La pluma de plata - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

Llovía con fuerza. ¿Oyes caer lasgotas como yo, que conservo un vívido recuerdo de aquella tarde tormentosa? Nopodría olvidarla ni aunque viviera mil años.

Había comenzado con un leve tamborileo de dedos infantiles sobre elcristal. Tac, tac, tac, tac. Luego, cuando empezó a llover a cántaros, esesonido melódico a mi parecer perdió su original belleza para simular a unjoven descarriado que arrojaba cubos de agua contra la ventana.

La tormenta había crecido.

Muy a pesar de mi acompañante, no pude evitar hacer una comparación envoz alta, en virtud de mi alma de poeta.

El viento es como una madre, o una institutriz, o un ama de llavescon aire maternal. La lluvia hace de las suyas, sin preocuparse por lasconsecuencias, y el viento le silba, furioso, exigiéndole que pare.

 

La joven, que se paseaba ansiosamente por la habitación, me dirigióuna mirada de reproche. Realmente no le interesaba lo que yo tuviera que deciry era obvio que acababa de interrumpir el hilo de sus pensamientos. Sinembargo, reaccioné como si hubiera interpretado sus gestos de otra manera ycambié mi comparación.

O quizá no es el viento más que su más devoto y descarado cómplice comentécon tranquilidad. Volví a dejar caer mi cabeza de lado y mi vista se perdió enel gris paisaje que a duras penas se entreveía a través del vidrio. Que,escandaloso y desenfrenado, busca sacarnos de quicio.

Tú buscas sacarme de quicio murmuró la joven. Frunció el entrecejo.La ignoré y proseguí.

Pero a mí no me saca de quicio. Curiosamente, me arrulla.

Cerré los ojos, como siestuviera rememorando algo que me causaba mucha felicidad. Lo cierto era que latormenta me tenía sin cuidado; de hecho, me resultaba sumamente relajante. ALiz, por otro lado, mis acciones parecían provocarle cierto nivel deexasperación. Aunque no estaba seguro. Nunca había sido bueno para descifrarlas emociones ajenas. Tampoco me había sentido interesado en ello alguna vez.

No conocía a Elizabeth desde hacía mucho tiempo, aunque desde elprincipio me había tomado la libertad de llamarla Liz. Casi podría afirmar queme sentía a gusto con ella, por más que fuera de carácter malhumorado y, enocasiones, irritante. Era inteligente y tenía cierto encanto que atraía de lasmaneras más inusuales a los demás. Pero no era por ello que se contaba entrelas únicas personas con las que realmente me relacionaba. Liz era laherramienta más útil que poseía para lograr mi cometido.

Estoy aburrido dije, paseando la mirada por la habitación. Todo esome resultaba tedioso.

El tener que pasar horas y horas en aquella casa de las afueras de lamelancólica ciudad de Londres
solía tornarse sumamente pesado. Lo mío era elcampo, la soledad. No la pestilencia, los gentíos y la compañía nuncasolicitada de la hermana de un conocido, el dueño de la residencia. Aunque yame había acostumbrado a Liz.

Cuando Robert Browning, a quien conocía desde la infancia, me pidiócomo favor que me trasladara a su casa durante unas semanas, no pude dejar deaceptar, aunque claro, luego de darle muchas vueltas a la idea. De qué manerasme convenía, por qué razones toleraría yo mi estadía allí. Lo que es cierto esque en ningún momento me planteé las razones más allá de las expresadas porescrito en la carta recibida por las cuales Browning me querría. Di porsentado que necesitaba algo más de mí, que mi presencia le aportaría algúnbeneficio. Tenía interés en lo que yo pudiera brindarle, no en mí. En esesentido nos parecíamos tanto.

 

De niños, solíamos pasar mucho tiempo juntos; horas y horas dediversión junto a los arroyos que no quedaban muy lejos de nuestro respectivoshogares. Para ser sincero, por lo menos yo siempre hallaba la forma deentretenerme; detesto el aburrimiento. Pero Browning
él era una quejica. Y su hermana,una niña insufrible. Aun así, siempre pude ingeniármelas para sacar provecho delas situaciones fastidiosas en potencia, algo de lo que aún hoy meenorgullezco.

Browning había salido de viaje y me había dejado su casa para que lacuidara. ¡De cuántas formas podía ver eso! ¿Por qué no le había pedido eso aalguien más? ¿Por qué no había contratado los servicios de un ama de llaves,por ejemplo? ¿Por qué no, para variar, optaba por dejar a su hermana sola?

Creí tener la respuesta a ese interrogante. Elizabeth estaba loca.

¿Y por qué me había pedido a mí que la cuidara? ¡Oh, qué fácilresponder eso! Browning albergaba la esperanza de que Liz se enamorara de mí.Después de todo, era un buen partido para cualquiera: rico, apuesto,inteligente. Pero ninguna era buen partido para mí. Y él esperaba que, tras losaños que él consideraba de "amistad", yo accediera a comprometerme. Larespuesta la tenía bien clara, y sólo la modificaría de considerarlo apropiado.

Quizá, si todos mis intentos fueran vanos, inútiles, loreconsideraría. Porque Liz tenía algo que yo quería. Algo que necesitaba másque ninguna otra cosa en el mundo.

Algo que cualquiera, menos yo, llamaría alucinaciones.

No dudaba de que muchas de ellas fueran, en efecto, producto de suimaginación. Pero otras
otras eran más reales que tú, que yo. Eran unasprivilegiadas visiones.

No les hablaré de los ataques en los cuales a Liz la encerraban,mientras pataleaba y chillaba histéricamente. Pues, ¿de qué les serviría?Carecen de importancia en estos momentos. Pero ella tenía un don especial quehabía acabado con enloquecerla realmente. ¡Y sólo yo había sido capaz denotarlo y aprovecharlo!

Eres un inservible, Anthony Riley susurró Liz, quizá sin verdaderasintenciones de que la oyese. Acomodó el moño que sujetaba su fino y rubiocabello, frunciendo los labios ligeramente y dedicándome una sonrisa desdeñosa.Como de costumbre, le resté importancia a su aparente desagrado. ¿En qué meafectaban sus gestos, sus palabras? En nada, ni tampoco afectaban misintereses. Sabía cómo conseguir lo que quería de ella, independientemente de loque Liz dejara traslucir. Porque yo sabía cuáles eran sus verdaderossentimientos.

Sólo era cuestión de tiempo. Con suerte, Elizabeth saldría de la casadurante una hora para reunirse con unas amigas a las cuales odiaba con todo suser para cotillear y tomar el té. Un hábito de lo más estúpido, por supuesto.Cuando se fuera, haría lo mismo que todas las tardes durante los seis días quellevaba allí: recorrer pasillo por pasillo de la gran residencia, revisar lashabitaciones abiertas, buscar las llaves de las cerradas.

No descansaría hasta encontrar lo que con tanto ahínco buscaba o, ensu defecto, oír a Elizabeth llegar. Y entonces aguardaría con una increíblepaciencia al día siguiente, para probar nuevamente.

El sonido de cascos que provino del exterior, donde la tormenta habíaamainado temporalmente, nos indicó que el carruaje de Liz había llegado. Sonreíy simulé estar feliz por ella, que le gustaba salir aunque el día fuera tangris como ese día. Ella casi me devolvió la sonrisa. "Vete, Liz, vete de unavez", pensé. Salió del salón apresurada, sin mirar atrás.

 

Entonces comenzó la carrera, como todos los días. Una terribleangustia me invadió. ¿Y si aquél era el día en el cual Browning regresaba, miúltimo día para hallar el libro?

Me incorporé de un salto, como quemado por ardientes brasas. Eché acorrer con la intención de revisar el ala este de la gran residencia. La zonaque me faltaba.

Los pasos resonaban por los oscuros pasillos, al igual que aún hoyresuenan en mis oídos. ¿Los escuchas? ¿Puedes acaso distinguir la figura querecorría la penumbra con desesperación? ¿La vislumbras? Fulares Portabebes

Una terrible idea cruzó mi mente. ¿Y si Él ya se había dado cuenta? En ese caso, sólo contaba con segundos.Estaba ahora más cerca que nunca de hallar la respuesta por la cual probablementemoriría. Seguro que ya lo había presentido, había sentido mi presencia. Y sóloera cuestión de instantes para que bajara su arma mortal y decidiera acabar conmi vida. ¿Cómo lo haría? ¿Elegiría un método rápido e indoloro, o se deleitaríacon mi sufrimiento? Para ser sincero, no creía conocer nada acerca de él. Sólosabía que era mi perdición. Por esa razón debía encontrarlo cuanto antes,asesinarlo. Quemar el libro y calcinar la pluma, la raíz de todos misproblemas.

Pluma afilada, como las palabras que escribe. ¿Por qué no mesorprendería enterarme de que la tinta utilizada es roja y espesa? Y ¡ah, quérisa me da imaginar tus pensamientos inocentes! Así como me alcanzó a mí, a titambién. ¿Por qué habrías de creer que ibas a librarte de la pluma, que ibas aser la excepción? Tu nombre está escrito en una caligrafía en cursiva en unlibro como el que busco. Pero, como la mayoría de los humanos sobre la Tierra,jamás lo verás, jamás sabrás quién es el escritor.Sé que, desde el momento en que tengo una certeza, él también. ¿Podrías túvivir con eso?

Así pues, por eso me hallaba allí. Para buscar algo cuya existenciaElizabeth me había revelado cuando éramos adolescentes y que yo no habíaolvidado. Estaba convencido de la veracidad de las palabras que pronunció enmedio de uno de sus ataques
Cuando la realidad se fusiona con su distorsionadamente, ¿quién habría de creer lo que sus labios balbuceaban? Sólo yo estabaallí, la última vez que nos habíamos visto antes de que se mudaran a la ciudad.Su mirada juvenil enloquecida, sus facciones contraídas en una mueca de terror,su horrible lividez. Todo eso quedó grabado en mi memoria. Ella había visto al libro. Me había revelado su utilidad, loinfaltable que era. ¡Había un libro por cada persona, pero casi nadie sabía de él!Qué tontería más grande. Yo necesitabahacerme con él, aunque no entendiera del todo muchas cosas sobre su poder.

Probé con una puerta, probé con diez. Y sólo una se resistió a serabierta. Revolví cajones y armarios llenos de objetos personales, sin que meimportara el desorden que iba dejando a mi paso, en busca de la llave. Meimaginaba su apariencia aún antes de encontrarla: antigua, curva, plateada comola pluma. Pero no fui yo quien la localizó.

 

Liz abrió de golpe la puerta del estudio que estaba desorganizando porcompleto, provocando que me sobresaltara bruscamente. Tenía los ojos abiertoscomo platos y que lucían una mirada que identifiqué de inmediato. Ay, Liz. ¡Estabarendida a mis pies y, a la vez, en medio de uno de sus ataques! ¡Qué fáciles seme habían puesto las cosas tan de repente! Y qué veloz volaba el tiempo.

Cantar victoria tan pronto fue un error; sin embargo pasó un tiempoantes de que lo comprendiera. Se acercó tambaleándose, sosteniendo la llave confuerza, como si en ello le fuera la vida.

Anthony
musitó.

Esbocé una sonrisa cuando la depositó sobre mi palma abierta yextendida y ni me inmuté cuando acto seguido se desplomó sobre la alfombra, consus cabellos despeinados formando una aureola alrededor de su cabeza. "Quizádebería asegurarme de que esté muerta", pensé. Y me ocupé de ello, para nodejar testigos de mi descubrimiento. No siento remordimiento alguno.

Creí escuchar un ruido a mis espaldas. Me volteé, con el corazónexprimido y un nudo en la garganta y otro en el estómago. Pero no había nadie.

Respirando rápida y entrecortadamente, me dirigí hacia la puertaresueltamente, pasando junto a la inmóvil y frágil Elizabeth. Ella habíasabido, en sus últimos momentos, que algo de esto iba a ocurrir. Y no me habíaequivocado al pensar lo ventajosas que resultarían las circunstancias deinstalarme en la casa.

Caminé la distancia que me separaba de la dichosa puerta en unsuspiro. Me faltaba el aire y una angustia tremenda me oprimía el pecho. ¿Tútambién sientes esa presión? ¿Sientes la necesidad de tomar el pomo, abrir yluchar contra lo que sea que esté ahí dentro?

Extendí el brazo. En ese instante un agudo dolor me recorrió. Me miréel antebrazo y descubrí un largo corte sangrante, hecho, al parecer, con unapunta filosa. Unas lágrimas que sentí ajenas me inundaron los ojos y una furiainenarrable me colmó. Abrí la puerta.

Una gran habitación. Tres gigantescas estanterías, una en cada pared,frente a mí, o a mis costados. Vacías. Un escritorio de madera en el centro,una silla del mismo material. Un libro de oscura vestimenta abierto en lasprimeras páginas y decorado con una impecable caligrafía. Sobre el libro, lapluma de plata con sus barbas negras, tal y como la había imaginado.

Pero la silla no estaba desocupada. Y quien se hallaba sentado en ellatenía ambas manos reposando sobre el libro, a centímetros de la pluma. Él memiraba con fijeza y expectación.

Me costó ver a través de la cortina de niebla que difuminaba surostro. Enfocarlo requirió grandes esfuerzos por mi parte y, cuando finalmentelo logré, deseé no haberlo hecho nunca.

Era yo.

Estiró con pereza los dedos de su mano derecha y tomó la pluma. Lamojó en un tintero de metal y se dispuso a bajar su mortal instrumento. Lodeslizó con suavidad sobre la hoja y escribió apresuradamente. Me acerqué unospasos y distinguí las palabras "
deslizó con suavidad sobre la hoja y
".

Observé el corte de mi brazo hacerse más profundo y sentí aparecerotras nuevas marcas. Más letras, más palabras.

Lo miré con pánico, sin entender nada.

¿Por qué quieres deshacerte de mí? ¡Yo te encontré! chillé,paralizado del espanto. ¿Por qué me afectas tanto? ¿Por qué no puedo hacermecon el libro?

¿No lo entiendes? preguntó con tono burlón y con mi voz. Tú ya te hiciste con el libro,siempre fue tuyo, aunque no lo vieras. Yo soy tú, tonto. Todo lo que yo te haga
bueno, tú te lo hiciste.

Parpadeé e intenté asimilar el significado de lo que había dicho.

Soy el producto de tus decisiones explicó, con impaciencia. Soy tuspalabras y tus acciones, también soy su resultado. Soy, como dirían, el destino.

No entendí lo que entonces dijo. Sólo supe que quería acabar de unavez con todo eso; no podía tolerar la idea de que alguien más me controlase.Porque ése no era yo, no podía ser yoel causante de todo.

Corrí hacia él, sobresaltándolo. Empuñé la pluma y me dispuse a acabarcon mi vida con su filo. Lo preferí a confrontar la situación.

En este momento, no sé quién soy.Dónde estoy, qué hago aquí, cómo llegué. Sólo existo, o algo por el estilo. Sóloposeo un libro negro y una pluma de plata para escribir lo que me sucedió. Nadamás. De alguna manera, queda un registro de una de las pocas veces que alguienosó actuar como de una manera similar a la mía al descubrir la existencia delas páginas malditas, como yo las llamo.

Y no sé cuánto más existiré ahora que ya he terminado de escribirlo.

Bajo la pluma con cuidado. Sé, de alguna forma, que ya no me pertenecemás.

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Llovía con fuerza. ¿Oyes caer lasgotas como yo, que conservo un vívido recuerdo de aquella tarde tormentosa? Nopodría olvidarla ni aunque viviera mil años

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2024-07-04

 

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