un mari infidèle - Fanfics de Harry Potter

 

 

 

El teléfono empezó a sonar cuando Hermione, después de dejar alos mellizos acostados, bajaba las escaleras. Maldijo entre dientes, se colocó sobrela cadera al pequeño lusius y bajóapresuradamente los últimos escalones para descolgar el teléfono del recibidor.Se detuvo paralizada al verse reflejada en el espejo que había sobre la mesitadel teléfono.

« ¡Dios mío,estás hecha un desastre!», se dijo con desconsuelo.El pelo, castaño claro con mechones chocolates naturales y recogidos en un moñomedio despeinado, estaba húmedo y le caía sobre la frente. Tenía las mejillascoloradas y la camisa azul claro mojada en varios sitios, allí donde sus treshijos, a los que acababa de bañar, la habían salpicado. Lusius empeoraba elaspecto de su madre todavía más tirando de los botones de su camisa,esforzándose por descubrir uno de sus pechos. Si ya normalmente era un niñoinquieto, en aquellos momentos estaba, además, cansado e impaciente.

 

-No- le dijo Hermione con dulzura pero con firmeza, quitándolela mano de la camisa- Espera. Besó su cabecita y descolgó el teléfono, sindejar de fruncir el ceño ante lo que veía en el espejo;

-¿Diga? -dijo distraídamente, sin darse cuenta de la pequeñapausa que hizo la otra persona antes de responder.

-¿Hermione? Soy pansy.

-¡Hola, pansy!

Hermione hizo un gesto de sorpresa y se relajó al escuchar a suamiga, y, al hacerlo, se dio cuenta de que, hasta ese momento, había estado muytensa, lo que hizo que volviera a ponerse tensa de nuevo. Estaba perpleja,últimamente, se había sorprendido muy tensa demasía das veces.

-¡Lusius, por favor! ¡Espera!

El niño gruñó y ella, en broma, le devolvió otro gruñido. En susojos ámbar se reflejaba todo el amor y la alegría que sentía por su hijo. Erael más exigente de sus hijos y el de peor carácter, pero lo quería tanto como alos gemelos. ¿Cómo no iba a quererlo si tenía los mismos ojos grises de supadre?

-¿Todavía no has acostado a esos mocosos? -dijo pansy con unsuspiro.

No se molestaba en ocultar que, para ella, los niños eran unincordio. Aunque era el modelo de mujer trun fadora, no tenía tiempo para losniños. Era alta y pelinegra, y su vida transcurría en un nivel muy diferente alde Hermione. Pansy era la sofisticadamujer de mundo, mientras que Hermione era la abnegada ama de casa y madre defamilia.

Pero era la mejor amiga de Hermione. En realidad, era la únicaamiga que Hermione había conservadodesde los tiempos del instituto. La única que vivía en parís, como Sasuke yella. Las demás, por lo que ella sabía, seguían viviendo en parís.

-Dos ya están en la cama y uno está a punto- dijo Hermione-.Lusius tiene hambre y está impaciente.

-¿Y draco? ¿Todavía no ha llegado?

Hermione detectó el tono de desaprobación de su amiga y sonrió.A pansy no le gustaba draco. Saltaban chispas entre ellos cada vez que seveían.

-No- respondió Hermione, y añadió con tris teza- así que puedes meterte con élcuanto quieras, que no te va a oír. En realidad, era una vieja broma entre lasdos amigas.

Hermione nunca se habíamolestado porque pansy le manifestara su opinión acerca de draco. Siempre habíapermitido que le dijera a ella lo que no se atrevía a decirle a draco a lacara. Pero, aquella vez, un extraño silencio siguió su comentario.

 

-¿Ocurre algo? -le preguntó a pansy.

-Maldita sea -dijo pansy entre dientes- Sí, la verdad es que sí.Escúchame, herms. No me siento muy mal por hacer esto, pero tienes derecho a...

Justo en aquel momento, un diablillo en pijama apa reció en loalto de la escalera y la bajó a toda velocidad, convertido en piloto de caza ydisparando la ametra lladora de su avión.

-Necesitamos agua- informó el piloto a su madre, desapareciendopor el pasillo en dirección a la cocina. - Mira...- dijo pansy conimpaciencia-, ya veo que estás ocupada. Te llamo después... o mañana. Yo...

- ¡No! -intervino Hermione de repente- ¡No cuelgues!- Estabadistraída, pero no tanto como para no darse cuenta de que lo que pansy queríadecirle era impor tante.

-Espera un momento que voy a ocuparme de estos mocitos. Dejó elauricular sobre la mesa y fue a buscar a su hijo mayor.

Hermione no era alta,pero era esbelta y tenía una bonita figura. Sorprendentemente bonita, teniendoen cuenta que había dado a luz a tres niños. Sin embargo, no era del todoextraño porque, siempre que encontraba tiempo, acudía al gimnasio local, dondenadaba, hacía aerobic yjugaba al badmington.

-¡Te pillé con las manos en la masa!- dijo sorpren diendo a suhijo con la mano en la lata de las galletas. Lo miró con severidad y el niño sepuso colorado- Está bien, pero llévale una a Catherine. Y no quiero ver ni unamiga en la cama- dijo viéndolo salir corriendo, con una sonrisa triunfal, porsi su madre cambiaba de opinión.

-¡A que estás casada con un sinvergüenza!- exclamó pansy-¡Maldita sea, Herms, te está tomando el pelo! ¡No está trabajando, estásaliendo con otra mujer! Aquellas palabras golpearon a Hermione como un látigo.

- ¿Qué?, ¿Esta noche?- se oyó decir, sintiéndose como unaestúpida.

- No, no esta noche en particular- respondió pansy con pesar-Algunas noches, no sé si muchas o pocas. Lo único que sé es que tiene unaaventura. ¡Y todo parís lo sabe menos tú! Se hizo el silencio. A Hermione se leheló el aire en los pulmones, fue como si le clavaran alfileres en el pecho.

- Perdóname, herms...- dijo pansy con voz grave, tratando dehablar con suavidad- No creas que me gusta esto, no importa que...

Pansy iba a decir qué poco le gustaba draco y cuánto le gustaríaverlo caer, pero se contuvo. No era ningún secreto que no se gustabanmutuamente, y que sólo se soportaban por Hermione.

- Y no creas que te digo esto sin estar segura- añadió- Los hanvisto en varios lugares. En algún restaurante... ya sabes, demasiada intimidadpara que se tratara de una reunión de negocios. Pero lo peor es que los hevisto con mis propios ojos. Mi último novio vive en el mismo bloque quelaverne, los he visto salir y entrar muchas veces...

Hermione había dejado de escuchar. No dejaba de recor darciertas cosas, indicios que convertían lo que pansy decía en algo demasiadoprobable para que pudiera tomárselo como si fuera una simple habladuría.Detalles en los que debía haber reparado hacía semanas. Pero había estadodemasiado ocupada, demasiado absorta en sus propios asuntos para darse cuenta.Nunca había desconfiado del hombre cuyo amor por ella y por sus hijos no habíapuesto en duda jamás.

 

En aquellos momentos, se daba cuenta de muchas cosas. Elfrecuente mal humor de draco, su irritación con ella y con los niños, lasnumerosas veces que se había quedado en su estudio en lugar de subir aacostarse con ella.

Se estremeció de la cabeza a los pies. Cerró los ojos y recordóque, otras veces anteriores, draco había querido hacer el amor y ella le habíarespondido que estaba demasiado cansada.

Pero ella creía que habían solucionado aquel problema. Pensabaque, desde hacía un par de semanas, desde que lusius dormía sin despertarse entoda la noche y ella estaba más descansada, todo había vuelto a la normalidad.

Sólo habían pasado unas noches desde que hicieran el amor contanta ternura que draco se había estre mecido entre sus brazos al despertar.

¡Dios...!

-Hermione...- ¡No! ¡Ya no podía seguir escuchando a su amiga!

-Tengo que colgar- dijo con voz grave-, tengo que dar de comer aLusius- En aquel momento, recordó algo mucho más doloroso que el mal humor dedraco. Recordó el delicado aroma de un caro perfume de mujer que una mañanadescubrió en una de las camisas de su marido al reco gerla para echarla a lalavadora. Estaba impregnado en el algodón de la camisa. En el cuello, en loshombros, en la pechera. El mismo delicado aroma que Hermione había detectado sin reconocerlo desde hacíaalgunas noches, cada vez que su marido volvía a casa tarde y la saludaba con unbeso. En su mejilla, en el cuello, en el pelo... ¡Qué estúpida había sido!

- No, herms, por favor, espera...

Colgó bruscamente y el auricular se le cayó de las manos, golpeósonoramente sobre sus piernas y sobre el suelo y quedó a los pies de laescalera. Imaginaba a draco. Lo imaginaba con otra mujer, teniendo unaaventura, haciendo el amor, ahogándose en suspiros...

Le dieron náuseas y se cubrió la boca con una mano, apretando elpuño contra sus fríos y temblorosos labios.

El teléfono sonó otra vez. Un llanto cansado que provenía de lacocina se mezcló con el sonido del teléfono. Se puso de pie. Poseída de unaextraña calma, levantó el auricular y lo volvió a colgar. Luego, con la mismacalma, que no era más que una manifestación del profundo choque que acababa desufrir, lo agarró, lo dejó descolgado y se dirigió a la cocina.

Nada más terminar su cena, lusius se durmió. Se tumbó boca abajo, hecho unovillo, abrazado a un osito de peluche. Hermione se quedó mirándolo un buenrato, aunque sin verlo realmente, sin ver nada en absoluto. Se le había quedadola mente en blanco. Echó un vistazo a las habitaciones de los mellizos.

Scorp estaba dormido, con las sábanas arrugadas a los pies de lacama, como siempre, y los brazos cruzados sobre la almohada. Se acercó, le dioun beso y lo tapó. De sus hijos, Scorp era el que más se parecía a su padre,rubio y con una barbilla prominente, señal de su carác ter decidido, como el desu padre. Era alto y fuerte, igual que draco a la misma edad, tal y como habíavisto fotos del álbum de su suegra.

Luego, fue a ver a su hija. Catherine era muy diferente a su hermano mellizo. Alentrar por la mañana en su habitación, se la encontraba siempre en la mismaposi ción en que se había dormido. Sharian tenía el pelo sedoso y rubio,esparcido sobre la almohada. Era el ojito derecho de draco, que no ocultaba suadoración por su princesa de ojos ámbar. Y la pequeña lo sabía y explotaba lasituación al máximo.

 

¿Cómo podía draco hacer algo que le pudiera doler a su hija?¿Cómo podía hacer algo que pudiera rebajarlo a ojos de su hijo mayor? ¿Podíaponerlo todo en peligro sólo por el sexo? ¿Sexo? Le dieron escalofríos. Tal vezera algo más que sexo, tal vez era amor, un amor verdadero. La clase de amorpor la que un hombre lo traiciona todo.

Pero, tal vez, fuera todo mentira. Una mentira sucia y estúpida,y ella estaba cometiendo con él la mayor de las indignidades con tan sólosuponerlo capaz de algo así.

Pero recordó el perfume, y las muchas noches que había pasadofuera, echándole las culpas al contrato de Harvey's. ¡Maldito contrato!

Se tambaleó y salió de la habitación de Catherine para dirigirsea su cuarto, donde, la semana anterior, se habían encontrado de nuevo y habíanhecho el amor de una manera muy tierna por primera vez en muchos meses.

La semana anterior. ¿Qué había pasado la semana anterior paraque él volviera a ella de nuevo? Que ella había hecho un esfuerzo, eso es loque había ocurrido. Ella había estado muy preocupada por cómo iba su matrimonioy había hecho un esfuerzo. Había dejado a los niños con su madre y había cocinadoel plato favorito de draco. Se había puesto un vestido de seda negro y habíancenado con velas.

Sin embargo, recordó la tensión del rostro de draco al estardesnudos en la cama, una tensión que él achacaba a menudo al estrés, y sintióun escalofrío. Cerró la puerta y se dirigió al cuarto de estar. Se daba cuentade muchas cosas, cosas que en su estúpida ceguera no había visto hastaentonces.

La fuerza con que la había agarrado por los hom bros, en unintento desesperado, pero evidente de guar dar distancias. La triste mirada desus ojos negros mientras observaba su boca. El suspiro con que había recibidosu confesión: «Te quiero, draco», le había dicho, «sientomucho que haya sido muy difícil vivir con migo».

Draco había cerrado losojos y tragado saliva, frunciendo los labios y apretando los puños sobre sushom bros hasta que ella sintió dolor. Luego, la había estrechado entre susbrazos y había hundido el rostro en su cuello, pero no había dicho una palabra,ni una sola palabra; ni una disculpa, ni una declaración de amor, nada.

Pero habían hecho el amor con mucha ternura, recor daba con undolor que recorría todo su ser. Fuera cual fuese su relación con la otra mujer,todavía lo deseaba con pasión, con una pasión que no podría sentir por ningúnotro hombre.

¿O tal vez sí? ¿Qué sabía ella de los hombres? Había conocido adraco con diecisiete años. Había sido su primer amante, su único amante. Ellano sabía nada de los hombres. Y, por lo visto, nada de su marido.

Vio su rostro reflejado en el espejo que había sobre la chimeneade mármol y lo miró fijamente. Estaba pálida y tenía un rictus de tensión enlos labios, pero, por lo demás, su aspecto era el normal. Ni sangre ni cicatrices.La misma Hermione malfoy de siempre. Veinticuatro años, madre y esposa, por eseorden. Sonrió amargamente. Aquella era una verdad a la que nunca se habíaatrevido a enfrentarse.

 

«Lo querías», se dijo, «y lo conseguiste,en el corto espacio de seis meses. No está mal para una ingenua muchacha dediecisiete años». Perodraco tenía veinticuatro años, pensó con cinismo, y la suficiente experienciacomo para dejarse atrapar por el truco más viejo del mundo.

Pero, entonces, el cinismo la abandonó. No había sido ningúntruco, no tenía derecho a denigrarse a sí misma llamando truco a algo que enabsoluto lo fue. Tenía diecisiete años cuando conoció a draco, y era muyinocente. Era la primera vez que iba a una discoteca, acompañada de un grupo deamigas que se rieron de su miedo a que les preguntaran la edad y no les dejaranpasar.

-¡Oh, vamos!- le dijeron- Si te preguntan cuántos años tienes,miénteles, como hacemos nosotras.

Fue consciente de la presencia de draco desde el momento de entrar.Era fuerte, delgado y rubio, y muy atractivo, tanto como una estrella de cine.Sus amigas también advirtieron su presencia, y se rieron tontamente alcomprobar que no ocultaba su interés por ellas. Pero, en realidad, era aHermione a quien estaba mirando.Hermione, con su pelo largo, castaño claro con unos sencillo mechones castañooscuro y ondulado, que le caía hasta los hombros y enmarcaba su preciosa cara.

Su amiga luna la habíamaquillado y le había prestado una de sus minifaldas ajustadas y un pequeño topque dejaba al descubierto su ombligo cada vez que giraba al ritmo de la música.Si sus padres la hubieran visto así vestida, se habrían muerto del susto. Peroestaba pasando el fin de semana en casa de luna, mientras sus padres se habíanido a visitar a unos parientes, así que no podían ver cómo su única hija pasabael tiempo mientras ellos estaban fuera.

Y fue a Hermione a quiendraco se acercó cuando pusieron una canción lenta. Le dio un toquecito en elhombro para que se volviera y sonrió, con gracia y con fianza en sí mismo.Consciente de la envidia de las otras chicas, dejó que la tomara entre susbrazos sin una palabra de protesta. Hermione todavía podía recordar aquelhormigueo al sentir su tacto, su proximidad, su suave pero firme masculinidad.Bailaron durante mucho rato antes de que él hablara.

-¿Cómo te llamas?

-Hermione - le respondió ella con timidez- Hermione granger

-Hola, Hermione granger - dijo draco con un murmullo- dracomalfoy

Cuando estaba absorbiendo todavía las dulces resonancias de su vozsuavemente modulada, draco le puso la mano bajo el top y ella se estremeció alsentir su tacto sobre la piel desnuda de la espalda, Sasuke la atrajo hacia sí,pero no hizo ningún Intento de besarla, tampoco le dijo que saliera del localcon ella y dejara a sus amigas. Tan sólo le pidió el número de teléfono y prometióllamarla muy pronto. Hermione pasó la semana siguiente pegada al teléfono,esperando con impaciencia su llamada.

En su primera cita, la llevó en coche. Un Ford rojo.

- Es el coche de la empresa- le dijo con una sonrisa que nollegó a comprender bien. Amablemente, pero con una intensidad que le hacíacontener el aliento, draco le dioconfianza para que le hablara de sí misma. De su familia, de sus amigos, de susgustos. De su ambición de estudiar Arte para dedicarse a la publicidad. Aldecirle aquello, draco frunció el ceño y le preguntó su edad. Incapaz dementir, Hermione se sonrojó y le dijo la verdad. Draco frunció el ceño todavíamás y ella se mordió el labio porque sabía que lo había echado todo a perder.Draco la llevó de vuelta a casa y sedespidió con un escueto «Buenas noches».

 

Hermione se quedó destrozada. Durante muchos días, apenas comióy no pudo dormir. Estaba a punto de tener un problema serio de salud cuandodraco la llamó una semana más tarde. La invitó al cine. Hermione se sentó a sulado en la oscuridad y no dejó de mirar la pantalla, pero no vio nada, sólo podíaconcentrar su atención en la proximidad de draco, en el sutil aroma de sucolonia, en su rodilla a unos centímetros de la suya, en el tacto de sushombros, que se rozaban. Con la boca reseca, tensa y con temor a hacercualquier movimiento por no echarlo todo a perder una segunda vez, no pudoevitar un gritito cuando él le agarró la mano. Con expresión seria entrelazósus dedos.

-Tranquila- murmuró- No voy a morderte.

El problema era que ella estaba deseando que la mordiera.Incluso entonces, ingenua como era, sin saber cómo debía comportarse con unhombre, lo deseaba con una desesperación que debía ser patente en su rostro.Draco murmuró algo y apretó su manoentre la suya mientras volvía a concentrarse en la película. Aquella noche labesó con tal deseo que herms sintió cierto temor antes de que la dejaramarchar.

En su siguiente salida, la llevó a un restaurante muy tranquiloy no dejó de mirarla durante la cena, mientras le contaba cosas acerca de símismo. Acerca de su trabajo como vendedor en una gran empresa de ordenadoresque le obligaba a viajar por todo el país. Acerca de su ambición de tener supropia empresa, de cómo ahorra ba todas sus comisiones para poder hacerlo algúndía. Hablaba con tal calma y suavidad que herms tenía que inclinarse haciadelante para no perderse palabra de lo que decía. No dejaba de mirarla, no paraobservarla, sino para absorberla. Cuando la llevó a casa, herms estaba enpeligro de explotar por la tensión sexual acu mulada. Sin embargo, se limitarona darse un beso. Lo mismo sucedió otra media docena de veces, hasta que un día,inevitablemente, en vez de llevarla al cine la llevó a su apartamento.

Después de aquel día, apenas iban a otros lugares. Estar solos yhacer el amor se convirtió en lo más impor tante de sus vidas. Draco se convirtió en lo más importante, por encimade sus notas, de sus ambiciones, de la opinión de sus padres, que no paraban demanifestarle su desaprobación sin menoscabar lo que sentía hacia draco.

Tres meses más tarde, y después de que draco estuviera fuera dossemanas, ella le estaba esperando en el apartamento.

-¿Qué haces aquí?- le preguntó draco

Sólo en el momento de recordarlo, siete años más tarde, se dabacuenta de que no le había gustado encontrarla allí. Tenía el rostro serio y cansado,igual, pensaba herms sentada en el cuarto de estar de su casa, que en losúltimos meses.

- Tenía que verte- le dijo, agarrándolo de la mano yarrastrándolo al interior del apartamento. Inevitable mente, hicieron el amor,luego ella hizo café y lo bebieron en silencio. Draco, que sólo llevaba unalbornoz, se sentó en su viejo sillón de orejas y ella se hizo un ovillo a suspies, y se abrazó a sus rodillas.

Entonces, le dijo que estaba embarazada. Draco no se movió ni dijo nada y ella no lo miró. Draco le acarició el pelo y ella apoyó lacabeza en la pierna.

 

Al cabo de unos momentos, draco dio un largo y profundo suspiro.Agarró a herms y la sentó en su regazo. Ella encogió las piernas, como unaniña, como Catherine cuando se sentaba en brazos de su padre para buscarconsuelo.

-¿Estás segura?

-Completamente- dijo herms, asiéndose a él, asiéndose al ejesobre el que giraba su vida- Me retrasé en el período y compré una de esaspruebas que venden en la farmacia. Ha dado positiva. ¿Crees que puede ser incorrecta?¿Voy al médico antes de que decidamos algo?

-No- dijo draco- Así que estás embarazada. Me pregunto cómo haocurrido- añadió pensativamente. Herms se rió nerviosamente.

-Es culpa tuya -le dijo- Eres tú el que tiene que tomarprecauciones.

-Y eso he hecho- replicó él- Bueno, al menos tenemos tiempo decasamos antes de que toda la ciudad se entere de por qué lo hacemos.

Y aquello fue todo. La decisión estaba tomada. Draco se ocupó detodo, evitando que ella sufriera cualquier pregunta indiscreta, cualquierinconveniente, ayudándola a soportar la decepción que suponía para sus padres.

Una vez más, fue siete años más tarde, cuando se dio cuenta delverdadero significado de sus palabras: «Al menos tenemos tiempo de casamos antes deque toda la ciudad se entere de por qué lo hacemos». Y, por primera vez, pensó que, talvez, en otras circunstancias, draco nose habría casado.

Ella lo había atrapado. Con su juventud, su inocencia, con suconfianza infantil y su ciega adoración. Draco se había casado con ella porque creía que eralo que tenía que hacer.

El amor no tenía nada que ver con el asunto.

El sonido de una llave en la puerta principal la devolvió alpresente. Se dio la vuelta. Sentía una extraña calma, un extraño alivio. Miró alreloj de pared. Eran las ocho y media. Draco no iba a volver a casa hasta varias horasdespués. Tenía una cena de negocios, le había dicho. Qué burda le parecióaquella excusa, se dijo sonriendo amargamente y acercándose a la puerta delcuarto de estar.

Draco le daba la espalda.Herms se dio cuenta de la tensión de losmúsculos del cuello y de la rigidez de su espalda bajo la tela de su abrigonegro.

Se dio la vuelta lentamente y sonrió. Hermione observó su rostro cansado, pálido. Draco miró al teléfono des colgado. Se acercó, dejóla cartera de cuero en el suelo, y levantó el auricular. La mano le temblabaligeramente al dejarlo en su lugar.

Pansy debía haberlo llamado. Debía haber sentido pánico al verque ella se negaba a contestar al teléfono y lo había llamado para decirle loque había hecho. Le habría gustado oír aquella conversación, pensaba Hermione.La acusación, la defensa, la confesión y el veredicto.

Draco la miró, y elladejó que la observara durante unos instantes. Luego, sin decir nada, se dio lavuelta y volvió al cuarto de estar.

Era culpable. Lo llevaba escrito en su aspecto. Culpablesin atenuantes.

Pasaron algunosminutos antes de que draco se reuniera con ella en el cuarto de estar.Necesitaba algún tiempo para prepararse para lo que iba a ocurrir. Hermione lo esperaba sentada, pacientemente.Curiosamente, estaba muy tranquila. Su corazón latía a un ritmo normal y teníalas manos apoyadas relajadamente sobre el regazo.

 

Draco entró.Se había quitado el abrigo y la chaqueta, y se había desanudado la corbata ydesabrochado el cuello de la camisa. No miró a Hermione y se dirigió al mueble bar para servirse unwhisky.

-¿Quieresuno?- le preguntó a Hermione.

Ella negó conla cabeza. Draco no repitió la pregunta,tampoco la miró. Se sirvió una generosa cantidad de whisky y se sentó en elsofá, frente a Hermione. Dio un largo trago.

-Tienes unaamiga muy fiel- dijo. «y un maridoinfiel», pensó Hermione.

Draco cerrólos ojos. No la había mirado desde que entrara en la habitación. Estiró laspiernas y tomó el vaso con ambas manos. Hermione se fijó en sus dedos: largos,fuertes y con las uñas perfectamente cortadas.

Era un hombrefuerte y alto, y siempre aseado. Buenos zapatos, trajes elegantes, camisas amedida y corbatas de seda. Estaba más pálido que de costumbre, pero susemblante, que reflejaba tensión, seguía siendo atractivo. Sus rasgos eran bienformados y suaves, tenía la nariz recta y la boca delgada, en un gesto dedeterminación. Iba a cumplir treinta y dos años y siempre había sido muymasculino, aunque, con el paso de los años, habían ido aflorando otras facetasde su carácter.

Habíaadquirido una fuerza interior, que, tal vez, suele aparecer siempre con lamadurez, y una nueva confianza y conciencia de la propia valía. Su rostroreflejaba su personalidad, es decir, la de un hombre acostumbrado a ejercer elpoder y con la capacidad de superar eficazmente las dificultades. En sucompañía, se tenía la sensación de estar ante un hombre especial.

Otro rasgoeminente de su personalidad, pensaba Hermione, era su dominio de sí mismo.Draco siempre había poseído una grancapacidad para controlar sus emociones, raramente perdía los nervios, raramentese irritaba cuando las cosas no marchaban como él quería. Ante los problemas,tenía la rara habilidad de olvidar los aspectos negativos y extraer lo máspositivo de la situación.

Aquél era elrasgo más sobresaliente de draco malfoy, presidente de Máster Holdings, unaorganización que, en pocos años, había crecido de un modo extraordinario.Compraba pequeñas empresas que no marchaban bien y las reconvertía en filialesde la suya, logrando que obtuvieran grandes beneficios.

Y lo habíahecho todo con sus propios medios. Manteniendo un delicado equilibrio entre eléxito y el desastre, aunque sin llegar aponer en peligro el bienestar de su familia, había construido un pequeñoimperio. Por el contrario, la había rodeado de lujo, tanto como podía desear.

-Y ahora,¿qué?- preguntó de repente, levantando los párpados y revelando la belleza desus ojos grises y profundos.

Así que no ibaa tratar de negar nada, se dijo Hermione. Deseaba encontrar algo que decir,pero no sabía qué.

-Dímelo tú-dijo, todavía con aquella tranquilidad asombrosa.

Pansy debíahaberle dicho que temía que cometiera colgarse de una lámpara. Qué melodramático,qué novelesco. Pobre pansy, pensaba Hermione con simpatía, qué mal tenía quehaberlo pasado.

 

-Es una zorra-gruñó draco.

La idea quetenía de pansy, obviamente, no se parecía a la de Hermione. Se inclinó haciadelante apretando el vaso de whisky entre las manos. Tenía el ceño fruncido yle temblaba un músculo de la mandíbula. Apoyaba los codos en las rodillas y noapartaba la vista de la alfombra.

-Si no hubierametido las narices, podrías haberte ahorrado todo esto. ¡Ya habíaterminado!-espetó- ¡Si supiera cerrar la boca, se habría dado cuenta de quetodo había terminado! Esa zorra me la tenía jurada. Ha estado esperando a quecayera para hincarme el diente. Pero nunca pensé que caería tan bajo como parahacerlo a través de ti.

Era cierto,pensaba Hermione. Maldita pansy, ¿por qué se había metido donde no la llamaban?

-¡Di algo, porDios!- gruñó draco.

Hermione parpadeó,porque draco nunca le había levantado lavoz, y se dio cuenta de que, desde que draco había entrado, tenía los ojosfijos en él, pero sin verlo. Sólo se fijó verdaderamente en él en aquellosinstantes, como si necesitara que sucediera algo para darse plena cuenta de loque estaba ocurriendo. Aunque, en realidad, no deseara que sucediera por temora echar se a llorar y derrumbarse.

«Así debesentirse uno», se decía, «cuando muereun ser querido».

-Quiero eldivorcio- dijo.

Fue lo primeroque le vino a la cabeza y se sorprendió tanto de oírlo como el propio draco.

-Tú puedesmarcharte, yo me quedaré con la casa y los niños. No creo que tengasdificultades para mantenemos- añadió y se encogió de hombros. No cabía en sí deasombro ante su propia tranquilidad, cuando lo normal era gritarle como unaesposa ofendida.

-¡No seasestúpida!- gruñó draco- Eso no es posible y tú lo sabes.

-No grites,vas a despertar a los niños.

Aquello fue lagota que colmó el vaso. Draco se puso en pie y dejó el vaso sobre la repisa dela chimenea con un sonoro golpe y derramando el líquido sobre el mármol de larepisa.

Draco miró aHermione con furia, pero no pudo sostener por mucho tiempo su mirada. Agachó lacabeza, apesadumbrada y se metió las manos en los bolsillos.

-Mira...- dijoal cabo de unos instantes, tratando de recobrar la calma- No era lo que túcrees, lo que esa zorra te ha hecho creer. Sucedió sólo... por casualidad... yse acabó casi antes de empezar- dijo haciendo un seco ademán.

«Pobre laverne», pensó Hermione, «guillotinadade un plumazo».

-Tenía muchapresión en el trabajo. La compra de Harvey's ha sido muy arriesgada y amenazabatodo lo que he conseguido- prosiguió draco, y tomó el vaso de whisky y dio unlargo trago- He tenido que trabajar día y noche. Tú has tenido que ocuparte delusius y he pasado más tiempo con ella que contigo. Luego, los mellizostuvieron dengue y no quisiste quecontratáramos a una enfermera. Estabas agotada, casi enferma, y yo estabapreocupado por ti, por los mellizos, por lusius, que no dormía más de mediahora seguida, y con más dificultades que nunca en la empresa. Creí que lo mejorpara ti era que no te preocupara contándote mis problemas en la oficina...

 

Draco hablaba de los meses anteriores. Un periodo enque Hermione pensó que todo lo que podía ir mal había ido mal. Pero no se lehabía ocurrido añadir a su lista de problemas que su marido la engañaba conotra mujer.

-herms...-dijo draco con voz grave- no era mi intención. Ni siquiera quería hacerlo. Peroella estaba allí cuando yo necesitaba a alguien, y tú no estabas, y yo...

-¡Cállate!-exclamó Hermione.

Le dieronnáuseas y tuvo que llevarse la mano a la boca para no vomitar sobre su preciosay carísima alfombra. Se levantó, draco hizo intención de ayudarla y ella ledirigió una mirada hostil. Fue dando tumbos hasta el mueble bar y, con manostemblorosas, se sirvió whisky. Era una bebida que detestaba, pero, en aquellosmomentos, sentía la angustiosa necesidad de beber algo fuerte.

Draco seguíade pie. La miró con desconsuelo al verla beberse el whisky de un trago y cerrarlos ojos echando la cabeza hacia atrás.

Draco trataba de mantener la calma, pero la tormentase había desencadenado. Su cuerpo fue sacudido por un mar de emocionesviolentas. Le palpitaba el corazón y trató de respirar profundamente, perotenía la sensación de tener los pulmones encharcados. Tenía paralizados losmúsculos del estómago, su cerebro, al contrario, estaba sumido en un torbellinode angustia y dolor.

-¡Se haacabado, Hermione!- dijo draco con una voz grave que ella nunca le había oído-¡Por Dios, Hermione, se ha acabado!

-¿Cuándo seacabó?- le preguntó mirándolo a los ojos- ¿Cuando te permitiste el lujo devolver a hacer el amor conmigo? Pobre laverne- El whisky comenzaba a hacer elefecto deseado.

-¿Me preguntoa quién de las dos tomas por imbécil?- draco sacudió la cabeza negándose aaceptar la lucha.

-Simplemente,ocurrió- dijo tristemente, pasándose la mano por el pelo- Ojala no lo hubierahecho, pero no puedo echar marcha atrás, aunque sea lo que más deseo. Por si tesirve de algo, te diré que me avergüenzo de mi mismo. Pero, y te lo juro porDios, te doy mi palabra de que no volverá a suceder de nuevo.

-Hasta lapróxima vez- dijo Hermione y fue a salirde la habitación antes de que los sentimientos sombríos que se agolpaban en suinterior estallaran con amargura.

-¡No!- exclamódraco, agarrándola del brazo y atrayéndola hacia sí-.¡Tenemos que arreglarlo!Por favor, sé que te he hecho daño pero necesitamos...

-¿Cuántasveces?- le espetó Hermione, perdiendo el control -¿Cuántas veces has venidooliendo a su perfume? ¿Cuántas veces me has hecho el amor por obligacióndespués de haberte acostado con ella?

-¡No, no, no!-dijo agarrándola por ambos brazos mientras ella trataba de liberarse -¡No,Hermione! ¡Nunca! ¡No he dejado que llegara tan lejos!- Se puso pálido ante lamueca de incredulidad de Hermione.

-¡Te quiero,Hermione!- dijo con voz grave -¡Te quiero!

 

Por algunarazón, aquella declaración desesperada la enervó y, llevada por la violencia,le dio una bofetada. Draco se quedó depiedra. Hermione se apartó de él.

Nadie que laconociera la habría creído capaz de sentir tanto odio como revelaban sus ojos.Draco estaba atónito, tratando de digerir el horror que contenía aquellamirada.

Sin decir nadamás, Hermione dio media vuelta y salió de la habitación. Se detuvo en la puertade la habitación que compartía con draco y luego, se dirigió a la habitación delusius. El niño ni se movió cuando entró. Hermione se acercó se inclinó sobrela cuna y se quedó mirando a su hijo preguntándose si el intolerable dolor quesentía en su interior la haría enfermar.

Luego, eldique que contenía sus emociones se rompió y con un sollozo cayó sobre la camaque sería de lusius cuando creciera. Se arropó con la manta y ahogó su llantoen la almohada, para que nadie la oyera.


La mañanacomenzó con el gorjeo de lusius que,completamente despierto, pataleaba alegremente en su cuna. Hermione tardó unos instantes en darse cuenta de porqué estaba durmiendo en aquella habitación.

Sintió quealgo se rompía en su interior al recordar la noche anterior, pero, a los pocosinstantes, experimentó una gran calma, se sentía vacía, hueca.

Se levantó y fruncióel ceño al darse cuenta de que llevaba la misma ropa del día anterior. Se llevóla mano a la cabeza. Tenía aún el pelo recogido con una goma. Se la quitó ysacudió la melena. Tenía un aspecto desastroso y se sentía muy mal. Ni siquierase había molestado en quitarse las zapatillas de deporte para dormir. Se sentóen la cama y se las quitó. En aquel momento, el niño se dio cuenta de supresencia y dio un gritito de alegría.

Hermione seinclinó sobre la cuna. La sonrisa de su hijo fue como un bálsamo para su tristecorazón. Por unos instantes, se sumergió en la alegría que suponía disfrutar desu hijo. Le dio unos golpecitos en el vientre y murmuró las cosas que lasmadres suelen decirles a sus hijos, y que sólo ellas y sus hijos entienden.

Aquello le pertenecía,se dijo. No importaba qué cosas querría arrebatarle o concederle la vida, jamáspodría quitarle el amor de sus hijos. «Esto», se dijo, «es sólo mío».

Lusius estabaempapado. Hermione le quitó el pañal antesde sacarlo de la cuna. Lusius siempreestaba alegre por las mañanas. No dejó de gorjear y moverse cuando lo llevó albaño, para limpiarlo y refrescarlo.

Lo sacó, loenvolvió en una toalla y volvió a su habitación para vestirlo. Normalmente, lohabría llevado a la cocina para darle el desayuno sin siquiera vestirlo y sinvestirse ella. Normalmente, lo hacía cuando los niños se habían ido al colegioy su marido a trabajar, pero no podía despertar a los mellizos con aquelaspecto. Le preguntarían por qué tenía una pinta tan desastrosa sin el menorrubor.

Hizo acopio devalor y abrió la puerta de su habitación. Sabía que draco sólo estaría mediodormido. Entró sin hacer ruido y miró hacia la cama, sumida en la penumbra delamanecer. No estaba allí. Oyó ruido en el baño y draco apareció al cabo de uninstante. Llevaba una camisa blanca y pantalones grises. En cuanto la vio, sedetuvo bruscamente.

 

Desde que loconocía, Hermione nunca se había sentido tan vulnerable en su presencia. Eraconsciente de su desamparado aspecto: de sus ojos enrojecidos por el llanto, dela palidez de su semblante y de sus cabellos enredados.

También estabaalerta ante él. Observaba lo alto que era, la fortaleza de su cuerpo y susmúsculos esbeltos. El ancho pecho, las caderas estrechas y las piernas largas ypoderosas...

Tragó saliva ylevantó la vista. Cruzaron una mirada. Tampoco él tenía buen aspecto. Parecíacansado, como si no hubiera dormido mucho. Debía haber estado pensando,tratando de encontrar una solución, la salida a una situación imposible. Era unade sus virtudes convertir los fracasos en éxitos. Era la causa principal de suprosperidad.

Acababa deafeitarse, su barbilla parecía limpia y suave. Hermione absorbió el familiararoma de su loción de afeitar y se dio cuenta de que sus sentidos respondían.La atracción sexual no conocía límites, reconoció amargamente. Incluso enaquellos instantes, sin dejar de odiarlo y despreciarlo, sabía que era elhombre al que había amado ciegamente durante muchos años.

Se acercó a lacama, apoyó la rodilla en el colchón y dejó a lusius sobre la colcha. Entonces,se dio cuenta de que draco no había dormido en aquella cama, la única evidenciade que la había utilizado era la huella de su cuerpo sobre el edredón de colormelocotón.

Lusius se puso a patalear, tratando de captar laatención de su padre, que, sin embargo, no apartaba los ojos de Hermione. Elniño gritó con frustración y se puso colorado del esfuerzo de tratar de sentarsesobre la cama. Hermione sonrió al ver sus dificultades y le tendió una mano,que el niño usó para equilibrarse.

Draco se acercó al otro lado de la cama e,inconscientemente, estiró el brazo para ayudar a lusius -¡Pa!- dijo el bebé triunfalmente, librándosede ambas manos para prestar toda su atención a la colcha. Hermione mantuvo lavista fija en su hijo, dándose cuenta de que draco no apartaba los ojos deella.

-herms, porfavor, mírame- dijo draco con unasúplica que conmovió las entrañas de Hermione.

-No- dijo ellacon un susurro, tratando de mantener la calma.

Draco profirió un suspiro. Levantó a su hijo, le dioun beso en la mejilla y lo volvió a dejar sobre la cama. Hermione fue a levantarse, pero draco fue más rápido que ella. La agarró por lacintura y tiró de ella hasta que pudo estrechada entre sus brazos.

A Hermione ledieron ganas de sumergirse en el calor que draco le ofrecía. Se puso tensa ytuvo que hacer esfuerzos por no llorar.

-No llores- ledijo draco.

Era lo peorque podía haber dicho, porque, al ver el gesto de ternura de draco, Hermionecomenzó a sollozar sobre su hombro. Draco la estrechó con fuerza y enterró lacabeza entre sus cabellos.

-Lo siento-dijo una y otra vez -Lo siento, lo siento, lo siento...- Pero no era bastante.No podía ser bastante. Draco había acabado con todo. El amor, la fe, laconfianza, el respeto, todo se había desvanecido, y las disculpas no iban adevolvérselo.

 

-Estoy bien-murmuró Hermione, haciendo un esfuerzo monumental por recobrar la calma yapartarse de él. Pero draco la estrechó con fuerza.

-Sé que te hehecho mucho daño- dijo, tratando de contener sus propias lágrimas. Hermione podíasentir la tensión de su pecho, el ritmo errático de su corazón -Pero no tomesninguna decisión precipitada mientras... Lo tenemos todo para ser felices sinos das otra oportunidad. No lo tires todo por la borda sólo porque he cometidoun error estúpido. ¡No puedes tirarlo todo por la borda!

-No he sido yoquien lo he hecho- replicó Hermione. Aquella vez, draco dejó que se separara deél. Tenía una mirada triste y desolada. Hermione, buscando algo que ponerse,fue del armario a la cómoda y vuelta al armario, sin saber realmente lo queestaba eligiendo.

Había pasadomuchos años comprendiendo sus ambiciones, teniendo una fe ciega en él. Muchosaños aguardándole en casa, esperando sus caricias como un perro o un gato, comouna mascota, mientras él alimentaba en casa sus necesidades básicas: comida,bebida y un paseo de vez en cuando, y ella lo había aceptado con alegría.

«¡Qué criaturamás patética eres!» se dijo.

Lusius dejó escapar un chillido. Los dos dieron unrespingo. El niño, aburrido de jugar solo, reclamaba su desayuno.

Hermione se quedó inmóvil en el centro de lahabitación, con la ropa en las manos, preguntándose qué hacer a continuación.Vestirse o atender a Lusius. Era una elección muy sencilla, pero no parecía encondiciones de tomarla. Fue draco quien finalmente levantó al niño.

- Yo me ocupode él. Vístete tranquilamente, todavía es temprano- dijo y se marchó por lapuerta. Hermione suspiró, sintiendo que la tensión de la habitación serelajaba.

El desayunofue horrible. Hermione veía una provocación en cada gesto. En Catherine porque comía demasiado, en Scorp porque se comió los cereales con muy pocaleche, ella llenó demasiado la cafetera y su café estaba demasiado amargo. Alfinal, se enfadó consigo misma por reaccionar contra todo, frustrada por nosaber lidiar con su propia desgracia. La tomo con Scorp porque se había dejado el ordenador encendidola noche anterior, con todos los juegos esparcidos sobre la alfombra. Cuandoterminó de reñirlo, el pobre niño estaba pálido y rígido, Sharian sorprendida,lusius callado y draco...

Draco simplemente estaba sombrío. El resto deldesayuno transcurrió en silencio. Los niños se mostraron visiblemente aliviadoscuando su padre los mandó a recoger sus cosas para irse al colegio.

-¡No teníaspor qué tratar así a Scorp!- le espetó draco en cuanto Scorp y Catherine podían oírlo -¡Sabes muy bien que normalmentees muy ordenado! Vas a convertirlos en un manojo de nervios si no pones máscuidado. Son unos chicos estupendos y se comportan muy bien la mayor parte deltiempo. ¡No voy a dejar que la tomes con ellos porque estés enfadada conmigo!

Hermione se dio la vuelta hecha una furia.

-¿Y desdecuándo estás aquí el tiempo suficiente para saber cómo se comportan?- le dijo,viendo con gran satisfacción que se ponía tieso como un clavo -Los ves duranteel desayuno, ¡pero sólo cuando dejas de leer tu precioso FinancialTimes! ¡La mayoría del tiempo ni siquiera te acuerdas deque tienes tres hijos! Los... los quieres como quieres... a esa pintura deLowry que compraste, eso cuando piensas en ellos. ¡Así que no me digas cómotengo que educar a mis hijos cuando como padre eres un completo inútil!

 

¿Qué leocurría? Se preguntó dando un paso atrás mientras draco se ponía en pie y se acercaba a ella.

-Me puedesacusar de muchas cosas, Hermione - dijo draco entre dientes -Y, probablemente, la mayoría deellas me las merezco, ¡pero no me puedes acusar de no querer a nuestros hijos!

-¿De verdad?-le preguntó Hermione con sarcasmo -¡En primer lugar, te diré que sólo tecasaste conmigo porque estaba embarazada de los mellizos! ¡Incluso lisius fueun error al que te costó acostumbrarte!

Draco dio un puñetazo sobre la mesa. Hermione parpadeó al verlo levantar la mesa, apartarlapara levantarse y acercarse a ella. La violencia casi se podía palpar. A Hermione se le secó la garganta al ver cómo draco se aproximaba a ella con la intención,creía ella, de estrangularla.

En el últimomomento, cambió de opinión y la agarró por los hombros. Hermione se dio cuenta de que estaba temblando.

- Es demasiadopequeño para comprender lo que estás diciendo- dijo con una voz ronca yseñalando a Itachi con la cabeza -pero si los mellizos te oyen, si les dasalguna razón para que piensen que no los quiero, te...

No terminó lafrase. No hacía falta, Hermione sabíaexactamente cómo continuaba. Draco siguió mirándola por unos instantes, luego lasoltó y salió de la cocina.

Tragó saliva ydio un profundo suspiro, y sólo entonces, se dio cuenta de que había estadoconteniendo la respiración. Sólo por pura necesidad de consuelo, levantó alusius y lo meció en sus brazos.

Se avergonzabade sí misma. Y también estaba furiosa, porque, al haberle gritado de aquellamanera, le había dado el derecho a meterse con ella, cuando, hasta ese momento,era ella la que tenía todo el derecho a meterse con él.

Al llegar el fin desemana, los mellizos se dieron cuenta de que algo extraño sucedía. Y, comosiempre, fue la observadora y callada Catherine quien quiso saber qué era.

-¿Por qué estásdurmiendo en la habitación de lusius , mamá?- preguntó el domingo por la mañana mientras todala familia estaba reunida en la cocina, desayunando.

La niña lo había descubierto porque aquella mañana lusius había dormido hasta más tarde de lo acostumbrado, con locual, su madre también se había despertado tarde. Después de pasar variasnoches durmiendo mal en una cama demasiado pequeña y atormentada por suspensamientos, estaba exhausta; la noche anterior, para su alivio, habíaconciliado el sueño nada más meterse en la cama, y no se había despertado hastaque Scorp entró en la habitación.

 

Pero no se sentíamucho mejor que los días anteriores, porque, si dormir había servido para dardescanso a su cuerpo, su mente no había reposado en absoluto. Sabía qué habíasoñado, pero, desde luego, sus sueños no habían aliviado el peso de su corazón,ni su rabia, ni su amargura. Incluso se aborrecía a sí misma por no hacer nadapara remediar la situación.

Draco le había aconsejado que no tomara ningunadecisión hasta que no estuviera un poco más tranquila, hastaque dejara de ser la criatura patética en que se había convertido, peroaquel consejo sólo le servía como excusa para no enfrentarse a la realidad.

draco no teníamejor aspecto que ella, su rostro reflejaba la misma tensión. Desde la nochefatídica de la llamada de pansy,había estado llegando a las seis y media todos los días. hermione sospechaba que sedebía más a que lo había criticado como padre que al deseo de demostrarla quesu aventura había terminado.

Llegaba a tiempopara bañar a los niños y meterlos en la cama mientras ella preparaba la cena.En apariencia, su vida transcurría normalmente, y los dos hacían un granesfuerzo por que los niños no se enteraran de sus problemas.

Cada noche, durantela cena, draco hacía algún intento por mantener una conversación, pero hermionepermanecía en silencio, de modo que él desaparecía en su estudio en cuantoterminaban de cenar. Hermione recogía lamesa y subía a acostarse a la habitación de lusius, sintiéndose cada día unpoco más sola, un poco más deprimida.

Saber que su maridola engañaba había supuesto para ella un golpe brutal que había conseguidoanular su voluntad, de modo que su vida transcurría en una lenta monotonía y nose daba cuenta de lo que hacía draco la observaba, serio y en silencio,esperando que Hermione saliera de su letargo y estallara.

En aquellosmomentos, la pregunta de su hija la devolvía a su cruda situación. Se sonrojóligeramente y se las ingenió para dar una respuesta coherente.

- A lusius le estánsaliendo los dientes otra vez- draco arrugó ligeramente el periódico que estabaleyendo y Hermione se dio cuenta de que estaba escuchando. Y puede que tambiénla estuviera mirando de reojo. Ella no lo miró. En realidad, le importaba muypoco lo que pudiera hacer.

Morena y con ojos ambar,catherine tenía, además, la misma mirada inteligente de su madre. Asintió, comosi comprendiera perfectamente lo que decía hermione. Los dientes de lusius habían sido untormento para todos en las noches anteriores. Aunque a hermione no se le habíaocurrido irse a dormir a su habitación. Pero aquello no se le había ocurrido a catherine,que prestaba atención a su querido padre.

- Seguro que echasde menos poder abrazar a mamá, ¿verdad, papá?- dijo bajándose de la silla yacercándose a draco- Si me lo hubieras dicho, habría ido a darte un abrazo-dijo y fue a sentarse sobre las rodillas de su padre, sabiendo que sería bienrecibida.

La tensión seapoderó de la habitación.

- Muchas gracias,mi reina- dijo draco, doblando el periódico para prestar atención a su hija-Pero creo que puedo estar solo unos días más antes de que me sientacompletamente triste.

 

Si aquel comentarioiba dirigido a ella, Hermione lo ignoró, y siguió sentada bebiendo café, sinrevelar el esfuerzo que le costaba. Observó a Draco, allí sentado con su albornoz azul, que dejabaal descubierto la mata de vello que le cubría el pecho. Besó a Catherine en lamejilla y esbozó una sonrisa tan encantadora que a Hermione se le hizo un nudoen el estómago, como si tuviera celos de su hija. ¡Celos de su propia hija!¿Cómo era posible tanta amargura?

No pudo evitar darun respingo mientras recogía los platos, Draco la miró y ella le devolvió lamirada: Draco debió ver algo en sus ojos ambars, porque frunció el ceño se dio la vuelta de inmediato,pues estaba incómoda y desconsolada.

Pero su marido ysus hijos parecieron ignorar su reacción. Scorp intervlaverne en laconversación que Draco estaba teniendo con Catherine, e incluso Lusius insistió en que lesacaran de su silla. Draco lo sacó y lo sentó sobre sus rodillas, mientras elniño alegraba la conversación con sus particulares gorgojeos. Hermione no pudosoportarlo. Había algo en aquella atmósfera de cariño que le ponía los nerviosde punta. Se sentía incapaz de unirse a ellos, como habría hecho normalmente. Laverne se lo impedía. Suimagen era como un muro infranqueable que la separaba de su familia, del afectoy el amor de los suyos.

Dejó de fregar losplatos, porque corría el riesgo de romper alguno y salió de la cocina diciendoentre dientes:

- Voy a hacer lascamas- Nadie la oyó y se sintió aún peor, más apartada de su familia.

Estaba en sudormitorio, el dormitorio de Dracoy ella, mirando al vacío, cuando entró Draco. Con un gesto nervioso se dirigió al baño,tratando de aparentar que eso estaba haciendo cuando Draco abrió la puerta.Cuando salió, él seguía allí, al lado de la ventana y con las manos metidas enlos bolsillos. Era alto y gallardo y, en aquel momento, estaba tan atractivoque a Hermione le dabanganas de tirarle algo, de hacer cualquier cosa para mitigar su profundo dolor.

Haciendo unesfuerzo por ignorar su presencia, comenzó a arreglar la habitación. Se acercóa la cama, que, desde la llamada de Pansy, se había convertido en el mueble más odioso de la casa.Cada día era más difícil estirar las sábanas, ahuecar las almohadas, cubrirlacon la colcha. Olía a Draco,a su olor limpio y mascullaverne. Despertaba sus sentidos, que creía dormidos.Al contrario de lo que había esperado, su deseo por Draco no había disminuido, slaverne todo locontrario. La traición de Dracono había provocado más que la odiosa actitud de estar siempre pendiente de él.El odio alimentaba el deseo, y el deseo hacía su tormento todavía mayor.

Draco se dio la vueltalentamente y observó a Hermione.Al cabo de un rato, cuando el silencio comenzaba a hacerse insoportable, seacercó a ella y se interpuso en su cama laverne

- Hermione...- dijocon suavidad. Hermionepermaneció con la cabeza agachada, sin querer mirarlo a los ojos - ¿Te acuerdas de que tengo que pasar lasemana que viene en Londres?

No, no se habíaacordado hasta aquel momento. Sintió una ira repentina al comprobar que Draco anteponía sus negociosa su vida privada, cuando ésta estaba en crisis

 

-¿Qué te meto en lamaleta?- ¿Iba a ir Laverne con él? ¿Iban a dormir en la misma habitación? ¿Ibana pasar toda una preciosa semana sin que nadie les interrumpiera?

Le palpitaba elcorazón y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no retroceder para apartarse deél. Retroceder habría sido como otorgarle una especie de victoria, así que sequedó donde estaba, sin mirarlo, con el semblante pálido. Físicamente, nohabían estado más cerca desde la noche en que todo estallara por los aires. Hermionesintió escalofríos.

-Cualquier cosa-replicó Draco con impaciencia. Hermionesolía hacerle la maleta siempre que él se marchaba de viaje. Y leencantaba hacerlo, guardar sus camisas, contar los pares de calcetines, la ropainterior, meter algunos pañuelos, las corbatas y los trajes. Inclusoen aquellosmomentos, mientras rogaba que se apartara de su camlaverne para poder alejarsede él y con ganas de decirle que se hiciera él la maleta, no podía evitarhacer, mentalmente, una lista con todo lo que necesitaba.

Draco permaneció inmóvil y latensión entre ellos se hizo intolerable. No se atrevía a decir nada por miedo aque Hermione loutilizara en su contra.

-¿Vas a estarbien?- preguntó por fin- Puedo llamar a mi madre para que se quede contigo, sino quieres quedarte sola, si te hace falta compañía, o

-¿Y por qué me ibaa hacer falta compañía?- le espetó Hermione, dirigiéndole una mirada penetrante- Nunca me ha hechofalta una niñera cuando te vasde viaje y no me va a hacer falta ahora.

Draco apretó lamandíbula, pero mantuvo la tranquilidad.

-Yo no estabaponiendo en duda tu capacidad- dijo- pero estás muy cansada y me preguntaba si,con todo lo que está pasando, no te vendría bien alguna ayuda.

«Muy cansada», se repitió Hermione, no estaba sólocansada, estaba agotada.

-¿Tu secretaria vacontigo?- Hermione searrepintió de aquella pregunta nada más hacerla.

- Sí, pero...

- Entonces no tengopor qué preocuparme por ti, ¿verdad?

-Hermione- -dijo Draco, dandoun suspiro- Laverne no...

-¡No quierosaberlo!- exclamó Hermioneempujándolo, prefiriendo rozar su cuerpo a permanecer allí quieta por mástiempo soportando aquella conversación

- Entonces, ¿paraqué me lo preguntas?- reclamó Draco en voz alta e inmediatamente hizo un granesfuerzo por controlarse- ¡Hermione,tenemos que hablar!

Hermione estaba haciendo lacama. Apretaba los dientes y seguía con su trabajo porque era lo único que leque daba por hacer.

-No podemos seguirasí- dijo Draco -¡Tienes que darte cuenta! A Catherine le parece muy raro que duermas con Lusius,lo que significa que, a partir de ahora, va a estar pendiente de nosotros, queva a vigilarte, a calcular los días que te quedas en la habitación de Lusius...

-Y no debemosmolestar a tu querida Catherine,¿verdad?- exclamó Hermione,y se avergonzó al instante. ¿Cómo podía sentir celos de su propia hija? Peroera cierto, estaba horriblemente celosa de su hija, porque tenía el amor de supadre.

 

- No pienso responder a eso, Hermione- dijo Dracosobriamente. Hermione terminó de hacerla cama, podía marcharse.

- Deja que teexplique que Laverne no...-dijo Draco.

- ¿Qué vas a hacerhoy? ¿Vas a quedarte en casa?

- Sí- dijo Draco, desconcertado- ¿Porqué?

- Porque yo tengoque salir y si tú te vas a quedar, no tengo que llamar a tu madre para que sequede con los niños.

Por qué había dichoaquello, Hermione no podía saberlo. Su decisión de salir no había sido unadecisión consciente. Pero nada más decirlo pensó que pasar unas horas sola,completamente sola, era vital para su integridad mental.

Abrió el armario,impaciente por salir y alejarse de su familia, y sacó lo primero que encontró,su anorak impermeable. Draco parecía un poco aturdido y se limitóa quedarse allíde pie, observándola.

-Hermione- dijo por fin- siquieres salir, sólo tienes que decirlo.

Hermione no atinaba acerrar la cremallera y se estaba poniendo cada vez más nerviosa. «¿Esposible sofocar sus propias emociones?», se preguntaba. Porque creía que esoera precisamente lo que estaba haciendo.

- Dame diez minutosy me voy contigo...- ¡Los zapatos! ¡No se había puesto los zapatos! Se inclinóy revolvió en la parte baja del armario. Draco seguía quieto en el mismo sitio,cada vez más perplejo.

Hermione encontró sus botas de cuero negras y se sentósobre la moqueta para ponérselas. Luegometió los pantalones en las botas con dedos temblorosos.

-¡Hermione... no hagas esto!- dijo Draco. Hermione se diocuenta de que estaba realmente afectado porque quisiera irse sola, su voz eragrave y denotaba impaciencia.

-Nunca has salidosin nosotros, espera a que todos...- Hermione apenas lo oía. Pero Draco teníarazón, ella nunca había salido sola. Si no con él, con los niños, o con sumadre. Durante toda su vida adulta, había vivido bajo el amparo protector deotros. Primero sus padres, luego sus amigas y finalmente, Draco. Sobre todo, Draco.

¡Pero por Dios,estaba a punto de cumplir veinticuatro años! Y allí estaba, convertida en amade casa, cada día menos atractiva, con tres hijos y un marido que...

-¡Me voy sola! ¡Note va a pasar nada porque, por una vez, te quedes con los niños!

- ¡No me estoyquejando de eso!- dijo Draco,suspirando y acercándose a ella- Pero, Hermione, nunca habías...

- ¡Exactamente!-exclamó Hermione, apartándosede él- Mientras tú te ocupabas de hacerte rico y de buscar a una amante, yoestaba sentadita en esta maldita casa, muriéndome de asco.

- ¡No digastonterías!- dijo Draco,agarrándola por la muñeca- Esto es ridículo, te estás portando como una niña.

- Precisamente, Draco, de eso se trata, ¿no te dascuenta?- dijo Hermione, apelando a la comprensión a pesar de que lo quemás deseaba era irse de allí cuanto antes- Eso es exactamente lo que soy... unaniña. Una niña a la que han explotado, a la que han herido profundamente. No hecrecido porque no me han dado la oportunidad de crecer. ¡Tenía diecisiete añoscuando me casé contigo!- le gritó- ¡No había terminado el colegio! Y antes deque aparecieras tú, mis padres me tenían entre algodones. Dios mío, quédecepción debió ser para ellos descubrir que su dulce y pequeña hija se habíaestado acostando con el lobo feroz.

 

Draco se rió. A Hermione nole sorprendió, sabía que su calificación era tan acertada que no tenía másremedio que reírse si no quería llorar.

- Y me quedéembarazada- prosiguió- y cambié a unos padres por otros, tú y tu madre.

- Eso no es cierto,Hermione- protestó Draco-Yo nunca te he visto como una niña. Yo...

-¡Mentira! ¡Eres unmaldito hipócrita mentiroso! ¿Y sabes por qué sé que eres un mentiroso? Por elmiedo que te da que yo quiera pasar algún tiempo sola.

- ¡Esto es unalocura!- dijo Draco, negandocon la cabeza, como si no creyera que aquella conversación pudiera tener lugar.

- ¿Una locura?-repitió Hermione-.¿Cómo crees que me siento sabiendo que he dejado que me hicieras todo eso? Loúnico que hice fue sentarme y dejar que me trataras como te daba la gana... ymira qué he conseguido. Veinticuatro años, tres hijos y un marido que se hacansado de mí. Así que, por favor, deja que me vaya.

Con un sollozo, seapartó de él y salió de la habitación. Corrió escaleras abajo, recogió el bolsode la mesita del recibidor y salió precipitadamente a la calle. El BMW de Draco cerraba el paso a suFord Escort blanco, así que tuvo que irse a pie, alejándose de la moderna casaen la que vivían desde hacía cinco años. En una casa situada en una de laszonas más acomodadas de Paris.Aquella casa le encantaba porque les ofrecía mucho más espacio que el pequeñopiso alquilado del centro de Parisen el que vivían anteriormente.

Sin embargo, enaquellos momentos, lo único que quería era alejarse de allí lo más deprisaposible. Se apresuró por la acera, bajo la sombra de los árboles, sabiendo que Draco no la seguiría. Todavíatenía que vestirse y vestir a los niños, así que no podría detenerla antes deque tomara el autobús.

El primero quellegó se dirigía al centro de Paris.Se sentó junto a la ventanilla y miró a través del cristal manchado de polvo yde gotas de barro. Se fijó en el parque al que solía llevar a los niños. ¿Oeran ellos los que la llevaban a ella? No lo sabía, ya no estaba segura denada.

Se subió el cuellodel anorak para protegerse del frío aire de septiembre, se metió las manos enlos bolsillos y comenzó a pasear por Paris, cuyas calles siempre estabansolitarias los domingos por la tarde. Estaba perdida en un mar de tristeza. Unmar más profundo a medida que un ojo interior se abría cada vez más paramostrarle cómo era la verdadera Hermione Uchiha.

Una mujer deveinticuatro años que se había estancado emocionalmente a la edad dediecisiete. Pensó que Draco laamaba porque había hecho el amor con ella y nunca se preguntó si la queríarealmente.

Pero había llegadola hora de hacerlo. Y, aunque la idea la mortificaba, se daba cuenta de quesólo se había casado con ella para aceptar su responsabilidad por haberladejado embarazada. Puede que Dracoconsiderara que estaba en su derecho de llevar otra vida, aparte de la que yallevaba con ella. No cabía duda, se trataba de eso. Draco quería llevar otra vida, una vida apartede la que llevaba con ella.

 

Hermione se dio cuenta, enaquellos momentos en que su vida estaba al borde del precipicio, de que Draco nunca había compartidocon ella aquella otra vida excitante y apresurada. Sólo había construido sumatrimonio para ella, para que jugara a ser esposa y madre de sus hijos, porqueera lo que ella quería ser.

Pero, ¿acaso setrataba sólo de un juego, de una fantasía? No lo sabía, no podía saberlo.

Caminó durantehoras. Horas y horas, sin darse cuenta del tiempo que pasaba. Tristes horas dereflexión, contemplando la intensidad de su propio dolor. Hasta que el máscompleto agotamiento la obligó a regresar a casa. Estaba agotada y hacía frío,así que tomó un taxi.

De repente, su casase convirtió en el único lugar del mundo en el que quería estar. Pero, al darsecuenta, experimentó una sensación de derrota, porque aquello significaba quesus horas de libertad no le habían hecho ningún bien.

Cuando entró en el salón, Draco estaba sentado en el sofá con un libroentre las manos. Tenía el aspecto de alguien que no se hubiera movido del sitiodurante horas. No se molestó en saludar a Hermione, que tras una corta pausaesperando su repentina explosión de furia, que no llegó, cerró la puerta y sedirigió a la cocina esbozando una sonrisa. Draco no la engañó ni por un momentocon su aire de indiferencia, le había visto mirando por la ventana justo antesde entrar por la puerta del jardín.

Dejó el abrigo sobre una de las sillas de la cocina, se quitó las botasy preparó café. Draco entró como un gato en busca de su comida diaria. Llevabavaqueros y camisa de algodón.

- Será mejor que llames a Pansy- murmuró, apartando una silla con el piepara sentarse en ella

- ¿Por qué?- dijo Hermione con curiosidad y mirándolo por un instante.

- Porque no he parado de llamarla creyendo que estarías en su casa yella no me lo quería decir.

- ¿Y por qué estás tan seguro de que no ha sido así?- Antes decontestar, Draco guardó silencio por unos instantes.

- Porque llamé a mi madre para que cuidase de los niños y me fui a suapartamento para ver si era verdad.

- Así que no sólo Pansy, slaverner también tu madre sabe que he estadofuera todo el día- dijo Hermione con acritud sirviéndose el café, que ya estabalisto.

- No puedes echarme la culpa de que estuviera tan preocupado después decómo te fuiste- se quejó Draco.

«Eso está mejor», pensó Hermione. «Eso leenseñará a no tratarme como a una niña. Puede que lo sea, pero eso no significaque me guste que me traten como tal. Además, así se dará cuenta de que supredecible esposa no es tan predecible después de todo.»

Se sentó frente a él, tomando con gusto la taza de café caliente entrelas manos, todavía frías. Draco se pasó las manos por el pelo y luego las apoyósobre la mesa y comenzó a tamborilear con los dedos, como si algún pensamientole rondara en su interior. Inclinó la cabeza hacia delante. Tenía el pelorevuelto, como si se hubiera pasado las manos por él muchas veces. Hermionenunca lo había visto así, con un aspecto tan frágil.

 

- Tus padres también lo saben- dijo inesperadamente- Los llamé cuando nose me ocurrió ningún otro sitio donde pudieras haber ido. Han estado esperandoque aparecieras por su casa toda la tarde. Será mejor que los llames paradecirles que estás bien.

Así que sólo se le había ocurrido llamar a tres sitios para localizarla.¿Qué le decía eso a ella de sí misma? Se preguntó, pero decidió que ya habíahecho suficiente auto análisis aquel día y decidió posponer la respuesta.

- Te voy a decir una cosa, Draco- le sugirió- ¿Por qué no los llamas túya que fuiste tú quien los has preocupado? Llama a tu madre y a Pansy, no tengoninguna gana de hablar con ella.

- ¿Con quién? ¿Con mi madre?

- No, con Pansy- dijo Hermione sarcásticamente - Has sido tú quien la havuelto a meter en este lío después de decirle que se ocupara de sus asuntos,así que, si crees que está preocupada, llámala tú.

- ¡Todos estábamos muy preocupados!- exclamó Draco, dirigiéndole unamirada furiosa.

- No pienso suicidarme- dijo Hermione con calma, sorbiendo su café.Cuanto más nervioso estaba Draco, más tranquila estaba ella - Puede que mehayas tomado por una imbécil, pero no me voy a perder el resto de mi vida poreso.

- ¡Yo no te he tomado por una imbécil!

- Claro que lo has hecho. Por ejemplo, cuando has perdido el tiempopensando que había hecho una tontería- dijo Hermione con mordacidad. Dracotragó saliva. Quería contenerse, evitar cualquier disputa.

- ¿Dónde has ido?- preguntó.

- A un lugar de Paris- respondió Hermione, irguiendo la cabeza conorgullo.

- ¿A qué parte de Paris? ¿Y para qué? Has estado fuera desde las diez dela mañana, ¡casi doce horas! ¿Qué has estado haciendo durante doce horas si lastiendas están cerradas?

- ¡Puede que haya salido con un hombre!- exclamó Hermione, y vio consatisfacción que a Draco le mudaba el semblante- No es tan difícil encontraruno, ¿sabes? Puede que haya decidido echar una canita al aire e irme abuscar... comprensión, ya que, últimamente, no encuentro mucha en esta casa-dijo con ironía. Draco se puso de pie, dando un golpe con la silla contra elsuelo.

- ¡Ya basta!- dijo Draco, pasándose la mano por el pelo- ¡Deja ya detomarte la revancha! No solías disfrutar haciendo daño a los demás.

Eso era cierto. Era extraño comprobar cómo podía cambiar una persona dela noche a la mañana. Nunca había tenido ningún deseo de hacer daño a nadie,pero, de repente, ni siquiera le importaba que sus padres estuvieranpreocupados por ella. Probablemente, la madre de Draco estaría sentada en suapartamento, apenas a un kilómetro de allí, esperando con inquietud una llamadaque le dijera que su adorable Hermione estaba bien.

- Haz esas llamadas y no tendrás que escucharme- replicó Hermione con lavista fija en la taza de café que tenía entre las manos.

Draco la miró con furia. Parecía a punto de estallar, pero, parasorpresa de Hermione, suspiró profundamente y se marchó. Hermione oyó quecerraba de un portazo la puerta del estudio e hizo una mueca.

Subió al piso de arriba para darse una ducha. Recogió su larga melena enel gorro de baño y se metió bajo el agua. Después de ducharse, mientras seponía el albornoz recordó que no había hecho la maleta de Draco. Con unamaldición, entró apresuradamente en la habitación, recogió la maleta de cuero,la dejó sobre la cama y la abrió.

 

- No hace falta que lo hagas- dijo Draco, desde la puerta- Esta tarde hecancelado el viaje.

-Vaya por Dios- dijo Hermione, mientras él cerraba la puerta- Quédecepción se habrá llevada Laverner.

Draco se encogió, como si alguien le hubiera golpeado con un látigo. Hermionesintió pánico al ver su semblante pálido. Draco se acercó, la agarró por losbrazos y ella se estremeció.

- Ya no puedo soportarlo- dijo Draco entre dientes- ¡No vas a cambiar deopinión sobre mí a pesar de lo que haga o diga!

- ¡Ya he cambiado de opinión sobre ti!- replicó Hermione, sintiendotemor ante el extraño brillo de los ojos de Draco-. ¡Pensaba que eras un santo,ahora sé que eres un perro!

-¡Pues entonces, voy a portarme como un perro!- exclamó Draco y la besó.

No fue un beso persuasivo, ni dulce, fue un beso brutal. Hermione gimió.Draco clavó sus manos como garras en sus hombros. Hermione hizo esfuerzos poralejarse, tratando de no tocar su cuerpo.

Draco le metió la lengua entre los labios y ella quiso morderle. Pero Draco,que preveía su reacción, apretó sus labios con fuerza para impedírselo y leacarició la lengua con sensualidad. Hermione se estremeció y le golpeó el pechocon los puños, en un desesperado intento por detener el ardor que despertaba ensu cuerpo. Aunque lo odiara desde lo más profundo de su ser, seguía siendovulnerable a sus caricias.

Gimió de nuevo y le dio una patada con su pie desnudo. Pero dio igual. Dracono estaba dispuesto a soltarle. El cuerpo de Hermione no era más que un juncoque se doblaba ante la voluntad de Draco. Con una mano la agarró por la cinturay con la otra la melena, tirando de ella para obligarla a abrir la boca y arecibir su beso.

Hermione estaba ardiendo, su cuerpo se sacudió con una oleada de caloral sentir el cuerpo de Draco apretándose contra ella. Pero no era sólo latemperatura de su cuerpo la que había sobrepasado los límites, slavernertambién sus sentidos. Estaba fuera de control, ansiosa, como una abejaprecipitándose hacia la miel más dulce de la Tierra.

«¡No es justo!», pensó con desconsuelo. «¡Noes justo que me siga haciendo esto!» Se odiaba a sí misma y odiaba a Dracopor obligarla a darse cuenta de su debilidad.

- ¡Maldito seas!- exclamó cuando Draco se separó de ella para respirar. Dracotenía las mejillas soncafe claras y sus ojos eran como oscuros estanques llenosde frustración.

- Sí- dijo con un susurro- Maldíceme cuanto quieras Hermione, pero medeseas. Me deseas tanto que casi no puedes pensar en otra cosa.

Era la amarga verdad. Se encogió un poco, pero se dispuso a hacer algoen lo que había pensado muchas veces en los últimos días. Con un gruñidoanimal, y sin importarle el dolor que le hacía Draco al tirarle del pelo,levantó los brazos para arañarlo. Sólo sus buenos reflejos salvaron a Draco.Echó la cabeza hacia atrás y Hermione sólo alcanzó su cuello.

- ¡Vaya, qué gatita!- dijo soltándole el pelo para tocarse el cuello.

- ¡Te odio!

- Mejor- dijo Draco, atrayéndola hacia sí- Así será más fácil hacerte elamor de cualquier manera, sin que me importe lo que sientas por mí.

- ¡Estupendo! ¿Por qué no añadir la violación al adulterio?

 

- ¿Violación? ¿Desde cuándo he tenido que recurrir a la violación alacostarme contigo? ¡En toda mi vida no he conocido a una mujer más caliente quetú!

- ¿Ni siquiera Laverner?

Draco la apartó de un empujón y cruzó las manos detrás de la nuca, comosi se estuviera conteniendo para no tener que pegarle. En sus ojos se divisabaalgo muy parecido al tormento.

- Ya basta, Hermione- dijo entre dientes- Deja ya de provocarme antes dehacer algo que podamos lamentar.

Hermione se preguntó a qué se refería. ¿Acaso lo estaba provocando, loestaba poniendo furioso para que le hiciera el amor? Se dio cuenta de que eraeso lo que estaba haciendo exactamente. Tentándole con cada mirada cuando debíairse de allí mientras podía. Pero quería alimentar el odio que le tenía, llevaral límite su angustia, su decepción y sobre todo, el profundo dolor que nohabía abandonado su pecho desde la llamada de Pansy. Se oyó a sí misma decir,como desde el otro lado de un largo túnel:

- Entonces, ¡vete! ¿Por qué no haces lo que debes hacer y te vas deaquí? ¡No hay nada que te impida marcharte con tu preciosa Laverner!

- ¡Deja ya de mencionar su maldito nombre!

- Laverner- repitió ella al instante- Laverner, Laverner, Laverner- Unbrillo, tal vez de angustia, cruzó la mirada de Draco. Se mordió el labio yagarró a Hermione por los brazos.

-¡No!- dijo entre dientes- ¡Tú, tú, tú!

Con un rápido movimiento, la obligó a girar y a echarse sobre la cama.Lo que sucedió estuvo muy lejos de tener algo que ver con el amor. Fue unabatalla. Una batalla para ver quién de los dos lograba excitar más al otro. Unabatalla de los sentidos donde cada caricia era deliberada y respondida porotra, donde cada mirada recibía como respuesta otra mirada de burla. En cuantouno de los dos se excitaba, más lo excitaba el otro, lanzados frenéticamente aun torbelllaverner de sensaciones dolorosas, rotas.

Por un instante, Draco pareció a punto de recuperar el sentido común ytrató de apartarse de Hermione. Pero ella se dio cuenta. Tuvo miedo, pánico aperderlo y se aferró a él y lo besó con frenesí. Draco suspiró y pronunció sunombre en una ardiente súplica. Pero ella no atendió aquella súplica. Enaquellos instantes, era ella la que jugaba el papel de seductora, la quedominaba la situación. Y mantuvo aquel papel desde el desesperado principiohasta el tumultuoso final. Dominó a Draco y al terminar, se apartó y se hizo unovillo, presa de la frustración. Su cuerpo había exigido algo que se le negabahacia días, pero sólo se sentía abatida y asqueada con sigo misma.

Así que, ¿quién ganó la batalla? Se preguntó. Nadie.

Su comportamiento le daba náuseas. Había hecho el amor con él, no porquelo quisiera, slaverner por su miedo a perderlo. Era esencial para su integridadmental saber que, a pesar de todas las Laverners que pudiera haber habido o quehubiera en el futuro, ella, la pequeña y aburrida Hermione, todavía podía volverloloco en la cama.

Y además, tenía que reconocer que lo había deseado, el deseo que habíasentido por él no dejaba espacio para el orgullo ni el respeto por sí misma.Pero, sin embargo, hacer el amor no había supuesto ningún alivio para latristeza y el dolor que sentía desde hace una semana. Era como si su almaherida se negara a concederle a Draco un respiro.

 

Una solitaria lágrima se derramó por sus mejillas. Hermione, en sudesesperado deseo de probarse que todavía podía excitar a su marido, había perdidomás de lo que había ganado. Se había dado cuenta de que ya no sentía lo mismopor él. Había perdido la confianza ciega y con ella, su forma de amarlolibremente.

Le dolía y le daba miedo. Se sentía más sola que si Draco se hubieramarchado y la hubiera dejado. Por que no sabía si algún día volvería a sentirpor él lo que antaño sintiera.

- ¿Hermione?- Ella se dio la vuelta. Draco la contemplaba con una miradasombría.

- Lo siento- dijo tranquilamente.

¿Qué lamentaba, hacer el amor o toda aquella horrible situación? Quéimportaba, se dijo. Al fin y al cabo, ya nada importaba. Se sentía como unacáscara vacía, perdida y sola y ningún lamento lograría que se sintiera mejor.Se le llenaron los ojos de lágrimas.

- Me avergüenzo de mí misma- le dijo con voz grave y temblorosa. A Dracose le humedecieron los ojos.

- Ven aquí- dijo estrechándola entre sus brazos- Te juro que no volveréa hacer nada que pueda hacerte tanto daño, Hermione. Palabra de un hombre queen su vida se ha sentido peor.

¿Podía Hermione arriesgarse a creerlo? Sería fácil. Y sería fácilperdonarlo y olvidarlo todo, con la esperanza de que el perdón y el olvido sellevaran el dolor para siempre.

- Te quiero- le dijo Draco con voz grave- Te quiero mucho, Hermione.

- ¡No!- exclamó Hermione violentamente, abandonando la idea de perdonadoal escuchar aquellas tres palabras falsas. Ya le había creído una vez y sólo lehabía servido para hundirse en el lodo- No me hables de amor- le replicóamargamente- El amor no tiene nada que ver con lo que acaba de suceder, ¿o esque te casaste conmigo por amor?


El desayuno transcurrió en medio de una atmósfera enrarecida. Losmellizos no dejaban de mirarlos con extrañeza y curiosidad. Hermione sabía quese habían hecho muchas preguntas acerca de su ausencia del día anterior, peroera obvio que Draco les había ordenado que no hicieran preguntas. No pudoevitar una media sonrisa cuando Catherine abrió la boca para decir algo y Dracola silenció con una mirada. Scorp se comportaba de forma distinta. No dejaba demirarla, pero no decía nada, en realidad, no había dicho nada desde que habíabajado a desayunar.

-Come, Scorp- le dijo Hermione amablemente, después de que el niñoestuviera jugando con la cuchara un buen rato- A media mañana vas a tenerhambre si ahora no comes nada- Scorp frunció el ceño y la miró. Tenía losmismos ojos que su padre.

- ¿Adónde fuiste ayer?- le preguntó de repente y miró a su padre.

-Pues... salí a pasar el día por ahí- respondió Hermione con unasonrisa, para demostrarle a su hijo que no sucedía nada anormal- No te importa,¿verdad?

Scorp se removió en la silla. Hermione se inquietó. Scorp no era como suhermana, extrovertida y comunicativa con todo el mundo, él siempre se callabasus problemas. Si le hacía aquella pregunta era porque estaba realmentepreocupado.

- Pero, ¿adónde fuiste?- insistió el niño. Hermione suspiró y leacarició el pelo. Scorp no protestó, como solía hacer.

- Estaba muy cansada- respondió, tratando de encontrar una explicaciónque un niño de seis años pudiera comprender- Además, como me paso el tiempo encasa, me apetecía dar un paseo. Eso es todo.

 

- ¡Pero normalmente vas con uno de nosotros, para que te cuide!- dijomirando a su padre, pero esta vez para decirle que se mantuviera al margen deaquella conversación.

- ¿Quién ha dicho eso?- dijo Hermione en broma, tratando de tomarseaquella afirmación con buen humor, cuando en realidad, estaba horrorizada deque su hijo también pensara que era incapaz de cuidar de sí misma- Ya sabes quesoy mayor y que puedo cuidar de mí misma

- Papá dijo que no- intervlaverner Catherine- Llamó a la abuela y estabamuy nervioso. Y habló por teléfono con la tía Pansy y se puso furioso.

- Ya basta, Catherine- dijo Draco con calma, pero en un tono tajante.

- ¡Pero sí lo dijiste! ¡Y te portaste como un león en jaulado!

- ¿Como un qué?- preguntó Draco.

- Como un león en jaulado- repitió la niña- Eso es lo que nos dice miprofesora cuando corremos por la clase, "Cuan un leon camina de unlado a otro deseperado" dice- dijo Catherine y esbozó una de susencantadoras sonrisas, de ésas con las que se le caía la baba a su padre- Peromamá volvió sana y salva, como dije yo.

Así que al menos, había un miembro de su familia que la creía capaz decuidar de sí misma. «Gracias, Catherine», pensó Hermione.

- Acábate el desayuno Scorp, como puedes ver estoy sana y salva, así quevamos a olvidarlo, ¿vale?-

En cuanto los niños se marcharon a recoger sus cosas del colegio, ledijo a Draco:

- Puedes irte a Londre, si quieres-

Draco estaba guardando el periódico en su cartera. Al oír a Hermione sedetuvo por un instante y luego, cerró la cartera. Tenía todo el aspecto de unhombre de negocios. Con la camisa de seda blanca y el chaleco. Parecía fuera delugar en aquella cocina de atmósfera tan familiar, su atuendo era apropiadopara una mansión de estilo georgiano, con muebles de caoba. Hermione sintió unagran tristeza al pensar en lo mucho que Draco había evolucionado con los añosmientras ella permanecía estancada.

- Ya no tengo que ir- dijo Draco- Blaise puede ocuparse de todo tan biencomo yo.

Entonces, ¿por qué no iba él desde un principio?, sepreguntó Hermione.

- ¿Tenías miedo de que te abandonara mientras tú no estabas en casa?- lepreguntó con un sincero interés por saber su respuesta. A Draco le importabanmucho ella y los niños, pero no sabía, en qué medida, sería para él unatragedia que dejaran de formar parte de su vida. Draco se dio la vuelta paramarcharse, pero se detuvo junto a la ventana que daba al jardín trasero de lacasa, lleno de juguetes.

- Sí- admitió sobriamente y Hermione experimentó un gran alivio al oírsu respuesta, lo que, por otro lado, la puso furiosa porque no era más que unamuestra de su propia debilidad.

- Yo no tengo por qué irme- replicó- Eres tú quien tiene que hacerlo.

- Sí- dijo Draco, y agachó la cabeza antes de darse la vuelta. No lamiró, pero hizo como si examinara su cartera de nuevo- Sé que, si me quedara unátomo de orgullo, debería recoger mis cosas y marcharme. Pero no quieromarcharme, no quiero echar a perder lo que hemos... tenido. Sé que tengo queprobarte que puedo volver a ser el mismo. Sé que me va a costar algún tiempo,pero no voy rendirme Hermione- dijo y se atrevió a mirarla con determinación -Puedes hacer lo que quieras, pero no voy a ser yo quien me vaya.

 

- Podría pedirte la separación- le espetó Hermione de repente- Parahacer que te marches- Draco frunció el ceño.

-¿Y cómo sabes que si pides la separación puedes obligarme a irme?- dijoDraco, preguntándose si Hermione habría hablado ya con algún abogado. No la creíacapaz, pero no estaba seguro.

A Hermione le encantaba verlo tan desconcertado. Le hacía recuperar algode orgullo, así que se encogió de hombros y dijo con sarcasmo:

- Veo mucha televisión.

- Entonces, ¿vas a... acabar con nuestro matrimonio?- Hermione tenía queadmitir que era muy listo. Con una simple pregunta le había dejado a ella todala responsabilidad.

- Has sido tú el que has empezado a estropear nuestro matrimonio, Draco-respondió con tranquilidad- Pero no, no voy a hacer nada por cambiar estasituación... todavía.

- ¿Todavía? ¿Si quieres pedir el divorcio por qué no lo haces cuantoantes?- dijo Draco, dando un suspiro, recogiendo la chaqueta del respaldo de lasilla.

Hermione observó cómo se la ponía. Se fijó en su anillo de oro. Nosignificaba nada, sólo era un trozo de oro que le habían puesto allí hacía unmillón de años. Era un anillo sencillo y barato. Cuando se casaron, no habíanpodido pagar nada mejor. Al cabo de algunos años, Draco le había regalado unasortija de oro con un diamante engastado.

Recordaba el día que lo habían comprado, «Te quiero, Hermione», habíadicho poniéndoselo en el dedo, «sin ti y los mellizos, mi trabajo notendría sentido».

Pero Draco se equivocaba. Sin ella ni los mellizos, habría llegado muchomás lejos, de eso estaba segura. Él la observaba con aquella mirada sombría,mientras esperaba la respuesta de Hermione. Por un instante, se cruzaron unamirada, luego, Hermione agachó la cabeza.

- No lo sé. Pero creo que quiero verte sufrir- respondió Hermione consinceridad. Para su sorpresa, Draco sonrió y se llevó la mano al cuello, dondeera visible el arañazo de la noche anterior.

- Yo creía que ya me habías hecho sufrir bastante -dijo.

- No lo suficiente- dijo Hermione, sonrojándose ligeramente.

- Ya veo.

- Me alegro.

- Así que ahora vamos a iniciar un periodo en el que me toca recibir amí- dijo Draco, sonriendo de nuevo y agachándose para besar a Lusius- Pues queasí sea- añadió y salió orgullosamente de la habitación, dejando a Hermionedesconcertada.


Durante las dos semanas siguientes, vivieron en una especie de tiempomuerto, como si su matrimonio hubiera entrado en coma. En realidad, se estabantomando una tregua para recobrarse antes de afrontar su futuro.

Hermione no volvió a dormir en la habitación de Lusius. Dormía con Draco,sin saber muy bien por qué. Tampoco le rechazaba cuando la buscaba, en elprolongado silencio en que sus noches se habían convertido. Y llegaron acompartir cierto afecto, aunque aquellos encuentros no fueron demasiadosatisfactorios para ninguno de los dos. Hermione se dejaba llevar y recorríacon Draco el largo y sensual camlaverner del placer. Pero, en los instantes demayor intensidad, palpitando de deseo entre sus brazos y sintiendo cómo él seestremecía y profería pequeños gemidos, no podía dejar de imaginar a Laverneren su lugar, de pensar que Laverner le había llevado al mismo estado de pasióndesenfrenada. Y, en aquellos momentos, se apartaba de él con angustia y elplacer se extinguía tan rápidamente como había surgido.

 

Entonces daba la espalda a Draco y se hacía un ovillo para soportar sudesesperación en soledad mientras Draco estaba tendido a su lado cubriéndose elrostro con una mano, sabiendo, aunque nunca hablaban de ello, que Laverner seinterponía una vez más entre ellos. En aquellos momentos, el dolor de lainfidelidad y la angustia de los celos azotaban a Hermione con toda su crueldady no podía soportar que Draco la tocara. Y él se quedaba quieto y ni siquieralo intentaba.

Hermione pasaba los días preocupada, pensando en aquellos momentos contemor, porque sabía que, si había algo que pudiera hacer volver a Draco abrazos de Laverner era su estúpido comportamiento en la cama.

Que Draco viera aquellos momentos como el modo en que Hermione queríadevolverle su infidelidad, sólo hacía que se sintiera peor, porque era loúltimo en que pensaba cuando Draco la buscaba.

Y se sentía más tensa ysufría cada vez más cuando Draco trataba de hacer el amor, porque sabía que nopodrían alcanzar una satisfacción plena. Y aun así, lo necesitaba, a pesar deque no podía darle lo que pedía. Necesitaba experimentar el pequeño placer delos primeros escarceos y necesitaba saber que Draco la necesitaba

La madre de Draco empezó a pasar más tiempo con Hermione. No mencionabael domingo que su nuera había pasado en el centro de Paris, pero el hechoestaba allí, aguardando tras sus cuidadosos gestos, tras la cautela con queabordaba ciertas conversaciones.

Narsisa Malfoy estaba orgullosa de su hijo. Era un hombre que se habíahecho a sí mismo, que había triunfado a pesar de las dificultades. Pero noestaba ciega ante lo que la tentación podía suponer para un hombre del calibrede Draco. Era un hombre perspicaz, inteligente y lleno de vida. Con treinta ydos años, ya era respetado en la comunidad de ejecutivos.

La profunda mirada de sus ojos grises y su habilidad para hacer dinerodonde no lo había, lo hacían muy interesante para las mujeres. Y, aunque nadiele había dicho nada de por qué el matrimonio de su hijo atravesaba por tiemposdifíciles, Narsisa no era tonta y tenía una idea bastante acertada de laverdad. Así que decidió pasar más tiempo con Hermione, para ofrecerle su apoyomoral. Hermione, se lo agradecía, porque había llegado a la dolorosa conclusiónde que, en el mundo extraño en el que había empezado a vivir, ella era su únicaamiga.

Se sentía decepcionada consigo misma por haberse dejado llevar hastaconvertirse en una persona vacía. Su hogar, que antaño era su orgullo y sugozo, se había convertido en continuo objeto de sus críticas. Podía ser un buenlugar para ella, pero no para Draco. Su avance en la vida merecía una casamayor, una que reflejara sus éxitos. Hermione no dejaba de atormentarserecordando las muchas veces que Draco le había comentado que quería mudarse auna casa más grande, mejor. Tal como había empezado a considerarlo últimamente,lo comprendía perfectamente. No había duda de por qué no había llevado aaquella casa a ninguno de sus amigos: debía avergonzarse de su hogar.

Pero Hermione también se sentía furiosa con su marido por no abrirle laspuertas de su mundo. Tal vez fuera culpable por permanecer ciega a lo mucho queél había cambiado, pero él tenía parte de culpa por esconderla, como si fueraun incómodo secreto que no convenía a su imagen de triunfador.

 

La ira se convirtió en resentimiento y el resentimiento en una inquietudque la hacía irritable e impaciente, hasta el punto de que hasta sus hijosestaban alerta para evitar sus reacciones intempestivas.

«¿Quién eres, Hermione?», se preguntó una noche que Dracovolvía tarde del trabajo, después de muchas semanas en que había vuelto a lasseis y media en punto. La tardanza de su marido aumentaba su inquietud.Necesitaba que Draco estuviera allí para experimentar cierta paz.

«No puedes echarle a Draco la culpa de todo», sedecía. «Has vivido en una nube, tan encerrada en tu pequeño mundo queni siquiera te has preguntado cómo era el de tu marido. Sabías que acudía amuchas comidas de negocios, que tenia que moverse en ciertos círculos si queríaestar al día, pero no te preguntaste si debías preocuparte por entrar con él enese mundo, ni siquiera te preocupaste de escucharlo y apoyarlo.»

Se dio cuenta de que ni siquiera sabía que la compra de Harvey's sehabía consumado hasta que Pansy se lo dijo. Aún más, sólo se enteró de quequería comprar Harvey's cuando la madre de Draco salió en su defensa una nocheque ella se quejaba de que volvía demasiado tarde a casa.

-¡Está ocupado con la compra de Harvey's!- había exclamado molesta- ¿Note das cuenta de que es muy importante que consiga ese negocio?

La verdad era que no podía darse cuenta, porque no sabía de suexistencia, pero lo más triste era que todavía no se había preocupado deaveriguarlo. ¿Qué futuro tenía un matrimonio que no compartía más que una casa,una cama y tres hijos?

-Ni siquiera soy guapa- dijo con un suspiro, mirándose al espejo unamañana.

«Al menos, no en el sentido clásico, supongo», sedijo sin dejar de mirarse al espejo. «Mi figura no está mal, sobre todoteniendo en cuenta que he tenido tres hijos. Tengo unas piernas bonitas, perono tengo una cara que llame la atención. No es la cara que se espera de lamujer de Draco Malfoy. Tengo la frente demasiado grande y la nariz demasiadopequeña, la boca no está mal, pero mi mirada es demasiado vulnerable.»

Hizo una mueca de disgusto.

«¡Y mira qué pelo!», se dijo acariciando su largamelena cafe clara. «¡No he cambiado de peinado desde que tenía la edadde Catherine! ¡Incluso la ropa que me pongo es demasiado juvenil!»

«Pues haz algo para cambiar», le dijo con impaciencia unavoz interior.

-¿Por qué no?- susurró con un impulso desafiante- Voy a decirte unacosa, Lusius- dijo dándose la vuelta y hablando a su hijo pequeño, que jugabaen el corral-. ¡Me voy de compras! Vamos a ver si la abuela puede cuidar de ti,y si no puede, pues... pues llamaremos a papá y que se ocupe él, por un día nole va a pasar nada- dijo y se mordió el labio, exactamente igual que hacía suhija Catherine cuando tomaba una decisión.

Pero la madre de Draco aceptó cuidar a su nieto con alegría, lo que encierto modo contrarió a Hermione. De alguna manera, le atraía la idea de entraren el ultra moderno edificio de oficinas donde Draco tenía el despacho ydejarle a Lusius en brazos. «Aunque, sin embargo», pensaba mientras sedirigía en taxi al centro de Paris, «una cosa es imaginarlo y otra muydistinta hacerla». Se sentía feliz y esperaba que aquella sensación ledurara algún tiempo.

 

¿Era tan malo no tener otra ambición que ser una buena madre y esposa?Siempre había amado su trabajo, que consistía en cuidar de sus tres hijos,escucharlos, jugar con ellos o simplemente disfrutar de ellos. Y de Draco. Dracopodía ser un león en la jungla de los negocios, pero Hermione sabía que latensión desaparecía de su cuerpo en cuanto llegaba a su casa y encontraba a supequeña familia con sus pequeños problemas, esperando que él los solucionara.

Muchas noches llegaba agotado y con el semblante serio, con elrostro de un cazador implacable, pensó Hermione en aquellos momentos, peroen menos de media hora, estaba tumbado en el suelo jugando con los gemelos.Jugando o viendo la televisión. Se compenetraba absolutamente con ellos y podíallegar a pelearse con Scorp por un juego de ordenador y no tenía la menor señalde tensión ni de pesadumbre, tan sólo aquella sonrisa infantil igual a la de suhijo, que decía que había abandonado el mundo de los negocios para sumergirseen el feliz alivio que le ofrecía su familia.

Hermione se preguntaba si el mismo proceso funcionaba a la inversa, ¿leera tan fácil desprenderse de su papel de padre y esposo cada vez que salíapara irse a trabajar? ¿Era un alivio para él volver a aquel otro mundo muchomás excitante, ser el gran hombre con poder sobre otros y verse tratado deforma especial? ¿Se convertían su pequeña mujer y sus tres hijos en poco másque nada una vez que volvía a aquel escenario sofisticado lleno de genteinteligente y sofisticada, con ropa sofisticada y sofisticadas conversaciones?

Sofisticado, se repitió por enésima vez, en eso se había convertido Draco,en un hombre maduro y sofisticado. Mientras, ella se había estancado. Se odió así misma por haber dejado que ocurriera y odió a Draco por obligarla a ver suspropios defectos, porque eso significaba que ella tenía que asumir parte deculpa por lo que les estaba ocurriendo.


Hermione sintió un inexplicable alivio al no ver el BMW negro de Dracocuando el taxi la dejó en casa a las seis en punto de la tarde. Iba tan cargadacon bolsas y paquetes que tuvo que llamar al timbre con el codo.

- ¡Cielo Santo!- exclamó la madre de Draco, abriendo la puerta y mirandoa su nuera con asombro. Hermione siguió hacia el interior sin detenerse.

- ¡Cielo Santo!- volvió a exclamar cuando, una vez en el interior de lacasa, Hermione dejó caer los paquetes a sus pies.

- ¿Qué te parece?- -preguntó Hermione con incertidumbre.

La Hermione, que había abandonado su hogar una hora después que sumarido, no era la misma que estaba ante su suegra.

Se había cortado el pelo desigual haciendo que le resaltara la cara,hasta la altura de la barbilla. La habían maquillado de modo que quedaranrealzados los hermosos rasgos que ella no creía tener. Tenia un aspecto tannatural que era imposible decir cómo le habían arreglado los ojos y la bocapara que, de repente, llamaran tanto la atención.

Pero aquello no era todo. Ya no llevaba el abrigo de lana azul pálido ylos vaqueros con que había salido aquella mañana. En su lugar, llevaba el trajede chaqueta de lana más exquisitamente cortado que Narsisa había visto. Era decolor marrón pálido y se ajustaba perfectamente a su figura. Se abrochaba condos filas de botones de un marrón más oscuro en la pechera y estaba adornadocon tres botones en cada puño. También llevaba unas botas de ante por debajodel tobillo y un bolso a juego.

 

-Creo- dijo Narsisa Malfoy- que lo mejor será que preparemos una bebidafuerte para cuando mi hijo vuelva a casa. Narsisa no podía saberlo, pero habíadado la respuesta que más podía satisfacer a Hermione, que había ido adquiriendouna actitud más desafiante a medida que pasaba el día.

Se abrió la puerta y entró Scorp.

- ¡Wow!- exclamó, y Hermione sonrió de oreja a oreja como una idiota. Eltiempo que había empleado preocupándose por la reacción de sus hijos ante elnuevo aspecto de su madre, había sido tiempo perdido.

- ¿Qué hay en los paquetes?- preguntó Scorp, despreocupándose de Hermionecomo si fuera la misma de siempre.

Al cabo de diez minutos, el suelo del cuarto de estar estaba cubierto depaquetes medio abiertos y Catherine no paraba de corretear luciendo un collarde cuentas rojas que su madre le había comprado. A Lusius le había traído unjuego de piezas de construcción, pero lo que más le gustaba era la caja decartón, que estaba destrozando poco a poco. Para Scorp había comprado un nuevojuego de ordenador y ya estaba jugando con él en su habitación cuando llegó Draco.

Draco se detuvo en el umbral de la puerta y se quedó mirando. Laactividad en el cuarto de estar se detuvo. Catherine dejó de corretear paraobservar su reacción y su madre dejó de recoger los envoltorios, mientras Hermionese ponía en pie incómodamente y lo miraba con una mezcla de desafío y súplica.

Fue Narsisa quien rompió la tensión del momento. Recogió a Lusius de laalfombra y agarró a Catherine de la mano. Pero Hermione no prestaba atención asus hijos, estaba pendiente de Draco, que la observaba con una inescrutable expresión.Una tenue sonrisa se dibujó por fin en el rostro de Draco. Hermione se quedómuy sorprendida, porque era la misma sonrisa con que se había acercado a ellala noche que se conocieron, una sonrisa ambigua. Hermione se irguió con unaexpresión definitivamente desafiante.

- Vaya, vaya- dijo Draco-, ya veo que ha comenzado la segunda etapa.

¿La segunda etapa? ¿De qué diablos estaba hablando? Sepreguntó Hermione.

- ¿Vas a salir?- preguntó Draco- Vas a tener que perdonarme Hermione,pero, si me has dicho que tenías planes para salir esta noche, creo que me heolvidado por completo.

Hermione frunció el ceño. Sabía que Draco no decía nada al azar, y sepreguntaba qué quería decir con aquel «¿vas a salir?» y el «segundaetapa», cuando sabía muy bien que no iba a ninguna parte. Le quedó claroque no iba a hacer ningún comentario sobre su nuevo aspecto. Tal vez no legustaba, tal vez prefería su versión aburrida, la que no le causaba ningúnproblema, la que sabía el lugar exacto que ocupaba en el ordenado mundo de Dracoy no pensaba salir de él.

Hermione pensó que lo que tal vez le ocurría a Draco era que no lastenía todas consigo, y experimentó una sensación de triunfo. Tal vez supregunta fuera sincera

- Y si estuviera pensando en salir, ¿qué harías?- le preguntó. Esoprovocó de nuevo la sonrisa irónica de Draco. Al verla, Hermione se estremecióllena de frustración.

 

- Supongo que preguntarte con quién sales- respondió Draco, que sabíajugar mejor que ella al juego de las ambigüedades.

- ¿Para ver si tu mujercita sale con buenas compañías?

- Pero, entonces, ¿vas a salir?- preguntó Draco, apretando los puños-¿Con quién? ¿Con un hombre?- Hermione no cabía en sí de satisfacción.

- Cuando tú sales, no me dices con quién, no sé por qué tengo quehacerlo yo- dijo con frialdad. Draco frunció el ceño y miró a Hermione comodiciéndole «Ten cuidado».

-No te burles de mí- le dijo- Dame un nombre, sólo quiero un nombre.

Era una conversación completamente estúpida, ya que ella no iba a ningunaparte.

- No hay ningún nombre- murmuró, furiosa por la facilidad con que Dracohabía estropeado aquel día tan feliz para ella. Paseó la mirada por lospaquetes esparcidos por el suelo, sin encontrar en ellos ninguna satisfacción-Acabo de llegar, no iba a ninguna parte.

A Draco le había bastado con ver los paquetes y las bolsas para darsecuenta. ¿A quién quería engañar, fingiendo con una pequeña mueca de sorpresaque no los había visto hasta aquel momento? Draco se acercó al paquete quetenía más próximo, una caja larga y plana que todavía estaba sin abrir.Aprovechando que Draco le dejaba libre el paso, Hermione tomó su bolso nuevo yse dirigió hacia la puerta tristemente decepcionada.

- ¿Qué es esto?- preguntó Draco. Hermione se encogió de hombros, tanarrogante como su hija cuando no obtenía la respuesta que quería.

-Un traje- respondió de mala gana.

- ¿Y esto?- preguntó Draco, señalando otra caja con el pie.

- Ropa interior- respondió Hermione ruborizándose, porque la cajarebosaba con la ropa interior más cara que Hermione había visto en su vida.

- ¿Y esto?

- Dos vestidos- replicó y lo miró con resentimiento-. ¿Por qué? No irása echarme la bronca por haber gastado demasiado, ¿verdad? ¡Fuiste tú quien medio todas esas tarjetas de crédito! Una para cada gran almacén de Paris, creo.

Hermione no las había utilizado nunca. Hasta aquel día, no se había dadocuenta de las delicias que podían ofrecerle. Draco ignoró el comentario.

- Es un vestido que merece una cena en uno de los restaurantes más carosde Paris, tal vez con un poco de baile después, ¿no te parece?- Hermione seestremeció y miró a Draco a los ojos, sin acabar de comprender.

- ¿Me estás invitando a cenar?- preguntó con tanta lavernercencia que Dracono pudo evitar una sonrisa irónica.

- Sí- asintió con cierta burla. Hermione tuvo la impresión de que suingenuidad le parecía algo muy divertido. Se sonrojó y deseó que la tragara laTierra antes que continuar con aquella tortura. Por lo visto, Draco no podíatomar en serio nada de lo que ella hacía -Sí, Hermione- repitió Draco con mayoramabilidad, como si se hubiera dado cuenta de la inquietud de Hermione ylamentara haberla causado- Te estoy preguntando si te gustaría que saliésemos acenar esta noche.

- hmp- exclamó Hermione desconcertada y sin saber qué responder. Sealegró de oír a Scorp bajar corriendo por las escaleras, como un alud. Pasó asu lado como una exhalación y saltó a los brazos de su padre.

-¡Hola!- exclamó- Mamá me ha comprado un juego nuevo- prosiguió conexcitación- ¿Puedo bajarlo y ponerlo en la televisión? Es un simulador de vueloy hay que aterrizar y despegar en un tornado.

 

-¿Por qué no?- dijo Draco sonriendo sin dejar de mirar a Hermione- Si atu abuela no le importa, puedes bajarlo. Tú madre y yo nos vamos a cenar.

-¿Se van a cenar los dos juntos?- exclamó Scorp, tan sorprendido como Hermione-¡Qué bien!- agregó mirando a su madre- Papá te lleva a cenar en vez de ir túsola como el otro...

- Scorp- dijo su padre. El niño se calló. Hermione se sintió muyincómoda.

- A lo mejor tu madre no puede quedarse- dijo. Sabía que Draco sólo lahabía invitado a cenar al ver todas las molestias que se había tomado paracambiar de aspecto- Ha estado aquí todo el día y no me parece bien que...

- No importa- dijo Narsisa, viniendo por el pasillo. Hermione se dio lavuelta. Narsisa y Catherine estaban allí. Tuvo la sensación de que en aquellacasa no había la menor intimidad.

- Por supuesto que importa- dijo- Has estado aquí todo el día y yo...

- Llévala a un sitio bonito- dijo Narsisa, ignorando las protestas de Hermionequien suspiró con impaciencia, sabiendo que su opinión importaba poco.

- Creo recordar que no he dicho que quiera salir- dijo.

-Claro que quieres salir- intervlaverner Narsisa- Así que recoge todasesas cosas y súbetelas. ¡Catherine y Scorp, ayudad a vuestra madre!

Hermione exhaló un suspiro de resignación. A no ser que quisieracontarles a todos sus razones para no salir con Draco, no tenía más remedio quehacerlo. Los niños obedecieron inmediatamente. Recogieron varios paquetes ysalieron, dejando que Hermione recogiera el resto. Cuando estaba al pie de laescalera, oyó la voz de Narsisa.

- Si quieres saber mi opinión Draco, ya era hora de que salieran juntos.Y no estaría de más que empezaras a llevarla a esas cenas donde conoces a tantagente del mundo de los negocios.

Hermione se había detenido en las escaleras y esperaba con curiosidad larespuesta de Draco, pero cuando habló no pudo distinguir sus palabras. Sinembargo, a Narsisa se le entendía perfectamente.

- ¡Tonterias!- replicó- ¿Cómo sabes que no le va a gustar cuando no lehas dado la oportunidad de averiguado? Tu problema Draco, es que la tienes tanenvuelta entre algodones que no le dejas descubrir lo que realmente quiere dela vida.

¿Era eso lo que Narsisa pensaba?, se dijo Hermione. En realidad,ella creía que siempre había sabido lo que quería de la vida, ser una buenamadre y una buena esposa. Eso era todo. No era algo ni muy excitante ni muyambicioso. Sólo quería ser una buena esposa para el hombre al que amaba y unabuena madre para unos hijos a los que adoraba. ¿Qué tenia eso de malo?

- Y te digo algo más- continuó Narsisa-. No sé qué es lo que ha pasadopara que esa pobre chica tenga roto el corazón, pero sé que ha sufrido mucho yme imaglaverner de quién es la culpa.

A Hermione le dio un vuelco el corazón. La invadió una terriblesensación de desolación, como ocurría siempre que recordaba la llamada de Pansy.

- Sigue mi consejo hijo y sé muy cuidadoso a partir de ahora, porque sialguna vez Hermione...

Hermione subió las escaleras precipitadamente. No quería saber lo quepodría ocurrir «si alguna vez Hermione...». Lo que le ocurríaera ya bastante doloroso como para preocuparse si alguna vez...

Sialguna vez Hermione... ¿qué? Se preguntaba Hermionemetida en el pequeño cuarto de baño de Lusius mientras esperaba a que Dracosaliera de su dormitorio para no tener que encontrarse con él. ¿Si alguna vez Hermione descubríaque había habido otra mujer? Bueno,Hermione ya lo había descubierto. ¿Sialguna vez Hermione decidía crecer? sedijo cínicamente y se miró al espejo con cierto sobresalto, porque era casicomo mirar a otra persona.

 

«Mírate, se dijo. «Escondiéndoteaquí cuando ni siquiera tienes que usar el baño. No te atreverías a bañarte pormiedo a que el agua te estropeara el peinado, ni a lavarte por si no puedesrehacer el maquillaje. Draco te va a invitar a cenar, pero sólo porque sesiente culpable y, además, espera salir con la persona que acaba de conocer, lamisma que te mira desde el espejo, pero esa persona no es más que una ilusión.Un disfraz bajo el que la verdadera Hermione está tratando de ocultarse.

Oyóque se cerraba una puerta y luego el andar característico de Draco, que bajabalas escaleras. Hermione dio un profundo suspiro, miró de reojo a la mujer delespejo y salió de su escondite. En el brazo llevaba uno de los vestidos que sehabía comprado, lo colgó en la puerta del guardarropa, luego, se alejó unospasos, preguntándose si se atrevería a ponérselo o no.

Eramuy sexy. De encaje color rubí y seda negra, dejaba al descubierto los hombrosy buena parte de la espalda. La dependienta se había dado cuenta de sudesconcierto al ver cuánto exponía su cuerpo y había ido a buscar unachaquetilla de terciopelo negra con mangas y cuello alto, que sólo dejabaexpuesto el tentador escote. ¿Iba a ponérselo o no?, se preguntóreflexivamente. ¿O se ponía el vestido negro que llevaba normalmente cuandosalía con Draco?

Catherineentró apresuradamente en la habitación, colorada y oliendo a polvos de talco.Se acercó a Hermione y abrió mucho los ojos al ver el vestido nuevo.

-¿Te lo vas a poner mamá?- preguntó con dulzura

-No lo sé- respondió Hermione con incertidumbre- Puede que... lo mejor seaponerme mi vestido negro...- dijo extendiendo el brazo para sacarlo delarmario. La niña la detuvo.

-¡Pero no puedes ponerte eso!- exclamó con horror- Papá se ha puesto su esmoquincon pajarita y ¡esta guapísimo!- Hermione frunció los labios. Sin duda, elmaravilloso papá de Catherine merecía algo mejor que su viejo vestido negro.

-Además, ese vestido negro es muy aburrido- dijo la niña. «Aburrido», se repitió Hermione.Era una palabra con la que estaba muy familiarizada las últimas semanas.

-Bueno, entonces, me pondré el rojo- dijo. Si la vieja Hermione era aburrida, lanueva estaba decidida a no serlo - Ve a ayudar a la abuela mientras yo mevisto.

Seagachó y le dio un beso en la mejilla. Catherine salió corriendo de lahabitación. A Hermione le dio la impresión de que estaba impaciente por ayudara su abuela, orgullosa de colaborar a que sus padres pudieran vistió y bajó.Sus hijos y su suegra, que estaban cenando en la cocina, se quedaronboquiabiertos. Había llegado el momento de saber la opinión del verdaderoexperto, pensó deteniéndose antes de entrar en el salón. Catherine tenía razón,se dijo observándolo al entrar, Draco estaba guapísimo con el esmoquin. Pero setrataba de algo más que del elegante corte del traje, era el hombre que lollevaba el que marcaba la diferencia. Tenía un aire de madurez y sofisticaciónque parecía aumentar el innato atractivo que siempre había tenido.

 

Estabajunto al mueble bar, sirviéndose una tónica, y no se había dado cuenta de supresencia. Hermione se alegró porque así tenía tiempo de calmar el efecto quetenía sobre sus sentidos. Llevaba el pelo tan informal como siempre, ni muycorto ni muy largo, con un peinado ni moderno ni anticuado. Y eso decía muchode su carácter. Draco siempre dejaba huella en la gente porque no era ni muyconvencional ni demasiado extravagante. Era un hombre con una gran confianza ensí mismo, pero que mantenía en el misterio una parte de su personalidad, lo quele hacía aún más atractivo. Hermione no podía dejar de sentirse intimidada anteaquel hombre y pasaba nerviosamente los dedos por el borde de la chaquetilla.No solía pensar en él en aquellos térmlaverners. De hecho, no solía pensar enél como otra cosa que no fuera su marido. Ésa era otra novedad a la que teníaque hacer frente, que pudiera sentirse intimidada por un hombre con el quellevaba viviendo siete años.

Dracose dio la vuelta y la vio en el umbral de la puerta. A Hermione le dio unvuelco el corazón al ver que fruncía el ceño y la observaba de arriba abajo,pero no podía ver bien la expresión de sus ojos.

«Seesconde, huye de mi», se dijo Hermione,«lo hace todo el tiempo». Incluso en aquellos instantes en que veía cómoobservaba su nuevo peinado y su rostro maquillado, no podía saber lo que estabapensando. El vestido era mucho más flaverner que cualquier cosa que se hubierapuesto en su vida, realzaba su esbelta figura, sus piernas largas y bonitas,pero Draco lo observó sin dar la menor muestra de aprobación o disgusto. Luego,sin previo aviso, un brillo de emoción cruzó por sus ojos antes de desaparecerde nuevo.

Hermionese sobresaltó, porque estaba segura de que sus ojos no revelaban otra cosa quetristeza. Pero, ¿por qué debía Draco sentir tristeza al ver a su mujer vestidapara salir con él? O, tal vez, no fuera tristeza, tal vez fuera su concienciaculpable. ¿Qué había dicho su madre? «Latienes guardada entre algodones». Aquellafrase debía haberle calado muy hondo, y, en aquellos instantes, allí estabaella, distinta, convertida en otra mujer. Y Draco debía saber que ella nuncahabría llegado tan lejos si él no la hubiera hecho sentirse tan insegura.

-¿Quieres algo de beber antes de que nos vayamos?- preguntó Draco. Hermione sedio cuenta de que no iba a hacer ningún comentario sobre el vestido y sintióuna gran decepción.

-No... Gracias- replicó con voz grave- ¿Has... has reservado mesa?- Dracosonrió.

-Sí-dijo- ¿Nos vamos?

Hermionese sentó en el BMW. Se sentía intranquila y no dejaba de mirarse las manosmientras Draco aceleraba en dirección al centro de Paris. Hermione montabapocas veces en aquel coche, porque cuando salían solían hacerlo con sus hijos yera su Ford Escort blanco el elegido. Así que se sentía algo extraña en aquelcoche. En realidad, se sentía extraña con todo, incluso consigo misma.

-¿Adónde vamos?- preguntó sin mucho entusiasmo. Se dio cuenta de que Draco lamiró, y volvió la cabeza para mirarlo. El volvió a mirar a la carretera. Teníala mandíbula apretada.

Mencionóun club con restaurante y sala de baile y Hermione sintió un hormigueo en lapiel. Era uno de los sitios más frecuentados por los ricos y famosos, Hermionepensaba que había que tener cierto estatus para ser admitido en uno de aquelloslugares y la naturalidad con que Draco mencionó aquel club le hizo sentirse aúnmás incómoda.

 

-La comida es buena- decía sin darle importancia- Lo bastante buena como paratentar incluso los apetitos más frágiles. - ¿Se refería a ella? Podría ser,desde hacía algún tiempo, no tenía mucha hambre. La comida se convertía en unproblema cuando tenía que vivir con un nudo permanente en la garganta.

-Entonces, lo conoces- dijo.

-He estado una o dos veces.

¿ConLaverner? Hermione no pudoevitar aquel pensamiento, que provocó que permaneciera en silencio el resto delcena. Draco no estaba más alegre que ella. La guió a través del vestíbulo delclub, iluminado con luz indirecta para realzar el lujo del lugar.

-Buenas noches, señor Malfoy- le saludó un hombre bajo, calvo y gordito, conacento francés. Luego se inclinó educadamente para saludar a Hermione.

-Buenas noches, Claude- respondió Draco con una familiaridad que provocó lamueca de Hermione- Me alegro de que hayáis podido encontrar una mesa paranosotros habiéndo llamado con tan poca antelación- Claude se encogió de hombrosde un modo típicamente europeo.

-Ya sabe señor, para personas como usted siempre tenemos sitio. Por aquí, porfavor.

Dracoagarró a Hermione por la cintura. Hermione miró a su alrededor, mientrasseguían a Claude, tratando de no demostrar lo impresionada que estaba por ellujo del lugar.

Siempreque había salido con Draco habían ido a alguno de los restaurantes del barrioindio, chlaverner o italiano. Él no llevaba más que unos vaqueros y unacamiseta, tal vez una chaqueta de sport, y ella llevaba una ropa igualmenteinformal. Solían sentarse relajadamente y compartir una botella de vlavernercon la relajada intimidad de dos personas que se encuentran a gusto en compañíadel otro. Pero Hermione dudaba de que pudiera relajarse en aquel lugar. Nopodía imaginar, por ejemplo, a Draco robándole del plato una gamba*, su comidafavorita, como solía hacer, o a ella misma inclinándose sobre la mesa paradarle una, sosteniéndola entre los dedos.

Aquelambiente no inspiraba aquella clase de intimidad. En realidad, se dijo mientrasla admiración era reemplazada por cierto desprecio, encontraba que allí nohabía ambiente en absoluto, aparte del que decía: «Comemos aquí no porque nos guste,slaverner porque está de moda».

-No te gusta- le dijo Draco, observando su expresión.

-Todo es... muy bonito- replicó ella.

-Bonito- repitió Draco con ironía - Resulta que es uno de los mejoresrestaurantes de Paris, y a ti sólo te ocurre decir que es «bonito».

-Lo siento- dijo Hermione- ¿Debería estar impresionada?

-No- dijo Draco, pero tenía la mandíbula apretada.

-¿O lo que debería impresionarme es que consigas mesa con tanta facilidad? Tencuidado, Draco, o empezaré a sospechar que tratas de impresionarme.

-Y es una posibilidad demasiado ridícula como para que la tengas en cuenta,¿no?- Hermione reflexionó un momento acerca de aquel comentario, mientraspaseaba la mirada por las otras mesas, ocupadas por elegantes personas luciendoelegantes vestimentas. Luego miró a Draco.

 

-Francamente, sí- replicó con desdén - Yo creía que los dos sabíamos que notenías que hacer nada para impresionarme- Draco suspiró con impaciencia.

-Hermione, no te he traído aquí para que discutamos. Yo sólo quería...

-¿Darme un trato especial?- sugirió Hermione con sarcasmo.

-¡No! ¡Quería complacerte, sólo complacerte!- dijo Draco con amarga intensidad.

-¿Enseñándome cómo vive tu otra mitad?- preguntó Hermione burlonamente.

-¿Mi otra mitad?- dijo Draco con desconcierto- ¿Qué diablos quieres decir coneso?

-Tu otro yo, ése del que yo no sé nada- dijo Hermione, añadiendo para sí: «el Draco que ha ido creciendo másy más mientras el otro se ha ido desvaneciendo poco a poco sin que yo me dieracuenta» - El que se sientecomo pez en el agua en lugares como éste- Un brillo cruzó la mirada de Draco.

-¿Habrías preferido que, así vestidos, fuéramos a un chlaverner? Te has tomadomuchas molestias para conseguir una nueva imagen, Hermione. Y esto...- dijoseñalando a su alrededor - es lo que coincide con ella. Depende de ti elegir silo prefieres o no.

Surespuesta fue «no», e hizo una mueca al darse cuenta de loque aquella respuesta significaba. No se encontraba a gusto así vestida y aquelambiente no era el suyo. Pero estaba tan claro que sí era el de Draco, que ledaban ganas de llorar. ¿Les quedaría algo en común?

-¿Y tú la prefieres?- le preguntó-. ¿Prefieres mi nueva imagen?- Draco sereclinó sobre su silla. Tenía una extraña expresión.

-Me gusta tu pelo,- admitió al cabo de un momento- pero no estoy seguro de queme gusten tus razones para haber cambiado. El vestido también me gusta. Esprecioso, pero no me gusta lo que hace con la mujer que...

Enaquel momento, un camarero se detuvo junto a Hermione y les ofreció la carta.

-La carta, señores-dijo

-Gracias- dijo Draco y despidió al camarero con un ademán. El camarero se marchócon una inclinación de cabeza.

-Has sido un poco brusco con él- dijo Hermione- ¿Qué te ha hecho para que letrates así?

-Me ha interrumpido cuando trataba de hacerte un cumplido- Hermione lo miró conironía.

-Si llamas a eso cumplido, Draco, te diré que no me impresiona tu estilo- Élhizo una mueca.

-De acuerdo, -asintió- me cuesta acostumbrarme a tu nueva imagen. Hermione...-dijo Draco, inclinándose hacia delante y agarrándole la mano- eres muy guapa,no hace falta que te lo diga...- «¿No hace falta?», se preguntóHermione - pero no, por favor, no dejes de ser la encantadora persona que eressólo porque quieres probarme algo.

-No he hecho esto por ti, Draco-dijo Hermione con frialdad- Lo he hecho por mímisma; ya era hora de crecer.

-Oh, no, cariño- murmuró Draco-, estás equivocada. Yo...

-¡Por todos los diablos, pero si es el mismísimo Draco Malfoy!- dijo una voz.

-Maldita sea- murmuró Draco, apretando la mano de Hermione y volviéndose paramirar al intruso.

-Ron- le saludó poniéndose en pie- Creía que estabas en China - dijoestrechándole la mano.

Hermionese fijó en él. Era atractivo y tendría la misma edad que Draco. Era rubio ydelgado, y tenía unos ojos azules cuya mirada podría atravesar una armadura sise lo proponía.

-He vuelto hace un mes- respondió Ron- Eres tú el que ha estado fuera de lacirculación últimamente- dijo mirando con una curiosidad puramente masculina a Hermione- ¿Tiene esta hermosa criatura la culpa?- preguntó con suavidad. Luego miró a Dracoy le preguntó - ¿Qué ha ocurrido con la encantadora In...

 

-Mi mujer- le interrumpió Draco. Hermione, sin embargo, imaginó el nombre que Roniba a pronunciar- Hermione- añadió Draco con un gesto de la mano - Ron Wesly*.Tenemos el mismo abogado - Ron miró a Draco pensativamente.

-Vaya, vaya- murmuró antes de rodear a Draco para ofrecerle la mano a Hermione.

Hermioneestaba demasiado ocupada tratando de recordar por qué le sonaba aquel nombrecomo para pensar en lo que aquel pequeño comentario significaba. Ron Wesly erael dibujante de la sección política del Sunday Globe, y tenía un humor mordaz.Tenía la infalible capacidad de captar las debilidades de la gente yutilizarlas de modo que podía convertir a la persona más eminente en el mayorhazmerreír. Aquella habilidad también le había convertido en una celebridad dela televisión.

-Ahora entiendo por qué nadie ha visto a Draco durante semanas- murmuró cuando Hermionele tendió la mano- Te has casado- añadió con suavidad- No hay duda de que tugusto ha mejorado, Draco. -Hermione supo que la estaba comparando con Laverner.

-Gracias- respondió en lugar de Draco, que estaba tan tenso que no parecía capazde pronunciar palabra aunque quisiera - He oído hablar de usted, señor Wesly.Admiro su trabajo.

-¿Una admiradora?- replicó Ron con humor- Dígame una cosa...- añadió haciendoademán de retirar una silla para sentarse.

-Ron, cariño, ¿no te olvidas de algo?- dijo una mujer interrumpiéndole. Elpelirrojo con un gesto de fastidio, hecho para que Hermione lo viera, se irguióy se dio la vuelta.

-Disculpa,- dijo- pero debes entender que tenía que saborear este momento. Estehombre ha sucumbido a los encantos del matrimonio- dijo con un suspiro y sevolvió a Draco agarrando a su acompañante por la cintura- Ginny, éste es Draco Malfoy,de quien, sin duda habrás oído hablar.

-¿Yquién no?- añadió Ginny con sequedad- Todos esperábamos con impaciencia elresultado de la venta de Harvey's- Hermione bajó la vista, preguntándose sisería la única persona del mundo que no sabía lo importante que había sido laventa de Harvey's.

-Encantada de conocerte- dijo Ginny. Draco se limitó a responder con unasonrisa. Tenía los ojos fijos en Ron, que miraba a Hermione con un nodisimulado interés.

-Nos gustaría que se sentaran con nosotros, pero ya hemos pedido la cena- mintió

-Note preocupes- dijo Ron con una sonrisa- No tenemos ningún deseo de interrumpira unos recién casados.

Dracoabrió la boca para corregir el error, pero la mirada de Hermione le obligó aguardar silencio. « ¡No!», le decían sus ojos, « ¡No les digas la verdad! Conoce aLaverner, así que no me pongas en ridículo diciéndole que llevamos casadossiete años y que nuestros hijos tienen seis».

Dracoapartó la mirada y apretó los labios con un gesto sombrío y lleno defrustración. Hermione se sentía tan mal que le daban ganas de salir corriendopara no tener que hacer frente a su humillación.

Entonces,Draco hizo algo inesperado y extraño. La agarró por la barbilla, se inclinó y,allí mismo, ante la sociedad más refinada de Paris, la besó apasionadamente.Cuando se separó, Hermione vio en su mirada un dolor tan profundo que se lellenaron los ojos de lágrimas.

 

-Ya veo que la luna de miel no ha terminado- dijo Ron Wesly- Vamos, Ginny, creoque debemos dejar solos a estos dos tortolitos.

-¿Qué quieres cenar?- preguntó Draco al cabo de un rato.

Absorta,desconcertada y excitada por el inesperado beso de Draco, y conmovida por laexpresión de su mirada, Hermione tuvo que hacer un gran esfuerzo paraconcentrarse en lo que había dicho.

-Pues...- dijo mirando la carta sin poder leer una palabra- Pues...

Elcorazón le palpitaba y en sus labios ardía el recuerdo de aquel besoapasionado.

-Pídeme lo que quieras- dijo por fin apartando la carta.

Dracollamó al camarero con un gesto. Luego le pidió la cena con tal sequedad que elcamarero se movió nerviosamente hasta el momento de desaparecer, como si enaquella mesa hubiera demasiada tensión para poder soportarla. Hermione sepreguntó si el camarero habría visto cómo se besaron, si lo habría visto todaaquella gente. Con un rubor en las mejillas, miró de reojo a su alrededor, peronadie parecía prestarles interés. Se retorció las manos bajo la mesa y hablócon normalidad.

-¿Cómo conociste a Ron Wesly?- le preguntó a Draco quien se encogió de hombros.

-Heredó un par de pequeñas empresas de su padre- le respondió- No las quería,así que me las vendió.

-Me gusta su trabajo. A mí no se me daba mal dibujar, así que supongo que puedoapreciar mejor su talento.

-También has podido apreciar su encanto, ¿no?- dijo Draco, apretando lamandíbula. Hermione se sobresaltó. ¿Draco celoso?

-¿Por eso me has besado así?- Una mirada cegadoramente amarga cruzó el semblantede Draco.

-Te miraba como si fueras un plato del menú- respondió-. No quería que tuvieraninguna duda de a quién perteneces.

¿Pertenecer?Sí, ella pertenecía a Draco, pero Draco no parecía pertenecerle a ella.

-¿Hay alguien, en este otro mundo en el que te mueves, que sepa de mi existenciao de la de los niños?- le preguntó con brusquedad.

-Mi vida privada no es asunto de nadie- respondió Draco- Sólo me mezclo conellos por interés, eso es todo. Ahora, ¿podemos dejar el tema? A no ser, porsupuesto, que los encantos de Ron Wesly te parezcan más interesantes que micompañía, en cuyo caso, puedo llamarlo para que se admiren mutuamente.

¡Vaya,estaba celoso! La idea complacía mucho a Hermione.

-Bueno, al menos, no hace callar a su acompañante cada vez que abre la boca-replicó Hermione con dulzura, observando con una sensación de triunfo elsemblante cada vez más serio de Draco.

Graciasa Dios, llegó el primer plato, porque estar allí sentados sin más deseos quelanzarse pullas continuamente, convertía la comida en la mejor opción. Hermionepensó que no podría probar bocado, pero Draco había pedido para ella una moussede salmón que estaba deliciosa. Iba por la mitad cuando Draco estiró el brazo yle acarició el dorso de la mano.

-Hermione- murmuró con voz grave. Hermione levantó la vista y le miró a losojos- ¿Por qué no intentamos pasarlo bien al menos esta noche? No quiero pelearcontigo, sólo quiero...

-¡Draco, cuánto me alegro de verte!

Dracofrunció el ceño con irritación y Hermione se sintió decepcionada ante la nuevainterrupción, porque, después de mucho tiempo, se había dejado sumergir en lahermosa mirada de sus ojos negros.

 

Aquellavez, Draco ni siquiera se levantó para saludar a quien los interrumpía, unapareja de mediana edad que se había detenido junto a él. Ni siquiera lespresentó a Hermione. Se limitó a cumplir con la más estricta cortesía,dejándoles claro que no quería ser interrumpido.

-Ahora ya sabes por qué no me gusta traerte a estos sitios -dijo- Nos van aestar interrumpiendo durante toda la noche.

-¿Y qué tiene de malo?- preguntó Hermione ofendida porque veía la irritación de Dracocomo un signo de su reticencia a presentarla como su esposa.

-Porque, cuando salimos, me gusta tenerte para mí solo- respondió Draco y volvióa mirarla como antes, con aquella mirada oscura y posesiva que le hacía un nudoen el estómago.

Perotenía razón. Volvieron a interrumpirlos al menos otras tres veces durante elcurso de la cena. Finalmente, Draco le ofreció la mano para ayudarla alevantarse.

-Vamos, - dijo- podemos ir a bailar. Al menos, mientras estemos bailando, lagente no se atreverá a interrumpirnos.

Lallevó de la mano a través de las mesas hasta unas puertas cerradas que seabrieron al empujarlas con la mano. En aquella sala había menos luz. Desde laentrada, apenas se distinguía el otro lado, donde había una barra y un pequeñoestrado donde una orquesta tocaba una pieza de jazz muy tranquila.

Dracola llevó hasta la pista de baile y la tomó entre sus brazos. Al instante, Hermionese vio asaltada por una extraña sensación de incertidumbre, como si Draco fueraun extraño. Un extraño alto y moreno que apelaba a sus sentidos y hacía que sesintiera como una mujer.

Perono era ningún extraño, laverner Draco, pensaba mientras comenzaban a moverse alritmo de la música. Ningún extraño, slaverner el hombre con el que llevabacasada siete años. Sin embargo, aquel Draco era extraño para ella, y no sóloporque estuviera compartiendo con él una noche en su mundo. En realidad, era unextraño para ella desde hacía pocas semanas. No pudo evitar un suspiro lleno detristeza. Y Draco debió darse cuenta, porque apretó la mano que ella apoyabasobre su pecho y la atrajo hacia sí con la mano que apoyaba en su cintura. Perose detuvo al instante. Una repentina quietud los asaltó cuando la mano de Dracorozó la espalda desnuda de Hermione.

Tuvoque cerrar los ojos, estremecida por una oleada de sensaciones. Trató decombatirla y movió la cabeza para respirar otro aire que no fuera el queimpregnaba el olor del cuerpo de Draco. Pero él la detuvo apoyando en su nucala mano que tenía la suya agarrada.

-Déjate llevar- susurró. Hermione dio un respingo. La primera vez que bailaronjuntos ella llevaba una camiseta cortada por encima del ombligo y él metió lamano por debajo. Aquella vez llevaba una chaquetilla de terciopelo, algo muchomás sofisticado, pero tuvo la misma reacción ardiente y torrencial, que siseabacomo el agua sobre el carbón ardiente. Le palpitaba el corazón y se estremecióal notar que Draco recorría su espalda.

«No», se dijo, «no dejes que te haga esto». Pero todo el vello de su cuerpo seerizó en respuesta a las caricias de Draco. Cerró los ojos y arqueó un poco elcuerpo, de modo que rozó con los senos el pecho de Draco. Draco se puso rígidoy luego se agitó, presa de una necesidad tan vieja como el tiempo y dejóescapar un suspiro.

 

-No ha cambiado ni un ápice, ¿verdad?- dijo- Seguimos teniendo el mismo efectoel uno sobre el otro.

Teníarazón, se dijo Hermione. Y con un último suspiro, que provenía de lo másprofundo de su interior, se dejó llevar e hizo lo que estaba deseando hacer tandesesperadamente y lo besó. Fue la primera vez desde hacía semanas que seacercaba a él intencionadamente. Draco respiró profundamente y dejó escapar elaire poco a poco.

-Vámonos a casa- dijo con voz ronca- No es esto lo que quiero que hagamos.

-Yo...- dijo Hermione. Estaba a punto de ceder. Se sentía como si ya no tuvieranada que reprocharle. Pero entonces, otra persona les interrumpió, con una vozburlona y familiar, y aquella sensación se hizo añicos.

-Vaya,pero si es el mismo Don Juan en persona y con una nueva conquista...

Cap7

Hermionecerró los ojos. Al reconocer aquella voz, apoyó la cabeza sobre el hombro de Draco,que se había puesto rígido como una tabla.

-Sabes que está casado, ¿verdad, querida?- Obviamente, Pansy no había reconocidoa Hermione. - Lleva casado siete años, nada menos- prosiguió- Con una chicapreciosa, aunque un poco sosa que, en estos momentos, estará sentada en casacuidando de sus tres hijos mientras su querido marido seduce a todas lasmujeres que se le ponen por delante.

-A todas no, Pansy- replicó Draco fríamente - A ti siempre me ha resultado muyfácil rechazarte.

¿Esque Pansy había andado detrás de Draco? Levantó la cabeza y vio la expresióncínica de Draco y entonces, otro velo cayó de sus ojos confiados. Draco se diocuenta y su mirada se ensombreció. Siempre había aceptado que Draco y Pansy nose llevaban bien, sin preguntarse por qué. Al saber la razón, se sintió muymal.

-Los hombres siempre deben desconfiar de una mujer a la que han rechazado, Draco-dijo Pansy- Después de todo, es una de nuestras pequeñas armas

-Y tú la has usado con sabiduría, ¿verdad?- repicó Draco- Apuntando directamenteal punto más débil.

-A propósito, ¿cómo está Hermione? ¿Tiene la pobre alguna idea de lo pronto quehas sustituido a Laverne?

Hermioneya había oído bastante. Se separó un poco de Draco y se volvió para mirar a laque en otro tiempo fuera su mejor amiga.

APansy se le mudó el color de la cara y, sin decir una palabra, se dio la vueltay se alejó. Tampoco Draco y ella hablaron al salir del club y andar hasta elcoche.

-¿Cuánto tiempo?- le preguntó una vez en el interior del coche.

-Años- respondió Draco, avanzando entre el tráfico de Paris.

-¿Y alguna vez se te pasó por la cabeza acostarte con ella?- preguntó Hermione yobservó que Draco apretaba el volante con fuerza. Aquella pregunta ofendía sudignidad, pero Hermione tenía derecho a hacerla.

-No, nunca- respondió.

-¿Por qué no?

-Me deja frío.

-Entonces, ¿por qué no me lo dijiste?

-Porque confiabas en ella- dijo Draco, cruzando con ella una mirada sombría-Nunca oculté el hecho de que no me gustaba- le dijo.

-Pero tampoco hiciste nada para abrirme los ojos -dijo Hermione- Bastaba unapalabra Draco, una sola palabra. Con decirme que me estaba utilizando paraconseguirte, habríamos evitado la pequeña escena de esta noche.

-¿Sabiendo lo mucho que te habría dolido la verdad? Sólo un canalla habría hechoalgo así.

 

Alllegar a casa, se dirigió directamente a las escaleras, sin molestarse en ir asaludar a Narsisa.

-Me duele la cabeza- le dijo a Draco, lo que no era mentira- Por favor, pídeledisculpas a tu madre de mi parte.

Todavíano se había dormido cuando Draco entró en la habitación después de llevar a sumadre a casa, pero fingió que lo estaba. Fue consciente de cada movimiento de Draco,que se metió en la cama desnudo, como de costumbre. Se acostó boca arriba,cruzó los brazos por detrás de la cabeza y se quedó mirando al techo, mientrasella yacía muy quieta a su lado.

Deseabacon toda su alma que el destlaverne los cubriera con un velo y borrara lasúltimas semanas de su existencia, como si nunca hubieran ocurrido.

Peroel destlaverne no fue tan amable de responder a su súplica y siguieron allíacostados largo tiempo. La tensión era tan evidente que Hermione empezó asentirse sofocada. Entonces, Draco dejó escapar un suspiro y apoyó una manosobre su cuerpo. Ella no pudo evitar volverse y echarse en sus brazos.Probablemente, necesitaba lo que iba a ofrecerle tan desesperadamente como él.Se amaron con un frenesí casi tan insoportable como el silencio anterior.

PeroLaverne visitó a Hermione una vez más, y justo cuando creía que, por fin, iba aliberar sus reprimidos deseos, se puso muy tensa, en el mismo punto que en lasnoches anteriores. Draco se dio cuenta y se quedó muy quieto viendo cómoluchaba contra los demonios que la amenazaban y luchaba con todas sus fuerzas.Cerró los ojos para contener las lágrimas, besó a Draco para detener el temblorde sus labios y apretó las manos sobre sus hombros para no estremecerse. Cuandologró alejar a Laverne de su mente, pensó que había superado otro obstáculo. Luego,con un suspiro, besó a Draco.

-Hermione-susurró él al penetrarla.

Susurrósu nombre una y otra vez, como si quisiera decirle que había compartido conella la batalla que acababa de vencer y que sabía que lo había hecho por él.Sólo por él.

Sinembargo, cuando estaban a punto de llegar al clímax y, aunque sus cuerpos semovían al unísono, sólo Draco alcanzó el orgasmo y ella se quedó al borde, sinllegar, sintiéndose perdida y vacía. Fue un fracaso tan grande que ni siquierase atrevió a pensar en él.


Dracovolvió a estar muy ocupado con la compra de una nueva empresa y tuvo que pasarmuchas noches fuera, porque las negociaciones tenían lugar en Italia. Hermioneaceptaba sus excusas sin hacer preguntas, lo que dejaba a Draco tenso y llenode frustración. Ella se quedaba en casa sentada, atormentándose con sospechasque bien sabía que eran injustas.

Draco,a cambio, no le comentaba ninguno de sus negocios porque había decidido que notenía por qué justificar ante ella todo lo que hacía. En pocas palabras, leestaba pidiendo que confiara en él. Pero Hermione no podía, lo que sólo servíapara poner su matrimonio en la cuerda floja. Y la vida se hacía másinsoportable a medida que iban pasando las semanas.

Entonces,una tarde, cuando estaba hojeando el periódico local, que le enviabansemanalmente por correo, vio algo que le aceleró el pulso.

Aquellamisma noche, Ron Wesly daba una charla sobre su obra en una facultad de Arteque había cerca de allí. La entrada era libre. Draco estaba fuera de la ciudad,pero, si su madre podía cuidar de los niños, ¿qué daño podría hacer a nadie siasistía a la charla?

 

Enel fondo, sabía que sólo estaba cediendo a la necesidad de herir a Draco dondemás le dolía. La culpa la tenía él, pensaba para justificarse mientras aparcabasu coche en un sitio vacío delante de la facultad. No debía haberse mostradoceloso de una persona como Ron Wesly. Sólo gracias a esos celos estaba allí.

Sesentó en la parte de atrás de la sala de conferencias. No esperaba que Ron laviera, y en caso de verla, sería difícil que la reconociera, al fin y al cabo,sólo se habían visto una vez.

Perosí la vio, y la reconoció al instante. Se acercó al estrado, miró sonriendo ala audiencia, la vio, se detuvo, volvió a mirarla, y logró que se sonrojara alsonreír tan abiertamente que todo el mundo se dio la vuelta para ver a quiénconcedía el orador su atención tan abiertamente.

Ellale devolvió una tímida sonrisa y se ocultó tras el cuello de su abrigo azulpálido con el deseo de desaparecer cuanto antes. Pero, en cuanto Ron comenzó ahablar, volvió a relajarse. El ingenioso e inteligente discurso de Ron atrapósu atención. Estaba relajado y no dejaba de sonreír mientras contaba cómo selas arreglaba para captar las debilidades de sus víctimas.

Enmuchas ocasiones, sorprendió a Hermione riendo con el resto de la audiencia. Alverla, le guiñaba el ojo. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan halagada. Alterminar, él se acercó a ella, agradeciendo alegremente las muchasfelicitaciones que recibía de los asistentes.

-Hermione...- dijo estrechando su mano- me alegro mucho de que hayas venido.

-Y yo me alegro de haberlo hecho- replicó ella, sintiendo de nuevo una grantimidez- Ha sido muy interesante.

-¿Vienes a clase a esta facultad?

-Oh, no- respondió Hermione, sonrojándose ligeramente porque jamás habríaesperado semejante pregunta.

Luegopensó en el aspecto que debía tener, con unos vaqueros viejos, el abrigo azul ysin maquillaje. No se parecía en absoluto a la mujer de su primer encuentro.Más bien tenía aspecto de estudiante.

-Vivimos cerca de aquí- le dijo-. Me enteré de la conferencia en el periódicolocal y, siguiendo un impulso, vine.

-¿Tú sola?

-Sí- dijo Hermione y se sonrojó aún más, sin saber por qué, ya que aquel hombreno podía saber que apenas salía- Draco está de viaje.

-Ah- exclamó el rubio y le dirigió una extraña mirada- ¿Te interesa la política?

-Más bien el arte, o las caricaturas. Aunque no lo creas, se me daban bastantebien,- admitió con timidez- antes de que tuviera que dedicar la mayor parte deltiempo a mis hijos.

Ledio un vuelco el corazón cuando se dio cuenta de lo que había dicho, ya que Roncreía que Draco y ella se habían casado hacía muy poco. Ron frunció el ceño condesconcierto y ella se mordió el labio.

Porsuerte, alguien les interrumpió para hacerle algunas preguntas a Ron. Hermionedecidió que lo mejor era aprovechar la ocasión para marcharse, antes de que seenredaran más las cosas. Se metió las manos en los bolsillos y se dio lavuelta. Pero Ron la agarró por el brazo.

-No te vayas- dijo- Tengo que despedirme de los organizadores, pero si meesperas, podemos ir a tomar una copa.

Ellavaciló, presa de algo parecido a la tentación. Tomar una copa, en un pub, conun hombre que no fuera Draco no era como cruzar el límite invisible que imponíael matrimonio. ¿O sí lo era? ¡La gente lo hacía continuamente! ¡Draco lo hacíacontinuamente! ¿Qué daño podría hacerle a nadie si aceptaba? ¿A quién leimportaba que lo hiciera?

 

Probablementea Draco, se respondió. Pero, inmediatamente, se olvidó de ello, ya que eramucho más fuerte su deseo de revancha. Además, Ron le caía bien, y estaba muyinteresada en lo que hacía.

-Gracias,me encantaría.

Enaquel momento, fue Ron quien vaciló y dirigió a Hermione aquella miradapensativa que recordaba de la primera ocasión en que se habían visto. Luegoasintió y le soltó el brazo.

-Cinco minutos- prometió y se marchó.

Hermionese quedó debatiéndose con su conciencia. Disfrutó del rato que pasaron en unpub cercano. El lugar estaba lleno, porque más de la mitad de la gente quehabía asistido a la conferencia estaba en él. Ron y ella estaban en la barra,bebiendo una cerveza. HERRETE | Descúbre su verdadero significado

Leencantaba estar allí, relajadamente, hablando simplemente de persona a personay no sólo como madre o esposa. Le gustaba la cordialidad de Ron, su modo deescuchar, tan atento, cuando ella le contó sus propias ideas, primerotímidamente y luego, con entusiasmo.

Elnombre de Draco no apareció en la conversación hasta el momento de lasdespedidas.

-¿Cuánto tiempo llevan casados Draco y tú, Hermione? -preguntó Ron y ellasuspiró, sintiendo que el placer de la noche se desvanecía.

-Siete años- respondió- Tenemos tres hijos, dos niños y una niña. Los mayores, Scorpy Catherine son mellizos -Ron sonrió, pero sin el menor asomo de humor.

-Creo que te debo una disculpa por la noche que nos conocimos- dijo.

Serefería a sus alusiones a las otras mujeres de Draco. Hermione sintió unapunzada en el corazón, pero se encogió de hombros.

-No, no me debes ninguna disculpa- replicó- Sólo fuiste sincero. Fuimos Draco yyo los que no dijimos la verdad. Buenas noches, Ron- añadió antes de que élpudiera decir algo más. No quería hablar de aquella noche, no quería saber quémás estaba pensando- Me lo he pasado muy bien, gracias.

Sedio la vuelta para abrir la puerta de su coche pero la voz de Ron la detuvo.

-Escucha,- le dijo- estoy pensando en dar un curso de caricaturas en estafacultad. Un día a la semana durante doce semanas. ¿Te interesaría asistir?

¿Leinteresaba? La pelirrosa lo miró con suspicacia. Tal vez, se le acababa deocurrir.

-No lo sé- respondió con vacilación- ¿Hay tanta gente interesada como para quete merezca la pena venir aquí a dar un curso? - Ron sonrió cínicamente. Al finy al cabo, era una celebridad, el curso rebosaría de gente.

-Te gustará- dijo- Te lo prometo.

Hermionesintió un nudo en el estómago. La promesa de Ron implicaba más de lo que decía.En realidad, no había hecho ningún esfuerzo por ocultar que ella le gustaba. Elproblema era: ¿quería ella alentar algo que podría llegar a ser muy peligroso?

Larespuesta era «no». Su vida ya era bastante complicadacomo para complicarla aún más con un hombre como Ron Wesly. Y era una pena,ciertamente, porque le atraía mucho la idea de volver a tomar un lápiz y unbloc de dibujo.

-Cuando sepas si vas a dar el curso- dijo finalmente-, llámame y lo pensaré.


-¿Ron Wesly va a dar clases en ese colegio universitario tan pequeño? ¿Y por quéiba a molestarse en venir a un sitio tan poco importante?- dijo Draco,frunciendo el ceño.

 

-A lo mejor porque le interesa- dijo Hermione un poco ofendida por el desdén de Draco.No le había gustado nada que saliera sin que él lo supiera, pero, al saber quefue con Ron Wesly, se puso hecho una furia.

-¿Y cómo te enteraste de que daba esa conferencia?

-Porla Gaceta Local -replicó Hermione- ¿Has comido?- le preguntó cambiando de temadiplomáticamente- ¿Quieres que te haga algo?

-laverne! Lo que quiero es que me digas por qué saliste con Ron Wesly...

-¡Yo no salí con él! ¡Sólo fui a escuchar su conferencia! -le dijo, porque habíaun abismo entre eso y salir con él- ¿Qué diablos estás intentando decir, Draco?-le preguntó comenzando a perder la paciencia- ¿Qué hicimos todo lo posible porvemos a solas?

Dracose ruborizó, de modo que Hermione supo que era eso exactamente lo que estabapensando.

-Es muy capaz- dijo- ¡Le gustaste desde el momento en que te vio!

«Diosmío», pensó mientras una sensación deeuforia se apoderaba de ella, «el invencible Draco Malfoy tienemiedo de que su pequeña esposa esté pensando en echarse un amante».

-Eres tú quien no confía en nuestro matrimonio, Draco, no yo.

-Pero podrías hacerlo por venganza.

-Y tú podrías volverte paranoico con tu sentido de culpabilidad. No me metas amí en el mismo saco- replicó Hermione, y, una vez más, algo le decía que noestaba siendo completamente sincera.

-No digas tonterías, yo no estoy haciendo eso- dijo Draco, y se levantó paraservirse algo de beber

-Entonces, ¿qué es lo que estás haciendo?

-Pues la verdad...- dijo Draco, y suspiró con desconsuelo- la verdad es que nosé qué estoy haciendo- confesó- ¿Vas a ir al curso?

-¿Vas a hacer de marido dominante impidiéndome ir si quiero hacerlo?

-¿Me vas a hacer caso si te pido que no vayas?

-No.

-Entonces, no merece la pena que lo intente- dijo el moreno encogiéndose dehombros y luego salió del salón.

Hermionese quedó allí sentada, furiosa y con una sensación de impotencia. Pero, sobretodo, con un intenso desamparo. Porque tanto si discutía como si hacía el amorcon él, todavía se sentía desamparada cada vez que Draco se separaba de ella.

«Tuproblema, Hermione, es que llevas tanto tiempo viviendo para él que ya no sabesvivir para ti», se dijo y aquélla fue la razón por laque decidió asistir al curso cuando Ron la llamó para decirle que todo estabapreparado.

Dracono dijo ni palabra. Pero Hermione supo su opinión cuando abandonó la casa unpar de semanas después para asistir a la primera clase. Y cuando volvió, noesperó a que anocheciera para compartir la cama matrimonial, slaverne que, encuanto apareció por la puerta la agarró de la mano y la llevó a la habitación.Sin embargo, después de hacer el amor, sintieron una amarga frustración,porque, aunque se precipitó con él en el ardiente camlaverne de la sensualidad,Draco, de nuevo, alcanzó solo las puertas del cielo. Lo que no dejó satisfechosa ninguno de los dos.

Sutalento para la caricatura emergió a lo largo del curso. Incluso Draco se riócon las que hizo de toda la familia. Ron la animaba mucho. Nunca hacía ningúncomentario personal en clase, pero después, cuando se dirigía con los alumnos atomar algo al pub de al lado, siempre se sentaba a su lado. Hermione trataba deignorar el evidente interés de Ron. Quería aprender de su talento, y temía, siél se ponía demasiado insistente, verse obligada a abandonar sus clases.

 

Llegódiciembre y Hermione se vio inmersa en los preparativos de las Navidades. Fuede compras muchas veces y se aprovisionó para preparar comidas adecuadas parala ocasión. La casa se llenó de actividad.

Dracoestaba todavía más ocupado y más preocupado también. Su única concesión a lanecesidad de Hermione de ser considerada como algo más que su esposa era salircon ella regularmente. Iban al teatro, al cine, salían a cenar, a bailar. Hermionese compró más ropa elegante, aunque normalmente seguía vistiendo como siempre.Mantuvo su corte de pelo porque le gustaba y porque era más cómodo que lamelena.

Perola tensión de su matrimonio se manifestaba en otros detalles. Se cansaba confacilidad, se irritaba por pequeñas cosas y, a veces, se echaba a llorar sinmotivo aparente, lo que dejaba a su familia sumida en la preocupación.

Unatarde, su coche no arrancó cuando se disponía a ir a clase. Draco estaba en Italiay no volvería hasta muy tarde. Narsisa estaba cuidando a los niños. Caíaaguanieve y Hermione contempló con desgana su casa, que acababa de abandonar,sabiendo que debía volver a entrar para llamar un taxi, pero sin la menor ganade hacerlo. Se sorprendió al darse cuenta de que contemplaba su casa como sifuera una especie de prisión.

Dioun profundo suspiro, se subió el cuello del abrigo y bajó la calle para tomarel autobús. Llegó a la facultad calada hasta los huesos, con el pelo empapado yaterida de frío. Con una exclamación, todos los alumnos se precipitaron paraayudarla a secarse. Alguien le secó el pelo con una toalla de papel y otro lequitó las botas y los calcetines.

-¡Vaya!- exclamó alguien- La dama lleva calcetines de hombre.

Todosrieron, y lo mismo hizo Hermione. Se sentía alegre y libre por primera vez enmucho tiempo. Tenía la blusa empapada. Ron le ofreció su suéter negro de lana.Se quitó la blusa y se lo puso mientras las demás mujeres de la clase formabanuna pantalla para protegerla de las miradas de los hombres. Al final, sus ropasestaban por todos los radiadores de la clase y ella no iba vestida más que conla ropa interior y el suéter de Ron, que le llegaba por las rodillas.

Perosus ropas seguían húmedas cuando terminó la clase, y cambiar el cálido suéterpor la blusa y los vaqueros húmedos no le apetecía en absoluto. Cuando Ron seofreció para llevarla directamente a casa, en lugar de ir con los demás a tomaralgo al pub de enfrente, Hermione leyó la expresión de sus ojos, pero, de todasformas, aceptó, ignorando lo que un timbre de alarma le decía en el interior desu cabeza.

Rontenía un Porsche último modelo, que se deslizaba sobre la carretera mojada comosi estuviera pegado a ella.

-Mmm- exclamó Hermione con placer, cuando la calefacción del coche empezó acalentarle las piernas. Ron la miró y sonrió. Hermione tenía los ojos cerradosy una sonrisa en los labios.

-¿Mejor?- le preguntó.

-Mmm- volvió a murmurar ella- Siento que te hayas perdido tu cerveza.

-No importa-dijo Ron- Prefiero estar aquí, contigo- Hermione sintió unescalofrío de alarma y abrió los ojos.

-En la próxima a la izquierda- dijo y Ron giró obedientemente.

 

-¿Qué le parece a Draco que vengas a mi curso todos los jueves?- preguntó consuavidad.

Hermionese encogió de hombros. No quería hablar de Draco, tampoco quería ponerse enguardia contra Ron.

-Me da muchos ánimos- dijo e hizo una mueca. En realidad, Draco odiaba que fueraa aquellas clases, y, como lo odiaba, ella le pasaba su interés por lasnarices. No dejaba de decirle quién le había hecho recordar su amor por eldibujo.

-Pero no has hecho ninguna caricatura de él, ¿verdad?- dijo Ron con calma- Lahas hecho de los demás miembros de tu familia, pero de él no.

-No creo que quede bien- dijo- Sigue recto después del cruce.

-¿Draco?- preguntó Ron con humor- Yo diría que es ideal, siendo como es un fieraen los negocios y un hombre tan normal en su casa. Si mezclas los dos, puederesultar algo muy divertido.

Hermioneno estaba de acuerdo. Ya no veía nada divertido en Draco. Tal vez un tiempoatrás, habría disfrutado haciendo de él una caricatura, pero ya no.

-Entonces, puede que algún día lo intente- dijo Hermione, sabiendo que no loharía- Aquí es. La casa blanca con el BMW aparcado a la puerta.

Asípues, Draco había vuelto. Hermione tembló, pero no de frío. Ron se detuvo alpie del camlaverne de entrada. Apagó el motor y los dos se quedaron callados,escuchando el golpeteo de la lluvia sobre el coche. Ron se volvió para mirarlay Hermione le devolvió la mirada.

-Bueno, gracias por traerme- dijo sin hacer el menor movimiento para salir delcoche. Se sentía atrapada por la expresión de Ron, por el calor que hacía en elinterior del coche, por la sensación que le provocaba la profunda mirada de suacompañante.

-Ha sido un placer- dijo él, ausente. No dejaba de observar a Hermione, buscandoen sus ojos algo que ella no estaba segura de estar mostrando. Entonces, se diocuenta de que sí lo estaba mostrando, porque Ron se inclinó y la besó condulzura en la boca. Ella no respondió, pero tampoco se apartó. Se estremeció yel corazón comenzó a palpitarle dentro del pecho, aunque no sabía si era porqueestaba jugando con fuego o porque se sentía realmente atraída por él.

Ronle acarició la mejilla y el pelo sin dejar de besarla. Luego le acarició loslabios, pidiendo la respuesta de Hermione. Pero al hacer eso, Hermione seapartó, segura de que no era aquello lo que quería. Ron la dejó y se quedóobservándola con un brillo en los ojos.

-Lo siento- dijo Hermione con voz temblorosa.

-¿Por qué?

Hermioneno respondió, no podía. Lo único que quería era salir del coche. Buscó lamanecilla de la puerta con una mano temblorosa.

-Tú has querido que te besara, Hermione- murmuró Ron- No sé qué es lo quepiensas ahora mismo, pero recuerda que lo has deseado tanto como yo.

Lasmejillas de Hermione se llenaron de rubor, porque sabía que Ron tenía razón.Ella había querido que la besara, había querido saber qué se sentía al besar aotro hombre además de a Draco.

Pero,en aquellos instantes, se sentía como una estúpida, y furiosa consigo misma porpermitir que hubiera ocurrido. Aquello animaba a Ron a pensar que había para élun lugar en su vida, cuando eso no era posible. En su vida, sólo había sitiopara Draco. Él era todo lo que quería. Maldito fuera. Mil veces maldito.

Alcorrer bajo la lluvia hacia la puerta de la casa, se preguntó si Draco leshabría oído llegar. Miró hacia las ventanas, pero no vio nada a través de lascortinas. No la había visto besando a Ron, pensó con alivio. Estaría esperandoque llegara en autobús, así que incluso si lo había oído, no habría asociado elruido del coche con su llegada. No estaba en el salón. Miró por la puertaentreabierta del estudio, pero tampoco estaba allí. Lo encontró en la cocina.

 

-Has vuelto antes de lo que esperaba

Dracole daba la espalda porque estaba haciendo té. Estaba muy atractivo con unsuéter negro y unos vaqueros.

-Le dije a mi madre que se fuera a casa- dijo poniendo dos bolsitas de té en dostazas- Estaba preocupada porque vio tu coche, pero tú no estabas por ningunaparte. Tendrías que haberle dicho que no ibas en tu coche.

-No arrancaba,- le dijo- así que tomé el autobús. Lo siento, no pensé que fueraa preocuparse. Mañana le pediré disculpas.

Sehizo un silencio. Draco todavía no la había mirado. Estaba concentrado en labandeja de té que estaba preparando. De repente, al ver la tensión de losmúsculos de su cuello, se dio cuenta de que estaba muy enfadado. Estaba tenso ehiciera lo que hiciese no la miraba. ¿La había visto besando a Ron? Con unasonrisa nerviosa exclamó:

-¡Estoy empapada!

Quisotener un tono alegre, pero fue patética. Tenía un gran sentimiento deculpabilidad. Se sonrojó. Si Draco la miraba, se daría cuenta de que le ocurríaalgo extraño

-Me voy a dar un baño caliente- dijo nerviosamente, luego añadió- ¿Has... hascenado? Puedo hacerte algo antes de que...

-¡No!- exclamó Draco tan violentamente que Hermione se sobresaltó.

Semordió el labio, observando el evidente esfuerzo de Draco por controlarse.Cuando Draco levantó la vista de la tetera, aunque sin darse la vuelta, contuvola respiración.

-No- dijo con más calma-, ya he cenado, gracias.

-Entonces...- dijo Hermione con vacilación, y salió de la cocinaapresuradamente.

Loshabía visto, se dijo mientras llenaba la bañera, y se estremeció, aunque nosupo si era por miedo, culpabilidad o simplemente satisfacción por habersevengado, aunque sólo fuera un poco.

Sefue a la cama muy tensa y lista para enfrentarse a Draco en cuanto subiera.Pero no subió. No subió en toda la noche.

Hermione cerró los ojos. Al reconoceraquella voz, apoyó la cabeza sobre el hombro de Draco, que se había puestorígido como una tabla.

- Sabes que está casado, ¿verdad,querida?- Obviamente, Pansy no había reconocido a Hermione. - Lleva casadosiete años, nada menos- prosiguió- Con una chica preciosa, aunque un poco sosaque, en estos momentos, estará sentada en casa cuidando de sus tres hijosmientras su querido marido seduce a todas las mujeres que se le ponen pordelante.

- A todas no, Pansy- replicó Dracofríamente - A ti siempre me ha resultado muy fácil rechazarte.

¿Es que Pansy había andado detrás de Draco?Levantó la cabeza y vio la expresión cínica de Draco y entonces, otro velo cayóde sus ojos confiados. Draco se dio cuenta y su mirada se ensombreció. Siemprehabía aceptado que Draco y Pansy no se llevaban bien, sin preguntarse por qué.Al saber la razón, se sintió muy mal.

- Los hombres siempre deben desconfiar deuna mujer a la que han rechazado, Draco- dijo Pansy- Después de todo, es una denuestras pequeñas armas

 

- Y tú la has usado con sabiduría,¿verdad?- repicó Draco- Apuntando directamente al punto más débil.

- A propósito, ¿cómo está Hermione?¿Tiene la pobre alguna idea de lo pronto que has sustituido a Ino?

Hermione ya había oído bastante. Seseparó un poco de Draco y se volvió para mirar a la que en otro tiempo fuera sumejor amiga.

A Pansy se le mudó el color de la cara y,sin decir una palabra, se dio la vuelta y se alejó. Tampoco Draco y ellahablaron al salir del club y andar hasta el coche.

- ¿Cuánto tiempo?- le preguntó una vez enel interior del coche.

- Años- respondió Draco, avanzando entreel tráfico de Paris.

- ¿Y alguna vez se te pasó por la cabezaacostarte con ella?- preguntó Hermione y observó que Draco apretaba el volantecon fuerza. Aquella pregunta ofendía su dignidad, pero Hermione tenía derecho ahacerla.

- No, nunca- respondió.

- ¿Por qué no?

- Me deja frío.

- Entonces, ¿por qué no me lo dijiste?

- Porque confiabas en ella- dijo Draco,cruzando con ella una mirada sombría- Nunca oculté el hecho de que no megustaba- le dijo.

- Pero tampoco hiciste nada para abrirmelos ojos -dijo Hermione- Bastaba una palabra Draco, una sola palabra. Condecirme que me estaba utilizando para conseguirte, habríamos evitado la pequeñaescena de esta noche.

- ¿Sabiendo lo mucho que te habría dolidola verdad? Sólo un canalla habría hecho algo así.

Al llegar a casa, se dirigió directamentea las escaleras, sin molestarse en ir a saludar a Mikoto.

- Me duele la cabeza- le dijo a Draco, loque no era mentira- Por favor, pídele disculpas a tu madre de mi parte.

Todavía no se había dormido cuando Dracoentró en la habitación después de llevar a su madre a casa, pero fingió que loestaba. Fue consciente de cada movimiento de Draco, que se metió en la camadesnudo, como de costumbre. Se acostó boca arriba, cruzó los brazos por detrásde la cabeza y se quedó mirando al techo, mientras ella yacía muy quieta a sulado.

Deseaba con toda su alma que el destinolos cubriera con un velo y borrara las últimas semanas de su existencia, comosi nunca hubieran ocurrido.

Pero el destino no fue tan amable deresponder a su súplica y siguieron allí acostados largo tiempo. La tensión eratan evidente que Hermione empezó a sentirse sofocada. Entonces, Draco dejóescapar un suspiro y apoyó una mano sobre su cuerpo. Ella no pudo evitarvolverse y echarse en sus brazos. Probablemente, necesitaba lo que iba aofrecerle tan desesperadamente como él. Se amaron con un frenesí casi taninsoportable como el silencio anterior.

Pero Ino visitó a Hermione una vez más, yjusto cuando creía que, por fin, iba a liberar sus reprimidos deseos, se pusomuy tensa, en el mismo punto que en las noches anteriores. Draco se dio cuentay se quedó muy quieto viendo cómo luchaba contra los demonios que la amenazabany luchaba con todas sus fuerzas. Cerró los ojos para contener las lágrimas,besó a Draco para detener el temblor de sus labios y apretó las manos sobre sushombros para no estremecerse. Cuando logró alejar a Ino de su mente, pensó quehabía superado otro obstáculo. Luego, con un suspiro, besó a Draco.

- Hermione-susurró él al penetrarla.

Susurró su nombre una y otra vez, como siquisiera decirle que había compartido con ella la batalla que acababa de vencery que sabía que lo había hecho por él. Sólo por él.

 

Sin embargo, cuando estaban a punto dellegar al clímax y, aunque sus cuerpos se movían al unísono, sólo Draco alcanzóel orgasmo y ella se quedó al borde, sin llegar, sintiéndose perdida y vacía.Fue un fracaso tan grande que ni siquiera se atrevió a pensar en él.


Draco volvió a estar muy ocupado con lacompra de una nueva empresa y tuvo que pasar muchas noches fuera, porque lasnegociaciones tenían lugar en Yokohama. Hermione aceptaba sus excusas sin hacerpreguntas, lo que dejaba a Draco tenso y lleno de frustración. Ella se quedabaen casa sentada, atormentándose con sospechas que bien sabía que eran injustas.

Draco, a cambio, no le comentaba ningunode sus negocios porque había decidido que no tenía por qué justificar ante ellatodo lo que hacía. En pocas palabras, le estaba pidiendo que confiara en él.Pero Hermione no podía, lo que sólo servía para poner su matrimonio en lacuerda floja. Y la vida se hacía más insoportable a medida que iban pasando lassemanas.

Entonces, una tarde, cuando estabahojeando el periódico local, que le enviaban semanalmente por correo, vio algoque le aceleró el pulso.

Aquella misma noche, Ron Weslydaba unacharla sobre su obra en una facultad de Arte que había cerca de allí. Laentrada era libre. Draco estaba fuera de la ciudad, pero, si su madre podíacuidar de los niños, ¿qué daño podría hacer a nadie si asistía a la charla?

En el fondo, sabía que sólo estabacediendo a la necesidad de herir a Draco donde más le dolía. La culpa la teníaél, pensaba para justificarse mientras aparcaba su coche en un sitio vacíodelante de la facultad. No debía haberse mostrado celoso de una persona como RonSeiryuu. Sólo gracias a esos celos estaba allí.

Se sentó en la parte de atrás de la salade conferencias. No esperaba que Ron la viera, y en caso de verla, seríadifícil que la reconociera, al fin y al cabo, sólo se habían visto una vez.

Pero sí la vio, y la reconoció alinstante. Se acercó al estrado, miró sonriendo a la audiencia, la vio, sedetuvo, volvió a mirarla, y logró que se sonrojara al sonreír tan abiertamenteque todo el mundo se dio la vuelta para ver a quién concedía el orador suatención tan abiertamente.

Ella le devolvió una tímida sonrisa y seocultó tras el cuello de su abrigo azul pálido con el deseo de desaparecer cuantoantes. Pero, en cuanto Ron comenzó a hablar, volvió a relajarse. El ingenioso einteligente discurso de Ron atrapó su atención. Estaba relajado y no dejaba desonreír mientras contaba cómo se las arreglaba para captar las debilidades desus víctimas.

En muchas ocasiones, sorprendió a Hermioneriendo con el resto de la audiencia. Al verla, le guiñaba el ojo. Hacía muchotiempo que no se sentía tan halagada. Al terminar, él se acercó a ella,agradeciendo alegremente las muchas felicitaciones que recibía de losasistentes.

- Hermione...- dijo estrechando su mano-me alegro mucho de que hayas venido.

- Y yo me alegro de haberlo hecho-replicó ella, sintiendo de nuevo una gran timidez- Ha sido muy interesante.

- ¿Vienes a clase a esta facultad?

- Oh, no- respondió Hermione,sonrojándose ligeramente porque jamás habría esperado semejante pregunta.

Luego pensó en el aspecto que debíatener, con unos vaqueros viejos, el abrigo azul y sin maquillaje. No se parecíaen absoluto a la mujer de su primer encuentro. Más bien tenía aspecto deestudiante.

 

- Vivimos cerca de aquí- le dijo-. Meenteré de la conferencia en el periódico local y, siguiendo un impulso, vine.

- ¿Tú sola?

- Sí- dijo Hermione y se sonrojó aún más,sin saber por qué, ya que aquel hombre no podía saber que apenas salía- Dracoestá de viaje.

- Ah- exclamó el pelirojo y le dirigióuna extraña mirada- ¿Te interesa la política?

- Más bien el arte, o las caricaturas.Aunque no lo creas, se me daban bastante bien,- admitió con timidez- antes deque tuviera que dedicar la mayor parte del tiempo a mis hijos.

Le dio un vuelco el corazón cuando se diocuenta de lo que había dicho, ya que Ron creía que Draco y ella se habíancasado hacía muy poco. Ron frunció el ceño con desconcierto y ella se mordió ellabio.

Por suerte, alguien les interrumpió parahacerle algunas preguntas a Ron. Hermione decidió que lo mejor era aprovecharla ocasión para marcharse, antes de que se enredaran más las cosas. Se metiólas manos en los bolsillos y se dio la vuelta. Pero Ron la agarró por el brazo.

- No te vayas- dijo- Tengo que despedirmede los organizadores, pero si me esperas, podemos ir a tomar una copa.

Ella vaciló, presa de algo parecido a latentación. Tomar una copa, en un pub, con un hombre que no fuera Draco no eracomo cruzar el límite invisible que imponía el matrimonio. ¿O sí lo era? ¡Lagente lo hacía continuamente! ¡Draco lo hacía continuamente! ¿Qué daño podríahacerle a nadie si aceptaba? ¿A quién le importaba que lo hiciera?

Probablemente a Draco, se respondió.Pero, inmediatamente, se olvidó de ello, ya que era mucho más fuerte su deseode revancha. Además, Ron le caía bien, y estaba muy interesada en lo que hacía.

-Gracias, me encantaría.

En aquel momento, fue Ron quien vaciló ydirigió a Hermione aquella mirada pensativa que recordaba de la primera ocasiónen que se habían visto. Luego asintió y le soltó el brazo.

- Cinco minutos- prometió y se marchó.

Hermione se quedó debatiéndose con suconciencia. Disfrutó del rato que pasaron en un pub cercano. El lugar estaballeno, porque más de la mitad de la gente que había asistido a la conferenciaestaba en él. Ron y ella estaban en la barra, bebiendo una cerveza.

Le encantaba estar allí, relajadamente,hablando simplemente de persona a persona y no sólo como madre o esposa. Legustaba la cordialidad de Ron, su modo de escuchar, tan atento, cuando ella lecontó sus propias ideas, primero tímidamente y luego, con entusiasmo.

El nombre de Draco no apareció en laconversación hasta el momento de las despedidas.

- ¿Cuánto tiempo llevan casados Draco ytú, Hermione? -preguntó Ron y ella suspiró, sintiendo que el placer de la nochese desvanecía.

- Siete años- respondió- Tenemos treshijos, dos niños y una niña. Los mayores, Kaoru y Sharian son mellizos -Ronsonrió, pero sin el menor asomo de humor.

- Creo que te debo una disculpa por lanoche que nos conocimos- dijo.

Se refería a sus alusiones a las otrasmujeres de Draco. Hermione sintió una punzada en el corazón, pero se encogió dehombros.

- No, no me debes ninguna disculpa-replicó- Sólo fuiste sincero. Fuimos Draco y yo los que no dijimos la verdad.Buenas noches, Ron- añadió antes de que él pudiera decir algo más. No queríahablar de aquella noche, no quería saber qué más estaba pensando- Me lo hepasado muy bien, gracias.

 

Se dio la vuelta para abrir la puerta desu coche pero la voz de Ron la detuvo.

- Escucha,- le dijo- estoy pensando endar un curso de caricaturas en esta facultad. Un día a la semana durante docesemanas. ¿Te interesaría asistir?

¿Le interesaba? La pelirrosa lo miró consuspicacia. Tal vez, se le acababa de ocurrir.

- No lo sé- respondió con vacilación-¿Hay tanta gente interesada como para que te merezca la pena venir aquí a darun curso? - Ron sonrió cínicamente. Al fin y al cabo, era una celebridad, elcurso rebosaría de gente.

- Te gustará- dijo- Te lo prometo.

Hermione sintió un nudo en el estómago.La promesa de Ron implicaba más de lo que decía. En realidad, no había hechoningún esfuerzo por ocultar que ella le gustaba. El problema era: ¿quería ellaalentar algo que podría llegar a ser muy peligroso?

La respuesta era «no». Suvida ya era bastante complicada como para complicarla aún más con un hombrecomo Ron Seiryuu. Y era una pena, ciertamente, porque le atraía mucho la ideade volver a tomar un lápiz y un bloc de dibujo.

- Cuando sepas si vas a dar el curso-dijo finalmente-, llámame y lo pensaré.


- ¿Ron Weslyva a dar clases en esecolegio universitario tan pequeño? ¿Y por qué iba a molestarse en venir a unsitio tan poco importante?- dijo Draco, frunciendo el ceño.

- A lo mejor porque le interesa- dijo Hermioneun poco ofendida por el desdén de Draco. No le había gustado nada que salierasin que él lo supiera, pero, al saber que fue con Ron Seiryuu, se puso hechouna furia.

- ¿Y cómo te enteraste de que daba esa conferencia?

-Por la Gaceta Local -replicó Hermione-¿Has comido?- le preguntó cambiando de tema diplomáticamente- ¿Quieres que tehaga algo?

- iNo! Lo que quiero es que me digas porqué saliste con Ron Seiryuu...

- ¡Yo no salí con él! ¡Sólo fui a escucharsu conferencia! -le dijo, porque había un abismo entre eso y salir con él- ¿Quédiablos estás intentando decir, Draco?- le preguntó comenzando a perder lapaciencia- ¿Qué hicimos todo lo posible por vemos a solas?

Draco se ruborizó, de modo que Hermione supoque era eso exactamente lo que estaba pensando.

- Es muy capaz- dijo- ¡Le gustaste desdeel momento en que te vio!

«Dios mío», pensó mientras una sensación de euforia se apoderaba de ella, «elinvencible Draco Uchiha tiene miedo de que su pequeña esposa esté pensando enecharse un amante».

- Eres tú quien no confía en nuestromatrimonio, Draco, no yo.

- Pero podrías hacerlo por venganza.

- Y tú podrías volverte paranoico con tusentido de culpabilidad. No me metas a mí en el mismo saco- replicó Hermione,y, una vez más, algo le decía que no estaba siendo completamente sincera.

- No digas tonterías, yo no estoyhaciendo eso- dijo Draco, y se levantó para servirse algo de beber

- Entonces, ¿qué es lo que estáshaciendo?

- Pues la verdad...- dijo Draco, ysuspiró con desconsuelo- la verdad es que no sé qué estoy haciendo- confesó-¿Vas a ir al curso?

- ¿Vas a hacer de marido dominanteimpidiéndome ir si quiero hacerlo?

- ¿Me vas a hacer caso si te pido que novayas?

- No.

 

- Entonces, no merece la pena que lointente- dijo el moreno encogiéndose de hombros y luego salió del salón.

Hermione se quedó allí sentada, furiosa ycon una sensación de impotencia. Pero, sobre todo, con un intenso desamparo.Porque tanto si discutía como si hacía el amor con él, todavía se sentíadesamparada cada vez que Draco se separaba de ella.

«Tu problema, Hermione, es que llevastanto tiempo viviendo para él que ya no sabes vivir para ti», se dijo y aquélla fue la razón por la que decidió asistir al cursocuando Ron la llamó para decirle que todo estaba preparado.

Draco no dijo ni palabra. Pero Hermionesupo su opinión cuando abandonó la casa un par de semanas después para asistira la primera clase. Y cuando volvió, no esperó a que anocheciera para compartirla cama matrimonial, sino que, en cuanto apareció por la puerta la agarró de lamano y la llevó a la habitación. Sin embargo, después de hacer el amor,sintieron una amarga frustración, porque, aunque se precipitó con él en elardiente camino de la sensualidad, Draco, de nuevo, alcanzó solo las puertasdel cielo. Lo que no dejó satisfechos a ninguno de los dos.

Su talento para la caricatura emergió alo largo del curso. Incluso Draco se rió con las que hizo de toda la familia. Ronla animaba mucho. Nunca hacía ningún comentario personal en clase, perodespués, cuando se dirigía con los alumnos a tomar algo al pub de al lado,siempre se sentaba a su lado. Hermione trataba de ignorar el evidente interésde Ron. Quería aprender de su talento, y temía, si él se ponía demasiadoinsistente, verse obligada a abandonar sus clases.

Llegó diciembre y Hermione se vio inmersaen los preparativos de las Navidades. Fue de compras muchas veces y seaprovisionó para preparar comidas adecuadas para la ocasión. La casa se llenóde actividad.

Draco estaba todavía más ocupado y máspreocupado también. Su única concesión a la necesidad de Hermione de serconsiderada como algo más que su esposa era salir con ella regularmente. Ibanal teatro, al cine, salían a cenar, a bailar. Hermione se compró más ropaelegante, aunque normalmente seguía vistiendo como siempre. Mantuvo su corte depelo porque le gustaba y porque era más cómodo que la melena.

Pero la tensión de su matrimonio semanifestaba en otros detalles. Se cansaba con facilidad, se irritaba porpequeñas cosas y, a veces, se echaba a llorar sin motivo aparente, lo quedejaba a su familia sumida en la preocupación.

Una tarde, su coche no arrancó cuando sedisponía a ir a clase. Draco estaba en Yokohama y no volvería hasta muy tarde.Mikoto estaba cuidando a los niños. Caía aguanieve y Hermione contempló condesgana su casa, que acababa de abandonar, sabiendo que debía volver a entrarpara llamar un taxi, pero sin la menor gana de hacerlo. Se sorprendió al darsecuenta de que contemplaba su casa como si fuera una especie de prisión.

Dio un profundo suspiro, se subió elcuello del abrigo y bajó la calle para tomar el autobús. Llegó a la facultadcalada hasta los huesos, con el pelo empapado y aterida de frío. Con una exclamación,todos los alumnos se precipitaron para ayudarla a secarse. Alguien le secó elpelo con una toalla de papel y otro le quitó las botas y los calcetines.

- ¡Vaya!- exclamó alguien- La dama llevacalcetines de hombre.

Todos rieron, y lo mismo hizo Hermione.Se sentía alegre y libre por primera vez en mucho tiempo. Tenía la blusaempapada. Ron le ofreció su suéter negro de lana. Se quitó la blusa y se lopuso mientras las demás mujeres de la clase formaban una pantalla paraprotegerla de las miradas de los hombres. Al final, sus ropas estaban por todoslos radiadores de la clase y ella no iba vestida más que con la ropa interior yel suéter de Ron, que le llegaba por las rodillas.

 

Pero sus ropas seguían húmedas cuandoterminó la clase, y cambiar el cálido suéter por la blusa y los vaqueroshúmedos no le apetecía en absoluto. Cuando Ron se ofreció para llevarladirectamente a casa, en lugar de ir con los demás a tomar algo al pub deenfrente, Hermione leyó la expresión de sus ojos, pero, de todas formas,aceptó, ignorando lo que un timbre de alarma le decía en el interior de sucabeza.

Ron tenía un Porsche último modelo, quese deslizaba sobre la carretera mojada como si estuviera pegado a ella.

- Mmm- exclamó Hermione con placer,cuando la calefacción del coche empezó a calentarle las piernas. Ron la miró ysonrió. Hermione tenía los ojos cerrados y una sonrisa en los labios.

- ¿Mejor?- le preguntó.

- Mmm- volvió a murmurar ella- Siento quete hayas perdido tu cerveza.

- No importa-dijo Ron- Prefiero estaraquí, contigo- Hermione sintió un escalofrío de alarma y abrió los ojos.

- En la próxima a la izquierda- dijo y Rongiró obedientemente.

- ¿Qué le parece a Draco que vengas a micurso todos los jueves?- preguntó con suavidad.

Hermione se encogió de hombros. No queríahablar de Draco, tampoco quería ponerse en guardia contra Ron.

- Me da muchos ánimos- dijo e hizo unamueca. En realidad, Draco odiaba que fuera a aquellas clases, y, como loodiaba, ella le pasaba su interés por las narices. No dejaba de decirle quiénle había hecho recordar su amor por el dibujo.

- Pero no has hecho ninguna caricatura deél, ¿verdad?- dijo Ron con calma- La has hecho de los demás miembros de tufamilia, pero de él no.

- No creo que quede bien- dijo- Siguerecto después del cruce.

- ¿Draco?- preguntó Ron con humor- Yodiría que es ideal, siendo como es un fiera en los negocios y un hombre tannormal en su casa. Si mezclas los dos, puede resultar algo muy divertido.

Hermione no estaba de acuerdo. Ya no veíanada divertido en Draco. Tal vez un tiempo atrás, habría disfrutado haciendo deél una caricatura, pero ya no.

- Entonces, puede que algún día lointente- dijo Hermione, sabiendo que no lo haría- Aquí es. La casa blanca conel BMW aparcado a la puerta.

Así pues, Draco había vuelto. Hermionetembló, pero no de frío. Ron se detuvo al pie del camino de entrada. Apagó elmotor y los dos se quedaron callados, escuchando el golpeteo de la lluvia sobreel coche. Ron se volvió para mirarla y Hermione le devolvió la mirada.

- Bueno, gracias por traerme- dijo sinhacer el menor movimiento para salir del coche. Se sentía atrapada por laexpresión de Ron, por el calor que hacía en el interior del coche, por lasensación que le provocaba la profunda mirada de su acompañante.

- Ha sido un placer- dijo él, ausente. Nodejaba de observar a Hermione, buscando en sus ojos algo que ella no estabasegura de estar mostrando. Entonces, se dio cuenta de que sí lo estabamostrando, porque Ron se inclinó y la besó con dulzura en la boca. Ella norespondió, pero tampoco se apartó. Se estremeció y el corazón comenzó apalpitarle dentro del pecho, aunque no sabía si era porque estaba jugando confuego o porque se sentía realmente atraída por él.

 

Ron le acarició la mejilla y el pelo sindejar de besarla. Luego le acarició los labios, pidiendo la respuesta de Hermione.Pero al hacer eso, Hermione se apartó, segura de que no era aquello lo quequería. Ron la dejó y se quedó observándola con un brillo en los ojos.

- Lo siento- dijo Hermione con voztemblorosa.

- ¿Por qué?

Hermione no respondió, no podía. Lo únicoque quería era salir del coche. Buscó la manecilla de la puerta con una manotemblorosa.

- Tú has querido que te besara, Hermione-murmuró Ron- No sé qué es lo que piensas ahora mismo, pero recuerda que lo hasdeseado tanto como yo.

Las mejillas de Hermione se llenaron derubor, porque sabía que Ron tenía razón. Ella había querido que la besara,había querido saber qué se sentía al besar a otro hombre además de a Draco.

Pero, en aquellos instantes, se sentíacomo una estúpida, y furiosa consigo misma por permitir que hubiera ocurrido.Aquello animaba a Ron a pensar que había para él un lugar en su vida, cuandoeso no era posible. En su vida, sólo había sitio para Draco. Él era todo lo quequería. Maldito fuera. Mil veces maldito.

Al correr bajo la lluvia hacia la puertade la casa, se preguntó si Draco les habría oído llegar. Miró hacia lasventanas, pero no vio nada a través de las cortinas. No la había visto besandoa Ron, pensó con alivio. Estaría esperando que llegara en autobús, así queincluso si lo había oído, no habría asociado el ruido del coche con su llegada.No estaba en el salón. Miró por la puerta entreabierta del estudio, perotampoco estaba allí. Lo encontró en la cocina.

- Has vuelto antes de lo que esperaba

Draco le daba la espalda porque estabahaciendo té. Estaba muy atractivo con un suéter negro y unos vaqueros.

- Le dije a mi madre que se fuera a casa-dijo poniendo dos bolsitas de té en dos tazas- Estaba preocupada porque vio tucoche, pero tú no estabas por ninguna parte. Tendrías que haberle dicho que noibas en tu coche.

- No arrancaba,- le dijo- así que tomé elautobús. Lo siento, no pensé que fuera a preocuparse. Mañana le pedirédisculpas.

Se hizo un silencio. Draco todavía no lahabía mirado. Estaba concentrado en la bandeja de té que estaba preparando. Derepente, al ver la tensión de los músculos de su cuello, se dio cuenta de queestaba muy enfadado. Estaba tenso e hiciera lo que hiciese no la miraba. ¿Lahabía visto besando a Ron? Con una sonrisa nerviosa exclamó:

- ¡Estoy empapada!

Quiso tener un tono alegre, pero fuepatética. Tenía un gran sentimiento de culpabilidad. Se sonrojó. Si Draco lamiraba, se daría cuenta de que le ocurría algo extraño

- Me voy a dar un baño caliente- dijonerviosamente, luego añadió- ¿Has... has cenado? Puedo hacerte algo antes deque...

- ¡No!- exclamó Draco tan violentamenteque Hermione se sobresaltó.

Se mordió el labio, observando elevidente esfuerzo de Draco por controlarse. Cuando Draco levantó la vista de latetera, aunque sin darse la vuelta, contuvo la respiración.

- No- dijo con más calma-, ya he cenado,gracias.

- Entonces...- dijo Hermione con vacilación,y salió de la cocina apresuradamente.

 

Los había visto, se dijo mientras llenabala bañera, y se estremeció, aunque no supo si era por miedo, culpabilidad osimplemente satisfacción por haberse vengado, aunque sólo fuera un poco.

Se fue a la cama muy tensa y lista paraenfrentarse a Draco en cuanto subiera. Pero no subió. No subió en toda lanoche.

comunicativo, que durante las nochesni siquiera la tocaba. Los niños estaban cada vez más revoltosos, excitados conlas fiestas que se aproximaban y preocupados por la situación. Hermione sabíaque las dificultades por las que atravesaba su matrimonio les afectaban tantocomo a Draco o a ella.

El problema era que no sabía quéhacer. Le habría gustado contarle a Draco lo que había ocurrido entre Deidara yella, y pedirle perdón, pero no podía hacerlo. Habría sido la prueba de que leimportaba lo que él pudiera pensar o decir, y había decidido no mostrar por élningún interés.

Una mañana cayó enferma y se pasó eldía entero dando vueltas por la casa, débil y aburrida. Cuando los mellizosvolvieron del colegio se pusieron a jugar, armaron tanto ruido que le dio unterrible dolor de cabeza. Se alegró de ver llegar a Draco, porque así podríadejárselos a él y acostarse.

- ¿Por qué no me has llamado?- lereprochó Draco- Si me hubieras dicho que no te encontrabas bien, habría venidoenseguida.

Hermione le dio una respuesta confusay subió las escaleras para dirigirse a su dormitorio. Ni siquiera se le habíapasado por la cabeza llamarlo. En realidad, pensaba metiéndose en la cama, nuncalo había llamado al trabajo. Draco llamaba desde el despacho a menudo, peroella nunca se había molestado en llamarlo. Una vez más, se asombró del muro quese alzaba entre el Draco hombre de negocios y el Draco padre de familia y nopudo recordar que se hubiera atrevido a traspasar ese muro ni una sola vez.

El caso era que Draco logró que losniños dejaran de hacer ruido. Al cabo de un rato, se quedó dormida y su sueñono fue interrumpido por ningún ruido. Se despertó horas después. Había amanecidoy Draco estaba inclinado sobre la cama con una taza en las manos.

- Pensé que podría apetecerte esto-dijo dejando la taza humeante en la mesilla- ¿Cómo estás?

- Mejor- dijo, aunque al incorporarseno quiso hacer ningún movimiento brusco con el estómago. Se apartó el pelo dela cara antes de tomar la taza- Gracias- murmuró.

- Puedo tomarme el día libre yquedarme en casa a trabajar, si quieres- dijo Draco, mirándola condetenimiento. Hermione negó con la cabeza.

- No es necesario. Me siento un pocodébil, pero puedo arreglármelas.

- Aun así...- Hermione tenía laextraña sensación de que Draco se debatía para entre decirle algo o no- Creoque será mejor que no vayas a clase esta noche, con el tiempo que hace...

- Teníamos pensado salir a celebrar laNavidad- dijo soplando el humeante té de la taza- Deidara nos va a llevar a unclub. No quiero perdérmelo.

Con el rabillo del ojo, se dio cuentade que Draco apretaba la mandíbula. Aunque deseaba hacerle sufrir un poco, alver su reacción, lo pasaba muy mal.

- Ya veremos cómo te encuentras estatarde- dijo Draco, y se dio la vuelta para marcharse y de repente, Hermionesintió la necesidad imperiosa de que se quedara.

- Mis padres, como siempre, vendrán apasar las Navidades con nosotros- dijo. Draco se detuvo bruscamente en lapuerta del baño- Pero este año tenemos un problema...

 

Draco no la miraba, tan sólo le dabala espalda esperando a que terminara lo que tenía que decirle.

- El año pasado la habitación deItachi estaba libre. Ahora, no sé cómo van a poder pasar aquí dos noches. No meimaglaverne a mi padre durmiendo en el sillón de tu estudio ni a mi madredurmiendo en el sofá- dijo esta última frase con la intención de hacer gracia,pero Draco se dio la vuelta sin la menor sombra de una sonrisa en el rostro. Hermionesintió un gran vacío en el corazón, aún mayor que el que tenía aquellos días.

- ¿Y qué quieres que haga?- dijo Draco-.Ya he perdido la cuenta de las veces que te he dicho que quería mudarme a unacasa más grande. Pero no te has molestado ni siquiera en discutirlo. Pues mira,ahora tienes un problema que vas a tener que solucionar tú sola. Yo no quierosaber nada.

Hermione se lo quedó mirando conasombro mientras salía de la habitación dando un portazo. Aquella noche asistióa su clase de dibujo. No porque se sintiera lo bastante bien para ir, que noera así, no porque tuviera ganas, que no tenía, slaverne porque estaba tanenfadada con Draco que no quería darle la satisfacción de estar en casa cuandovolviera.

Pero no disfrutó de la clase. Tenía lamente ocupada en el millón de cosas que tenía que hacer en casa, y su estómagose negaba a tranquilizarse. Estaba cansada, tensa y pálida. Y además, Deidarapasó la mayor parte de la clase mirándola.

Era la primera vez que lo veía conotra cosa que no fueran unos vaqueros, y tenía que reconocer que estaba muyatractivo con su traje oscuro de seda y una camisa de color crema. Ella llevabaun vestido negro corto que había comprado en su escapada a Paris. Dejaba loshombros y las piernas al descubierto, y despertó la admiración de los hombresde la clase.

Pero se sentía muy incómoda ante lasmiradas de Deidara. Sus ojos no dejaban de decirle que recordaba el beso que sehabían dado en su coche, aunque ya habían pasado algunas semanas desdeentonces. A Hermione no le había resultado difícil olvidarlo, lo que no lograbavencer era un sentimiento de culpa.

Al terminar la clase, se dirigieron aun nightclub que había cerca de allí. Era en realidad un viejo cine remozado.Tenían una mesa reservada en la zona de los antiguos palcos del cine, convistas al viejo patio de butacas convertido en pista de baile. Había un granmontaje de luces y la música estaba tan alta que era imposible hablar. Encualquier otra ocasión, habría disfrutado del lugar. Lo sitios a los que lallevaba Draco eran mucho más refinados. Antes de su crisis matrimonial, habíadeseado muchas veces soltarse la melena e ir a bailar toda la noche. Aquellaera la ocasión.

Deidara se había sentado a su lado yquería monopolizar su atención. La música estaba tan alta que se veía obligadaa inclinarse hacia él, con lo que no dejaba de rozar su cuerpo y él empezó atocarla ligeramente en el brazo, en los hombros, en las mejillas o en el pelo. Hermionese sentía incómoda con la situación, pero no sabía qué hacer para librarse deél sin provocar una escena. Se alegró cuando Deidara la invitó a bailar.

Al menos bailando no tendría por quétocarla, no si bailaban del modo en que se bailaba en aquel lugar. Así que dejóque la condujera hasta la pista de baile. Pero una vez allí, la estrechó entresus brazos.

 

- No, Deidara- dijo queriendoapartarse de él

- No seas estúpida, Hermione. Sóloestamos bailando.

No estaban sólo bailando y él losabía. Después de algunas semanas, Deidara había decidido dar un paso adelantepara conquistarla. Si no lo detenía, entonces, sí sería culpable de traicionara Draco.

- No- repitió Hermione con firmeza, sesoltó y se alejó de la pista. No debía haber ido. Después de aquel beso, nodebía haber ido. Deidara la deseaba, pero ella a él no.

Ella sólo deseaba a Draco. Aquellacerteza le dolía tanto que le daban ganas de llorar. Deidara fue tras ellahasta el vestíbulo principal. Ella se daba cuenta de que la seguía y se metióen una cabina telefónica para llamar a un taxi.

Como era Navidad, no pudo encontrarningún taxi libre, todos estaban reservados. Casi con desesperación llamó a sucasa. Se le hizo un nudo en el estómago al escuchar la profunda e impacientevoz de Draco.

- Soy yo- dijo Hermione con voz grave.Se hizo una larga pausa. Sólo pudo escuchar la respiración de Draco al otrolado de la línea.

- ¿Qué ocurre?- dijo él por fin.

- No puedo volver a casa. Es imposibleencontrar un taxi ... ¿Qué hago?

Qué fácil había sido volver a ser lamisma Hermione de antes. La mujer indefensa que recurría a Draco para resolvercualquier problema. Lo único que tenía que hacer era sentarse y esperar que sumarido encontrara una solución. El silencio continuó. Hermione agachó lacabeza; levantaba el auricular con fuerza, como si así estuviera más cerca de Draco.

- ¿No te va a traer tu Romeo?- dijo Dracopor fin.

- laverne es mi Romeo! ¡Y, además ...!

Repentinamente cambió de opinión. Noquería darle a Draco el placer de oír que no quería ver a Deidara Weslyni enpintura.

- No puedo decirle que se vaya en lomejor de la fiesta sólo porque estoy cansada. ¿No puedes venir tú?

- ¿Y los niños? No querrás que losdeje solos.

- Hmp- exclamó, y volvió a sentirsecomo una estúpida. No había pensado en ello. Al verse en problemas, lo únicoque había pensado era en llamar al hombre que podría solucionarlos.

- Vaya, ahora ella piensa que deberíahaber seguido mi consejo y contratar a alguien que los cuidara- dijo Dracoburlonamente.

- Le diré a Deidara que me lleve-replicó Hermione.

La cuestión de contratar una chica paracuidar a sus hijos era un viejo punto de fricción entre ellos. Draco quería unacasa más grande, una asistenta que limpiara y una niñera. Lo que a Hermione lehabría gustado saber era qué le quedaría a ella si Draco buscaba a otraspersonas para hacerlo todo.

- Llamaré a mi madre, vendrá mientrasvoy a buscarte- dijo Draco, cambiando repentinamente de opinión- Supongo que ladespertaré, y no creo que le guste, aunque no la culpo, pero...

- Oh, no- dijo Hermione-. No quieroque te molestes tanto. Deidara me llevará- dijo y colgó sin dar tiempo a que Dracorespondiera.

- ¿No ha habido suerte?- dijo Deidara,que estaba apoyado en la pared. Hermione no podía saber si había oído suconversación con Draco, aunque, en realidad, le importaba muy poco.

- No- replicó- Tendré que esperar aque haya algún taxi libre- dijo y se encogió de hombros para demostrarle aDeidara que estaba dispuesta a esperar el tiempo necesario.

- Yo te llevo- dijo Deidara.

Hermione lo miró detenidamente. No sesentía con fuerzas para pasar media hora más a su lado. Pero tampoco queríaesperar una hora entera a que llegara un taxi, que era el tiempo mínimo deespera. Deidara tomó la decisión por ella al agarrarla por la muñeca.

 

- Vamos- dijo con tranquilidad- Yo tellevo.

La mirada de Deidara no dejaba lugar adudas, no tomaba en serio la negativa de Hermione. Cansada, harta y un pocodeprimida por la discusión constante que tenía con cuantos la rodeaban,incluida ella misma, Hermione cedió.

Fueron juntos al guardarropa pararecoger su abrigo, luego salieron al aire helado de diciembre para dirigirse alPorsche rojo de Deidara. Al poco rato, estaban en la carretera, cubierta de salpara impedir que se formara hielo. Hermione se subió las solapas de su abrigo yobservó el camlaverne en silencio.

- ¿Por qué le soportas cuando sólo esun cerdo egoísta?- dijo Deidara de repente.

- ¿No son así todos los hombres?

- No tanto como Draco. Todavía mecuesta creer que esté casado con alguien como tú- dijo Deidara, y miró a Hermione-Le van más las mujeres como Laverne Bronw.

Fue un comentario tan cruel que Hermionesintió una punzada de dolor en el pecho. Lo peor era que no podíacontradecirle. Tal vez a Draco le convenía más Laverne Bronw que ella, aunqueno podía juzgarla porque no la conocía- y no tenía la menor gana de conocerla.

Laverne Bronw era el nombre delfantasma sin cara que la visitaba todas las noches. Con eso tenía bastante

- Y Pansy Meco- añadió Deidara- Menudadiscusión tuvisteis aquel día en la pista de baile.

- ¿Oíste algo?- preguntó Hermione,dando un respingo.

- La mitad de la sala lo oyó, querida.Y fue asombroso. Draco Malfoy, el joven tiburón de las finanzas, tenía mujer ytres hijos y nadie lo sabía. Supongo que esa noticia le dio a Laverne donde másduele. Quería casarse con él, ¿sabes? Draco era la elección ideal para unaabogada con su futuro.

Así pues, Laverne era abogada, y no lasecretaria de Draco, como ella había creído. La noticia la sobresaltó. «Compitecon eso si puedes», se dijo con amargura. Una cosa era luchar por elamor de su marido con una simple secretaria, pero otra muy distinta hacerlo conuna mujer que estaba acostumbrada a vivir en el mismo mundo que él.

Como si estuviera pensando algoparecido, Deidara dijo

- Si lleváis casados siete años, esoquiere decir que lo atrapaste antes de que iniciara su carrera meteórica. ¿Cómote sientes? ¿Como un desliz de su juventud?- Hermione se dijo que, tal vez,merecía alguno de aquellos insultos. Pero el último comentario era lo que másle había dolido, probablemente, porque ella empezaba a pensar algo parecido.

- Creo que será mejor que te calles ypares el coche antes de que digas algo que me ofenda de verdad- dijo. Para suconsternación, Deidara hizo exactamente lo que le había pedido, deteniéndosebruscamente en el arcén.

- Soy yo quien me siento ofendido porel modo en que has estado jugando conmigo durante todo este tiempo. ¡Dios mío!No has pensado en mí en serio ni por un momento, ¿verdad?

- No- respondió Hermione sinceramente.

- Entonces, ¿por qué no me detuvisteantes de que llegáramos tan lejos?

- ¿Tan lejos? ¿Cómo que tan lejos?- ledijo con una mirada desafiante- ¡Pero si sólo nos hemos dado un beso!

- No se trataba sólo de eso, Hermione,y tú lo sabes. Pero para ti era sólo un juego, ¿verdad? Te diste cuenta de queme gustabas y pensaste que podrías jugar un rato conmigo, ¿no es eso?- lepreguntó Deidara amargamente- ¿Qué ocurre? ¿Que tu autoestima estaba en unnivel muy bajo? ¿Tanto te molestaba que prefiriese acostarse con su abogada aacostarse contigo?

 

Hermione le dio una bofetada al tiempoque se ponía roja de vergüenza. Luego agarró la manecilla de la puerta con unamano y se desabrochó el cinturón de seguridad con la otra.

Pero Deidara la agarró por el brazo.

- No- dijo entre dientes- No piensesque te vas a escapar tan fácilmente- Tiró de ella y la besó. Fue un besobrusco, desagradable. Cuando la soltó, Hermione estaba asqueada del sabor de suboca. Salió de coche dando un portazo. Deidara arrancó haciendo chirriar losneumáticos dejándola a merced del viento helado de la noche.

Se llevó una mano a la boca, y vioasqueada que le había hecho sangre en el labio. Le maldijo, deseando estar devuelta cuanto antes en su mundo de cuento de hadas, donde nada malo podíaocurrirle. Maldijo a Pansy por haberla despertado de aquel mundo de ensueño,añadió para sí iniciando el camlaverne de regreso a casa. Y maldijo a Draco porsu infidelidad y a Laverne por haberlo seducido. Pero, por encima de todos, semaldijo a sí misma.

No tardó mucho en llegar a casa, perotenía los pies deshechos. Se quitó los zapatos, de tacón alto, nada más entrar.En el interior de la casa, hacía calor. El reloj del pasillo marcaba la una dela madrugada. Se sentía deprimida y la escena con Deidara no dejaba de darlevueltas en la cabeza. No se molestó en ir a ver a Draco. Por ella podía irse alinfierno. De todas formas, no estaba de humor para tener otra discusión.

Pero se equivocó al pensar que él laignoraría tan fácilmente. Acababa de ponerse el camisón cuando entró en lahabitación con sus zapatos en la mano.

- Te has olvidado de esto- dijodejándolos detrás de la puerta.

- No me he olvidado, simplemente melos he quitado al entrar- replicó Hermione, que estaba sentada al borde de lacama masajeando sus pies doloridos. La melena ocultaba su rostro a ojos de Draco.

- ¿Dónde te ha dejado?- dijo Draco consuspicacia. ¿Otra vez espiando tras las cortinas?, se preguntóHermione con amargura.

- No me ha dejado en ninguna parte.

- Si hubieras hecho todo el camlaverneandando, habrías tardado más.

«Bastante he andado de todas formas», pensó Hermione acariciándose las plantas delos pies.

- Una pelea entre amantes, ¿no?-añadió Draco con mal gusto.

- Algo así- dijo Hermione,encogiéndose de hombros, y salió de la cama para dirigirse al baño. «¡Quepiense lo que quiera!», se dijo.

Draco la agarró por los brazos y laobligó a mirarlo a la cara. Estaba furioso y tenía una mirada penetrante yarmada.

- ¿Y por qué os peleasteis?- lepreguntó, apretando los dientes- ¿Por qué no querías ir a su casa? ¿Por eso?¿Qué pasaba, que no estabas de humor?

Hermione lo miró con ira. Sentíaamargura y asco hacia los hombres por lo que la estaban haciendo pasar aquellanoche.

- ¿Y cómo sabes que no he estado en sucasa toda la noche? Podría haberte llamado desde allí. ¿Cómo ibas a saberlo?

Draco se puso pálido y apretó confuerza los brazos de Hermione. La miraba fijamente, como si buscara evidenciasde lo que estaba diciendo.

 

- ¡Te ha dado una bofetada y te haroto el labio!

- Me estás haciendo daño. ¡Suéltame!-exclamó Hermione tratando de apartarse pero sin conseguirlo

- ¿Cómo has podido?- dijo Draco casigritando- ¿Cómo has podido hacerlo, Hermione? ¿Cómo has podido?- La situaciónhabía estallado. Llevaba muchos días amenazando con hacerlo, y finalmente, laintensidad de sus sentimientos reprimidos empezaba a aflorar a la superficie.

- Se me acaba de ocurrir una cosa, Draco.Te propongo un cambio, si me cuentas cómo fue con Laverne, te diré lo que hapasado con Deidara.

- ¡Dios, ya basta!- dijo Draco,cerrando los ojos y haciendo una mueca de verdadero dolor. A Hermione se lellenaron los ojos de lágrimas, y, por segunda vez aquella noche, golpeó a unhombre. Draco la soltó.

- Me das asco, ¿sabes?- susurró Hermioneamargamente y se encerró en el cuarto de baño.

Cuando volvió a salir, más tranquila,aunque no del todo, vio a Draco sentado en la cama con la cabeza escondidaentre las manos. Le dolía verlo así, pero, aquellos días, todo le dolía. Ya nopodía recordar si alguna vez había llegado a reír en aquella casa.

- Quiero acostarme- le dijo, negándosea ceder a sus deseos de consolar a Draco.

Draco no se movió. Hermione permanecióallí de pie durante un interminable minuto, debatiéndose entre el amargo deseode volver a pegarle y la tenue necesidad de acercarse a él y estrecharlo entresus brazos. Tan sólo eso, estrecharlo entre sus brazos porque estaba sufriendoy ella lo amaba. A pesar de lo que pudiera hacer o decir, lo amaba. Se estremecióy, con un gemido, cayó de rodillas ante él, y le apartó las manos de la cara.

- ¿De verdad quieres saber lo que haocurrido esta noche?- le dijo con voz temblorosa- Quiso besarme, pero yo lerechacé. Él se vengó comparándome con Laverne- dijo- Con Laverne, la brillanteabogada que le conviene a Draco Malfoy mucho más que la pobre y patética Hermione.

- Eso no es cierto- murmuró Draco.

- ¿No?- dijo Hermione con los ojosllenos de lágrimas- Pues yo creo que sí. Nos hemos alejado, Draco. Tú hasavanzado mientras yo me he quedado estancada. Además, creo que las mujeres comoLaverne Bronw te van más que yo.

Draco se rió, sacudiendo la cabezacomo si no pudiera creer lo que estaba oyendo.

- ¿Te parece que me he alejado de ti?¿Crees que quiero dejarte? ¿No crees que si quisiera dejarte, sería capaz dehacerlo?- En aquellos momentos, era Draco quien agarraba a Hermione por lasmuñecas.

- Laverne- murmuró Hermione, cerrandolos ojos-, es...

- Al infierno con la maldita Laverne-dijo Draco violentamente- No tiene nada que ver con esto. ¡Se trata sólo denosotros y de si podemos seguir soportándonos el uno al otro!

- Entonces es tu conciencia- dijo Hermionesuspirando- Te quedas porque te sientes culpable

- La verdad es que sí, sí que mesiento culpable- asintió Draco con amargura- Pero no seas tan tonta como parapensar que soy un mártir. Si creyera que nuestro matrimonio es una pérdida detiempo, me habría marchado hace mucho tiempo. Estamos en el siglo XXI- añadiócínicamente-, y hay muchos divorcios. Si me quedo, es por esto- dijoatrayéndola hacia sí para besarla- Te deseo. No me canso de ti. Llevamos sieteaños casados, y me excito sólo con verte. ¡Dios mío! ¡Ni siquiera puedo evitarhacerte el amor incluso sabiendo que no puedo satisfacerte!- Sacudió la cabeza- Pero ésa no es razón para lo que has hecho. Hermione, ¿cómo puedes, sóloporque te he hecho daño, convertir tu vida en algo miserable? ¿Por qué? Siquieres que me vaya, ¿por qué no me lo has dicho?

 

- Yo...- Hermione se negó a proseguir,porque la respuesta era demasiado dolorosa para su alma humillada.

- ¿Quieres que me vaya?- dijo Draco. Hermionesintió un escalofrío y una punzada de dolor recorrió su cuerpo.

- No- susurró, sintiendo que laslágrimas se agolpaban en su pecho.

- ¿Por qué no?- insistió Draco-. ¿Cómopuedes soportar que viva en la misma casa que tú, que duerma en la misma cama,que te toque, que te abrace? ¿Cómo puedes soportarlo, Hermione? ¿Cómo? ¿Cómo?¿Cómo?

«Porque te quiero, maldito bastardo», pensó Hermione, y rompió a llorar entresollozos. Draco dio un suspiro, que provenía de lo más profundo de su ser.Luego, estrechó a Hermione entre sus brazos y la tendió sobre la cama,echándose encima de ella. La abrazaba tan fuerte que Hermione apenas podíarespirar.

- ¿De verdad te parece que cada vezestamos más separados?- le preguntó en voz baja.

- No- respondió Hermione, que nodeseaba estar en ningún otro lugar del mundo.

- Entonces, no vuelvas a decirlo- dijoDraco con voz ronca y la besó. Fue un beso largo e impulsivo. Hermione sólopudo dejarse llevar por sus demandas, hasta sumergirse en las cálidas aguas desu afecto.

- ¿Has dejado que ese cerdo te toque?-preguntó Draco con voz grave. Hermione recuperó sus sentidos, abrió los ojos yvio la mirada atormentada de Draco. Se negaba a creer que hubiera sido capaz depreguntarle algo así.- Contesta- insistió él- ¡Quiero saberlo, necesitosaberlo! ¡Dios, tengo que saberlo!

Hermione lo miró durante un largoinstante, luego apretó los dientes y dijo:

- ¡Vete al infierno!

Draco fue directo al infierno, pero seaseguró de llevarla con él. Con furiosa pasión, Draco abrió la bata de Hermioney se quitó la ropa. Le hizo el amor con tal crudeza que, cuando todo terminó, aHermione le dio la impresión de que había contenido el aliento hasta esemomento.

Rodó hacia su lado de la cama mientrasDraco se encerraba en el baño. Permaneció en él largo rato. El suficiente paraencontrar dormida a Hermione cuando salió.


La noche siguiente, el teléfono empezóa sonar cuando ella estaba quitando la mesa. Se dirigió al vestíbulo y levantóel auricular, frunciendo el ceño porque los niños tenían la televisióndemasiado alta.

- Dígame- dijo distraídamente tirandodel cable del teléfono para llevado hasta el salón.

Hubo una pausa, luego una voz femeninapreguntó por Draco.

- Todavía no ha llegado- respondió Hermione-Si quiere, puedo darle un mensaje cuando venga o decirle que la llame.

Hubo otra pausa. Hermione miró elreloj. Tenía un guiso en el horno, si la mujer no se daba prisa...

- Soy Laverne Bronw- dijo por fin, y Hermionese puso absolutamente rígida.

Hermione seguía mirando fijamente elteléfono cuando Draco llegó unos minutos más tarde. Él la vio nada más entrar yse detuvo al instante.

- ¿Qué ocurre?- le preguntó conimpaciencia, dándose cuenta de que Hermione sufría una especie de conmoción. Hermionese llevó la mano a la mejilla. La tenía helada

 

- Laverne acaba de llamar- le dijo-Quiere que la llames.

Sin dejar de mirar a Draco, sepreguntó si se desmayaría o se echaría a llorar. Draco se sonrojó y dio unsuspiro. Pocas veces había visto Hermione tanta emoción en sus ojos. Draco dejócaer la cartera y suspiró con los dientes apretados. Luego se acercó a unaparalizada Hermione, la apartó de su cama laverne y se dirigió a su estudio.Entró y cerró la puerta. Hermione se quedó mirándolo, haciéndose preguntasacerca de lo que acababa de ocurrir entre ellos, además del holocausto quetenía lugar en su interior.

¿Draco reaccionaba así ante lasimple mención del nombre de Laverne? Hermione contuvo un sollozo, negándose adejarse llevar por lo que ocurría en su interior.

¡Al saber que Laverne acababa dellamar, Draco había corrido al teléfono como un poseso!

Ella estaba con Lusius en el salóncuando Draco entró buscándola. Estaba pálido, y, aunque de sus rasgos habíadesaparecido todo rastro de emoción, podía ver huellas de la conmoción quesentía en sus ojos. Catherine corrió hacia él para abrazado, como de costumbre,pero sólo recibió una caricia en el pelo. Spcrupus estaba viendo la televisióne Lusius estaba cansado, así que se limitó a dirigir una mirada a su padreantes de volver a sumergirse en el cálido abrazo de su madre. Draco mirabafijamente a Hermione.

- Lo siento- dijo con voz grave- Ledije que no llamara aquí nunca.

- No importa.

- ¡Claro que importa!- exclamó Dracoviolentamente. Los niños se dieron la vuelta para mirarlo. Se pasó la mano porel pelo, tratando de tranquilizarse

- Spcrupus... Catherine, quédensecon Lusius un momento mientras yo hablo con mamá.

Sin dar lugar a una respuesta,levantó a Lusius y lo dejó sobre la alfombra, entre las piernas de Spcrupus.Luego dirigió a sus tres sorprendidos hijos una mirada tranquilizadora. Se diola vuelta y agarró a Hermione de la mano. Al llegar a su estudio, la soltó.

- Le dije que no debía llamar aquí-repitió- ¡Le dije que si era muy urgente, le dijera a la señora de la limpiezaque me llamara en su lugar! ¡Pero que ella no llamara nunca!

- Ya te he dicho que no importa.

- ¡Pero sí importa!- estalló Dracoferozmente- ¡Te ha hecho sufrir, y no quiero que eso ocurra!

- Entonces, lo que tenías que haberhecho...- Hermione se interrumpió porque no quería insultarlo y, encogiéndosede hombros, se acercó a su mesa- ¿Cómo es que sigue trabajando para ti?- lepreguntó entre dientes- Si decías que todo había terminado.

- No trabaja para mi- dijo Draco-Trabaja para mi bufete de abogados. Hace meses que le pasé todos mis asuntos auno de sus compañeros.

Hermione no lo creía. Tenía grabadala expresión de su cara cuando le dijo que Laverne acababa de llamar. Todavíarecordaba cómo la había apartado para correr a llamarla.

- Entonces, ¿por qué te ha llamado?-Draco suspiró. Hermione estaba segura de que trataba de controlar las emocionesque le había provocado la llamada de Laverne.

- Era la única que estaba en laoficina cuando llegó una información muy importante por fax- le explicó - Lobastante importante como para que yo lo supiera inmediatamente. Y no habíanadie más en el bufete.

- Hmp- exclamó Hermione, que nopodía pensar en algo más que decir- Bueno, pues asegúrate de que no vuelva allamar- añadió fríamente, para acabar con el asunto. Pero el incómodo silencioque se hizo a continuación, le decía que aún no había concluido.

 

- El caso es que- dijo él conprudencia- tengo que marcharme. Ha surgido un problema legal con el negocio de Romay tengo que volver a la oficina para solucionarlo personalmente.

La compra de Harvey's y el negociode Roma, ¿dónde estaba la diferencia?

- Claro que sí. Tú tienes que irte-dijo con tal acidez que fue como una bofetada en la cara-, y yo tengo que metera los niños en la cama- Lo empujó con la intención de abandonar el estudio.Pero Draco la detuvo.

- No- exclamó-. Voy a mi oficina, noa la de Laverne. No voy a verla. No quiero verla. Estaré en la otra punta de Paris,¿lo entiendes?

¿Entender? Sí, por supuesto, Hermionelo entendía todo. Le estaba pidiendo que confiara en él. Pero no podía. Tal veznunca volviera a confiar en él.

- Tengo que acostar a Lusius-murmuróy le empujó para salir de la habitación.

Aquello ocurrió un viernes. Al lunessiguiente, Draco se marchó a Roma para atar los cabos sueltos del contratoantes de las vacaciones de Navidad. Y después de un horrible fin de semana,durante el cual los dos se comportaron con exquisita cortesía, Hermione sintióalivio al verlo partir.

Pero hicieron el amor el domingo porla noche. Y, en medio de sus desesperados intentos por conseguir algún nivel demutua satisfacción, Draco rompió una de las estrictas reglas que se habíaninstituido entre ellos y le habló. Le pidió que le perdonara. Hermione le dijoque se callara, para no estropear más las cosas. Draco se mordió la lengua,pero, cuando la penetró, lo hizo con una ansiedad tal que rayaba en eltormento.

Al terminar se separó de ella yhundió el rostro en la almohada. Hermione sintió entonces la desesperadanecesidad de consolarlo, pero no pudo, porque habría sido concederle algodemasiado importante. El problema era que ya no sabía qué era aquello tanimportante, porque había empezado a perder la noción de las causas que losseparaban.

«Laverne», recordó, «Laverne».

Pero incluso aquel nombre empezaba aperder el poder de hacerle tanto daño como antes. Los días siguientes, Hermionese sumergió en los apresurados preparativos de las fiestas de Navidad. Ignorólas frecuentes molestias de su estómago y se dispuso a limpiar y reordenar lashabitaciones. La noche que volvía Draco, consideró seriamente si no sería mejormeterse en la cama y descansar.

Estaban todos en el salón, tratandode poner en pie el enorme árbol de Navidad que acababan de traer, cuando seabrió la puerta y entró Draco. Una sonrisa suavizó sus duros rasgos al ver losesfuerzos de su mujer y sus hijos para sostener el árbol.

- Veo que para algunas pequeñastareas todavía hago falta- dijo en broma, atrayendo la atención de sus hijos.

Los niños abandonaron a Hermione ycorrieron hacia Draco. Él, fingiendo terror, cayó en la alfombra mientras Catheriney Spcrupus se abalanzaban sobre él gritando y riendo. El tercer miembro deltrío gateó como pudo hasta alcanzar los pies de su padre.

Hermione observó la escena embobada,mientras las agujas del plaverne se le clavaban en la palma de las manos. Fueen aquel preciso instante, al sentir una sensación de dulzura y afecto quejamás había experimentado, cuando se dio cuenta del valor que tenía su vida.

 

Amaba a su familia. Amaba el amor desu familia.

Un amor sencillo que extendía suslazos de unos a otros y que los unía hasta tal punto que, cuando un eslabón serompía amenazando con romper la cadena, los demás volvían a unirse paraformarla otra vez.

El Draco de aquella escena era elviejo Draco. No el que estaba tan cansado que no tenía tiempo de echarse en elsuelo para jugar con sus hijos, para disfrutar de ellos. Lusius estaba sentadosobre él, golpeándole el pecho con los puños.

- Me rindo, me rindo- decía Draco,mientras Spcrupus le sujetaba por los brazos para que Catherine pudiera hacerlecosquillas sin piedad. Los dos niños sabían que Draco no podía hacer ningúnmovimiento para salvarse mientras tenía a Lusius sentado sobre él- ¡Ayúdame, Hermione!¡Necesito ayuda!

Hermione soltó el árbol,asegurándose de que no caería sobre ellos antes de ir a agarrar a Lusius con unbrazo y atacar a Catherine con sus propias armas, dejando que Draco se lasentendiera con Spcrupus. Al cabo de unos segundos, el padre había doblado elbrazo de su hijo mayor sobre su espalda y no dejaba de darle besos.

- ¡Puaj!- protestaba Spcrupus, pero,en realidad, disfrutando y riéndose como un loco.

No hay muchas formas de darle a unniño de seis años los besos que necesita, pero que no se deja dar. Draco estabaempleando el mejor truco, porque se los daba jugando. Cuando dejó al niño en elsuelo, estaba loco de felicidad, aunque sin dejar de hacer gestos de asco.Luego se moría de risa cuando su padre persiguió a Catherine, que no paraba dechillar, pero que, en realidad, estaba deseando que Draco la abrazara y lacubriera de besos.

Lusius observaba con una sonrisa defelicidad y Hermione se abrazó a él. El cálido cuerpo de su hijo la reconfortó,aunque en realidad, lo que más deseaba era esperar a que le llegara el turno deque Draco la persiguiera también a ella, como había hecho en el pasado.

Que Draco estaba pensando lo mismoquedó claro cuando dejó a Catherine en el suelo y miró a Hermione conincertidumbre. Ella sintió una repentina timidez y le ofreció a Lusius, agachandola mirada mientras Draco se tumbaba en el suelo jugando con su hijo pequeño.

Precisamente en aquel instante, elárbol de Navidad comenzó a inclinarse. Hermione lo atrapó a tiempo, pero se leechó encima. Otra mano, más grande y fuerte que la suya apareció de repentepara sostener el árbol, volviendo a ponerlo recto con gran facilidad.

- Te ha arañado en la cara- dijo Draco,tomándola entre sus brazos y besándola en la comisura de los labios yacariciándola con la lengua- Hola- murmuró suavemente y Hermione se sonrojó.

- Hola- respondió con voz grave.

Draco la besó de nuevo, conintensidad, ternura e intimidad. Fue un beso cálido y lleno de vida. Hermionecerró los ojos y se abandonó al abrazo de aquel cuerpo que conocía tan bien. Elsonido del timbre de la puerta los separó. Sus hijos se apresuraron a abrir,porque a aquella hora esperaban a Narcisa.

- Tu madre va a llevarlos a oírvillancicos- dijo Hermione.

- ¿Sí?- replicó Dracodistraídamente, sin dejar de mirar a Hermione intensamente- Mejor- añadió conun murmullo y la besó de nuevo, suavemente. No se separó de ella ni cuando sumadre entró en la habitación.

Hermione ni siquiera la oyó. El amorque creía perdido para siempre palpitaba en el fondo de su ser, alimentando unadeliciosa calidez en cada rincón de su cuerpo. Con un suspiro, que fue como elsuave murmullo de una brisa, le acarició los brazos y enterró los dedos en suscabellos.

 

Estaban sin respiración cuando sesepararon. Draco se volvió para saludar a su madre con una sonrisa. Narcisasonreía nerviosamente, pero la expresión de esperanza escrita en sus ojos, erainequívoca.

Al poner los anoraks a los niños,mientras Draco estaba fijando la posición del árbol, Hermione recordó loscambios que había hecho en el piso de arriba. Se mordió el labio preguntándosecómo se lo diría, y pospuso el momento hasta que no tuviera más remedio.

Se despidieron de los niños y de suabuela desde la puerta. Draco la agarraba por la cintura mientras Narcisa salíapor la puerta del jardín empujando el cochecito de Lusius y con los mellizoscorreteando a su lado y sin parar de hablar. Draco cerró la puerta. Después delalboroto anterior, el silencio parecía muy extraño.

- Ven conmigo mientras me cambio-dijo Draco, ofreciéndole la mano a Hermione quien la agarró dócilmente y sedejó llevar escaleras arriba hasta su dormitorio. Allí, Draco se separó de ellacon un suspiro y comenzó a desanudarse la corbata. Ella lo miraba desde elumbral de la puerta, retorciéndose las manos nerviosamente.

- Draco...- Él, que no la oía, se dirigióal baño.

- Pero qué...- dijo saliendodisparado y mirándola con asombro.

- Tenía que poner a mis padres enalguna parte- dijo Hermione, poniéndose a la defensiva-, y ésta era la únicasolución- dijo señalando la cama.

Había quitado del baño todos susobjetos personales, vaciado uno de los armarios y había puesto su ropa con lade Draco. Casi no había cabido, la había metido con tanta presión que tendríaque plancharla otra vez antes de ponérsela, pero...

- ¿Y dónde vamos a dormir tú y yo?- Hermioneseñaló las otras habitaciones con un gesto vago.

- He comprado dos camas. Una la hepuesto en la habitación de Spcrupus y otra en la de Catherine. Tu madre puededormir con Catherine- La madre de Draco siempre se quedaba a dormir con ellosla Nochebuena porque le gustaba ver a sus nietos abriendo los regalos el día deNavidad.

- Yo dormiré con Lusius y tú con Spcrupus.Sólo son dos noches, Draco- dijo apelando a su comprensión cuando lo vio apunto de explotar- Sabes que no podemos poner juntos a los mellizos o no sedormirán nunca. Están muy excitados y...

- ¡Maldita sea!- exclamó Draco-.¿Qué te ocurre, Hermione? ¿Por qué tengo que dejarles mi cama a tus padres?¿Por qué no pueden dormir en otra cama? ¿O haces esto porque quieres seguirvengándote de mí? Porque, si es eso, te aviso: creo que ya he sufrido bastante.

Hermione se indignó ante talinjusticia.

- ¿Desde cuándo han sido mis padresun problema para ti? ¡Sólo vienen una vez al año! ¡Ten algo de consideracióncon ellos, por amor del Cielo! Saldrán para acá en cuanto cierren la tienda yharán el camlaverne de un tirón. Empiezan a ser mayores, y no creo que sea muycómodo para ellos dormir con los niños.

- ¡No puedo creer que estés haciendoesto!- exclamó Draco, demasiado enfadado como para atender a razones-. Vuelvo acasa después de una semana entera en Roma... ¡En Roma, por Dios Santo!- dijocomo si se tratara del fin de la Tierra- Buscando un poco de tranquilidad en mipropia casa. ¡En mi propia casa! Y me encuentro con que me ha echado de mihabitación mi propia mujer, una mujer vengativa que no encuentra bastantesmaneras de... ¡No pasaría nada...!- continuó observando a una pálida Hermione-No pasaría nada si la maldita casa fuera lo bastante grande para perderme enella si me daba la gana. Pero como tú te negaste a mudamos a una más grande, yotengo que pagar las consecuencias. ¡Yo! Un maldito millonario viviendo en unacasita de juguete con tres mocosos que no paran de hacer ruido y una mujerque...

 

Se interrumpió dirigiendo a Hermione,que estaba completamente pálida, una mirada furiosa.

- ¡Maldita sea!- exclamó-. ¡Malditasea! ¡Maldita sea!

- ¿Por qué no te vas a casa de Laverne?-le sugirió Hermione con voz temblorosa- ¡Puede que ella te trate mejor!

Giró sobre sus talones y salió deldormitorio antes que Draco pudiera decir algo más. ¿Creía que era vengativa?¿Qué vivía en una casa de juguete? ¡Y a los niños! ¡Había llamado mocosos a sushijos!

Recogió los platos donde habíancenado los niños y se dispuso a lavarlos. Podría haberlos metido en ellavavajillas, pero aquella actividad le daba la oportunidad de descargar surabia. Draco apareció a sus espaldas y la apretó contra el fregadero.

- Lo siento- dijo besándola en lanuca- No quería decir eso- Hermione suspiró, restregando un plato de tal modoque el dibujo corría el riesgo de desgastarse.

- Entonces ¿por qué lo has dicho?

- Porque...- dijo Draco, pero seinterrumpió para seguir besando a Hermione en el cuello

- ¿Porque qué?- insistió Hermione.

- Porque estaba decepcionado- dijo Draco-Porque he pasado toda la semana sin pensar en otra cosa que en esa malditacama. Porque me sentía culpable por haber olvidado el problema de tus padres.Porque,- se detuvo para dar un suspiro- no quiero dormir con Spcrupus. Quierodormir contigo. Quiero despertarme la mañana de Navidad y ver tu cara sobre laalmohada. Porque... maldita sea, hay un millón de porqués. Pero todosdesembocan en una sola causa. Me he puesto así porque me has quitado el únicositio donde me siento cerca de ti. Necesito esa cama, Hermione, la necesito.

Con un repentlaverne sollozo, Hermionedejó caer el plato que estaba fregando y se dio la vuelta para apoyarse en elpecho de Draco.

- Draco -susurró- Estoy tan triste.

- Lo sé- dijo Draco con un suspiroabrazándola y acariciando su espalda. Apoyó su cabeza en la de Hermione y, unavez más, su cuerpo se convirtió en su refugio.

Finalmente, Hermione consiguiócalmarse y Draco la agarró por la barbilla para examinar su rostro. Ella ledejó, tan silenciosa y petulante como Catherine.

- Mi madre me va a matar si te veasí- dijo Draco sonriendo- una mirada y me acusará sin escucharme.

Hermione, a su pesar, le devolvió lasonrisa. Pero Draco tenía razón. Narcisa siempre se ponía de su lado cuandodiscutían, tuviera razón o no.

- ¿Me perdonas?- le preguntó Draco,apartándole el pelo de la cara- Vamos a firmar una tregua, Hermione. Vamos aser felices estas Navidades. Incluso cederé muestra maldita cama si eso te hacefeliz.

- ¿Quién ha dicho que me hagafeliz?- objetó Hermione, metiendo las manos en el pantalón de Draco para buscarun pañuelo. Rozó con los dedos sus genitales y Draco dio un respingo.

 

- No me provoques, pequeña-la acusó Dracoasombrado, porque sabía cuál era su intención. Y sonrió al comprobar que allíestaba la vieja Hermione, la que pensó que había perdido para siempre- Vamos afirmar una tregua, Hermione- le rogó con voz ronca- Por favor.

- ¡Has llamado mocosos a los niños!

- ¿He dicho eso?- dijo Draco, yparecía sinceramente sorprendido.

- ¡Y mucho más!

- Me pregunto por qué no me hastirado nada- murmuró Draco- ¿Me perdonas?- Hermione consideró la propuesta,complacida por el modo en que Draco le acariciaba el cuello y las mejillas.

- ¿De verdad eres millonario?- lepreguntó.

- ¿También he dicho eso? Debohaberme vuelto loco.

- ¿Lo eres?- insistió Hermione.

- Si te digo que sí, ¿voy a ganar unpoco más de respeto en esta casa?- dijo Draco con una sonrisa.

- Tal vez.

- Entonces, sí. Tienes a unmillonario delante de ti. Tal vez a un multimillonario, añadiré, sólo paraconseguir un poco más de respetabilidad, ya sabes- dijo con buen humor.

Hermione se sintió dolida porquesabía que le estaba diciendo la verdad. Draco era un hombre muy rico y ella nisiquiera lo había sabido. Para ella no era más que Draco, el hombre al quellevaba amando toda su vida.

- ¿Una tregua?- le preguntó Draco,rozando su boca con los labios.

- Sí- murmuró Hermione y cerró losojos.

- ¿Por mis millones?

- Por supuesto- dijo Hermionesonriendo- ¿Por qué otra cosa iba a ceder?

Draco se rió, porque, si conocía enalgo a Hermione, sabía que no era interesada. La besó en la frente y se dio lavuelta agarrándola de la mano.

- Entonces, ven y charla conmigomientras me cambio- le dijo. La habitación estaba bañada, como de costumbre,por una tenue luz anaranjada.

- Esta noche, por supuesto, podemosdormir en nuestra cama- comentó Hermione distraídamente y recibió una palmaditaen las nalgas. Entraron en el cuarto de baño riendo.

Fueron unas Navidades felices,tranquilas, alegres, pero terminaron enseguida. Llegó el momento en que Hermionetuvo que decidir si iba a volver a las clases de Ron. Draco no hizo ningúncomentario, pero Hermione no tuvo la menor duda de su opinión al ver su caracuando la sorprendió con su bloc de dibujo. Además, ella se negó a comentárseloporque quería que fuera una decisión exclusivamente suya.

Muy lentamente, volvieron a ser dosextraños que vivían bajo el mismo techo. Hermione pensaba que el noventa porciento de la culpa la tenía el hecho de que no había conseguido una relaciónsatisfactoria en la cama. Draco era un hombre muy sensual y su propia ycontinua incapacidad para entregarse por completo debía desafiar su virilidad.Odiaba las restricciones que ella imponía: la oscuridad, el silencio, sureticencia a dejarse llevar por sus sensaciones.

Hermione temía que, si no podíasolucionarlo, una vez más, él se fuera en busca de la satisfacción a algunaotra parte. ¿La abandonaría alguna vez aquel miedo? Se preguntó una mañana,después de una noche especialmente desastrosa.

Draco había sufrido tanto como elladespués de su aventura con Laverne, pero saber que podía volver a caer en latentación cuando la presión fuera demasiado fuerte, acababa con la necesariaconfianza que Hermione necesitaba para volver a sentirse segura con él.

Hermione era presa de una terribleinseguridad, una inseguridad que la mantenía continuamente irritada. Volvió atener dolores de estómago, unos dolores que ya duraban meses. Y, cuando pensabaen aquellos meses, se le helaba la sangre en las venas.

 

Eran las dos en punto de la tarde de un miércoles. Draco estaba en sudespacho, recogiendo los documentos en los que había estado trabajando parapreparar su próxima reunión cuando sonó el teléfono.

- Una señora le llama por teléfono, señor Malfoy, dice que es la señora Malfoy.

A Draco le dieron escalofríos. Hermione nunca lo llamaba al despacho.¿Habría ocurrido algún accidente?, se preguntó con alarma. ¿Le habría ocurridoalgo a sus hijos?

- Pásemela- le pidió a su secretaria.

Cuando recibió la llamada, había considerado tantas posibilidades que sedesconcertó cuando no oyó la voz de Hermione slaverne la de su madre. Sacudióla cabeza y dijo:

- Empieza otra vez, mamá. Me temo que no he entendido una sola palabra.

Al cabo de unos minutos, estaba en su coche, pisando el acelerador endirección a su casa. Su madre le abrió la puerta.

- Está ahí dentro- le dijo Astronia con gesto de preocupación y consignos de haber llorado- Está muy enfadada, Draco-añadió susurrando.

Draco hizo un gesto de dolor al abrir la puerta del salón y ver a Hermionesentada en una esquina del sofá. Tenía el rostro enterrado en un cojín y noparaba de sollozar. Se acercó a ella con cuidado. Se quitó la corbata antes deintentar tocarla, le temblaron las manos.

- Hermione-susurró agachándose y apoyando la mano en su hombro.

- Vete- dijo ella sin dejar de sollozar. Draco frunció el ceño,desconcertado y temeroso.

Nunca la había visto así, tan destrozada que ni siquiera podía decirlelo que le ocurría. Permaneció allí, acariciándole los hombros con ternuramientras se preguntaba qué podía haberla llevado a aquel estado. Pensó en Ronwesly y se le hizo un nudo en el estómago. Si aquel canalla había hecho daño a Hermionecuando se estaba recuperando del daño que él mismo le había ocasionado...

- Hermione...- dijo aproximándose y acariciándole el pelo. Se sorprendióal comprobar que estaba húmedo. ¿Cuánto tiempo llevaba así?- Por Dios Santo.Háblame, dime qué ocurre.

Hermione sacudió la cabeza. Draco tragó saliva sin saber qué hacer.Luego, con resolución, se levantó para estrecharla entre sus brazos y volvió asentarse con ella hecha un ovillo sobre su regazo, con cojín y todo.

Al menos, no trataba de separarse de él, advirtió Draco que permanecíaimpotente escuchando los sollozos de Hermione.

- Tú tienes la culpa- dijo ella por fin.

Draco suspiró, recordando los últimos días, tratando de averiguar sihabía hecho algo que pudiera causarle a Hermione tanto dolor. En realidad,había sido muy cuidadoso. Ni siquiera había dicho una palabra sobre su malditaclase de dibujo. Tampoco habían hecho el amor.

- Se suponía que eras tú el que iba a tener cuidado -añadió Hermione conaquella voz rota que le partía el corazón. Acarició su pelo con la mejilla.

- ¿Tener cuidado de qué?- le preguntó. Hermione sollozó todavía más,amenazando con ahogarse si no se calmaba. Draco la agarró por los hombros y lasentó, tirando el cojín lejos de allí.

 

- Cálmate- le dijo con firmeza, muy preocupado por su estado.

Pero, gracias a aquella firmeza, Hermione trató de tranquilizarse yquiso contener las lágrimas. Draco tomó un pañuelo, apartó las manos de Hermionede su rostro y le secó las mejillas. Estaba tan caliente que le quitó el jerseyde lana que llevaba. Hermione se estremeció al quedarse sólo con la blusa ysentir algo de frío.

- Ahora,- dijo Draco- cuéntame qué ocurre. Has dicho que era algo que yohe hecho.

Hermione lo miró. Tenía los ojos bañados en lágrimas e hizo un pucherocon la boca. A Draco casi le dieron ganas de sonreír, porque Hermione era laviva imagen de Catherine. Pero era Hermione, no su pequeña hija, y Hermione erafuerte, a pesar del aire de fragilidad que la rodeaba.

- No llores- murmuró, al ver que Hermione volvía a llorar- Hermione, porel amor de Dios, tienes que decirme qué te pasa para que pueda ayudarte.

- ¡No puedes ayudarme! ¡Nadie puede ayudarme! ¡Estoy embarazada, Draco!¡Embarazada! dijo Hermione sin dejar de sollozar y luego tragó saliva- ¡Dijisteque ibas a tener cuidado!

Fue él el que debió tener cuidado cuando se quedó embarazada de losmellizos, a partir de ese momento fue ella quien se ocupó de todo. Hasta que lapíldora le produjo una reacción, así que Draco volvió a ocuparse de todo, yentonces, nació Lusius.

- ¡Eres un inútil! ¡Puede que sepas dirigir un millón de empresas, peroen todo lo demás eres un inútil! ¡Sólo tengo veinticinco años, por el amor deDios!- dijo balbuciendo- A este paso me vas a enterrar antes de llegar a lostreinta.

Draco no pudo evitar una sonrisa, pero apretó la cabeza de Hermione contrasu pecho para que no pudiera verla.

- Chist- dijo- Todavía estoy intentando asumirlo- Pero Hermione estabaenfadada y se irguió, para decirle todo lo que llevaba atormentándola durantetanto tiempo.

- ¡Me he convertido en una fábrica de niños!- gruñó- Ahora me explicopor qué me tienes aquí encerrada. Tus amigos, esos grandes hombres, sequedarían boquiabiertos cuando descubrieran que también has montado una fábricaen casa. Apuesto a que... si consultamos a un sindicato, te denunciaría porabuso de contrato.

- ¡Cállate, Hermione!- dijo Draco, que ya no pudo contener la risa pormás tiempo- ¡No puedo pensar si me lanzas todas esas acusaciones

- ¡Piensa sólo en que estoy embarazada y no quiero estarlo!

«¡Piensa en eso todo lo que quieras!», se dijo Hermione con amargura.

- ¿De cuánto?- le preguntó Draco, después de una larga pausa. Tenía unnudo en la garganta y estaba pálido.

- De dos meses- le respondió ella, sintiéndose estúpida.

- Dos meses- repitió Draco, relajándose- ¡Dios Santo!- exclamó tansorprendido como Hermione aquella mañana cuando había visto al médico-. Esosignifica...

- Sí.- Significaba que debió ser la primera vez que dejó que se acercaraa ella, después de enterarse de lo de Laverne.

 

- Dios mió, ahora me acuerdo de que no se me ocurrió pensar en...

Se hizo el silencio, mientras los dos reflexionaban. Hermione seguíasentada sobre las rodillas de Draco que le acariciaba el pelo distraídamente.De repente, se acordó de aquella vez en que él le acarició el pelo de aquellamanera, mientras trataba, también, de asumir una noticia semejante. No estabafurioso en aquella ocasión y no lo estaba entonces.

- Bueno, pues que así sea- dijo Draco por fin, y le dio a Hermione unbeso en la boca- Ahora sí que tendremos que comprar una casa más grande.

Con su primer embarazo había ocurrido lo mismo. Draco había hecho uncomentario semejante para aceptar la situación... «Tendremos que casamos», habíadicho.

Hermione no volvió a sus clases de dibujo. Fue una decisión enteramentesuya. Había recuperado el amor por el dibujo, pero el sentido común le decíaque no debía volver a las clases si Deidara estaba allí. Pero no dejó dedibujar, y sus caricaturas de los niños se podían encontrar por toda la casa.

Sin que mediara ningún acuerdo entre ellos, Draco empezó a invitarla asalir todos los miércoles, como si quisiera compensarla por todo lo que habíaperdido... También salían a buscar casa. Les llevó mucho tiempo encontrar unaque les convenciera a todos.

- ¡Así nunca vamos a encontrar casa!- le dijo secamente a Draco despuésde pasar un fin de semana examinando todas las propiedades en venta de losalrededores y comprobar que nunca coincidían en la elección.

- ¿Para qué quieres una casa tan grande?- se quejó una vez después dever una mansión demasiado grande como para que se pudiera vivir cómodamente enella- Puede que necesitemos una casa más grande que ésta, pero no tanto. Noserá para que tengamos habitaciones libres para tus amigos, ¿no?

- La verdad es que aquí no podemos invitar a nadie- replicó Draco,desafiante- Y creo, Hermione, que, después de todo lo que he trabajado para quepodamos comprar casi lo que queramos, deberías darme el placer de comprar algoespecial.

Al cabo de algún tiempo, encontraron algo que les gustaba a los dos. Unavieja casa solariega de ladrillo rojo con grandes ventanales y techos altos.Estaba en una pequeña finca delimitada por un alto muro de ladrillo y árboles,para resguardar la intimidad del lugar. El lugar tenía el prestigio que Dracobuscaba y era lo bastante acogedor para convertirse en el hogar que queríaconstruir Hermione. A los mellizos les gustaba porque tenía piscina cubierta yestablos. Además, tenía una pequeña casa para huéspedes ideal para la madre de Draco,que se enamoró del lugar en cuanto lo vio.

En las habitaciones del piso de abajo, vivía una pareja mayor quellevaba cuidando de la propiedad más de veinte años y que estaban muypreocupados por su futuro después de que la casa se vendiera. El buen corazónde Hermione le impidió despedirlos, y Draco se alegró porque así tendrían unaasistenta permanente, que liberaría a Hermione de muchos trabajos, y unjardinero y chofer para llevar y traer a los niños de la escuela.

 

Hermione se sumergió en la deliciosa tarea de redecorar su nuevo hogar,y descubrió, para su sorpresa, que tenía un gran gusto para hacerla. Llevaba elembarazo mejor que el de Lusius y, mientras el invierno dejaba paso a laprimavera, la casa empezaba a estar lo bastante bien acondicionada como paraque consideraran la idea de mudarse.

Draco estaba metido hasta el cuello en otro negocio, la compra de unapequeña empresa de construcción de Paris que había trabajado para él en elpasado y que atravesaba dificultades financieras, así que pasaba más tiempo enel norte del país que en Londres, mientras Hermione trataba de concluir lospreparativos de la mudanza antes de que su embarazo se lo impidiera.

Laverne se había disuelto de sus pensamientos a medida que habían idopasando los meses y no había vuelto a atormentarla mientras hacían el amor,aunque Hermione seguía necesitando hacer el amor a oscuras. Pero, al menos,había logrado superar una infidelidad que había estado a punto de echar aperder su matrimonio.

La crisis de los siete años, se decía íntimamente. Si no ocurría nadasemejante laverne al cabo de otros siete años, podría soportarlo. Porque sehabía dado cuenta de que nunca dejaría a Draco. Sus vidas estaban demasiadounidas por el amor que sentían por los hijos que ya tenían y por el que prontonacería. ¿La amaría a ella?, se preguntó. Desechó aquella idea como un sueñoque pertenecía a los sueños de la niña que había sido. Pero se había convertidoen una mujer madura, que había aprendido a dominar sus emociones parasalvaguardar su matrimonio.

Una tarde que estaba en su dormitorio, Draco llegó inesperadamente desdeParis. Estaba sentada en el suelo separando ropa que quería conservar de otrade la que quería deshacerse.

Draco tenía aspecto de estar muy cansado. Por su mirada, Hermione se diocuenta de que le molestaba que estuviera haciendo aquello.

- ¿Por qué no contratas a una asistenta?- dijo Draco con impaciencia,quitándose la chaqueta y la corbata y dirigiéndose al baño con cuidado de nopisar la ropa.

- ¡No quiero que ninguna extraña husmee en nuestros objetos personales!-exclamó Hermione-. Y además, ¿cómo iban a saber qué tenían que tirar y qué no?¡Tengo que hacerla yo!

Draco no se molestó en contestar, pero dio un portazo al cerrar lapuerta del baño. Al cabo de un instante, Hermione se levantó y tomó su bloc dedibujo. Cuando Draco salió del baño, recién duchado y con una toalla alrededorde la cintura, estaba echada en la cama y dibujando afanosamente.

- ¿Qué haces?- dijo Draco, tendiéndose a su lado.

- ¡Serás bruja!- exclamó al ver el dibujo y soltó una carcajada.

Se reconoció a sí mismo en el diablo con cuernos y una horca que estabatomando una ducha. Pero, en lugar de agua, de la ducha caían llamas.

- ¡Pequeña bruja!- dijo quitándole el bloc.

Hermione fue a agarrarlo, pero Draco se tumbó de espaldas y la agarró porsu hinchada cintura mientras con la otra mano echaba un vistazo a las demáspáginas del bloc.

Hermione se quedó muy quieta. Le palpitaba el corazón mientras observabala reacción de Draco al ver sus dibujos. Aquel no era el bloc donde tenía lascaricaturas, la que le acababa de hacer era la única de todo el cuaderno. No,aquel era su trabajo más serio, y nadie lo había visto hasta aquel momento.

 

Había un retrato de Spcropus, con el ceño fruncido y una mirada solemne.Era igual que Draco, tanto, que a Hermione le dio un vuelco el corazón alcomparar el retrato con él. Otro donde Catherine parecía satisfecha de símisma. Su pelo negro era como un halo alrededor de su cara. Tenía una miradatraviesa, la misma con que había recibido la noticia de que su padre iba a comprarleun pony, y sus rasgos expresaban que era independiente y extrovertida. Separecía a Hermione, pero no era Hermione. En aquel aspecto, se parecía más a supadre.

Había más retratos de Lusius, porque Hermione pasaba más tiempo con él.En uno estaba durmiendo, boca abajo, con el culito en pompa y abrazado a suosito. Había otro dibujo en el que estaba riendo, y sus pequeños dientesasomaban en un rostro lleno de luz. En otro estaba muy serio, concentrado endar sus primeros pasos.

- Son buenos- dijo Draco. Hermione suspiró.

- Gracias- dijo e hizo ademán de tomar el bloc antes de que Dracovolviera la hoja- Disfruto al hacerlos.

Draco no le devolvió el bloc. Al volver la siguiente página, se quedómuy quieto. Esperaba ver algún dibujo de él mismo, pensó Hermione más tarde.Era la conclusión lógica después de ver dibujos de todos los miembros de lafamilia. Pero no había ningún retrato suyo.

Era un autorretrato. El retrato de una mujer joven, con el pelo corto yel rostro terso. Una mujer que había cambiado poco a lo largo de los años. Suboca era pequeña y suave y tenía la nariz delicadamente recta. Pero sus ojos,los miraban con una tristeza que conmovía el alma. Para ella, fue como mirar auna extraña. Había odiado aquel retrato nada más terminarlo. Por eso lo habíatachado con dos rayas de esquina a esquina de la página.

- ¿Por qué lo ha tachado?- preguntó Draco con seriedad, siguiendo una delas rayas con un dedo y deteniéndose en la boca. Hermione se aparto un poco deél.

- No soy yo, no me gusta.

Draco no hizo ningún comentario, pero se quedó mirando el dibujo durantelargo tiempo. Hermione se levantó de la cama y trató de concentrarse en la ropaque tenía extendida sobre el suelo de la habitación.

- De mi no has hecho ningún dibujo- dijo Draco, cuando acabó de examinarel cuaderno. Hermione le dirigió una sonrisa forzada.

- ¿Cómo que no?- dijo- ¿Y ese diablo? Así es como yo te veo.

No podía explicar por qué no había intentado dibujarlo. Sabía lasrazones, pero no habría sabido decirlas con palabras. Draco era distinto. Era yno era de la familia. Los demás rostros del bloc eran parte de ella. Draco lohabía sido, su parte más importante, pero ya no lo era. Se había alejado, sehabía convertido en una imagen borrosa.

No lo quería tanto como a sus hijos. Él era el eslabón roto de lacadena.

Se estiró para agarrar el cuaderno. Draco se lo dio, observando ensilencio cómo lo guardaba en el último cajón del armario y cerrando la puertaantes de mirarlo a él de nuevo. Él seguía tumbado en la cama, cubierto sólo porla toalla.

 

- ¿Dónde está Lusius?- preguntó suavemente.

- En casa de tu madre.

Cruzaron una mirada y el tiempo se detuvo. La mirada de Draco no dejabalugar a dudas, la deseaba. Ella estaba a un metro de él, nerviosa, insegura. Sesonrojó sintiendo que el deseo también se apoderaba de ella.

Se fijó en la mata de vello rizado que cubría el pecho de Draco y quedescendía en forma de flecha, perdiéndose por debajo de su cintura. Draco eraalto, esbelto y muy mascullaverne. Sus piernas eran poderosas y con unos muslosbien formados, y estaban cubiertas de vello. Hermione casi podía sentir el rocede aquel vello sobre su piel suave y delicada.

La pálida luz del sol entraba por la ventana, y se dio cuenta, con unpequeño sobresalto, que hacía muchos meses que no miraba a Draco tanabiertamente. La necesidad de hacer el amor a oscuras le había privado de aquelplacer. Y también del placer de ver arder el deseo en los ojos de Draco.

Draco estiró el brazo, invitándola a tenderse a su lado. Hermione le diola mano en silencio, llevada por una fuerza contra la que era imposible luchar.Draco entrelazó los dedos con ella, con cuidado de no romper el hipnóticocontacto de sus miradas. Se sentó muy despacio y separó las piernas para que Hermionese deslizara entre ellas. Hermione sólo llevaba un vestido muy ancho y lasbraguitas. Draco la agarró por la cintura y le acarició la cadera y las piernashasta alcanzar el borde del vestido.

Hermione contuvo la respiración y dio un respingo. Draco se detuvo y lamiró para comprobar el significado de aquel gesto. Hermione dejó escapar elaire de sus pulmones lentamente y cerró los párpados inclinándose para besar a Dracoen la boca. Draco se echó hacia atrás y ella se echó con él.

Sin dejar de besarla, Draco le quitó el vestido. Al instante, seperdieron el uno en el otro, hambrientos, ansiosos, llenos de deseo,sumergiéndose en una cascada de sensualidad y de caricias, sin dejar nunca debesarse.

Hermione estaba preparada para recibirlo, y sus sentidos se ahogaron enun dulce pozo de deseo. Draco se colocó encima de ella y Hermione lo agarró porla cadera para que la penetrara.

Entonces, ocurrió. Amándolo con cada poro de su piel, con cada uno desus sentidos, abrió los ojos muy despacio y miró el hermoso rostro de Draco, supelo rizado, bañado por la tenue luz del sol, y vio la ferocidad de su pasiónen el brillo fulminante de sus ojos. Entonces, el fantasma de su infiernovolvió para atemorizarla y cerró los ojos, gimoteando con frustración yponiéndose completamente rígida.

- ¡No!- exclamó Draco con violencia, porque se daba cuenta de lo que leestaba ocurriendo a Hermione-. ¡No, maldita sea, Hermione, no!

Hermione luchó con todas sus fuerzas, apretándose a él y sin dejar dejadear.

- ¡Mírame!- le exigió Draco-. ¡Por lo que más quieras, mírame!

Hermione abrió los ojos lentamente. Draco tenía los párpadosentrecerrados, con una evidente expresión de deseo. Tal vez Draco no la amara,pero la deseaba apasionadamente a pesar de que llevaban ocho años casados, apesar de que su embarazo era evidente, a pesar de todo lo que había ocurridoentre ellos durante los últimos meses. Draco todavía la deseaba con una granintensidad, y, tal vez, eso fuera suficiente

 

- ¡No!- exclamó Draco al ver que Hermione cerraba los ojos otra vez-¡No, esta vez no me puedes dejar así, Hermione!

Tomó el rostro de Hermione entre sus manos y le apretó el rostro hastaconseguir que abriera los ojos.

- Me deseas- dijo con violencia-, pero no me tendrás a no ser que abraslos ojos y aceptes a quien deseas. ¡A mí!- exclamó- ¡A mí, Hermione! ¡A mí, elhombre que yo era antes de hacerte daño y el hombre que soy ahora!

- ¿Y si no puedo?- susurró Hermione, desconsoladamente- ¿Y si no puedosuperar lo que nos hiciste?

- Entonces, nunca me tendrás otra vez- respondió Draco con pesar- Porquesé que no puedo seguir haciendo el amor con una mujer que tiene que cerrar losojos para hacer el amor conmigo.

La apartó de su lado, mientras Hermione trataba de asumir sus palabras. Dracole había dado un ultimátum, se dijo mientras le observaba dirigirse al baño. Lehabía dicho que ya había pagado su infidelidad. Le había dicho, en definitiva,que tenía que volver a confiar en él o tendría que olvidarse de sus relacionessexuales.

No podía creerlo, no podía creer cómo se las había arreglado Draco paradarle la vuelta a las cosas. Parecía ser ella la que tenía que hacerconcesiones si quería que tuvieran una relación normal en el futuro.

El resentimiento se apoderó de ella, aunque se preguntó si Draco notenía razón y ella tendría que aceptarlo tal como era, con sus culpas, siquería salvar su matrimonio. Pero aquello sólo añadió confusión a suspensamientos.

Seguía buscando una respuesta cuando sucedió algo que hizo que olvidaratodos sus problemas.

Los mellizos desaparecieron.

Hermione se dijo a símisma en el momento en que se dio cuenta de que se habían ido. La semana habíatranscurrido con una tensión insoportable. Draco se comportó de un modo frío ydistante, sin preocuparse de ocultar su enfado con Hermione, así que, todossuspiraron aliviados cuando se marchó a Paris por un par de días.

Pero no se tratabasólo de eso. Era Semana Santa y los niños estaban de vacaciones, así quepasaban todo el día en casa. Su excitación ante el inminente cambio de casa noayudaba a que Hermione estuviera tranquila. Muchas veces se entrometían en sutrabajo y ella no tenía la paciencia suficiente. Acabó por darles algunoscachetes que no merecían.

Estaba cansada deguardar cosas en cajas cuando oyó el teléfono. Profirió un juramento y sedirigió a contestarlo, pero dejó de sonar. Volvió a su tarea sin dejar demaldecir. Todavía estaba jurando entre dientes, cuando los mellizos entraron enla habitación.

- Era papá- dijo Spcropuscon el semblante muy serio.

No había olvidado labronca que le echara Hermione por tirar su zumo de naranja sobre el suelo de lacocina. Para Spcropus había sido una injusticia, porque lo había tirado cuandolo tomó para Lusius, de modo que su intención había sido ayudar a su madre,pero Hermione vio el pequeño accidente y perdió los nervios.

 

- Ha dicho que te digaque está volviendo de Paris- dijo el pequeño con frialdad- Y que primero irá ala oficina, así que llegará tarde.

«Al cuerno con él», pensó Hermione. Que se quedara ensu oficina mientras ella se encargaba de la mudanza. «¿Haciendo el papel demártir, Hermione?», oyó quele decía la voz de Draco en el interior de su cabeza.

- Le dije que vinieraa jugar con nosotros- intervino Catherine

- Y supongo que élcolgó enseguida, muerto de miedo- dijo Hermione con sarcasmo.

Los mellizos no fueronajenos a la crudeza de aquella expresión. Catherine se puso roja de ira.

- ¡No, no dijo eso!-exclamó- ¡Dijo que prefería jugar con nosotros a trabajar! ¡Y tú no eres unabuena mamá!

Hermione vio que a Catherinese le llenaban los ojos de lágrimas antes de salir corriendo de la habitación ybajar las escaleras como un rayo seguida de Spcropus.

Suspirando, apoyó unamano sobre su vientre hinchado y la otra en la frente. Reconociendo que,probablemente, merecía las palabras de Catherine, se dirigió al piso de abajo.Los mellizos la ignoraron, fingiendo estar concentrados en la televisión.

Levantó a Lusius delsuelo, donde había estado jugando alegremente con su juego de construcción ymiró a Spcropus y a Catherine, con la esperanza de que le devolvieran la miradapara poder decirles que lo sentía. Pero pensó que, tal vez, aquello aumentaríasu irritación y salió del salón con el pequeño.

Una hora más tardeestaba a punto de volverse loca.

Los buscó por todaspartes, pero los mellizos habían desaparecido de la faz de la Tierra. Fue encoche hasta el parque, pensando que podrían estar en los columpios. Fue a lacasa de la madre de Draco, sabiendo que Narcisa estaba fuera visitando a unosamigos, pero pensando que los mellizos no lo sabrían y que habrían podidodirigirse allí. Inspeccionó la casa de arriba abajo por dos veces, buscó en eljardín, y llegó a llamar a la nueva casa pensando que podrían haber ido hastaallí de alguna manera. Pero no había sido así. Se disponía a llamar a lapolicía cuando sonó el teléfono. Contestó al instante. Estaba temblando de talmanera que le costaba apoyar el auricular en la oreja

- ¿Señora Malfoy?

- Sí- respondió con unsusurro.

- Señora Malfoy, soyla secretaria de su marido...- Le dio un vuelco el corazón.

- ¿Está Draco ahí?-preguntó.

- No, todavía no hallegado- respondió la mujer- Pero sus hijos acaban de aparecer preguntando porél y he pensado que...

- ¿Están ahí?

- Sí- dijo lasecretaria amablemente, dándose cuenta de la preocupación de Hermione-. Sí,están aquí.

- ¡Oh, Dios mío!- exclamóHermione, tapándose la boca con la mano, conteniendo un torrente de lágrimas-¿Están bien?

- Sí, están bien.- Hermionese sentó en la escalera, invadida por una sensación de alivio. Pero se puso enpie casi al instante.

- ¿Puede decirles quese queden ahí, por favor?-dijo casi en un susurro- Voy enseguida, voyenseguida...

Colgó el teléfono,profirió una pequeña risa nerviosa y se apresuró a preparar a Lusius. Hermionellegó al edificio de Malfoy Holdings justo cuando finalizaba la hora dedescanso para comer. El moderno vestíbulo estaba repleto de gente que volvía asus respectivas oficinas.

Tenía las mejillassonrosadas por el sofoco de la prisa y, en su expresión, se veía que habíasufrido un gran disgusto. Iba vestida con un pantalón blanco ajustado, que seponía para estar en casa, y con una camisa vieja de Draco. Se detuvo en laentrada y miró con asombro a su alrededor.

 

No podía ver a losniños. Sintió una punzada en el corazón y avanzó hacia el mostrador derecepción que había al otro lado del amplio vestíbulo, donde una chicacoqueteaba con un joven que estaba apoyado en su mesa.

- Perdóneme- dijo Hermionesin aliento- Soy Hermione Malfoy. Mis hijos. Yo...

- ¡Señora Malfoy!-exclamó la chica, poniéndose en pie y observando a Hermione como si no pudieracreer lo que veía. Hermione no la culpaba, sabía que su aspecto era horrible.Pero no la importaba, lo único que quería era ver a Spcropus y a Catherine,necesitaba verlos.

- Mis hijos- repitió-¿Dónde están?- preguntó sin darse cuenta de que la exclamación de la recepcionistase había oído en todo el vestíbulo y todo el mundo la estaba mirando.

-Oh, el señor Malfoyha llegado hace diez minutos- le dijo la chica- Los ha llevado a su despacho yha dicho que usted...

- La acompañaré a sudespacho, si quiere- dijo el Joven. Hermione lo miró distraídamente y asintió.

- Gracias- susurró ylo siguió a los ascensores, demasiado turbada para darse cuenta de las miradascuriosas.

El ascensor los llevómuchos pisos más arriba y los dejó en una planta cuyo suelo estaba cubierto poruna gruesa moqueta gris que amortiguaba el sonido de sus pasos. Se acercaron aun par de puertas de color gris mate. Hermione amlaverneró el paso, sintiéndoseextraña, débil. El joven golpeó la puerta con los nudillos, esperó unosinstantes y abrió. Luego se apartó para dejar paso a Hermione.

Hermione se detuvo enel umbral y miró a Draco con cautela. Estaba apoyado en una gran mesa dedespacho, con los brazos cruzados. Los niños estaban sentados, muy juntos, enun gran sofá de cuero. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Dejó a Lusius en elsuelo, tragó saliva y exclamó:

- ¡Oh, Spcropus, Catherine!-y se desmayó al instante.

Cuando volvió en sí,estaba echada en el sofá y tenía algo frío y húmedo sobre la frente. Cuatrorostros con reconocible parecido entre ellos la miraban con preocupación.Sonrió débilmente y recibió cuatro sonrisas en respuesta.

Draco estaba derodillas a su lado y agarraba a Lusius con un brazo. Con una mano, agarraba lade Hermione. Spcropus y Catherine estaban a su lado, cada uno apoyado en uno delos hombros de su padre. Era una imagen muy dulce y deseó tener papel y lápizpara poder inmortalizada.

- ¿Cómo estás?- lepreguntó Draco.

- Mareada- dijo Hermione,luego miró a sus hijos mayores- Lo siento- dijo con un susurro y recibió dossollozos como respuesta.

Aquel sollozoexpresaba su arrepentimiento, sus disculpas, su amor y su miedo al verladesmayarse. Luego, le contaron su aventura atropelladamente: habían llamado aun taxi, reunido sus ahorros para pagarlo, y habían llegado a la oficina de supadre antes de que él llegara, con la consiguiente preocupación para todos losempleados.

- Y metiendo el miedoen el cuerpo a su madre- dijo Draco, y se quedaron callados. Dirigió una seriamirada a Hermione, que agachó los ojos.

- Lo planearon todomuy concienzudamente- añadió a la compañía de taxis a la que tú llamas cuandoyo estoy de viaje. Dijeron que estabas enferma y que querías que los llevaran ami oficina. Incluso le entregaron al taxista una de mis tarjetas de visita paraque todo fuera más creíble.

 

- Oh, Catherine- dijo Hermione,recordando lo importante que se sentía la niña cuando le encargaba que llamaraa un taxi para llevados al colegio cuando Draco no estaba. La pobre niña agachóla cabeza.

- Yo pensé en usar latarjeta de papá- intervino Spcropus, compartiendo valientemente las culpas consu hermana. Aunque todos sabían que el cerebro de aquella operación había sidola revoltosa Catherine.

- Lo siento- susurróla pequeña, y Hermione vio con una punzada en el corazón cómo se limpiaba laslágrimas con su pequeña manita.

El hecho de que no seacercara a su padre para buscar su reconfortante abrazo, le decía a Hermioneque, antes de su llegada, Draco los había reprendido severamente por suaventura. Ella lo observó. Estaba pálido y tenía los labios fruncidos, signo deuna rabia contenida. Sostenía a Lusius, abrazándolo como si necesitara el calorde su cuerpecito para consolarse de lo que realmente deseaba... abrazar a losmellizos. Se dio cuenta de que Hermione lo estaba observando y frunció el ceño.

- Mi secretaria estáhaciendo café- dijo- En cuanto venga, le diré que baje con los niños a lacafetería para que coman algo. Tenemos que hablar.

Aquello sonaba comouna amenaza. Hermione agachó la vista y se incorporó. En ese momento, llegó unajoven de rostro muy agradable con una bandeja llena. Sin dejar a Lusius, Dracose levantó y se acercó a ella.

Mientras dejaba labandeja en la mesa, le dijo algo en voz baja y llamó a los mellizos. Los niñosle obedecieron con tal presteza que se vieron confirmadas las sospechas de Hermionede que les había estado regañando. Un momento después, Lusius reposabaconfiadamente en los brazos de la joven, que salió de la habitación dejandopaso a los mellizos. Draco sirvió el café. No dijo nada hasta que le ofrecióuna taza a Hermione, sentándose a su lado para comprobar que la apuraba hastael último sorbo.

- Bueno, ¿qué hapasado?- le preguntó entonces. Hermione reconoció sus culpas.

- He sido muyimpaciente con ellos- admitió-. Más de lo normal. Supongo que se han ofendido,así que se han ido a buscar consuelo a otra parte- dijo y dejó la taza en elsuelo. Estaba a punto de llorar otra vez- Pensé que habían ido a casa de tumadre... los he buscado por todas partes... Pero no se me ocurrió que fueran avenir aquí.

- Está bien- dijo Draco,agarrándole las manos- No te atormentes más. Están bien, ya lo has visto- Hermioneasintió, tratando de tranquilizarse- Lo siento- dijo al cabo de un rato.

- ¿Por qué?

- Por no ser una buenamadre para tus hijos- dijo-. Por... venir aquí.

- Algunas veces, Hermione-dijo Draco, perdiendo la paciencia-, me pregunto qué pasa por esa cabeza tuya

- ¿Les has pegado?- Dracofrunció el ceño- No, me contuve- dijo secamente- ¡Pero los he regañado muyseriamente! Lo que han hecho ha sido estúpido y peligroso, y además, no habíarazón para hacerlo- dijo sacudiendo la cabeza- Spcropus ha encajado bien labronca, pero Catherine estaba consternada. Creo que nunca le había gritado así.

- Te perdonará- leaseguró Hermione. Catherine adoraba a su padre.

- No, si es como sumadre, no lo hará- dijo Draco, y Hermione agachó la mirada.

 

- No se trata de...perdonar- murmuró- Lo que me pasa es que no puedo olvidar. Has ensombrecido mimundo, Draco.

- Lo sé- dijo Draco,observando con tristeza sus manos entrelazadas- Y el mío también. No es queimporte, pero yo me lo merezco, tú no.

- Entonces, ¿por quélo hiciste?- Draco suspiró profundamente y soltó la mano de Hermione parapasársela por la cabeza.

- Porque ella estabaallí- respondió de manera brutal, y frunció el ceño al ver que Hermione se sobresaltaba

- Debes haberle hechomucho daño.

- ¿Sí?- dijo Draco-.No es como tú, Hermione. Las mujeres como Laverne tienen la piel curtida, no seles hace daño tan fácilmente.

- Y con eso tejustificas, ¿no?

- No- dijo Draco y seapoyó los codos en las rodillas y se quedó mirando al suelo sobriamente- Perono puedo sentirme culpable por sus sentimientos cuando no ha tenido en cuentalos míos.

Hermione frunció elceño, sin entender a qué se refería. Draco la vio y suspiró.

- Si trato deexplicártelo todo, ¿me escucharás?- dijo. ¿Lo escucharía? ¿Quería saberlo todo?¿Podría aceptar la verdad? Apartó los ojos de él. Le temblaban los labios yestaba llena de incertidumbre. Draco le agarró la mano y la estrechó.

- Por favor- le pidióde nuevo- Eras y sigues siendo la única mujer a la que he amado, Hermione. Sino puedes oír nada más, por favor, oye eso, porque es la verdad

- Entonces, ¿por quéte acostaste con Laverne?- Draco se irguió y frunció los labios. Retiró la manoy la dejó caer entre sus rodillas.

- Porque, por un cortoperiodo de tiempo, perdí el control. No sólo con lo que estaba ocurriendo entretú y yo, sino también aquí, en este despacho. Laverne fue una válvula deescape. Así de simple- dijo mirando a Hermione con pesadumbre-. Estaba bajomucha presión y, sinceramente, la utilicé para librarme de algo de esa presión.

¿Y eso qué significabapara ella?, se preguntaba Hermione, sintiendo que la ira se agitaba en suinterior.

- Y ahora, yo tengoque perdonar y olvidar- dijo- Y sentarme a esperar la próxima vez que estésbajo presión y sientas la necesidad de encontrar otra válvula de escape.

- No- dijo Draco contranquilidad-, porque no volverá a ocurrir.- Hermione lo miró con escepticismo.- No volverá a ocurrir- repitió Draco-, porque la primera vez no funcionó.

Observó el rostro de Hermionepara ver si entendía lo que quería decir. Sonrió al comprobar que no era así.

-Tú y tu eterna inocencia-murmuró secamente

- Dejé de ser inocente,Draco, a los diecisiete años. ¡Tú me quitaste la inocencia!

- Tú me la diste, Hermione.Me la diste libremente. Hermione se sonrojó. Draco tenía razón. No solamente sela había dado, sino que se la había entregado alegremente.- Y, lo creas o no-continuó Draco- la acepté cuando no tenía intención de hacerlo. No... nopienses mal. Te deseaba. ¡Dios mío, siempre te he deseado! Tenía veinticuatroaños y cierta experiencia. Sabía que debía apartarme de ti y marcharme antes deque las cosas llegaran a ser demasiado serias. Pero no pude, así que decidí quelleváramos una relación, pero tampoco pude conseguirlo- dijo apretando lamandíbula- Al final, estaba tan obsesionado contigo que mi trabajo se resintió.Y el tuyo también. Tenías sobresaliente en todo hasta que aparecí yo. Pero, enlugar de sumergirte en los estudios, que era lo que debías hacer, empezaste asalir conmigo. Y tus padres hablaron conmigo...

 

Hermione se quedó muysorprendida ante aquella noticia. Siempre había pensado que sus padres sehabían limitado a saludar a Draco con una sonrisa cuando iba a recogerla acasa.

- No querían quesaliéramos. Y tenían razón, yo ponía en peligro tus estudios. Y por ti, yopospuse los grandes planes que tenía para mi futuro.

- ¿Esto?- preguntó Hermione,refiriéndose al despacho en el que estaban.

- Algo como esto-asintió Draco.

- Así que al finalalcanzaste tu sueño, a pesar de mí- dijo Hermione amargamente

- Pero a expensas deltuyo- dijo Draco.

- ¿Los míos? ¿Cómosabes cuáles eran mis sueños si nunca te molestaste en preguntar?

- Estudiar Arteprimero y luego, ganarte la vida como artista. En publicidad, tal vez, o endiseño. No pensabas en otra cosa.

- ¿Ah no?- dijo Hermione,burlándose de la excesiva confianza de Draco-. Eso demuestra lo poco que me conoces.

Un brillo cruzó lamirada de Draco.

- Entonces, ¿quéquerías?- preguntó Draco con cierta incomodidad, como si no quisiera escucharla respuesta.

Hermione le dirigióuna mirada desafiante. «A ti», quería decirle, «todo lo que he querido en la vidaeres tú».

- Digamos que he obtenido lo quemerecía- dijo, y se dio cuenta de que a Draco le dolieron aquellas palabras.

- Estuve a punto dedesaparecer de tu vida hace ocho años, cuando me dijiste que estabasembarazada- dijo Draco, y Hermione cerró los ojos, aceptando que lecorrespondía a él hacerle daño- Pasé aquella noche aquí, en Paris, pero lo queno sabes es que tuve varias entrevistas en las que me ofrecieron irme atrabajar al extranjero.

Hermione lo habíasospechado. Desde que supo su aventura con Laverne, sospechó que Draco se habíavisto atrapado por su embarazo. Draco no se habría casado con ella, pero notuvo elección.

- No...- dijo Dracoagarrándole las manos otra vez-... estás confundiendo mis razones. ¡No queríadejarte! Pero estaba preparado para salir de tu vida por tu propio bien. Erasdemasiado joven como para decidir tu vida tan pronto. Aquellas ofertas detrabajo eran una encrucijada. Acepté una de ellas, porque creía que era lomejor para los dos. Pero no era una decisión fácil y me sentía muy mal,ensayando un montón de adioses.

Se detuvo, recordando.

- Y allí estabas tú,-murmuró- de pie delante de mí, mirándome con esa
con esa- dijo, cubriendo conuna mano los ojos de Hermione por un instante- Y allí estaba yo, muriéndome pordentro porque tendría que abandonarte. Y lo que ocurrió a continuación...- dijotragando saliva- ...fue que hicimos el amor cuando no debimos hacerlo, porque,¿cómo le dices a la mujer que amas que vas a dejarla?- dijo, tan perdido en suspropios recuerdos que no se daba cuenta de que Hermione estaba pálida y quieta-Entonces, cuando trataba de decirte que me iba, apoyaste la cabeza en misrodillas y dijiste: «Estoyembarazada, Draco, ¿qué vamos a hacer?».- Rió ligeramente, sacudiendo lacabeza. - Fue como la anulación de una condena a muerte cuando el verdugo estáa punto de ponerte la soga al cuello. Me sentí libre, vivo. Tan vivo que loúnico que pude hacer fue quedarme allí sentado y dejarme invadir por laalegría. No tenía que dejarte marchar porque me necesitabas. ¡Me necesitabas!Podía dejar de pensar en tus estudios, en lo joven que eras. Y podía hacer loque más deseaba, que era casarme contigo y cuidarte y guardarte, para que nadiesupiera el maravilloso tesoro que tenía.

 

Respiró profundamentey luego, dejó escapar el aire muy despacio.

- Entonces, noscasamos- continuó con menos emoción- Y nos vinimos a vivir en aquel piso tanpequeño. No teníamos dinero ni propiedades, pero creo que no he sido más felizen mi vida. Entonces, llegaron los mellizos y empecé a hacer algo que siemprehabía pensado, empecé a jugar en la bolsa. Compré acciones, y un día, unpaquete me dio un gran resultado. Podía hacer dos cosas: comprar una casa parati o reinvertirlo todo. Lo invertí todo- confesó-, y me sentí como si hubieracometido un pecado mortal.

A Hermione le habríagustado que, al menos, consultara con ella lo que debía hacer. Pero, pensó, talvez, Draco no habría llegado a ser el que era si hubiera tenido que consultar aotros cada vez que tomaba una decisión arriesgada.

- Pasé un añosintiéndome culpable cuando se hizo tan difícil vivir en aquel piso con los dosniños. Pero entonces, las acciones empezaron a dar dividendos y alcanzaron unprecio tan alto que las vendí para invertir otra vez. Y después de aquello,nunca tuve que mirar atrás. Compramos la casa y fundé mi propia empresa, que hacrecido hasta llegar a convertirse en lo que es hoy. Aunque todo eso, no sinsacrificios. Cuanto más crece la empresa, más tiempo tengo que pasartrabajando. Y la naturaleza de mi negocio supone que tengo que moverme porciertos círculos sociales para enterarme de lo que pasa en el mundo de losnegocios. Pero, cuanto más conozco ese mundo, más decidido estoy a que no tetoque ninguna de sus bajezas. Tú has sido el jardín de rosas en medio de lajungla urbana en la que me desenvuelvo. Tú has sido la única constante de mivida. Siempre que vuelvo a casa, veo a la chica de diecisiete años de quien meenamoré y sé que sería capaz de luchar contra el mismo diablo para conservarteasí.

De nuevo, respiróprofundamente. Miró a Hermione con alguna timidez, porque le estaba revelandodemasiado del hombre que normalmente guardaba escondido en su interior, elhombre que Hermione siempre había querido conocer, pero que nunca parecía estarlo bastante cerca de ella.

- Creo que allíarriba, alguien debía pensar que era demasiado feliz, porque tuviste unembarazo y un parto muy difícil con Lusius, y uno de mis últimos negocios sevio metido en un escándalo de fraude, que llevó meses resolver. Pasé más tiempofuera que en casa, que era donde debía estar, ayudándote. Porque muchas veceseres demasiado terca, Hermione. Teníamos más dinero del que podíamos gastar yte negaste a contratar una asistenta.

Hermione se irguió.

- Puede que tú nopuedas dirigir este lugar tú sólo, pero yo sí puedo ocuparme de una casa y tresniños.- Draco suspiró.

- Pero todos tenemosun límite de resistencia.- señaló- Tú casi alcanzaste el tuyo cuando nació Lusiusy nos dio cuatro meses de tormento.

- Y me enteré de tuaventura con Laverne- añadió Hermione con frialdad.- Pero Draco negó con lacabeza.

- No. Ése fue elresultado de sobrepasar mi límite de resistencia, Hermione. Casi lo pierdo todoen la compra más difícil en la que he estado metido. Harvey's, un grupo deempresas más grande que el mío, decidió que quería quitarme de la circulación yme atacó con todas sus armas. Incluida una acusación de fraude.

 

- ¿La compra deHarvey's?- Hermione siempre había pensado que había sido Draco el que proponíacomprar aquella empresa, y no al revés. Draco asintió, sin saber que Hermioneestaba asombrada con la nueva visión de los hechos.

- Fue amarga y muydura- dijo- Y tuve que asumir riesgos que me hacen temblar cuando pienso enellos, ahora que terminó todo hace tiempo. En otros periodos difíciles, siemprete tuve a ti para encontrar alivio, pero estabas ocupada con Lusius y con elsarampión de los mellizos. Sé que suena muy egoísta, pero los envidiaba porqueellos obtenían tus cuidados y yo no. ¡Te necesitaba, Hermione, pero no podíasayudarme! Y, que Dios me perdone, Laverne sí podía- dijo y suspiró conangustia- Con la brillante ayuda de Laverne, gané la batalla de Harvey's. Perosabe Dios por qué razón, me sentí tan aliviado que perdí el control y caí ensus brazos.

- ¿Cuánto tiempo?- Dracola miró con asombro.

- ¿Cuánto tiempo qué?

- ¿Cuánto tiempofuisteis amantes?- Draco sacudió la cabeza con una extraña expresión.

- Nunca lo fue, almenos, no en el sentido en que tú lo dices. He intentado decírtelo alguna vez,pero te negabas a escucharme... Dios sabe que no te culpo. Al fin y al cabo, tehe sido infiel en todo menos en hacer el amor. Salía con Laverne en lugar devolver a casa. La invitaba a cenar, a bailar...

- Pansy me dijo que tehabía visto saliendo de su apartamento- dijo Hermione con voz grave. Dracoasintió.

- Después de labatalla con Harvey's me volví un poco loco- dijo sin poder ocultar ciertodesprecio por sí mismo- Me quedé sentado aquí bebiendo hasta que no pude volvera casa conduciendo. Laverne me recogió y me llevó a su apartamento hasta queestuve sobrio. ¡Oh!,- añadió con una sonrisa cínica- no me entiendas mal. Ellasabía lo que estaba haciendo y yo sabía lo que se proponía, pero... no pude. Noeras tú y, borracho o no, la idea de acariciarla me ponía enfermo. Debió darsecuenta, porque salió de la habitación. Yo me quedé dormido y no me despertéhasta la mañana siguiente. No tengo ni idea de dónde durmió ella aquella noche,pero entró en la habitación mientras yo trataba de recordar lo que habíaocurrido, horrorizado por mi comportamiento incluso antes de que me dijera queno me había portado mal para haber bebido tanto.

Se detuvo para tragarsaliva y Hermione se puso muy pálida.

- Dejó que meatormentara durante meses antes de decirme la verdad. Fue su forma de vengarsede mí por quitarle la representación de mi empresa y dársele a uno de sussocios. La noche que habló contigo no fue más que un intento de vengarse de mí.Cuando la llamé, le dije que iba a retirar mis negocios de su esfera. Estoyhablando de mucho dinero Hermione, de una cuenta muy lucrativa. Que la firmaperdiera la representación de mis negocios completamente no iba a sentar muybien a sus socios, que la temen, sobre todo, porque se puede ir de la lengua.Los insultos que cruzamos son tan viles que no quiero repetirlos, pero me dijoque no la había tocado nunca, lo que me hizo sentirme mucho mejor. Me dijo laspeores cosas que se le pueden decir a un hombre, pero a mí me sonaron a músicacelestial, porque me di cuenta de que estaba diciendo la verdad cuando decíaque no la había tocado. Y esa es la verdad desnuda...- dijo mirando a Hermionea los ojos- Espero que la creas, pero no te culparé si no quieres hacerlo.

 

Hermione agachó lacabeza, mirándose las manos que tenia apoyadas sobre el regazo. Quería creerlo,necesitaba creerlo, pero...

- Puedes quedarte contodo mi dinero y todo mi poder,- dijo Draco con voz grave- a cambio de tuperdón.

- Ya tienes mi perdón-le dijo Hermione con irritación, pero las dudas no la abandonaban.

- Entonces ¿qué másquieres que diga?- dijo Draco con frustración- ¡No puedo obligarte a que loolvides! ¡Sólo tú puedes hacerlo!

Hermione perdió lapaciencia y se levantó. Le ponía furiosa que Draco descargara en ella losproblemas de su matrimonio. Había revelado mucho de sí mismo, pero aquel hechono la ayudaba.

Tal vez aquel fuera suproblema. Ella, como Draco, siempre había ocultado una parte de sí misma. Sussueños, tal como él los había llamado. Pero, ¿cómo iba él a saber que su sueñoera ser su esposa y la madre de sus hijos, si ella no se lo había dicho nunca?

¿Podría decírselo enaquellos momentos? Con toda la tristeza y el dolor que había llevado a susespaldas en los últimos meses, ¿podría ser tan sincera con él como él lo habíasido con ella? ¿Podría serlo con el fin de salvar su matrimonio?

El silencio eraespeso. Entonces, al verlos colgados sobre la pared, detrás de donde Draco seencontraba, le dio un vuelco el corazón.., Spcropus, Catherine, Lusius y ella.Sus propios dibujos enmarcados y colgados en el despacho de Draco.

- Los robé- dijoponiéndose en pie mientras Hermione se acercaba a ellos.

- Quería verlos cadavez que lo necesitaba... ¿Te molesta?

Hermione se sorprendióde no haberlos echado de menos. Entonces, recordó el desorden que reinaba en sucasa con los preparativos de la mudanza y sonrió.

- Has quitado lasrayas- advirtió observando su retrato y sintiéndose un poco expuesta por lomucho que revelaba de sí misma- Yo no soy así- dijo a pesar de lo que sus ojosle decían.

- Sí lo eres.- dijo Dracocon un orgullo que no le pasó desapercibido a Hermione- Es una galeríafamiliar.

- Pero faltas tú.

-Sí- dijo Draco, y lasonrisa desapareció de su semblante- ¿Por qué Hermione? ¿Por qué no había unretrato mío en ninguno de tus cuadernos?

¿Los había hojeadotodos? Ella vaciló un momento y luego, le dijo la verdad, era la horade la verdad.

- Todos me quieren- ledijo mirando los retratos de sus tres hijos- Yo creía que tú ya no me querías.Traté de dibujarte,- añadió- pero no lograba recordar tus rasgos, así que lodejé.

- ¿Los ha visto wesly?

- ¿Qué?- la hosquedadde su voz la sorprendió y tuvo que pensar por un momento antes de recordarquién era wesly- ¡Oh!, no. Nadie los había visto.

- ¿Fue muy serio loque ocurrió entre ustedes?

- En absoluto.

- Lo besaste. Los vi.

- ¿Un beso apresuradoen un coche?- dijo Hermione burlándose de los celos de Draco- No fue nada, nadaen absoluto.

Pero Draco no seconvenció y la agarró por los hombros. Hermione suspiró. Draco lo había hechode nuevo, había descargado las culpas sobre ella de modo que tenía quedefenderse de algo que ni siquiera había hecho. Sonrió al pensar en lo absurdoque era todo.

- Vuelves a parecertea ese diablo- dijo- Ya sabes, el que se ducha con fuego.

 

- Voy a besarte- gruñóDraco.

- ¿Qué? ¿Aquí en tudespacho? Te equivocas de escenario, cariño, yo pertenezco a tu otro mundo,¿recuerdas?

Draco la besóapasionadamente, hasta que Hermione se rindió entre sus brazos. La besó hastaque ella le echó los brazos al cuello y le acarició la nuca, hasta que suslenguas se entrelazaron. Los pezones de Hermione se erizaron, al tiempo quesentía la urgencia del deseo de Draco contra el vientre.

- Te quiero, Hermione-susurróDraco.

- Lo sé- dijo Hermionebesándole suavemente en el cuello- Creo que puedo creerte otra vez.

Draco suspiró conalivió y volvió a besarla, esta vez dulcemente. Uno de los teléfonos empezó asonar. Draco lo miró con un brillo de ira en la mirada. Luego agarró a Hermioney la llevó hasta su mesa.

- No te muevas- dijoseparándose un poco de ella para alcanzar el teléfono.

Fue increíble cómopasó de ser un amante apasionado a ser un frío hombre de negocios, pensó Hermionemientras miraba a Draco aunque sin oír nada de lo que decía. Parecía másdelgado, con los rasgos más duros, como si se hubieran alterado paracorresponderse con el hombre que era en aquellos momentos. Su mirada era fría,a pesar de que dejaba de mirarla, y tenía los labios apretados, perdiendo todala sensualidad que tenían al besarla.

Hermione sonrió y Dracofrunció el ceño al verla, sin distraer la atención de la conversación queestaba manteniendo. Un diablillo en el interior de Hermione hizo que le dieranganas de hacer cosquillas sobre la armadura de aquel magnate de las finanzas yle acarició un muslo.

Draco casi seatragantó. Agarró la mano de Hermione para detenerla, un brillo cruzó por susojos y le tembló la voz. Hermione se rió.

- Te llamaré mástarde- gruñó Draco y colgó- ¡Era un cliente muy importante! ¡Lo has hecho apropósito!- la acusó atrayéndola hacia sí.

-Te quiero, Draco-ledijo suavemente. Draco se puso pálido y tragó saliva.

- Dilo otra vez.- Hermionelo besó en la boca con ternura.

- Te quiero- repitió,dándose cuenta de lo fácil que le resultaba decirlo después de haberlo dichouna vez. Draco respiró profundamente, casi como si estuviera oliendo el aromade aquellas palabras.

- Echaba de menos queme lo dijeras- dijo, y volvió a respirar profundamente- He echado de menos laluz de tu cara cuando me lo dices- dijo acariciándole la mejilla.

- Te quise cuando erauna niña de diecisiete años- le dijo Hermione con dulzura- Y, desde entonces,nunca he dejado de amarte. Sólo que, a veces, me olvidaba.

- Y ocultaste tussentimientos, convirtiendo las noches en un infierno- dijo Draco con unprofundo suspiro- Todas esas noches silenciosas y oscuras. Eran como uncastigo.

- Vámonos a casa-murmuró Hermione que deseaba abrazarlo desnudo en la luz de su dormitorio- ¿Nonos podemos ir?

- ¡Claro que podemos!-dijo Draco levantándose de la mesa- Soy el jefe, esto es mío.

- Mmm, ya me habíaolvidado de que eres multimillonario- dijo Hermione, mirándolo reflexivamente-Eso significa que, si nos divorciamos, la mitad de tus propiedades son mías. Mepregunto si merecerá la pena...

Draco la agarró porlos hombros y la condujo hacia la puerta.

- Vámonos a casa. A lanueva. Le dejaremos los niños al ama de llaves e inauguraremos una de lashabitaciones, así podré enseñarte la más valiosa de mis propiedades.

 

- Parece interesante-musitó Hermione.

- Será algo más queeso.

- Estoy en unacondición muy delicada, ya lo sabes.

- Lo que no hasupuesto ningún problema hasta ahora. De hecho, te recuerdo que sueles ser mássensible cuando estás así.

En aquel momento, seabrió la puerta del despacho y los niños entraron corriendo. Draco agarró a Lusius,que estaba muerto de sueño. El niño apoyó la cabeza en el hombro de su padre, yHermione no pudo evitar una sonrisa al ver la escena.

Bajaron en ascensor yse dirigieron al aparcamiento. Draco llevaba a Lusius en un brazo y con el otrorodeaba los hombros de Hermione. Spcropus se había convertido en un piloto decaza que amenazaba con atacarlos según avanzaban y Catherine iba agarrada confuerza de la mano de su madre.

- Nunca volveré ahacerlo, mamá- le había dicho hacía unos instantes. Y Hermione sabía quecumpliría su promesa.

Era un día soleado y la mitad de losempleados de Malfoy Holdings estaban asomados a las ventanas para ver a lafamilia del dueño de la empresa.

- No puedo creerlo- dijo un hombre-Sabía que estaba casado, ¡pero cuatro hijos!

- Llevo años trabajando para él-puntualizó otro- Y no sabía que estaba casado. Siempre ha sido demasiado duro,no sé cómo una criatura como ésa puede haberse casado con un hombre así.

- Ahora no parece tan duro- señaló elprimero- Al revés, tiene un aspecto muy amable. Puede que en su casa seadiferente.

- Puede que ella no sea tan dulcecomo parece- dijo el segundo- Después de todo, si tienen cuatro hijos,significa que...

- ¿Y mi coche?- preguntó Hermione.

- Haré que lo lleven esta tarde.

- No mientras tenga la llave aquímisma- dijo Hermione con un aplomo muy femenino.

Draco murmuró algo entre dientes,cambió al pequeño Lusius por las llaves del coche de Hermione, y después deabrir su BMW les dijo a los mellizos que se metieran en el asiento de atrás.Abrió la puerta del acompañante y ayudó a Hermione a entrar.

Los empleados que miraban desde lasventanas, lo vieron volver al edificio y aparecer al cabo de unos segundos con Teodoro,del departamento de ventas, el joven que había acompañado a Hermione hasta sudespacho. Draco le dio las llaves y señaló el coche blanco.

Draco montó en el BMW y, un momentodespués, salió para abrir la puerta de atrás. Los niños salieron a todavelocidad y él fue a abrir la puerta del acompañante. Recogió a Lusius y todosjuntos se dirigieron hacia el Escort. Draco cruzó unas palabras con Blaise y seintercambiaron las llaves. La razón del cambio de coche quedó clara cuandosentaron a Lusius en su sillita. Blaise se dirigía al BMW cuando Catherine lodetuvo. La niña miró a su padre, que a su vez miró a Blaise, quien se encogióde hombros, sonrió y la agarró de la mano. Los dos se dirigieron al BMW y losdemás al Escort.

- Santo Dios- dijo alguien- ¡Lotienen en el bote! Me pregunto cómo lo hacen. Saberlo puede valer una fortuna.

- Ojos ambar, cabello castaño claro yun cuerpo delicioso, aunque esté embarazada, ésa es la fórmula.

- Yo creía que tenía una aventura conlaverne brown-murmuró otro.

-¡laverne brown!

- Perdón. Es verdad, es una idea muyestúpida.

- Qué niños tan guapos- dijo alguien.

- Qué mujer tan guapa- dijo otro.

- Qué coche tan bonito- dijo riendoel siguiente.

- ¿Su casa es bonita?

- Su negocio es bonito- dijo algúnbromista.

- Bonito panorama. Venga, todos atrabajar- gritó un Blaise, jefe de un área y amigo de Draco.


- Recuérdame que compre una sillitapara mi coche- dijo Draco.

- ¿Qué? ¿Y echar a perder tu imagende despiadado hombre de negocios?

- ¿Qué imagen de despiadado hombre denegocios? ¿Te has molestado en mirar a las ventanas del edificio?

- No, ¿por qué?- dijo Hermione,volviéndose a mirar en aquellos instantes y observando a los curiosos- ¿Te vana gastar bromas sobre nosotros?

- En mi cara, no, si tienen un mínimoinstinto de supervivencia. Aunque sabe Dios lo que dirán a mis espaldas,especialmente el tarado de Blaise.

- No importa- dijo Hermione, apoyandouna mano sobre la pierna de Draco-. Despiadado o no, todos te queremos.

- Deja la mano donde está y dirán quesoy un maníaco sexual.

- ¿Qué es un maníaco sexual?-preguntó Scorp. Hermione profirió una risita y apartó la mano. Draco miró alcielo y suspiro.

- Cuando seas mayor, hijo- dijo- Telo explicaré cuando seas mayor.

- ¿Me lo vas a explicar a mi tambiéncuando sea mayor?- dijo Hermione. Draco le dirigió una ardiente mirada.

- Haré algo mejor que eso. Te haréuna demostración en cuanto estemos a solas.

- Con la luz encendida, para quepueda...

- ¡Hermione!- exclamó Draco, cerrandolos ojos- No sabes cuánto deseo hacerlo.

- Sí que lo sé- le dijo Hermione, ysu mirada le dijo por qué.

La mirada de Draco se ensombreció.

nota: y lo demás se los dejo a la imaginacion queridos amigos mios jajajajaja

un mari infidèle - Fanfics de Harry Potter

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El teléfono empezó a sonar cuando Hermione, después de dejar alos mellizos acostados, bajaba las escaleras. Maldijo entre dientes, se colocó sobrela cadera

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2023-02-27

 

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