos no sabían a dónde mirar, en tanto que Rosa explicaba al desconcertado hombre:
A Franco le gusta Flor desde hace años. A Damián también. Damián y Flor están saliendo y Franco está enojado con Damián porque Damián le mintió.
Harry soltó una risotada, como si fuera una broma.
¿Hablas en serio?
Sí.
Por Merlín dijo Harry apenado. Tienen más problemas que el culebrón radiofónico «Dos magos y la bella muggle»
Bueno, supongo que mi adolescencia fue hace tanto tiempo que ya olvidé los problemas amorosos que tenía

sí, recuerdo a Cho Chang En sus ojos se formaron un brillo nostálgico. Era una muchacha hermosa, desde luego. Lo último que supe fue que se casó con aquel presentador del telediario muggle
Pero volviendo al tema
Chicos, una amistad de tantos años no se va a estropear por un tonto problema de amor. ¿Quieren dejar de ser idiotas y madurar de una vez?
Lo dijo bruscamente, pero con una sonrisa picarona.
Albus y Rosa sonrieron, al tiempo que Franco, Flor y Damián se lanzaban miradas extrañas.
Perdón por haberte mentido susurró Damián.
Perdón por no entenderte le respondió Franco.
¡Ay, chicos! exclamó una descontrolada Florencia, y los tres amigos se sumieron en un abrazo tan fuerte como no se daban hacía años.
Rosa contemplaba la escena con una expresión tierna, y Harry y Albus parecían encontrarlo muy divertido. Pero entonces Harry adoptó un semblante serio y dijo:
Hay que encontrar a Nei antes de que sea demasiado tarde.
Podemos ir al Ministerio de Magia propuso Damián, que ahora que se había reconciliado con Franco parecía mucho más animado. Les explicaremos la situación; les diremos que vimos a Nei con la mujer esa. Entonces podrán mandar Aurors a buscarlos.
¿El Ministerio de Magia? preguntó Harry. Pero
pero no podemos ir tan lejos. ¿Dónde está, en Buenos Aires?
Franco lo miró como si le hubiese dado una patada a un hipogrifo.
¿En Buenos Aires? ¡Queda allá! señaló una ladera cercana, que era el único punto alto del lugar. Estaba encantado para ocultar el pueblo mágico, Cábala.
¿En serio? preguntó Harry. Entonces vamos, ¡no hay un momento que perder! Utilizaremos aparición conjunta. Dense las manos

Todos sintieron un desagradable gancho que los tiraba desde un punto debajo del ombligo, y segundos después se vieron envueltos en un torbellino que daba vueltas y vueltas
Hasta que sus pies tocaron tierra firme.
Franco perdió el equilibrio y miró a su alrededor. Estaban en la avenida principal de Cábala. Una silueta se acercaba tambaleándose.
Tranquilos murmuró Harry. Es un borracho o algo parecido. Pero si tiene un bastón
¿es un anciano borracho?
No dijo Flor. Es el viejo Septer.
Franco, Flor y Damián se acercaron unos pasos hacia el anciano. Rosa, Harry y Albus se quedaron donde estaban, dudando si lo que estaban haciendo los chicos estaba bien.
No pasa nada susurró Damián. Lo conocemos como la palma de

¡Palilingua! gritó Septer, y un chorro de luz dorado salió de la punta de su varita. La lengua de Flor se pegó inmediatamente a su paladar, y la muchacha se desesperó hasta tal punto que se lanzó a la fría calle y empezó a patalear; Franco reaccionó al instante.
¡Petrificus totalus! gritó apuntando al anciano, quien se puso duro como una piedra y cayó al suelo.
Flor
dijo Damián arrodillándose a su lado. Rosa, Harry y Albus acudieron inmediatamente. La chica aún estaba pataleando.
Es un hechizo sencillo dijo Harry sin perder la calma. Lo lancé y me lo lanzaron. Tiene un contraembrujo muy fácil. ¡Desolocus!
En cuestión de segundos, la lengua se le despegó y Flor recuperó la calma.
Está hechizado informó Rosa, que había estado observando el rostro del anciano con la punta de su varita, de la que salía un chorro de luz cegador. Parece que le lanzaron el maleficio imperdonable
no recuerdo cómo se llama.
Imperius dijo Albus.
Ese corroboró Rosa. Creo que Nei se encargó de hechizar a algunas personas para retrasarnos. Pero ¿qué demonios querrá hacer Nei con el reloj, por el amor de Dios?
Entonces un grito aparentemente femenino desgarró la noche.
¿Qué fue eso? preguntó Albus.
Pero Franco se había quedado contemplando un cartel de indicación al cual nunca había prestado demasiada atención: «Lugares de interés por esta zona: SUCURSAL DE SORTILEGIOS WEASLEY: Avenida Principal, 38. MINISTERIO DE MAGIA: Calle 11, esquina Calle de la Bruja Tuerta».
¡Oigan! ¡Por allí! exclamó Franco señalando al cartel.
Calle 11, esquina Calle de la Bruja Tuerta leyó Flor, aún con la boca algo dolorida. ¿Dónde queda eso?
Tenemos que seguir derecho por la Calle de la Bruja Tuerta contestó Rosa que es precisamente esta. Y luego
hacer dos calles más
y llegamos.
Tómense de las manos dijo Harry apresurado, y repitieron el mismo procedimiento.
Los seis extraños en la oscuridad se aparecieron enfrente de dos imponentes puertas gigantescas de bronce. Unas letras doradas suspendidas en el cielo anunciaban: «Ministerio de la Magia de Argentina». Un poco más abajo decía unas palabras en latín que Franco no pudo descifrar.
Casi corriendo, los seis entraron en el Ministerio y se detuvieron bruscamente cuando, de la nada, una pared de cemento desnudo les impidió el paso. Entonces sucedió algo muy extraño: el cemento empezó a tomar forma; la forma de una cara horrenda y espantosa. Tenía los ojos cansados y unas ojeras muy pronunciadas. En lugar de nariz tenía una especie de pedazo de carne de color gris caído. Su boca no tenía expresión alguna.
Era una imagen bastante deprimente. Parecía como si un gamberro hubiera dibujado aquella cara en la pared mientras el cemento estaba fresco.
¿Qué pasó? preguntó Harry.
Entonces una voz grave y horrenda salió de la boca de aquella espantosa cara.
Forasteros, digan el motivo de su visita.
Hum
bien dijo Harry, y se aclaró la garganta: Venimos a tratar de hablar con alguien del personal del Ministerio, porque tenemos algo muy importante que comunicarle. Alguien se escapó

Nombres.
¡Ay, rápido! exclamó Franco desesperado. Franco Rizzetti, Rosalinda Pedraza, Damián Nesta, Florencia Marconni...

Albus Potter y Harry Potter terminó Albus apuradamente.
Entendido repuso el rostro con una voz desesperadamente lenta, y entonces dos chispas en el aire hicieron aparecer de la nada una sierra, un serrucho, un martillo y un montón de herramientas de carpintería.
¡Por los calzones de Merlín! exclamó Franco, poniendo los ojos en blanco. ¿Y ahora qué pasa?
Las herramientas se habían puesto a trabajar a una velocidad impresionante. Franco sabía que todo eso no era más que un juego para sorprender al visitante, pero lo cierto era que su paciencia se había desbordado.
Entre quejidos y gritos inútiles por parte de los seis, las herramientas por fin lograron terminar su trabajo. Era una especie de mesita de luz que se colocó en el suelo flotando con una lentitud inaguantable. Damián, que era el que estaba más cerca, abrió el cajón bruscamente al tiempo que el rostro volvía a hablar:
Visitantes, por favor saquen un carné del cajón y
pero todos se habían puesto el carné en la ropa. Cada uno llevaba su nombre, y debajo las palabras: «Búsqueda de Información para Averiguar el Paradero de Un Villano y su Secuaz». Bien
en ese caso, pueden pasar
Tendrán que someterse a un chequeo de varita mágica al final del pasillo
Buena suerte.
Chequeo de varita mágica, chequeo de varita mágica murmuró Franco con rabia. Ya te voy a dar yo un chequeo de varita mágica

La pared de cemento frío y deprimente había desaparecido, y había dado lugar a algo mucho más agradable. Una habitación inmensa que parecía ser el vestíbulo, lleno de chimeneas por doquier, ascensores, mostradores, puertas
Sólo unos pocos trabajadores nocturnos caminaban de aquí para allá, aunque ninguno les prestaba atención.
Se parece bastante al Ministerio de Magia de Inglaterra comentó Harry. Aunque eso sí: la entrada para visitantes era muchísimo más agradable. Y también menos desesperante

Lejos de saber cómo era la entrada para visitantes de Inglaterra, Franco sólo veía un objetivo: encontrar a Nei y arrebatarle el reloj. Miró a su alrededor y sintió un impulso de dar patadas cuando vio los rostros despreocupados y tranquilos de sus amigos. ¿Es que era el único que sabía que probablemente estaban al borde de dejar de existir?
¡Papá! gritó Rosalinda.
Todos vieron a un hombre desconcertado con túnica negra que se acercaba a ellos. Era más delgada que su hija, pero tenía un rostro casi idéntico. Dos bolsas debajo de sus ojos indicaban que llevaba mucho tiempo trabajando.
Es mi padre informó Rosa. Trabaja en la Sección B de la Administración General de Transportes.
¿Rosa? ¿Rosa, hija? ¿Eres tú? ¡¿Qué haces en el pueblo a la una de la madrugada?! ¿Por qué no estás en el colegio?
Papá, papá, ¡sabemos dónde está el Reloj de Arena de Oro que lleva siglos perdido! ¡Lo tiene el villano que nos enjauló en la sala de las jaulas hace meses! ¿Recuerdas que estuviste apunto de sacarme del colegio? ¡Escucha, debemos detenerlo cuanto antes porque
! Pero el padre de Rosa se había quedado mirando a Harry como si este fuera un degenerado.
¡¿Quién es éste?!
Harry Potter, señor respondió Harry, extendiendo una mano.
¿Potter? ¿El que venció a
a
ese
?
Voldemort respondió Harry.
La mirada del hombre se desvió instantáneamente hacia la frente de Harry. El hombre estaba tan acostumbrado a aquello que se limitó a seguir con la vista la mirada de su interlocutor.
A ver
a ver, no entiendo nada. Explíquenme y rápido.
Entre todos lograron darle un sentido a lo que Rosa había intentado explicar atropelladamente. Al final, el señor Pedraza se quedó totalmente confuso. Pero todos dibujaron una sonrisa cuando Harry le expresó su deseo de ver a alguien que tuviese el poder de buscar a Nei, y Pedraza accedió:
Vengan conmigo dijo. Los llevaré a la novena planta: la Guardia Nocturna de Aurors. Creo que ellos podrán hacer algo.
Todos subieron en el ascensor, que para sorpresa y alivio de Harry iba bastante más aprisa que los del Ministerio de Inglaterra. Al final se detuvo y un cartel sobre la puerta indicaba: «Planta nueve. Guardia Nocturna de Aurors».
Buena suerte dijo el señor Pedraza. Todos esperaron a que se abra la puerta, y salieron al mismo tiempo. Pero antes tengo que advertirles una cosa. Muchos de los guardias que hay en esta planta son corruptos y no tienen escrúpulos. Así cuiden lo que dicen o podrían usarlo en su contra. Buena suerte
Rosa, ¿a dónde vas?
Su hija lo miró arqueando las cejas.
¿Cómo que a dónde voy?
No vas a quedarte con ellos. Te quedarás conmigo y mañana regresarás al colegio.
¡¿Qué?! gritó Rosa.
¡Shhhh! chistó su padre desesperado. ¡Estás en la planta más peligrosa, no puedes gritar! ¡Entra inmediatamente a este ascensor!
¡Pero
papá! exclamó Rosa. Sus ojos se llenaron de lágrimas. ¡No puedes hacerme esto!
Tenemos prisa le dijo Damián. Escucha, ve con él. No será nada emocionante. Lo único que conseguirás viniendo con nosotros es arriesgarte a una muerte horrorosa.
Rosa lo miró con cara de pocos amigos y al final volvió al ascensor cabizbaja. Su padre le colocó una mano sobre el hombro.
Es mejor así lo oyó susurrar Franco al tiempo que echaba a correr por un largo pasillo lleno de puertas.
Por allí dijo Flor señalando una puerta más grande que las demás que se encontraba justo al final del corredor.
Harry se colocó a la cabeza del grupito y llamó dos veces. Después de unos segundos la puerta se abrió, y apareció un hombre somnoliento con túnica verde esmeralda.
¿Sí, en qué podemos ayudar... los? Se había fijado en los niños y puso cara de asombro. La Oficina de Caridad para los Niños Huérfanos está en el quinto piso, al lado de

No, no interrumpió Harry. Venimos a ver si usted puede ayudarnos.
El oficial levantó una sola ceja.
¿Ayudarlos en qué? preguntó el hombre.
Es una historia larga. ¿Podríamos pasar?
El hombre, de mala gana, les abrió la puerta y todos pudieron contemplar su desordenado despacho. Estaba lleno de papelerío. Harry ocupó la única silla libre que había del otro lado del escritorio.

Le contaron la historia completa, con lujo de detalles: desde la carta que había recibido Franco hacía tiempo hasta el encuentro con Morfeo en Prado Bueno.
Así que ustedes saben quién tiene el Reloj de Arena dijo el hombre con un deje de ironía en la voz. Qué interesante.
Harry lo miró aparentemente feliz. Pero la sonrisa del oficial no era de triunfo, sino más bien de burla.
No nos cree, ¿verdad? preguntó Albus.
¿Pretenden que me trague comenzó el Auror que ustedes, un adulto y cuatro niños, hicieron el trabajo que en medio milenio no hicieron miles y miles de magos y arqueólogos? ¿Pretenden que me trague que ese tal
¿Nei, se llamaba? Está huyendo en este preciso momento con el reloj? Mi oficina puede tener fama de corrupta, pero

Pero entonces un memorándum interdepartamental un pergamino con forma de avión de papel que se usa en todos los Ministerios del mundo para llevar mensajes entre los empleados irrumpió por la puerta semiabierta de la oficina y voló directo hasta las narices del oficial.
El hombre desdobló el pergamino y leyó. Ante cada línea, su rostro adquiría una expresión de triunfo cada vez más lograda.
Vaya, vaya, vaya.
Todos contuvieron la respiración.
Vaya
¿qué? preguntó Harry.
Pero el Auror se había puesto de pie y había sacado su varita mágica.
¡Prisiun Hierrus! gritó, apuntando a todos.
Entonces Franco sintió cómo cuatro gruesas pulseras de hierro se formaban alrededor de sus manos y sus pies encadenadas, impidiéndole separarlos.
¡¿Qué hace?! ¿Qué es esto? gritó Harry.
Me acaba de llegar una noticia muy interesante del Departamento de Crímenes y Homicidios en el Mundo de la Magia.
Un silencio fúnebre invadió el lugar.
«Spartus» dice, «pon a la horda de Aurors nocturnos a trabajar inmediatamente. Parece que acaban de asesinar a una bruja inglesa en la Calle de la Bruja Tuerta. Unos vecinos aseguran haber visto a un hombre y cuatro o cinco niños cerca del crimen. Salgan a buscarlos y arréstenlos hasta el juicio. Atte, Carlos, Oficina de Crímenes Recientes, Departamento de Crímenes y Homicidios, cuarta planta. Posdata: si ayuda de algo, la bruja se llamaba Ginevra Molly Weasley, según sus documentos.» ¿Les parece
?
¡¿QUÉ?! gritaron Harry y Albus al unísono.
El resto no entendía muy bien, pero el Auror contó con los dedos a los que estaban presentes y luego dijo:
Ustedes encajan con la descripción de los vecinos. Un adulto y cuatro o cinco niños

¡Repita el nombre! gritó Albus, desesperado.
¡¿Dijo Ginevra Weasley?! exclamó Harry, conteniendo las lágrimas.
El Auror se mostró sorprendido y releyó la carta.
Sí, eso dije. Y no se hagan los desentendidos. Acompáñenme.
¡Señor, no entiende! gritó Harry. ¡Ella es mi esposa! ¡Es su madre! ¡¿Cómo que está muerta?! ¡No puede ser! ¿Y qué habrá pasado con James y Lily? Oh, por Merlín

No me importa cuántas excusas tengas repuso el Auror de mala gana. Se lo contarás todo al escribano Ulises Damber.
Abrió la puerta y los invitó a que salieran. Los condujo por aquel pasillo largo hasta detenerse en una puerta sobre la mitad, la cual abrió sin llamar.
Durante el transcurso hasta allí, Harry y James se habían sumido en un llanto silencioso, y Franco, Flor y Damián los miraban apenados.
Ulises dijo el Auror. ¿Te llegó el memorándum de la que acaban de matar?
¡Spartus! Sí respondió Ulises sin percatarse de los prisioneros. Ahora mismo estoy haciendo una redacción a vuelapluma para enviársela a Doris; todo el Ministerio está hecho un lío. Jeremías Gómez, de Estatuto del Secreto, me ha mandado un memorándum diciéndome que allí, en la octava planta, las cosas están descontroladas. Y, según sé, en la Oficina de Seguridad han decidido lanzar un encantamiento protector anti-ladrones en todo el pueblo. No sé de qué sirve, realmente; lo que buscamos en un asesino
Además se ha dicho mediante un sonorus en todo el pueblo a la gente que no salga de sus casas y que
¿Y esos?
¿Has terminado ya? preguntó Spartus aburrido. A que no sabes a quiénes encontré.
No sé
Un momento
Agarró de su escritorio un pergamino arrugado y lo leyó. ¡Son ellos! ¡Los sospechosos! ¡Un adulto y cuatro niños! Vaya
¿Qué les pasa, llorones?
Contempló a Harry y Albus.
Son buenos actores, desde luego dijo Spartus de mala gana. Dicen que la que asesinaron era su esposa. ¿Puedes creerlo?
Mmmmm
Deme su documentación, señor le ordenó Ulises a Harry.
El hombre intentó en vano llegar a su bolsillo; las cadenas se lo impedían.
No puedo dijo al fin con un hilo de voz.
Spartus fue bruscamente hacia él y le revolvió los bolsillos de la túnica. Sacó una libretita desgastada y la abrió.
Aquí está
Harry Potter, treinta y nueve años de
Un momento.
Y su mirada se desvió hasta la cicatriz de Harry.
¿Harry Potter? repitió Ulises. Espera, Spartus. Creo que es verdad que Potter se casó con una tal Weasley. Lo escuché en la radio o algo así.
¿Y qué? Apuesto a que tuvo mil motivos para asesinarla. Están todos arrestados por ser sospechosos del asesinato de Ginevra Weasley; acompáñenme.
El sol había empezado a asomar por el horizonte de Cábala. Mientras tanto, en la prisión de guardia de la novena planta, un extraño grupo de cinco personas trataban de dormitar en el frío suelo de piedra, a la espera.
Se habían dividido en dos grupos: Damián y Flor, por un lado, se abrazaban y trataban de consolarse el uno a el otro. En la otra punta de la fría celda, Harry abrazaba a su hijo Albus, y Franco se sentía incluso menos extraño allí que con sus dos mejores amigos.
Un momento dijo Franco, acordándose súbitamente de algo. ¡Un momento! ¡Oigan! ¡Una vez me dijeron que
! Oh, Dios
¿Por qué fuimos tan estúpidos?
Se puso de pie, sacó su varita mágica y apuntó hacia la cerradura de la reja.
¡Bombarda! exclamó, y con un sonoro «¡clic!» la puerta se abrió de par en par.
¡Franco! exclamó Flor, sorprendida.
Una vez me dijeron que las celdas del Ministerio estaban desprovistas de todo tipo de encantamientos, porque sólo eran de emergencia. Las prisiones reales tienen otro tipo de mecanismo mágico
Y estos idiotas se olvidaron de confiscarnos las varitas mágicas

Porque habrán pensado que las entregamos al entrar dijo Damián.
Harry se puso en pie inmediatamente.
Estuve meditando dijo.
Franco se lo quedó mirando.
Encontraremos el reloj, iremos al pasado y cambiaremos que Ginny muera. Entonces destruiremos el reloj y todo habrá vuelto a la normalidad.
Pero, señor intervino Florencia. Es muy peligroso y
y desconsiderado. En estas horas que han transcurrido desde que se murió su mujer han nacido cientos de personas. Usted va a ir al pasado tan campante y
y
¿Qué me está pasando?
Su piel se había tornado de repente de un gris fantasmal. Lo mismo estaba pasando con Damián y Albus. Franco y Harry los contemplaban horrorizados.
¡¿Qué pasa?! gritó Damián. ¡Aaaaaaah!
Y de un momento a otro, los tres habían desaparecido. Franco miró para todas partes, como esperando que algo le diera una explicación, pero en el rostro de Harry se reflejaba tristeza.
Han dejado de existir informó. Se ve que Nei ya ha vuelto al pasado.
¿Y por qué nosotros seguimos existiendo? preguntó Franco desesperado tocándose los brazos, como para convencerse de que estaban en el mundo real.
No lo sé, quizás haya ido al pasado y
y
haya hecho algo con
ellos
pero no con nosotros.
Debemos ir y encontrarlo dijo Franco saliendo de la celda.
Pero ¿cómo? Él está en el pasado, no está aquí
Un momento. Franco
¿aquí
aquí existen los giratiempos?
No lo sé admitió el chico. Supongo que sí
Lo leí alguna vez

Pero Harry ya estaba corriendo por el pasillo largo y siniestro.
¡Sólo hay una manera de averiguarlo! Pero antes

Cuando Franco llegó jadeando hasta donde se encontraba Harry, vio cómo el hombre sacaba del bolsito de cuentas que llevaba colgado al cuelo una capa desgastada, raída y muy antigua.
¿Qué es eso? preguntó Franco interesado.
Una capa de invisibilidad repuso Harry. Una de las reliquias más preciadas del mundo de la magia.
Y, como si fuera lo más normal del mundo, se la echó sobre el cuerpo al tiempo que desaparecía completamente.
Vamos lo apremió la voz de Harry, y levantó la capa para que Franco se metiera también. Espera, tengo una idea. Sígueme.
Volvieron hacia la puerta abierta de la celda y Harry salió de debajo de la capa. Franco, que no entendía nada, vio cómo el hombre agitaba la varita al tiempo que decía un montón de hechizos dificilísimos.
En cuestión de un minuto, Harry guardó silencio y cinco siluetas aparecieron en la oscuridad, abrazándose y tiradas en el suelo.
Son copias explicó Harry.
Vaya dejó soltar Franco. Eso es magia avanzadísima.
Sí, bueno, supongo que un Auror debe tener este tipo de conocimientos. Y tú tienes madera de Auror, por lo que sé añadió, al tiempo que volvía a meterse bajo la capa. Y ¿sabes qué? No dejes que estos Aurors imbéciles con los que hemos habladno hoy empañen tu concepto «cazador de mago tenebroso». Es el empleo más gratificante que puede uno escoger
Ven, por aquí doblaron en una esquina. Un montón de celdas vacías pasaron a su lado. Vaya, no entiendo nada. Creo que estamos dando vueltas.
¡Allá! exclamó Franco, señalando un ascensor.
¡Bien!
Los dos abrieron la puerta y contemplaron el cartel gigantesco que había sobre el espejo sucio y antiguo.
Comisión de la Fabricación de Objetos, tercera plata, segundo pasillo leyó Harry. Bueno, es lo que más se relaciona con lo que buscamos. Hum
al
tercer piso, por favor.
Entendido repuso la misma voz del rostro de cemento de la entrada de visitantes. Pero, ¿es mucha molestia preguntar quién está hablando?
Franco contuvo el impulso de reír, porque se imaginó el rostro de cemento desconcertado ante la capa invisible que contenía a Harry y Franco.
Sí, es mucha molestia dijo Harry como toda respuesta, y la cara de cemento no replicó.
El ascensor se detuvo y la voz de la cara de cemento volvió a hablar al tiempo que las puertas se abrían:
Tercer piso, que incluye las Comisiones de Fabricación, Regulación, Modificación y Reparo de Objetos, así como la Oficina Contra el Uso Incorrecto de Objetos Muggles, también

Pero no pudieron oír qué más incluía, porque habían echado a correr por el desierto pasillo.
Allá, segundo pasillo indicó Franco.
Se detuvieron en la única puerta del lugar. Una placa dorada decía: «Oficina de Igor Fernández, Jefe de la Comisión de la Fabricación de Objetos». Harry llamó a la puerta.
No sucedió nada. Volvió a llamar y la puerta se abrió lentamente. Un hombre con cara de dormido se quedó mirando exactamente a los ojos de Harry, pero Franco sabía que en realidad no lo veía.
Maldito Catrasio Word refunfuñó, y fue a su escritorio a tomar una pluma y un pergamino. Franco y Harry aprovecharon para entrar con el mayor sigilo. Igor empezó a tomar notas con furia: «Igor
me
importa
un comino
si te desperté
Es la tercera
vez
que esos malditos
puños voladores
me despiertan. Avísale
al Departamento
de Regulación
y no respondas
porque quiero dormir.» Espero que con esto se de cuenta de la clase de estorbo que resultan esos malditos puños voladores
Pero no, él piensa que son simpáticos
¡bah! exclamó, al tiempo que doblaba el pergamino como un avión de papel y le indicaba: A Catrasio Word, octavo piso, Estatuto del Secreto, Sección G, primer pasillo, puerta 8

¡Imperius! oyó que exclamaba Harry debajo de la capa. Un chorro de luz salió de su varita y entonces Igor adoptó una mirada vacía y extraña.
Harry también parecía muy concentrado, y Franco sabía que se debía a los efectos de la maldición Imperio.
Como si fuera lo más natural del mundo, Igor fue hacia el cajón y lo revolvió. Harry se sacó la capa de encima, y él y Franco quedaron al descubierto, pero el hombre no se inmutó. Más bien al contrario, los miró un segundo y luego siguió con su trabajo. Sacó una llave y fue hacia una puerta pequeña que había al final, donde se podía leer «Almacén».
Entonces dejó paso a Franco y Harry; éste último volvió a lanzarle la maldición y le indicó en voz alta que se recostara y durmiera un rato.
Perfecto murmuró Franco, y entró en el almacén.
Un montón de filas de cajas hasta al techo apenas dejaban lugar para desplazarse. No obstante, el lugar era bastante más grande de lo que Franco había imaginado.
Harry comenzó a buscar alguna etiqueta en las cajas que dijera giratiempos, pero fue Franco el que la encontró, y no sucedió hasta pasados quince minutos.
¡Harry! ¡Aquí!
Se había metido en uno de los pasillos más angostos. Una pila de cajas estaban colocadas peligrosamente hasta el techo. Todas decían giratiempos, pero tenían escrituras adicionales: «Con fallos leves, llevar a la Oficina de Reparación», «Devueltas para Uso Exclusivo. Proveer de cinco al Ministro Brasilero» y, la que más interesó a Franco y Harry: «Listas para poner a la venta en Short’ Magic (sucursal de Rosario)».
¡Diffindo! exclamó Franco, y una parte de la caja se desgarró. Franco tomó un pequeño reloj de arena, extrañado, pero Harry se lo arrebató de las manos.
El hombre se lo colgó a él y luego a Franco, y le dio unas seis vueltas al reloj. Entonces, Franco empezó a notar que algo estaba cambiando: Fuera estaba oscureciendo y todo parecía pasar rapidísimo.
¿Está oscureciendo ya? preguntó.
No. Estamos volviendo en el tiempo. Creo que será suficiente

Todo se detuvo, y los dos salieron del almacén procurando echarse la capa previamente. Igor no estaba.
Corrieron y salieron del Ministerio. Por suerte la cara de cemento no estaba vigilando la salida.
Llegaron hasta Prado Bueno, aunque sin mucha idea de lo que debían hacer. Principalmente, suponía Franco, irían hasta la Calle de la Bruja Tuerta a evitar que mataran a Ginny

¡Mira, somos nosotros! susurró Franco, y señaló a un grupito que combatían y se lanzaban toda clase de hechizos.
¡Tú! se oyó la desesperada voz de Harry entre la oscuridad. ¡Tú estabas muerta! ¡Vi cómo morís, no puede ser!
Bellatrix se retorcía de risa; entonces, con una agilidad impresionante, alzó la mano y apuntó hacia Harry.
Ahora va a lanzarte la maldición asesina susurró Franco con un hilo de voz.
No puede ser; es decir, no me morí repuso Harry.
Pero Franco creía que sabía lo que debía hacer. Se metió la mano en el bolsillo en busca de la varita, pero se pegó un susto de muerte cuando no la halló.
¡Mi varita! Creo que la dejé en el almacén

Como si el destino lo hubiera oído, la varita de Franco apareció de la nada en el aire. Franco la tomó, sorprendido, y, al tiempo que Bellatrix Lestrange gritaba: «¡Avada Kedavra!», el muchacho se acercó y gritó:
¡Impedimenta!
Dio resultado: la maldición asesina rebotó y fue a parar a Bellatrix, quien la esquivó por los pelos

¡Desmaius! gritó Damián. Bellatrix voló por los aires

Gracias dijo Harry, asombrado. Entonces, habías sido tú. Estoy en deuda contigo. Me salvaste la vida. Esta escenita
me trae recuerdos.
Pongámonos la capa pidió Franco o nos verán.
En ese preciso momento, un haz de luz roja precedido del grito de furia del Harry del pasado indicó que Nei y Bellatrix se acababan de esfumar con el reloj.
Tenemos que ir al pueblo dijo Harry. No sé de qué nos va a servir, pero podremos salvar a Ginny, quizás.
Pero lo que tiene el giratiempo es que el futuro ya está escrito. Es decir, Ginny murió, y no creo que haya forma de revertirlo.
Pero tenemos que hacer algo

Harry dijo Franco. Parecía que él fuera el adulto razonable, y Harry un niño caprichoso que no quería entender. Ginny se ha ido. No volverá. Debemos encontrar a Nei. Fue inútil que vengamos hasta el pasado

¡No fue inútil! Teníamos que hacerlo. ¡Yo iba a morir! Y si no veníamos, no me hubieras salvado la vida. ¡Y Ginny puede vivir! ¡Qué absurdo, por Dios!
De acuerdo, lo intentaremos. Trataremos de buscar a Nei con el reloj. Pero ¿dónde estará? No tenemos ni siquiera una pista.
Harry cerró los ojos fuertemente y pensó. Franco aguardaba impaciente, y cuando Harry habló Franco se decepcionó, porque dijo:
La Sala de las Cien Jaulas.
Era demasiado obvio, ¿no?
De acuerdo repuso Franco. Pongámonos la capa y vayamos para allá.
Así lo hicieron. Diez minutos después, estaban caminando por aquel pasillo frío que conducía a la oficina de Nei. Entonces escucharon unas voces cada vez más fuertes:
El reloj sólo funciona una vez por década explicaba Nei. Y cuando el sol salga, nosotros viajaremos en el tiempo y le arrebataremos a Nicolas Flamel la poción de la vida

Entonces todo encajó para Franco y, a juzgar por su cara, también para Harry. De modo que ése era el objetivo de Nei: viajar al pasado y arrebatarle a Flamel el elixir de la vida, para conseguir la inmortalidad total
para ser el rey y amo de la vida y de la muerte

La maldición se cumplirá cuando el sol salga no paraba de repetir.
Amo
¿no hay una forma de que
? empezó a preguntar la voz de Bellatrix Lestrange, y Harry rechinó los dientes.
¡No, Bella! ¡Ya te dije que no! exclamó Nei. Tú eras parte de la profecía: «El vasallo se reunirá de las entrañas de la muerte para proveer a su amo del reloj, y al cumplirse la noche desaparecerá por fin e irá a descansar en paz.» Es así, Bella. Volviste a nacer y ahora volverás a morir.
Esto es magia muy negra susurró Harry tan bajito que Franco apenas pudo oírlo.
¿Qué haremos hasta que salga el sol, amo? preguntó Bellatrix con un hilo de voz.
Trampas respondió Nei. Lo más seguro es que Potter y los demás vengan aquí, pero nosotros no tenemos otro escondite. Así que hechiza a cuantas personas encuentres en la calle. Y
espera. Démosle un toque más violento a la cosa.
Bellatrix sonrió maliciosamente: la violencia era lo que más le gustaba.
¿Desee que mate a alguno de ellos, señor? preguntó con esperanza.
No, aún no. Sé que la esposa de Potter está alojándose aquí. Mátala. Haz que parezca un accidente añadió.
El corazón de Franco iba a mil por hora. Era el momento
Debían impedirlo

Espera susurró Harry. Todavía no

Bellatrix salió del despacho y pasó justo por al lado de los invisibles, pero no se percató de nada. Los dos la siguieron todo el tiempo, y vieron cómo hechizaba a Septer.
El anciano iba caminando, apoyándose en su bastón, cuando Bellatrix le lanzó la maldición Imperio y le ordenó que atacara a Potter y el resto si los veía.
Bellatrix continuó caminando en la noche con Harry y Franco pisándoles los talones. Un par de veces se volteó con el semblante aparentemente asustado.
Entonces llegó a una casa de tres pisos con un cartel que indicaba: «Casa de habitaciones de alquiler». Bellatrix hizo un hechizo sin hablar que derribó la puerta, y se dirigió hacia el segundo piso. Derribó esta puerta con el mismo hechizo, y entonces una mujer hermosa y pelirroja levantó la cabeza, asustada.
¡¿Tú?! gritó, sin atrevérselo a creer. Levantó su varita mágica, dispuesta a dar pelea si era necesario, y un chico y una chica se apresuraron a sacar también sus varitas mágicas.
James, Lily dijo Ginny sin alterarse. Preparen las varitas.
Bellatrix rió sonoramente y gritó:
¡Crucio!
¡Protego! La magnitud de un escudo invisible muy fuerte hizo que el hechizo rebotara y se deshiciera en el aire.
¡Confundus! gritó Bellatrix a James y Lily, con intención de que no defendieran a su madre si tenían oportunidad.
Dio resultado, porque enseguida ambos adoptaron una expresión de extraña confusión.
¡Fumo! gritó Ginny, y una humareda negra salió de la punta de su varita. La mujer aprovechó para lanzar una maldición fogosa, pero Bellatrix se percató de ello y gritó:
¡Aguamenti! Tanto el humo como el fuego desaparecieron, y Bellatrix aprovechó aquel momento de confusión y gritó: ¡Petrificus totalus!
Ginny se puso rígida como piedra y se cayó al suelo. Sus hijos aún estaban confundidos, pero para asegurarse, Bellatrix les lanzó una maldición Imperio a cada uno y les indicó que se fueran a dormir.
¿No deberíamos hacer algo? susurró Franco.
Espera dijo Harry. Tengo el presentimiento
de que aún no

¿Quién anda ahí? dijo Bellatrix. Habían hablado demasiado alto. ¡Sé que alguien me está siguiendo! ¡Sé que estás ahí, maldito! ¿Será Potter con su capa invisible? ¡Avada Kedavra! ¡Avada Kedavra! ¡Avada Kedavra! De pronto, la habitación se inundo de chorros de luz verde, pero la capa protegía a Harry y Franco.
Franco contemplaba la escena horrorizado, y Harry más bien apenado.
¡Levicorpus! gritó Bellatrix hecha una furia, y Ginny se levantó en el aire como una pluma, aunque aún seguía dura. Un momento

Se dio vuelta bruscamente. La mujer empleada de la limpieza miraba espantada aquella escena. No podía creer lo que acababa de ver. Tenía la ropa chamuscada. Tenía los ojos desorbitados e inexpresivos, y estaba apoyada contra la pared.
¡¿Tú que miras?! gritó Bellatrix. ¡Avada
! Un momento, ¡a ti ya te ha alcanzado un avada kedavra! rió y pasó al lado de la mujer muerta contra la pared, no sin antes escupirle en la cara. Ginny iba flotando a medida que bajaban la escalera.
Siguieron caminando un poco más, y entonces Bellatrix pronunció unas palabras y Ginny cayó al frío cemento, ya conciente.
Ni bien lo hizo, pegó un grito que resonó en casi todo el pueblo.
Aún está viva susurró Franco. Ahora es cuando deberíamos hacer algo

Pero Harry creía que ya sabía lo que tenía que hacer. Fue hacia Bellatrix, se sacó la capa y gritó:
¡Petrificus totalus! la mujer quedó hecha una piedra y se cayó al suelo.
¡Harry! gritó Ginny, y fue a abrazar a su marido. ¡Harry, Lestrange está viva! ¡Intentó matarme! ¿Dónde está Albus? ¿Quién es
?
Espera un momento, cariño dijo Ginny. Quédate quieta.
Ginny soltó a su esposo y se lo quedó mirando extrañada.
Harry gritó algo muy extraño que Franco ya le había oído decir, y una copia exacta de Ginny salió desde su propio cuerpo.
Creo que esto es lo que tendría que haber pasado. Y lo que pasó dijo Harry. Ayúdenme a recostarla para que parezca asesinada.
Todos colaboraron, pero a juzgar por su rostro, Ginny no entendía nada. Además, miraba a Franco sin comprender.
Cuando por fin terminaron, Ginny atacó a su marido con preguntas.
Espera, cariño dijo Harry. Déjame asimilar lo que acaba de pasar Dio un prolongado suspiro. Lo primero que tenemos que hacer es irnos de aquí antes de que lleguen los Aurors. Creo que
Miró hacia una ventana donde había luz. Unos vecinos cerraron las cortinas disimuladamente. Sí, ellos ya nos vieron. Tenemos que irnos.
Desaparecieron. Esta vez fue un poco menos desagradable, ya que eran dos los que podían desaparecerse y eso implicó más potencia.
Bien dijo Harry. Acababan de aterrizar en la Plaza del Pueblo. Ginny, escucha: éste es Franco.
Así que tú eres Franco dijo la mujer, extendiendo y estrechándole la mano. Durante años mi marido no ha hecho otra cosa que hablar de ti.
En fin continuó Harry y Franco pudo ver, a pesar de la oscuridad, que se sonrojaba un poco, no somos nosotros de ahora. Es decir, somos nosotros del futuro.
Ginny miró extrañada.
¿Usaron
usaron el reloj de oro?
No la tranquilizó Harry; usamos un giratiempo para volver hasta aquí. Nosotros en este momento estamos llegando a las puertas del Ministerio de Magia

Y le explicó en cinco frases todo lo que había sucedido hasta el momento. Ginny no lo podía creer.
Entonces
entonces, ¿Albus
desapareció?
No si podemos evitarlo dijo Harry. Al igual que con Damián y Florencia, los amigos de Franco. Tenemos que esperar hasta que salga el sol; entonces esa tal maldición hara efecto. Bellatrix morirá nuevamente y Nei viajará al pasado para buscar la Piedra Filosofal

Los tres se echaron la capa de invisibilidad y empezaron a caminar por el pueblo, que estaba tan silencioso y deshabitado como Franco nunca antes lo había visto.
Allá dijo Franco.
Entraron a aquel lugar tan horrible y echaron a andar por el corredor; en poco tiempo llegaron a la puerta del despacho de Nei. Seguía abierta, y los tres ocultos se atrevieron a asomarse un poco. Franco vio cómo Nei revolvía papeles mientras decía para sí:
La Piedra Filosofal será mía, por fin
Hoy, después de tantos años de desesperada búsqueda
¡¿Qué demonios
?!
Una lechuza negra acababa de entrar por una rendija gruesa que había en el techo.
Nei agarró al pobre animal de las patas muy bruscamente y la lechuza, indignada, empezó a dar picotazos al aire.
¡Maldito bicharraco! gritó Nei, y le arrebató el sobre que contenía.
Lo desdobló tan bruscamente como le fue posible y leyó en voz baja, de modo que Franco tuvo que agudizar el oído para escuchar bien:
«Amo y señor, he de comunicarle que los fugitivos han escapado. Nuestra secuaz Bellatrix ha caído en la batalla, pero no estoy seguro si está muerta. Por el momento la he retirado del lugar y la tengo aquí, en mi habitación en Vindicta. Estuve vigilando a Potter y los demás, creo que utilizan una capa invisible. Ahora estoy en el colegio, señor. Espero que pueda usted conseguir la piedra. Suerte, Mariano, su fiel vasallo.» ¡Chico imbécil! Pero útil, sí. Es mejor que nadie vea a Bella. De modo que escaparon
yo pensé que Bella era un poco más dura

Acuérdate de que tenemos que llegar al almacén de los giratiempos cuando amanezca le susurró Harry a Franco. Pero antes tenemos que arrebatarle el reloj a Nei
Cuanto más tiempo pase, mejor, porque de ese modo le quedará menos tiempo si quiere luchar. Creo que el reloj sólo funciona cuando sale el sol.
De acuerdo repuso Franco.
Nei se durmió. Y a Harry, Franco y Ginny les costó bastante mantenerse despiertos.
Se hicieron las cuatro de la mañana
las cinco
y exactamente a las seis menos cinco, aquel azul oscuro que indica cuando aún no es de día pero ya no es de noche empezó a pintar el cielo.
Creo que es momento susurró Harry. Se asomó por la puerta y vio que Nei estaba dormido, con el reloj en su mano.
Harry se sacó la capa y se acercó hacia Nei. Apuntó con la varita y, deseando que aquella fuera la última vez que hacía ese embrujo, dijo con voz serena:
Avada
Kedavra.
Un chorro de luz verde, y entonces el hombre se cayó hacia atrás en la silla y se quedó muerto en el suelo.
¡Harry! exclamó Ginny.
Lo siento mucho susurró Harry. Era lo que tenía que hacer.
Franco miró a Harry comprensivo.
Debemos volver al almacén

Espera dijo Harry. Hay algo que debemos hacer.
Quizás fue instintivamente, pero Harry sacó del bolsito de cuentas que tenía colgado al cuello una espada reluciente y hermosa.
Harry musitó Ginny. Pensé que la habías dejado en el despacho de McGonagall hace diecinueve años.
Harry la miró apenado.
Es lo que tendría que haber hecho. Pero siempre creí que podía
ser útil. Y ya ves.
Harry empuñó la espada, tomó el reloj de arena y le clavó la punta. La arena del reloj se empezó a derramar y, a medida que se caía de su recipiente, se desvanecía en el aire.
La aguja empezó a girar como loca y luego se desvaneció. Sólo quedaba el recipiente de cristal, medio destruído
Entonces una figura encapuchada salió de la nada y empezó a cambiar de forma. Primero una mujer, luego un hombre, luego un anciano, luego una comadreja

Morfeo susurró Franco.
Es el Tiempo dijo Harry.
Y entonces una luz cegadora, y todo desapareció.
Franco abrió los ojos y lo primero que vio fue la luz titilante que había colgada en el techo. Entonces se dio cuenta del frío que tenía y se incorporó para ver dónde estaba.
La celda. Otra vez. Harry también estaba su lado, tendido en el suelo; y a su lado Ginny. Arriba tres cabezas los estaban mirando.
¿Franco? preguntó Damián y le tendió una mano para ayudarlo a pararse.
Lo mismo hicieron con Harry y Ginny.
Chicos
¡Están vivos! gritó Franco, radiante, y se sumió en un abrazo atolondrado con Damián y Florencia.
¡Mamá! gritó Albus, quien corrió a abrazar a su madre.
Estuvimos perdidos en el tiempo por horas explicó Flor. Pero entonces todo desapareció y regresamos aquí. ¿Destruyeron el reloj?
Sí respondió Harry, frotándose la cabeza. Y maté a Nei. Tuve que hacerlo.
Franco se había quedado pensativo.
Hay algo que no encaja. ¿Todo terminó? Es decir, nada de lo que pasó, pasó, ¿verdad? ¿Por qué estamos aquí entonces?
Vámonos propuso Flor.
El sol ya se reflejaba completamente en los tejados del pueblo, y el grupito conformado por aquellas extrañas personas abandonó el Ministerio de manera fresca, sin ser detenido ni observado por la cantidad de trabajadores madrugadores que llegaban ni por los pocos trabajadores nocturnos que se estaban yendo.
Se detuvieron casi al llegar a Prado Bueno, donde Forta, el caballo de Flor, estaba pastando tranquilamente.
Gracias por todo dijo Franco a Harry. De verdad.
Gracias a ti, Franco le dijo Harry. Hiciste más de lo que crees esta noche. Y gracias a todos ustedes.
Se dividieron en dos grupos. La familia de Harry por un lado y los tres amigos por otro.
Volveremos a Gran Bretaña esta noche informó Harry. Pero nos quedaremos a disfrutar el día en este maravilloso pueblo mágico.
Y los tres familiares se fueron de la mano hacia el camino que conducía a la calle principal.
Franco los siguió con la mirada hasta que los tres se convirtieron en tres puntitos insignificantes.
Creo que nunca viviremos algo como lo que pasó esta noche dijo Flor, agotadísima. Es una lástima que Rosa se lo haya perdido.
¿Eso creen? dijo una voz a sus espaldas, y todos se sorprendieron a ver a la muchacha sobre un árbol. Bajó de un salto. Tenía la boca ensangrentada y el uniforme del colegio manchado y sucio, al igual que sus amigos.
¿Rosa?
¿Quién crees que fue la que te dio la varita en Prado Bueno cuando impediste que Lestrange matara a Harry, Franco? preguntó Rosa con una sonrisita.
¿T-tú? preguntó el chico sin atrevérselo a creer.
Te la habías olvidado en el almacén mientras buscabas los giratiempos. Yo conseguí librarme de mi padre diciendole que iba al baño, pero los seguí. Y luego
me desaparecí y logré hacer un conjuro muy extraño: que en lugar de mi persona en sí, solamente apareciera la varita. ¿No es magia avanzadísima?
Nadie podía creerlo, en especial Franco.
Sí que lo es dijo al fin. Bueno, gracias. Salvaste más de una vida esta noche.
Vamos al colegio antes de que sea la hora de desayunar, o nos echarán en falta dijo Flor, y entonces esa preocupación asaltó a todos: ¿qué les dirían a Joel, Carlos y a las compañeras de las chicas cuando los acribillaran a preguntas acerca de dónde habían estado toda la noche?
No importa se dijo Franco para sí. Hemos salvado el mundo, prácticamente.
Y los cuatro volvieron al colegio caminando de la mano, con Forta a su lado y una sonrisa de felicidad en el rostro.
Todo sobre Pinganillos

 

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